domingo, 7 de abril de 2019

Sucedió en Manhattan


Bueno pues vamos a dejarnos ya de tanta caja olvidada y rancia. Volvamos a la más rabiosa actualidad a ver qué se cuece. The Shed de Diller Scofidio+Renfro, recién estrenado, mismamente nos vale. El estudio responsable del High Line neoyorquino ha levantado, muy cerca de parque elevado que reutiliza las antiguas vías férreas, un enorme cobertizo de siete plantas que tiene la peculiaridad de que, gracias a unas descomunales ruedas como las que mueven las grúas pórtico para transportar contenedores, puede extender su cubierta de ETFE sobre el terreno anejo conformando una carpa sci-fi que amplía el volumen del edificio en casi 1.100 metros cuadrados (en total ofrece 18.500 m2). Una vez acabado el evento, la carpa retráctil vuelve a su sitio y si te he visto, no me acuerdo. Hasta en el Telediario ha sido noticia de portada. Oliver Wainwright, el maestro de las metáforas arquitectónicas, lo compara a un monumental bolso acolchado de Chanel. Sus defensores hablan de "una navaja suiza para la cultura" a un coste, todo sea dicho, de 500 millones de dólaresDiller quita hierro al asunto (difícil, la estructura emplea 4.000 toneladas de acero) diciendo que es una simple "pieza de infaestructura musculosa e industrial, carne y hueso". No te pierdas este video sobre su construcción y funcionamiento. La semana pasada hacía su debut otra no menos bizarra estructura justo al lado, The Vessel, de Thomas Heatherwick (200 millones), una suerte de enorme cesto vacío de 46 metros de altura entretejido por escaleras a ninguna parte que se entrecruzan en imposibles piruetas como inspiradas por Escher y cuya única función es la de ser mirador desde el que contemplar con mejor perspectiva la feria de vanidades aledaña. 

Y es que ambos monumentos instagrámicos se sitúan en un nuevo complejo de torres de nombre Hudson Yards en el West Side de Manhattan, zona tradicionalmente considerada la "entrada de servicio" de la isla. A horcajadas sobre una inmensa playa de vías se yerguen ya casi terminados varios rascacielos en apiñada gavilla. Los hay de KPF (3), los propios Diller Scofidio+Renfro, Foster y SOM en lo que se considera el proyecto urbanístico privado más importante en la historia de los Estados Unidos (ya está en capilla la segunda fase). Hay una plaza "pública" (sin bancos) a la que se accede a través de un exclusivo centro comercial, que, como señala Alan G Brake en Dezeen, hace de muro blando, casi invisible, de contención: sus fastuosas tiendas y restaurantes (uno de nuestro José Andrés) atraparán al visitante con su seductor embeleso (por no hablar de los seguratas), no vaya a ser que haya alguien que acabe penetrando en el sancta sanctorum del cluster neoliberal. Pero en el complejo no todo son oficinas y tiendas, hay también apartamentos desde 4,3 millones de dólares. Si lo tuyo son los penthouses los hay por 32. Si prefieres alquilar, por 9.000 dolares al mes tienes un apartamento de dos dormitorios. Por oferta no será. Hamilton Nolan, en The Guardian, lo llama "el equivalente ultracapitalista de la Ciudad Prohibida". Lo que sueltan estos periodistas para hacer un buen titular (también señala, con cruel sarcasmo, que uno de los rascacielos de KPF incorpora una espectacular cubierta de observación por si fuera necesario algún suicidio asociado a un bajón en el mercado inmobiliario). Justin Davidson concluye en la revista New York: "No puedo evitar sentirme como un alienígena aquí, (...) todo resulta demasiado limpio, demasiado plano, demasiado dirigido por el arte. Este para-Manhattan, elevado sobre una plataforma y atado al mundo real por una línea de metro, no tiene historia, ni viejos restaurantes de comida grasienta, ni bolsas de pobreza, ni residentes excéntricos: es un lugar sin memoria".

The Shed (¿en homenaje a Venturi?) y The Vessel son acaso las únicas obras verdaderamente públicas en la flamante ciudad prohibida y prohibitiva ideada en origen por Michael Bloomberg. Chuches arquitectónicas, sonajeros tecnológicos, mientras observamos cómo se desliza la primera por arte de magia, rememorando aquellas arquitecturas móviles de Archigram, o subimos alguno de los 154 tramos de escalera inútiles de la segunda nos olvidamos de que la arquitectura se ha vendido al mejor postor en Hudson Yards. Mira, casi que prefiero la caja.

domingo, 31 de marzo de 2019

Antimonumentos (2)


Si es verdad que eres de donde están enterrados tus muertos, yo soy más de Zaragoza que de Madrid. Allí está el antimonumento que mencionábamos en la anterior entrada, el Ricón de Goya del arquitecto zaragozano Fernando García Mercadal. Como decíamos, le mandaron hacer un monumento dedicado al pintor de Fuendetodos y levantó una caja moderna, la primera de España, un manifiesto beligerante frente a la arquitectura historicista, regionalista o como la quieras llamar que en boga estaba por aquel entonces. Como muy bien decía Eduardo Prieto en el artículo que recientemente citábamos, la modernidad nunca supo crear monumentos y a la vista está. Mercadal quiso crear un edificio ante todo que tuviera una utilidad, un monumento visitable que ofreciera espacios para exposiciones o conferencias, para el diálogo y el intercambio de ideas, que ya sabemos que los modernos eran muy utópicos, más allá de la tradicional escultura sobre peana a mayor gloria del imperio. Giedion nada menos dijo del edificio que fue el primero en España capaz de romper con la tradición del siglo XIX. El problema es que la razón pura y dura (por mucho que la defendiera -presuntamente- el propio Goya, recordemos aquí su -ambiguo- cuadro El sueño de la razón produce monstruos) conecta mayormente mal con los sentimientos y al final el monumento resulta fallido. El Rincón de Goya sufrió todo tipo de violencias arquitectónicas debido a su digamos desconexión emocional, especialmente cuando, cielos, lo cogió por banda la Sección Femenina, que lo españolizó sin miramientos (algo parecido a lo que hicieron los nazis con el edificio de la Bauhaus, hoy celebramos el centenario de su creación, por cierto). En los 80 volvió a ser retocado para devolverlo a su modernidad primigenia, aunque no se hizo con la exactitud necesaria. Ya puestos diremos también que García Mercadal era seguramente el mayor experto en modernidad que tenía España por aquel entonces: fue invitado por Le Corbusier al que se considera el germen de los CIAM, el CIRPAC, el Comité internacional para la resolución de los problemas de la arquitectura contemporánea, celebrado en La Sarraz en 1928; asimismo fue uno de los socios fundadores del GATEPAC y viajó con asiduidad al extranjero para conocer la obra de los maestros modernos. Como conclusión al párrafo diremos que como monumento el Rincón de Goya resultó un fiasco, sí, pero hoy funciona como colegio para alumnos con necesidades educativas especiales, algo más útil que un monumento convencional que seguramente habría quedado olvidado también para la memoria colectiva cual "residuo invisible" en palabras de Jaume Prat.

En el mismo Parque Grande zaragozano (hoy de nombre José María Labordeta, el profesor de instituto y diputado aragonesista), que tantas dulces memorias atesora para el que esto escribe (no hay felicidad como la de la niñez) se levanta otro edificio singular que merece nos detengamos someramente. Se trata del bellísimo quiosco de música levantado por los hermanos navarros Martínez de Ubago, de un significado especial para nosotros porque se levanta en la glorieta dedicada a Ramón Borobia Cetina, músico local y bisabuelo de un servidor de usted. Fue levantado para la Exposición Hispano-Francesa de 1908, y desde entonces ha tenido una vida harto azarosa. Desmontado y trasladado de su emplazmiento original en la hoy llamada Plaza de los Sitios, pasó al emblemático Paseo de la Independencia. Con la llegada del tranvía a dicha arteria principal de la capital maña fue menester devolverlo a su emplazamiento original en la plaza, para finalmente ser llevado, en los últimos 60, a su emplazamiento actual en el parque. Pero tanta mudanza no fue lo peor que le iba a suceder. Hará un par de años dos descerebrados cogieron una retroexcavadora (tenía las llaves puestas) que andaba por las cercanías del templete y ni cortos ni perezosos, llevados por un inexplicable arrebato, se liaron a embestir el edificio. Fueron arrestados de inmediato por la Policía Local y condenados a pagar los 27.000 euros que costaría la delicada reparación (amén de ser condenados a cuatro años de cárcel, habría que ver si los monumenticidas llegaron a pisarla). Si eres madrileño no te rías mucho, la Cibeles ha sufrido vandalismos similares y no menos surrealistas. Hoy el fatigado y atónito quiosco (BIC desde 2008), con la cuidadosa restauración recién concluida, luce espléndido, ni que decir tiene que le deseamos encarecidamente una larga vejez sin más contratiempos. Por cierto que hablando de memoria maltratada, mis familiares me relataron con relativa guasa que en la placa de la calle dedicada a mi abuelo (José Borobia, también músico), en el barrio de Actur, habían colocado bajo el nombre por error "arquitecto", al confundirlo con José Borobio (acabado en "o"), arquitecto también de la generación del 25 como Mercadal y autor por ejemplo de la torre de la Feria de Muestras de la capital zaragozana junto a su hermano Regino. En fin.

