domingo, 3 de marzo de 2019

Vuelve el hormigón



"¿Cómo se ha convertido esta humilde mezcla de cemento y arena, difamada durante décadas como azote de nuestras ciudades, en la expresión de un deseado estilo de vida que se utiliza para vender de todo, desde apartamentos de lujo hasta locales nocturnos?

Las cualidades que hacen atractivo el hormigón para unos son las mismas que siempre han repelido a otros. Es crudo, urbano e implacable, se alza como una mole geológica, formando acantilados vertiginosos y barrancos sin fondo, cavernosas bóvedas y musculosas pasarelas. Es el material que mejor encarna la era del estado de bienestar, la época en la que el sector público construía viviendas, colegios, hospitales y teatros a escala majestuosa. Es la roca líquida del socialismo, el relleno de un nacionalismo rotundo y de emocionantes monumentos esculturales para mayor gloria de olvidadas ambiciones. Es también el material más directamente relacionado con los problemas sociales que acompañaron el declive en la industria, la falta de mantenimiento y la decadencia del corazón de las grandes ciudades. Exuda optimismo y generosidad para algunos, violencia y miseria para otros. 

(...) Tras una generación en la que cayó en desgracia, cuando los mastodontes de hormigón solían encabezar las encuestas de edificios más odiados por el público, dicho material se ha puesto más de moda que nunca, en un momento en el que su catastrófico impacto medioambiental empieza a ponerse en evidencia. Un reciente informe señalaba que la producción de hormigón suponía un 8% del total de las emisiones de CO2 del mundo, mientras que el cemento desechado cubre un cuarto de la superficie de nuestros vertederos. 

"No creo que debamos usar hormigón en absoluto", dice Barnabas Calder, historiador experto en  arquitectura de posguerra y autor de Raw Concrete, un libro en el que razona con pasión sobre la belleza del brutalismo. Es un comentario inesperado viniendo de un adicto confeso al duro material que atesora fragmentos de aparcamientos derruidos como si de reliquias sagradas se trataran. "Por supuesto que parece encantador, pero tiene un impacto ecológico tremendo. Deberíamos mantener lo que tenemos y no construir más".  

Libros como el de Calder han ayudado mucho a popularizar el material de nuevo, y no hay señales de que los arquitectos vayan a darle la espalda por ahora. El resurgimiento del hormigón expuesto comenzó en los 90, principalmente como una reacción contra la percepción de inconsistencia de buena parte de la arquitectura de la época. Dos décadas de posmodernidad habían reducido la expresión arquitectónica a un ligero objeto decorativo, con edificios envueltos en cualquier vestido que al cliente le apeteciera. Los materiales podían fingir ser cualquier cosa que quisieran en una época en la que la representación era más importante que la sustancia. 

La consiguiente reacción trajo consigo una devoción casi religiosa a las propiedades innatas de los materiales en crudo. Los arquitectos persiguieron una suerte de limpieza espiritual a través de un enfoque basado en el retorno a lo esencial que puso todo su énfasis en el modo en el que los materiales afectaban a los sentidos. Escribieron densos tratados sobre fenomenología y la "coseidad de las cosas", defendiendo que los materiales fueran expuestos y tratados con honestidad. Había un primitivismo puritano en todo ello consecuencia de los excesos de los 80. (...)

En esta búsqueda de honestidad, pureza y la especial elaboración de las cosas, los suizos han estado en primera línea. Provenientes de la Eidgenössische Technische Hochschule (ETH)  de Zúrich, arquitectos como Peter Zumthor, Valerio Olgiati, Peter Märkli y Herzog & de Meuron crearon  nuevos estándares en lo referente a la potencialidad sensual y táctil del hormigón. Cada uno luchó para ser más primigenio y honesto que los demás. (...)

Puede que el hormigón sea visto cada vez más como un placer culpable, pero dicha idea aún tardará en cuajar. Permite infinitas posibilidades para conseguir efectos esculturales y hápticos: se puede pulir o moler, se le puede tratar para que su terminación sea rugosa, es posible incluso verterlo como si de aceite se tratara o compactarlo como si fuera muesli. Pero nuestra principal preocupación debería ser cuidar lo que ya tenemos: dada la cantidad de energía embebida en el stock existente de edificios con estructura de hormigón, la prioridad debe ser la preservación, modernización y recuperación de lo que ya está ahí, antes que la demolición que acabe llenando aún más nuestros vertederos". (Oliver Wainwright, Brutal beauty: how concrete became the ultimate lifestyle concept, dentro de la Semana del hormigón que The Guardian está dedicando a dicho material).







domingo, 24 de febrero de 2019

Los combates de la memoria

El monumento vende
"El patrimonio arquitectónico pertenece al arte y a la historia, pero pertenece aún más al sentimiento. (...) Más allá de los enfrentamientos políticos o jurídicos, en los escenarios pétreos del pasado se libran los combates de la memoria. Sus escaramuzas ásperas e incruentas no se refieren al pretérito documental, sino a nuestras infancias reconstruidas y borrosas. El daño al monumento es un herida al niño que fuimos. (...) Construir en los centros históricos es hacerlo en los centros sentimentales. Requiere algo más que ideas y energía; requiere sensibilidad, talento y paciencia; requiere, sobre todo, una mano prudente y un oído escrupulosamente atento al rumor de las emociones ciudadanas: las obras en los centros monumentales son siempre intervenciones a corazón abierto". Así hablaba, en 1993, Luis Fernández-Galiano al hilo de varias polémicas intervenciones en suelo patrio, como la violenta reconstrucción, acaso voladura controlada, del teatro romano de Sagunto de Giorgio Grassi y Manuel Portaceli (cuando Irene Papas representó en dicha ciudad su versión de Las Troyanas en 2001, con música de Vangelis y decorados móviles de Calatrava, prefirió hacerlo en unas naves industriales abandonadas que en el reluciente pero frígido teatro). Lo leo en el primer volumen de Años Alejandrinos, donde recopila sus artículos para El País de 1993 a 1999. Finalmente da don Luis como ejemplo de buenas intervenciones en entornos sensibles el edificio de oficinas de la Previsión Española que Moneo levantó justo detrás de la Torre del Oro en Sevilla. Por cierto que Moneo ha estado esta semana en la capital andaluza y ha aprovechado para expresar su desconcierto por la torre de Pelli, erigida, al contrario que su cuidadoso edificio, sin la más mínima consideración por su entorno (podría intercambiarse con la de Bilbao o la que se levanta en las Cuatro Torres en Madrid, ambas también del argentino, y nos quedaríamos igual): "menos mal que hay una distancia entre ella y la Giralda, porque no es posible establecer ningún paralelismo ni diálogo entre ambas" (desde luego no la verás en la postal que ilustra la campaña turística de la ciudad, la que tienes en la foto arriba de una parada de autobús en Madrid, aunque sí que, muy de soslayo, aparecen las setas de 100 millones de Mayer; por cierto que el slogan no puede ser más loosiano: "Sevilla es monumentos"). En el artículo Moneo aprovecha para dar un buen varapalo a la arquitectura de los últimos rascacielos, que según él, pasan de intentar reflejar el consabido Zeitgeist para ir cada una a su bola: "la expresión arquitectónica contemporánea, a pesar de la globalización, no es ni tan universal ni tan homogénea como lo fue la primera generación de los arquitectos modernos, aquellos que trataban de dar forma a la primera Era de la Máquina". Albricias, alguien que habla medianamente bien de la modernidadQuizá es que el espíritu de nuestro tiempo sea precisamente el de liarte la manta a la cabeza al grito de "miccionapilas moderno el último" y si te he visto no me acuerdo, que aquí lo que cuenta es que mi torre destaque sobre las demás. Es lo que Fernández-Galiano llamó en su día la metástasis de iconos

