domingo, 26 de febrero de 2017

Megaformas



Sorprende que este masivo bloque de 400 metros de largo, 500 apartamentos y casi cincuenta años a sus espaldas sea uno de los cinco finalistas de los premios Mies van der Rohe de 2017. Está en el llamado Bijlmermeer (Bijlmer para los amigos), una barriada en el extrarradio de Ámsterdam donde se construyeron edificios de viviendas de 11 plantas con un diseño deudor de los principios del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) y que, vistos a ojo de dron, recuerdan a un inmenso panal. Este bloque en concreto, si se me permite el juego de palabras (Kleiburg de nombre), es el único que queda de aquel brutal desarrollo urbanístico caído en desgracia (como casi todas las utopías modernas). ¿Y qué pinta, repito, semejante ninot indultat en los seleccionados para el premio de este año, en el que competían dos OMAs, un Siza y un Mansilla y Tuñón (el Museo de Colecciones Reales), y a los que ha desbancado fuera de toda lógica? Veamos lo que dice Stephen Bates, presidente del jurado: "Nuestros instintos podrían resumirse en las palabras de Peter Smithson [uno de los creadores, mira tú por dónde, del brutalismo inglés heredero de Le Corbusier, sus proyectos, como los Robin Hood Gardens, están también en el disparadero]: 'las cosas necesitan ser normales y heroicas a la vez'. Buscamos una normalidad cuyo sutil lirismo esté lleno de potencial". A este señor le daba yo el Nobel de lo que fuera. El reconocimiento de la Fundación Mies van der Rohe no es en realidad para el bloque en sí, sino para una iniciativa de rehabilitación a cargo de los arquitectos locales NL Architects y XVW Architectuur que, de abajo a arriba (a través de una cooperativa que mantiene su carácter social), proponen adecentar el "único hombre en pie en medio de la guerra contra la modernidad arquitectónica", como señalan los propios arquitectos. Y lo más curioso es que no lo quieren hacer, como en tantos otros casos, desde una estrategia de ocultación sino al contrario, reafirmando los valores de obsesiva repetición y abstracción formal tan queridos por el Movimiento Moderno. Más sobre el proyecto aquí.

El caso es que se me ha encendido la bombilla y me he acercado al S,M,L,XL porque todo esto me sonaba de algo. Efectivamente, en el capítulo XL, obviamente, se habla de Bijlmermeer, bajo el epígrafe Las Vegas del Estado de Bienestar. Nuestro siempre incendiario Koolhaas le dedica sus afilados comentarios, enfatizando su anacronismo (pensemos que los edificios se acabaron cuando el CIAM llevaba doce años criando malvas): "Si el debate arquitectónico es una representación del hijo matando al padre, Bijlmer presenta una inversión potencial de la fórmula edípica, según la cual el padre amenaza al hijo" (en este caso al posmodernismo). Y añade: "El hecho de que -especialmente bajo la dramática luz del clima holandés- el Bijlmer tenga una cierta grandeur monumental que, a pesar de su monotonía, acritud y torpeza sea también un espectáculo arquitectónico, demuestra que la ideología y la estética de la modernidad son, tras todos estos años, aún más proporcionales y relevantes a los fenómenos de la ocupación territorial inspirados por el estado. Bijlmer ofrece aburrimiento a escala heroica [la misma que pide Smithson]. En su monotonía, dureza e incluso brutalidad es, irónicamente, refrescante, (...) no ha eliminado, a través del exceso de sensiblería o la sobredosis de buenas intenciones, el componente de aventura. Incluso comunica, en su aridez, algo de la sensación del asentamiento, la euforia por lo nuevo, hoy ya pasada de moda, el secreto entusiasmo de la modernización". Sobrecoge la potencia descriptiva y la capacidad de abstracción teórica de este hombre. Y no te pierdas las fotos, en las que se realzan (con notable ironía) todas estas ideas. Así, se refleja el fetichismo por la repetición en Bijlmer: la forma de los bloques es semihexagonal, pero es que el lago que rodea precisamente al Kleiburg también lo es, como el islote artificial al que conduce una pasarela, y hasta el parque infantil incorpora estructuras hexagonales: la estética de la tautología en palabras de Rem. Pues bien, tras este chispeante texto (de 1976), toda una "declaración de fe" en Bijlmer, pasa a explicarnos el proyecto de rehabilitación del complejo que se le encargaría al estudio diez años después, cuando ya ha devenido escenario de una pesadilla distópica: es un gueto para inmigrantes sin recursos abandonado a su suerte. Tocaba desmantelar su aura apocalíptica, de nuevo en palabras de Rem. El diagnóstico es claro y la solución aparentemente sencilla: es necesario crear tejido urbano en una inmensa zona únicamente residencial (y por tanto mortalmente aburrida): los aparcamientos cubiertos se liberarían para dotarles de locales comerciales, y los espacios entre los hexágonos se dedicarían a usos múltiples especializados: zonas deportivas, "playa", etc, permitiendo a su vez que la zona recibiera un "bombardeo tipológico" de otros tipos de vivienda (baja, unifamiliar, etc.) que llenara los deprimentes vacíos. Finalmente nada del proyecto se llevaría a cabo, restando ya solo la muerte de Bijlmer por inanición y piqueta (muerte por cierto salvajemente iniciada cuando en 1992 un Jumbo de carga se precipitó contra una de las torres matando a 43 personas).

Y aquí retomamos el proyecto de rehabilitación de Kleiburg por NL y XVW, ese lugar tan cuajado de memoria. Le deseamos lo mejor, el Movimiento Moderno se lo merece: a pesar de todas sus imperfecciones y torpezas al menos tenía el objetivo claro y quizá ingenuo de mejorar las condiciones de vida de las personas a escala masiva. Bastante más quizá de lo que puede decir buena parte de la arquitectura perpetrada desde finales del siglo pasado hasta hace bien poco. Nos despedimos con el discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la UPM de Kenneth Frampton, teórico británico buen conocedor de nuestra arquitectura y de la modernidad arquitectónica (Solà-Morales le daría un trozo de una de las columnas de acero encontrado, como la que fotografiamos aquí, en el solar del Pabellón de Mies en Barcelona durante su reconstrucción, lo comenta en el propio discurso). Lo concluye haciendo referencia a L´illa Diagonal del propio Solà-Morales y Moneo en Barcelona, otro edificio masivo con guiños a la modernidad, ejemplo de "la estrategia catalítica de la megaforma con la que contrarrestar el vacío patológico de la megalópolis universal". 

sábado, 18 de febrero de 2017

Menos es nada


Así podría estar ahora la City de Londres si Mies hubiera levantado ahí semejante torre. Me entero, con pasmo (qué poquito sé de arquitectura, y cuanto más aprendo, más me percato de lo mucho que desconozco), en The Guardian. Mies, en el que iba a ser su último proyecto (moriría semanas después de presentarlo, en 1969), no hizo como puedes observar el más mínimo esfuerzo para adecuarse al entorno, y el edificio, al menos en apariencia, es copia y pega descarada de su torre Seagram en Nueva York. Para qué vamos a cambiar nada, si la modernidad es ya ferpecta, además ya para entonces el Movimiento Moderno había devenido Estilo Internacional, así que punto en bocaNo debe sorprender que el proyecto de este cuerpo extraño en el mismísimo hard core del más rancio tradicionalismo británico (al lado mismo de este solar hay egregios edificios como el Banco de Inglaterra de Seoane, una iglesia de Wren, un banco de Lutyens y la residencia oficial del alcalde) durmiera durante una década larga el sueño de los justos para finalmente ser apuntillado a pesar del entusiasmo de su promotor, Lord Palumbo, fan del alemán que en 1972 se quedaría con la Farnsworth cuando su dueña, harta de la falta de privacidad de la casa de cristal y tras un farragoso juicio contra Mies -Less is Nothing alegaba la pobre- que perdió, se largó con viento fresco (mucho se ha hablado de esta relación tortuosa entre la doctora y el arquitecto que según dicen le prohibía instalar cortinas para que no rompiera la extrema transparencia del paralelepípedo (?!): vivir en un manifiesto arquitectónico -Mies no hacía edificios- es lo que tiene: ahora parece que hasta Hollywood va a llevar la historia de amor-odio arquitectónico a la gran pantalla), por cierto que Palumbo hizo un buen negocio con la dichosa casa: la compró por 120.000 dólares y la vendería en 2006 por 7,6 millones... Tranquilo, cierro ya el denso párrafo para que cojas aire.