Aunque mi viaje relámpago a la capital aragonesa no era para hacer turismo arquitectónico precisamente sino para recuperar memorias y lazos familiares penosamente desatendidos, sí tuve la oportunidad de dar una vuelta por el recinto de la Expo 2008. Esperaba encontrarme un aletargado bodegón de ruinas modernas, pero lo cierto es que se le ha dado utilidad en parte (alojando por ejemplo los Juzgados de la ciudad) y es un lugar visitado gracias al buen número de locales de restauración que se han abierto. Vergonzoso con todo resulta ver el icónico Pabellón-Puente de Hadid, ni pabellón pues nada alberga ni tan siquiera puente ya que está cerrado al paso. Para acabar diremos que la ciudad, vibrante con magníficos proyectos como los complejos deportivos próximos al Ebro, contrasta vivamente con la absoluta despoblación de su entorno y en general de la región. La España vacía se manifiesta con una crudeza casi dolorosa en el viaje desde Madrid, así que al llegar a Zaragoza y contemplar las imponentes torres del Pilar uno no da crédito ante el aparente espejismo, acaso como si nos encontráramos ante una ibérica Dubai.

domingo, 24 de marzo de 2019

Antimonumentos

Haz memoria
Cincuenta años antes que Piano y Rogers pretendieran hacer un antimonumento con su Pompidou parisino (así lo declaraba el propio Piano en una reciente entrevista en El Mundo), hubo un arquitecto español al que se le encomendó levantara un monumento conmemorativo a un pintor y fíjate con lo que salió. La prensa local, con mucha retranca, alegó que no diría nada del monumento hasta que lo desembalaran. Su iconoclasta arquitecto se dedicaría a "predicar la buena nueva del Norte" (como dijo Giménez Caballero) con inusitada energía en diferentes conferencias, como la que pronunció en el Ateneo Guipuzcoano el 21 de mayo de 1928 en San Sebastián (poco después de que Le Corbusier hiciera lo propio en la Residencia de Estudiantes de Madrid), donde arremetería contra el "falso culto a lo viejo" y la "ausencia de razón" de los edificios de la época, como el madrileño Palacio de Comunicaciones de Palacios y Otamendi (hoy ayuntamiento) señalando que el dinero que se gastó en su fastuosa fachada bien podría haberse utilizado en crear más estafetas y mejorar el sueldo de los carteros. No, no es Aizpurúa, aunque le imaginamos escuchando con arrobo en primera fila. Te toca hacer memoria y averiguar de qué monumento (obviamente fallido, ya nadie lo recuerda como tal y tiene otro uso) se trata y quién fue el apóstol de la modernidad al que se le ocurrió.


domingo, 17 de marzo de 2019

Marcas y marcos (2)



1. El monumento como marca.

"Ludwig Wittgenstein sentenció que la sociedad moderna ya no tiene nada que conmemorar. Que ha perdido sus lazos con el pasado y que es tan banal que no merece ser recordada. Si Wittgenstein pensaba esto de la convulsa y sofisticada sociedad europea de entreguerras, ¿qué no hubiera pensado de la nuestra? Y sin embargo, los años que vivimos no dejan de refutar el pesimismo del filósofo: nunca antes se había conmemorado tanto y tan indiscriminadamente como ahora. Nunca antes se habían construido tantos monumentos. Mirada desde el lado de la arquitectura, esta pulsión monumental pertenece a una agitada historia definida por las idas y venidas entre dos posturas: la de los arquitectos que daban la monumentalidad por muerta, y la de quienes pretendían mantenerla con vida. Al principio, el progresista siglo XX favoreció a los primeros. (...)
Las cosas cambiaron con la llegada de la posmodernidad, bien entrada la década de 1960, cuando la historia se puso de moda. De repente, todo lo que había sido tabú se convirtió en tótem. Los arquitectos se pusieron a replicar los estilemas del pasado; proliferaron pseudoclasicismos de toda laya; y, al calor de esta vis monumental, incluso multinacionales como Walt Disney encargaron oficinas en cuyas fachadas convivían columnatas, frontones y enanitos de Blancanieves. Todo esto se acompañó de un interés desmedido por la comunicación que hizo que la arquitectura dejara de ser considerada dominio exclusivo de la función y la técnica para verse como un lenguaje visual que apelaba al imaginario colectivo. Fue en este contexto fascinado a partes iguales por la historia y la semiótica donde la monumentalidad comenzó a tener de nuevo cabida en los debates de los arquitectos.(...)
El eco persistente de los ideales posmodernos, unido a la realidad inquietante de la globalización, han propiciado la aparición de un tipo inédito de monumentos: aquellos que no conmemoran nada ni tienen historia pero que no por ello dejan de ser menos eficaces en la tarea que se le exige a cualquier monumento, que es reforzar la identidad colectiva.
Son muchas las maneras de trabajar la identidad a través de estos monumentos. La principal consiste en crear imágenes singulares y fácilmente digeribles por el público; imágenes que emanan de los edificios pero que enseguida se libran de ellos para acabar pululando por las redes a golpe de "me gusta".
Nótese que en este caso forma y fondo no coinciden: los monumentos icónico-digitales no tienen contenido porque no conmemoran el pasado, sino sólo a sí mismos. Es una condición que, por supuesto, no alcanzaron a ver Wittgenstein y los intelectuales de su época, para quienes la idea del monumento se asociaba aún con lápidas, museos y cenotafios". (Eduardo Prieto, Nueva monumentalidad: por mi cara bonita, en El Mundo). 

"Mucho menos aún importa la cuestión de la falta de funcionalidad, el inflado a posteriori de los costes o los graves defectos constructivos que presentan muchos de estos monumentos inmediatos. Una proporción desmesurada de los edificios-espectáculo son museos sin colección o galerías de arte fingidas, salas de exposición extravagantes en las que el continente es la auténtica atracción.(...) El público no está realmente interesado en ver edificios que funcionen; quieren ver construcciones raras, expresivas, melodramáticas, llenas de poesía estridente, y, puestos a elegir, si es posible, que sean también violentas, catastróficas, grotescas y espeluznantes. Pero esta actitud no es exclusiva de la "era del espectáculo". Se remonta al panem et circenses del Imperio Romano, a la afición medieval y moderna a contemplar ejecuciones en plazas, a los monstruos mal labrados y las grutas con sorpresa de los jardines manieristas a la moda, a las menageries barrocas con sus extraños animales orientales y los carnavales venecianos del siglo XVIII, al auge de la novela popular gótica y romántica, al entusiasmo por la guerra de los futuristas italianos, y también, y de forma muy especial, al éxito seguro, en el cine, de las historias de catástrofes o invasiones. Es nuestro lado decadente, la atracción del abismo que nos fascina en las prisiones de Piranesi. La muerte, la abyección, la destrucción y lo grotesco han sido siempre objeto de deleite, y nuestra época, en este sentido, tiene sus propias obsesiones: el fin de todas las cosas, lo inhumano y la ausencia de forma, lo inestable y lo desarticulado". (David Rivera, El monumento que cayó del cielo. Arquitectura-espectáculo y colisiones urbanas a principios del siglo XXI, en Teatro Marittimo n.4). 