Por cierto que don Luis ha presentado esta semana en Ivorypress su nuevo libro (el ya comentado Años Alejandrinos) flanqueado por Foster y el propio Moneo nada menos. Tengo un  rebote cósmico porque en el último momento, yo que soy fan incondicional de don Luis, no pude asistir: mi evento premium del año, mi oportunidad de recibir algunas migajas de verticalidad, perdidas para siempre como lágrimas en la lluvia. Vivimos en una realidad de delirante complejidad en la que las demandas son tales a todos los niveles (como padre -no digamos como madre-, como hijo, como contrario, como profesional) que al final no llegas a nada y en todos los campos queda patente tu mediocre y lacerante horizontalidad. Esto sí que es el signo de los tiempos (ay esas pijillas quejas de primer mundo...). Tranquilo, retomo ya. Don Luis es el gran relator de nuestra memoria arquitectónica (e histórica, pues en sus artículos no pierde ocasión de referirse, como quien sí quiere la cosa, al momento político y social), imprescindible su papel ahora que se impone la desmemoria interesada y selectiva como muy bien sabía Tony Judt, que llamó a nuestro tiempo "la época del olvido" (otro paradigma): cito de la contraportada de su libro "Sobre el olvidado siglo XX": "Hoy el mundo es tan radicalmente distinto del de hace tan solo veinte años que hemos dejado de lado nuestro pasado inmediato incluso antes de haber podido entenderlo. No sabemos, literalmente, de dónde venimos, y el resultado de esta ignorancia creciente ha demostrado ser nefasto e incluso tiende a ir a peor [y eso que el libro es de 2008]. (....) Hemos olvidado el papel que jugaban los intelectuales a la hora de debatir, transmitir y defender las ideas que conformaron su tiempo". 

Un relato breve de Michael Morpurgo de nombre ¿Qué se siente?, situado, sin nombrarlo, en la guerra de Yugoslavia, narra cómo una niña logra salvarse de la total destrucción a la que se somete a su pueblo porque se esconde en unos baños públicos en la plaza principal. Cuando el comandante al mando de la división ordena destruir también dichos baños, único edificio que ya queda en pie, un soldado con conciencia, que sabe que la niña se esconde en ellos, le convence de que no lo haga para dejar dichos baños como único y humillante monumento del pueblo que quede en pie. Es una lectura que hago en mis clases de 3º de ESO, cuando pregunto a los alumnos qué guerra creen que es, nombran muchas, pero de la de Yugoslavia nadie (no lo dan hasta 4º, y eso con suerte, pero la de Vietnam tampoco y bien que la nombran). Uno de los artículos que se incluyen en Los años alejandrinos de Fernández-Galiano (de nombre Urbicidio balcánico), está dedicado a este conflicto: "La primera víctima de las guerras suele ser la verdad; en los Balcanes, la víctima inicial ha sido la memoria" (sigue leyéndolo aquí). Y por partida doble: en la guerra se quiso eliminar la memoria de un pueblo, y ahora la propia memoria de la guerra también parece haberse esfumado. Y es que hay memorias que a todos nos gustaría olvidar, especialmente si nosotros (Europa) hemos jugado un papel tan penoso en ellas; asi lo expresa, de nuevo, Fernández-Galiano: "Tiempo de tránsito y agonía, los años 90 son túrbidos y cenicientos, malos para el sosiego y la memoria, indignos del afecto y acaso del recuerdo". Y sin embargo debemos esforzarnos por hacer memoria. Ya en 1945 Popper (lo recordaban Marcos Peña y José Antonio Griñán en El País este sábado), decía: "He ahí pues, por qué el conflicto entre racionalismo e irracionalismo se ha convertido en el problema intelectual y quizá incluso moral, más importante de nuestro tiempo"



domingo, 17 de febrero de 2019

Mies 2019



Pues ya conocemos los finalistas del Premio Mies van der Rohe de 2019, cada uno, si me permites la expresión, de su padre y de su señora madre, vaya. Hagamos un recuento rápido. Tenemos un monumento a la modernidad líquida, una poética intervención en romántica ruina, una hermosa plaza en un país ignoto, una útil reforma a escala XXL y un experimento sobre el uso del espacio. ¿Quién ganará? Ni idea, pero vamos a escribir un algo.

El primero es el Palacio de Congresos de selgascano en Plasencia (en la foto). Está un poco fuera de onda con respecto las tendencias arquitectónicas actuales, y es que se trata un proyecto de 2006 cuya construcción fue pasto de la crisis. Con sus formas extraterrestres desprende un tufillo a arquitectura espectáculo que no le va a ayudar a conseguir el galardón. A su favor, la patente demostración de lo que es capaz de hacer la arquitectura con un edificio valiente que, frente a los lúgubres agoreros que nos agobian con un torvo porvenir, transmite optimismo en el futuro y fe en el progreso: un faro feliz. Solo por eso igual ya merecía el premio.

El siguiente es un bello edificio decimonónico salvado de la piqueta por los pelos (la demolición de hecho había comenzado cuando se decidió recuperarlo). Era el último de los pabellones que quedaba de un hospital psiquiátrico que se había ido reemplazando con edificios modernos en Melle (Bélgica). Los arquitectos Jan de Vylder, Inge Vinck y Jo Taillieu han respetado el exterior vaciando por completo el interior en una intervención consensuada con médicos y pacientes. Una ruina habitada. Nicholas Grimshaw estará contento, esta semana el recién galardonado con la medalla de oro del RIBA señalaba en Dezeen: "la cosa más destructiva que podemos hacer es demoler un edificio", para continuar defendiendo con pasión la reutilización de los mismos frente a lo que él llama "handbag architecture" (o arquitectura de las celebrities), edificios encorsetados tan pensados para epatar que solo pueden ser utilizados para lo que fueron diseñados. Todo esto también me ha recordado lo que decía Arturo Franco, uno de los autores de la modélica remodelación de Matadero Madrid, en el último programa de la serie Escala Humana que emite los miércoles La 2: su intervención quería ser de mínimos, que apenas se notara, lejos de una arquitectura engalanada, "vestida de domingo".

El tercero es una monumental plaza en Tirana, vestigio de su pasado comunista, que ha sido profundamente remodelada y reconvertida en un espacio urbano sin automóviles por una amalgama de arquitectos locales, alemanes y belgas en torno al estudio 51N4E. Se la ha rodeado de un cinturón verde que dicen baja hasta 6 grados la temperatura en la zona. Por cierto que aquí se alzaba una estatua a la memoria de Enver Hoxha, el dictador comunista que gobernó Albania desde 1944 hasta su muerte en 1985. Este monumento al parecer no cayó en el olvido como veíamos la semana pasada y fue necesario demolerlo. Y es que hay monumentos que dan mucha guerra. Esta semana también en Dezeen Sean Griffiths nos recordaba la muerte de un manifestante en Charlottesville (Virginia) en medio de una protesta antirracista que pretendía hacer desaparecer una estatua del general confederado Robert E. Lee. Encendido por la polémica ante la posible (ya improbable) demolición del edificio de Clerkenwell Close en Londres, Griffiths sostiene que ya puestos lo que habría que demoler son las casas georgianas de la capital del Támesis, muchas de ellas, según él, construídas con el dinero obtenido gracias al comercio de esclavos (le recomendamos que lea el artículo de Grimshaw). Pero no hay que irse tan lejos, en lo referente a monumentos aquí también tenemos lo nuestro. En fin, prosigamos, que nos salimos del tema. La plaza Skanderbeg, que así se llama la nominada, puede dar la campanada por el alto valor simbólico de la actuación (recuperación de un vacío urbano para los ciudadanos) y por su ubicación, en la periferia de de los habituales circuitos arquitectónicos.