Pero volvamos a los últimos 70 y primeros 80 cuando al parecer Palumbo, tras luchar contra viento y marea más de diez años y tocar todos los palos habidos y por haber (jugaba en el mismo equipo de polo que el mismísimo Príncipe Carlos, aunque ahí, claro, pinchara en hueso), tiene posibilidades reales de colocar la torre de Mies. El proyecto no es únicamente la torre, también incluye una plaza que es quizá lo más interesante (y sorprendente) del mismo. Estamos en una zona densamente construida de la City, esa ciudad dentro de la ciudad, en la que Mies quiere liberar espacio para el esparcimiento de los ciudadanos. Esta idea en los 60, ya se sabe, la época del flower power, quedaba muy bien, pero ahora ya en los 80 las cosas se han torcido. Son los tiempos de la Naranja Mecánica de Kubrick, las manifestaciones salvajes, el terrorismo del IRA y Margaret Thatcher, la dama de hierro. Vamos, lo que le faltaba al proyecto para que lo tumbaran del todo. El Príncipe Carlos, en su mítico discurso del carbuncle contra la ampliación de la National Gallery (1984) aprovechó para darle la puntilla final, tildando la torre de muñón de cristal más apropiada para Chicago que para Londres. Palumbo, finalmente vencido, respondería con una frase histórica casi a la altura del "No mandé a mis barcos a luchar contra los elementos" de Felipe II tras la derrota de la Armada Invencible: "Solo puedo decir que Dios bendiga al Príncipe de Gales, pero que el mismo Dios nos salve de su juicio arquitectónico". Quién sabe si su incondicional apoyo a Lady Di, de quien devino amigo y confidente (observa en esta foto su evidente complicidad con la Princesa del Pueblo) no fue sino una velada revancha, epílogo a este culebrón miesiano.

Pero Lord Palumbo no se iba a quedar quieto. Quería dejar huella en la City, y vaya si la dejó. Puso entonces su vista en James Stirling nada menos, el que hoy da nombre al más prestigioso premio arquitectónico en la Gran Bretaña (por cierto que había defendido el proyecto de Mies), y le dio el encargo de construir un edificio que colmatara su solar, sin plaza ni historias. Y así surgió, otro shock morrocotudo que me llevo (conocía el edificio, pero no sabía que era de Stirling), el conocido como Poultry nº1 (por la calle donde se encuentra), un bloque de un postmodernismo kitsch que echa para atrás, aún más ajeno a su entorno que la torre de Mies, y que parece diseñado por los Monty Python (que Kahn me perdone, yo es que el posmodernismo no lo llevo bien).

El artículo de The Guardian culmina con una interesante paradoja: tanto aspaviento por un edificio de 19 plantas cuando hoy en la ciudad se están levantando torres mucho más altas (y bastante más horrendas). ¿Dónde estaba el Príncipe Carlos cuando se aprobó el Walkie Talkie?

(Coda final: ¿Y si Koolhaas -siempre acabamos volviendo a él- hubiera querido recordar el proyecto de Mies al culminar su torre para Rothschild, justo al lado de la escena del crimen, con un paralelepípedo miesiano, y al dejar en su base un vacío que permite ver precisamente la iglesia de Wren que mencionábamos arriba?)

domingo, 12 de febrero de 2017

Wonderwalls


Pues vamos a seguir con más ficción, pero no de un servidor en este caso. Descubro en Metalocus un curioso concurso de relatos de nombre Fairy Tales, cuentos de hadas (arquitectónicos, claro está), que va por su cuarta edición. En la de este año, un jurado compuesto por escritores y arquitectos de los que sólo conozco a Michel Rojkind y Stefano Boeri han seleccionado tres ganadores y diez accésits de entre concursantes de más de 60 países. Te paso el enlace (aquí) para que te des una vuelta y leas alguno, merece la pena. Las ilustraciones que los acompañan son casi lo mejor.

Yo en concreto me quedo con uno de los accésits. El relato se llama Call for Submissions: The Great Wall of America, sus autores son Carly Dean y Richard Nelson-Chow y parte, como es obvio, del muro de Trump, que aquí nuestros altos representantes rápido han puesto a bajar de un burro olvidando que tenemos un pedazo muro triple a la última, con sus concertinas y todo, en Ceuta y Melilla. Los muros pretenden la desaceleración de un mundo cuya globalización acongoja. Lo del paren el mundo que me bajo. Al igual que, como señala Paul Virilio (sigo leyendo su Amanecer crepuscular), el inmueble, la morada, supuso la ralentización de la historia (la ciudad, señala el filósofo y urbanista francés, desaceleró a los nómadas reconvirtiéndoles en sedentarios), el muro quiere parar los flujos migratorios poniendo puertas al campo en un vano intento en el que, al final, las mafias son las únicas grandes beneficiadas. Igual Trump (va a ser que no) ha leido a Virilio y ha quedado prendado con su revolución dromológica y la teoría del accidente integral (los populismos se alimentan del miedo al apocalipsis que paradójicamente ellos mismos acaban generando), pero entonces habría que dirigirle a otro de los libros del francés (Bunker Archéologie) donde señala que la línea defensiva alemana que salpicó de búnkeres las costas del atlántico (como antes había sucedido con la Línea Maginot), finalmente nada pudo hacer para desacelerar el avance imparable de los aliados. Es tal la fijación de Virilio con los búnkeres que hasta señala que inspiraron a Le Corbusier (y de paso, claro está, a todo el Movimiento Moderno: el hormigón a destajo y las líneas puras vendrían de ahí). Ronchamp para el filósofo no sería sino un inmenso búnker...

En fin, dejemos el espinoso tema, tan apto para demagogias de todos los colores, y volvamos al relato que comentábamos. Se trata de un cuento de hadas distópico, que es lo que se lleva, y en él se nos presenta un futuro muy cercano tan inquietante como probable. Estamos en 2019 (cómo no) y tras los primeros aspavientos contra Trump hemos hecho de tripas corazón y oye, pelillos a la mar. El caso es que, en el Antrumpoceno (esto es mío, para una cosa que no corto y pego que conste), un mundo en el que pintan bastos, el muro es ya una medida aceptada y al concurso para su construcción se presentan arquitectos de prestigio que en el cuento aparecen apenas enmascarados con nombres falsos: NASAA es SANAA, GODMA es OMA (God+OMA), Björk Engels Group (BEG), no hace falta ni que te lo diga, Piotr Zoomtar es Peter Zumthor y Oola Fürelisson, me parto, no es otro que Olafur Eliasson. Si obviamos el hecho harto improbable de que arquitectos tan cool como Ingels fueran a meterse en semejante proyecto (pero ojo, que grandes estudios trabajan ya hoy para el gobierno chino, que muy democrático no parece, y aquí paz y después gloria), el reto es fascinante: ¿Cómo endulzar semejante píldora? ¿y quién si no un arquitecto para lograrlo? Las ideas que presentan los autores de la singular narración por supuesto reflejan el estilo (y el lenguaje) típico de cada arquitecto: BEG (BIG) presenta su propuesta (Wonderwall), lúdicofestiva, cómo no, en forma de cómic que imita el Yes Is MoreGODMA, único nombre ficticio que te hace dudar, reproduce la hipnótica verborrea metafisicocínica de Koolhaas con lo que en seguida sales de dudas ("Hoy existe un consenso para construir una materialización física de la frontera estadounidense. Mientras que al político le interesa su país y lo que lo define, al arquitecto le interesa la forma y la creación de condiciones espaciales. Las dos profesiones han sido históricamente simbioticas desde un punto de vista institucional. La arquitectura, aunque apolítica como disciplina, tiene tendencia a producir cosas altamente políticas. Incluso la forma arquitectónica más banal crea límites, define territorios, implica ideología"). Rem y Trump. Tremendo. Por su parte el avatar de Eliasson presenta un muro acuático, una etérea cascada que caería incesante desde una enorme tubería perforada. Y así todos. ¿Te interesa? Los relatos de anteriores años han sido publicados y los puedes conseguir aquí.