2. Marcas blancas, monumentos blanqueados.

"En Berlin hay cúpulas culpables. La ácida polémica entre Santiago Calatrava y Norman Foster en torno a la reconstrucción del Reichstag llama la atención sobre la intensidad de las pasiones que despiertan los edificios emblemáticos e invita a dirigir una mirada a nuestras propias arquitecturas representativas. Más allá de la rivalidad entre los arquitectos, el debate sobre la sede del Parlamento alemán refleja el marco emotivo de la construcción de los símbolos de la reunificación, y expresa una aguda conciencia de la dramática historia contemporánea de la nación. (...) 
Destruida en el incendio de 1933, la que fuera símbolo de la Alemania guillermina ha debido esperar a la reunificación y al retorno de de la capitalidad a Berlín para que se propusiera su inevitablemente polémica reconstrucción. Nadie deseaba levantar una cúpula idéntica a la original, ya que se interpretaría como un deseo de avivar las brasas del imperio evocando su sombra; para muchos aquella cúpula fue culpable de dos guerras europeas. Pero tampoco estaba claro cómo conciliar el arrepentimiento histórico con la exaltación de la reunificación, de manera que los arquitectos tuvieron la difícil tarea de calibrar el sueño y la memoria de Alemania.(...)
Aunque Foster obtuvo finalmente el encargo, su proyecto definitivo se aproxima al más sensato de Calatrava, ya que prescinde del gran dosel y remata el edificio con una cúpula -denominada 'red hemisférica' para evitar connotaciones que la hagan políticamente inaceptable-, con aspecto de faro geodésico: una cúpula inocente, desmemoriada y tecnocrática, despojada del intenso lirismo que poseía en el proyecto del español, pero más capaz de expresar la voluntad de unos políticos de Bonn que temen -quien sabe si con motivo- remover el humus romántico del pueblo alemán. (...)
Si este nuevo Reichstag pasteurizado no puede suscitar entusiasmo, el enconado debate que ha provocado revela una sensibilidad ante la dimensión simbólica de la arquitectura que debe mirarse con envidia desde nuestros páramos ideológicos". (Luis Fernández-Galiano, Cúpulas culpables, artículo publicado originalmente en El País en 1994 y ahora recuperado para Años Alejandrinos). 


3. Porque yo lo valgo (el arquitecto-marca).
"-¿Que un edificio sirva no es esencial?
-La arquitectura funciona en dos niveles: el subjetivo y el conectado. Uno trabaja como un artista buscando una voz, saber quién es. Si haces lo que se espera de ti, algo ya visto, no llegas a nada. Cualquier artista pasa la mitad de su carrera tratando de entender quién es para saber qué marca quiere dejar en el mundo. Nada que ver con el ego. (...)
-¿Cómo educa un edificio?
-Ninguno de los nuestros parece normal. La gente se pregunta por qué son así. No vivimos un tiempo normal. Cambiamos. La innovación es nuestra razón de ser. 
-¿Qué es hoy la innovación? ¿Que un edificio sorprenda?, ¿que ahorre energía?, ¿que mejore la ciudad?
-Nací cuando la necesidad de cambiarlo todo era el único acuerdo mundial. Empezó con Orwell, Freud y Einstein. El cambio me ha movido. (...)
-Admite que cuesta entender su trabajo.
-Me importa un bledo que no lo entiendan. ¡No lo consigo entender ni yo! 
-Peter Eisenman se psicoanalizó porque un cliente lo acusó de egocéntrico.
-Sería un problema que vieran mis edificios como neutrales. Si les gustan o los odian, me va bien. (...)
-¿Lo más importante en un edificio?
-La forma.
-¿Y el uso?
-Cada vez hay más desconexión. Vivo en un loft que hace cien años servía para almacenar cajas y es mejor que cualquier casa. La cultura visual es elitista. No la entiende todo el mundo. Pasa lo mismo con la pintura o con la ópera. No me importa que que la gente no entienda mi arquitectura. Es para unos pocos". (Thom Mayne entrevistado por Anatxu Zabalbeascoa para El País de ayer. Foto de arriba: su museo Perot en Dallas. En Vigo va a hacer la estación del AVE...). 






domingo, 10 de marzo de 2019

Marcas y marcos

Mochila ortogonal de Koolhaas para Prada. 


"-Me encanta su chaqueta: ¿sigue usted la moda? 
-Nos parece interesante. A mí, personalmente, me seducen mucho la ropa y las telas. Mi madre, que era sastre, estaba siempre rodeada de telas, y eso me atraía mucho (...) 
-Se ha dicho que su trabajo acrecienta la medida en que la arquitectura se ha convertido en moda. 
-¿Porque hablamos de ropas y perfumes? A nosotros no nos molesta semejante comentario. Y si alguien lo dice peyorativamente, es que subestima el poder de la moda. ¿Por qué la moda tiene que ser algo que esté mal? Hay mucha gente que piensa que la moda, la música, e incluso el arte contemporáneo, son cosas superficiales comparadas con los propósitos y las responsabilidades de la arquitectura. Bueno, nosotros no estamos de acuerdo. Creemos que es arrogante pensar en tales categorías ... Esas actividades dan forma a nuestra sensibilidad, son expresión de nuestro tiempo. Y no es el aspecto encantador de la moda el que nos fascina. De hecho, en lo que en realidad estamos más interesados es en lo que la gente se pone, en lo que les gusta enrollar en torno a sus cuerpos ... Nos interesa mucho esa especie de piel artificial que acaba convirtiéndose en la parte íntima de la gente.  (...) Y a este respecto, se puede comparar el cuerpo humano con un edificio: todo el mundo crea su propia arquitectura; que luego se convertirá en parte de la ciudad. La ropa es una especie de engarce entre lo público y lo privado, igual que una casa. En otras palabras, la arquitectura y la moda tienen unas cuantas cosas en común.(...) Y aunque los deseos cambian con el tiempo, la arquitectura debe conocer y responder a esos cambios. No es que nosotros queramos incorporar a nuestro trabajo todo lo que esté en boga, pero explorar la moda, la música, y especialmente, trabajar con artistas, nos da un sentido de los tiempos al margen del ámbito de la arquitectura. Todos los deseos y los gustos de un momento, considerados conjuntamente, crean el espíritu de un tiempo, la noción misma de nuestro tiempo. Una vida es un paseo por las capas y los espacios de varios de esos tiempos. Si haces arquitectura y no estás comprometido con tu tiempo, con la música de tu tiempo, el arte de tu tiempo, las modas de tu tiempo, sencillamente no puedes hablar el lenguaje de tu tiempo ... Y los arquitectos deben ser capaces de hablar el lenguaje de su tiempo porque la arquitectura es un arte público, es un arte para la gente. Paradójicamente, sólo entonces la arquitectura podrá perdurar, sólo entonces podrá ser más que una creación del momento". (Entrevista a  Jacques Herzog en El Croquis, 1997).

"La belleza de un desfile de moda radica en que en un periodo de tiempo muy breve te enfrenta a una serie de condiciones únicas que reclaman tu atención y representan la belleza y una idea... mientras estás mirando no hay nada más en lo que puedas pensar. Por tanto se trata de algo realmente único, y esa intensidad de movilización de tu atención es algo que casi envidio. La arquitectura es una profesión anticuada que crea una serie interminable de prototipos de objetos que nunca se repiten. Trabajamos, invirtiendo nuestro tiempo, e incluso derrochándolo, en la creación de condiciones únicas. La belleza de la moda, por el contrario, es esa: haces algo sublime, y si tiene éxito lo repites y se convierte en una especie de modelo que se reproduce hasta el infinito. Y ese aspecto de la moda es por supuesto impresionante y serio". (Rem Koolhaas para CNN Style) [Tras la farragosa entrada del 24 de febrero quería descansaras varias semanas de mi verbo, pero llegados a este punto no puedo evitar intervenir para contar una anécdota del arquitecto que viste -como el diablo- de Prada y para la que diseñó, marco incomparable para la marca, su sede en Milán y una mochila frontal que, en sus palabras, "ofrece un sentido más íntimo de propiedad y un mejor control del movimiento, evitando la cadena de colisiones inconscientes que la mochila involuntariamente genera". La relata (la anécdota) Oliver Wainwright. Según el crítico de The Guardian el holandés lleva su móvil en un calcetín y no en el bolsillo para que no le estropee la línea del pantalón, imaginamos cuando viste de Prada. Sorprende que luego no tenga empacho en diseñar edificios como este para Brooklyn, donde fractura sin miramientos el slab moderno -Rem siempre matando al padre- y lo deja mirando a Cuenca, seccionado en dos irreconciliables bloques destinados a no encontrarse jamás, acaso haciendo referencia a la polarización sin remedio de nuestro tiempo en el que el socorrido centro queda ayuno de representación y ya sólo podemos optar por los extremos].

