domingo, 15 de enero de 2017

Arquitectura infantil

The Kid´s Causeway
Impactante documento traigo hoy. Observa la foto, de 1978, con detenimiento. Es un parque infantil brutalista en Pimlico, barrio del centro de Londres. Pero cómo se puede ser, efectivamente, tan bruto. Como uno de los niños pierda el equilibrio (el que accede a la plataforma, con camiseta blanca, está a punto), de la toña que se mete acaba con fracturas múltiples (fíjate que la plataforma está en pendiente y "protegida" por una barandilla por la que podría colarse un luchador de sumo para facilitar la caída). El extraño parque, que parece imitar la curiosa formación geológica norirlandesa de nombre La calzada del gigante (The Giant´s Causeway), a lo que se ve quiere igualmente mimetizarse con el entorno de hormigón tan típico de los 70, cuando la fiebre de los high-rises residenciales llegó a lo más alto en el Reino Unido. Otra cosa me llama la atención, ¿dónde estarán los padres de estos aguerridos muchachos? Probablemente observándoles desde el piso 10 del bloque aledaño. Hoy eso no pasa, claro, los niños están siempre acompañados en los parques por mamás, papás y cuidadoras, aunque si lo piensas, como mientras tanto todos ellos suelen practicar el phubbing, los niños se nos escoñan igual. Al menos los parques no son de hormigón armado. ¿Cómo? ¿Que qué es eso del phubbing? Averígualo aquí.

En fin. Del brutalismo inglés, hijo del primer Le Corbusier, ya hemos hablado en este tu blog, a dicha entrada me remito. Por cierto que la foto de arriba es del RIBA, y aparece en una exposición en el Vitra Design Museum de Basilea en la que los Assemble  (los arquitectos militantes que inesperadamente ganaron el Turner hace dos años) han reproducido los parques infantiles brutalistas -en suave gomaespuma- para que los chavales, ahora sí, puedan rodar sin miedo a hacerse una brecha: no te pierdas las fotos aquí.

La rentrée postnavideña qué dura es. Toca reconectarse a nuestra segunda vida virtual, circunstancia que al parecer ha devenido impepinable (cómo me recuerda todo esto al premonitorio libro Microsiervos de Douglas Coupland, las tecnoadicciones de una panda frikis de los 90 ya son epidemia mundial) y enfrentarse al síndrome de abstinencia de dulces de toda calaña. En mi caso, el número doble de AV dedicado (y van cuatro) a Herzog y de Meuron, me ayudó a pasar el trago. El artículo de entrada (La mano en llamas) de Fernández-Galiano, interesante pero (o quizá por lo) duro de roer gira en torno al libro que el dúo suizo acaba de publicar: Treacherous Transparencies (Engañosas transparencias, ya publicado en español por GG), que relata la visita que ambos arquitectos hicieron a la mítica Casa Farnsworth de Mies (otro moderno como Corbu aunque no le diera por el hormigón), que no es otra cosa que el Pabellón de Barcelona convertido en etérea vivienda. Lo que en un primer momento podríamos pensar iba a ser el relato de una epifanía arquitectónica se convierte pronto en la crónica de una decepción no anunciada (H&dM serían, como señala Fernández-Galiano, seguidores indirectos -via Aldo Rossi- de van der Rohe).  Los suizos, "hallan en la Farnsworth una belleza que no ofrece cobijo, ignorante de los aspectos psicológicos de la arquitectura, e inferior a los ejemplos que ilustran de arquitectura primitiva o vernácula". La arquitectura que solo se sirve a sí misma, y no a la gente, ya sea en un parque londinense o en una pradera de Illinois, no funciona. H&dM defienden frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campo de fuerzas debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". (Por cierto que Santiago de Molina ya se había adelantado a los arquitectos de Basilea, señalando un detalle bastante chusco de la casa en cuestión).

Levantemos un poco la vista de nuestras pantallas, a las que nos ata una esclavitud autoinducida, y observemos ese flujo impredecible de la vida que es el mayor regalo que se nos puede hacer. Muñoz Molina es el que despide hoy la entrada: "Un contemplativo no es un místico. Es alguien que se queda extasiado de pura atención ante una maravilla cualquiera del mundo exterior: un río, la gente que pasa tras la ventana de un café, un cuadro, un árbol, una pieza de música, la belleza de alguien, el extrarradio de una ciudad desplegándose en la ventanilla de un tren, la tipografía de un cartel, el reflejo de la calle en un escaparate, un libro [,un edificio]". (Antonio Muñoz Molina, La risa de Eça de Queiroz en El País de ayer).

sábado, 7 de enero de 2017

Límite 48 horas

Contrarios buscándose en Les Glòries

¿Si tuvieras dos días escasos para visitar la Ciudad Condal, qué elegirías ver? Formidable dilema planteo, mi querido lecteur. Ante los múltiples atractivos que ofrece ciudad tan brutalmente estimulante resulta bien difícil escoger, algo así como entrar en pastelería sabiendo sólo puedes escoger uno, dos, tres a lo sumo de los muchos (a la par que deliciosos todos ellos) pastelillos que se te ofrecen a la vista. Si a ello unes que debes contentar a un heteróclito grupo conformado por mí mismo, freak feroz de la última arquitectura, una contraria de gustos mucho más históricos y dos niños de corta (pero ya agotadoramente reivindicativa) edad, el reto roza la manida Mission Impossible.  
El desconcertante Museu del Disseny ("la grapadora") de Bohigas
La solución ante tesituras de tamaño calibre radica siempre en ofrecer una respuesta horizontal e inclusiva. Que no es otra cosa que el consabido consenso. Acordamos que mi contraria decidiría un lugar, un servidor otro y elegiríamos un tercero pensando en los peques (secretamente me reservaba una coda final justo antes de emprender la vuelta el último día). Mi medio pomelo seleccionó rauda nada menos que el Museu Egipci, toma castaña, así que yo, que estaba en duda entre varias opciones, me decanté por lo más rabiosamente moderno que tiene la ciudad: el Museu del Disseny  inaugurado hace un par de años, más por el continente (de Oriol Bohigas nada menos) que por el contenido, aunque tras el vértigo temporal experimentado en el museo egipcio -cuya visita, que conste, recomiendo encarecidamente-, con piezas de más de cuatro mil años de antigüedad, creo que nos convenía, pardiez, un poco de estricta contemporaneidad representada, por poner solo un ejemplo palmario, en la famosa exprimidora Braun Citromatic MPZ-2 del mítico Dieter Rams que luce expuesta en el museo como si del busto de Nefertiti se tratara. El debate está servido tras tan traumática mezcla, recomiendo encauzarlo en la magnífica cafetería del museo donde, rodeado de una cálida decoración escandinava, puedes disfrutar a precios módicos de comida de verdad, la cuadratura del círculo, vamos.