Que GODMA nos pille confesados.

domingo, 5 de febrero de 2017

Un cuento holandés



Flipo con Rem. Es descubrir una obra suya y oye, automático. Aquí te traigo la Dutch House levantada, como apunta irónicamente el propio arquitecto en S, M, X, XL, en una zona "montañosa" de su natal Holanda (50 metros sobre el nivel del mar) allá por 1995, y que he hallado en el magnífico blog rumano Ofhouses. Lo que más me sorprende no es tanto la casa en sí, sino cómo fue capaz el hombre de vender la moto a sus clientes ante determinadas decisiones arquitectónicas que, en mi siempre modesta opinión, no hay por dónde cogerlas. Te pongo más fotos y después monto una ficción -ya toca- que recoja uno de los encuentros que bien podrían haber mantenido el arquitecto y el sufrido matrimonio que le encargó la casa, a los que llamaremos -son nombres inventados- Dennis y Famke.


1993 estrena verano. Las calles de Ámsterdam rebosan de esforzados ciclistas y alegres turistas que disfrutan de una soleada tarde. En un recoleto velador al borde de un canal aguardan, expectantes, una pareja ya entrada en años (frisan acaso los 60), que sorben con delicadeza infusiones ya frías. Llevan casi tres cuartos de hora esperando al arquitecto que va a proyectarles una casa en el campo, y al fin van a conocer los primeros planos. Una moto de gran cilindrada pero añeja (son años duros para el estudio del holandés) encara de pronto la estrecha calleja y frena melodramáticamente  justo al borde del canal. Desmonta con urgencia un espigado hombre con desbaratada pelambrera, nariz aguileña y mirada perdida, como si acabara de llegar de otra dimensión y aún no hubiera encontrado su ser. Se dirige, brioso, a donde se encuentra la pareja, pide a gritos un café doble con tres cucharadas de azúcar, deposita una de esas típicas carpetas azul marino de cartón con gomas sobre la mesa y se deja caer sobre un asiento con ensayada sobreactuación.
-"Famke, Dennis, vaya tráfico, llego tarde, estoy agotado".
-"Buenas tardes señor Koolhaas", responde Famke, "tranquilo, estábamos disfrutando de un té de roiboos y esperando impacientes sus noticias".
-"¿Tenemos ya planos?", espeta Dennis
-"Tengo un primer boceto muy aproximado". Abre la carpeta y saca un fajo desordenado de papeles. "Aquí tenéis".
La pareja, ansiosa, se abalanza sobre ellos. Estudian el plano y varios dibujos de la casa desde distintos ángulos durante un buen rato mientras Rem aprovecha para beberse el café casi de un trago.
-"Esto es la Farnsworth con pilotis", sentencia, decepcionado, Dennis. "Es una copia".
-"Vaya Dennis, te veo muy puesto", contesta, con estudiada afectación, el arquitecto. "Me alegro mucho que hagas esa observación. Te cuento. Mi punto de partida son Le Corbusier, Mies y demás modernos, ciertamente, para luego pasármelos por el mismísimo forro. Porque para moderno, yo. ¿Tiene la Farnsworth dos casas en una? Te has dado cuenta de la segunda vivienda que que hundo en el terreno cual búnker?"
-"¿Me estás diciendo que has superado a Le Corbusier y Mies?", le responde con sorna.
-"Mira, Dennis, ¿sabes cuál es el problema de Corbu? Que se enfrentó al vacío en el corazón mismo del maelstrom, y PARPADEÓ. Ese fue el encuentro con el destino de la modernización. Ese fue el verdadero fracaso (1). Yo no parpadeo. Nunca".
-"¿Y se puede saber qué es esa especie de protuberancia que surge en la fachada que da al patio?", tercia Famke, que ha estado mientras tanto mirando atentamente dicha extraña elevación.
-"Esa es la clave de todo, Famke. Buen ojo. Ahí es donde le clavo la puntilla a Corbu y Mies. Ahí es donde supero la deprimente austeridad moderna dando un tajo, con saña, a la horizontalidad obsesiva de esa panda y creo como una ola. ¿Conoces la película Un chien andalou de Buñuel y Dalí? Pues eso es lo que he hecho yo aquí con los modernos. Esta es una casa edípica. Me estoy cargando al padre. Con un par". Se ha venido arriba.
-"Y justo debajo de la "ola" sitúas una rampa que comunica ambos niveles", señala Famke, algo alarmada. "Un poco forzado, ¿no crees?"
-"Eso remite a la función oblicua de Paul Virilio".
-"¿Quién?", dicen ambos al unísono.
-"Es un filósofo y urbanista francés que me ha inspirado especialmente para vuestra casa. Virilio busca una arquitectura que juega al desequilibrio mediante el plano inclinado. El modelo a seguir para él es el bailarín, siempre en danza. Pura arquitectura coreográfica. Lo llama también topología: Las paredes se inclinan, se hacen accesibles, se recuperan para la vida. Acabemos con la ortogonalidad, ya no hay más afuera y adentro, sino "superficie y subficie". (2) Por eso también me interesa mucho un arquitecto español, de nombre Alejandro Zaera, que he contratado para mi estudio y  tiene ideas muy interesantes sobre este mismo tema. Seguro que va a hacer cosas destacables (3). Volviendo a Virilio, os diré que participó activamente en las revueltas de Mayo del 68, para mí que la función oblicua no es sino un homenaje, acaso inconsciente, a las barricadas. Y vio el gran peligro del hombre moderno apalancado frente a la televisión y demás pantallas: quiso que no cayera en una adocenada inactividad, retomando las tronadas ideas de futuristas como Vincenzo Fani (alias Volt), que defendía un "alpinismo doméstico", por ejemplo situando la cama suspendida dos metros del suelo, y disponiendo para subir y bajar cuerdas y pértigas, en sus casas las escaleras dejarían de existir, y en su lugar habría toboganes y montañas rusas" (4).
-"Muy curioso", señala Dennis nada entusiasta, "pero ¿me puedes explicar por qué no pones una barandilla en el salón para evitar caídas sobre la rampa? Mira que de vez en cuando organizamos fiestas y la gente puede acabar perjudicada".
-"Y nosotros mismos", apunta, bajando la voz Famke y mirando de soslayo, "alguna vez nos fumamos un canutillo, qué le vamos a hacer".
-"No creo en las limitaciones. El espacio perdería carácter. ¿Os imagináis el efecto de una persona emergiendo paulatinamente por la rampa visto desde la planta de arriba? Algo así como la trampilla en el escenario por la que hacían aparición los personajes que se suponía venían del más allá, el Hades o los infiernos en el teatro The Globe de Shakespeare. Ahora parece que lo quieren reconstruir en Londres".

