domingo, 14 de julio de 2019

Tecnócratas (ciudades y museos)


Ayer se inauguraba la galería James Simon de David Chipperfield, un nuevo edificio de 135 millones de euros sito en la isla de los museos berlinesa que servirá como acceso principal al complejo museístico de la capital alemana, una "acrópolis cultural" en palabras del visionario rey que la ideó, Guillermo IV de Prusia. Ha sido complejo para Chipperfield trabajar en contexto tan delicado, donde cinco imponentes museos de estilo neoclásico aguardaban, hoscos, a la nueva galería. De hecho el primer boceto del inglés fue duramente criticado por la prensa alemana, y hubo quien lo tildó de "aseos públicos glorificados". Chipperfield, acostumbrado a trabajar en la exigente Alemania (ya había diseñado el masterplan de la isla allá por 1999, y ahora mismo está rehabilitando la Neue Nationalgalerie, la última obra de Mies, por no hablar del Neues Museum), lejos de arredrarse volvió a sentarse al tablero para diseñar lo que hoy podemos ver: un apocado edificio, especialmente si lo comparamos con el mastodóntico Pergamon que se eleva justo al lado y donde se aloja, de ahí su nombre, el grandioso altar de Pérgamo (Chipperfield dice del museo vecino que es el "bully" -matón- de la Museuminseln, así que, con evidente mala baba, ha diseñado la puerta que comunica con él particularmente angosta, casi ridícula de tamaño -"es justo lo que se merece", apostilla, travieso, el británico al que tanto gusta Galicia). Algo parecido podría decirse de las columnas que incorpora el nuevo edificio, inevitables en semejante contexto neoclásico, y que tan malos recuerdos traen a los alemanes (Speer, el arquitecto de Hitler, las usó con paroxística profusión, así en el Campo Zeppelin, que no es sino un remake XXL del altar de Pérgamo). Chipperfield echa mano de ellas, pero las dota de una esbeltez anoréxica que de nuevo las hace casi risibles (tienen 9 metros de altura pero solo 30 centímetros de grosor, y hay 70), Wainwright, en reciente artículo para The Guardian las tacha de "surreales cerillas de cemento". Tomando referentes de aquí y allá (la rotunda angulosidad, aunque es santo y seña del inglés, puede también hacer referencia al que será último añadido del Pergamon, el cubo que cerrará su fachada hacia el canal Kupfergraben allá por 2023, diseño póstumo de O.M. Ungers, un arquitecto tan amante del ángulo recto como el autor del Veles e Vents valenciano), Chipperfield compone un edificio clásico y moderno a la vez, sobrio pero lujoso, tímido a la par que prominente.

Por si el exterior no fuera reto suficiente, en el interior de la James-Simon-Galerie Chipperfield tenía que cumplir con un exigente programa. Aparte de dar acceso al recinto con la inevitable grandeur, algo que se cumple con el exquisito uso de opulentos materiales, tenía que tener una sala de exposiciones, un auditorio, un guardarropa, una cafetería y la inevitable tienda, a lo que el inglés que remodeló el centro de Teruel añade una terraza "purposely purposeless" -algo así como a propósito sin propósito, inútil aposta, vaya- y unas escaleras que bajan, románticas (nadie más romántico que los alemanes), al pie del agua, aunque no se permite navegación alguna por el canal -"it´s an affectation", dice, díscolo de nuevo, el arquitecto. El edificio anfitrión también da acceso al Archäeologische Promenade, ambicioso túnel subterráneo que en un futuro conducirá a todos los museos de la isla menos a la Alte Nationalgalerie. ¿Y, por cierto, quién es el tal James Simon que da nombre a la galería? Pues fue uno de los mecenas que financiaron las expediciones arqueológicas cuyo fruto se exhibe hoy pujante en esta soberbia gavilla de museos. En concreto es gracias a Simon (judío, por cierto, pertenecía al influyente grupo peyorativamente conocido como Kaiserjuden que se reunía con Guillermo II a debatir temas de estado) que Alemania puede hoy exhibir el famoso busto de Nefertiti pues financió los trabajos de excavación de Ludwig Borchardt en la ciudad de Akenatón, donde fue hallada la bella escultura en 1911.

Envidiamos esa actitud humilde y distendida (al menos en apariencia) con la que Chipperfield ha encarado un proyecto tan difícil. Rebajándose a un mero arquitecto tecnócrata (como lo fue el propio Ungers, que echaba pestes de la arquitectura espectáculo que le tocó presenciar o como lo es nuestro Moneo), lejos del divismo de prima donna que tanto daño ha hecho a la arquitectura (y en tantos otros ámbitos sigue haciendo), ignoró crueles chanzas y se puso manos a la obra. Sin traicionar su estilo, con los espinosos mimbres de un cargado entorno que desdramatiza con sutil ironía, ha sido capaz de levantar un edificio que no pasa desapercibido por mucho que (supuestamente) lo intente.

domingo, 7 de julio de 2019

Ciudades rotas (y brutales)







"Rotterdam fue una ciudad rota. De alguna forma lo sigue siendo. Su arquitectura última, ultramoderna e impactante oculta histéricamente su penoso pasado reciente: fue arrasada en la Segunda Guerra Mundial cuando, el 14 de mayo de 1940, 90 bombarderos alemanes arrojaron sobre ella 97 toneladas de bombas. Frente a la típica arquitectura holandesa de pequeñas casas como de juguete, estrechas y de formas amables en ciudades con calles igualmente mínimas, Rotterdam exhibe unas calles exageradamente amplias, una arquitectura cuajada de hirientes aristas y unos rascacielos no menos desaforados y desafortunados. Rotterdam es la menos holandesa de las ciudades del país, y te deja un poso amargo. Da la sensación de que sus raíces han sido brutalmente extirpadas y sobre el doloroso vacío se ha querido construir una arquitectura alienígena que conduzca a una catarsis colectiva de olvido y redención. Me da que no se ha conseguido.

Paseando por la enorme avenida Westzeedijk en busca del Kunsthal de Koolhaas (qué decepción, encima era lunes y estaba cerrado, si hubiera podido entrar seguro que me habría gustado más) la sensación es de estar en una ciudad alienada y alienante, percepción que aún se acentuó más al acercarme al Het Nieuwe Instituut de Jo Coenen, otra decepción, qué edificio más inhóspito y cortante. La ciudad de las cicatrices invisibles, el tercer puerto más grande del mundo, siempre depara sorpresas arquitectónicas, aunque haya que tener estómago para asimilarlas. Su tendencia a las tallas XXL viene de lejos, ya en 1898 la Witte Huis, muy cerca de las Casas Cubo (otra famosa follie de la ciudad) fue el edificio de oficinas más alto de Europa (con 43 metros...), y uno de los pocos en sobrevivir a los bombardeos nazis. La última adquisición de la ciudad en este terreno es el De Rotterdam, de Rem Koolhaas, arquitecto que nació aquí y aquí tiene su estudio. De casta le viene al galgo. Por cierto que el masivo rascacielos (tiene unos modestos 150 metros de altura pero se extiende 100 metros) acaba de ser declarado el mejor edificio alto de Europa (el año pasado obtuvo el mismo galardón a nivel mundial otra torre de OMA, la  sede de la CCTV china). La torre holandesa no fue muy bien recibida por la crítica especializada, sea como fuere el edificio, junto al resto de las delicatessen arquitectónicas que se van levantado en el muelle Wilhelmina (a cargo de Foster, Piano, Siza, etc), y el puntiagudo puente de Erasmo (otro ilustre oriundo de la ciudad), se han convertido ya por derecho propio en la postal oficial de la ciudad.

La arista es bella podría perfectamente ser el lema de Rotterdam, aquí ya has visto granados ejemplos, pero las de la recientemente inaugurada Estación Central se llevan la palma. Pasaría perfectamente por un diseño de Libeskind, pero es de una UTE local formada entre otros por Benthem Crouwel, antes muertos que sencillos (autores también de la ampliación del museo Stedelijk de Amsterdam) y West 8, expertos en paisajismo (participaron en el  proyecto Madrid Río).

En fin, Rotterdam no es país para espíritus sensibles, como te habrás dado cuenta. Le deseamos a la ciudad que encuentre la paz consigo misma y que la arquitectura (una quizás algo más amable) le ayude a exorcizar sus fantasmas más profundos".