La otra manzana de la discordia
En el libreto del video de Arquia en el que Oriol Bohigas es entrevistado por Luis Fernández-Galiano, éste tildaba al Museo del Diseño, último proyecto por ahora del catalán, de "provisional y desconcertante colofón" de una apabullante carrera iniciada en los 50 con sus socios Josep Martorell y David Mackay (MBM) dentro del Grup R en el que militaron, entre otros, Coderch, y que alcanzaría su máxima expresión en la reorganización urbanísitica de Barcelona para las Olimpiadas del 92 que llevaría al RIBA a conceder, por primera vez en su historia, su medalla de oro a toda una ciudad en lugar de a un arquitecto (Bohigas es calificado nada menos como "el autor intelectual de la Barcelona contemporánea"). Fernández-Galiano, ya en la entrevista,  no pierde ocasión de incidir, de manera amistosa, en la contradicción que supone defender, como lo ha hecho siempre Bohigas, una arquitectura de la continuidad respetuosa con el tejido urbano y descolgarse, a la vejez viruelas, con semejante edificio "escultórico", icónico, ajeno y, como mínimo, extraño. El catalán se defiende argumentado que en semejante emplazamiento (la plaza de las Glòries, un enorme y desangelado espacio que nadie sabe cómo urbanizar una vez desmantelado el scaléxtric), lo único que tenía sentido era eso, una forma alienada que para colmo se veía obligada a dialogar con la no menos icónica torre de Nouvel, tan decididamente orgánica, contraponiéndose a ella, quizá única opción ante lo arduo de dicho empeño, a base de líneas horizontales (Bohigas habla de una "cama") y crudas aristas. Su diseño parecería por lo demás completamente aleatorio en sus formas, pero al parecer no es así: sus descomunales voladizos (que le han ganado el mote popular de la grapadora) responden a un deseo de no ocupar espacio público, y sus incisivas formas en realidad enmascaran un complejo programa de conexiones con calles y espacios que se encuentran a distintas cotas. Con todo, la sensación al verlo, la verdad, es algo así como de perdidos al río. 

El interior merece comentario aparte. El edificio se transforma completamente una vez entramos en él, todo lo que tiene de amenazante y oscuro por fuera lo tiene de alegre y amable por dentro. Pintado de amarillo en muchas zonas, y con un atrio amplio y algo desgarbado pero luminoso y sociable (ya hemos mencionado la cálida cafetería), rezuma por doquier optimismo y joie de vivre, trasunto, nos da la sensación, del propio arquitecto. En la biblioteca que alberga el edificio podemos leer, en grandes caracteres, una cita de Einstein: "L´única cosa imprescindible que has de saber és on hi ha una biblioteca". Otro de los detalles curiosos sería el espacio que alberga el extremo del voladizo que da sobre la desarbolada (nunca mejor dicho) plaza de Las Glòries, donde Bohigas sitúa una sala en la que la única obra expuesta es la propia plaza a través de un enorme mirador. El ventanal no tiene la función de aportar luz al interior de las salas, ya que una muda pared que va de un extremo a otro del espacio impide su paso, apoyado en dicha pared el arquitecto dispone un banco corrido para que el visitante pueda descansar y de paso puede decirse que le obliga a observar la plaza (no tiene otra). Teniendo en cuenta como venimos diciendo lo desangelado y nada agraciado que es este vacío urbano (tan extraño en una ciudad con un tejido urbanístico tan cuajado: por dimensiones y proporciones de sus edificios, ojo, no por el pijerío, ¿podría decirse que el Passeig de Gràcia es la calle perfecta?), una de dos, o Bohigas tiene un sentido del humor rayando en el cinismo o muestra de nuevo aquí ese optimismo del que hablamos al confiar que, en un futuro (seguramente no muy cercano), esta plaza quede resuelta con maestría por la siguiente generación de arquitectos y sea al fin digna de contemplar. Sin duda nos decantamos por la segunda opción.


Pero dejemos ya Les Glòries y sus artefactos inconexos (por ahora). Con todo, si quieres saber algo más de Oriol te dejo con este artículo en el que el propio arquitecto nos da algunas de sus claves vitales. Llegados a este punto quizá te estarás preguntando qué elegimos ver para motivar un poco a los retoños: fue la Casa Batlló (muy cerca del Museo Egipcio) de Gaudí, que es lo más parecido que puede haber a un parque temático infantil. Y puedo decirte que acertamos del todo. Además, a la entrada nos dieron una especie de mini tablet con un programa de realidad aumentada que explicaba de manera muy amena los distintos espacios del edificio (teniendo en cuenta el agobiante tumulto de gente que pugnaba por recorrer el edificio, a veces veías mejor la habitación en cuestión a través del aparatito que en la realidad. Qué locura). Pero, aparte de los lugares programados, la ciudad, que esconde un estímulo arquitectónico casi a cada vuelta de la esquina, nos ofrecía inesperados regalos a nuestro paso, muchos realmente destacables, como el mercado de Santa Caterina, que desconocía (por mucho que lo haya visto en foto), de EMBT y alguno tremebundo, como la dragqueenización que, con saña y alevosía, Rogers ha hecho de la antigua plaza de toros de Las Arenas, instalando en ella un centro comercial con el mismo espíritu rompedor que el Pompidou. En foto no me había horrorizado tanto, pero en vivo y en directo es para salir corriendo.

Para la mañana final, como decía, me guardaba un as en la manga que sabía que a mi contraria le iba a gustar, no en vano Mies es tan histórico como cualquier faraón. Como ya habrás adivinado por previas entradas se trata del pabellón alemán de la exposición mundial celebrada en Barcelona en 1929 que fue construido con el único propósito de organizar un encuentro institucional con Alfonso XIII (vaya, otro salón de reinos). Teniendo en cuenta lo brutalmente moderno que aún hoy resulta, no quiero ni pensar cómo se quedaría el monarca al verlo. Tras la exposición fue desmantelado completamente y sólo quedaron restos de los pilares cruciformes seccionados a ras de suelo, uno de los cuales se conserva en la tienda cual reliquia miesiana. Hace justo 30 años fue reconstruido prácticamente idéntico por iniciativa, entre otros, del propio Oriol Bohigas. Aunque la ignorancia es muy atrevida -como demuestra el presente blog- no me atrevo con este miura. Sólo comentar que sentí (sentimos) estar en un lugar único, un manifiesto arquitectónico radical, gélido pero hermoso, de una pureza tan intensa que resultaba casi incómoda, inhumana (llegas a sentir que sobras). La calma ficticia antes de la terrible tormenta. Toda una experiencia fenomenológica, que diría Pallasmaa. En pleno arrobamiento me pedí para Reyes en la tienda el Atlas que la Fundación Mies van der Rohe acaba de editar, un libro con el que tengo para años de lectura.

Y acabo con una cita que encuentro hoy mismo en El País y que nos viene al pelo para cerrar la entrada. Habla Winy Maas (MVRDV): "Un icono también puede asociarse a transformaciones positivas. Sería una pena no volver a construir con voluntad de marcar las ciudades. la mejor arquitectura es la que construye lo inesperado y transforma los núcleos urbanos y el punto de vista de los ciudadanos. Un marco neutro no sirve. (...) No todo el mundo puede ni debe hacer cosas pequeñas, casi invisibles. (...) Ser arquitecto te obliga a creer en el futuro. Lo tienes que imaginar. Ante un gran edificio, tienes que pensar en cómo será el mundo en diez años. Eso requiere imaginación y capacidad de observación y riesgo. Si uno no mira hacia el futuro, cuando llega está más atrás que cuando comenzó".     






lunes, 2 de enero de 2017

Feliz Navidad



¿Reconoces estas fotos?