El cuarto finalista es la reforma masiva de un potente bloque de 530 apartamentos en Burdeos a cargo de Lacaton y Vassal en la línea de previas y exitosas intervenciones. Los franceses amplían las ventanas de las fachadas y añaden una plataforma a cada vivienda de casi 4 metros de profundidad en forma de terraza cubierta que crea un "jardín de invierno", todo ello sin que los inquilinos tengan que abandonar sus casas y en dos semanas máximo. No se puede pedir más. Por eficacia y utilidad debería llevarse el premio de calle, el único problema es que una intervención similar en Ámsterdam ya ganó el premio en la anterior edición. 

El último contendiente es un edificio alemán sin concesiones a la galería con forma de zigurat en el que se ha querido experimentar con la flexibilidad del espacio y la mezcla de programas. Está en Berlín y sus autores son los estudios Brandlhuber+Ende, Burlon y Muck Petzet. Su objetivo (cito de la página del propio premio Mies): "superar la separación entre vivienda y trabajo, el ámbito comercial y el residencial, cuestionando las normas existentes".

A finales de abril sabremos quién se lleva el gato al agua. Como verás se juzga más que cinco simples edificios o intervenciones, cinco formas de hacer y entender la arquitectura. ¿Cuál de ellas es la que exige nuestro tiempo?

domingo, 10 de febrero de 2019

Relatores




"La realidad nunca ha interesado a nadie". Así hablaba Koolhaas en su ensayo Espacio Basura (Junkspace) de 2006 y así lo recoge el tema Love At The Mall de Tempers incluido en su nuevo álbum Junkspace (feat. Rem Koolhaas) que se inspira en las ideas del holandés enervante y que nos ha traído esta semana el hiperactivo blog Metalocus. Pero que razón tienes, Rem, si es que das en el clavo hasta cuando te equivocas. La realidad es tan peñazo que hay que cambiarla. Urge la presencia de relatores que nos cambien este pestiño y le añadan un poco de picante, y si hay que modificar algún detalle aquí y allá que no cuadra con nuestra particular visión de la realidad, pues se hace, que para eso somos posmodernos. Al final, y es que no en vano estamos ya en 2019, crearemos recuerdos falsos, implantes diseñados por relatores que nos ayuden a entender este sindiós y nos señalen, palmarios, quienes son los amigos y quiénes los enemigos. Decía un reciente editorial de El País, siempre tan alarmista: "la nueva arquitectura de la comunicación ha transformado la concepción ideal del espacio público como mundo común, convirtiéndolo en un agregado de nichos fragmentados y cerrados cuya razón de ser es más el refuerzo emocional de la tribu que la búsqueda de consensos o la seducción de quien piensa diferente".  "Cultura troll" lo llama. Chorradas. Yo me pillo la bandera y tomo Iwo Jima, que lo de debatir es para flojeras, débiles mentales y achantados de la vida. Un tal José María Lassalle va y dice, también en El País, claro: "Si negociar es traicionar, entonces desaparece la política y se transforma en ortodoxia. Con esta visión, triunfa el populismo y arraiga aún más al percibirse socialmente que la armonía y el progreso son inviables. De este modo, se favorece el pesimismo y se retroalimenta el malestar antipolítico mediante perfiles populistas cada vez más inquietantes. Sobre todo porque se inyectan en el tejido del populismo consignas nacionalistas que desembocan en dinámicas fascistas y supremacistas. Por eso, la democracia está hoy más amenazada que nunca desde el periodo de entreguerras. Porque los partidos se embriagan de testosterona adolescente y el populismo gana adeptos en la misma proporción que la centralidad amplía su orfandad". Pero qué me estás contando, que la cosa está muy chunga y no podemos andarnos ya con paños calientes ni retóricas de maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela. Otra cita, esta de Rubén Amón: "La percepción del problema vuelve a imponerse al problema. Y no es cuestión de amalgamar conflictos distintos y soluciones diferentes, sino de plantear la distancia que existe entre el bienestar que disfrutamos respecto a la psicosis atmosférica que lo amenaza. Sobre todo cuando está inducida desde la irresponsabilidad y desde el oportunismo político.(...) Allí donde más heterogeneidad y mezcla existe —las grandes urbes—, menos operan los fenómenos mesiánicos y supremacistas.(...) Estamos no en la edad de las metrópolis, sino de las megalópolis, similares a las antiguas en la expectativa de la autonomía, pero dotadas de enormes cualidades financieras, tecnológicas… y pedagógicas. Pedagógicas quiere decir que el hábitat urbano en su propia heterogeneidad cultural, étnica, identitaria, favorece la instrucción, la convivencia y hasta la tolerancia. No es el ciudadano el que hace a la ciudad, sino la ciudad la que hace al ciudadano en cuanto espacio complejo y hasta cosmopolita que fomenta el intercambio. Instinto e ilustración pelean con fuerzas desiguales cuando una sociedad se siente en peligro. No importa que haya razones, sino sensaciones, percepciones propicias a la deformación de la realidad". Mira, no me andes con películas. Esto es el caos y punto, así es que no se puede seguir. ¿Pues no dice un tal Agustín Fernández Mallo en un libro de nombre Teoría general de la basura (que igual se inspira en el Espacio Basura de Rem) que toda creación cultural es una apropiación de residuos desechados, una mezcolanza mestiza e impura? ¿Me está diciendo que es entonces menester en pos de la creación artística hozar con enjundia en la mugre y la excrecencia cual impúdico gorrino? Tanta horizontalidad hiede. Y habla de cosas rarísimas como la desobjetivación de la realidad o realityvidad. ¿Pero qué puede esperarse de un señor que pone a uno de sus libros el título de Proyecto Nocilla? Me pregunto, desnortado ya a ful, si no podría la arquitectura convertirse en relatora y ser en su matérica verticalidad faro que nos oriente en la interpretación de la memoria. David Adjaye, ganador junto a Ron Arad del discutido proyecto que recordará el Holocasto judío en el corazón de Londres (y presente con una exposición sobre su obra, de nombre Making Memory, en el Museo de Diseño de la ciudad), no tiene empacho en señalar que los museos, monumentos y memorials son lugares de resistencia contra aquellos que "propagan ficciones", y que la arquitectura puede contradecir las narrativas interesadas que ciertos políticos están elaborando (aunque también puede potenciarlas, nos atrevemos a añadir). Pues para que veas qué lío es todo esto, resulta que para Jaume Prat no sucede así: la tumba y el monumento (que según Loos eran el epítome del artefacto arquitectónico) acaban deviniendo residuos invisibles, tal y como nos relata en una entrada de su blog que (ahora en serio) no deberías perderte ya solo por los muy interesantes comentarios que dedica al cuadro La isla de los muertos: "La Tumba y el Monumento se han secularizado. Ya no conmemoran nada, olvidados por la historia. El monumento es ahora un residuo. Naturaleza. Y siempre que la historia se olvida o nos empobrecemos o se repite o las dos cosas a la vez. (...) Haríamos bien volviendo a mirar el monumento. Ni que sea para retardar un poco más su olvido". En ese mismo objetivo de retardar el olvido señalaremos que nuestro mayor y mejor relator arquitectónico, Luis Fernández-Galiano, acaba de publicar (al fin) una recopilación en dos volúmenes de los artículos que escribió para El País entre 1993 y 2006 que se leen casi más como deliciosa obra literaria que como crónica especializada. 

domingo, 3 de febrero de 2019

Entre estrellas (y 4)




Me propongo hoy dar fin a la serie que estamos dedicando a la portuguesa Serra da Estrela y su entorno. Vamos a ello.