Esto lo escribía aquí hace cinco años (desde entonces la arquitectura más amable que le deseábamos ha llegado ya). Teniendo en cuenta que estamos a vueltas con las ciudades me ha parecido bien autocitarme. Eso y que estoy vaguzo. Pero en fin, por añadir algo te enlazo a un fantástico videoclip de los Chemical Brothers que acabo de descubrir en el que aparece una ciudad que bien podría ser Rotterdam pero es Londres, aparece el aparcamiento de la calle Welbeck, con su bella fachada brutalista en forma de cota de malla, que ya están demoliendo para construir un hotel de postín (a los hermanos químicos les debe ir el brutalismo, en el video para su famoso tema Go se nos muestra profusamente el barrio parisino de Front-de-Seine de Raymond Lopez y Henry Pottier mientras una curiosa formación de bailarinas retro, que me traen a la memoria Metropolis, desfilan en una coreografía como constructivista enfundadas en grises outfits, que lo mismo remiten al abundante hormigón de las más de veinte torres allí proyectadas). Ya puestos, oye, vamos a dar una vuelta por unos cuantos videos musicales que hacen referencia a la arquitectura brutalista, observa por ejemplo este de Metronomy (Month of Sundays) donde aparece el complejo londinense de Barbican. Por allí se pasó también el artista americano Doug Atkien, que congregó a más de 100 artistas y músicos para que compusieran algo inspirado por las torres de Chamberlin, Power y Bon, aquí explican el proyecto. En este otro, The Clock de 8:58, con Paul Hartnoll -integrante de Orbital- a los mandos, aparecen los Robin Hood Gardens, ya desaparecidos. En Giants, Chicane descoyunta unos cuantos edificios brutalistas a ritmo de Trance. A su vez The Libertines sitúan su video musical del tema What became of the Likely Lads en el complejo de Thamesmead (que ya había aparecido en La naranja mecánica de Kubrick) y Omi Palone, en Architecture, usa de fondo las torres Trellick y Balfron de Ernö Goldfinger y la urbanización Alexandra Road de Neave Brown. Pero mi favorito es este elegante y surrealista video de Leonard Cohen (In My Secret Life) donde el cantante canadiense se pasea por el espectacular edificio Habitat 67 de Moshe Safdie en Montreal (un Citroën DS Tiburón contrastando con las rectilíneas formas del complejo también reclama protagonismo). ¿Y algo patrio? me preguntas displicente. ¿Es La Muralla Roja brutalista? Pues si no lo es se le parece mucho. Martin Solveig le dedicó un festivo videoclip para su tema Do It RightPero si te parece más brutal el Walden-7, también de Bofill (que, recordémoslo, vive en una antigua fábrica de cemento), tranquilo que también tenemos videoclip ambientado en él, en este caso del grupo madrileño Hinds. Y así podríamos acaso seguir ad nauseam (solo decir que esperamos con fruición que Rosalía, esa Koolhaas del flamenco, esa coplera brutalista, descubra el hormigón para sus alucinantes videos musicales).

Creo que me he ido de tema completamente. Es que no tengo arreglo. Debería hacerme mirar esta pulsión cada vez más frecuente por lo non-linear (y por el pedantismo de paso)Hablábamos de Rotterdam. Para acabar con más nivel te traigo el par de citas de altura de rigor. Son todas ellas de Fernández-Galiano, extraídas de varios artículos de los 90 recogidos en Años Alejandrinos (me he terminado el primer volumen, ahora la duda es empezar el segundo o atacar Delirio en Nueva York de Koolhaas precisamente, que no pude evitar comprarme en la Feria del Libro...). Don Luis habla de Rotterdam como un "páramo simbólico, ayuno de monumentos o referencias cívicas", pero resalta que "el futuro de Europa se ensaya en el país de los pólders. Su territorio, fabricado más bien que colonizado, es hoy el escenario de un extraordinario experimento urbano: con el espíritu innovador que caracteriza a los habitantes de esta tierra artificial, los arquitectos holandeses proyectan edificios y barrios cuya fresca radicalidad no tiene equivalente en ningún otro país del continente. La prosperidad económica y el hábito de considerar sus paisajes horizontales como una tabula rasa sobre la que puede imaginarse cualquier futuro han alumbrado una generación joven que se atreve a pensar su entorno como un extenso laboratorio de geografías voluntarias". Y Rotterdam es pieza clave en esa innovación incesante e insomne. En el artículo Tú a Rotterdam, yo a Basilea de 1999, el director de Arquitectura Viva y demás señala que la Rotterdam de Koolhaas (cuyos "hallazgos surreales se han convertido en el mito de referencia para la arquitectura europea de vocación experimental") es uno de "los polos entre los que late el corazón partido de la arquitectura" siendo el otro la Basilea de los rigurosos y ordenados Herzog y de Meuron, en realidad una reedición del debate Le Corbusier vs Mies van der Rohe: "Hoy, Rem Koolhaas ha llevado la ambición demiúrgica y la inventiva plástica de Le Corbusier hasta extremos superreales en su desmesura futurista; mientras que Herzog & de Meuron han trasladado la elegancia material y el rigor geométrico de Mies van der Rohe hasta el terreno insólito de lo convencional, lo trivial y lo cotidiano; y entre esa Holanda audaz y esa Suiza refinada vacilan las miradas de los arquitectos del continente". 





domingo, 30 de junio de 2019

Ciudades azules


Pues vamos a seguir dando la brasa con las ciudades. Hoy toca una que devino foco de atracción allá por los 60 por su espíritu experimental, optimista y abierto. Dos son sus señas de identidad: la gasolinera y la piscina. La primera porque esta ciudad sin el automóvil no se entiende (de ahí su horizontalidad infinita) y la segunda porque su benévolo clima permite su uso buena parte del año. Reyner Banham quedó tan prendado del espíritu de esta urbe que decidió aprender a conducir cuando llegó a ella (no sabía, en Londres se movía en bici) para comprenderla mejor. De esta ciudad el crítico de arquitectura británico dijo (según señala Goldberger en su necrológica de 1988): "es el Medio Oeste americano llevado a su punto álgido, los dogmas autoritarios del Bible Belt y la perenne revuelta contra ellos colisionando en una masa crítica bajo las palmeras. De ahí surge una situación cultural donde solo lo extremo es normal". Banham le dedicó un libro en el que hablaba de sus "cuatro ecologías": la autopía (amalgama de "utopía" y "autopista"), la horizontalidad extrema, la playa y el surf (surfurbia), y la montaña. La ciudad, en muchos aspectos cruda, no arredró al crítico, que se sentía atraído por su fealdad a menudo intolerable, llegando a decir que las dos mejores horas de sus habitantes son las que pasaban conduciendo de casa al trabajo y vuelta por sus autopistas. Banham defiende también su urbanismo de "huevos revueltos", de mezcolanza heteróclita y policéntrica, frente a la organización clásica de "huevo frito" (la yema el casco histórico, la clara los suburbios). Y se mostraba displicente con la fascinación de Venturi y Scott Brown por Las Vegas (a la que tildaba de mera "anécdota"), de donde realmente se podía aprender es de la ciudad que hoy nos ocupa y cuyo nombre me resisto a decirte, aunque tú, avezado lecteur, seguramente ya habrás adivinado.

La modernidad, que todos asociamos con la frialdad germánica, arraigó aquí de manera insospechada gracias a no pocos apóstoles modernos que aquí se instalaron huyendo de la barbarie nazi, produciéndose el milagro patente de cómo unas casas de una desnudez formal tan extrema devinieran potentes objetos de seducción bajo las palmeras y al lado de la inevitable piscina (que tan bien representara en sus icónicos cuadros -como el de arriba- David Hockney, otro británico que quedó prendado de la luz y la libertad de estos lares). Pero esta sofisticación arquitectónica tenía también un trasunto tecnológico, y es que en esta ciudad estuvieron asentadas hasta los 90, cuando la Guerra Fría acabó, importantes industrias aeronáuticas. Ese empeño por la experimentación influirá en la ficción de otro creador deslumbrado por la ciudad (donde morirá en 2012), Ray Bradbury, el autor de Crónicas marcianas y Farenheit 451 y en el Tomorrowland de Disneylandia, donde se construyó el primer monorraíl de América (Bradbury propuso a Disney que fuera alcalde de la ciudad). Bucky Fuller, el señor de las cúpulas geodésicas, fue referente local también para una generación alternativa en su obsesión tempranamente ecológica por hacernos ver nuestra frágil condición de "habitantes de la nave espacial tierra", idea que varias décadas después está de plena vigencia. Fuller fue gurú de toda una generación que buscaba nuevos valores (los hippies del flower power) y aquí hallaron su tierra prometida. Filósofos como Herbert Marcuse, otro alemán asentado en la zona, también supieron conectar con esa new age defendiendo la emancipación de los afroamericanos y fusionando en lo teórico a Marx y Freud (como en Eros y civilización). Así llegamos al conocido como Summer of Love (1967), en el que se celebraron conciertos icónicos de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janice Joplin...

