miércoles, 21 de agosto de 2019

Conos



Mecanoo tienen su estudio primero en Delft. Aquí hace pocos años concluyeron la nueva estación de la localidad, un voluminoso edificio de tejados zigzagueantes que aloja también el ayuntamiento de la ciudad azul y naranja. Azul por la típica porcelana local que le otorga singularidad en el reñido márketing turístico y naranja por ser el lugar desde donde Guillermo de Orange dirigió los primeros embates de la lucha por la independencia de los Países Bajos, aquí además fue asesinado y está enterrado junto a otros miembros de la nueva dinastía. El techo de la estación, haciendo gala de su vocación de servicio al municipio, está surcado de listones que llevan serigrafiados el mapa de la ciudad. Ya que estamos, diremos también que en Delft nació y vivió toda su vida el pintor Johannes Vermeer, y también de aquí es Antonie van Leeuwenhoek, el padre de la microbiología, que descubrió utilizando unos sencillos microscopios que él mismo elaboraba.

En la muy bella ciudad el estudio, fundado por Francine M.J. Houben en 1984, construyó también la biblioteca de la universidad, la famosa TU Delft, dedicada al estudio de diferentes disciplinas tecnológicas. Su forma es verdaderamente original. Un inusitado cono ciego, donde se instalan varias zonas de estudio bajo un imponente lucernario, atraviesa una extensa cubierta en forma de ladera accesible bajo la cual se instalan la biblioteca, despachos y demás dependencias (video aquí). Desconocemos la razón por la que Mecanoo eligieron esta curiosa forma para la biblioteca. Urge idear un relato para este cono inconexo. Y aquí estamos nosotros para ello, descuida. Primero pensamos si el icono cónico podría ser un símbolo tecnológico, una suerte de flecha o cohete que apuntara al infinito y más allá. Luego si podría tratarse de una suerte de nostalgia por la montaña en un país de horizontalidad tan recalcitrante. Ninguna de estas paridas nos convencía realmente, por lo que, forzando un poco la máquina narrativa, hemos elaborado otra propuesta, acaso tan parida como las previas (atentos, queridos niños, porque de esta guisa se conducen muchos en nuestra sociedad postodo: hacen lo que les sale, que ya se creará el relato pertinente para justificarlo). La articulo en párrafo aparte y todo. 

Aquí está el estudio de Mecanoo
Muy cerca del estudio de Mecanoo, en la calle Oude Delft, a la que da nombre el canal más antiguo de la ciudad, se encuentra la Oude Kerk, la vieja iglesia cuya azarosa construcción soportó incontables retrasos y cuando fue finalmente concluida, en torno a 1350, resulta que, para escarnio de sus arquitectos, su impresionante torre de 75 metros quedó visiblemente torcida. Dicha torre está coronada por un potente cono que a su vez está rodeado por otros cuatro algo más pequeños (en puridad deberíamos decir que si nos fijamos bien no son conos sino pirámides hexagonales, pero un detalle nimio como este no debería estropearnos el relato, así que lo ignoraremos: otra impagable lección de cómo desempeñarse en nuestra realidad polimorfa, mis queridos), por cierto -esto va como subplot verídico- que los dos conos que miran al oeste son más pequeños y están inclinados en dirección contraria adonde se ladea la torre para contrarrestar mediante un juego óptico la desviación (el reloj, del siglo XVI y 9 toneladas de peso, el más grande de Holanda, también está colocado de manera asimétrica para ayudar a esa percepción), aunque la verdad sea dicha, ambas estratagemas sirven más bien de poco. Pero volvamos si no te importa al cono. Teniendo en cuenta que todos los días Francine y su equipo verían los cinco conos-pirámide cerniéndose ominosos sobre sus cabezas, cabe la posibilidad de que consciente o incluso inconscientemente el cono acabara siendo elegido como icono de la biblioteca. Descabellado, sí, pero como relato lo peta. En este breve video del estudio puede verse la oficina de Delft en un día de trabajo. La torre inclinada hace fugaz aparición. 


Mecanoo tienen en España el palacio de justicia de Córdoba y la Llotja de Lérida. Fijémonos brevemente en la segunda, un macizo auditorio con generosos voladizos y formas alienígenas. Una vez más desconocemos las razones para formas tan sorprendentes, pero también tenemos aquí una teoría (tengo el día fantástico), y es que nos recuerda al edificio Aula de la universidad de Delft que se sitúa justo al lado del cono, concluido por Van der Broek y Bakema en 1966. Gracias a su brutalismo exacerbado y sus contundentes voladizos, el también auditorio es conocido como “el OVNI” en la universidad. La Llotja podría ser un homenaje de Mecanoo a los veteranos arquitectos que también fueron por cierto profesores de la TU.

Concluimos ya con un par de meditaciones, permíteme que insista, sobre el cono. La verdad es que se trata de una figura geométrica interesante, piénsalo por un momento. Un vértice central (en la biblioteca de Mecanoo al aire, para que se vea bien) que es capaz de aglutinar la convergencia de un innumerable número de puntos distintos arracimados en torno a una circunferencia. Pero por favor, el cono, en medio de nuestra complejidad posmoderna, es el invento del siglo. Claro que viendo la enconada situación política de los países mediterráneos, me da que el cono debe ser un invento nórdico. Acabo ahora sí con una cita de José María Lassalle que, en un artículo para El País de nombre Nueva centralidad, decía ayer mismo: "Una nueva centralidad se dibuja en Europa y quizá, también en España. Un centro que ya no es una simple equidistancia entre polos, sino el resultado de un equilibrio dentro de un sistema de ecuaciones lineales que contienen diversas incógnitas y planos que interseccionan líneas contradictorias dentro de una matriz con un único punto en común (...). Para verlo hace falta cambiar el chip visual. Proyectar una mirada que agregue perspectivas que permitan dibujar un mapa amórfico en donde surjan las intensidades que definen, también, la nueva política. Esto exige cohonestar en tiempo real una pluralidad de conjuntos de proximidad que interseccionan un centro donde se negocian intereses aparentemente irreconciliables. Un centro que está sujeto a la interacción hostil que plantean sobre él los vectores de radicalidad que tienen la vocación de anularlo para asfixiarlo y hacerlo colapsar políticamente (....). [Es necesaria] una coalición del siglo XXI  que tiene la responsabilidad de definir el centro que gane definitivamente la batalla frente a la radicalidad de los extremos que la hostigan. De su éxito depende el futuro de Europa y de la democracia”.


lunes, 12 de agosto de 2019

Estos días azules


Ha sido ver este óculo y acordarme del proyecto del Bellas Artes de Bilbao a cargo de Foster que comentábamos en anteriores entradas. Ya puestos ¿me adivinas dónde ando? Pista: el fin de semana me sentó fatal.


domingo, 4 de agosto de 2019

Nubes y lágrimas (2)


Vamos hoy a dar una vuelta a los distintos proyectos que han competido para el museo de Bellas Artes de Bilbao junto al ganador de Foster. Una vez más, pero acaso esta con especial insistencia, te recuerdo mi condición de no-arquitecto. Avisado quedas, querido lecteur. Libre eres, faltaría más, pero si tras leer la presente entrada te sientes estafado por la pérdida de tu precioso tiempo, por un intrusismo que consideras nefario o en general por la absurdidad (e incluso absurdez) de que un aprendiz pardillo afronte tamaña tarea, la culpa será solo tuya.


La tarea de abordar la cuarta ampliación de un museo como el de Bellas Artes, con dos edificios contrapuestos, uno de 1945 en estilo neoclásico y otro de 1970 de estilo miesiano que solo se parecen en sus plantas en L (sin olvidar una tímida rehabilitación en 2001 que trata en vano de acercar posturas) resulta heroica. Las eles ni siquiera se cierran en cuadrado: la L miesiana (diseñada por Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa) da la espalda a su veterana compañera (de, como decíamos, Urrutia y Cárdenas) en gráfica confrontación ¿Es pura coincidencia o hay una voluntad de rechazar lo que por aquel entonces se consideraba quizá un edificio de factura rancia y franquista? A saber, pero con estos mimbres mal vamos. Veamos cómo lo han encarado estos estudios punteros.