"Los ochenta hipertrofiaron el componente plástico de la construcción, reduciendo con frecuencia los edificios a imágenes, y engarzando la arquitectura con el mundo de la publicidad y de la moda. Hemos visto a los grandes estilistas ofreciendo su imagen y su marca, y hemos tenido ocasión de contemplar a Norman Foster anunciando Rolex; a Michael Graves vendiendo tanto Miele como Hush Puppies; a Jean Nouvel en la publicidad de Swissair y a Ricardo Bofill en la de Renault o American Express; y a Frank Gerhy vestido de jugador de hockey para anunciar los muebles de Knoll. Los arquitectos han vendido productos lo mismo que proyectos o ciudades -un proceso que el cineasta Éric Rohmer retrata con lucidez y ternura en El árbol, el alcalde y la mediateca- y han acabado confundiendo las palabras con los ecos, y mezclando la necesidad con la seducción. Aunque sería ridículo ignorar la importancia contemporánea de las imágenes y las marcas publicitarias (...), la fagocitación de la arquitectura por el marketing ha llegado probablemente a un punto de saturación tal que ya sólo cabe esperar que la publicidad regurgite ese menú excesivo e indigesto. Fascinados por su imagen en el espejo cóncavo del glamour, algunos arquitectos se han arrojado voluntariamente a ese vientre generoso y sombrío, donde, como Miralles en su vértigo caligráfico, se entregan a placeres solitarios". (Luis Fernández-Galiano, Marcas gimnásticas, artículo publicado en 1994 sobre el pabellón de gimnasia rítmica de Enric Miralles en Alicante, ahora recogido en Años Alejandrinos).




domingo, 3 de marzo de 2019

Vuelve el hormigón



"¿Cómo se ha convertido esta humilde mezcla de cemento y arena, difamada durante décadas como azote de nuestras ciudades, en la expresión de un deseado estilo de vida que se utiliza para vender de todo, desde apartamentos de lujo hasta locales nocturnos?

Las cualidades que hacen atractivo el hormigón para unos son las mismas que siempre han repelido a otros. Es crudo, urbano e implacable, se alza como una mole geológica, formando acantilados vertiginosos y barrancos sin fondo, cavernosas bóvedas y musculosas pasarelas. Es el material que mejor encarna la era del estado de bienestar, la época en la que el sector público construía viviendas, colegios, hospitales y teatros a escala majestuosa. Es la roca líquida del socialismo, el relleno de un nacionalismo rotundo y de emocionantes monumentos esculturales para mayor gloria de olvidadas ambiciones. Es también el material más directamente relacionado con los problemas sociales que acompañaron el declive en la industria, la falta de mantenimiento y la decadencia del corazón de las grandes ciudades. Exuda optimismo y generosidad para algunos, violencia y miseria para otros. 

(...) Tras una generación en la que cayó en desgracia, cuando los mastodontes de hormigón solían encabezar las encuestas de edificios más odiados por el público, dicho material se ha puesto más de moda que nunca, en un momento en el que su catastrófico impacto medioambiental empieza a ponerse en evidencia. Un reciente informe señalaba que la producción de hormigón suponía un 8% del total de las emisiones de CO2 del mundo, mientras que el cemento desechado cubre un cuarto de la superficie de nuestros vertederos. 

"No creo que debamos usar hormigón en absoluto", dice Barnabas Calder, historiador experto en  arquitectura de posguerra y autor de Raw Concrete, un libro en el que razona con pasión sobre la belleza del brutalismo. Es un comentario inesperado viniendo de un adicto confeso al duro material que atesora fragmentos de aparcamientos derruidos como si de reliquias sagradas se trataran. "Por supuesto que parece encantador, pero tiene un impacto ecológico tremendo. Deberíamos mantener lo que tenemos y no construir más".  

Libros como el de Calder han ayudado mucho a popularizar el material de nuevo, y no hay señales de que los arquitectos vayan a darle la espalda por ahora. El resurgimiento del hormigón expuesto comenzó en los 90, principalmente como una reacción contra la percepción de inconsistencia de buena parte de la arquitectura de la época. Dos décadas de posmodernidad habían reducido la expresión arquitectónica a un ligero objeto decorativo, con edificios envueltos en cualquier vestido que al cliente le apeteciera. Los materiales podían fingir ser cualquier cosa que quisieran en una época en la que la representación era más importante que la sustancia. 

La consiguiente reacción trajo consigo una devoción casi religiosa a las propiedades innatas de los materiales en crudo. Los arquitectos persiguieron una suerte de limpieza espiritual a través de un enfoque basado en el retorno a lo esencial que puso todo su énfasis en el modo en el que los materiales afectaban a los sentidos. Escribieron densos tratados sobre fenomenología y la "coseidad de las cosas", defendiendo que los materiales fueran expuestos y tratados con honestidad. Había un primitivismo puritano en todo ello consecuencia de los excesos de los 80. (...)

En esta búsqueda de honestidad, pureza y la especial elaboración de las cosas, los suizos han estado en primera línea. Provenientes de la Eidgenössische Technische Hochschule (ETH)  de Zúrich, arquitectos como Peter Zumthor, Valerio Olgiati, Peter Märkli y Herzog & de Meuron crearon  nuevos estándares en lo referente a la potencialidad sensual y táctil del hormigón. Cada uno luchó para ser más primigenio y honesto que los demás. (...)

Puede que el hormigón sea visto cada vez más como un placer culpable, pero dicha idea aún tardará en cuajar. Permite infinitas posibilidades para conseguir efectos esculturales y hápticos: se puede pulir o moler, se le puede tratar para que su terminación sea rugosa, es posible incluso verterlo como si de aceite se tratara o compactarlo como si fuera muesli. Pero nuestra principal preocupación debería ser cuidar lo que ya tenemos: dada la cantidad de energía embebida en el stock existente de edificios con estructura de hormigón, la prioridad debe ser la preservación, modernización y recuperación de lo que ya está ahí, antes que la demolición que acabe llenando aún más nuestros vertederos". (Oliver Wainwright, Brutal beauty: how concrete became the ultimate lifestyle concept, dentro de la Semana del hormigón que The Guardian está dedicando a dicho material).







domingo, 24 de febrero de 2019

Los combates de la memoria

El monumento vende
"El patrimonio arquitectónico pertenece al arte y a la historia, pero pertenece aún más al sentimiento. (...) Más allá de los enfrentamientos políticos o jurídicos, en los escenarios pétreos del pasado se libran los combates de la memoria. Sus escaramuzas ásperas e incruentas no se refieren al pretérito documental, sino a nuestras infancias reconstruidas y borrosas. El daño al monumento es un herida al niño que fuimos. (...) Construir en los centros históricos es hacerlo en los centros sentimentales. Requiere algo más que ideas y energía; requiere sensibilidad, talento y paciencia; requiere, sobre todo, una mano prudente y un oído escrupulosamente atento al rumor de las emociones ciudadanas: las obras en los centros monumentales son siempre intervenciones a corazón abierto". Así hablaba, en 1993, Luis Fernández-Galiano al hilo de varias polémicas intervenciones en suelo patrio, como la violenta reconstrucción, acaso voladura controlada, del teatro romano de Sagunto de Giorgio Grassi y Manuel Portaceli (cuando Irene Papas representó en dicha ciudad su versión de Las Troyanas en 2001, con música de Vangelis y decorados móviles de Calatrava, prefirió hacerlo en unas naves industriales abandonadas que en el reluciente pero frígido teatro). Lo leo en el primer volumen de Años Alejandrinos, donde recopila sus artículos para El País de 1993 a 1999. Finalmente da don Luis como ejemplo de buenas intervenciones en entornos sensibles el edificio de oficinas de la Previsión Española que Moneo levantó justo detrás de la Torre del Oro en Sevilla. Por cierto que Moneo ha estado esta semana en la capital andaluza y ha aprovechado para expresar su desconcierto por la torre de Pelli, erigida, al contrario que su cuidadoso edificio, sin la más mínima consideración por su entorno (podría intercambiarse con la de Bilbao o la que se levanta en las Cuatro Torres en Madrid, ambas también del argentino, y nos quedaríamos igual): "menos mal que hay una distancia entre ella y la Giralda, porque no es posible establecer ningún paralelismo ni diálogo entre ambas" (desde luego no la verás en la postal que ilustra la campaña turística de la ciudad, la que tienes en la foto arriba de una parada de autobús en Madrid, aunque sí que, muy de soslayo, aparecen las setas de 100 millones de Mayer; por cierto que el slogan no puede ser más loosiano: "Sevilla es monumentos"). En el artículo Moneo aprovecha para dar un buen varapalo a la arquitectura de los últimos rascacielos, que según él, pasan de intentar reflejar el consabido Zeitgeist para ir cada una a su bola: "la expresión arquitectónica contemporánea, a pesar de la globalización, no es ni tan universal ni tan homogénea como lo fue la primera generación de los arquitectos modernos, aquellos que trataban de dar forma a la primera Era de la Máquina". Albricias, alguien que habla medianamente bien de la modernidadQuizá es que el espíritu de nuestro tiempo sea precisamente el de liarte la manta a la cabeza al grito de "miccionapilas moderno el último" y si te he visto no me acuerdo, que aquí lo que cuenta es que mi torre destaque sobre las demás. Es lo que Fernández-Galiano llamó en su día la metástasis de iconos