En lo puramente arquitectónico dos movimientos se asentarían aquí tras quedar superada la modernidad: el posmodernismo de Robert Graves, con su clasicismo juguetón y amable asociado a la revolución conservadora de Reagan (y a Disney), y el deconstructivismo de Frank Gerhy, otro inmigrante feliz (desde Canadá en este caso), que hace una reforma en su casa que dará que hablar. De ahí a Bilbao hay solo un paso.

El cine ha elegido a menudo esta ciudad como marco, como no podría ser de otra manera teniendo en cuenta lo mucho que le debe. Paradójicamente a pesar de su poderosa luminosidad ha sido representada en sus aspectos más sombríos y noir, así en Chinatown de Polanski, Mulholland Drive de David Lynch o Blade Runner de Ridley Scott, donde la utopía de las autopistas deviene distopía catastrofista. Sí, claro, nuestra ciudad es Los Ángeles, y quien así nos la ha descrito no es otro que Luis Fernández-Galiano en una conferencia que dio en la Fundación Juan March en marzo dentro de un ciclo dedicado a cuatro urbes -las otras tres Viena, París y Nueva York- que fueron capaces de aglutinar importantes movimientos culturales y artísticos en diferentes momentos del pasado siglo (aquí tienes los enlaces a las distintas conferencias). Don Luis acaba la conferencia con una potente coda lírica, con el azul resplandeciente y optimista de la ciudad como bandera representado por dos imágenes: la primera, un cuadro del mejor pintor californiano, Richard Diebenkorn, de su serie Ocean Park, que toma el nombre del distrito de Santa Mónica en Los Ángeles donde tenía su estudio, serie a la que dedicó más de 130 lienzos de sutiles variantes, y a la que se entregaría desde 1967 hasta 1988 (resulta que en casa tenía un olvidado catálogo de una exposición que organizó precisamente la Juan March sobre Diebenkorn en 1992 donde se expusieron 17 de la serie). La imagen final de la conferencia es la pintura de un cielo azul que decora una fachada ciega del archivo de la Paramount utilizado como fondo para algunos rodajes. Un cielo replicado que le sirve a Galiano para cerrar con Machado nada menos y sus famosos últimos versos ("Estos días azules y este sol de la infancia"), para recordar que acaso la infancia es nuestra mejor ciudad y, rememorando ahora a Gramsci, que el pesimismo de la inteligencia debe ir acompañado del optimismo de la voluntad, frase que estoy pensando tatuarme. Señores, no se puede pedir más a una conferencia. 




domingo, 23 de junio de 2019

Ciudades en venta



"El fenómeno, nunca visto, destrozó parte del patrimonio artístico de la ciudad y dejó en la calle a muchos de sus habitantes. Exceptuando la peste de 1630, cuando el éxodo sanitario redujo en un tercio el número de vecinos, la inundación de 1966 fue la peor catástrofe poblacional. Hoy, con 100.000 residentes menos y un tejido social en extinción, Venecia afronta su tercera gran emergencia. Esta vez causada por la fuente de riqueza que le permitió sobrevivir entonces.
—¿Los riesgos? —responde incrédulo el arquitecto británico David Chipperfield, tras la presentación de su restauración de la Procuraduría Vieja en la plaza de San Marcos—. Es demasiado tarde, Venecia es ya una ciudad tomada por el turismo. Todas querían más visitantes porque era la manera más rápida de contribuir a la economía. Pero ahora, fíjese en Barcelona, hay un replanteamiento de la cuestión porque el turismo está matando la ciudad. Y creo que debemos hacerlo. Pero en algunos lugares como Venecia es difícil que se pueda revertir la situación.
Las crónicas periodísticas flirtean desde hace años con el título de la obra de Thomas Mann para subrayar la gravedad de la emergencia. ¿Muere Venecia?, se pregunta el periodista al comienzo del viaje mientras resuena en su cabeza el adagiet­to de la Quinta sinfonía de Mahler. La silenciosa realidad es que la idea de la ciudad como fuente de inspiración no supera hoy un macabro síntoma de expiración. La evocación exagerada de un mundo perdido que describió el escritor ­John Ruskin en Las piedras de Venecia cobra sentido, en todo caso, más de 150 años después. La restauración tras la gran inundación tuvo algunos efectos positivos. Pero un nuevo fenómeno avanzaba silenciosamente, una conquista del espacio público más devastadora numéricamente que el brote de peste. En términos turísticos se sustituyó definitivamente la legendaria guía Il forastiere illuminato (1740), que invitaba al “viajero culto” a descubrir los secretos de Venecia durante seis días, por una receta exprés para devorar las ocho horas en tierra que concede el régimen penitenciario del crucero. Llegaron 29 millones de visitantes al año y la ciudad pasó a otras manos.
La hipótesis del punto de no retorno de Chipperfield es ahora la de muchos de sus residentes. Incluidos gremios tan poco proclives a criticar el turismo como el de los 433 gondoleros que lidian a diario con la materia prima de esta industria y maldicen ahora a los grupos que exigen embutirse en su afilada barca para ahorrar unos euros. Giovanni, apoyado en uno de los 455 puentes por donde los visitantes arrastran fatigosamente sus maletas a diario, no lo oculta. “Soy gondolero, no estúpido. Hemos vendido la ciudad a los chinos. Fíjese en todas esas ventanas con el cartel de ‘Se alquila’. Esto ya no nos pertenece”. Unos pasos más allá, en el campo de San Bartolomeo, un contador instalado en la farmacia Morelli aporta el dato diario de la caída poblacional.
El problema no son los chinos (aunque tienen ya el 13% de los inmuebles), quizá tampoco solamente el turismo desaforado (600 turistas por cada residente). El historiador y arqueólogo Salvatore Settis glosó en 2014 en el profético Si Venecia muere los grandes males de la isla advirtiendo de un avance imparable hacia la disneylandización del territorio y la pérdida de identidad. “Está ligada al éxodo de ciudadanos. Se han marchado 100.000 habitantes en las últimas cuatro décadas, caen a un ritmo de 1.000 al año (hoy hay alrededor de 58.000). Pero aumentan las segundas residencias, casas preciosas y grandes, ricos que van a pasar una semana al año. Esa es la muerte de Venecia, y el riesgo es dejar de ser una verdadera ciudad hecha de habitantes y convertirse en un parque temático. No hay ninguna política pública: local, central o regional. Tampoco alguna idea para atraer jóvenes. El mercado inmobiliario está completamente adulterado. Incluso los gondoleros se marchan fuera de la isla”.(...)
La paradoja veneciana, tan útil como metáfora de estos tiempos autodestructivos, invoca también algunos de los gérmenes de la teoría de la posmodernidad ilustrados por Robert Venturi en el fundacional Aprendiendo de Las Vegas (1972). Si entonces fue la capital de los casinos de Nevada quien vació de contenido la ciudad véneta para edificar en la strip el mayor monumento a la ironía arquitectónica, hoy es la realidad quien se propone superar el efecto teatral de su réplica." (Daniel Verdú, Venecia, el turismo como problema, el arte como solución).
Podríamos dejar aquí la entrada, pero siempre preocupados por ofrecerte una óptima experiencia de usuario querríamos llegar un poco más allá de un cutre copiaypega. De las muchas obras artísticas que hacen referencia a Venecia te quiero traer una, con conexiones arquitectónicas por demás, que dudo que conozcas. Se trata de una oscura película de 1973 llamada Amore del director y crítico cinematográfico francorumano Henry Chapier. Tras su estreno y corta exhibición en cines durmió el sueño de los justos durante más de 40 años y solo ha visto la luz cuando el Ina, el archivo cinematográfico francés, la subió a su web en 2015. La película gira en torno a Venecia, y viendo los títulos de crédito, con un fondo de pinturas surrealistas que representan la ciudad en descomposición, poblada por edificios mutantes y animales monstruosos (todo ello acompañado de una inquietante música de Vangelis en su época más experimental, cuando acababa de romper con el grupo Aphrodite´s Child tras el álbum maldito 666 e inciaba una incierta carrera en solitario), me da que acaso la tal peli sea infumable tostón. El argumento es como te digo muy arquitectónico (no he visto la película, me fío de lo que he pillado por internet, es lo que Daniel Levitin llama el contraconocimiento en La mentira como arma, tú, mon semblable, me sabrás perdonar): tenemos a un arquitecto que llega a Venecia para evaluar un proyecto que se propone salvar la bella urbe de su desaparición bajo las aguas (a eso debe hacer referencia la última imagen de los créditos iniciales, en la que aparece la ciudad rodeada por un aparente dique de contención circular que bien podría estar sacada del Delirious New York de Koolhaas si no fuera porque el libro es de 1978). Nuestro protagonista no parece muy interesado por Venecia, pero hete aquí que descubre a una bella aristócrata (trasunto acaso de la ciudad) ante la que cae prendado. Tras flirtear con él la dama se queda con un noble italiano y nuestro arquitecto se va de Venecia contrito y ahíto. La banda sonora de Vangelis, que curiosamente fue publicada en LP (con vinilo rosado) a poco de salir Amore a flote en ina.fr (no pocos dicen que es un disco pirata extraído directamente de la película) incorpora varios temas que llevan como nombre lugares de la ciudad (así, Giudecca, el barrio donde se produjo el reciente accidente del crucero o Campo San Polo, la segunda plaza de Venecia). En la vida real, la urbe abandonó sus conexiones aristocráticas y se entregó con enjundia al turismo de masas. Morirá de éxito. Termino con otra cita del artículo de Daniel Verdú:
"La catástrofe llama a distintas puertas de la ciudad. La jibarización del espacio público y la guerra que los vecinos mantienen con el Ayuntamiento para alejar los grandes cruceros de la laguna (una manifestación recorrió el centro de la isla hace una semana exigiendo su inmediata prohibición) tiene también una vertiente evidente medioambiental. El 29 de octubre de 2018, la crecida del agua alcanzó los 156 centímetros, la cuarta más alta desde el desborde de 1966. Una situación derivada del cambio climático que fascina a los turistas asiáticos, dispuestos siempre a pagar más por visitar la ciudad cuando está inundada. Pero también un reflejo de la gestión a tres bandas (nacional, regional y local) que ha convertido la ciudad en la más inclinada a desaparecer bajo el agua de todo el catálogo de la Unesco.
Venecia lleva 40 años esperando la puesta en marcha de un sistema de seis diques conocido como MOSE. Los cinco primeros ya están construidos, pero después de tantos años esperando el último, su diseño podría haber quedado obsoleto. El proyecto se llevó por delante al anterior alcalde, Giorgio Orsoni, por corrupción y puso de manifiesto mejor que nada una parálisis administrativa que rema enérgicamente hacia el desastre".