Tetris
Nieto y Sobejano empiezan su explicación del proyecto aduciendo el carácter heteróclito y acaso irreconciliable del museo, en realidad dos bajo el mismo nombre, no por nada Bikoitz (doble en euskera) es el lema de su proyecto. Ante semejante sindiós se lavan las manos y encajan sin miramientos un cubo gris oscuro casi negro (para más inri) en la plaza de Arriaga cual ménage à trois forzado e inconexo. Melpómene se va a tomar viento, ni siquiera sugieren qué hacer con ella, hay que ver, mandarla a la plaza Euskadi para que llore aún con más ganas hubiera sido una opción. El cubo se alza tres plantas, lo que no ayuda a la circulación y a la continuidad de las exposiciones. Soberbia la entrada: como el resto de equipos menos Moneo recuperan la primera entrada del museo (la reforma del 70 reubicó la entrada justo en la otra punta: ¿otro desprecio al edificio de 1945?) pero se abre un nuevo y elegante acceso subterráneo al que se llega por una ceremoniosa rampa (plaza descendente en palabras de los arquitectos). La cubierta del edificio antiguo se habilita como terraza para que podamos disfrutar con mejor perspectiva de la plaza Euskadi. En el interior, blanco nuclear y juegos panópticos. Más información e imágenes aquí.

Marrón glacé
Snøhetta, el estudio que saltó a la fama con la Biblioteca Alejandrina y la Ópera de Oslo, debe su nombre a una montaña en Noruega. Todos los años los componentes de la firma, desperdigados por cinco oficinas en tres continentes, la escalan en un sano ejercicio de team-building. Quizá por ello han sido especialmente sensibles al entorno de Bilbao, situado en el fondo de un valle, y han coronado su caja, que al igual que la de Nieto-Sobejano se alza en la plaza Arriaga, con una terminación a doble vertiente simulando la cima de un monte y su contrario, imitando a un valle. En la parte de la cubierta en forma de V sitúan un pequeño graderío visitable para eventos, que conecta a su vez con la característica pulsión cívica tan propia del espíritu nórdico. La entrada se realiza por el edificio antiguo, y exactamente como propone Foster, elevan la escalera original para crear un pasaje por el que acceder al edificio principal. Al igual que en otros proyectos anteriores los interiores se forran profusamente de madera, volviendo a conectar su intervención con la naturaleza en otro rasgo característico del estudio. El artesonado del sobrio vestíbulo principal del nuevo edificio, justo donde se encontraba la plaza Arriaga, replica las formas de la cubierta (la montaña puntiaguda y el valle) en rítmico y repetitivo patrón que acaso acabaría agobiando. Melpómene, como en el caso de Nieto y Sobejano, sale desplazada de su ubicación actual, pero al contrario del proyecto de los madrileños, se le da protagonismo colocándola justo delante de la puerta principal, donde luce espléndida y en perfecta consonancia con la fachada neoclásica. La memoria de Arriaga (al que en los paneles explicativos califican de poeta, confiemos sea una metáfora) queda así resguardada. En fin, un proyecto interesante que no apasiona. Aquí tienes más información e imágenes.

Pocoyó
SANAA, como Snøhetta, nos traen también una porción de su país con el proyecto más peculiar, una sutil japonesada dicho sea sin la más mínima voluntad de ofender, tantas son las lecciones que nos puede dar el país del sol naciente. No sabemos si su pertinaz infantilismo es una de ellas. Aquí lo vemos en forma de una nube alucinógena que cierra la plaza de Arriaga y que parecería sacada de un episodio de Pocoyó. Melpómene es respetada en su presente ubicación. Mucho más nos gusta el cierre de la plaza de Chillida (la que conforma la L invertida de la ampliación del 70), de formas fluidas y amables y completamente acristalado en el típico estilo del estudio. Sería una tercera L, esta redondeada y hospitalaria que, ahora sí, se encuentra con la gélida L de la segunda ampliación creando en su unión un pequeño patio. La cafetería se ubicaría en la planta baja, un espacio con gran encanto entre el mencionado patio y el parque de doña Casilda mientras que una gran sala de exposiciones se alojaría en la planta superior. No contentos con ampliar el museo, SANAA pretende también sanar el contexto urbano en su propuesta sugiriendo un estanque en la actual plaza de Euskadi que sea extensión del parque de doña Casilda y “genere un nuevo evento” que sirva de “efecto llamada” a los visitantes del Guggenheim, que atraídos por el acogedor recorrido acaben descubriendo el museo de Bellas Artes como quien no quiere la cosa. En la lagunilla, ya puestos, digo yo que en esa voluntad de generar eventos fenomenológicos se podrían poner pequeñas barcas que, cual Carontes modernos, permitieran a sus usuarios navegar hacia el singular hades arquitectónico de la plaza Euskadi. Más aquí.

Arriba y abajo
Cuando el danés Bjarke Ingels era pequeño, solía subirse al tejado de una casa que sus padres tenían cerca de un lago, hasta que sus progenitores, alarmados, le echaban la bronca para que bajara. Como señala en el documental Big Time, dicho acicate por asaltar la verticalidad inspiró su arquitectura. Eso y Barcelona, adonde acudió para recibir clases de Miralles durante un Erasmus en 1996 y donde, como no deja de repetir en toda entrevista que le hacen, descubrió su verdadera vocación por la arquitectura. Su relación con España continúa: su pareja es gallega y su hijo (de nombre Darwin, toda una declaración de intenciones) acaba de nacer en Barcelona, donde también recientemente ha abierto un estudio. Su ampliación del Bellas Artes plantea más que ninguna otra suturar la tremenda herida que en realidad es este museo uniendo los dos edificios antagónicos mediante una intervención topográfica, un “nuevo paisaje” en el que, como es típico en el danés, horizontalidad y verticalidad se funden en intenso abrazo y en el que el edificio acoge usos ambivalentes. El autor de la central de tratamiento de residuos de Copenhague, una montaña artificial cuya cubierta puede utilizarse como pista de esquí, aquí sorprende creando en la plaza Arriaga otra montaña que, en sinuosa curva, sirve de ágora urbano. La curva continúa por delante del museo antiguo, donde dos lucernarios, a cada lado del asombrado edificio, aportan luz a una soberbia sala de exposiciones subterránea y a su vez sirven de recorrido elevado que haría las delicias de skaters y traceurs. Como ves aquí tenemos un desbordante mix de la “función oblicua” de Virilio, el “alpinismo doméstico” del futurista Vincenzo Fani, la apuesta incondicional por el riesgo de Miralles y los indómitos pliegues de Koolhaas, para quien Bjarke trabajó. Pegas: en las rampas elevadas con apenas ligeras barandillas algún aitona fijo se nos descalabra, las tremendas aristas que generan los lucernarios (que recuerdan a su pabellón Serpentine) se llevan mal con la sobria construcción de 1945 y el vestíbulo del “edificio” sobre la plaza Arriaga, obligado por el graderío exterior que sostiene, tiene unas formas extrañas, casi claustrofóbicas, con una pared-techo que parece venírsete encima. Melpómene está aquí, su cabeza casi dando de bruces con esa brutal ola de cemento. Con todo es un proyecto verdaderamente deslumbrante en su planteamiento. Más información aquí.

Ni contigo ni sin ti
El gran morbazo que generaba este concurso era sin duda la confrontación entre Moneo y Foster. Un duelo en la cumbre, una épica batalla entre los dos gigantes de la arquitectura que ampliaron respectivamente el Prado y el British Museum, lance simpar que finalmente se ha saldado con la victoria del inglés. Nosotros nos declaramos fans de Moneo como otros lo son del Betis, manque pierda, así que la objetividad va a ser difícil. A ello. Todos esperábamos una caja del arquitecto navarro, pero jobar, es que ha hecho un pedazo cajón que literalmente se come el ala más nueva. Más que integrar, Moneo desintegra el actual museo, dejando el edificio antiguo de milagro, por aquello de que está protegido, y aquí paz y después gloria (el arquitecto dice que se debe entender su actuación como un “eco de lo existente”). Quiebra el disloque de las dos eles dándose la espalda creando su propia L (el doble de grande) que, al contrario que la disposición actual, se cierra en cuadrado con el ala antigua. Es el único que no plantea la entrada principal por el museo antiguo (la abre sólo para VIPs), lo que le permite crear un nuevo y potente acceso por el parque. Moneo tiene bellas palabras para el veterano edificio,  “escudo iconográfico” de su propuesta, pero sitúa una enorme fachada justo donde empieza su intervención en forma de pantalla sobre la que se proyectaría información acerca de la exposición temporal en curso, lo que dejaría en segundo plano la fachada neoclásica. Una gran ventaja de liarse de tal guisa la manta a la cabeza es que puede ofrecer el mejor vestíbulo con diferencia de todos los proyectos con un juego de vacíos espectacular en un blanco resplandeciente (con algún toque de rojo pompeyano en alusión a su ampliación del Prado) y una escalera helicoidal realmente bella. La plaza Chillida desaparece, pero como compensación se deja un generoso espacio lindante con el parque como apetecible cafetería y se crea una fantástica terraza mientras que Lugar de encuentros IV, la escultura de Chillida que se instaló en su plaza en 1982 tras una tardía exposición antológica de su obra, sería recolocada en el lobby de entrada. La plaza Arriaga queda reducida a un pequeño “claustro/patio” que alojaría un jardín de esculturas. Melpómene, vaya, tendrá que compartir protagonismo. En suma, en este contigo pero sin ti, en esta ampliación a la portuguesa, Moneo prácticamente hace un museo nuevo. Es seguramente el mejor de todas las propuestas, pero a lo mejor no es eso lo que se buscaba. Fotos y más información aquí.