La Serra se encuentra a unos pocos kilómetros de Covilhã siguiendo la misma endiablada carretera que conduce a la hoy pousada de Cottinelli Telmo, el Muguruza Otaño luso. El punto más alto de la sierra y del Portugal continental es conocido como Torre, enclave al que da su lacónico nombre como ya te comenté una torrecilla de 7 metros que permite con simpática trampa alegar que son 2000 metros (y no 1993) los que allá se elevan. Si te parece gracioso te diré que Villar Mir hizo lo propio en su torre de la Castellana, un poco más baja que sus tres compañeras, coronándola con una bandera de España que permitía alcanzarlas. El tamaño importa, o sea. Mientras encaramos el exigente ascenso con brío y pasmo el paisaje va despojándose de vegetación, tornándose ralo (o yermo si el vocablo te gustara más) por momentos. Las últimas señales de vida las encontraremos en la deslabazada barriada de Penhas de Saúde, donde aquí y allá casonas exánimes y algún hotel tratan en vano de animar el bello pero solitario paisaje de urbanismo como islandés. No, no he estado en Islandia, pero he visto Fortitude (ya puestos deja que te recomiende la primera temporada, no así las dos siguientes donde se les va la pinza que lo flipas). Si, como fue mi caso, el recorrido lo haces con niebla y chuva, el efecto es ya nórdico total.

A la susodicha Torre puede cómodamente llegarse en coche (pero ojo que la carretera es de película), ya que dicho punto, lejos de ser inaccesible pico o inhóspito roquedal se trata en realidad de una pequeña meseta con aparcamiento y variopintas lojas que ofrecen al visitante toda clase de productos locales (nueva recomendación: prueba el cremoso queijo serrano, que recuerda a la torta del Casar); si eres montañero accidental y vas en invierno se hará imprescindible comprarte allí unos guantes porque el frío es de aúpa. No obstante ni las glaciales temperaturas ni la nieve (poca), fenómeno ya paranormal para un madrileño como el que esto te relata, pudieron superar la tremebunda impresión que me llevé al descubrir, apenas dibujadas en la densa niebla, dos extrañas y enormes estructuras de bulbosas terminaciones, que al acercarte, no sin prevención rayana en miedo, descubro son antiguos edificios de probable uso militar en ruinoso estado. En una placa adyacente se explica que alojaron radares de la fuerza aérea lusa aunque desde 1972 son ya inertes injertos, ajenos a la montaña cual restos ignotos de una nave alienígena. No muy lejos puede verse el telesilla, en funcionamiento pero tristemente vacío, de la única estación de esquí de nuestro país hermano. Por cierto que la sierra guarda a buen recaudo un par de hoteles de fábula. Te recomiendo la Casa das Penhas Douradas, Rossi por fuera y Aalto por dentro, un lugar mágico.

Otro atractivo de la zona, conocida como las Beiras (bordes), son las conocidas como aldeias históricas, a menudo con bellos castillos, no en vano estamos en zona fronteriza. Mi favorita (conozco sólo un puñado) es con diferencia Sortelha, pero Monsanto merece también visita. Belmonte, donde nació Álvares Cabral, descubridor de Brasil, ofrece al viajero las curiosas ruinas romanas de Centum Cellas, de las que ya dimos cuenta aquí.

Hablando de castillos Castelo Branco merece párrafo aparte. De aquí era por cierto Afonso de Paiva, el acompañante de Pêro da Covilhã que se perdió en Etiopía allá por 1491. Es sin duda la ciudad más interesante de la zona y es obvio que sus reponsables la han mimado con gran celo y buen tino, algo que ya puede adivinarse en la cuidada página web, toda una declaración de intenciones, o en la excelente oficina de turismo, que ocupa una bella mansión en la solariega avenida Nuno Álvares. Sus edificios históricos, entre los que destacan el palacio episcopal, hoy museo de arqueología con bellos jardines o el antiguo ayuntamiento que aloja el centro de interpretación del bordado típico de la región, ambos del siglo XVI, están magníficamente restaurados y la ciudad entera rezuma bienestar con un urbanismo cuajado y cuidado. Tiene hasta moderno edificio marcante que se desmarca con sorna de la típica arquitectura lusa blanca y rectilínea a cargo de Josep Lluis Mateo, acaso el Koolhaas español (si juntas un poco sus torres en el Fórum barcelonés te sale el De Rotterdam). Ya me dio esa sensación cuando le oí hablar, en plan enfant terrible, en un añejo programa de debate (qué tiempos aquellos) dirigido por Pedro Altares, calculo de los primeros 90 porque se comentaba la ampliación de la National Gallery de Venturi y Brown, en el que participaban Oíza, Fernández-Galiano, Fernández Alba, García de Paredes, de la-Hoz (padre) y el propio Mateo, video con el que me topé mientas trasteaba, iluso, por internet al objeto de hacer una entrada sobre el autor de Torres Blancas que finalmente quedó en las ganas (mucho arroz...). En Castelo Branco Mateo levanta un castillo bronco y malencarado pero resultón que opera como centro cultural. La enorme plaza (Praça Largo da Devesa) que se extiende a sus pies y en la que los albicastrenses se solazan a voluntad es también diseño del catalán. Te enlazo a más fotos y datos en la página web del arquitecto (CCCCB y plaza). Permite también que te sugiera la visita al museo Cargaleiro, artista local para el que Siza diseñó una luminosa sala de exposiciones en Seixal. Cito las bellísimas palabras que el arquitecto de Oporto dedica al pintor y ceramista:

"O Manuel Cargaleiro é a pessoa mais incapaz de maldade que conheço. Os seus olhos estão focados para o que há de bom nos outros e na vida.
A sua visão do mundo é luminosa.
A perversidade pode passar ao lado, engalanada; as suas cores não estão naquela paleta rigorosa. Por isso, cada obra que lhe sai das mãos é para sempre imune ao embaciamento, ou à fratura".

Toca despedirse ya. La Serra da Estrela no será nunca un destino estrella, pero quizá sea en estos lugares desconocidos donde aún podamos sentirnos verdaderos viajeros pues todavía quedan en ellos fascinantes misterios por desvelar.

domingo, 27 de enero de 2019

Desconocidos



En 1977 veía la luz el tema To the Unknown Man del genio de los sintetizadores Vangelis. El jueves pasado el griego lanzaba su último álbum (Nocturne) donde se incluye una versión minimalista del tema. Te invito a que la escuches mientras lees la entrada de hoy. 