Por cierto que don Luis ha presentado esta semana en Ivorypress su nuevo libro (el ya comentado Años Alejandrinos) flanqueado por Foster y el propio Moneo nada menos. Tengo un  rebote cósmico porque en el último momento, yo que soy fan incondicional de don Luis, no pude asistir: mi evento premium del año, mi oportunidad de recibir algunas migajas de verticalidad, perdidas para siempre como lágrimas en la lluvia. Vivimos en una realidad de delirante complejidad en la que las demandas son tales a todos los niveles (como padre -no digamos como madre-, como hijo, como contrario, como profesional) que al final no llegas a nada y en todos los campos queda patente tu mediocre y lacerante horizontalidad. Esto sí que es el signo de los tiempos (ay esas pijillas quejas de primer mundo...). Tranquilo, retomo ya. Don Luis es el gran relator de nuestra memoria arquitectónica (e histórica, pues en sus artículos no pierde ocasión de referirse, como quien sí quiere la cosa, al momento político y social), imprescindible su papel ahora que se impone la desmemoria interesada y selectiva como muy bien sabía Tony Judt, que llamó a nuestro tiempo "la época del olvido" (otro paradigma): cito de la contraportada de su libro "Sobre el olvidado siglo XX": "Hoy el mundo es tan radicalmente distinto del de hace tan solo veinte años que hemos dejado de lado nuestro pasado inmediato incluso antes de haber podido entenderlo. No sabemos, literalmente, de dónde venimos, y el resultado de esta ignorancia creciente ha demostrado ser nefasto e incluso tiende a ir a peor [y eso que el libro es de 2008]. (....) Hemos olvidado el papel que jugaban los intelectuales a la hora de debatir, transmitir y defender las ideas que conformaron su tiempo". 

Un relato breve de Michael Morpurgo de nombre ¿Qué se siente?, situado, sin nombrarlo, en la guerra de Yugoslavia, narra cómo una niña logra salvarse de la total destrucción a la que se somete a su pueblo porque se esconde en unos baños públicos en la plaza principal. Cuando el comandante al mando de la división ordena destruir también dichos baños, único edificio que ya queda en pie, un soldado con conciencia, que sabe que la niña se esconde en ellos, le convence de que no lo haga para dejar dichos baños como único y humillante monumento del pueblo que quede en pie. Es una lectura que hago en mis clases de 3º de ESO, cuando pregunto a los alumnos qué guerra creen que es, nombran muchas, pero de la de Yugoslavia nadie (no lo dan hasta 4º, y eso con suerte, pero la de Vietnam tampoco y bien que la nombran). Uno de los artículos que se incluyen en Los años alejandrinos de Fernández-Galiano (de nombre Urbicidio balcánico), está dedicado a este conflicto: "La primera víctima de las guerras suele ser la verdad; en los Balcanes, la víctima inicial ha sido la memoria" (sigue leyéndolo aquí). Y por partida doble: en la guerra se quiso eliminar la memoria de un pueblo, y ahora la propia memoria de la guerra también parece haberse esfumado. Y es que hay memorias que a todos nos gustaría olvidar, especialmente si nosotros (Europa) hemos jugado un papel tan penoso en ellas; asi lo expresa, de nuevo, Fernández-Galiano: "Tiempo de tránsito y agonía, los años 90 son túrbidos y cenicientos, malos para el sosiego y la memoria, indignos del afecto y acaso del recuerdo". Y sin embargo debemos esforzarnos por hacer memoria. Ya en 1945 Popper (lo recordaban Marcos Peña y José Antonio Griñán en El País este sábado), decía: "He ahí pues, por qué el conflicto entre racionalismo e irracionalismo se ha convertido en el problema intelectual y quizá incluso moral, más importante de nuestro tiempo"



domingo, 17 de febrero de 2019

Mies 2019



Pues ya conocemos los finalistas del Premio Mies van der Rohe de 2019, cada uno, si me permites la expresión, de su padre y de su señora madre, vaya. Hagamos un recuento rápido. Tenemos un monumento a la modernidad líquida, una poética intervención en romántica ruina, una hermosa plaza en un país ignoto, una útil reforma a escala XXL y un experimento sobre el uso del espacio. ¿Quién ganará? Ni idea, pero vamos a escribir un algo.

El primero es el Palacio de Congresos de selgascano en Plasencia (en la foto). Está un poco fuera de onda con respecto las tendencias arquitectónicas actuales, y es que se trata un proyecto de 2006 cuya construcción fue pasto de la crisis. Con sus formas extraterrestres desprende un tufillo a arquitectura espectáculo que no le va a ayudar a conseguir el galardón. A su favor, la patente demostración de lo que es capaz de hacer la arquitectura con un edificio valiente que, frente a los lúgubres agoreros que nos agobian con un torvo porvenir, transmite optimismo en el futuro y fe en el progreso: un faro feliz. Solo por eso igual ya merecía el premio.

El siguiente es un bello edificio decimonónico salvado de la piqueta por los pelos (la demolición de hecho había comenzado cuando se decidió recuperarlo). Era el último de los pabellones que quedaba de un hospital psiquiátrico que se había ido reemplazando con edificios modernos en Melle (Bélgica). Los arquitectos Jan de Vylder, Inge Vinck y Jo Taillieu han respetado el exterior vaciando por completo el interior en una intervención consensuada con médicos y pacientes. Una ruina habitada. Nicholas Grimshaw estará contento, esta semana el recién galardonado con la medalla de oro del RIBA señalaba en Dezeen: "la cosa más destructiva que podemos hacer es demoler un edificio", para continuar defendiendo con pasión la reutilización de los mismos frente a lo que él llama "handbag architecture" (o arquitectura de las celebrities), edificios encorsetados tan pensados para epatar que solo pueden ser utilizados para lo que fueron diseñados. Todo esto también me ha recordado lo que decía Arturo Franco, uno de los autores de la modélica remodelación de Matadero Madrid, en el último programa de la serie Escala Humana que emite los miércoles La 2: su intervención quería ser de mínimos, que apenas se notara, lejos de una arquitectura engalanada, "vestida de domingo".

El tercero es una monumental plaza en Tirana, vestigio de su pasado comunista, que ha sido profundamente remodelada y reconvertida en un espacio urbano sin automóviles por una amalgama de arquitectos locales, alemanes y belgas en torno al estudio 51N4E. Se la ha rodeado de un cinturón verde que dicen baja hasta 6 grados la temperatura en la zona. Por cierto que aquí se alzaba una estatua a la memoria de Enver Hoxha, el dictador comunista que gobernó Albania desde 1944 hasta su muerte en 1985. Este monumento al parecer no cayó en el olvido como veíamos la semana pasada y fue necesario demolerlo. Y es que hay monumentos que dan mucha guerra. Esta semana también en Dezeen Sean Griffiths nos recordaba la muerte de un manifestante en Charlottesville (Virginia) en medio de una protesta antirracista que pretendía hacer desaparecer una estatua del general confederado Robert E. Lee. Encendido por la polémica ante la posible (ya improbable) demolición del edificio de Clerkenwell Close en Londres, Griffiths sostiene que ya puestos lo que habría que demoler son las casas georgianas de la capital del Támesis, muchas de ellas, según él, construídas con el dinero obtenido gracias al comercio de esclavos (le recomendamos que lea el artículo de Grimshaw). Pero no hay que irse tan lejos, en lo referente a monumentos aquí también tenemos lo nuestro. En fin, prosigamos, que nos salimos del tema. La plaza Skanderbeg, que así se llama la nominada, puede dar la campanada por el alto valor simbólico de la actuación (recuperación de un vacío urbano para los ciudadanos) y por su ubicación, en la periferia de de los habituales circuitos arquitectónicos.

El cuarto finalista es la reforma masiva de un potente bloque de 530 apartamentos en Burdeos a cargo de Lacaton y Vassal en la línea de previas y exitosas intervenciones. Los franceses amplían las ventanas de las fachadas y añaden una plataforma a cada vivienda de casi 4 metros de profundidad en forma de terraza cubierta que crea un "jardín de invierno", todo ello sin que los inquilinos tengan que abandonar sus casas y en dos semanas máximo. No se puede pedir más. Por eficacia y utilidad debería llevarse el premio de calle, el único problema es que una intervención similar en Ámsterdam ya ganó el premio en la anterior edición. 

El último contendiente es un edificio alemán sin concesiones a la galería con forma de zigurat en el que se ha querido experimentar con la flexibilidad del espacio y la mezcla de programas. Está en Berlín y sus autores son los estudios Brandlhuber+Ende, Burlon y Muck Petzet. Su objetivo (cito de la página del propio premio Mies): "superar la separación entre vivienda y trabajo, el ámbito comercial y el residencial, cuestionando las normas existentes".