Rem da un repentino respingo y mira su reloj. "Lo siento, me tengo que ir pero ya, tengo otra cita en Utrecht esta misma tarde, voy a levantar ahí un edificio para la universidad. También va a llevar un pliegue que va a traer cola. Seguimos en contacto". Pone unos florines sobre la mesa y se va raudo dando grandes zancadas hacia la moto, con la que desaparece tras un rastro de humo blanco.

La pareja se queda en el velador mirando todavía incrédulos los planos. Les ha convencido, claro, aunque aún no lo saben.


(Aunque el relato es pura ficción, lo he adobado con datos verídicos. Como somos posmodernos, pero dentro de un orden, te he indicado con números los que podrían parecer inventados pero no lo son:
(1) Esta cita es real,  del propio Rem tal cual (mayúsculas en parpadear inclusive). La puedes encontrar en S,M,L,XL.
(2) Lo de la "función oblicua" tampoco es inventado, si quieres saber más te recomiendo el libro Amanecer crepuscular de Virilio. Lo que sí es cuento chino es que inspirara a Rem para esta casa.
(3) Zaera trabajó en el estudio de Koolhaas de 1990 a 1993, aquí lo relata él mismo.
(4) Esto, aunque no lo parezca, también es rigurosamente cierto. Compruébalo en La ley del reloj de Eduardo Prieto).


domingo, 29 de enero de 2017

Inventores


La reparación arquitectónica que defiende, ¿no debería conducir a la autocrítica? Todas las profesiones que avanzan reparan. Para curar una cosa es necesario arriesgar otra. A mí me estimula la invención. Son las diferencias lo que salva. Toda Europa como Alemania sería una aberración. Lo mismo en arquitectura. No todo lo que se haga desde un despacho tecnológico de Londres tiene que valer para todos los lugares del mundo. Imponer un estilo a otras culturas es una locura. 

Usted ha sido parte del star system. Pero de otra manera. Yo fui el principio del star system [risas]. (...)

¿Qué proyecta ahora? Los últimos años de mi vida. Me toca aceptar que la muerte está cercana. Saber disfrutarlo es duro, pero apasionante. (...)

¿Cómo se ve? Inquieto. He llegado a la conclusión de que o haces funcionar la cabeza, o te mueres. O tienes cuiriosidad, o esto se acaba. (Entrevista de A. Zabalbeascoa a Ricardo Bofill en El País Semanal).



"Es una idiotez querer que todos los edificios sean idénticos. Por eso se suele decir que yo no tengo estilo. No estoy de acuerdo: el estilo es la permanencia de una actitud intelectual, de una voluntad de buscar lo que se ajusta mejor a cada circunstancia. (...) 

Para mí este oficio consiste en una búsqueda continua. (...) Yo creo que mi trabajo es más apasionante si se considera que cada nuevo edificio es un nuevo caso a estudiar. Cada encargo merece una investigación propia. (...)

Dispongo de un buen método para no lamentar nada: con cada edificio, hago lo máximo que puedo, y, a menudo, incluso más. Todo edificio es un testimonio histórico de lo que su arquitecto pudo hacer para levantarlo, pese a las reglas, las complicaciones y los problemas. (...)

La arquitectura es necesaria para alcanzar una civilización urbana que sea digna, que suponga un buen vivir. Que nos permita habitar en superficies decentes, en paisajes correctos donde el aire no esté contaminado. Debemos regresar al sentido común, a nociones estéticas transversales, al placer de la vida en común. (...) Las reivindicaciones sociales no pueden consistir en cotizar un año más o menos para la jubilación. Deberían perseguir unas condiciones de vida más favorables". (Entrevista de Álex Vicente a Jean Nouvel en SModa).





domingo, 22 de enero de 2017

¿El eslabón perdido?

Mies y Le Corbusier, juntos al fin
Pues ya pensaba yo que no iba a encontrar tema para la entrada dominical y justo al límite me encuentro hoy mismo con un interesante artículo de Rowan Moore para The Observer que paso a comentarte. Gira en torno al arquitecto escocés Peter Womersley (1923-93) y me ha llamado la atención especialmente el estudio que construyó para el diseñador textil Bernat Klein, al sur de Escocia (en la foto de arriba), que bien podría ser el eslabón perdido del Movimiento Moderno que al fin conectaría a Mies, Le Corbusier, el brutalismo británico y la California de Neutra. Recientemente, en una encuesta dirigida por la revista Prospect para encontrar los 100 mejores edificios modernos de Escocia, salió elegido el 5º (justo a continuación, quien lo iba a decir, del Parlamento de EMBT). Moore prefiere encabezar su artículo con el no menos interesante graderío cubierto que Womersley hizo para un modesto equipo de fútbol escocés y que, según él, anticipa varias décadas el trabajo de Zaha Hadid.

Dicen que mal de muchos consuelo de tontos, pero a ver, algo alivia. Y es que resulta que este verano, la casa que el arquitecto se había hecho en la costa escocesa (con cierto parecido a la Farnsworth) allá por 1964,  fue derribada, el mismo triste destino, según nos hemos enterado hace nada, que ha corrido la casa Guzmán de Alejandro de la Sota.

Uno de sus edificios más originales es el que construyó para alojar las calderas de un cercano hospital, también en un pequeño pueblo de las Tierras Bajas escocesas. En el bucólico entorno en el que se encuentra resulta cuando menos surrealista, pero un intrépido estudio de arquitectos liderado por Gordon Duffy quiere alojar en él cinco viviendas siguiendo el ejemplo de Bofill para La Factoría, la fábrica de cemento (la primera de España) que el arquitecto convirtió en espectacular estudio y vivienda en los 70 (no te pierdas el video en el que el propio Bofill nos relata tan bizarra rehabilitación).

Peter Womersley, arquitecto olvidado que nunca quiso hacer manifiesto ni bandera de su arquitectura, escondida en bellísimos pero modestos emplazamientos, afirmaba que su aproximación a la arquitectura era muy simple: "Intento dar placer". Lo dio, sin duda.




domingo, 15 de enero de 2017

Arquitectura infantil

The Kid´s Causeway
Impactante documento traigo hoy. Observa la foto, de 1978, con detenimiento. Es un parque infantil brutalista en Pimlico, barrio del centro de Londres. Pero cómo se puede ser, efectivamente, tan bruto. Como uno de los niños pierda el equilibrio (el que accede a la plataforma, con camiseta blanca, está a punto), de la toña que se mete acaba con fracturas múltiples (fíjate que la plataforma está en pendiente y "protegida" por una barandilla por la que podría colarse un luchador de sumo para facilitar la caída). El extraño parque, que parece imitar la curiosa formación geológica norirlandesa de nombre La calzada del gigante (The Giant´s Causeway), a lo que se ve quiere igualmente mimetizarse con el entorno de hormigón tan típico de los 70, cuando la fiebre de los high-rises residenciales llegó a lo más alto en el Reino Unido. Otra cosa me llama la atención, ¿dónde estarán los padres de estos aguerridos muchachos? Probablemente observándoles desde el piso 10 del bloque aledaño. Hoy eso no pasa, claro, los niños están siempre acompañados en los parques por mamás, papás y cuidadoras, aunque si lo piensas, como mientras tanto todos ellos suelen practicar el phubbing, los niños se nos escoñan igual. Al menos los parques no son de hormigón armado. ¿Cómo? ¿Que qué es eso del phubbing? Averígualo aquí.

En fin. Del brutalismo inglés, hijo del primer Le Corbusier, ya hemos hablado en este tu blog, a dicha entrada me remito. Por cierto que la foto de arriba es del RIBA, y aparece en una exposición en el Vitra Design Museum de Basilea en la que los Assemble  (los arquitectos militantes que inesperadamente ganaron el Turner hace dos años) han reproducido los parques infantiles brutalistas -en suave gomaespuma- para que los chavales, ahora sí, puedan rodar sin miedo a hacerse una brecha: no te pierdas las fotos aquí.