"(...) Un viejo y famoso arquitecto norteamericano le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas". Y también le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves". Un hombre, no decía siquiera un arquitecto. 

No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. (...)

Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (con mayúsculas), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor). 

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto, también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto para mí es lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, solo en apariencia de orden superior. (...)

Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza más que doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador. (...)

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse. (...)"

(José Antonio Coderch, No son genios lo que necesitamos ahora, publicado en la revista Domus en 1961).

domingo, 20 de enero de 2019

Misterios


"Hay poetas que lo son, no por escribir poesía, sino por saber reconocer un buen poema. Salieri no era ni la mitad de buen músico que Mozart, pero reconocía el talento que el genio no sabía que tenía. Y a mí se me pone la carne de gallina. Porque quizá yo, quizá vosotros, no lleguemos nunca a ser los arquitectos que queremos ser o quisimos ser un día, pero seremos, podremos ser, arquitectos en la medida en que sepamos reconocer dónde está la buena arquitectura. "Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas...".
Por otra parte, también Albert Einstein dijo, en su búsqueda de la ecuación que uniese las fuerzas gravitatorias y electromagnéticas, y más allá del famoso "Dios no juega a los dados con el universo", que "lo más bello que podemos experimentar es el misterio. Esa es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos". Esta frase presidía la mesa de trabajo del despacho de José Antonio Coderch. Si, como dijo Silesius, "la rosa es sin por qué", quizá sabe más quien huele su fragancia que quien la deshoja para analizar sus pétalos al microscopio".  (Octavio Mestre, La arquitectura como misterio. Sobre el oficio de construir).

domingo, 13 de enero de 2019

Entre estrellas (3)


"Los arquitectos son también poetas". Así hablaba José Ângelo Cottinelli Telmo (1897-1948), arquitecto estrella del Estado Novo portugués. Genio multidisciplinar y creador entusiasta, Cottinelli es casi más conocido en su país como cineasta que como arquitecto. Dirigió la primera película sonora íntegramente portuguesa en 1933 (A Canção de Lisboa), en la que participaron los más famosos actores de la época (incluido como secundario Manoel de Oliveira). Durante los años 20 dirigió la revista juvenil ABC-zinho donde se gestó el cómic portugués moderno (él mismo fue también dibujante de banda desenhada con gran éxito) y en la que solía incluir construcciones para recortar y montar. El arquitecto, oriundo de Lisboa, fue también ilustrador y diseñador gráfico (creó logotipos, portadas de libros, sellos...). Por si fuera poco también hizo sus pinitos con la música, componiendo por ejemplo el himno de la Mocidade Portuguesa, la organización juvenil del Estado Novo, que tenía por cierto una secção feminina (¿te suena?) o dirigiendo la orquesta en las fiestas de los estudiantes de Bellas Artesdonde estudió de 1915 a 1920. Con todo ello demostraba Cottinelli Telmo que la arquitectura no se basa en una única disciplina sino que podría considerarse feliz amalgama de varias especialidades artísticas.

Centrándonos en lo arquitectónico, Cottinelli se movió, como tantos por aquellas fechas, entre la vanguardia del Movimiento Moderno y la arquitectura llamémosle tradicional, regionalista o como más te apetezca. Obtuvo plaza como funcionario de CP, la Renfe portuguesa, y fue en alguna de las estaciones que diseñó y sobre todo en edificios técnicos como la torre de señalización de Pinhal Novo donde sus propuestas fueron más audaces. En general puede decirse que trató de combinar ambas tendencias en edificios sobrios pero con referencias al mundo clásico como puede verse en sus oficinas para la Standard Eléctrica en Lisboa o en la ampliación de la universidad de Coimbra (suyas son también las interminables escaleras que dan entrada al campus, si las has subido en verano seguro las recuerdas), estilo que los modernos más ortodoxos apodaron con sorna Português Suave por una popular marca de cigarrillos. En 1940 le llegó el principal encargo de su carrera arquitectónica: organizar como arquitecto jefe la Exposición del Mundo Portugués en Belém  a mayor gloria del régimen de Salazar donde diseñó uno de sus pabellones y el famoso Padrão dos Descobrimientos, único elemento de la exposición que ha llegado a nuestros días (en 1960 fue reconstruido con materiales más duraderos). En forma de barco de tres velas, el impresionante monumento incorpora 33 esculturas diseñadas por Leopoldo de Almeida que representan otras tantas figuras señeras de la época de los descubrimientos; una de ellas, por cierto, nuestro Pêro da Covilhã. De 1938 a 1942 dirigió la revista Arquitetos. En 1945 fue elegido presidente del Sindicato Nacional de Arquitectos y en 1948 organizó el primer congreso de arquitectura en Portugal donde por cierto las nuevas generaciones de profesionales aprovecharon para expresar su beligerancia hacia el Estado Novo y suponemos pondrían en aprietos a Cottinelli, arquitecto favorito del régimen. Fue su último legado a la profesión. Ese mismo año mientras practicaba pesca deportiva en Cascais se lo llevaría para siempre una traicionera ola a la edad de 50 años. Nunca sabremos lo que habría dado de sí su carrera profesional.

Llegados a este punto te estarás preguntando a santo de qué viene tan profusa introducción. Pues mira, mi querido a la par que impaciente lecteur, resulta que en Covilhã tiene Cottinelli uno de sus edificios, el Sanatorio das Penhas de Saúde, también conocido como Sanatorio dos Ferroviários por haberse construido a iniciativa de CP (como te decia, la Renfe lusa), para enfermos de tuberculosis. Por aquel entonces se trataba dicha dolencia mandando a los doentes a altas montañas en la esperanza de que los limpios y serranos aires curaran la enfermedad (y de paso no contagiaran a los que se quedaban abajo). La primera piedra, a 1.200 metros de altitud, fue colocada en 1930 y se terminaba en 1936, aunque por circunstancias varias el hospital no empezaría a funcionar hasta 1944. Cottinelli se basó en el sanatorio de la Fuenfría, en la madrileña sierra de Guadarrama (diseñado en 1921 por Antonio Palacios nada menos), que visitó en persona. Acaso también habría leido nuestro multidisciplinar arquitecto La montaña mágica de Thomas Mann (1924), en la que el sanatorio para tuberculosos de Berghof, ese "transatlántico varado" en palabras del alemán, tiene un claro protagonismo en el relato. Pero prosigamos que hoy no acabo. Cuando los nuevos tratamientos médicos para combatir la tuberculosis se generalizan, estos aislados hospitales difíciles de acceder y caros de mantener caen en desuso. El de Covilhã no es excepción y cierra en 1969 tras una exitosa carrera (tenía el récord de curaciones de este tipo de sanatorios en Portugal). Continuó nuestro transatlántico varado aún prestando servicios ocasionales (como alojar de manera temporal a los retornados de las colonias portuguesas tras alcanzar estas su independencia) bajo el atento cuidado de dos arrojados funcionarios, José Francisco Amorim y Lurdes Amorim, que en él vivieron buena parte del tiempo en absoluta soledad, experiencia que nos recuerda al tremebundo El Resplandor de Stephen King que Kubrick llevaría magistralmente a la gran pantalla. Cuando los dos solitarios funcionarios alcanzaron la edad de aposentação, certera manera que tiene el idioma portugués de expresar la jubilación, el edificio quedó a su suerte, solo visitado ya por las estrellas. Convirtióse pronto en penosa ruina y se decía que estaba assombrado (encantado). Tras muchos avatares, en 1998 fue vendido a la empresa que por aquel entonces gestionaba las Pousadas (paradores) por la cantidad simbólica de un escudo con la condición de que allí se levantara uno de dichos alojamientos. Nada menos que Souto de Moura, el Pritzker portugués, fue el encargado de la rehabilitación del hospital. Tras nuevos contratiempos, ya bajo la batuta de Pestana, la mayor empresa hotelera del país, se llevó a cabo el proyecto y la "Pousada da Serra da Estrela" fue finalmente inaugurada en 2014.