#1
#2

#3

#4

#5

#6
#7
#8
#1 y #2: Fábrica en Treviso de Tadao Ando. Fotografía de Dan Alka (más).
#3: Aparcamiento de la universidad Francisco de Vitoria (Pozuelo de Alarcón) de Ignacio Borrego y Felipe Samarán. Foto de Miguel de Guzmán (más).
#4: Árbol de Navidad de botellas verdes en Chiguayante (Chile) de Ricardo Sanhueza de la Maza. Foto del arquitecto (más).
#5: Edificio en plaza de Colón (Madrid) de Rafael de La-Hoz. Foto de Joel Filipe.
#6: Centro de iniciativa empresarial en Posadas (Córdoba) de López Redondo + Rudolf. Foto de Fernando Alda (más).
#7: Estructuras de paisaje en Montana de Ensemble studio, fotografía de los arquitectos (más).
#8: Kursaal de Moneo. Foto de un servidor.

domingo, 25 de diciembre de 2016

100% zen


Seguimos bajo la influencia del renacido pabellón de Mies...



   "Para alguien que está en la enseñanza y piensa que ser arquitecto es la profesión más bonita del mundo, era un regalo que le encargaran un libro para los niños hablándoles de ser arquitecto. Lo escribí, pensando en los niños, más con el corazón que con la cabeza. Allí cito ese poema maravilloso de William Blake: "To see a world in a grain of sand and a heaven in a wild flower" ("Para ver un mundo en un grano de arena / y el cielo en una flor silvestre / abarca el infinito en la palma de la mano / y la Eternidad en una hora") que leo a mis alumnos todos los años en mi primera clase. Creo que resume muy bien mis ideas y mis intenciones docentes. Ser arquitecto es eso, ver un mundo en un grano de arena". (Alberto Campo Baeza, La sobriedad es imprescindible para ser feliz, entrevista de Mercedes Arconada para Book Style).  


   "Arquitectura para los que buscan el conocimiento es el título de un aforismo incluido por Friedrich Nietzsche en La Gaya Ciencia (1882). Desde que era estudiante en la ETSAM de Madrid ha sido como un mantra para mí, siendo citado en la mayoría de mis libros y siendo utilizado en muchos proyectos de mi estudio. Sus palabras resumen gran parte de lo que he perseguido como arquitecto, educador y ensayista (...): "Llegará un día -muy pronto quizás- en el que se reconozca lo que les falta a nuestras ciudades: lugares silenciosos, vastos, espaciosos, para la meditación; lugares con largas galerías acristaladas para los días de lluvia y sol, a los cuales no llegue el ruido de los coches ni el pregón de los mercaderes, y donde una etiqueta más sutil hasta prohibiría al sacerdote orar en voz alta: edificios y construcciones que en su conjunto expresaran lo que tiene de sublime la meditación y el alejamiento del mundo. Pasaron los tiempos en que tuvo la Iglesia el monopolio de la reflexión, en que la vita contemplativa era siempre ante todo vita religiosa. Todo lo que la iglesia ha edificado expresa este pensamiento y yo no veo que puedan bastarnos sus construcciones, aunque se las sustraiga de su finalidad religiosa. Estas construcciones hablan de un lenguaje demasiado patético y demasiado estrecho como para que nosotros, impíos, podamos meditar allí. Queremos traducirnos a nosotros mismos en piedras y plantas, queremos pasearnos por nosotros mismos cuando circulemos por esas galerías y esos jardines". (Iñaki Ábalos en la Walter Gropius Lecture, conferencia que tradicionalmente se imparte al abandonar el cargo de jefe del departamento de arquitectura del Graduate School of Design de Harvard).


   "La horizontalidad se manifiesta por la negación total y sistemática de cualquier ordenamiento vertical. Crea una imagen no ya de ligereza sino de indiferencia gravitatoria, responsable junto con la luz y la simetría horizontal de ese efecto emocional contradictorio que produce moverse en el Pabellón de Barcelona. Efecto de hallarse en un templo, en un lugar de reconocimiento, pero también de convicción de que tal templo no celebra divinidad alguna sino exclusivamente el advenimiento del hombre como protagonista, como actor, como sujeto. Algo que Nieztsche había sabido enunciar, pero que sólo Mies supo materializar". (Iñaki Ábalos, La buena vida. Visita guiada a las casas de la modernidad).

 
    La cuarta cita zen es musical, de Jóhann Jóhannsson: Flight From The City. (Y aquí podríamos acabar esta entrada y qué bien quedaríamos, pero  siempre va más allá en ese insolente petardeo metaarquitectónico que es nuestro valor añadido. En fin. Queríamos unirnos al debate al hilo del primer tráiler de Blade Runner 2049, continuación de la mítica película de Ridley Scott, y decir que nos parece un desatino que no sea Vangelis el que haga su banda sonora. En su lugar, Jóhann Jóhannsson (sí, el del clip que te acabo de enlazar) es el que la va a componer (ojo, la música del tráiler, réplica de la banda sonora original, no es suya). El músico islandés es un potente creador de texturas inquietantes que sin duda se ajustarán bien a no pocos momentos de la película, pero el problema, en mi opinión, es que carece de más registros. Tras quince minutos escuchando su última creación, la banda sonora de La llegada  (del mismo director por cierto que va a dirigir la secuela -¿necesaria?- de Blade Runner, Denis Villeneuve), acabas rayado y congelado a partes iguales. Vangelis, hasta cuando se pone minimalista (en el mismo Blade Runner blues  que acompaña los momentos en los que el desarbolado policía, en su lúgubre apartamento, se adivina replicante), sabe impregnar su música de un calor y unos sentimientos que no veo en el músico islandés. Y no digamos ya cuando se pone tierno y acompaña el antinatural enamoramiento de la replicante Rachael y su verdugo, Harrison Ford (reaparecido en la secuela) con el magnífico Love Theme. En fin, en buena se ha metido Jóhann. Le deseamos de todo corazón lo mejor porque lo tiene crudo. En octubre en cines).






domingo, 18 de diciembre de 2016

La perfección de la esfera

El pabellón resucitado de Mies
"Cuando escribo o rehago una historia me preocupa mucho la estructura, qué sobra, qué falta, cómo de pronto una palabra puede destruir toda la magia de una situación. Además, hay un conocimiento al servicio de lo narrado, pero jamás una racionalidad pura; siempre hay esa especie de intuición que va guiándote a la hora de corregir. En una novela, como en un edificio, nada debería sobrar y nada debería faltar: eso da la idea de la perfección que tiene la obra de arte lograda, sea novela, sea un poema, sea un cuadro, sea una casa. (...) 



Ya sea una novela o una pintura, lo fundamental para una obra creativa es cumplir aquello que promete. Si una novela propone contar una historia, lo fundamental es contribuir a esto de la manera más vívida, persuasiva y bella posible. (...) La arquitectura tiene un rol, un edificio posee una función concreta que cumplir. Si además produce una sensación estética, es aún mejor. Eso ocurre en una novela, puede contar una historia de una manera maravillosamente persuasiva y, simultáneamente, ser un objeto que en sí mismo genera una sensación de placer por su coherencia, por su perfección, por la belleza de su lenguaje. 