La rentrée postnavideña qué dura es. Toca reconectarse a nuestra segunda vida virtual, circunstancia que al parecer ha devenido impepinable (cómo me recuerda todo esto al premonitorio libro Microsiervos de Douglas Coupland, las tecnoadicciones de una panda frikis de los 90 ya son epidemia mundial) y enfrentarse al síndrome de abstinencia de dulces de toda calaña. En mi caso, el número doble de AV dedicado (y van cuatro) a Herzog y de Meuron, me ayudó a pasar el trago. El artículo de entrada (La mano en llamas) de Fernández-Galiano, interesante pero (o quizá por lo) duro de roer gira en torno al libro que el dúo suizo acaba de publicar: Treacherous Transparencies (Engañosas transparencias, ya publicado en español por GG), que relata la visita que ambos arquitectos hicieron a la mítica Casa Farnsworth de Mies (otro moderno como Corbu aunque no le diera por el hormigón), que no es otra cosa que el Pabellón de Barcelona convertido en etérea vivienda. Lo que en un primer momento podríamos pensar iba a ser el relato de una epifanía arquitectónica se convierte pronto en la crónica de una decepción no anunciada (H&dM serían, como señala Fernández-Galiano, seguidores indirectos -via Aldo Rossi- de van der Rohe).  Los suizos, "hallan en la Farnsworth una belleza que no ofrece cobijo, ignorante de los aspectos psicológicos de la arquitectura, e inferior a los ejemplos que ilustran de arquitectura primitiva o vernácula". La arquitectura que solo se sirve a sí misma, y no a la gente, ya sea en un parque londinense o en una pradera de Illinois, no funciona. H&dM defienden frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campo de fuerzas debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". (Por cierto que Santiago de Molina ya se había adelantado a los arquitectos de Basilea, señalando un detalle bastante chusco de la casa en cuestión).

Levantemos un poco la vista de nuestras pantallas, a las que nos ata una esclavitud autoinducida, y observemos ese flujo impredecible de la vida que es el mayor regalo que se nos puede hacer. Muñoz Molina es el que despide hoy la entrada: "Un contemplativo no es un místico. Es alguien que se queda extasiado de pura atención ante una maravilla cualquiera del mundo exterior: un río, la gente que pasa tras la ventana de un café, un cuadro, un árbol, una pieza de música, la belleza de alguien, el extrarradio de una ciudad desplegándose en la ventanilla de un tren, la tipografía de un cartel, el reflejo de la calle en un escaparate, un libro [,un edificio]". (Antonio Muñoz Molina, La risa de Eça de Queiroz en El País de ayer).

sábado, 7 de enero de 2017

Límite 48 horas

Contrarios buscándose en Les Glòries

¿Si tuvieras dos días escasos para visitar la Ciudad Condal, qué elegirías ver? Formidable dilema planteo, mi querido lecteur. Ante los múltiples atractivos que ofrece ciudad tan brutalmente estimulante resulta bien difícil escoger, algo así como entrar en pastelería sabiendo sólo puedes escoger uno, dos, tres a lo sumo de los muchos (a la par que deliciosos todos ellos) pastelillos que se te ofrecen a la vista. Si a ello unes que debes contentar a un heteróclito grupo conformado por mí mismo, freak feroz de la última arquitectura, una contraria de gustos mucho más históricos y dos niños de corta (pero ya agotadoramente reivindicativa) edad, el reto roza la manida Mission Impossible.  
El desconcertante Museu del Disseny ("la grapadora") de Bohigas
La solución ante tesituras de tamaño calibre radica siempre en ofrecer una respuesta horizontal e inclusiva. Que no es otra cosa que el consabido consenso. Acordamos que mi contraria decidiría un lugar, un servidor otro y elegiríamos un tercero pensando en los peques (secretamente me reservaba una coda final justo antes de emprender la vuelta el último día). Mi medio pomelo seleccionó rauda nada menos que el Museu Egipci, toma castaña, así que yo, que estaba en duda entre varias opciones, me decanté por lo más rabiosamente moderno que tiene la ciudad: el Museu del Disseny  inaugurado hace un par de años, más por el continente (de Oriol Bohigas nada menos) que por el contenido, aunque tras el vértigo temporal experimentado en el museo egipcio -cuya visita, que conste, recomiendo encarecidamente-, con piezas de más de cuatro mil años de antigüedad, creo que nos convenía, pardiez, un poco de estricta contemporaneidad representada, por poner solo un ejemplo palmario, en la famosa exprimidora Braun Citromatic MPZ-2 del mítico Dieter Rams que luce expuesta en el museo como si del busto de Nefertiti se tratara. El debate está servido tras tan traumática mezcla, recomiendo encauzarlo en la magnífica cafetería del museo donde, rodeado de una cálida decoración escandinava, puedes disfrutar a precios módicos de comida de verdad, la cuadratura del círculo, vamos.

La otra manzana de la discordia
En el libreto del video de Arquia en el que Oriol Bohigas es entrevistado por Luis Fernández-Galiano, éste tildaba al Museo del Diseño, último proyecto por ahora del catalán, de "provisional y desconcertante colofón" de una apabullante carrera iniciada en los 50 con sus socios Josep Martorell y David Mackay (MBM) dentro del Grup R en el que militaron, entre otros, Coderch, y que alcanzaría su máxima expresión en la reorganización urbanísitica de Barcelona para las Olimpiadas del 92 que llevaría al RIBA a conceder, por primera vez en su historia, su medalla de oro a toda una ciudad en lugar de a un arquitecto (Bohigas es calificado nada menos como "el autor intelectual de la Barcelona contemporánea"). Fernández-Galiano, ya en la entrevista,  no pierde ocasión de incidir, de manera amistosa, en la contradicción que supone defender, como lo ha hecho siempre Bohigas, una arquitectura de la continuidad respetuosa con el tejido urbano y descolgarse, a la vejez viruelas, con semejante edificio "escultórico", icónico, ajeno y, como mínimo, extraño. El catalán se defiende argumentado que en semejante emplazamiento (la plaza de las Glòries, un enorme y desangelado espacio que nadie sabe cómo urbanizar una vez desmantelado el scaléxtric), lo único que tenía sentido era eso, una forma alienada que para colmo se veía obligada a dialogar con la no menos icónica torre de Nouvel, tan decididamente orgánica, contraponiéndose a ella, quizá única opción ante lo arduo de dicho empeño, a base de líneas horizontales (Bohigas habla de una "cama") y crudas aristas. Su diseño parecería por lo demás completamente aleatorio en sus formas, pero al parecer no es así: sus descomunales voladizos (que le han ganado el mote popular de la grapadora) responden a un deseo de no ocupar espacio público, y sus incisivas formas en realidad enmascaran un complejo programa de conexiones con calles y espacios que se encuentran a distintas cotas. Con todo, la sensación al verlo, la verdad, es algo así como de perdidos al río. 