Agravitas, la propuesta vencedora
¿Es la de Foster la mejor propuesta? El mayor valor quizá del proyecto del mancuniano es que respeta lo existente, incluso en su total contradicción, arriesgándose con ello a que su proyecto pierda espectacularidad o funcionalidad. Lo vemos especialmente en la entrada principal: mantiene la del edificio de 1945, tan solo modificando la escalera original para que gane en altura y debajo se pueda crear un acceso al atrio (ofrece una alternativa: eliminar totalmente la escalera, dejando así en evidencia la debilidad de dicha decisión), sea como fuere palidece si lo comparamos con el lobby de Moneo. Además el paso de un modesto vestíbulo de estilo neoclásico diseñado para un museo más bien pequeño al nuevo y futurista atrio que ya describíamos en la anterior entrada puede resultar en un shock arquitectónico de digestión complicada. Ya en el atrio, el óculo, justo sobre Melpómene, eje central en su propuesta, nos parece un detalle magistral. La nube elevada sobre el conjunto, bastante más acertada que la de SANAA, ofrece como decíamos una enorme sala de 2.000 metros cuadrados sin obstáculos que da mucho juego y además permite sin aparentemente pretenderlo lo que otras propuestas se esfuerzan en conseguir sin demasiado éxito: crear una nueva estructura que nos haga olvidar la tremenda llaga de un museo escindido en dos, ofreciendo una audaz visión del futuro sin estridencias innecesarias y generando un icono amable y optimista.


jueves, 25 de julio de 2019

Nubes y lágrimas


Hoy toca hablar de Foster, que al fin recibe una buena noticia. Tras quedar tumbado su proyecto en  Londres (el Tulip), por no hablar del culebrón mexicano, acaba de ganar el concurso para la ampliación del Museo de Bellas Artes en Bilbao al que concurrían dos potentes pesos pesados, Pritzkers como él (Moneo y SANAA), dos jóvenes y rutilantes estrellas nórdicas (BIG y Snøhetta) y Nieto y Sobejano, el estudio madrileño curtido en ampliaciones. Sorprende semejante concurrencia (en total hubo 57 propuestas) para un proyecto modesto presupuestado en poco más de 18 millones de euros (7 veces más ha costado la galería James Simon de Chipperfield en Berlín de la que hablábamos hace poco), y es que Bilbao, será por lo del efecto, es mucho Bilbao. Todos los contrincantes menos SANAA y BIG ya trabajan o habían trabajado en suelo vasco y algunos incluso en la ciudad (así Foster, que diseñó su metro o Moneo, autor de la biblioteca de la universidad de Deusto). Moneo es el más reincidente en el País Vasco, ya que en Donostia tiene su premiado Kursaal, la iglesia de Iesu y uno de sus primeros edificios de calado, el Urumea, un imponente bloque de viviendas levantado en los 70 a la vera del homónimo río y que aún hoy sorprende por su apabullante modernidad. A su vez Snøhetta trabajan ya en el polémico metro donostiarra y también en la capital guipuzcoana tienen Nieto y Sobejano su brillante ampliación del Museo San Telmo. Decir por último que tanto Foster como Moneo son viejos conocidos del museo que hoy nos ocupa, ya que en 1996 fueron jurados de otra ampliación que finalmente acometería el equipo de Luis Uriarte, arquitecto con el que Foster se ha unido para el diseño de la presente remodelación. Más coincidencias: el presente director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, Miguel Zugaza, lo fue previamente del Prado, donde pilotó también sendas ampliaciones del museo madrileño: la de Moneo y la aún pendiente de acometer, el Salón de Reinos, a cargo precisamente de Foster. Antes de dirigir el Prado durante 15 años, Zugaza ya había sido director del de Bellas Artes de Bilbao, donde lideró la mencionada ampliación del 96. 

Foster, como el resto de contendientes, tenía que arreglárselas para ampliar al triple nada menos la superficie del museo bilbaíno, que dormitaba hasta la fecha un plácido sueño a la sombra asombrada del Guggenheim. Para ello, el de Manchester se ha inventado una nube alienígena que, flotando sobre el edificio original apenas se sujeta al suelo con esbeltas columnas formando triángulos, santo y seña del estudio (no por nada el proyecto lleva el lema de Agravitas), ala aleve que incorporará en su interior un impresionante espacio diáfano de 2.000 metros cuidados y alojará también, en una mezzanine, cafetería, oficinas, espacios de usos múltiples y, a los lados, sendas terrazas sobre el parque de doña Casilda de Iturrizar, donde por ahora se esconde el tímido museo. Otra significativa aportación del arquitecto que cerró el atrio del British Museum ha sido, precisamente, cubrir la pequeña plaza del museo donde se encuentra el monumento a Arriaga (el "Mozart vasco" muerto a los 19 años de edad), concluido en 1933 veintisiete años después de que fuera diseñado por Francisco Durrio, escultor que fuera amigo de Picasso y Gauguin. Merece la pena que nos detengamos mínimamente en este bello conjunto escultórico protagonizado por Melpómene, musa de la tragedia, que porta una lira y mira en forzada pose al cielo, acaso culpándole de la muerte prematura del compositor mientras se alza sobre un soberbio pedestal que recoge su chorro de lágrimas. A las habituales polémicas sobre diseño, emplazamiento y demás, hubo que sumar, cuando se inauguró, otra sobre la desnudez de la escultura. Xabier Sáenz de Gorbea, en un interesante artículo en Arte y Parte (nº 105), cita a un tal Juan de Eresalde, que la defendía con este florido verbo que no puedo sino incluir aquí:"Ningún rigorista podrá alarmarse ante el desnudo que corona el monumento. No es un desnudo sensual en el sentido estricto que se da a entender con el vocablo, el desnudo de la Musa del Arte; ni provoca en lo más mínimo los instintos carnales, pues es un desnudo de traza egipcia, un efebo, un desnudo ideal, casto, castísimo, ante el cual el temperamento hedonista no conseguirá estimular sus soterraños lascivos. El dorado del desnudo aleja aún más tales temores". Y, sin embargo, Franco ordenará retirar la escultura en 1948 y sustituirla por otra Melpómene, esta recatada y vestida, por supuesto. Por favor te lo digo. Solo en 1975, casi treinta años después, se repondrá la obra original. Fotos aquí.

Volvamos a Foster. Estábamos con el atrio, que quedará cubierto por la nube por arriba y de frente por el vidrio enmarcado por las doradas columnas, dorado que quizá remita al color de la escultura de Durrio. Melpómene seguirá llorando, mas ya nunca serán lágrimas en la lluvia. Pero justo encima de la cabeza de la musa, alzada al cielo con ira contenida, un oportuno óculo perfora la nube para que nuestra desconsolada musa pueda seguir mirando al infinito. Desde el óculo los visitantes que se encuentren tanto en la gran sala exposiciones como en la entreplanta podrán también mirar hacia el nuevo atrio, que Foster considera el corazón del edificio. Por último, pero no menos importante, la tercera intervención del arquitecto será modificar la entrada, ahora como escondida, que se hallará en la deslabazada plaza Euskadi, de la que ya hablamos en alguna ocasión aquí glosando la mezcla imposible entre la desproporcionada torre del recién fallecido Pelli, un bloque neomodernista al que hay que echar de comer aparte, otros de factura ultramoderna y varios bloques rimbombantes probablemente de los años 50; todo un zoo arquitectónico de difícil digestión. El nuevo museo añadirá aún más ruido, pero teniendo en cuenta que la plaza ya era infumable igual la acaba arreglando de rebote.