domingo, 16 de junio de 2019

Ciudades que no creeríais

Perdida en Tokio

"He pasado cuatro noches en Japón. Si hubiese pasado un año no podría escribir esta columna: habría llegado a la conclusión de que solo sé que no sé nada. Pero cinco días me alientan a la temeridad. He visto muchas cosas y he creído ver muchas otras. Me han contado historias. Comparto lo que siento. Es un derecho. Al llegar a Japón me advierten: nunca debo dejar propina ni fumar en la calle ni hablar por el móvil en el metro. En los restaurantes la gente disfruta de sus cigarrillos mientras come sopitas, sashimi y sushi. En Japón no hay anisakis porque evisceran y limpian los pescados tan primorosamente que en la carne no quedan larvas ni excrecencias. En Japón hay casi pleno empleo y Tokio es una ciudad donde no me piden limosna ni veo perros abandonados. Los japoneses trabajan mucho; me cuentan que algunos mueren frente a sus ordenadores. Cortocircuito total. El suicidio se practica en los andenes del metro. Los suicidas dejan preparada la suma necesaria para limpiar su sangre de la estación; unas son más caras que otras: suicidios de centro y periferia, de primera y segunda. Me dicen que casi todas las mujeres aspiran a contraer matrimonio antes de los treinta. Ellas administran el dinero de sus infatigables esposos y les dan una cantidad semanal para sus gastos. Las mujeres tienen amantes, van al teatro y abarrotan las cafeterías donde degustan repostería europea. Los hombres que pierden el último tren pernoctan en karaokes y hoteles cápsula. Expresar sentimientos o mostrar afecto físico no es habitual. Pero hay sex shops de ocho pisos, graduados por la dureza de lo que se vende, que no llegan a culminar los más avezados pornógrafos occidentales. Nadie asiste a esas chicas borrachas que se acurrucan en pasadizos: prestarles ayuda sería humillante para ellas. Las japonesas se emborrachan con facilidad porque carecen de una enzima para metabolizar el alcohol. En el barrio de Shinjuku adivino a Godzilla entre dos rascacielos. Hay restaurantes de robots. Los neones son tan potentes que casi me producen ataques epilépticos. Si pierdes el ordenador, lo recuperarás. Nadie roba: hay quien da una razón animista —el alma impregna los objetos— y hay quien apela al budismo —lo que hagas en esta vida te será devuelto en la otra—. No entiendo de religiones. Por Takeshita pasean lolitas góticas y muchachas con peluches anudados a la cintura. Chicas que visten a sus novios a juego con su indumentaria. Los cazadores de tendencias paran a algunas y apuntan sus nombres en un papelito. Hay cafeterías de erizos y búhos. Muchas personas van enmascaradas para no contagiar o no contagiarse: en el avión una japonesa se quita la máscara, se maquilla, no se la vuelve a poner. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si es que aún los seres humanos conservamos la capacidad de asombro. He pasado por uno de los callejones donde se rodó Blade Runner y he atravesado diagonalmente el cruce de Shibuya. He estado cuatro noches en Japón e impugno la idea prepotente de ser habitante del futuro. Ahora me cuesta más distinguir el original de la copia, la tradición de la globalización, la realidad de los relatos, la libertad de las esclavitudes, lo honorable de lo cruel, la soledad del hikikomori del gregarismo, el ombliguismo occidental del exotismo papanatas. Y ya no sé qué puede ser el infierno y qué el paraíso". (Marta Sanz, Japonesada)

domingo, 9 de junio de 2019

Ciudades muertas y vivas



"-¿Pensar a gran escala no es uno de los problemas principales del planeamiento urbano?
-Sí, ese afán de grandiosidad es inherente a la ortodoxia del dogma del urbanismo, y es algo bastante simplista. No se puede crear tejido en una ciudad viva así como así, de un plumazo, sino que las cosas tienen que ir creciendo. El tipo de planeamiento urbano que funcionaría de verdad sería una especie de improvisación inteligente y documentada, que es, al fin y al cabo, en lo que consiste en gran medida nuestra planificación vital (...). La idea de estimular de golpe toda una zona no tiene nada que ver ni con la vida real ni con el crecimiento. También existe ese ideal de hacer las cosas perfectas de entrada y dejarlas así para siempre, y esto es una especie de muerte. (...)

Las zonas suburbanas son lugares perfectamente válidos para quien quiera vivir en ellas, pero, desde el punto de vista económico y social, son espacios inherentemente parasitarios, pues viven de soluciones halladas en las ciudades. Sin embargo, no le echo la culpa solo a los urbanistas, sino que implícitamente culpo a quienes saben que las cosas se están haciendo mal y no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para actuar en calidad de ciudadanos de un país con capacidad de autogobierno. Es terrible cómo hemos abdicado de la responsabilidad de ser ciudadanos. 

-Y si la gente crece con tal sentimiento de impotencia hacia el uso de su propia mente, ¿no será porque algo falla en las escuelas? 
-Si fuera directora de un colegio, pondría unos deberes permanentes desde el primer hasta el último curso: todas las semanas, cada niño tendría que traer una cosa dicha por una figura de autoridad -podría ser el profesor, o alguna cosa que haya visto en el periódico, pero algo con lo que no estén de acuerdo- y refutarlo. (...)

Hoy la arquitectura está en bastante mala forma. Está siendo objeto de críticas contradictorias y su rechazo no es solo cosa de gente inculta. (....) [Los arquitectos] han perdido la cabeza por la novedad y las cosas despampanantes, vulgares y terriblemente ególatras, en gran parte porque tampoco saben qué otra cosa hacer.

-¿Qué quiere decir?
-Si su estética se basara en la función, en cómo funcionan las cosas, no tendrían necesidad de recurrir al efectismo, la novedad o la exageración grotesca. El edificio del Chase Manhattan Bank ha arruinado la silueta urbana del sur de Manhattan. Esto es algo increíblemente egoísta e insensible para un edificio, y quienes están haciendo estas cosas no son solo arquitectos de tres al cuarto. (...)