El interior merece comentario aparte. El edificio se transforma completamente una vez entramos en él, todo lo que tiene de amenazante y oscuro por fuera lo tiene de alegre y amable por dentro. Pintado de amarillo en muchas zonas, y con un atrio amplio y algo desgarbado pero luminoso y sociable (ya hemos mencionado la cálida cafetería), rezuma por doquier optimismo y joie de vivre, trasunto, nos da la sensación, del propio arquitecto. En la biblioteca que alberga el edificio podemos leer, en grandes caracteres, una cita de Einstein: "L´única cosa imprescindible que has de saber és on hi ha una biblioteca". Otro de los detalles curiosos sería el espacio que alberga el extremo del voladizo que da sobre la desarbolada (nunca mejor dicho) plaza de Las Glòries, donde Bohigas sitúa una sala en la que la única obra expuesta es la propia plaza a través de un enorme mirador. El ventanal no tiene la función de aportar luz al interior de las salas, ya que una muda pared que va de un extremo a otro del espacio impide su paso, apoyado en dicha pared el arquitecto dispone un banco corrido para que el visitante pueda descansar y de paso puede decirse que le obliga a observar la plaza (no tiene otra). Teniendo en cuenta como venimos diciendo lo desangelado y nada agraciado que es este vacío urbano (tan extraño en una ciudad con un tejido urbanístico tan cuajado: por dimensiones y proporciones de sus edificios, ojo, no por el pijerío, ¿podría decirse que el Passeig de Gràcia es la calle perfecta?), una de dos, o Bohigas tiene un sentido del humor rayando en el cinismo o muestra de nuevo aquí ese optimismo del que hablamos al confiar que, en un futuro (seguramente no muy cercano), esta plaza quede resuelta con maestría por la siguiente generación de arquitectos y sea al fin digna de contemplar. Sin duda nos decantamos por la segunda opción.


Pero dejemos ya Les Glòries y sus artefactos inconexos (por ahora). Con todo, si quieres saber algo más de Oriol te dejo con este artículo en el que el propio arquitecto nos da algunas de sus claves vitales. Llegados a este punto quizá te estarás preguntando qué elegimos ver para motivar un poco a los retoños: fue la Casa Batlló (muy cerca del Museo Egipcio) de Gaudí, que es lo más parecido que puede haber a un parque temático infantil. Y puedo decirte que acertamos del todo. Además, a la entrada nos dieron una especie de mini tablet con un programa de realidad aumentada que explicaba de manera muy amena los distintos espacios del edificio (teniendo en cuenta el agobiante tumulto de gente que pugnaba por recorrer el edificio, a veces veías mejor la habitación en cuestión a través del aparatito que en la realidad. Qué locura). Pero, aparte de los lugares programados, la ciudad, que esconde un estímulo arquitectónico casi a cada vuelta de la esquina, nos ofrecía inesperados regalos a nuestro paso, muchos realmente destacables, como el mercado de Santa Caterina, que desconocía (por mucho que lo haya visto en foto), de EMBT y alguno tremebundo, como la dragqueenización que, con saña y alevosía, Rogers ha hecho de la antigua plaza de toros de Las Arenas, instalando en ella un centro comercial con el mismo espíritu rompedor que el Pompidou. En foto no me había horrorizado tanto, pero en vivo y en directo es para salir corriendo.

Para la mañana final, como decía, me guardaba un as en la manga que sabía que a mi contraria le iba a gustar, no en vano Mies es tan histórico como cualquier faraón. Como ya habrás adivinado por previas entradas se trata del pabellón alemán de la exposición mundial celebrada en Barcelona en 1929 que fue construido con el único propósito de organizar un encuentro institucional con Alfonso XIII (vaya, otro salón de reinos). Teniendo en cuenta lo brutalmente moderno que aún hoy resulta, no quiero ni pensar cómo se quedaría el monarca al verlo. Tras la exposición fue desmantelado completamente y sólo quedaron restos de los pilares cruciformes seccionados a ras de suelo, uno de los cuales se conserva en la tienda cual reliquia miesiana. Hace justo 30 años fue reconstruido prácticamente idéntico por iniciativa, entre otros, del propio Oriol Bohigas. Aunque la ignorancia es muy atrevida -como demuestra el presente blog- no me atrevo con este miura. Sólo comentar que sentí (sentimos) estar en un lugar único, un manifiesto arquitectónico radical, gélido pero hermoso, de una pureza tan intensa que resultaba casi incómoda, inhumana (llegas a sentir que sobras). La calma ficticia antes de la terrible tormenta. Toda una experiencia fenomenológica, que diría Pallasmaa. En pleno arrobamiento me pedí para Reyes en la tienda el Atlas que la Fundación Mies van der Rohe acaba de editar, un libro con el que tengo para años de lectura.

Y acabo con una cita que encuentro hoy mismo en El País y que nos viene al pelo para cerrar la entrada. Habla Winy Maas (MVRDV): "Un icono también puede asociarse a transformaciones positivas. Sería una pena no volver a construir con voluntad de marcar las ciudades. la mejor arquitectura es la que construye lo inesperado y transforma los núcleos urbanos y el punto de vista de los ciudadanos. Un marco neutro no sirve. (...) No todo el mundo puede ni debe hacer cosas pequeñas, casi invisibles. (...) Ser arquitecto te obliga a creer en el futuro. Lo tienes que imaginar. Ante un gran edificio, tienes que pensar en cómo será el mundo en diez años. Eso requiere imaginación y capacidad de observación y riesgo. Si uno no mira hacia el futuro, cuando llega está más atrás que cuando comenzó".     






lunes, 2 de enero de 2017

Feliz Navidad



¿Reconoces estas fotos?

#1
#2

#3

#4

#5

#6
#7
#8
#1 y #2: Fábrica en Treviso de Tadao Ando. Fotografía de Dan Alka (más).
#3: Aparcamiento de la universidad Francisco de Vitoria (Pozuelo de Alarcón) de Ignacio Borrego y Felipe Samarán. Foto de Miguel de Guzmán (más).
#4: Árbol de Navidad de botellas verdes en Chiguayante (Chile) de Ricardo Sanhueza de la Maza. Foto del arquitecto (más).
#5: Edificio en plaza de Colón (Madrid) de Rafael de La-Hoz. Foto de Joel Filipe.
#6: Centro de iniciativa empresarial en Posadas (Córdoba) de López Redondo + Rudolf. Foto de Fernando Alda (más).
#7: Estructuras de paisaje en Montana de Ensemble studio, fotografía de los arquitectos (más).
#8: Kursaal de Moneo. Foto de un servidor.

domingo, 25 de diciembre de 2016

100% zen


Seguimos bajo la influencia del renacido pabellón de Mies...



   "Para alguien que está en la enseñanza y piensa que ser arquitecto es la profesión más bonita del mundo, era un regalo que le encargaran un libro para los niños hablándoles de ser arquitecto. Lo escribí, pensando en los niños, más con el corazón que con la cabeza. Allí cito ese poema maravilloso de William Blake: "To see a world in a grain of sand and a heaven in a wild flower" ("Para ver un mundo en un grano de arena / y el cielo en una flor silvestre / abarca el infinito en la palma de la mano / y la Eternidad en una hora") que leo a mis alumnos todos los años en mi primera clase. Creo que resume muy bien mis ideas y mis intenciones docentes. Ser arquitecto es eso, ver un mundo en un grano de arena". (Alberto Campo Baeza, La sobriedad es imprescindible para ser feliz, entrevista de Mercedes Arconada para Book Style).  


   "Arquitectura para los que buscan el conocimiento es el título de un aforismo incluido por Friedrich Nietzsche en La Gaya Ciencia (1882). Desde que era estudiante en la ETSAM de Madrid ha sido como un mantra para mí, siendo citado en la mayoría de mis libros y siendo utilizado en muchos proyectos de mi estudio. Sus palabras resumen gran parte de lo que he perseguido como arquitecto, educador y ensayista (...): "Llegará un día -muy pronto quizás- en el que se reconozca lo que les falta a nuestras ciudades: lugares silenciosos, vastos, espaciosos, para la meditación; lugares con largas galerías acristaladas para los días de lluvia y sol, a los cuales no llegue el ruido de los coches ni el pregón de los mercaderes, y donde una etiqueta más sutil hasta prohibiría al sacerdote orar en voz alta: edificios y construcciones que en su conjunto expresaran lo que tiene de sublime la meditación y el alejamiento del mundo. Pasaron los tiempos en que tuvo la Iglesia el monopolio de la reflexión, en que la vita contemplativa era siempre ante todo vita religiosa. Todo lo que la iglesia ha edificado expresa este pensamiento y yo no veo que puedan bastarnos sus construcciones, aunque se las sustraiga de su finalidad religiosa. Estas construcciones hablan de un lenguaje demasiado patético y demasiado estrecho como para que nosotros, impíos, podamos meditar allí. Queremos traducirnos a nosotros mismos en piedras y plantas, queremos pasearnos por nosotros mismos cuando circulemos por esas galerías y esos jardines". (Iñaki Ábalos en la Walter Gropius Lecture, conferencia que tradicionalmente se imparte al abandonar el cargo de jefe del departamento de arquitectura del Graduate School of Design de Harvard).