Cuando lo prometido se convierte en un mero pretexto para la exhibición formal, esa obra fracasa, por más espectacular y llamativa que sea y nos deslumbre. Un ejemplo literario explícito al respecto es la obra más ambiciosa de la literatura moderna: Ulises. Allí Joyce consigue contar una historia de manera absolutamente novedosa, integra tantos niveles de realidad que como ninguna novela antes lo había conseguido. Al mismo tiempo, muestra una nueva utilería inventada por él para narrar una de esa manera tan integral, compleja y diversa. Después, Joyce escribe Finnegans Wake, y fracasa. El exhibicionismo es extraordinario, pero la historia que prometía desaparece, queda totalmente desintegrada ante esa especie de fuego de artificio, por momentos deslumbrante, y al final, completamente vacía, hueca, vana.


Lo sucedido con Finnegans Wake pasa con muchas obras de arte contemporáneas, y desde luego, con obras de grandes arquitectos, algunos con un enorme prestigio. Al estar tan enamorados de su extraordinario talento olvidan la razón de ser de aquellas obras. Un creador tiene un límite, cuando empieza a "rizar el rizo", de alguna manera, traiciona algo que está en el centro mismo de su vocación: ser respetuoso con su oficio. En el caso de la Literatura, uno descubre al final que lo más difícil es contar una historia de manera persuasiva, con esa perfección de la esfera en que nada falta y nada sobra. Esa historia nos ha hecho vivir otra vida, nos ha sacado del mundo y nos ha llevado a otro; luego, regresamos a este mundo y sentimos que estamos enriquecidos por aquello que hemos vivido. Tal vez, la historia ha sido extremadamente sencilla, pero contada de tal manera que ha mejorado nuestra vida".



(Cita de Mario Vargas Llosa, El espacio, la ciudad y el paisaje en la obra de Mario Vargas Llosa, coloquio con el escritor en la Pontificia Universidad Católica del Perú recogido en Mario Vargas Llosa, ciudad, arquitectura y paisaje de Víctor Mejía ed.).

Menos es más, pero sólo si es de Mies



domingo, 11 de diciembre de 2016

Reliquias arquitectónicas



Hoy te traigo una reliquia de hace casi 90 años. Seguro que sabes lo que es.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Juego de tronos (2)


Más contendientes para el Salón de Reinos del Prado, echemos un vistazo a sus propuestas:


-Cruz y Ortiz, en su propuesta de nombre Octubre, plantean una actuación similar a la de Foster y OMA en cuanto al volumen (recordemos que es un añadido posterior) de la fachada sur, esto es, eliminarlo y en su lugar colocar un atrio que dé entrada al museo. La única diferencia aquí es que en lugar de dejar un espacio diáfano, los andaluces lo dividen en dos plantas, una especie de semisótano (que recuerda a la intervención subterránea -o más bien subacuática- que tuvieron que hacer en el Rijksmuseum) por donde se entra al recinto y una planta superior de mayor altura que da acceso a la zona "noble" del edificio, ambos en el estilo sobrio y elegante (pero más bien frío) que caracteriza al estudio.
Como fachada interior, ni el regreso al XVII que propone Foster ni la modernidad radical de OMA (por cierto que en los paneles de la exposición del Claustro del Prado no consta que el proyecto del holandés, Historia en movimiento, se haya realizado en colaboración con Linazasoro), sino que se mantiene el estilo de la fachada actual. Desde el exterior el atrio (que se iguala en altura con el tejado, desparece por tanto la terraza) tiene una curiosa forma de celosía o enorme rejilla que también podría recordar a las enormes lámparas (las jaulas metafísicas en palabras de Moneo) que cuelgan de los patios interiores del Rijks. La gran pega de esta actuación es que se elimina la tercera planta sobre el Salón de Reinos con lo que el espacio expositivo queda muy mermado. De hecho los arquitectos -evidenciando así dicha carencia-  proponen en una especie de plan B levantar dicha tercera planta si fuera necesario.




-Vamos con Nieto y Sobejano, también en solitario, que dan a su propuesta el intrigante nombre de 190613. Los madrileños crean un nuevo espacio -como casi todos los demás- en el volumen adosado a la fachada sur, pero en lugar de convertirlo en un atrio introducen en él dos plantas con salas de exposiciones. Mantienen a su vez la tercera planta original del edificio principal, por lo que aquí vamos bien surtidos de espacio.
Desde las nuevas salas, abiertas hacia el interior, podemos ver el Salón de Reinos a través de un patio de luces, y si miramos hacia abajo, la planta de acceso, creándose un conseguido juego visual que quizá sea lo más destacable del interior. La fachada sur resulta cuando menos extraña. Las nuevas salas quedan clausuradas hacia la calle con un hermético cierre de aluminio (solo interrumpido por un ventanal justo sobre la estatua de la reina María Cristina y una abertura en forma de tríptico en un extremo) que desde la calle da un aspecto de contenedor de carga que dialoga mal con el resto del edificio.






-Arcadia es el nombre del proyecto de la UTE formada por Gluckman Tang, Álvarez Sala (coautores junto a Carlos Rubio, que ha trabajado aquí con Foster, de la torre PwC) y Enguita y Lasso de la Vega. De nuevo un cuerpo extraño es lo que nos proponen para la fachada sur, en este caso traslúcido, con el que envuelven el consabido atrio sobre el que sitúan una generosa terraza mirador (proponen dos más en los extremos del edificio). Esta encomiable voluntad de volcar el edificio al exterior junto al envoltorio cristalino recuerda al Whitney de Piano, lástima que no estemos en el Meatpacking district.





-Souto de Moura junto a Juan Miguel Hernández León y Carlos de Riaño Lozano (conocido por rehabilitar el cuartel de Conde Duque) firman la propuesta de nombre Philippus Rex, la más minimalista con diferencia, que más que añadir sustrae. Aquí no hay ni atrio ni terrazas, la fachada sur queda liberada y se le da una terminación que recuerda demasiado al Conde Duque. Sobre gustos no hay nada escrito, pero no parece casar bien con el resto del edificio. La entrada se aloja en un zócalo en esa misma fachada que parece de hormigón (único añadido al edificio que la propuesta sugiere). Se elimina la tercera planta sobre el salón de reinos y el espacio se recupera creando un sótano, algo que puede resultar problemático teniendo en cuenta lo delicado del subsuelo. Quizá lo más acertado de la propuesta sea el reordenamiento del espacio público que rodea al edificio.






-Pasamos de la sustracción a la adición a lo bruto. Hablamos del proyecto de lema bíblico Noli me Tangere a cargo de Garcés de Seta Bonet Arquitectes (impresionantes sus descarnadas estaciones de metro en Barcelona, aquí no aplican el concepto) y Pedro Feduchi Canosa (autores de las zonas de descanso del ayuntamiento madrileño). Su intención de replicar el salón de reinos con otra sala de igual altura en la planta superior les ha obligado a sobredimensionar el edificio. La vista de la fachada sur queda muy cargada: se mantiene la preexistente y se continúa por encima con un cerramiento que protege el atrio. Por dentro una profusión de escaleras (algunas de ellas mecánicas) quizá lo acercan más a un centro comercial que a un museo.