Foster lo ha vuelto a hacer: tras, como señalábamos, su victoriosa propuesta de ampliación y reforma del Salón de Reinos del museo del Prado con un diseño similar en concepto al que vemos aquí, en Bilbao el británico arriesga a fondo con un proyecto que responde a su exigente programa sin esconderse, poniendo en el mapa al eterno y retraído segundón con un lenguaje rabiosamente moderno representado por esa nube despeinada (quién sabe si guiño a los vascos Vaumm y su Basque Culinary Center, aunque Foster dice haberse inspirado en las estrías de las columnas clásicas, que así potenciaban su esbeltez), al mismo tiempo que respeta el museo existente, inaugurado en 1945 con diseño de Fernando Urrutia y Gonzalo Cárdenas. Compárese con el horror perpetrado por Steven Holl en la reciente propuesta de ampliación de otro museo en la República Checa, tan feroz es el ayuntamiento de lo nuevo y lo viejo que parecen enzarzados en descarnada lucha a dentellada limpia, te enlazo a imágenes, pero aviso de que pueden herir gravemente tu sensibilidad. Foster juega fuerte, sí, pero sabe que el cielo solo se puede asaltar nube a nube. A falta de ver el resto de las propuestas para el museo bilbaíno, nos parece -habló el experto- un fallo acertado.

domingo, 21 de julio de 2019

domingo, 14 de julio de 2019

Tecnócratas (ciudades y museos)


Ayer se inauguraba la galería James Simon de David Chipperfield, un nuevo edificio de 135 millones de euros sito en la isla de los museos berlinesa que servirá como acceso principal al complejo museístico de la capital alemana, una "acrópolis cultural" en palabras del visionario rey que la ideó, Guillermo IV de Prusia. Ha sido complejo para Chipperfield trabajar en contexto tan delicado, donde cinco imponentes museos de estilo neoclásico aguardaban, hoscos, a la nueva galería. De hecho el primer boceto del inglés fue duramente criticado por la prensa alemana, y hubo quien lo tildó de "aseos públicos glorificados". Chipperfield, acostumbrado a trabajar en la exigente Alemania (ya había diseñado el masterplan de la isla allá por 1999, y ahora mismo está rehabilitando la Neue Nationalgalerie, la última obra de Mies, por no hablar del Neues Museum), lejos de arredrarse volvió a sentarse al tablero para diseñar lo que hoy podemos ver: un apocado edificio, especialmente si lo comparamos con el mastodóntico Pergamon que se eleva justo al lado y donde se aloja, de ahí su nombre, el grandioso altar de Pérgamo (Chipperfield dice del museo vecino que es el "bully" -matón- de la Museuminseln, así que, con evidente mala baba, ha diseñado la puerta que comunica con él particularmente angosta, casi ridícula de tamaño -"es justo lo que se merece", apostilla, travieso, el británico al que tanto gusta Galicia). Algo parecido podría decirse de las columnas que incorpora el nuevo edificio, inevitables en semejante contexto neoclásico, y que tan malos recuerdos traen a los alemanes (Speer, el arquitecto de Hitler, las usó con paroxística profusión, así en el Campo Zeppelin, que no es sino un remake XXL del altar de Pérgamo). Chipperfield echa mano de ellas, pero las dota de una esbeltez anoréxica que de nuevo las hace casi risibles (tienen 9 metros de altura pero solo 30 centímetros de grosor, y hay 70), Wainwright, en reciente artículo para The Guardian las tacha de "surreales cerillas de cemento". Tomando referentes de aquí y allá (la rotunda angulosidad, aunque es santo y seña del inglés, puede también hacer referencia al que será último añadido del Pergamon, el cubo que cerrará su fachada hacia el canal Kupfergraben allá por 2023, diseño póstumo de O.M. Ungers, un arquitecto tan amante del ángulo recto como el autor del Veles e Vents valenciano), Chipperfield compone un edificio clásico y moderno a la vez, sobrio pero lujoso, tímido a la par que prominente.

Por si el exterior no fuera reto suficiente, en el interior de la James-Simon-Galerie Chipperfield tenía que cumplir con un exigente programa. Aparte de dar acceso al recinto con la inevitable grandeur, algo que se cumple con el exquisito uso de opulentos materiales, tenía que tener una sala de exposiciones, un auditorio, un guardarropa, una cafetería y la inevitable tienda, a lo que el inglés que remodeló el centro de Teruel añade una terraza "purposely purposeless" -algo así como a propósito sin propósito, inútil aposta, vaya- y unas escaleras que bajan, románticas (nadie más romántico que los alemanes), al pie del agua, aunque no se permite navegación alguna por el canal -"it´s an affectation", dice, díscolo de nuevo, el arquitecto. El edificio anfitrión también da acceso al Archäeologische Promenade, ambicioso túnel subterráneo que en un futuro conducirá a todos los museos de la isla menos a la Alte Nationalgalerie. ¿Y, por cierto, quién es el tal James Simon que da nombre a la galería? Pues fue uno de los mecenas que financiaron las expediciones arqueológicas cuyo fruto se exhibe hoy pujante en esta soberbia gavilla de museos. En concreto es gracias a Simon (judío, por cierto, pertenecía al influyente grupo peyorativamente conocido como Kaiserjuden que se reunía con Guillermo II a debatir temas de estado) que Alemania puede hoy exhibir el famoso busto de Nefertiti pues financió los trabajos de excavación de Ludwig Borchardt en la ciudad de Akenatón, donde fue hallada la bella escultura en 1911.

Envidiamos esa actitud humilde y distendida (al menos en apariencia) con la que Chipperfield ha encarado un proyecto tan difícil. Rebajándose a un mero arquitecto tecnócrata (como lo fue el propio Ungers, que echaba pestes de la arquitectura espectáculo que le tocó presenciar o como lo es nuestro Moneo), lejos del divismo de prima donna que tanto daño ha hecho a la arquitectura (y en tantos otros ámbitos sigue haciendo), ignoró crueles chanzas y se puso manos a la obra. Sin traicionar su estilo, con los espinosos mimbres de un cargado entorno que desdramatiza con sutil ironía, ha sido capaz de levantar un edificio que no pasa desapercibido por mucho que (supuestamente) lo intente.

domingo, 7 de julio de 2019

Ciudades rotas (y brutales)







"Rotterdam fue una ciudad rota. De alguna forma lo sigue siendo. Su arquitectura última, ultramoderna e impactante oculta histéricamente su penoso pasado reciente: fue arrasada en la Segunda Guerra Mundial cuando, el 14 de mayo de 1940, 90 bombarderos alemanes arrojaron sobre ella 97 toneladas de bombas. Frente a la típica arquitectura holandesa de pequeñas casas como de juguete, estrechas y de formas amables en ciudades con calles igualmente mínimas, Rotterdam exhibe unas calles exageradamente amplias, una arquitectura cuajada de hirientes aristas y unos rascacielos no menos desaforados y desafortunados. Rotterdam es la menos holandesa de las ciudades del país, y te deja un poso amargo. Da la sensación de que sus raíces han sido brutalmente extirpadas y sobre el doloroso vacío se ha querido construir una arquitectura alienígena que conduzca a una catarsis colectiva de olvido y redención. Me da que no se ha conseguido.