A finales de abril sabremos quién se lleva el gato al agua. Como verás se juzga más que cinco simples edificios o intervenciones, cinco formas de hacer y entender la arquitectura. ¿Cuál de ellas es la que exige nuestro tiempo?

domingo, 10 de febrero de 2019

Relatores




"La realidad nunca ha interesado a nadie". Así hablaba Koolhaas en su ensayo Espacio Basura (Junkspace) de 2006 y así lo recoge el tema Love At The Mall de Tempers incluido en su nuevo álbum Junkspace (feat. Rem Koolhaas) que se inspira en las ideas del holandés enervante y que nos ha traído esta semana el hiperactivo blog Metalocus. Pero que razón tienes, Rem, si es que das en el clavo hasta cuando te equivocas. La realidad es tan peñazo que hay que cambiarla. Urge la presencia de relatores que nos cambien este pestiño y le añadan un poco de picante, y si hay que modificar algún detalle aquí y allá que no cuadra con nuestra particular visión de la realidad, pues se hace, que para eso somos posmodernos. Al final, y es que no en vano estamos ya en 2019, crearemos recuerdos falsos, implantes diseñados por relatores que nos ayuden a entender este sindiós y nos señalen, palmarios, quienes son los amigos y quiénes los enemigos. Decía un reciente editorial de El País, siempre tan alarmista: "la nueva arquitectura de la comunicación ha transformado la concepción ideal del espacio público como mundo común, convirtiéndolo en un agregado de nichos fragmentados y cerrados cuya razón de ser es más el refuerzo emocional de la tribu que la búsqueda de consensos o la seducción de quien piensa diferente".  "Cultura troll" lo llama. Chorradas. Yo me pillo la bandera y tomo Iwo Jima, que lo de debatir es para flojeras, débiles mentales y achantados de la vida. Un tal José María Lassalle va y dice, también en El País, claro: "Si negociar es traicionar, entonces desaparece la política y se transforma en ortodoxia. Con esta visión, triunfa el populismo y arraiga aún más al percibirse socialmente que la armonía y el progreso son inviables. De este modo, se favorece el pesimismo y se retroalimenta el malestar antipolítico mediante perfiles populistas cada vez más inquietantes. Sobre todo porque se inyectan en el tejido del populismo consignas nacionalistas que desembocan en dinámicas fascistas y supremacistas. Por eso, la democracia está hoy más amenazada que nunca desde el periodo de entreguerras. Porque los partidos se embriagan de testosterona adolescente y el populismo gana adeptos en la misma proporción que la centralidad amplía su orfandad". Pero qué me estás contando, que la cosa está muy chunga y no podemos andarnos ya con paños calientes ni retóricas de maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela. Otra cita, esta de Rubén Amón: "La percepción del problema vuelve a imponerse al problema. Y no es cuestión de amalgamar conflictos distintos y soluciones diferentes, sino de plantear la distancia que existe entre el bienestar que disfrutamos respecto a la psicosis atmosférica que lo amenaza. Sobre todo cuando está inducida desde la irresponsabilidad y desde el oportunismo político.(...) Allí donde más heterogeneidad y mezcla existe —las grandes urbes—, menos operan los fenómenos mesiánicos y supremacistas.(...) Estamos no en la edad de las metrópolis, sino de las megalópolis, similares a las antiguas en la expectativa de la autonomía, pero dotadas de enormes cualidades financieras, tecnológicas… y pedagógicas. Pedagógicas quiere decir que el hábitat urbano en su propia heterogeneidad cultural, étnica, identitaria, favorece la instrucción, la convivencia y hasta la tolerancia. No es el ciudadano el que hace a la ciudad, sino la ciudad la que hace al ciudadano en cuanto espacio complejo y hasta cosmopolita que fomenta el intercambio. Instinto e ilustración pelean con fuerzas desiguales cuando una sociedad se siente en peligro. No importa que haya razones, sino sensaciones, percepciones propicias a la deformación de la realidad". Mira, no me andes con películas. Esto es el caos y punto, así es que no se puede seguir. ¿Pues no dice un tal Agustín Fernández Mallo en un libro de nombre Teoría general de la basura (que igual se inspira en el Espacio Basura de Rem) que toda creación cultural es una apropiación de residuos desechados, una mezcolanza mestiza e impura? ¿Me está diciendo que es entonces menester en pos de la creación artística hozar con enjundia en la mugre y la excrecencia cual impúdico gorrino? Tanta horizontalidad hiede. Y habla de cosas rarísimas como la desobjetivación de la realidad o realityvidad. ¿Pero qué puede esperarse de un señor que pone a uno de sus libros el título de Proyecto Nocilla? Me pregunto, desnortado ya a ful, si no podría la arquitectura convertirse en relatora y ser en su matérica verticalidad faro que nos oriente en la interpretación de la memoria. David Adjaye, ganador junto a Ron Arad del discutido proyecto que recordará el Holocasto judío en el corazón de Londres (y presente con una exposición sobre su obra, de nombre Making Memory, en el Museo de Diseño de la ciudad), no tiene empacho en señalar que los museos, monumentos y memorials son lugares de resistencia contra aquellos que "propagan ficciones", y que la arquitectura puede contradecir las narrativas interesadas que ciertos políticos están elaborando (aunque también puede potenciarlas, nos atrevemos a añadir). Pues para que veas qué lío es todo esto, resulta que para Jaume Prat no sucede así: la tumba y el monumento (que según Loos eran el epítome del artefacto arquitectónico) acaban deviniendo residuos invisibles, tal y como nos relata en una entrada de su blog que (ahora en serio) no deberías perderte ya solo por los muy interesantes comentarios que dedica al cuadro La isla de los muertos: "La Tumba y el Monumento se han secularizado. Ya no conmemoran nada, olvidados por la historia. El monumento es ahora un residuo. Naturaleza. Y siempre que la historia se olvida o nos empobrecemos o se repite o las dos cosas a la vez. (...) Haríamos bien volviendo a mirar el monumento. Ni que sea para retardar un poco más su olvido". En ese mismo objetivo de retardar el olvido señalaremos que nuestro mayor y mejor relator arquitectónico, Luis Fernández-Galiano, acaba de publicar (al fin) una recopilación en dos volúmenes de los artículos que escribió para El País entre 1993 y 2006 que se leen casi más como deliciosa obra literaria que como crónica especializada. 

domingo, 3 de febrero de 2019

Entre estrellas (y 4)




Me propongo hoy dar fin a la serie que estamos dedicando a la portuguesa Serra da Estrela y su entorno. Vamos a ello.

La Serra se encuentra a unos pocos kilómetros de Covilhã siguiendo la misma endiablada carretera que conduce a la hoy pousada de Cottinelli Telmo, el Muguruza Otaño luso. El punto más alto de la sierra y del Portugal continental es conocido como Torre, enclave al que da su lacónico nombre como ya te comenté una torrecilla de 7 metros que permite con simpática trampa alegar que son 2000 metros (y no 1993) los que allá se elevan. Si te parece gracioso te diré que Villar Mir hizo lo propio en su torre de la Castellana, un poco más baja que sus tres compañeras, coronándola con una bandera de España que permitía alcanzarlas. El tamaño importa, o sea. Mientras encaramos el exigente ascenso con brío y pasmo el paisaje va despojándose de vegetación, tornándose ralo (o yermo si el vocablo te gustara más) por momentos. Las últimas señales de vida las encontraremos en la deslabazada barriada de Penhas de Saúde, donde aquí y allá casonas exánimes y algún hotel tratan en vano de animar el bello pero solitario paisaje de urbanismo como islandés. No, no he estado en Islandia, pero he visto Fortitude (ya puestos deja que te recomiende la primera temporada, no así las dos siguientes donde se les va la pinza que lo flipas). Si, como fue mi caso, el recorrido lo haces con niebla y chuva, el efecto es ya nórdico total.

A la susodicha Torre puede cómodamente llegarse en coche (pero ojo que la carretera es de película), ya que dicho punto, lejos de ser inaccesible pico o inhóspito roquedal se trata en realidad de una pequeña meseta con aparcamiento y variopintas lojas que ofrecen al visitante toda clase de productos locales (nueva recomendación: prueba el cremoso queijo serrano, que recuerda a la torta del Casar); si eres montañero accidental y vas en invierno se hará imprescindible comprarte allí unos guantes porque el frío es de aúpa. No obstante ni las glaciales temperaturas ni la nieve (poca), fenómeno ya paranormal para un madrileño como el que esto te relata, pudieron superar la tremebunda impresión que me llevé al descubrir, apenas dibujadas en la densa niebla, dos extrañas y enormes estructuras de bulbosas terminaciones, que al acercarte, no sin prevención rayana en miedo, descubro son antiguos edificios de probable uso militar en ruinoso estado. En una placa adyacente se explica que alojaron radares de la fuerza aérea lusa aunque desde 1972 son ya inertes injertos, ajenos a la montaña cual restos ignotos de una nave alienígena. No muy lejos puede verse el telesilla, en funcionamiento pero tristemente vacío, de la única estación de esquí de nuestro país hermano. Por cierto que la sierra guarda a buen recaudo un par de hoteles de fábula. Te recomiendo la Casa das Penhas Douradas, Rossi por fuera y Aalto por dentro, un lugar mágico.