-Llegamos al fin a la propuesta de Chipperfield, de nuevo con nombre en clave (1204SDR), que ha presentado junto al conocido estudio b270 (juntos han trabajado también en la Ciudad de la Justicia de Barcelona y en el Veles e Vents valenciano; por cierto que el estudio de Fermín Vázquez ha colaborado también con Nouvel en la ampliación del Reina Sofía). Yo diría que en el exterior da en el clavo, la nueva fachada del atrio-entrada tiene una belleza atemporal  que le permite combinar a la perfección con el resto del edificio, ofreciendo una vista espléndida desde el interior a través de unos enormes ventanales. Al tejado en mansarda original se le da una terminación moderna que también sienta muy bien al edificio. La cosa cambia al entrar. El nuevo volumen está dividido en dos plantas (entrada y acceso al edificio "noble", como Cruz y Ortiz) por lo que la sensación al acceder es la de un espacio angosto; además, al no llegar hasta el techo del edificio principal, en la segunda planta sigue sin ofrecer la espectacularidad que sí tienen los atrios de Foster u OMA. Por otra parte Chipperfield aparentemente no dota de terraza al atrio (no veo barandilla), por lo que se pierde una oportunidad de aprovechar ese espacio muerto para abrirlo al público (como sí hace la propuesta Arcadia, por ejemplo). Igual es porque la gente pululando por ahí rompería el dichoso ethos minimalista que quiere imprimir el inglés en todas sus obras.

Por lo demás, mantiene la tercera planta sobre el salón de reinos (al que dedica especial atención proponiendo la recuperación de las obras -como Las lanzas de Velázquez- que originariamente colgaban allí), donde coloca otra sala de exposiciones que llama la atención por sus cerchas al aire. Da la sensación de que no se da ningún tipo de tratamiento especial al techo, y nos preguntamos si Chipperfield es consciente del clima madrileño en verano (muy distinto del gallego que ya sabemos sí conoce bien).



Conclusión, ¿es la propuesta de Foster la mejor? A ver, como comprenderás mi opinión vale lo que vale, pero ya puestos, al lío. Lo que me parece evidente es que el de Manchester se lo ha trabajado como nadie. Suponemos que tenía ganas de quitarse la espina clavada cuando aquel confuso concurso para la ampliación del Prado en los tiempos de Esperanza Aguirre, y no podemos olvidar sus estrechos vínculos con España. Traza Oculta lo tiene todo, y más. Un atrio espectacular (bien podría llamarse un salón del pueblo) que reproduce la misma vocación teatral que el salón de reinos a base de balcones y balconadas que nos permitirán ver y dejarnos ver, ideal en estos tiempos tan narcisistas; una fachada interior que quiere igualmente rescatar el estilo del siglo en que el edificio original fue levantado (con un celo por recuperar la memoria, el famoso espíritu del lugar, que no demuestra ninguno de sus contendientes); y encima, un poco más arriba, pasamos de sopetón cuatro siglos para entrar en una sala de exposiciones (la más grande de todas las propuestas al utilizar toda la planta del edificio tras eliminar la terraza sobre el volumen de la fachada sur) que promete incorporar la tecnología más avanzada: vigas Vierendeel para que no haga falta situar ni una sola columna, un sistema de iluminación para permitir un sinnúmero de combinaciones lumínicas, un techo (este sí, inteligente) que incorporará células solares y que también regulará la luz natural, la posibilidad de abrir la sala a las vistas sobre el Casón y alrededores, en fin, el sueño húmedo de todo comisario. Eso sí, semejante despliegue espacio-temporal que consigue la cuadratura del círculo uniendo Zeitgeist y genius loci tiene el precio de una sobrecarga narrativa (vaya, tengo el día pedante) especialmente en el tuneado exterior, que puede resultar cacofónico a más de uno (fachada abierta, fachada interior del s.XVII con rancios enrejados, visera high-tech...). Pero me da que se nos olvidará nada más entrar.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Juego de tronos

Foster se llevó el gato al agua

Pues sí, ha sido Foster junto al estudio Rubio arquitectura (los autores de la torre PwC en Madrid) los que han ganado el concurso para la ampliación del Salón de Reinos del Prado. Por ahora es el único proyecto conocido, pero a partir del 1 de diciembre habrá una exposición en el propio museo donde podrán verse las otras siete propuestas preseleccionadas (allí estaremos como un clavo). El proyecto ganador, de nombre Traza Oculta, propone abrir la fachada sur (la que da al Casón del Buen Retiro) con grandes ventanales que darán luz a un amplio atrio, nuevo corazón del edificio, que servirá de antesala al propiamente dicho salón de reinos (una enorme sala de 35 metros de largo, diez de ancho y ocho de alto diseñado para saraos reales) y los nuevos espacios expositivos. El atrio es sin duda el espacio más atractivo que quedará tras la intervención, que además replica la vocación teatral que tenía el Salón (también conocido como palco real), y estará rodeado, como lo estaba aquel, por una galería abalconada que permitirá al visitante ver y ser visto desde todos los ángulos posibles.

El atrio muy teatral de Foster y Rubio
Para la fachada interior que da paso al meollo del edificio Foster propone una recreación en el estilo de la época en la que el edificio original fuera construido (siglo XVII), con más balcones aún por encima de la galería, mientras los enrejados de ventanas y balcones imitan igualmente los típicos de aquellos tiempos en los que el Conde-Duque de Olivares campaba a sus anchas por la Villa y Corte. En las plantas superiores es donde Foster hace de las suyas, y cómo. Elimina los tejados originales, tanto el del edificio principal como del que sirve de antesala (aquí en realidad una terraza), y tras igualarlos en altura monta sobre ellos una planta que servirá de espaciosa sala de exposiciones que se quiere a la última.

En esto que iba yo a hacer unas consideraciones finales y dar finiquito la entrada, y resulta que me acabo de encontrar en Metalocus rénders de la propuesta de OMA (asociado a Linazasoro nada menos, el de las Escuelas Pías), así que aquí me quedo. Koolhaas curiosamente plantea un atrio muy similar al de Foster, permeable como el del de Manchester gracias a generosos ventanales que en su propuesta incorporan unos enormes toldos high-tech frente al implacable sol madrileño, una buena idea. Eso sí, al contrario que Foster, OMA y Linazasoro plantean un lenguaje moderno sin concesiones para el interior de dicho espacio. Aquí no hay balconcillos ni rancias rejas en la fachada interior, sino una sobria fábrica de ladrillo con aperturas que pueden remitir a Kahn o a Ando (si construyera en ladrillo) y encima -el toque OMA- me le han colocado en un extremo una espectacular escalera zigzagueante en negro (a juego con el techo del atrio) que como digo da un toque rabiosamente contemporáneo (fotos). En fin, para gustos los colores, yo hubiera preferido el atrio de Koolhaas, aunque sinceramente, si tuviera que elegir uno de los dos espacios para relajarme con café y periódico, casi que me quedo en el de Foster.

El Salón, abierto en canal por Foster
Pero es en la terminación superior (ambos estudios alojan allí las salas de exposiciones principales) donde los proyectos marcan las mayores diferencias. Koolhaas, mucho más respetuoso aquí (quién lo iba a decir) que Foster, mantiene la estructura original del edificio y coloca el espacio expositivo en el ala principal del palacio, el que se sitúa justo detrás del edificio que hace de entrada al recinto (donde va el atrio en ambos proyectos), que en su caso no es modificado ya que mantiene la terraza que lo corona. Foster como veíamos amplía la superficie de esa sala de exposiciones al incluir en ella la superficie de la terraza original, que desaparece en su proyecto. Foster gana metros para exposiciones, Koolhaas respeta más el diseño original (que en realidad no lo es, se trata de un edificio remozado en varias ocasiones desde su construcción). Obviamente el aspecto exterior sufre mucho más en el proyecto de Foster.

