domingo, 13 de febrero de 2022

Cielo e infierno

 


El cielo de los arquitectos podría ser una réplica repetida hasta la saciedad de este resort en Estepona a cargo de Rafael de La-Hoz, el autor por ejemplo de la sede madrileña de Repsol. De nombre The Edge y con viviendas que alcanzan los 2,6 millones de euros, sus formas remiten a las olas (marinas) del inmediato Mediterráneo. Es, faltaría menos, un complejo sostenible con amenities de toda índole, salseo premium y famoseo asegurado. Ya puestos, ¿qué más tendría ese presunto cielo de los arquitectos? Pues a ver, los coches serían todos Citroën SM, ese automóvil que quiso volar demasiado alto (el motor era de Maserati y costaba como un Ferrari) para una marca generalista que incluía en su gama al modesto 2CV. Su peculiar carácter (el motor se incendiaba ocasionalmente y los mecánicos huían despavoridos cuando veían uno entrar en el taller por lo complejo de su tecnología) unido a la crisis del petróleo de 1973 acabaron con un modelo excéntrico y acaso absurdo pero de una belleza y potencia excepcionales (alcanzaba los 220 km/h), échale un vistazo aquí. Por supuesto los SM celestiales no serían tan penosamente imperfectos, estarían convenientemente electrificados, no pasarían de 120 km/h y el brioso ruido que producía el motor Maserati sería sustituido por un siseo eléctrico diseñado por Hans Zimmer. La música ya puestos sería de Agnes Obel en un non-stop loop, que en cristiano quiere decir que la estarías oyendo todo el santo día sin parar. Caigo ahora que también tendríamos que inventar en paralelo un infierno arquitectónico. Vamos a ver, en dos pinceladas, que a este paso no entramos en harina: ¿Recuerdas aquella barriada de Hong Kong donde se hacinaban miles de personas y ni Rambo se hubiera atrevido a entrar? Sí, la ciudad amurallada de Kowloon, con una densidad de población de 1,2 millones por km2. Aquí no hay automóviles que valgan, no caben en sus estrechas callejuelas a las que apenas llegaba luz natural (su nombre en cantonés era la ciudad de la oscuridad), y la música que se oiría serían clásicos electrónicos petardos como Sahara de Solid Globe y olvidados temas de grandes como Vangelis en sus épocas más macarras, pongamos este Multi-Track Suggestion de 1980. Y pese a todo, dicen que a más de un arquitecto (Price, Kurokawa, Natalini, Niemeyer) no les importa pasarse largas temporadas en este particular infierno. ¿Será porque la perfección es un peñazo?

Ya que hemos creado este cielo (el infierno lo dejaremos para otro día), acerquémonos a él y veamos lo que se cuece por tan prístinos lares. Entremos en uno de los áticos de The Edge. Atardece un día soleado, con un cielo de tonalidades añiles y anaranjadas tan perfectas que sin duda están renderizadas. El mobiliario es minimalista, con el sello de los Eames, Jacobsen, Breuer o Gray, y una paleta de colores sumamente tenue. En la terraza hay tres hombres sentados en torno a la mítica mesa de centro Barcelona de Mies mirando a un mar azul, de nuevo, de bote total. Viste uno de blanco con americana negra, el único toque de color un vistoso pañuelo de cuello. El segundo se anima con colores más vivos pero siempre en elegante equilibrio. El tercero me lleva una camisa verde chillón que daña la retina. Los tres acaban de llegar al complejo celestial, casi a la vez, y hablan animadamente. Aquí no hay barrera idiomática, todos entran con un C2+ en los idiomas que elijan. Pero si no te importa pasemos a la amplia terraza (en calidad de narradores omniscientes invisibles) para escucharles mejor.

-"¿Este edificio, el mejor del mundo?" dice el de la chaqueta negra con sorna mientras les muestra fotos en lo que parece una tablet transparente y flexible, una de dichas fotos es la que preside nuestra entrada hoy. "Pero por favor, es que ni Mies lo habría hecho tan anodino y simplón. Que no, que la arquitectura tiene que ser heroica o no será, como decía Gógol". 

-"Si em punxen no em surt sang", resopla otro. "Nunca pensé que un libertario como tú acabara citando a un zarista. Yo también tengo cita: ¿Sabes quién decía que en un mundo en el que todos luchan por ser extraordinarios, lo revolucionario es ser ordinario? Denise. Mucho más de tu cuerda que el ruso. Seguro  que te chifla la seta mágica del Sujimoto en Budapest, que manda cuyons". 

-"No me vengas con chorradas. Yo antes que posmoderno he sido más moderno que nadie. Queríamos cambiar el mundo tanto o más que ellos. Walden 7 es un experimento extremo de cómo construir una comunidad. En el Taller nos dejamos la piel reconfigurando el cubo moderno para convertirlo en vivienda comunitaria. Lo que otros cantamañanas como Koolhaas o Constant solo se atrevieron a describir o dibujar, nosotros lo llevamos a la práctica arquitectónica". 

-"Walden 7 es un fiasco y lo sabes. Es tan complejo que es imposible de repetir. No me vale".

-"¿Prefieres esto?", señala a The Edge con displicencia. "Seguro que sí, al fin y al cabo perteneces a la generación de la pérgola y el tenis, como decía Gil de Biedma. Nosotros al menos luchamos por crear una sociedad alternativa. Prefiero un fracaso épico a un éxito facilón. Walden 7 es verdadera modernidad y no el Pompidou", mira ahora al tercero, el de la camisa de un verde imposible, "venerado por todos pero solo por el follón que montó. Modernidad tan solo en lo formal. Como decía tu compatriota, mucho ruido y pocas nueces". 

-"¿Quieres disertar de formalismos vacíos?", espeta el aludido."Hablemos entonces de Abraxas". 

-"¡Abraxas es la vuelta a la historia tras la asepsia del cubo! No sé cómo no te desheredaron tus padres cuando les hiciste ese taller de robots". 

Mira, he tenido bastante por el momento. Me apetece ahora darme un chapuzón en la piscina del complejo, intrigado por averiguar cómo se siente el agua celestial. Me abro, quizá más tarde vuelva a por más.