Si alguna vez vas a Covilhã te recomiendo que te alojes allí (está a unos seis kilómetros de la ciudad) aparte de por tratarse de un hotel magnífico con vistas espectaculares y una buena relación calidad-precio, porque descubrirás con asombro que Souto de Moura, un racionalista miesiano  que echa pestes de la arquitectura tradicionalista del Estado Novo ha encarado un edificio preñado de ornamento y aires románticos (Cottinelli lo diseñó más como hotel de montaña que como sanatorio) replicándolo con un respeto máximo. Souto desaparece en la rehabilitación, mostrando la grandeza que a veces se esconde tras la humildad (no quiero ni pensar lo que Koolhaas hubiera hecho si llega a meter mano al ruinoso hospital). Ya lo dice el último AV dedicado al arquitecto de Oporto (que me dio la idea del viaje): "Se busca que los visitantes sientan un dejà vú al estar frente a una construcción que insistió en permanecer en una geografía imponente". Sólo le intuimos en la sobria piscina cubierta situada en las entrañas del edificio, que mi contraria y filhos disfrutaron con fruición (yo algo menos al saber que allí se situaba la morgue). Ya puestos decir que el dejà vú hospitalario se hace sentir a veces con demasiada intensidad en la austera y algo viejuna decoración y especialmente en el interior de las habitaciones, donde se han reproducido los sanitarios y hasta los muebles del antiguo sanatorio (idénticos a los que se ven en las fotos de época), algo que pronto se olvida al disfrutar del regio desayuno, contemplar las alucinantes vistas y ver corretear por doquier a los numerosos niños alojados en el hotel.




sábado, 5 de enero de 2019

Entre estrellas (2)



Pues la ciudad que comentábamos en la anterior entrada era la portuguesa Covilhã (seguimos con nuestra fijación ibérica) y lo que aparece en la foto es la pasarela peatonal, el Ponte da Ribeira da Carpinteira para ser más exactos, de Carrilho da Graça. A su vez el corajudo personaje del que hablábamos no es otro que Pêro da Covilhã, precursor de Vasco da Gama. No pensarás, querido lector, que he ido a Covilhã solo a ver una pasarela, aun siendo tan espectacular como esta con sus 220 metros de longitud. Freaks somos, a qué negarlo, pero pardiez no tanto. Iremos desgranando los atractivos (a menudo ocultos) de la ciudad y los alrededores. Hay más sorpresas arquitectónicas (últimas).

Covilhã es una ciudad de urbanismo imposible. Se halla desparramada sobre varias empinadas lomas que dan acceso a la Serra da Estrela, que atesora el punto más alto del Portugal continental con 1.993 metros (João VI por aquello de redondear mandó construir en dicho lugar una torre de 7 metros a principios del XIX con lo que puede decirse que con trampa llega a 2.000, recordemos ya puestos que el punto más alto del país se encuentra en las Azores). Era por tanto imperativo en un intento titánico por vertebrar este caos vertical la creación de nexos que facilitaran la comunicación entre el bairro alto, el más antiguo, preñado de bellos ejemplos de arte urbano, y las barriadas más bajas, donde se sitúa la universidad (en la que destaca un potente edificio brutalista que bien podría haber diseñado Lina Bo Bardi) y las urbanizaciones más modernas, junto al centro comercial de rigor y el hospital (al que da nombre nuestro agente secreto en misión por las indias, Pêro da Covilhã), todos ellos buscando la cómoda horizontalidad de la amplia llanura que se extiende a los pies de la sierra. Uno de los conectores que intenta paliar este paroxismo vertical es como decíamos el metafísico puente de JLCG terminado en 2009 (finalista de los premios Mies van der Rohe en 2011), que genera una suerte de horizonte alienígena; otro es el vertiginoso ascensor inaugurado hace apenas tres años.

Ya que estamos, de Covilhã convendría decir también que fue importante centro de elaboración de productos derivados de la lana ya desde el siglo XVI (Gil Vicente lo nombra en una de sus obras). El mismísimo Marqués de Pombal potenció dicha actividad, y las factorías de lanifícios de la ciudad llegarían a elaborar los uniformes del ejército luso. En 1972 había registradas 99 empresas dedicadas al procesado de la lana y trabajaban en ellas casi 7.000 operarios, hoy se sigue manteniendo la actividad pero a una escala mucho menor (apenas quedarán 15 empresas), siendo buena parte de los edificios que alojaron estas fábricas fantasmagóricas ruinas (nada hay más portugués que la ruina, a menudo convertida en poético artificio), aunque algunos han recobrado nueva vida, de hecho la universidad está en parte alojada en una de estas antiguas factorías. El lema de la ciudad (A tecer o futuro: "tejiendo el futuro") y su logo no se olvidan de ese importante pasado textil. Por último decir también que PT, la Telefónica portuguesa (hoy en manos de la multinacional Altice) tiene aquí un centro de proceso de datos, diseñado también por JLCG, en forma de enorme cubo gris.

Por hoy creo que nos vale. Tienes información y fantásticas fotos del puente aquí, y si te apetece saber más sobre la ciudad no te pierdas este artículo de César Antonio Molina. 







domingo, 30 de diciembre de 2018

Entre estrellas



No sin antes desearte Feliz Navidad, próspero año nuevo y demás, tenemos entrada de nuestra legendaria sección atención pregunta. Ya me vas adivinando qué es esto y dónde anda. Pista de rigor: en esta ciudad nació un personaje cuya vida parece sacada del argumento de Interstellar, pero en el siglo XV. Junto con otro emisario fueron los primeros europeos que exploraron la India, Arabia y la costa oriental de África enviados allá por un rey visionario a buscar nuevas rutas para acceder a las preciadas especias una vez que los turcos cortaran la ruta de la seda. Su misión, solitaria, secreta (viajaban disfrazados de mercaderes) y arriesgada era doble: comprobar si se podía llegar a la India bordeando la costa oriental africana y de paso averiguar si era cierta la leyenda del Preste Juan según la cual existía un reino cristiano en África. Visitan La Meca y Medina y después se separan; nuestro protagonista irá a la India, mientras que su acompañante partirá a Etiopía en busca del Preste Juan para desaparecer sin dejar rastro. Su compañero ni corto ni perezoso decide completar la misión y marcha a Etiopía, donde su buena estrella le permite descubrir que efectivamente existe un reino cristiano. El rey le trató bien, otorgándole incluso el gobierno de una provincia, pero no le dejó volver a su país. Morirá allí con más de setenta años, sin volver a ver a su esposa, embarazada de su primer hijo cuando partió en su viaje cuarenta y pico años atrás. Sus detallados informes sirvieron para que su país, ahora ya de forma oficial y al mando de un navegante mucho más reconocido por la historia, llegara a Oriente bordeando África. Aunque en Etiopía casó y tuvo hijos (al mayor lo mandó a su país a estudiar aprovechando la visita de un embajador) acaso en las noches estrelladas recordaría nuestro intrépido aventurero su muy serrana villa e imaginaría qué fue del hijo que nunca conoció y la esposa que allí dejó. 