En fin, dos proyectos muy interesantes, estoy deseando ver el resto. Acabo no sin antes comentar brevemente lo sorprendido que me han dejado ciertos comentarios al poco de conocerse el proyecto ganador (cuando aún ni se habían filtrado los rénders de Koolhaas). Según los mismos, el proyecto se habría dado a dedo a Foster por la conocida amistad que Luis Fernández-Galiano, miembro del jurado, tiene con el inglés. Vaya por Dios. Uno se pregunta si los otros 13 miembros del jurado también son amigos de Foster, o si es que Fernández-Galiano no tiene más amigos entre la profesión. Se dice también que Galiano habría convencido al jurado por su carisma y capacidad de liderar al resto. Uno se pregunta ahora si ser carismático y tener dotes de liderazgo debería estar penado por ley, o si es que los otros 13 miembros del jurado (entre ellos la plana mayor de mandamases del Prado) son una panda de panolis que iban a aceptar gato por liebre por muy bien que se lo vendiera Galiano. El colmo viene cuando meten a Moneo (otro miembro del jurado) in the mix y llegan a decir que el Pritzker no quería elegir a Cruz y Ortiz o a Chipperfield (ambos entre los seleccionados finales) porque habrían hecho sombra a su controvertida rehabilitación del Prado (como si el Rijksmuseum y el Neues no hubieran generado polémicas, como si Moneo aún tuviera que demostrar algo). De nuevo me pregunto si determinadas publicaciones digitales que se pretenden serias y rigurosas (y desde luego son de una gran calidad) no deberían tratar de ser más objetivas y en este caso concreto esperar al menos a que se hagan públicos el resto de los proyectos para poder así juzgar con fundamento si el proyecto ganador realmente desmerece en relación con el resto (en cuyo caso habrá por supuesto que repartir estopa) o no. De lo contrario darán la sensación de faltar a la objetividad tanto o más que aquellos a los acusan de eso mismo. Consejos vendo (y para mí no tengo).


sábado, 19 de noviembre de 2016

La parábola del paraboloide

Un paraboloide hiperbólico en todo su esplendor
El próximo 24 abre en Londres el nuevo Museo del Diseño que dirige Deyan Sudjic. La antigua sede (que se había construido como almacén de plátanos, las vueltas que da la vida) fue vendida a Zaha Hadid y para la nueva se ha buscado un edificio singular en pleno corazón de la ciudad del Támesis (Kensington), el Commonwealth Institute, un edificio protegido levantado allá por los swinging 60´s que vivía de sus recuerdos imperiales (se cerró al público hace más de una década) hasta que fue resucitado para su nueva y mucho más cool misión nada menos que por OMA en su exterior (se ha restaurado la fachada aunque se ha mantenido el original techo de cobre en forma de paraboloide hiperbólico al que al fin le han solucionado las pertinaces goteras que arrastraba desde su construcción, el paraboloide es lo que tiene, máxime si es hiperbólico) y por John Pawson, el autor de Minimum, quien se encargó de remozar su interior. OMA también ha contribuido con el diseño urbanístico de los alrededores, donde ha añadido tres bloques de pisos de lujo (a 23 milloncejos de euros la pieza: con cuatro de ellos se financiaría el coste total de la remodelación del museo) caracterizados por unas formas rectilíneas que buscan el contraste con el ondulante tejado del ninot indultat según cuenta Reinier de Graaf, el arquitecto al cargo del proyecto (también responsable por cierto del fallido Timmerhuis de Rotterdam con el que comparte esa misma cualidad).

Los extremos se tocan en Kensington
Llaman la atención no pocas cosas de este curiosísimo ménage à trois entre arquitectos y proyectos tan dispares. Para empezar (lo dice Rowan Moore, que conste) no se entiende que al arquitecto minimalista por antonomasia se le encargue la remodelación interior de un edificio que casa poco con su ideario arquitectónico. Imaginamos a Pawson (el asceta de las formas, el arquitecto que por no quebrar el ethos minimalista de su casa en Notting Hill se niega a poner ninguna pegatina precautoria sobre el casi imperceptible cristal que separa la cocina del jardín que evite, como al parecer ya ha pasado, que alguno de sus invitados se deje los piños contra el vidrio), sufriendo vértigos al contemplar el paraboloide de marras. ¿No hubiera sido más apropiado que fuera OMA, mucho más ducho en arquitecturas parlantes el estudio que acabara lo que empezó en el exterior (y que a su vez Pawson diseñara los bloques de viviendas)? El resultado, según el crítico de The Guardian, es una desconexión entre el interior y el exterior, como si Pawson hubiera querido minimizar las extravagancias del añejo edificio a base de cantidades industriales de roble con los que ha forrado el museo y líneas rectas perfectamente simétricas (aunque es cierto que se da protagonismo al techo y sus portentosas formas en el atrio). Moore también se cuestiona si la sobria y elegante madera del interior casará bien con un museo que tendrá que plantear exposiciones rompedoras por su propia razón de ser o expondrá objetos como una Vespa o un kaláshnikov.

De Chirico en Londres
Por fuera la combinación de edificios no deja de resultar también algo chirriante. Las fotos me recuerdan a los cuadros de Giorgio de Chirico, con ese ambiente gélido entre absurdo y surreal. ¿Un museo público (y de diseño) al lado de viviendas de gran lujo donde se busca la máxima privacidad? Al final todo cuadra gracias al encomiable pragmatismo inglés, del que esta actuación es interesante parábola: los pisazos pagan la rehabilitación del edificio protegido (principalmente a causa del paraboloide, otras partes del mismo han sido demolidas sin miramientos para dejar sitio a los bloques de apartamentos), Sudjic hace la ola, los promotores ponen pica en Flandes y se lo llevan crudo, y aquí paz y después gloria. Rubricando el acuerdo, en 2012 se enterró aquí una cápsula del tiempo en la que se invitó a varias celebridades británicas y arquitectos implicados (Terence Conran, el fundador del primer Museo de Diseño londinense, Pawson, Hadid, de Graaf, Foster y Cecil Balmond) a aportar algún objeto. Lo que daría por saber lo que puso cada uno...

Pawson, en trance








domingo, 13 de noviembre de 2016

Maximum

¿Quién vive ahí?
Nos vienen nuevas formas y nuevos paradigmas. Conviene vayámonos haciendo a la idea. En la foto, una de las 53 habitaciones del tríplex neoyorquino de Donald J. Trump (más aquí). Por si no has tenido suficiente, te pongo otro enlace aún más impactante si cabe a su resort floridano de nombre Mar-a-Lago.