Paseando por la enorme avenida Westzeedijk en busca del Kunsthal de Koolhaas (qué decepción, encima era lunes y estaba cerrado, si hubiera podido entrar seguro que me habría gustado más) la sensación es de estar en una ciudad alienada y alienante, percepción que aún se acentuó más al acercarme al Het Nieuwe Instituut de Jo Coenen, otra decepción, qué edificio más inhóspito y cortante. La ciudad de las cicatrices invisibles, el tercer puerto más grande del mundo, siempre depara sorpresas arquitectónicas, aunque haya que tener estómago para asimilarlas. Su tendencia a las tallas XXL viene de lejos, ya en 1898 la Witte Huis, muy cerca de las Casas Cubo (otra famosa follie de la ciudad) fue el edificio de oficinas más alto de Europa (con 43 metros...), y uno de los pocos en sobrevivir a los bombardeos nazis. La última adquisición de la ciudad en este terreno es el De Rotterdam, de Rem Koolhaas, arquitecto que nació aquí y aquí tiene su estudio. De casta le viene al galgo. Por cierto que el masivo rascacielos (tiene unos modestos 150 metros de altura pero se extiende 100 metros) acaba de ser declarado el mejor edificio alto de Europa (el año pasado obtuvo el mismo galardón a nivel mundial otra torre de OMA, la  sede de la CCTV china). La torre holandesa no fue muy bien recibida por la crítica especializada, sea como fuere el edificio, junto al resto de las delicatessen arquitectónicas que se van levantado en el muelle Wilhelmina (a cargo de Foster, Piano, Siza, etc), y el puntiagudo puente de Erasmo (otro ilustre oriundo de la ciudad), se han convertido ya por derecho propio en la postal oficial de la ciudad.

La arista es bella podría perfectamente ser el lema de Rotterdam, aquí ya has visto granados ejemplos, pero las de la recientemente inaugurada Estación Central se llevan la palma. Pasaría perfectamente por un diseño de Libeskind, pero es de una UTE local formada entre otros por Benthem Crouwel, antes muertos que sencillos (autores también de la ampliación del museo Stedelijk de Amsterdam) y West 8, expertos en paisajismo (participaron en el  proyecto Madrid Río).

En fin, Rotterdam no es país para espíritus sensibles, como te habrás dado cuenta. Le deseamos a la ciudad que encuentre la paz consigo misma y que la arquitectura (una quizás algo más amable) le ayude a exorcizar sus fantasmas más profundos".

Esto lo escribía aquí hace cinco años (desde entonces la arquitectura más amable que le deseábamos ha llegado ya). Teniendo en cuenta que estamos a vueltas con las ciudades me ha parecido bien autocitarme. Eso y que estoy vaguzo. Pero en fin, por añadir algo te enlazo a un fantástico videoclip de los Chemical Brothers que acabo de descubrir en el que aparece una ciudad que bien podría ser Rotterdam pero es Londres, aparece el aparcamiento de la calle Welbeck, con su bella fachada brutalista en forma de cota de malla, que ya están demoliendo para construir un hotel de postín (a los hermanos químicos les debe ir el brutalismo, en el video para su famoso tema Go se nos muestra profusamente el barrio parisino de Front-de-Seine de Raymond Lopez y Henry Pottier mientras una curiosa formación de bailarinas retro, que me traen a la memoria Metropolis, desfilan en una coreografía como constructivista enfundadas en grises outfits, que lo mismo remiten al abundante hormigón de las más de veinte torres allí proyectadas). Ya puestos, oye, vamos a dar una vuelta por unos cuantos videos musicales que hacen referencia a la arquitectura brutalista, observa por ejemplo este de Metronomy (Month of Sundays) donde aparece el complejo londinense de Barbican. Por allí se pasó también el artista americano Doug Atkien, que congregó a más de 100 artistas y músicos para que compusieran algo inspirado por las torres de Chamberlin, Power y Bon, aquí explican el proyecto. En este otro, The Clock de 8:58, con Paul Hartnoll -integrante de Orbital- a los mandos, aparecen los Robin Hood Gardens, ya desaparecidos. En Giants, Chicane descoyunta unos cuantos edificios brutalistas a ritmo de Trance. A su vez The Libertines sitúan su video musical del tema What became of the Likely Lads en el complejo de Thamesmead (que ya había aparecido en La naranja mecánica de Kubrick) y Omi Palone, en Architecture, usa de fondo las torres Trellick y Balfron de Ernö Goldfinger y la urbanización Alexandra Road de Neave Brown. Pero mi favorito es este elegante y surrealista video de Leonard Cohen (In My Secret Life) donde el cantante canadiense se pasea por el espectacular edificio Habitat 67 de Moshe Safdie en Montreal (un Citroën DS Tiburón contrastando con las rectilíneas formas del complejo también reclama protagonismo). ¿Y algo patrio? me preguntas displicente. ¿Es La Muralla Roja brutalista? Pues si no lo es se le parece mucho. Martin Solveig le dedicó un festivo videoclip para su tema Do It RightPero si te parece más brutal el Walden-7, también de Bofill (que, recordémoslo, vive en una antigua fábrica de cemento), tranquilo que también tenemos videoclip ambientado en él, en este caso del grupo madrileño Hinds. Y así podríamos acaso seguir ad nauseam (solo decir que esperamos con fruición que Rosalía, esa Koolhaas del flamenco, esa coplera brutalista, descubra el hormigón para sus alucinantes videos musicales).

Creo que me he ido de tema completamente. Es que no tengo arreglo. Debería hacerme mirar esta pulsión cada vez más frecuente por lo non-linear (y por el pedantismo de paso)Hablábamos de Rotterdam. Para acabar con más nivel te traigo el par de citas de altura de rigor. Son todas ellas de Fernández-Galiano, extraídas de varios artículos de los 90 recogidos en Años Alejandrinos (me he terminado el primer volumen, ahora la duda es empezar el segundo o atacar Delirio en Nueva York de Koolhaas precisamente, que no pude evitar comprarme en la Feria del Libro...). Don Luis habla de Rotterdam como un "páramo simbólico, ayuno de monumentos o referencias cívicas", pero resalta que "el futuro de Europa se ensaya en el país de los pólders. Su territorio, fabricado más bien que colonizado, es hoy el escenario de un extraordinario experimento urbano: con el espíritu innovador que caracteriza a los habitantes de esta tierra artificial, los arquitectos holandeses proyectan edificios y barrios cuya fresca radicalidad no tiene equivalente en ningún otro país del continente. La prosperidad económica y el hábito de considerar sus paisajes horizontales como una tabula rasa sobre la que puede imaginarse cualquier futuro han alumbrado una generación joven que se atreve a pensar su entorno como un extenso laboratorio de geografías voluntarias". Y Rotterdam es pieza clave en esa innovación incesante e insomne. En el artículo Tú a Rotterdam, yo a Basilea de 1999, el director de Arquitectura Viva y demás señala que la Rotterdam de Koolhaas (cuyos "hallazgos surreales se han convertido en el mito de referencia para la arquitectura europea de vocación experimental") es uno de "los polos entre los que late el corazón partido de la arquitectura" siendo el otro la Basilea de los rigurosos y ordenados Herzog y de Meuron, en realidad una reedición del debate Le Corbusier vs Mies van der Rohe: "Hoy, Rem Koolhaas ha llevado la ambición demiúrgica y la inventiva plástica de Le Corbusier hasta extremos superreales en su desmesura futurista; mientras que Herzog & de Meuron han trasladado la elegancia material y el rigor geométrico de Mies van der Rohe hasta el terreno insólito de lo convencional, lo trivial y lo cotidiano; y entre esa Holanda audaz y esa Suiza refinada vacilan las miradas de los arquitectos del continente". 





domingo, 30 de junio de 2019

Ciudades azules


Pues vamos a seguir dando la brasa con las ciudades. Hoy toca una que devino foco de atracción allá por los 60 por su espíritu experimental, optimista y abierto. Dos son sus señas de identidad: la gasolinera y la piscina. La primera porque esta ciudad sin el automóvil no se entiende (de ahí su horizontalidad infinita) y la segunda porque su benévolo clima permite su uso buena parte del año. Reyner Banham quedó tan prendado del espíritu de esta urbe que decidió aprender a conducir cuando llegó a ella (no sabía, en Londres se movía en bici) para comprenderla mejor. De esta ciudad el crítico de arquitectura británico dijo (según señala Goldberger en su necrológica de 1988): "es el Medio Oeste americano llevado a su punto álgido, los dogmas autoritarios del Bible Belt y la perenne revuelta contra ellos colisionando en una masa crítica bajo las palmeras. De ahí surge una situación cultural donde solo lo extremo es normal". Banham le dedicó un libro en el que hablaba de sus "cuatro ecologías": la autopía (amalgama de "utopía" y "autopista"), la horizontalidad extrema, la playa y el surf (surfurbia), y la montaña. La ciudad, en muchos aspectos cruda, no arredró al crítico, que se sentía atraído por su fealdad a menudo intolerable, llegando a decir que las dos mejores horas de sus habitantes son las que pasaban conduciendo de casa al trabajo y vuelta por sus autopistas. Banham defiende también su urbanismo de "huevos revueltos", de mezcolanza heteróclita y policéntrica, frente a la organización clásica de "huevo frito" (la yema el casco histórico, la clara los suburbios). Y se mostraba displicente con la fascinación de Venturi y Scott Brown por Las Vegas (a la que tildaba de mera "anécdota"), de donde realmente se podía aprender es de la ciudad que hoy nos ocupa y cuyo nombre me resisto a decirte, aunque tú, avezado lecteur, seguramente ya habrás adivinado.