Sin embargo, esta actual falta de atención a la función no es un mal exclusivo de la arquitectura o el urbanismo. Parece que la gente ha dejado de saber cómo funcionan las cosas. Hay todo tipo de diseños idealizados que ignoran para qué sirven los objetos, o que ocultan lo que hacen y cómo lo hacen. Es como lo de aquellas locomotoras que se veían antes, que tenían ruedas y todos sus mecanismos a la vista. Se las cubrió con un faldón que ocultara lo más posible. Gran parte de lo que hoy llamamos diseño en realidad es ocultación". (Jane Jacobs, perturbadora de la paz, entrevista realizada en 1962 por Eve Auchincloss y Nancy Lynch, en Jane Jacobs, cuatro entrevistas).


domingo, 2 de junio de 2019

Ciudades gozosas



Con 80.000 británicos en Madrid para el partido de marras, convendrás conmigo que toca tirar de artículo inglés (oye, así entre nosotros, ¿a ti te gusta el nuevo estadio Wanda Metropolitano? Porque a mí me da que Cruz y Ortiz se lo han cargado -un tótem atávico, "ruina magnífica e impasible" en palabras de Fernández-Galiano, revestido de estrafalarios faralaes... ahí lo dejo). Y muy oportunamente Oliver Wainwright publicaba esta semana uno dedicado a las ciudades y su diseño que conecta por demás con el tema que venimos tratando en pasadas semanas así que miel sobre hojuelas.

Nos habla el crítico de The Guardian de una empresa mixta que se sustenta con capital privado y público de nombre Public Practice que está haciendo volver a no pocos arquitectos al sector público (el crítico señala que en 1979 casi la mitad de los arquitectos ingleses trabajaban directamente para ayuntamientos y gobiernos locales, mientras que en la actualidad solo un demoledor 0,7 lo hace, lo que ha tenido terribles consecuencias en el diseño urbano de numerosas localidades, muchas de las cuales se han dado cuenta del error de dejar dichas decisiones a acomodados funcionarios). Public Practice contrata arquitectos con inquietudes y ganas y los manda a diferentes corporaciones locales donde hacen las preguntas adecuadas a tecnócratas apolillados. Ione Braddick, una de estas intrusas, no dejaba de preguntar en el ayuntamiento donde entró a trabajar si un determinado desarrollo que se estaba planificando "iba a traer la felicidad a sus inquilinos", para pasmo del experto oficial. Su trabajo finalmente ha cuajado y el ayuntamiento la ha contratado de manera permanente junto con otros tres arquitectos expertos en paisajismo o sostenibilidad. Otra paracaidista narra su experiencia en un distrito de Londres: "Me llevó tres meses averiguar lo que se supone que tenía que hacer y quién era todo el mundo". Un tercer arquitecto narra situaciones surrealistas similares: "El cambio mayor fue ir a un lugar donde la palabra design no se entendía como un verbo sino como un sustantivo. Ha sido muy difícil persuadir a la gente de que es un proceso, y que el diseño puede utilizarse para crear valor", apostillando que ante un problema el objetivo es más testar diferentes ideas que aportar de inmediato soluciones perfectas, abriendo el camino a un trabajo más colaborativo e innovador. Te dejo aquí el enlace al artículo. En este punto cabe hacer breve inciso para mencionar un desarrollo urbanístico en Hackney, un distrito de Londres, que fue noticia (en este caso el artículo lo firma Rowan Moore) precisamente por el carácter visionario de su alcalde, Philip Glanville, quien buscaba una planificación urbanística que trajera como primer objetivo la felicidad a sus vecinos, exactamente como planteaba Ione Braddick. Se construyeron dos potentes torres de planta hexagonal de 16 y 20 plantas, ciertamente excesivas, pero diseñadas con tiento nada menos que por David Chipperfield y el estudio Karakusevic Carson, cuyos lujosos apartamentos se pusieron a la venta (desde 600.000 hasta 3 millones de libras) para recaudar fondos con los que levantar una barriada aledaña más popular con bloques de unas cinco alturas de media y espacios públicos diseñados con esmero y siempre teniendo en cuenta la opinión de los usuarios. Los vecinos fueron consultados hasta sobre la distribución de sus viviendas (así, las cocinas, que en un principio estaban planteadas abiertas al salón, se dejaron cerradas porque así lo quiseron los futuros inquilinos, algo que por cierto horrorizaría a los gemelos de las reformas, siempre empeñados en cargarse toda pared que se les pone por delante). Acabamos este párrafo dedicado al urbanismo gozoso con Elizabeth Diller, la autora de la High Line y The Shed neoyorquinos. Su parque en Moscú, justo al lado del Kremlin (en la foto de arriba), ha levantado polémica entre determinados círculos que señalan, escandalizados, que la gente va allí a practicar sexo. Ella por el contrario opina que eso es buena señal.

¿Existirá algo parecido a Public Practice en España? Pues la verdad es que ni idea. En Estepona creo que no. Reiremos por no llorar. Hace unos días leía también una entrevista a la paisajista María Medina, en la que se llegaba a una conclusión similar a la que podemos extraer de los artículos que hoy te he traído y que nos viene que ni pintada para concluir la entrada: "El paisaje mejoraría sustancialmente si los políticos dejaran intervenir activamente a profesionales relacionados con la materia y sensibles al paisaje, como geógrafos, arquitectos paisajistas, arquitectos, urbanistas, ingenieros de montes, historiadores del arte y, por supuesto, vecinos. Personas que, por sus conocimientos, sepan unir la cultura, las ciencias naturales, la técnica y el diseño, lo que implica respetar y conocer las leyes de la naturaleza y la condición humana. Y, finalmente, les pediría que abandonaran la tendencia imperante, donde todo tiende a ser feo, caro y grande, con un diseño urbano antifuncional, antinatural y lleno de pretensiones". 

domingo, 26 de mayo de 2019

Ciudades maestras (3)



Porque vamos a ver ¿tú eres espacial o no? ¿Te has diluido ya en los mundos virtuales cual hikikomori insomne o te va todavía el rollo decimonónico del flâneur que deambula sin rumbo por la ciudad, curioso y alerta? ¿Estás con Gastón Bachelard, el autor de La poética del espacio (ese señor que decía que los ascensores destruían los "heroísmos de la escalera", quitando todo el mérito a vivir cerca del cielo) y con Michel Focault, que señalaba que a nuestra época le define su carácter espacial, o tú eres más de William J. Mitchell y su City of Bits, según el cual "vivimos ya en el antiespacio" relacionándonos solo mediante las redes sociales? ¿Te sientes las piernas? Paul Virilio en su Amanecer Crepuscular ya nos decía: "el polo principal para la arquitectura de la globalización es la compresión temporal. A diferencia de los años 50 y 60, cuando se hablaba esencialmente del espacio, ahora estamos obligados a hablar del tiempo. La compresión temporal es un término técnico que ilustra el hecho de que de ahora en adelante el tiempo real es un elemento determinante del poder". A esa compresión temporal también la llama presión dromosférica, que acongoja más. Y alerta ante la tremenda aceleración que vive la sociedad moderna (que se dirigiría a un "accidente total") defendiendo una ralentización en la que la ciudad tiene un papel clave: "Es seguro que uno de los desaceleradores es la morada, el inmueble. (...) No se puede negar que la ciudad desaceleró a los nómadas con el sedentarismo. (...) La velocidad agota al mundo". Santiago de Molina, en Hambre de arquitectura, apuntala la idea: "Hoy que parece que la virtualidad está cobrándose el mayor número de víctimas posibles en almas sin cuerpo, reclamamos la realidad con el ansia del que reclama una pausa en un descenso sin frenos. Si T.S. Eliot dijo en el siglo pasado que los seres humanos no pueden soportar demasiada realidad, le faltó vivir este tiempo. En el siglo XXI parece que la necesidad de recobrar ese contacto con la realidad-real es cada vez más acuciante. Hoy parece necesitarse una arquitectura capaz de aportar una dimensión sensible a la vida. Sin más". La ciudad desacelera y, como dijo mucho antes Ortega, civiliza. En la Rebelión de las masas dice: "La polis no es primordialmente un conjunto de casas habitables, sino un lugar de ayuntamiento civil, un espacio acotado para funciones públicas. La urbe no está hecha para cobijarse de la intemperie y engendrar, que son menesteres privados y particulares, sino para discutir de la cosa pública. Nótese que esto significa nada menos que la invención de una nueva clase de espacio, mucho más nueva que el espacio de Einstein" (tomo la cita del muy recomendable La arquitectura de la ciudad global de Eduardo Prieto). Volvamos al Ágora, que la desintermediación (fenómeno por el que desaparecen los intermediarios, algo cómodo cuando se trata de comprar algo por Amazon pero preocupante cuando alcanza otros ámbitos) produce monstruos. "En las redes manda el mensaje simple, unidireccional por cierto. La política compite ahí con el entretenimiento y se mimetiza con este. En una democracia desintermediada, en una sociedad hiperdigitalizada, en la política espectáculo ¿somos ciudadanos o audiencia? ¿Electores o followers? ¿Vale un voto lo que un "me gusta"? ¿Un meme lo que un programa político? Hay más voces, pero ¿hay más diálogo?", lo dice Ricardo de Querol en el Retina de ayer.