"Desde los conceptos japoneses del zen hasta la búsqueda de la sencillez por parte de Thoreau, el mundo de lo mínimo siempre ha ofrecido una sensación de libertad, una oportunidad de estar en contacto con lo esencial de la existencia sin verse estorbado por trivialidades. La sencillez tiene dimensiones que van más allá de lo puramente estético; de hecho, puede verse como el reflejo de algo innato, una cualidad interior, o un intento por comprender filosófica o literariamente la naturaleza de la armonía, la razón y la verdad. La sencillez tiene una dimensión moral, e implica desinterés e idealismo". (John Pawson, Minimum).


domingo, 6 de noviembre de 2016

Monumentos inmediatos

Un Rolex de 789 millones en Hamburgo


Herzog y de Meuron lo han vuelto a hacer. Han cogido un edificio industrial que dormía el sueño de los justos y me le han puesto una suerte de monumental peineta que lo deja con el aspecto que puedes ver en las fotos (que son reales aunque parezcan infografías).
El "galeón de cristal" navega por el Elba
Lo hicieron en Madrid con el Caixaforum formolizando, que diría Nouvel, una antigua central eléctrica para mutarla en centro cultural, y han repetido la idea en Hamburgo para levantar la sede de la Filarmónica del Elba (nombre del río que discurre por la segunda ciudad de Alemania), a estrenarse en enero. Aquí el inmueble preexistente, de nombre Kaispeicher, era un almacén de granos de cacao (así de serio y circunspecto era el pobre, un monumento mudo, en palabras de los arquitectos), sobre el que los suizos han puesto el cristalino auditorio que parece flotar sobre el mencionado almacén al igual que el Caixafórum parece flotar sobre el suelo. Justo en la juntura de ambos volúmenes tan opuestos, sobre el techo del Kaispeicher, se sitúa la que se denomina la Plaza (una "bisagra entre lo nuevo y lo viejo" según H&dM), espacio ya abierto al público y a la que se accede por una ceremonial escalera mecánica que atraviesa el interior del violentado almacén. El auditorio, de 2.100 asientos, tiene una disposición similar (orquesta y escenario en el centro) a la Filarmónica de Berlín a cargo de Scharoun (también como dicho edificio recuerda a un buque varado, no en vano el arquitecto alemán era originario de la marinera Bremen), distribución que Hd&M comparan igualmente a un estadio de fútbol y al teatro Globe de Shakespeare nada menos. Además, el flamante edificio aloja 45 apartamentos de lujo y un hotel de 250 habitaciones (ya puedes reservar , se estrenó ayer) con los que los ilusos promotores pretendían pagar la ampliación. De los 77 millones presupuestados inicialmente la cosa acabó en 789, o sea, diez veces más. No llega a las 14 más que supuso la Ópera de Sidney pero ahí le anda. El aluvión de críticas por semejante calatravada, más aún en la muy luterana Alemania, ha sido brutal, hasta tal punto que los suizos admiten que este proyecto ha estado a punto de acabar con su carrera profesional, como recoge el artículo que le dedica Oliver Wainwright en The Guardian. De hecho, el tema llegó incluso al parlamento germano, que encargó un informe de 800 páginas en el que se critica, por ejemplo, el coste de las escobillas de inodoro en los servicios públicos del edificio (a 291,97 eurillos de nada la unidad). Lo que me recuerda que en esta misma ciudad hará no más de dos o tres años, una  escobilla de baño devino icono ideológico cuando, en medio de unas duras protestas anticapitalistas (la versión alemana de nuestro 15-M), la policía detuvo a un hombre que escondía una, quién sabe si por haberla afanado (al precio de las que hoy adornan las Toiletten de la Filarmónica no me extraña) o por tratarse de un objeto potencialmente peligroso, y es que donde esté una buena escobilla que se quite una porra o un táser. En fin, igual el objetivo de dotar los baños del flamante edificio con tan lujoso instrumental era que los usuarios, generalmente reticentes a utilizarlas, se vieran tan atraídos por su diseño que acabasen dejando el inodoro niquelado. Pero dejemos tema tan escatológico (no sería la primera vez) y prosigamos.

Igual H&dM se han pasado aquí de frenada
Al siempre perspicaz Wainwright, que califica al nuevo edificio como el milagro de Hamburgo o una catedral de nuestro tiempo, la ampliación le recuerda a una descomunal y cristalina tienda de campaña que sobresale por encima del romo skyline hamburgués con una silueta de olas marinas, "como un pedazo de mar que hubiera sido congelado, cincelado fuera del agua y elevado con grúa a su actual posición". A mí, ya puestos, me recuerda a Calvin, ese popular personaje de cómic, pero es que uno no pasa de aficionado dominguero. Nos guste o no, nadie puede negar su espectacularidad y el soberbio alarde arquitectónico que supone. Y el interior no es menos reseñable. El crítico inglés destaca en el auditorio (entre otros detalles) una suerte de enorme seta mágica invertida que pende del techo, que aparte de mejorar la acústica hace las veces de galáctica araña de techo.

Curioso es cómo han anunciado la finalización de las interminables obras (más de una década) en el nuevo icono hamburgués: iluminando la cristalina fachada estratégicamente para que apareciera la palabra Fertig (acabado). ¿Se refiere a la Filarmónica o a la arquitectura espectáculo? No me seas iluso. Acabamos nosotros también con la cita de rigor:
"Mucho menos aún importa la cuestión de la falta de funcionalidad, el inflado a posteriori de los costes o los graves defectos constructivos que presentan muchos de estos monumentos inmediatos. Una proporción desmesurada de los edificios-espectáculo son museos sin colección o galerías de arte fingidas, salas de exposición extravagantes en las que el continente es la auténtica atracción.(...) El público no está realmente interesado en ver edificios que funcionen; quieren ver construcciones raras, expresivas, melodramáticas, llenas de poesía estridente, y, puestos a elegir, si es posible, que sean también violentas, catastróficas, grotescas y espeluznantes. Pero esta actitud no es exclusiva de la "era del espectáculo". Se remonta al panem et circenses del Imperio Romano, a la afición medieval y moderna a contemplar ejecuciones en plazas, a los monstruos mal labrados y las grutas con sorpresa de los jardines manieristas a la moda, a las menageries barrocas con sus extraños animales orientales y los carnavales venecianos del siglo XVIII, al auge de la novela popular gótica y romántica, al entusiasmo por la guerra de los futuristas italianos, y también, y de forma muy especial, al éxito seguro, en el cine, de las historias de catástrofes o invasiones. Es nuestro lado decadente, la atracción del abismo que nos fascina en las prisiones de Piranesi. La muerte, la abyección, la destrucción y lo grotesco han sido siempre objeto de deleite, y nuestra época, en este sentido, tiene sus propias obsesiones: el fin de todas las cosas, lo inhumano y la ausencia de forma, lo inestable y lo desarticulado". (David Rivera, El monumento que cayó del cielo. Arquitectura-espectáculo y colisiones urbanas a principios del siglo XXI, en Teatro Marittimo n.4).





domingo, 30 de octubre de 2016

Rolex o setas (2)


Koolhaas, con Rolex

Pues vamos a seguir con las setas y los Rolex. Este intenso puente, aparte de celebrar la investidura del trick-or-treat, que no en vano estamos en pleno Halloween, expira el plazo para la presentación de los proyectos para la intervención en el Salón de Reinos del Museo del Prado como aquí ya informamos. Te recuerdo que pese a lo frugal del presupuesto (30 millones), competían algunos de los arquitectos más competentes y galácticos del momento:  Koolhaas, Foster, Nieto y Sobejano, Souto de Moura, Chipperfield o Cruz y Ortiz (a los que precisamente dedicábamos la última entrada), entre otros, toda una lucha de titanes. La verdad, no me gustaría estar en la piel de los miembros del jurado (entre ellos Moneo y Fernández-Galiano), porque la decisión puede traer cola (no sería la primera vez, que hay concursos que los carga el diablo).