La modernidad, que todos asociamos con la frialdad germánica, arraigó aquí de manera insospechada gracias a no pocos apóstoles modernos que aquí se instalaron huyendo de la barbarie nazi, produciéndose el milagro patente de cómo unas casas de una desnudez formal tan extrema devinieran potentes objetos de seducción bajo las palmeras y al lado de la inevitable piscina (que tan bien representara en sus icónicos cuadros -como el de arriba- David Hockney, otro británico que quedó prendado de la luz y la libertad de estos lares). Pero esta sofisticación arquitectónica tenía también un trasunto tecnológico, y es que en esta ciudad estuvieron asentadas hasta los 90, cuando la Guerra Fría acabó, importantes industrias aeronáuticas. Ese empeño por la experimentación influirá en la ficción de otro creador deslumbrado por la ciudad (donde morirá en 2012), Ray Bradbury, el autor de Crónicas marcianas y Farenheit 451 y en el Tomorrowland de Disneylandia, donde se construyó el primer monorraíl de América (Bradbury propuso a Disney que fuera alcalde de la ciudad). Bucky Fuller, el señor de las cúpulas geodésicas, fue referente local también para una generación alternativa en su obsesión tempranamente ecológica por hacernos ver nuestra frágil condición de "habitantes de la nave espacial tierra", idea que varias décadas después está de plena vigencia. Fuller fue gurú de toda una generación que buscaba nuevos valores (los hippies del flower power) y aquí hallaron su tierra prometida. Filósofos como Herbert Marcuse, otro alemán asentado en la zona, también supieron conectar con esa new age defendiendo la emancipación de los afroamericanos y fusionando en lo teórico a Marx y Freud (como en Eros y civilización). Así llegamos al conocido como Summer of Love (1967), en el que se celebraron conciertos icónicos de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janice Joplin...

En lo puramente arquitectónico dos movimientos se asentarían aquí tras quedar superada la modernidad: el posmodernismo de Robert Graves, con su clasicismo juguetón y amable asociado a la revolución conservadora de Reagan (y a Disney), y el deconstructivismo de Frank Gerhy, otro inmigrante feliz (desde Canadá en este caso), que hace una reforma en su casa que dará que hablar. De ahí a Bilbao hay solo un paso.

El cine ha elegido a menudo esta ciudad como marco, como no podría ser de otra manera teniendo en cuenta lo mucho que le debe. Paradójicamente a pesar de su poderosa luminosidad ha sido representada en sus aspectos más sombríos y noir, así en Chinatown de Polanski, Mulholland Drive de David Lynch o Blade Runner de Ridley Scott, donde la utopía de las autopistas deviene distopía catastrofista. Sí, claro, nuestra ciudad es Los Ángeles, y quien así nos la ha descrito no es otro que Luis Fernández-Galiano en una conferencia que dio en la Fundación Juan March en marzo dentro de un ciclo dedicado a cuatro urbes -las otras tres Viena, París y Nueva York- que fueron capaces de aglutinar importantes movimientos culturales y artísticos en diferentes momentos del pasado siglo (aquí tienes los enlaces a las distintas conferencias). Don Luis acaba la conferencia con una potente coda lírica, con el azul resplandeciente y optimista de la ciudad como bandera representado por dos imágenes: la primera, un cuadro del mejor pintor californiano, Richard Diebenkorn, de su serie Ocean Park, que toma el nombre del distrito de Santa Mónica en Los Ángeles donde tenía su estudio, serie a la que dedicó más de 130 lienzos de sutiles variantes, y a la que se entregaría desde 1967 hasta 1988 (resulta que en casa tenía un olvidado catálogo de una exposición que organizó precisamente la Juan March sobre Diebenkorn en 1992 donde se expusieron 17 de la serie). La imagen final de la conferencia es la pintura de un cielo azul que decora una fachada ciega del archivo de la Paramount utilizado como fondo para algunos rodajes. Un cielo replicado que le sirve a Galiano para cerrar con Machado nada menos y sus famosos últimos versos ("Estos días azules y este sol de la infancia"), para recordar que acaso la infancia es nuestra mejor ciudad y, rememorando ahora a Gramsci, que el pesimismo de la inteligencia debe ir acompañado del optimismo de la voluntad, frase que estoy pensando tatuarme. Señores, no se puede pedir más a una conferencia. 