Otro atractivo de la zona, conocida como las Beiras (bordes), son las conocidas como aldeias históricas, a menudo con bellos castillos, no en vano estamos en zona fronteriza. Mi favorita (conozco sólo un puñado) es con diferencia Sortelha, pero Monsanto merece también visita. Belmonte, donde nació Álvares Cabral, descubridor de Brasil, ofrece al viajero las curiosas ruinas romanas de Centum Cellas, de las que ya dimos cuenta aquí.

Hablando de castillos Castelo Branco merece párrafo aparte. De aquí era por cierto Afonso de Paiva, el acompañante de Pêro da Covilhã que se perdió en Etiopía allá por 1491. Es sin duda la ciudad más interesante de la zona y es obvio que sus reponsables la han mimado con gran celo y buen tino, algo que ya puede adivinarse en la cuidada página web, toda una declaración de intenciones, o en la excelente oficina de turismo, que ocupa una bella mansión en la solariega avenida Nuno Álvares. Sus edificios históricos, entre los que destacan el palacio episcopal, hoy museo de arqueología con bellos jardines o el antiguo ayuntamiento que aloja el centro de interpretación del bordado típico de la región, ambos del siglo XVI, están magníficamente restaurados y la ciudad entera rezuma bienestar con un urbanismo cuajado y cuidado. Tiene hasta moderno edificio marcante que se desmarca con sorna de la típica arquitectura lusa blanca y rectilínea a cargo de Josep Lluis Mateo, acaso el Koolhaas español (si juntas un poco sus torres en el Fórum barcelonés te sale el De Rotterdam). Ya me dio esa sensación cuando le oí hablar, en plan enfant terrible, en un añejo programa de debate (qué tiempos aquellos) dirigido por Pedro Altares, calculo de los primeros 90 porque se comentaba la ampliación de la National Gallery de Venturi y Brown, en el que participaban Oíza, Fernández-Galiano, Fernández Alba, García de Paredes, de la-Hoz (padre) y el propio Mateo, video con el que me topé mientas trasteaba, iluso, por internet al objeto de hacer una entrada sobre el autor de Torres Blancas que finalmente quedó en las ganas (mucho arroz...). En Castelo Branco Mateo levanta un castillo bronco y malencarado pero resultón que opera como centro cultural. La enorme plaza (Praça Largo da Devesa) que se extiende a sus pies y en la que los albicastrenses se solazan a voluntad es también diseño del catalán. Te enlazo a más fotos y datos en la página web del arquitecto (CCCCB y plaza). Permite también que te sugiera la visita al museo Cargaleiro, artista local para el que Siza diseñó una luminosa sala de exposiciones en Seixal. Cito las bellísimas palabras que el arquitecto de Oporto dedica al pintor y ceramista:

"O Manuel Cargaleiro é a pessoa mais incapaz de maldade que conheço. Os seus olhos estão focados para o que há de bom nos outros e na vida.
A sua visão do mundo é luminosa.
A perversidade pode passar ao lado, engalanada; as suas cores não estão naquela paleta rigorosa. Por isso, cada obra que lhe sai das mãos é para sempre imune ao embaciamento, ou à fratura".

Toca despedirse ya. La Serra da Estrela no será nunca un destino estrella, pero quizá sea en estos lugares desconocidos donde aún podamos sentirnos verdaderos viajeros pues todavía quedan en ellos fascinantes misterios por desvelar.

domingo, 27 de enero de 2019

Desconocidos



En 1977 veía la luz el tema To the Unknown Man del genio de los sintetizadores Vangelis. El jueves pasado el griego lanzaba su último álbum (Nocturne) donde se incluye una versión minimalista del tema. Te invito a que la escuches mientras lees la entrada de hoy. 

"(...) Un viejo y famoso arquitecto norteamericano le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas". Y también le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves". Un hombre, no decía siquiera un arquitecto. 

No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. (...)

Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (con mayúsculas), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor). 

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto, también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto para mí es lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, solo en apariencia de orden superior. (...)

Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza más que doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador. (...)

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse. (...)"

(José Antonio Coderch, No son genios lo que necesitamos ahora, publicado en la revista Domus en 1961).

domingo, 20 de enero de 2019

Misterios


"Hay poetas que lo son, no por escribir poesía, sino por saber reconocer un buen poema. Salieri no era ni la mitad de buen músico que Mozart, pero reconocía el talento que el genio no sabía que tenía. Y a mí se me pone la carne de gallina. Porque quizá yo, quizá vosotros, no lleguemos nunca a ser los arquitectos que queremos ser o quisimos ser un día, pero seremos, podremos ser, arquitectos en la medida en que sepamos reconocer dónde está la buena arquitectura. "Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas...".
Por otra parte, también Albert Einstein dijo, en su búsqueda de la ecuación que uniese las fuerzas gravitatorias y electromagnéticas, y más allá del famoso "Dios no juega a los dados con el universo", que "lo más bello que podemos experimentar es el misterio. Esa es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos". Esta frase presidía la mesa de trabajo del despacho de José Antonio Coderch. Si, como dijo Silesius, "la rosa es sin por qué", quizá sabe más quien huele su fragancia que quien la deshoja para analizar sus pétalos al microscopio".  (Octavio Mestre, La arquitectura como misterio. Sobre el oficio de construir).

domingo, 13 de enero de 2019

Entre estrellas (3)


"Los arquitectos son también poetas". Así hablaba José Ângelo Cottinelli Telmo (1897-1948), arquitecto estrella del Estado Novo portugués. Genio multidisciplinar y creador entusiasta, Cottinelli es casi más conocido en su país como cineasta que como arquitecto. Dirigió la primera película sonora íntegramente portuguesa en 1933 (A Canção de Lisboa), en la que participaron los más famosos actores de la época (incluido como secundario Manoel de Oliveira). Durante los años 20 dirigió la revista juvenil ABC-zinho donde se gestó el cómic portugués moderno (él mismo fue también dibujante de banda desenhada con gran éxito) y en la que solía incluir construcciones para recortar y montar. El arquitecto, oriundo de Lisboa, fue también ilustrador y diseñador gráfico (creó logotipos, portadas de libros, sellos...). Por si fuera poco también hizo sus pinitos con la música, componiendo por ejemplo el himno de la Mocidade Portuguesa, la organización juvenil del Estado Novo, que tenía por cierto una secção feminina (¿te suena?) o dirigiendo la orquesta en las fiestas de los estudiantes de Bellas Artesdonde estudió de 1915 a 1920. Con todo ello demostraba Cottinelli Telmo que la arquitectura no se basa en una única disciplina sino que podría considerarse feliz amalgama de varias especialidades artísticas.

Centrándonos en lo arquitectónico, Cottinelli se movió, como tantos por aquellas fechas, entre la vanguardia del Movimiento Moderno y la arquitectura llamémosle tradicional, regionalista o como más te apetezca. Obtuvo plaza como funcionario de CP, la Renfe portuguesa, y fue en alguna de las estaciones que diseñó y sobre todo en edificios técnicos como la torre de señalización de Pinhal Novo donde sus propuestas fueron más audaces. En general puede decirse que trató de combinar ambas tendencias en edificios sobrios pero con referencias al mundo clásico como puede verse en sus oficinas para la Standard Eléctrica en Lisboa o en la ampliación de la universidad de Coimbra (suyas son también las interminables escaleras que dan entrada al campus, si las has subido en verano seguro las recuerdas), estilo que los modernos más ortodoxos apodaron con sorna Português Suave por una popular marca de cigarrillos. En 1940 le llegó el principal encargo de su carrera arquitectónica: organizar como arquitecto jefe la Exposición del Mundo Portugués en Belém  a mayor gloria del régimen de Salazar donde diseñó uno de sus pabellones y el famoso Padrão dos Descobrimientos, único elemento de la exposición que ha llegado a nuestros días (en 1960 fue reconstruido con materiales más duraderos). En forma de barco de tres velas, el impresionante monumento incorpora 33 esculturas diseñadas por Leopoldo de Almeida que representan otras tantas figuras señeras de la época de los descubrimientos; una de ellas, por cierto, nuestro Pêro da Covilhã. De 1938 a 1942 dirigió la revista Arquitetos. En 1945 fue elegido presidente del Sindicato Nacional de Arquitectos y en 1948 organizó el primer congreso de arquitectura en Portugal donde por cierto las nuevas generaciones de profesionales aprovecharon para expresar su beligerancia hacia el Estado Novo y suponemos pondrían en aprietos a Cottinelli, arquitecto favorito del régimen. Fue su último legado a la profesión. Ese mismo año mientras practicaba pesca deportiva en Cascais se lo llevaría para siempre una traicionera ola a la edad de 50 años. Nunca sabremos lo que habría dado de sí su carrera profesional.