Te veo agobiado y exhausto tras tan denso párrafo. Trataré de desacelerarte con dos presentes que compensarán acaso tu esfuerzo lector. El primero es un relajante tema que abre el álbum The City de Vangelis, álbum compuesto por el músico griego en una sola noche insomne en un hotel de Roma y que como su nombre indica está dedicado a la ciudad, que por cierto hoy votamos (no olvides que también votamos por Europa, no te pierdas por cierto de nuevo este video de Koolhaas, europeísta militante).  El segundo regalo es una cita de Antonio Muñoz Molina, que compone un sentido homenaje a una ciudad: "Turín es una maqueta exacta de Turín. Turín es un modelo de ciudad que se parece a aquel mapa de Borges que era tan fiel en todos sus detalles que tenía el mismo tamaño del territorio que representaba. Turín es plana, cuadriculada, geométrica, como un tablero de ajedrez, una apoteosis del ángulo recto y de la perspectiva. Uno camina por una calle con soportales magníficos en dirección hacia una plaza que se distingue al fondo y el punto de fuga es una estatua ecuestre en el centro justo de la plaza, y los arcos de los soportales y las losas ajedrezadas del suelo van disminuyendo de tamaño según se alejan de la mirada, como en esos fondos de ciudades ideales en las pinturas del Quattrocento. En Turín el aficionado a la pintura y a las ciudades se acuerda unas veces de Piero della Francesca y otras de Giorgio de Chirico. De Piero es la claridad racional de lo visible en la plena luz limpia de una mañana. Según anochece y las plazas y las avenidas que desembocan en ellas van quedándose vacías, Turín tiene un aura de ciudad fantasma a la manera de De Chirico, que se acentuará sin duda en sus inviernos de capital ya muy al norte, y que quizá sería mucho más pronunciado en los tiempos en que Turín era abrumadoramente una ciudad industrial.
Primo Levi habla de la “geometría obsesiva” de Turín. La sorpresa de llegar es descubrir que no se trata de una geometría agobiante, y ni siquiera monótona. La calidad tan alta del planeamiento urbano, de los edificios, los parques, otorga una liviandad singular a lo que habría podido ser opresivo, a la manera de los grandes despliegues de magnificencia administrativa del antiguo mundo austrohúngaro. Hay escalas imponentes, pero también hay una especie de gracia, una amplitud que ensancha al mismo tiempo los pulmones del que camina y las perspectivas que contempla. Es, literalmente, una amplitud de miras: al final de muchas calles y de las avenidas mayores está unas veces la vista de las colinas verdes al otro lado del Po y otras el perdurable asombro de las laderas y las cimas de los Alpes coronadas de nieve, levantándose de pronto con vehemencia geológica en los límites de una llanura fértil. La seriedad maciza de las columnas de los soportales tiene su contrapunto en las filas de castaños y tilos de copas formidables en los bulevares y en los parques. Contra la piedra labrada de las fachadas, en la penumbra de las bóvedas, se empiezan a encender a la caída de la tarde los neones de colores suaves que anuncian cafés, restaurantes, bares, comercios. Aún no se ha hecho de noche y ya se despliegan como flotando en el aire las palabras iluminadas de un vocabulario de neón: Pizza, Caffè, Bar, Hotel....". Sigue leyéndolo aquí.  

domingo, 19 de mayo de 2019

Ciudades maestras (2)


Esta semana que un ciudadano Kane se haya gastado 91 millones de dólares en el famoso conejo de Koons nos ha dejado fuera de juego. Si lo unimos a la tremenda intrusión de una masa de aire africano, que ha dejado mi celebro más vaciado que España y casi tan desafinado como Madonna en Eurovisión, hoy no esperes gran cosa. Digamos que toca entrada pop. Tres cositas te traigo apenas enhebradas en torno a la ciudad tras lo cual por el foro haremos mutis.

La primera es un breve pero contundente video. Ricky Burdett hablaba en nuestra anterior entrada de la ciudad como maestra y casi como madre, aquí verás que puede ser también madrastra de la que es imperioso menester huir de vez en cuando si no queremos perecer en una asfixiante espiral de agobio autoinducido. No te digo más, aquí lo tienes.

La segunda es otro video que me llegó por whatsapp con ocasión de San Isidro, patrono de Madrid, mi ciudad. Igual ya lo conoces. Es algo más largo que el anterior, pero merece la pena. Es un video promocional de la capital en el que se da una refrescante vuelta de tuerca a lo cañí, que al cabo está ahí. Se intuyen los iconos arquitectónicos indiscutibles, pero se añaden otros más modernos. El más sorprendente, la biblioteca de Navarro Baldeweg en la Puerta de Toledo (en la foto), un edificio que aunque cilíndrico para mí que siempre quiso ser caja ortogonal, y que pasa completamente desapercibido para el común de los mortales, salvo para la avezada retina del director de este magnífico corto. Está bien que alguien se acuerde de esta baldía y desafortunada plaza, triste antítesis de la de la Independencia. Aquí tienes el enlace, disfrútalo.

Te he dejado para el final lo mejor. Don Luis Fernández-Galiano, experto también en ciudades (hace unas semanas daba un ciclo en la Juan March sobre cuatro urbes -Viena, París, Nueva York y Los Ángeles- que fueron capaces de aglutinar importantes movimientos culturales y artísticos en diferentes momentos del pasado siglo, ciclo del que trataremos de dar cuenta cuando encontremos un ratillo), escribió una glosa bellísima para El País de otra de mis ciudades-fetiche, Lisboa, cuando, allá por 1997, se estaba preparando la Expo 98. Recuperado el texto para Años alejandrinos, que leo por orden, como manda Moneo, y solo un artículo al día, que no quiero que se me acabe, justo antes de entregarme, exánime, a Morfeo (cuánta pedancia, por favor), te cito un par de exquisitos párrafos, toda una delicatessen de nuestro masterchef arquitectónico: "La ciudad blanca tiene muchos nombres. Este crisol de continentes finge su identidad en sus fragmentos, facetas fugaces de un caleidoscopio melancólico y pacífico. Lisboa se llama Alfama en su altura laberíntica y portuaria, y se llama Chiado en su costado mas romántico y abrupto; Lisboa es el Bairro Alto en su extensión próspera y barroca, y es también la Baixa iluminista y pombalina; (...). Fracturada en imágenes heteróclitas, esta Lisboa cosmopolita y callada vacila en el umbral del milenio entre la soledad y el ajetreo, navegante fatigada o animosa, quieta y resuelta al borde del océano. Ensimismada y ultramarina, Lisboa se contempla y mira en la distancia, abstraída en su belleza heroica y humilde, mestiza de europea y brasileña, de oriental y africana. Esta ciudad de claveles y colinas domina y se domina desde sus miradores, pero se aprecia más en las distancias cortas, que guían los pasos por las calzadas de granito y conducen las miradas hacia las fachadas de azulejo. Alicatada y empedrada, teatral y silenciosa, Lisboa se sabe emocionante y ajada, y desde esa convicción se remoza y se sueña...". 


domingo, 12 de mayo de 2019

Ciudades maestras




-¿Qué hacer para que Europa sea, de nuevo, un continente con futuro? 
-Dentro de 30 años tendremos otros problemas. Trump nos preocupa internacionalmente, pero tiene los días contados. Los problemas de las ciudades están por encima de las circunstancias temporales. En Europa estamos aprendiendo que no podemos vivir en ciudades cerradas. ¿Quién hará los trabajos? ¿De dónde llegará la renovación cultural? Con el Brexit, un bailarín necesitará visado para entrar, tendremos que esforzarnos para mantener vínculos con el resto del mundo.

-Si de lo que se trata es de tocar fondo para reaccionar, ¿estamos llegando?
-En los 30 años que llevo trabajando sobre ciudades he visto momentos de pánico, crisis y momentos de renacimiento. Para eso se necesitan líderes inspirados capaces de ir más allá de sí mismos. Doy clase a gente que va a cambiar el mundo. Lo sé en cuanto entran en el aula. Lo siento, pero soy muy optimista. Lo que está en la base del terrorismo es la incomprensión entre culturas diversas. Y no es nada nuevo del siglo XXI. Ha existido siempre. Lo que pienso, desde el punto de vista de la ciudad, es que un alcalde puede encender o apagar el interruptor para mejorar o empeorar la situación.