domingo, 23 de junio de 2019

Ciudades en venta



"El fenómeno, nunca visto, destrozó parte del patrimonio artístico de la ciudad y dejó en la calle a muchos de sus habitantes. Exceptuando la peste de 1630, cuando el éxodo sanitario redujo en un tercio el número de vecinos, la inundación de 1966 fue la peor catástrofe poblacional. Hoy, con 100.000 residentes menos y un tejido social en extinción, Venecia afronta su tercera gran emergencia. Esta vez causada por la fuente de riqueza que le permitió sobrevivir entonces.
—¿Los riesgos? —responde incrédulo el arquitecto británico David Chipperfield, tras la presentación de su restauración de la Procuraduría Vieja en la plaza de San Marcos—. Es demasiado tarde, Venecia es ya una ciudad tomada por el turismo. Todas querían más visitantes porque era la manera más rápida de contribuir a la economía. Pero ahora, fíjese en Barcelona, hay un replanteamiento de la cuestión porque el turismo está matando la ciudad. Y creo que debemos hacerlo. Pero en algunos lugares como Venecia es difícil que se pueda revertir la situación.
Las crónicas periodísticas flirtean desde hace años con el título de la obra de Thomas Mann para subrayar la gravedad de la emergencia. ¿Muere Venecia?, se pregunta el periodista al comienzo del viaje mientras resuena en su cabeza el adagiet­to de la Quinta sinfonía de Mahler. La silenciosa realidad es que la idea de la ciudad como fuente de inspiración no supera hoy un macabro síntoma de expiración. La evocación exagerada de un mundo perdido que describió el escritor ­John Ruskin en Las piedras de Venecia cobra sentido, en todo caso, más de 150 años después. La restauración tras la gran inundación tuvo algunos efectos positivos. Pero un nuevo fenómeno avanzaba silenciosamente, una conquista del espacio público más devastadora numéricamente que el brote de peste. En términos turísticos se sustituyó definitivamente la legendaria guía Il forastiere illuminato (1740), que invitaba al “viajero culto” a descubrir los secretos de Venecia durante seis días, por una receta exprés para devorar las ocho horas en tierra que concede el régimen penitenciario del crucero. Llegaron 29 millones de visitantes al año y la ciudad pasó a otras manos.
La hipótesis del punto de no retorno de Chipperfield es ahora la de muchos de sus residentes. Incluidos gremios tan poco proclives a criticar el turismo como el de los 433 gondoleros que lidian a diario con la materia prima de esta industria y maldicen ahora a los grupos que exigen embutirse en su afilada barca para ahorrar unos euros. Giovanni, apoyado en uno de los 455 puentes por donde los visitantes arrastran fatigosamente sus maletas a diario, no lo oculta. “Soy gondolero, no estúpido. Hemos vendido la ciudad a los chinos. Fíjese en todas esas ventanas con el cartel de ‘Se alquila’. Esto ya no nos pertenece”. Unos pasos más allá, en el campo de San Bartolomeo, un contador instalado en la farmacia Morelli aporta el dato diario de la caída poblacional.
El problema no son los chinos (aunque tienen ya el 13% de los inmuebles), quizá tampoco solamente el turismo desaforado (600 turistas por cada residente). El historiador y arqueólogo Salvatore Settis glosó en 2014 en el profético Si Venecia muere los grandes males de la isla advirtiendo de un avance imparable hacia la disneylandización del territorio y la pérdida de identidad. “Está ligada al éxodo de ciudadanos. Se han marchado 100.000 habitantes en las últimas cuatro décadas, caen a un ritmo de 1.000 al año (hoy hay alrededor de 58.000). Pero aumentan las segundas residencias, casas preciosas y grandes, ricos que van a pasar una semana al año. Esa es la muerte de Venecia, y el riesgo es dejar de ser una verdadera ciudad hecha de habitantes y convertirse en un parque temático. No hay ninguna política pública: local, central o regional. Tampoco alguna idea para atraer jóvenes. El mercado inmobiliario está completamente adulterado. Incluso los gondoleros se marchan fuera de la isla”.(...)
La paradoja veneciana, tan útil como metáfora de estos tiempos autodestructivos, invoca también algunos de los gérmenes de la teoría de la posmodernidad ilustrados por Robert Venturi en el fundacional Aprendiendo de Las Vegas (1972). Si entonces fue la capital de los casinos de Nevada quien vació de contenido la ciudad véneta para edificar en la strip el mayor monumento a la ironía arquitectónica, hoy es la realidad quien se propone superar el efecto teatral de su réplica." (Daniel Verdú, Venecia, el turismo como problema, el arte como solución).
Podríamos dejar aquí la entrada, pero siempre preocupados por ofrecerte una óptima experiencia de usuario querríamos llegar un poco más allá de un cutre copiaypega. De las muchas obras artísticas que hacen referencia a Venecia te quiero traer una, con conexiones arquitectónicas por demás, que dudo que conozcas. Se trata de una oscura película de 1973 llamada Amore del director y crítico cinematográfico francorumano Henry Chapier. Tras su estreno y corta exhibición en cines durmió el sueño de los justos durante más de 40 años y solo ha visto la luz cuando el Ina, el archivo cinematográfico francés, la subió a su web en 2015. La película gira en torno a Venecia, y viendo los títulos de crédito, con un fondo de pinturas surrealistas que representan la ciudad en descomposición, poblada por edificios mutantes y animales monstruosos (todo ello acompañado de una inquietante música de Vangelis en su época más experimental, cuando acababa de romper con el grupo Aphrodite´s Child tras el álbum maldito 666 e inciaba una incierta carrera en solitario), me da que acaso la tal peli sea infumable tostón. El argumento es como te digo muy arquitectónico (no he visto la película, me fío de lo que he pillado por internet, es lo que Daniel Levitin llama el contraconocimiento en La mentira como arma, tú, mon semblable, me sabrás perdonar): tenemos a un arquitecto que llega a Venecia para evaluar un proyecto que se propone salvar la bella urbe de su desaparición bajo las aguas (a eso debe hacer referencia la última imagen de los créditos iniciales, en la que aparece la ciudad rodeada por un aparente dique de contención circular que bien podría estar sacada del Delirious New York de Koolhaas si no fuera porque el libro es de 1978). Nuestro protagonista no parece muy interesado por Venecia, pero hete aquí que descubre a una bella aristócrata (trasunto acaso de la ciudad) ante la que cae prendado. Tras flirtear con él la dama se queda con un noble italiano y nuestro arquitecto se va de Venecia contrito y ahíto. La banda sonora de Vangelis, que curiosamente fue publicada en LP (con vinilo rosado) a poco de salir Amore a flote en ina.fr (no pocos dicen que es un disco pirata extraído directamente de la película) incorpora varios temas que llevan como nombre lugares de la ciudad (así, Giudecca, el barrio donde se produjo el reciente accidente del crucero o Campo San Polo, la segunda plaza de Venecia). En la vida real, la urbe abandonó sus conexiones aristocráticas y se entregó con enjundia al turismo de masas. Morirá de éxito. Termino con otra cita del artículo de Daniel Verdú:
"La catástrofe llama a distintas puertas de la ciudad. La jibarización del espacio público y la guerra que los vecinos mantienen con el Ayuntamiento para alejar los grandes cruceros de la laguna (una manifestación recorrió el centro de la isla hace una semana exigiendo su inmediata prohibición) tiene también una vertiente evidente medioambiental. El 29 de octubre de 2018, la crecida del agua alcanzó los 156 centímetros, la cuarta más alta desde el desborde de 1966. Una situación derivada del cambio climático que fascina a los turistas asiáticos, dispuestos siempre a pagar más por visitar la ciudad cuando está inundada. Pero también un reflejo de la gestión a tres bandas (nacional, regional y local) que ha convertido la ciudad en la más inclinada a desaparecer bajo el agua de todo el catálogo de la Unesco.
Venecia lleva 40 años esperando la puesta en marcha de un sistema de seis diques conocido como MOSE. Los cinco primeros ya están construidos, pero después de tantos años esperando el último, su diseño podría haber quedado obsoleto. El proyecto se llevó por delante al anterior alcalde, Giorgio Orsoni, por corrupción y puso de manifiesto mejor que nada una parálisis administrativa que rema enérgicamente hacia el desastre".

domingo, 16 de junio de 2019

Ciudades que no creeríais

Perdida en Tokio

"He pasado cuatro noches en Japón. Si hubiese pasado un año no podría escribir esta columna: habría llegado a la conclusión de que solo sé que no sé nada. Pero cinco días me alientan a la temeridad. He visto muchas cosas y he creído ver muchas otras. Me han contado historias. Comparto lo que siento. Es un derecho. Al llegar a Japón me advierten: nunca debo dejar propina ni fumar en la calle ni hablar por el móvil en el metro. En los restaurantes la gente disfruta de sus cigarrillos mientras come sopitas, sashimi y sushi. En Japón no hay anisakis porque evisceran y limpian los pescados tan primorosamente que en la carne no quedan larvas ni excrecencias. En Japón hay casi pleno empleo y Tokio es una ciudad donde no me piden limosna ni veo perros abandonados. Los japoneses trabajan mucho; me cuentan que algunos mueren frente a sus ordenadores. Cortocircuito total. El suicidio se practica en los andenes del metro. Los suicidas dejan preparada la suma necesaria para limpiar su sangre de la estación; unas son más caras que otras: suicidios de centro y periferia, de primera y segunda. Me dicen que casi todas las mujeres aspiran a contraer matrimonio antes de los treinta. Ellas administran el dinero de sus infatigables esposos y les dan una cantidad semanal para sus gastos. Las mujeres tienen amantes, van al teatro y abarrotan las cafeterías donde degustan repostería europea. Los hombres que pierden el último tren pernoctan en karaokes y hoteles cápsula. Expresar sentimientos o mostrar afecto físico no es habitual. Pero hay sex shops de ocho pisos, graduados por la dureza de lo que se vende, que no llegan a culminar los más avezados pornógrafos occidentales. Nadie asiste a esas chicas borrachas que se acurrucan en pasadizos: prestarles ayuda sería humillante para ellas. Las japonesas se emborrachan con facilidad porque carecen de una enzima para metabolizar el alcohol. En el barrio de Shinjuku adivino a Godzilla entre dos rascacielos. Hay restaurantes de robots. Los neones son tan potentes que casi me producen ataques epilépticos. Si pierdes el ordenador, lo recuperarás. Nadie roba: hay quien da una razón animista —el alma impregna los objetos— y hay quien apela al budismo —lo que hagas en esta vida te será devuelto en la otra—. No entiendo de religiones. Por Takeshita pasean lolitas góticas y muchachas con peluches anudados a la cintura. Chicas que visten a sus novios a juego con su indumentaria. Los cazadores de tendencias paran a algunas y apuntan sus nombres en un papelito. Hay cafeterías de erizos y búhos. Muchas personas van enmascaradas para no contagiar o no contagiarse: en el avión una japonesa se quita la máscara, se maquilla, no se la vuelve a poner. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si es que aún los seres humanos conservamos la capacidad de asombro. He pasado por uno de los callejones donde se rodó Blade Runner y he atravesado diagonalmente el cruce de Shibuya. He estado cuatro noches en Japón e impugno la idea prepotente de ser habitante del futuro. Ahora me cuesta más distinguir el original de la copia, la tradición de la globalización, la realidad de los relatos, la libertad de las esclavitudes, lo honorable de lo cruel, la soledad del hikikomori del gregarismo, el ombliguismo occidental del exotismo papanatas. Y ya no sé qué puede ser el infierno y qué el paraíso". (Marta Sanz, Japonesada)

domingo, 9 de junio de 2019

Ciudades muertas y vivas



"-¿Pensar a gran escala no es uno de los problemas principales del planeamiento urbano?
-Sí, ese afán de grandiosidad es inherente a la ortodoxia del dogma del urbanismo, y es algo bastante simplista. No se puede crear tejido en una ciudad viva así como así, de un plumazo, sino que las cosas tienen que ir creciendo. El tipo de planeamiento urbano que funcionaría de verdad sería una especie de improvisación inteligente y documentada, que es, al fin y al cabo, en lo que consiste en gran medida nuestra planificación vital (...). La idea de estimular de golpe toda una zona no tiene nada que ver ni con la vida real ni con el crecimiento. También existe ese ideal de hacer las cosas perfectas de entrada y dejarlas así para siempre, y esto es una especie de muerte. (...)