Llegados a este punto te estarás preguntando a santo de qué viene tan profusa introducción. Pues mira, mi querido a la par que impaciente lecteur, resulta que en Covilhã tiene Cottinelli uno de sus edificios, el Sanatorio das Penhas de Saúde, también conocido como Sanatorio dos Ferroviários por haberse construido a iniciativa de CP (como te decia, la Renfe lusa), para enfermos de tuberculosis. Por aquel entonces se trataba dicha dolencia mandando a los doentes a altas montañas en la esperanza de que los limpios y serranos aires curaran la enfermedad (y de paso no contagiaran a los que se quedaban abajo). La primera piedra, a 1.200 metros de altitud, fue colocada en 1930 y se terminaba en 1936, aunque por circunstancias varias el hospital no empezaría a funcionar hasta 1944. Cottinelli se basó en el sanatorio de la Fuenfría, en la madrileña sierra de Guadarrama (diseñado en 1921 por Antonio Palacios nada menos), que visitó en persona. Acaso también habría leido nuestro multidisciplinar arquitecto La montaña mágica de Thomas Mann (1924), en la que el sanatorio para tuberculosos de Berghof, ese "transatlántico varado" en palabras del alemán, tiene un claro protagonismo en el relato. Pero prosigamos que hoy no acabo. Cuando los nuevos tratamientos médicos para combatir la tuberculosis se generalizan, estos aislados hospitales difíciles de acceder y caros de mantener caen en desuso. El de Covilhã no es excepción y cierra en 1969 tras una exitosa carrera (tenía el récord de curaciones de este tipo de sanatorios en Portugal). Continuó nuestro transatlántico varado aún prestando servicios ocasionales (como alojar de manera temporal a los retornados de las colonias portuguesas tras alcanzar estas su independencia) bajo el atento cuidado de dos arrojados funcionarios, José Francisco Amorim y Lurdes Amorim, que en él vivieron buena parte del tiempo en absoluta soledad, experiencia que nos recuerda al tremebundo El Resplandor de Stephen King que Kubrick llevaría magistralmente a la gran pantalla. Cuando los dos solitarios funcionarios alcanzaron la edad de aposentação, certera manera que tiene el idioma portugués de expresar la jubilación, el edificio quedó a su suerte, solo visitado ya por las estrellas. Convirtióse pronto en penosa ruina y se decía que estaba assombrado (encantado). Tras muchos avatares, en 1998 fue vendido a la empresa que por aquel entonces gestionaba las Pousadas (paradores) por la cantidad simbólica de un escudo con la condición de que allí se levantara uno de dichos alojamientos. Nada menos que Souto de Moura, el Pritzker portugués, fue el encargado de la rehabilitación del hospital. Tras nuevos contratiempos, ya bajo la batuta de Pestana, la mayor empresa hotelera del país, se llevó a cabo el proyecto y la "Pousada da Serra da Estrela" fue finalmente inaugurada en 2014.

Si alguna vez vas a Covilhã te recomiendo que te alojes allí (está a unos seis kilómetros de la ciudad) aparte de por tratarse de un hotel magnífico con vistas espectaculares y una buena relación calidad-precio, porque descubrirás con asombro que Souto de Moura, un racionalista miesiano  que echa pestes de la arquitectura tradicionalista del Estado Novo ha encarado un edificio preñado de ornamento y aires románticos (Cottinelli lo diseñó más como hotel de montaña que como sanatorio) replicándolo con un respeto máximo. Souto desaparece en la rehabilitación, mostrando la grandeza que a veces se esconde tras la humildad (no quiero ni pensar lo que Koolhaas hubiera hecho si llega a meter mano al ruinoso hospital). Ya lo dice el último AV dedicado al arquitecto de Oporto (que me dio la idea del viaje): "Se busca que los visitantes sientan un dejà vú al estar frente a una construcción que insistió en permanecer en una geografía imponente". Sólo le intuimos en la sobria piscina cubierta situada en las entrañas del edificio, que mi contraria y filhos disfrutaron con fruición (yo algo menos al saber que allí se situaba la morgue). Ya puestos decir que el dejà vú hospitalario se hace sentir a veces con demasiada intensidad en la austera y algo viejuna decoración y especialmente en el interior de las habitaciones, donde se han reproducido los sanitarios y hasta los muebles del antiguo sanatorio (idénticos a los que se ven en las fotos de época), algo que pronto se olvida al disfrutar del regio desayuno, contemplar las alucinantes vistas y ver corretear por doquier a los numerosos niños alojados en el hotel.




sábado, 5 de enero de 2019

Entre estrellas (2)



Pues la ciudad que comentábamos en la anterior entrada era la portuguesa Covilhã (seguimos con nuestra fijación ibérica) y lo que aparece en la foto es la pasarela peatonal, el Ponte da Ribeira da Carpinteira para ser más exactos, de Carrilho da Graça. A su vez el corajudo personaje del que hablábamos no es otro que Pêro da Covilhã, precursor de Vasco da Gama. No pensarás, querido lector, que he ido a Covilhã solo a ver una pasarela, aun siendo tan espectacular como esta con sus 220 metros de longitud. Freaks somos, a qué negarlo, pero pardiez no tanto. Iremos desgranando los atractivos (a menudo ocultos) de la ciudad y los alrededores. Hay más sorpresas arquitectónicas (últimas).

Covilhã es una ciudad de urbanismo imposible. Se halla desparramada sobre varias empinadas lomas que dan acceso a la Serra da Estrela, que atesora el punto más alto del Portugal continental con 1.993 metros (João VI por aquello de redondear mandó construir en dicho lugar una torre de 7 metros a principios del XIX con lo que puede decirse que con trampa llega a 2.000, recordemos ya puestos que el punto más alto del país se encuentra en las Azores). Era por tanto imperativo en un intento titánico por vertebrar este caos vertical la creación de nexos que facilitaran la comunicación entre el bairro alto, el más antiguo, preñado de bellos ejemplos de arte urbano, y las barriadas más bajas, donde se sitúa la universidad (en la que destaca un potente edificio brutalista que bien podría haber diseñado Lina Bo Bardi) y las urbanizaciones más modernas, junto al centro comercial de rigor y el hospital (al que da nombre nuestro agente secreto en misión por las indias, Pêro da Covilhã), todos ellos buscando la cómoda horizontalidad de la amplia llanura que se extiende a los pies de la sierra. Uno de los conectores que intenta paliar este paroxismo vertical es como decíamos el metafísico puente de JLCG terminado en 2009 (finalista de los premios Mies van der Rohe en 2011), que genera una suerte de horizonte alienígena; otro es el vertiginoso ascensor inaugurado hace apenas tres años.

Ya que estamos, de Covilhã convendría decir también que fue importante centro de elaboración de productos derivados de la lana ya desde el siglo XVI (Gil Vicente lo nombra en una de sus obras). El mismísimo Marqués de Pombal potenció dicha actividad, y las factorías de lanifícios de la ciudad llegarían a elaborar los uniformes del ejército luso. En 1972 había registradas 99 empresas dedicadas al procesado de la lana y trabajaban en ellas casi 7.000 operarios, hoy se sigue manteniendo la actividad pero a una escala mucho menor (apenas quedarán 15 empresas), siendo buena parte de los edificios que alojaron estas fábricas fantasmagóricas ruinas (nada hay más portugués que la ruina, a menudo convertida en poético artificio), aunque algunos han recobrado nueva vida, de hecho la universidad está en parte alojada en una de estas antiguas factorías. El lema de la ciudad (A tecer o futuro: "tejiendo el futuro") y su logo no se olvidan de ese importante pasado textil. Por último decir también que PT, la Telefónica portuguesa (hoy en manos de la multinacional Altice) tiene aquí un centro de proceso de datos, diseñado también por JLCG, en forma de enorme cubo gris.

Por hoy creo que nos vale. Tienes información y fantásticas fotos del puente aquí, y si te apetece saber más sobre la ciudad no te pierdas este artículo de César Antonio Molina.