domingo, 23 de diciembre de 2018

El padrino



"Johnson, quien empezó su carrera arquitectónica como el primer comisario de arquitectura del MoMA y solo más tarde decidió poner en práctica lo que había estado predicando, probablemente ejerció más influencia en la cultura arquitectónica de la segunda mitad del siglo XX que cualquier otro. (...) Tenía mentalidad de crítico, no de artista: todo le fascinaba, y quería sacarlo a la luz y ponerlo ante el público, crear revuelo. Nutrió las carreras de los arquitectos que admiraba y socavó, o trató de socavar, las carreras de aquellos que consideraba peores. Gracias a su potente personalidad se erigió en el padrino de la arquitectura americana de la segunda mitad del siglo XX.(...)

Pero hay otra faceta de Philip Johnson, y es menos benigna. Lamster en su libro trata con detalle su horrenda fijación con los nazis en los años 30, un abominable capítulo que Franz Schulze ya había documentado bien en su biografía de 1994 y que Lamster engorda con nuevos detalles que no redundan en beneficio de su protagonista. Johnson pasó mucho tiempo en Alemania, aparentemente investigando el surgimiento de la arquitectura moderna europea, investigación que conduciría a la celebrada exposición y publicación "The International Style" que Johnson elaboraría para el MoMA junto al historiador Henry-Russell Hitchcock en 1932. Pero se tomó su tiempo libre para caer bajo el influjo de los políticos alemanes y la belleza de la juventud aria. (...)

En realidad Johnson era un amasijo de contradicciones. Era un esteta brillante, un connoiseur, un intelectual que devoraba ideas y un conversador estimulante como nadie. Si de joven estaba poseido de lo que Lamster llama una "altivez extravagante", estaba demasiado lleno de entusiasmo para ser simplemente un cínico. Le salvaba, se podría decir, una genuina curiosidad que nunca le abandonó, incluso en sus últimos años. "El aburrimiento era algo que Johnson no podía soportar", nos cuenta Lamster. Fue también un hombre que pasó la mayor parte de su vida buscando algo en lo que creer, adorando una deidad arquitectónica tras otra: fue el gran acólito de Mies van der Rohe, hasta que dejó de serlo, tomó posesión del posmodernismo directamente de Robert Venturi y Denise Scott Brown para después abandonarlo por lo que otros llamaron Deconstructivismo, que hizo propio comisariando una exposición homónima en el MoMA. Finalmente, al final de su vida, decidió que Frank Gehry era el arquitecto más importante del momento, y su trabajo comenzó a dejarse influir de manera obvia aunque no muy convincente por la arquitectura del canadiense [Johnson visitó el Guggenheim bilbaíno señalando que era el mejor edificio de la arquitectura contemporánea]

Pero era también un obseso descarado de la publicidad, lo que explica por qué al final de su carrera, cuando su extensa asociación con John Burgee había terminado y trabajaba solo, eligió como cliente a un cierto constructor de nombre Donald Trump. Él y Trump se necesitaban mutuamente: Trump quería un nombre famoso, y Johnson buscaba con desesperación seguir en el candelero. Johnson hizo unos pocos edificios horrorosos para Trump, quien lo más seguro es que ni se diera cuenta, lo único que le importaba era poder reivindicar que eran diseño de Philip Johnson. Y Johnson consiguió seguir siendo el centro de atención. 

El capítulo de Trump en la larga carrera de Johnson parecía tan solo una extravagante nota al pie de página cuando sucedió en los 90. Ahora es un poco más difícil de pasar por alto. En apariencia los dos no podrían haber sido más distintos: Johnson era un experto conversador, y Trump es un inepto. Johnson mostraba desprecio por la vulgaridad de Trump y su falta de curiosidad intelectual, mientras que Trump no comprendía el refinamiento de Johnson. (...) Pero ahora que conocemos a Trump como algo más que un simple constructor, es difícil no recordar la obsesión de Johnson con los dictadores, su esnobismo, su necesidad de ser el centro de atención, y preguntarse si no tenían algo más en común de lo que parecía por aquel entonces. (...)

Quizá la contribución más importante de Lamster sea el mostrarnos que, por muy electrizante que pueda ser la capacidad de dominar el primer plano, ello no confiere las perdurables cualidades de la grandeza". (Paul Goldberger, Una nueva biografía del arquitecto Philip Johnson, el "hombre en la casa de cristal" en The New York Times. Goldberger reseña el libro The Man in the Glass House de Mark Lamster).





domingo, 16 de diciembre de 2018

Más madera


"El término "posmoderno" lo terminó de acuñar, de hecho, un arquitecto, Charles Jencks, en un libro panfletario donde se atrevió a ponerle fecha al certificado de defunción del llamado Movimiento Moderno o Estilo Internacional: esa arquitectura anónima, acontextual, desornamentada, social y hormigonada que habían conseguido imponer Le Corbusier y sus colegas, pero que detestaban las clases populares de Europa y América. La fecha era el 15 de julio de 1972, día en que se terminó de demoler uno de los proyectos más emblemáticos del fracaso moderno: el conjunto de viviendas sociales Pruitt-Igoe en San Luis, Missouri, del japonés Minoru Yamasaki. Retransmitida por televisión en una suerte de anticipo de la violenta caída de otra obra de Yamasaki -¡las Torres Gemelas!-, la voladura del Pruitt-Igoe fue también la voladura de los principios de la modernidad [la demolición apareció en la mítica cinta Koyaanisqatsi con música de Philip Glass, casi tan monótona como los edificios. Yamasaki es también autor de la torre Picasso de Madrid]. 

Ese mismo año de 1972, Robert Venturi, junto a su mujer y socia Denise Scott-Brown y un compañero en la Universidad de Yale, Steven Izenour, habían dado a la imprenta un texto no menos antimoderno que la dinamita utilizada en Missouri y sólo un poco menos explosivo: Aprendiendo de Las Vegas. En él demostraban ser los apóstoles de una herejía demoledora que consistía en admirar la instant city levantada en el desierto de Nevada que los arquitectos educados y la inteligentsia en general juzgaban el culmen del mal gusto y la degradación moral. (...)

Más que una alabanza de Las Vegas, el libro de Venturi y Scott Brown era una investigación sobre la posibilidad de que la arquitectura pudiera seguir resultando legible e inteligible para el común de los mortales. Un gran tema (lo sigue siendo hoy) que Venturi y su socia no habían sido los primeros en abordar. En rigor, cabe adjudicar el mérito a Umberto Eco, que en un libro de 1968, La estructura ausente, había descrito las estrategias de comunicación propias de la arquitectura, y las había visto a la luz de un conflicto planteado por él mismo en un volumen anterior, Apocalípticos e integrados: el conflicto entre la alta y la baja cultura. (...)