Las zonas suburbanas son lugares perfectamente válidos para quien quiera vivir en ellas, pero, desde el punto de vista económico y social, son espacios inherentemente parasitarios, pues viven de soluciones halladas en las ciudades. Sin embargo, no le echo la culpa solo a los urbanistas, sino que implícitamente culpo a quienes saben que las cosas se están haciendo mal y no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para actuar en calidad de ciudadanos de un país con capacidad de autogobierno. Es terrible cómo hemos abdicado de la responsabilidad de ser ciudadanos. 

-Y si la gente crece con tal sentimiento de impotencia hacia el uso de su propia mente, ¿no será porque algo falla en las escuelas? 
-Si fuera directora de un colegio, pondría unos deberes permanentes desde el primer hasta el último curso: todas las semanas, cada niño tendría que traer una cosa dicha por una figura de autoridad -podría ser el profesor, o alguna cosa que haya visto en el periódico, pero algo con lo que no estén de acuerdo- y refutarlo. (...)

Hoy la arquitectura está en bastante mala forma. Está siendo objeto de críticas contradictorias y su rechazo no es solo cosa de gente inculta. (....) [Los arquitectos] han perdido la cabeza por la novedad y las cosas despampanantes, vulgares y terriblemente ególatras, en gran parte porque tampoco saben qué otra cosa hacer.

-¿Qué quiere decir?
-Si su estética se basara en la función, en cómo funcionan las cosas, no tendrían necesidad de recurrir al efectismo, la novedad o la exageración grotesca. El edificio del Chase Manhattan Bank ha arruinado la silueta urbana del sur de Manhattan. Esto es algo increíblemente egoísta e insensible para un edificio, y quienes están haciendo estas cosas no son solo arquitectos de tres al cuarto. (...)

Sin embargo, esta actual falta de atención a la función no es un mal exclusivo de la arquitectura o el urbanismo. Parece que la gente ha dejado de saber cómo funcionan las cosas. Hay todo tipo de diseños idealizados que ignoran para qué sirven los objetos, o que ocultan lo que hacen y cómo lo hacen. Es como lo de aquellas locomotoras que se veían antes, que tenían ruedas y todos sus mecanismos a la vista. Se las cubrió con un faldón que ocultara lo más posible. Gran parte de lo que hoy llamamos diseño en realidad es ocultación". (Jane Jacobs, perturbadora de la paz, entrevista realizada en 1962 por Eve Auchincloss y Nancy Lynch, en Jane Jacobs, cuatro entrevistas).


domingo, 2 de junio de 2019

Ciudades gozosas



Con 80.000 británicos en Madrid para el partido de marras, convendrás conmigo que toca tirar de artículo inglés (oye, así entre nosotros, ¿a ti te gusta el nuevo estadio Wanda Metropolitano? Porque a mí me da que Cruz y Ortiz se lo han cargado -un tótem atávico, "ruina magnífica e impasible" en palabras de Fernández-Galiano, revestido de estrafalarios faralaes... ahí lo dejo). Y muy oportunamente Oliver Wainwright publicaba esta semana uno dedicado a las ciudades y su diseño que conecta por demás con el tema que venimos tratando en pasadas semanas así que miel sobre hojuelas.

Nos habla el crítico de The Guardian de una empresa mixta que se sustenta con capital privado y público de nombre Public Practice que está haciendo volver a no pocos arquitectos al sector público (el crítico señala que en 1979 casi la mitad de los arquitectos ingleses trabajaban directamente para ayuntamientos y gobiernos locales, mientras que en la actualidad solo un demoledor 0,7 lo hace, lo que ha tenido terribles consecuencias en el diseño urbano de numerosas localidades, muchas de las cuales se han dado cuenta del error de dejar dichas decisiones a acomodados funcionarios). Public Practice contrata arquitectos con inquietudes y ganas y los manda a diferentes corporaciones locales donde hacen las preguntas adecuadas a tecnócratas apolillados. Ione Braddick, una de estas intrusas, no dejaba de preguntar en el ayuntamiento donde entró a trabajar si un determinado desarrollo que se estaba planificando "iba a traer la felicidad a sus inquilinos", para pasmo del experto oficial. Su trabajo finalmente ha cuajado y el ayuntamiento la ha contratado de manera permanente junto con otros tres arquitectos expertos en paisajismo o sostenibilidad. Otra paracaidista narra su experiencia en un distrito de Londres: "Me llevó tres meses averiguar lo que se supone que tenía que hacer y quién era todo el mundo". Un tercer arquitecto narra situaciones surrealistas similares: "El cambio mayor fue ir a un lugar donde la palabra design no se entendía como un verbo sino como un sustantivo. Ha sido muy difícil persuadir a la gente de que es un proceso, y que el diseño puede utilizarse para crear valor", apostillando que ante un problema el objetivo es más testar diferentes ideas que aportar de inmediato soluciones perfectas, abriendo el camino a un trabajo más colaborativo e innovador. Te dejo aquí el enlace al artículo. En este punto cabe hacer breve inciso para mencionar un desarrollo urbanístico en Hackney, un distrito de Londres, que fue noticia (en este caso el artículo lo firma Rowan Moore) precisamente por el carácter visionario de su alcalde, Philip Glanville, quien buscaba una planificación urbanística que trajera como primer objetivo la felicidad a sus vecinos, exactamente como planteaba Ione Braddick. Se construyeron dos potentes torres de planta hexagonal de 16 y 20 plantas, ciertamente excesivas, pero diseñadas con tiento nada menos que por David Chipperfield y el estudio Karakusevic Carson, cuyos lujosos apartamentos se pusieron a la venta (desde 600.000 hasta 3 millones de libras) para recaudar fondos con los que levantar una barriada aledaña más popular con bloques de unas cinco alturas de media y espacios públicos diseñados con esmero y siempre teniendo en cuenta la opinión de los usuarios. Los vecinos fueron consultados hasta sobre la distribución de sus viviendas (así, las cocinas, que en un principio estaban planteadas abiertas al salón, se dejaron cerradas porque así lo quiseron los futuros inquilinos, algo que por cierto horrorizaría a los gemelos de las reformas, siempre empeñados en cargarse toda pared que se les pone por delante). Acabamos este párrafo dedicado al urbanismo gozoso con Elizabeth Diller, la autora de la High Line y The Shed neoyorquinos. Su parque en Moscú, justo al lado del Kremlin (en la foto de arriba), ha levantado polémica entre determinados círculos que señalan, escandalizados, que la gente va allí a practicar sexo. Ella por el contrario opina que eso es buena señal.

¿Existirá algo parecido a Public Practice en España? Pues la verdad es que ni idea. En Estepona creo que no. Reiremos por no llorar. Hace unos días leía también una entrevista a la paisajista María Medina, en la que se llegaba a una conclusión similar a la que podemos extraer de los artículos que hoy te he traído y que nos viene que ni pintada para concluir la entrada: "El paisaje mejoraría sustancialmente si los políticos dejaran intervenir activamente a profesionales relacionados con la materia y sensibles al paisaje, como geógrafos, arquitectos paisajistas, arquitectos, urbanistas, ingenieros de montes, historiadores del arte y, por supuesto, vecinos. Personas que, por sus conocimientos, sepan unir la cultura, las ciencias naturales, la técnica y el diseño, lo que implica respetar y conocer las leyes de la naturaleza y la condición humana. Y, finalmente, les pediría que abandonaran la tendencia imperante, donde todo tiende a ser feo, caro y grande, con un diseño urbano antifuncional, antinatural y lleno de pretensiones".