-¿Y cómo convivir? 
Ian Blair, un gran jefe de la policía londinense, dijo que todo dependía de que la policía pudiera ser aceptada y aceptable a todas las comunidades que comparten la ciudad. Me impresionó cuán espacial es esa idea. La confianza -o desconfianza- en las fuerzas de seguridad tiene que ver con la mezcla. La educación es familia, escuela y calle. Lo que sé es que si una parte de la ciudad está ocupada solo por un único grupo de gente, y da igual el grupo (...), esa segregación va a causar problemas. Es muy fácil imaginar al enemigo: siempre está en el otro lado de la calle. Si en las calles hay mezcla, el enemigo se cuestiona". (Ricky Burdett, entrevistado por Anatxu Zabalbeascoa en EPS de hoy).

domingo, 5 de mayo de 2019

Descentrados


Deseando ya quitarme esta fijación por la caja de una vez por todas me pasé el otro día por la exposición sobre Fernando Higueras del museo ICO. Todos sabemos que Higueras era un anti-miesiano militante. Del arquitecto madrileño ya hemos hablado aquí, pero te cuento cosas que he descubierto (tuve además la suerte de que se iniciaba una visita guiada cuando llegué).

Higueras se sentía un artista plenamente influido por la vanguardia de su tiempo. Como cuenta su pareja Lola Botia, su proyecto final de carrera (1959), una capilla funeraria donde revienta la caja en mil pedazos, fue casi más una obra pictórica que arquitectónica: Higueras roció de gasolina el encofrado y luego le prendió fuego para conseguir algo muy parecido al arte abstracto en pintura (el propio Higueras lo asemejaba a un cuadro de Manolo Millares).

La guía resaltó que el círculo es una constante en toda su obra, no solo en sus obras más conocidas (la mítica "Corona de Espinas" , el Centro de Restauraciones en la ciudad universitaria madrileña, o las diez residencias de artistas en El Pardo, si sigues el enlace le escucharás hablando del proyecto y de paso poniendo a caldo a Mies), sino también en diseños mucho más desconocidos como su refugio de montaña o un rascacielos horizontal en China junto al ingeniero Javier Manterola, un enorme dónut de 350 metros de diámetro sostenido por un pilar de 1000 metros de altura que alojaría una ciudad autosuficiente gracias a paneles solares y aerogeneradores en la que no sería necesario el automóvil y la seguridad estaría garantizada en virtud de su aérea condición. El proyecto estaba basado en una idea similar a escala más reducida que presentó para la expo de Zaragoza de 2008 en la que Higueras, que hizo la mili en la ciudad (durante dicho periodo comenzaría su fructífera colaboración profesional con Antonio Miró), propone una suerte de nuevo Pilar de Zaragoza rabiosamente high-tech.

Siempre me había llamado la atención que se eligiera a un arquitecto ácrata, iconoclasta y profundamente vanguardista para el proyecto de viviendas para militares de San Bernardo en Madrid (1972), que parecen recién puestas ahí por una nave extraterrestre. La guía nos cuenta que el general Medrano, a cargo del Patronato para casas militares, tenía un hijo estudiando arquitectura. Medrano quería algo diferente para San Bernardo y pidió a su hijo, fan de Higueras, opinión. Gracias a él (y a su visonario padre) tenemos este magnífico edificio en lo más granado de la capital. José María de Churtichaga se hace eco de esta inesperada asociación en un artículo de 2009 para la revista del COAM que tituló con inevitable oxímoron: Hedonismo castrense. Las viviendas, que muestran sin complejos su esqueleto de hormigón visto, hacen gala de unas magníficas terrazas de las que cuelgan, babilónicas, exuberantes plantas que dotan de cierta sensualidad a la potente estructura. El acceso al aparcamiento, de una belleza cruda y espectacular, invoca de nuevo al círculo. Un edificio que siempre será joven y nunca pasará desapercibido.

Pero quizá donde Higueras lleva al extremo su devoción por las formas circulares en permanente centrifugado, acaso como él mismo, es en su proyecto para el edificio multiusos en Montecarlo (1969). Lo conocía, pero la guía nos descubrió un dato verdaderamente curioso: nada menos que el comandante Cousteau formó parte del jurado. No ganó (Archigram se llevarían el gato al agua con una propuesta subterránea, una suerte de "paisaje equipado" como el Rascainfiernos del propio Higueras, que finalmente no se llevaría a cabo), pero el mediático oceanógrafo llamó en persona a nuestro arquitecto para explicarle por qué no había sido el elegido, al parecer se había excedido en las dimensiones de su edificio (lo tienes en la foto de arriba), que parecería la materialización del momento exacto en el que una pesada gota hace impacto sobre una superficie, estallando su centro y desparramándose hacia los extremos en aristas puntiagudas. Es en suma la Corona de Espinas llevada a sus últimas consecuencias. La guía nos preguntó a qué nos recordaba su forma. A punto estuve de soltar que al Halcón Milenario, pero me contuve: un señor ya tirando a vetusto diciendo semejantes chorradas, lo mismo hubiera llamado a Seguridad. Por cierto que Cousteau le dijo también que estaba pensando en diseñar una ciudad submarina y que le llamaría a él para proyectarla... Los 60 eran así.

Manuel Blanco, director de la ETSAM, dice de Higueras que es el "último arquitecto heroico". Su descentrado extremismo hizo avanzar la arquitectura, sin duda, pero al cabo ese afán de ruptura con todo condujo a un puñado de obras deslumbrantes, la mayoría imposibles de llevar a la práctica, y no sé si (quién soy yo para decir esto, por favor) mucho más. Eso quizá explique sus furibundas críticas hacia arquitectos menos heroicos pero con los pies en la tierra, responsables de proyectos más insulsos pero seguramente más útiles. Y ahora voy y me cito a mí mismo: "Enterrado en vida en su búnker blanco, no es difícil imaginarse al genio incomprendido y olvidado lamiéndose las heridas quizá envidioso de arquitectos que alcanzaron el éxito y reconocimiento que él nunca tuvo. Serían acaso menos brillantes que él, pero supieron ser más flexibles, más empáticos con su entorno, entendiendo la arquitectura como una disciplina al servicio de la ciudad y no a la inversa. Basta con ver su horrendo ayuntamiento de Ciudad Real, que no es otra cosa que el Centro de Restauraciones con sus mismas aristas punzantes (trasunto quizá del carácter de este arquitecto que no hacía prisioneros) pero embutido en el tejido urbano en lugar de estar situado en un espléndido aislamiento, para darse cuenta de las paradójicas limitaciones de Higueras como arquitecto".

domingo, 21 de abril de 2019

Varios



Desde la caja desnuda de Goya en Zaragoza hasta la remodelación de la monumental caja (de cerillas) a cargo de Lacaton y Vassal en Burdeos, donde por cierto moriría el pintor aragonés (intervención recién premiada en la última edición del premio Mies van der Rohe) han pasado 90 años. El espíritu de la modernidad sigue presente en los proyectos masivos de mejora de ajados inmuebles que han hecho famoso al estudio francés. En este último caso como decíamos 530 familias eran las beneficiadas de una reforma que ha traído más espacio, luz, aire y acaso felicidad a unas viviendas obsoletas, escuetas y exánimes. Frente al "horror en el Hudson" (en palabras de Wainwright) al que nos referíamos en la entrada anterior, los proyectos de Lacaton y Vassal y el reconocimiento europeo que han conseguido nos devuelven la esperanza: otra arquitectura es posible.