Esta pretensión no dejaba de ser paradójica en Venturi, alumno y profesor de las universidades más elitistas del mundo y autor de libros que sólo leyeron los arquitectos más cultivados. De hecho, Venturi fue el historiador, el pope y el crítico que él mismo había despreciado implícitamente en Aprendiendo de Las Vegas. Y lo fue, sobre todo, en su mejor libro, Complejidad y contradicción en la arquitectura, publicado en 1962; un sutil y polémico repaso a los estilos y autores que le gustaban al estadounidense: entre los primeros, el helenismo o el manierismo; entre los segundos, Miguel Ángel, Borromini, Lutyens o... ¡Le Corbusier! Es decir, estilos y autores ambiguos que habían sabido moverse en la heterodoxia, acrisolando temas, motivos e inquietudes diferentes en una arquitectura dinámica y viva. Una arquitectura que, lejos asimilarse al lema castrador de Mies van der Rohe, "less is more" (menos es más), materializaba el eslogan opuesto: "Less is a bore" (menos es un aburrimiento). (...)

Más allá de sus edificios -en realidad, muy poco imitados-, hoy el influjo de Venturi sigue produciéndose a través de sus ideas, que han devenido lugares comunes. De hecho, los temas preferidos del estadounidense, como el del creador eximido de responsabilidad, la defensa de la cultura popular, la obsesión por la comunicación o el énfasis en lo contradictorio, hace ya tiempo que han perdido su sentido arquitectónico para confundirse con el credo de nuestro tiempo. La posmodernidad fracasó como estilo pero triunfó como ideología. El ejemplo de Venturi lo demuestra mejor que nada". (Eduardo Prieto, El buen nombre de la mala arquitectura en El Mundo). 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Invisibles (2)




Pues vamos a darle otra vuelta a la instalación de Plensa en el Palacio de Cristal madrileño. El juego de transparencias entre las etéreas esculturas, diseñadas específicamente para el singular recinto, y el no menos etéreo palacio produce una suerte de espejismo moderno que da que pensar. Para empezar las tres cabezas representan a otras tantas mujeres que no contentas con desaparecer encima se mandan callar unas a otras poniendo el dedo índice sobre los labios. No creo que sea casual que las figuras sean femeninas. También sorprende experimentar cómo el exceso de transparencia produce la paradoja de la ocultación, algo de lo que ya Poe dejó constancia en La carta robada: lo más expuesto escapa a la observación por demasiado evidente.

En lo más propiamente arquitectónico, la exposición me ha traído a la memoria el follón de la intervención de Snøhetta en la neoyorquina torre AT&T de Johnson (el autor de las madrileñas Torres Kio). La famosa torre de granito, de 1978, marcó el pistoletazo de salida de la arquitectura posmoderna y supuso todo un varapalo a las arquitecturas cristalinas del estilo internacional, convirtiéndose en chirriante manifiesto con un interesante plus de morbo ya que Johnson había sido defensor del Movimiento Moderno en Estados Unidos y fiel protector de Mies, con el que había trabajado en la cercana torre Seagram (acero y vidrio toda ella) veinte años atrás.

Pues bien, la torre (ahora de nombre Madison 550), que llevaba un tiempo viviendo el sueño de los justos, la compra el conglomerado de rigor (saudí para más señas) que quiere darle nueva vida, y qué mejor que abriendo sus bajos al comercio. Como la monumental arquería, que parece diseñada por Speer, tiene una falta de atractivo que raya en hostilidad (destacando en ello ese tremendo arco central de ocho plantas que debe acongojar visto a ras de suelo), encargan a Snøhetta que le den un aire más amistoso y a los noruegos no se les ocurre otra cosa que forrar el despropósito de vidrio ondulado. La paradoja está servida (nos recuerda a la intervención de Koolhaas en el IIT, solo que ahora es al revés): el edificio que se quería de sólido granito para enfrentarse a los palacios de cristal miesianos de su entorno iba a tener en su base un forro transparente al más puro estilo moderno. Todo a mayor gloria del capitalismo más chusco, que, como señaló Adjaye hace unos días en el World Architecture Festival, está corrompiendo la arquitectura. En lugar de ser árbirto de ideas, el británico señala que la arquitectura se está vendiendo al gran capital: "muchos proyectos hoy en día están conducidos por un elitismo que tiene que ver con un liberalismo hipercomercial". Rowan Moore habla también de esta tendencia imparable en un artículo sobre la intervención de los noruegos en el que, tras poner a caldo a Johnson, al que tilda de comisario cultural, y al edificio, del que recuerda cómo fue comparado por Huxtable a un ejemplo de "hábil canibalismo", apunta: "Sería otro paso en la ubicua "cristalización" al nivel de la calle de las grandes ciudades, donde todo lo que es sólido debe fundirse en defensa del sacrosanto shopping". Wainwright también puso el grito en el cielo (habló de vandalismo), y hasta Foster, nada posmoderno que digamos (habla de dicha arquitectura como cartoonish, vamos, como salida de unos dibujos animados, y cínica) se posicionó en contra de la intervención, aunque, todo sea dicho, es justo lo que va a hacer él en su proyecto para Colón en Madrid. Pero el que no se contradiga que tire la primera piedra.

Las protestas a favor de preservar el AT&T se materializaron con manifestaciones de, todo sea dicho, cuatro gatos, aunque uno de ellos nada menos que Robert A.M. Stern, quien portaba en las mismas una maqueta de la torre imitando la famosa portada del Time de 1978 en la que aparece Johnson con una maqueta de su edificio (igual la misma) en pose desafiante, como un moisés pintón (la metáfora es de Moore) soteniendo las nuevas tablas de la ley. El caso es que ocho meses después de dichas protestas el edificio había sido protegido por ley (Snøhetta no son Koolhaas) y la reforma no podía ya hacerse en los términos planteados. Los noruegos se la envainan y dejan los bajos como estaban centrándose en reformar la parte posterior del edificio creando un relajante espacio público y tal. ¿Bien está lo que bien acaba? Cito a Moore de nuevo: "Las ciudades están hechas de cosas así, de los empeños de gente no siempre agradable por dejar marca, de la provocación y la ambición transformada en mampostería y espacio, los cuales, redimidos por el paso del tiempo, llegan a revelar una nobleza inesperada. O al menos un carácter distintivo. Olayan y Chesfield [actuales dueños de la torre] deberían darse cuenta de que tienen algo único entre manos y, en vez de darle una patada, tendrían que sacar el mayor provecho de ello". 

Acabamos volviendo al inicio. La transparencia, como señalaba Anthony Vilder, es obsesión de la modernidad, y bien que nos retrata en esa sobreexposición complaciente que nos brinda internet. Santiago de Molina lo explica muy bien. Acaso haya que volver a una arquitectura matérica y sólida, enraizada en la tierra, que nos dé cobijo y sombra, que nos devuelva el secreto, la invisibilidad y el misterio antes de que nos disolvamos en el resplandor del ciberespacio. "La luz oscura del espacio oculto fascina tanto como confunde...". (Luis Fernández-Galiano, Criptoarquitecturas, en Arquitectura Viva 209).






domingo, 2 de diciembre de 2018

Invisibles


"La modernidad ha sido encantada por el mito de la transparencia; transparencia del yo ante la naturaleza, del yo ante el otro y de todos ante la sociedad" (Anthony Vidler, Transparency). Fotos de la exposición Invisibles de Jaume Plensa en el Palacio de Cristal de Madrid.