El Neues de Chipperfield en Berlín
Volvemos a la entrada anterior y al chiste del "venir a setas o venir a Rolex" que contaba Gabriel Ruiz Cabrero al hilo de la arquitectura sobria y sutil de Cruz y Ortiz en 12 edificios, 12 textos, el libro-catálogo que acompaña a la exposición del Museo ICO sobre estos arquitectos flamencos por partida doble. Y es que se va a tener que tomar partido entre dos concepciones aparentemente irreconciliables de la disciplina arquitectónica: la narrativa y la antinarrativa (por utilizar el término de Emilio Tuñón en el mismo libro): esto es, la arquitectura que pretende construir un relato (palabra tan en boga) que exceda los límites de la disciplina y nos conmueva (o mejor, provoque) como haría una creación artística o literaria, o la arquitectura que se ciñe a su complejo quehacer, que no es poco, y se deja de historias (nunca mejor dicho). Liderando el bando Rolex Koolhaas, adalid de la arquitectura-f(r)icción, donde también militaría, aunque con un perfil más bajo, Foster. Frente a ellos, Chipperfield junto a Cruz y Ortiz y Souto de Moura en el bando Seta. En el centro de la balanza (aunque algo escorado hacia sector Rolex), Nieto y Sobejano. De los demás arquitectos (dos equipos más) no tengo referencias, pero siendo estudios que han unido fuerzas seguramente para poder dar mejor réplica a nombres tan potentes, me temo que van a tener más complicado crear un proyecto con una identidad propia (lo que no quita que al final se lleven el gato al agua precisamente gracias a esa rica mezcla de aportaciones). Pues eso, que el jurado lo tiene crudo. Si se decantan por el bando Rolex se les fustigará con saña por premiar a la muy denostada arquitectura espectáculo, a la que, en interesado relato, se ha cargado con el mochuelo de la crisis; si se decantan por un seta (con perdón), más de uno habrá que se lleve las manos a la cabeza ante la oportunidad perdida de tener en el corazón de la Villa y Corte una intervención de uno de los arquitectos más mediáticos e influyentes del mundo (hablo aquí del holandés, Foster afortunadamente ya tiene obra en Madrid).

El otro día vi un video sobre Nouvel, en el que aparte de unos cuantos manidos tópicos (lo del arquitecto diseñando en la servilletas de los restaurantes está más visto que el tebeo) se puede ver cómo van las obras de sus espectaculares proyectos árabes, aunque lo que más me llamó la atención fue una cita de Baudrillard, "la arquitectura es una mezcla de nostalgia y anticipación extrema" y otra del arquitecto francés, "un edificio debe ser el reflejo de una época, de una generación, de una sociedad en un momento concreto". Casi nada. He vuelto a echar una ojeada al libro Los objetos singulares. Arquitectura y filosofía en el que precisamente ambos (Nouvel y Baudrillard) mantienen una serie de conversaciones transversales (por cierto, la cita del filósofo francés en el video está tomada de aquí), y en el que encuentro opiniones que nos pueden ayudar en el dilema que hoy nos ocupa, que no es otro (una vez más) que el de la rehabilitación de edificios (cómo y cuánto): "Considera París, por ejemplo -le dice Nouvel a Baudrillard-; esta capital ha sido caracterizada por lo que llamo la "formolización", que consiste, como ocurrió en la rue Quincampoix o en el Marais, alrededor de Saint Paul, en conservar toda una serie de fachadas de carácter histórico construyendo detrás apartamentos nuevos. Es evidente que eso no sirvió más que para una sola cosa: cambiar la población pobre que estaba allí y ubicar una población que tenía medios". Frente a la formolización Nouvel defiende la mutación. Cuando esta se produce, "ya no se vive en el lugar de la misma forma, no existen las mismas cosas dentro, se juega de manera diferente con la escala, se le cambia el sentido, y a partir de lo que era un gran volumen baldío, puramente funcional, se llega por derivaciones sucesivas a una re-creación o regeneración que nadie habría imaginado que fuera posible. Hoy es necesario fomentar este proceso de fabricación de lugares. Permite salir de las normas dimensionales, de tener ese exceso, eso superfluo que es indispensable e improgramable, que provoca la demasía, lo demasiado grande, lo demasiado alto, lo demasiado sombrío, lo demasiado feo, lo demasiado rígido, lo imprevisto, lo radical".


El Centro Pompidou de Rogers y Piano
Hablando de radicalidad, no muy lejos de donde Nouvel ubica su ejemplo de formolización se alza uno de los casos más extremos de arquitectura radical, al que por cierto Baudrillard también dedica su atención en el libro que acabamos de citar. Hablamos del Pompidou. Veamos lo que dice el filósofo del mastodonte alienígena: "¿De qué habla el Beaubourg? ¿De cultura, de comunicación? Pienso que no. Habla de flujo, de almacenamiento, de redistribución, y eso la arquitectura de Piano y Rogers lo dice literalmente. Lo que dice literalmente es casi el reverso del mensaje que supone sostener. Beaubourg representa la cultura y a la vez aquello en lo que la cultura está muerta, en donde ella sucumbió; dicho de otro modo, la confusión de los signos, la sobrefusión, la perfusión... Es esta contradicción interna lo que traduce la arquitectura de Beaubourg, y lo que llamo su 'literalidad'". No es la única vez que el filósofo habló del Pompidou, 23 años antes del libro con Nouvel escribía El efecto Beaubourg. Implosión y disuasión, donde utilizaba el recién estrenado edificio como ejemplo máximo de la banalización del arte (lo llama "un gran agujero negro"). En realidad el Pompidou no es otra cosa que un producto del mayo del 68, lo dice el propio Rogers: "Ese momento casi cambió la historia europea, parecía que se avecinaba una revolución que no llegó a suceder, pero capturamos algo de todo eso en el edificio, fue un periodo muy activo en lo político, y se puede decir que era parte del concepto del edificio. Fue un periodo dinámico, de cambio, y queríamos capturar lo que estaba pasando en ese momento". En la fachada los arquitectos quisieron reflejar los disturbios callejeros de la época y la guerra de Vietnam. Con la generosa plaza quisieron dotar a una zona muy densa de un lugar de esparcimiento y reunión. Por cierto que en el video Rogers también relata la famosa anécdota del paraguazo que le propinó una vecina cuando el ingenuo arquitecto se identificó como autor de semejante despropósito. En fin, la revolución hecha edificio.

El Salón de Reinos, en capilla
¿Qué queremos para el Salón de Reinos, insigne palacete sin gran relevancia arquitectónica levantado para mayor gloria de la monarquía española precisamente en el siglo (XVII) que marcaría su declive? ¿Una rehabilitación respetuosa, exacta, silenciosa y nostálgica o una intervención singular que trate de ser reflejo (otra cosa es que lo consiga) de estos tiempos fragmentarios, dispersos y a menudo cínicos que nos ha tocado vivir? Tú mismo.