   "La horizontalidad se manifiesta por la negación total y sistemática de cualquier ordenamiento vertical. Crea una imagen no ya de ligereza sino de indiferencia gravitatoria, responsable junto con la luz y la simetría horizontal de ese efecto emocional contradictorio que produce moverse en el Pabellón de Barcelona. Efecto de hallarse en un templo, en un lugar de reconocimiento, pero también de convicción de que tal templo no celebra divinidad alguna sino exclusivamente el advenimiento del hombre como protagonista, como actor, como sujeto. Algo que Nieztsche había sabido enunciar, pero que sólo Mies supo materializar". (Iñaki Ábalos, La buena vida. Visita guiada a las casas de la modernidad).

 
    La cuarta cita zen es musical, de Jóhann Jóhannsson: Flight From The City. (Y aquí podríamos acabar esta entrada y qué bien quedaríamos, pero  siempre va más allá en ese insolente petardeo metaarquitectónico que es nuestro valor añadido. En fin. Queríamos unirnos al debate al hilo del primer tráiler de Blade Runner 2049, continuación de la mítica película de Ridley Scott, y decir que nos parece un desatino que no sea Vangelis el que haga su banda sonora. En su lugar, Jóhann Jóhannsson (sí, el del clip que te acabo de enlazar) es el que la va a componer (ojo, la música del tráiler, réplica de la banda sonora original, no es suya). El músico islandés es un potente creador de texturas inquietantes que sin duda se ajustarán bien a no pocos momentos de la película, pero el problema, en mi opinión, es que carece de más registros. Tras quince minutos escuchando su última creación, la banda sonora de La llegada  (del mismo director por cierto que va a dirigir la secuela -¿necesaria?- de Blade Runner, Denis Villeneuve), acabas rayado y congelado a partes iguales. Vangelis, hasta cuando se pone minimalista (en el mismo Blade Runner blues  que acompaña los momentos en los que el desarbolado policía, en su lúgubre apartamento, se adivina replicante), sabe impregnar su música de un calor y unos sentimientos que no veo en el músico islandés. Y no digamos ya cuando se pone tierno y acompaña el antinatural enamoramiento de la replicante Rachael y su verdugo, Harrison Ford (reaparecido en la secuela) con el magnífico Love Theme. En fin, en buena se ha metido Jóhann. Le deseamos de todo corazón lo mejor porque lo tiene crudo. En octubre en cines).






domingo, 18 de diciembre de 2016

La perfección de la esfera

El pabellón resucitado de Mies
"Cuando escribo o rehago una historia me preocupa mucho la estructura, qué sobra, qué falta, cómo de pronto una palabra puede destruir toda la magia de una situación. Además, hay un conocimiento al servicio de lo narrado, pero jamás una racionalidad pura; siempre hay esa especie de intuición que va guiándote a la hora de corregir. En una novela, como en un edificio, nada debería sobrar y nada debería faltar: eso da la idea de la perfección que tiene la obra de arte lograda, sea novela, sea un poema, sea un cuadro, sea una casa. (...) 



Ya sea una novela o una pintura, lo fundamental para una obra creativa es cumplir aquello que promete. Si una novela propone contar una historia, lo fundamental es contribuir a esto de la manera más vívida, persuasiva y bella posible. (...) La arquitectura tiene un rol, un edificio posee una función concreta que cumplir. Si además produce una sensación estética, es aún mejor. Eso ocurre en una novela, puede contar una historia de una manera maravillosamente persuasiva y, simultáneamente, ser un objeto que en sí mismo genera una sensación de placer por su coherencia, por su perfección, por la belleza de su lenguaje. 


Cuando lo prometido se convierte en un mero pretexto para la exhibición formal, esa obra fracasa, por más espectacular y llamativa que sea y nos deslumbre. Un ejemplo literario explícito al respecto es la obra más ambiciosa de la literatura moderna: Ulises. Allí Joyce consigue contar una historia de manera absolutamente novedosa, integra tantos niveles de realidad que como ninguna novela antes lo había conseguido. Al mismo tiempo, muestra una nueva utilería inventada por él para narrar una de esa manera tan integral, compleja y diversa. Después, Joyce escribe Finnegans Wake, y fracasa. El exhibicionismo es extraordinario, pero la historia que prometía desaparece, queda totalmente desintegrada ante esa especie de fuego de artificio, por momentos deslumbrante, y al final, completamente vacía, hueca, vana.


Lo sucedido con Finnegans Wake pasa con muchas obras de arte contemporáneas, y desde luego, con obras de grandes arquitectos, algunos con un enorme prestigio. Al estar tan enamorados de su extraordinario talento olvidan la razón de ser de aquellas obras. Un creador tiene un límite, cuando empieza a "rizar el rizo", de alguna manera, traiciona algo que está en el centro mismo de su vocación: ser respetuoso con su oficio. En el caso de la Literatura, uno descubre al final que lo más difícil es contar una historia de manera persuasiva, con esa perfección de la esfera en que nada falta y nada sobra. Esa historia nos ha hecho vivir otra vida, nos ha sacado del mundo y nos ha llevado a otro; luego, regresamos a este mundo y sentimos que estamos enriquecidos por aquello que hemos vivido. Tal vez, la historia ha sido extremadamente sencilla, pero contada de tal manera que ha mejorado nuestra vida".



(Cita de Mario Vargas Llosa, El espacio, la ciudad y el paisaje en la obra de Mario Vargas Llosa, coloquio con el escritor en la Pontificia Universidad Católica del Perú recogido en Mario Vargas Llosa, ciudad, arquitectura y paisaje de Víctor Mejía ed.).

Menos es más, pero sólo si es de Mies



domingo, 11 de diciembre de 2016

Reliquias arquitectónicas



Hoy te traigo una reliquia de hace casi 90 años. Seguro que sabes lo que es.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Juego de tronos (2)


Más contendientes para el Salón de Reinos del Prado, echemos un vistazo a sus propuestas:


-Cruz y Ortiz, en su propuesta de nombre Octubre, plantean una actuación similar a la de Foster y OMA en cuanto al volumen (recordemos que es un añadido posterior) de la fachada sur, esto es, eliminarlo y en su lugar colocar un atrio que dé entrada al museo. La única diferencia aquí es que en lugar de dejar un espacio diáfano, los andaluces lo dividen en dos plantas, una especie de semisótano (que recuerda a la intervención subterránea -o más bien subacuática- que tuvieron que hacer en el Rijksmuseum) por donde se entra al recinto y una planta superior de mayor altura que da acceso a la zona "noble" del edificio, ambos en el estilo sobrio y elegante (pero más bien frío) que caracteriza al estudio.
Como fachada interior, ni el regreso al XVII que propone Foster ni la modernidad radical de OMA (por cierto que en los paneles de la exposición del Claustro del Prado no consta que el proyecto del holandés, Historia en movimiento, se haya realizado en colaboración con Linazasoro), sino que se mantiene el estilo de la fachada actual. Desde el exterior el atrio (que se iguala en altura con el tejado, desparece por tanto la terraza) tiene una curiosa forma de celosía o enorme rejilla que también podría recordar a las enormes lámparas (las jaulas metafísicas en palabras de Moneo) que cuelgan de los patios interiores del Rijks. La gran pega de esta actuación es que se elimina la tercera planta sobre el Salón de Reinos con lo que el espacio expositivo queda muy mermado. De hecho los arquitectos -evidenciando así dicha carencia-  proponen en una especie de plan B levantar dicha tercera planta si fuera necesario.