Me vas a perdonar que te siga dando la vara con la caja. Y es que acabamos de estrenar otra, más caja imposible, en Alemania, no de otra manera podía ser el edificio que aloja un museo a mayor gloria de la Bauhaus en Weimar, primer emplazamiento de la revolucionaria escuela de diseño que celebra este año su primer centenario. El gris paralelepípedo de la arquitecta Heike Hanada se eleva al lado del Gauforum, un complejo de edificios donde los nazis albergaron la sede administrativa del programa de trabajos forzados durante la guerra y que se encuentra, mira tú por dónde, en la Jorge-Semprún platz, dedicada a nuestro escritor y ministro de cultura, quien pasó dos años en el cercano campo de concentración de Buchenwald por su filiación comunista. La sobriedad moderna de Hanada contrasta vivamente con el fervor clasicista de los edificos nazis, no en vano la Bauhaus fue prohibida por el Tercer Reich en 1933. Es una caja que no encaja. Y a pesar de su aburrida sobriedad, trae una memoria alegre, de años de experimentación alocada y optimista, muy necesaria en una ciudad con tantas referencias a un pasado de horror. Desde una de las ventanas del contenedor anónimo, que por la noche se ilumina con 24 tiras de luces led incrustadas en la fachada, puede verse al parecer una torre en la distancia. Se trata del monumento que recuerda a Buchenwald, su puerta principal con el lema Jedem das Seine ("a cada uno lo suyo") diseñada por un antiguo alumno de la Bauhaus, preso en el campo de concentración. Volviendo a la caja, hay que decir que los germanos le tienen afición. En los primeros 90, con el despendole posmoderno aún en plena vigencia, los primeros en retornar a la sobriedad del ángulo recto fueron los suizos (en concreto Herzog y de Meuron, pero también Gigon y Guyer o Zumthor). "Atacan las cajas" decía don Luis Fernández-Galiano como frase inicial de un artículo publicado en El País en 1995 (y recogido en Años Alejandrinos), refiriéndose al fenómeno rectilíneo como una "floración geométrica" y una "resaca de sobriedad y abstracción", que resurge ante los excesos kitsch no solo del posmodernismo sino también del deconstructivismo de Gehry o Libeskind, que describe como "histérica neurosis tardopunk (...) más capaz de representar catástrofes que de cerrar heridas". Concluye don Luis el artículo con una de arena y otra de cal, cerrándolo con un guiño a Gertrude Stein: "Exasperados por la locuacidad incontinente de la última década, encontramos reposo en el mutismo o la salmodia. Pero cuando haya remitido su efecto sedante nos enfrentaremos de nuevo a la constatación narcótica y liviana de que una caja es una caja es una caja". Sea como fuere el poder balsámico de la caja sigue teniendo vigencia 24 años después en un mundo acelerado hasta el desquiciamiento por efecto de internet y las redes sociales, junto a una malsana necesidad acuciante, acaso sádica, de crear alarma-espectáculo (ver El Tiempo de La 1). Lo expresa mucho mejor la decana de la Yale School of Architecture, Deborah Berke, en un reciente AV dedicado a otro amante de la línea recta y la arquitectura sosegada, David Chipperfield: "En el mundo de hoy, donde las ansiedades se explotan con fines políticos y comerciales, de una manera quizá aún más intensa en las ciudades globalizadas, lo racional constituye una especie de bálsamo. En lo racional encontramos serenidad y, en la serenidad, una especie de libertad". La caja relaja. 


Desencajados nos hemos quedado ante la triste destrucción del tejado y la aguja de Notre Dame. Macron ha abierto la caja de Pandora arquitectónica al convocar un concurso de ideas para rehabilitar ambos. Fernández-Galiano en El Mundo desdramatizaba (no es la primera gran catedral pasto de las llamas ni será la última) y abogaba por una "reconstrucción mimética, casi filológica", aunque se realizara con materiales más modernos. A Foster, ayer en The Guardian, le salía su vena high-tech y pedía reemplazar los elementos destruidos utilizando la tecnología más puntera, sin "replicar" el original: "La catedral de Notre Dame es el monumento que refleja la tecnología más avanzada de su tiempo en términos de ingeniería gótica. Como tantas catedrales, su historia está asociada al cambio y la renovación. (...) El tejado que ha sido destruido tenía una estructura de madera, cada viga estaba hecha a partir de un solo roble hasta llegar a un total de 1.300, de ahí su apodo, "el Bosque". Apenas se visitaba por lo que nos encontramos ante una oportunidad de recrear una estructura de madera que se encontraba oculta y hoy ya no existe utilizando un tejado moderno, ignífugo y ligero. El resultado ideal sería una combinación respetuosa de lo antiguo con lo mejor de lo nuevo". En el mismo artículo Amanda Levete incide en la misma dirección: "La historia nunca permanece quieta. Llevó siglos construir Notre Dame (...). Con nuestra ampliación del Victoria and Albert Museum asumimos una propuesta radical. Teníamos la responsabilidad de proteger la herencia del edificio pero por otra parte insuflarle nueva vida y mantenerlo relevante. Ese poder de la diferencia no es una idea moderna. Necesitamos mostrar confianza en lo que somos y celebrar no solo el presente sino mirar hacia el futuro". Stephen Barrett, socio de Rogers (coautor del Pompidou parisino) va más allá: "Ver esas imágenes de la catedral sin tejado me recordaron a la catedral de Coventry [catedral cuya cubierta fue destruida en un bombardeo durante el Blitz y se mantuvo tal cual]: había algo extraordinario en el hecho de poder ver el cielo. Creo que hoy se podría hacer algo muy ligero y transparente con el tejado, que tendría su propio efecto (...), cualquier cosa que se construya debería tener una ligereza increíble, con una increíble economía de medios, hacer algo casi sin material, que es un reto propio de nuestro tiempo, incluso en un sentido más amplio de frugalidad y escasez de recursos, pero al mismo tiempo luminoso. Necesita ser una especie de faro". El debate está servido.

domingo, 7 de abril de 2019

Sucedió en Manhattan


Bueno pues vamos a dejarnos ya de tanta caja olvidada y rancia. Volvamos a la más rabiosa actualidad a ver qué se cuece. The Shed de Diller Scofidio+Renfro, recién estrenado, mismamente nos vale. El estudio responsable del High Line neoyorquino ha levantado, muy cerca de parque elevado que reutiliza las antiguas vías férreas, un enorme cobertizo de siete plantas que tiene la peculiaridad de que, gracias a unas descomunales ruedas como las que mueven las grúas pórtico para transportar contenedores, puede extender su cubierta de ETFE sobre el terreno anejo conformando una carpa sci-fi que amplía el volumen del edificio en casi 1.100 metros cuadrados (en total ofrece 18.500 m2). Una vez acabado el evento, la carpa retráctil vuelve a su sitio y si te he visto, no me acuerdo. Hasta en el Telediario ha sido noticia de portada. Oliver Wainwright, el maestro de las metáforas arquitectónicas, lo compara a un monumental bolso acolchado de Chanel. Sus defensores hablan de "una navaja suiza para la cultura" a un coste, todo sea dicho, de 500 millones de dólaresDiller quita hierro al asunto (difícil, la estructura emplea 4.000 toneladas de acero) diciendo que es una simple "pieza de infaestructura musculosa e industrial, carne y hueso". No te pierdas este video sobre su construcción y funcionamiento. La semana pasada hacía su debut otra no menos bizarra estructura justo al lado, The Vessel, de Thomas Heatherwick (200 millones), una suerte de enorme cesto vacío de 46 metros de altura entretejido por escaleras a ninguna parte que se entrecruzan en imposibles piruetas como inspiradas por Escher y cuya única función es la de ser mirador desde el que contemplar con mejor perspectiva la feria de vanidades aledaña. 

Y es que ambos monumentos instagrámicos se sitúan en un nuevo complejo de torres de nombre Hudson Yards en el West Side de Manhattan, zona tradicionalmente considerada la "entrada de servicio" de la isla. A horcajadas sobre una inmensa playa de vías se yerguen ya casi terminados varios rascacielos en apiñada gavilla. Los hay de KPF (3), los propios Diller Scofidio+Renfro, Foster y SOM en lo que se considera el proyecto urbanístico privado más importante en la historia de los Estados Unidos (ya está en capilla la segunda fase). Hay una plaza "pública" (sin bancos) a la que se accede a través de un exclusivo centro comercial, que, como señala Alan G Brake en Dezeen, hace de muro blando, casi invisible, de contención: sus fastuosas tiendas y restaurantes (uno de nuestro José Andrés) atraparán al visitante con su seductor embeleso (por no hablar de los seguratas), no vaya a ser que haya alguien que acabe penetrando en el sancta sanctorum del cluster neoliberal. Pero en el complejo no todo son oficinas y tiendas, hay también apartamentos desde 4,3 millones de dólares. Si lo tuyo son los penthouses los hay por 32. Si prefieres alquilar, por 9.000 dolares al mes tienes un apartamento de dos dormitorios. Por oferta no será. Hamilton Nolan, en The Guardian, lo llama "el equivalente ultracapitalista de la Ciudad Prohibida". Lo que sueltan estos periodistas para hacer un buen titular (también señala, con cruel sarcasmo, que uno de los rascacielos de KPF incorpora una espectacular cubierta de observación por si fuera necesario algún suicidio asociado a un bajón en el mercado inmobiliario). Justin Davidson concluye en la revista New York: "No puedo evitar sentirme como un alienígena aquí, (...) todo resulta demasiado limpio, demasiado plano, demasiado dirigido por el arte. Este para-Manhattan, elevado sobre una plataforma y atado al mundo real por una línea de metro, no tiene historia, ni viejos restaurantes de comida grasienta, ni bolsas de pobreza, ni residentes excéntricos: es un lugar sin memoria".

The Shed (¿en homenaje a Venturi?) y The Vessel son acaso las únicas obras verdaderamente públicas en la flamante ciudad prohibida y prohibitiva ideada en origen por Michael Bloomberg. Chuches arquitectónicas, sonajeros tecnológicos, mientras observamos cómo se desliza la primera por arte de magia, rememorando aquellas arquitecturas móviles de Archigram, o subimos alguno de los 154 tramos de escalera inútiles de la segunda nos olvidamos de que la arquitectura se ha vendido al mejor postor en Hudson Yards. Mira, casi que prefiero la caja.