-Vamos con Nieto y Sobejano, también en solitario, que dan a su propuesta el intrigante nombre de 190613. Los madrileños crean un nuevo espacio -como casi todos los demás- en el volumen adosado a la fachada sur, pero en lugar de convertirlo en un atrio introducen en él dos plantas con salas de exposiciones. Mantienen a su vez la tercera planta original del edificio principal, por lo que aquí vamos bien surtidos de espacio.
Desde las nuevas salas, abiertas hacia el interior, podemos ver el Salón de Reinos a través de un patio de luces, y si miramos hacia abajo, la planta de acceso, creándose un conseguido juego visual que quizá sea lo más destacable del interior. La fachada sur resulta cuando menos extraña. Las nuevas salas quedan clausuradas hacia la calle con un hermético cierre de aluminio (solo interrumpido por un ventanal justo sobre la estatua de la reina María Cristina y una abertura en forma de tríptico en un extremo) que desde la calle da un aspecto de contenedor de carga que dialoga mal con el resto del edificio.






-Arcadia es el nombre del proyecto de la UTE formada por Gluckman Tang, Álvarez Sala (coautores junto a Carlos Rubio, que ha trabajado aquí con Foster, de la torre PwC) y Enguita y Lasso de la Vega. De nuevo un cuerpo extraño es lo que nos proponen para la fachada sur, en este caso traslúcido, con el que envuelven el consabido atrio sobre el que sitúan una generosa terraza mirador (proponen dos más en los extremos del edificio). Esta encomiable voluntad de volcar el edificio al exterior junto al envoltorio cristalino recuerda al Whitney de Piano, lástima que no estemos en el Meatpacking district.





-Souto de Moura junto a Juan Miguel Hernández León y Carlos de Riaño Lozano (conocido por rehabilitar el cuartel de Conde Duque) firman la propuesta de nombre Philippus Rex, la más minimalista con diferencia, que más que añadir sustrae. Aquí no hay ni atrio ni terrazas, la fachada sur queda liberada y se le da una terminación que recuerda demasiado al Conde Duque. Sobre gustos no hay nada escrito, pero no parece casar bien con el resto del edificio. La entrada se aloja en un zócalo en esa misma fachada que parece de hormigón (único añadido al edificio que la propuesta sugiere). Se elimina la tercera planta sobre el salón de reinos y el espacio se recupera creando un sótano, algo que puede resultar problemático teniendo en cuenta lo delicado del subsuelo. Quizá lo más acertado de la propuesta sea el reordenamiento del espacio público que rodea al edificio.






-Pasamos de la sustracción a la adición a lo bruto. Hablamos del proyecto de lema bíblico Noli me Tangere a cargo de Garcés de Seta Bonet Arquitectes (impresionantes sus descarnadas estaciones de metro en Barcelona, aquí no aplican el concepto) y Pedro Feduchi Canosa (autores de las zonas de descanso del ayuntamiento madrileño). Su intención de replicar el salón de reinos con otra sala de igual altura en la planta superior les ha obligado a sobredimensionar el edificio. La vista de la fachada sur queda muy cargada: se mantiene la preexistente y se continúa por encima con un cerramiento que protege el atrio. Por dentro una profusión de escaleras (algunas de ellas mecánicas) quizá lo acercan más a un centro comercial que a un museo.






-Llegamos al fin a la propuesta de Chipperfield, de nuevo con nombre en clave (1204SDR), que ha presentado junto al conocido estudio b270 (juntos han trabajado también en la Ciudad de la Justicia de Barcelona y en el Veles e Vents valenciano; por cierto que el estudio de Fermín Vázquez ha colaborado también con Nouvel en la ampliación del Reina Sofía). Yo diría que en el exterior da en el clavo, la nueva fachada del atrio-entrada tiene una belleza atemporal  que le permite combinar a la perfección con el resto del edificio, ofreciendo una vista espléndida desde el interior a través de unos enormes ventanales. Al tejado en mansarda original se le da una terminación moderna que también sienta muy bien al edificio. La cosa cambia al entrar. El nuevo volumen está dividido en dos plantas (entrada y acceso al edificio "noble", como Cruz y Ortiz) por lo que la sensación al acceder es la de un espacio angosto; además, al no llegar hasta el techo del edificio principal, en la segunda planta sigue sin ofrecer la espectacularidad que sí tienen los atrios de Foster u OMA. Por otra parte Chipperfield aparentemente no dota de terraza al atrio (no veo barandilla), por lo que se pierde una oportunidad de aprovechar ese espacio muerto para abrirlo al público (como sí hace la propuesta Arcadia, por ejemplo). Igual es porque la gente pululando por ahí rompería el dichoso ethos minimalista que quiere imprimir el inglés en todas sus obras.

Por lo demás, mantiene la tercera planta sobre el salón de reinos (al que dedica especial atención proponiendo la recuperación de las obras -como Las lanzas de Velázquez- que originariamente colgaban allí), donde coloca otra sala de exposiciones que llama la atención por sus cerchas al aire. Da la sensación de que no se da ningún tipo de tratamiento especial al techo, y nos preguntamos si Chipperfield es consciente del clima madrileño en verano (muy distinto del gallego que ya sabemos sí conoce bien).



Conclusión, ¿es la propuesta de Foster la mejor? A ver, como comprenderás mi opinión vale lo que vale, pero ya puestos, al lío. Lo que me parece evidente es que el de Manchester se lo ha trabajado como nadie. Suponemos que tenía ganas de quitarse la espina clavada cuando aquel confuso concurso para la ampliación del Prado en los tiempos de Esperanza Aguirre, y no podemos olvidar sus estrechos vínculos con España. Traza Oculta lo tiene todo, y más. Un atrio espectacular (bien podría llamarse un salón del pueblo) que reproduce la misma vocación teatral que el salón de reinos a base de balcones y balconadas que nos permitirán ver y dejarnos ver, ideal en estos tiempos tan narcisistas; una fachada interior que quiere igualmente rescatar el estilo del siglo en que el edificio original fue levantado (con un celo por recuperar la memoria, el famoso espíritu del lugar, que no demuestra ninguno de sus contendientes); y encima, un poco más arriba, pasamos de sopetón cuatro siglos para entrar en una sala de exposiciones (la más grande de todas las propuestas al utilizar toda la planta del edificio tras eliminar la terraza sobre el volumen de la fachada sur) que promete incorporar la tecnología más avanzada: vigas Vierendeel para que no haga falta situar ni una sola columna, un sistema de iluminación para permitir un sinnúmero de combinaciones lumínicas, un techo (este sí, inteligente) que incorporará células solares y que también regulará la luz natural, la posibilidad de abrir la sala a las vistas sobre el Casón y alrededores, en fin, el sueño húmedo de todo comisario. Eso sí, semejante despliegue espacio-temporal que consigue la cuadratura del círculo uniendo Zeitgeist y genius loci tiene el precio de una sobrecarga narrativa (vaya, tengo el día pedante) especialmente en el tuneado exterior, que puede resultar cacofónico a más de uno (fachada abierta, fachada interior del s.XVII con rancios enrejados, visera high-tech...). Pero me da que se nos olvidará nada más entrar.