domingo, 16 de junio de 2019

Ciudades que no creeríais

Perdida en Tokio

"He pasado cuatro noches en Japón. Si hubiese pasado un año no podría escribir esta columna: habría llegado a la conclusión de que solo sé que no sé nada. Pero cinco días me alientan a la temeridad. He visto muchas cosas y he creído ver muchas otras. Me han contado historias. Comparto lo que siento. Es un derecho. Al llegar a Japón me advierten: nunca debo dejar propina ni fumar en la calle ni hablar por el móvil en el metro. En los restaurantes la gente disfruta de sus cigarrillos mientras come sopitas, sashimi y sushi. En Japón no hay anisakis porque evisceran y limpian los pescados tan primorosamente que en la carne no quedan larvas ni excrecencias. En Japón hay casi pleno empleo y Tokio es una ciudad donde no me piden limosna ni veo perros abandonados. Los japoneses trabajan mucho; me cuentan que algunos mueren frente a sus ordenadores. Cortocircuito total. El suicidio se practica en los andenes del metro. Los suicidas dejan preparada la suma necesaria para limpiar su sangre de la estación; unas son más caras que otras: suicidios de centro y periferia, de primera y segunda. Me dicen que casi todas las mujeres aspiran a contraer matrimonio antes de los treinta. Ellas administran el dinero de sus infatigables esposos y les dan una cantidad semanal para sus gastos. Las mujeres tienen amantes, van al teatro y abarrotan las cafeterías donde degustan repostería europea. Los hombres que pierden el último tren pernoctan en karaokes y hoteles cápsula. Expresar sentimientos o mostrar afecto físico no es habitual. Pero hay sex shops de ocho pisos, graduados por la dureza de lo que se vende, que no llegan a culminar los más avezados pornógrafos occidentales. Nadie asiste a esas chicas borrachas que se acurrucan en pasadizos: prestarles ayuda sería humillante para ellas. Las japonesas se emborrachan con facilidad porque carecen de una enzima para metabolizar el alcohol. En el barrio de Shinjuku adivino a Godzilla entre dos rascacielos. Hay restaurantes de robots. Los neones son tan potentes que casi me producen ataques epilépticos. Si pierdes el ordenador, lo recuperarás. Nadie roba: hay quien da una razón animista —el alma impregna los objetos— y hay quien apela al budismo —lo que hagas en esta vida te será devuelto en la otra—. No entiendo de religiones. Por Takeshita pasean lolitas góticas y muchachas con peluches anudados a la cintura. Chicas que visten a sus novios a juego con su indumentaria. Los cazadores de tendencias paran a algunas y apuntan sus nombres en un papelito. Hay cafeterías de erizos y búhos. Muchas personas van enmascaradas para no contagiar o no contagiarse: en el avión una japonesa se quita la máscara, se maquilla, no se la vuelve a poner. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si es que aún los seres humanos conservamos la capacidad de asombro. He pasado por uno de los callejones donde se rodó Blade Runner y he atravesado diagonalmente el cruce de Shibuya. He estado cuatro noches en Japón e impugno la idea prepotente de ser habitante del futuro. Ahora me cuesta más distinguir el original de la copia, la tradición de la globalización, la realidad de los relatos, la libertad de las esclavitudes, lo honorable de lo cruel, la soledad del hikikomori del gregarismo, el ombliguismo occidental del exotismo papanatas. Y ya no sé qué puede ser el infierno y qué el paraíso". (Marta Sanz, Japonesada)

domingo, 9 de junio de 2019

Ciudades muertas y vivas



"-¿Pensar a gran escala no es uno de los problemas principales del planeamiento urbano?
-Sí, ese afán de grandiosidad es inherente a la ortodoxia del dogma del urbanismo, y es algo bastante simplista. No se puede crear tejido en una ciudad viva así como así, de un plumazo, sino que las cosas tienen que ir creciendo. El tipo de planeamiento urbano que funcionaría de verdad sería una especie de improvisación inteligente y documentada, que es, al fin y al cabo, en lo que consiste en gran medida nuestra planificación vital (...). La idea de estimular de golpe toda una zona no tiene nada que ver ni con la vida real ni con el crecimiento. También existe ese ideal de hacer las cosas perfectas de entrada y dejarlas así para siempre, y esto es una especie de muerte. (...)

Las zonas suburbanas son lugares perfectamente válidos para quien quiera vivir en ellas, pero, desde el punto de vista económico y social, son espacios inherentemente parasitarios, pues viven de soluciones halladas en las ciudades. Sin embargo, no le echo la culpa solo a los urbanistas, sino que implícitamente culpo a quienes saben que las cosas se están haciendo mal y no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para actuar en calidad de ciudadanos de un país con capacidad de autogobierno. Es terrible cómo hemos abdicado de la responsabilidad de ser ciudadanos. 

-Y si la gente crece con tal sentimiento de impotencia hacia el uso de su propia mente, ¿no será porque algo falla en las escuelas? 
-Si fuera directora de un colegio, pondría unos deberes permanentes desde el primer hasta el último curso: todas las semanas, cada niño tendría que traer una cosa dicha por una figura de autoridad -podría ser el profesor, o alguna cosa que haya visto en el periódico, pero algo con lo que no estén de acuerdo- y refutarlo. (...)

Hoy la arquitectura está en bastante mala forma. Está siendo objeto de críticas contradictorias y su rechazo no es solo cosa de gente inculta. (....) [Los arquitectos] han perdido la cabeza por la novedad y las cosas despampanantes, vulgares y terriblemente ególatras, en gran parte porque tampoco saben qué otra cosa hacer.

-¿Qué quiere decir?
-Si su estética se basara en la función, en cómo funcionan las cosas, no tendrían necesidad de recurrir al efectismo, la novedad o la exageración grotesca. El edificio del Chase Manhattan Bank ha arruinado la silueta urbana del sur de Manhattan. Esto es algo increíblemente egoísta e insensible para un edificio, y quienes están haciendo estas cosas no son solo arquitectos de tres al cuarto. (...)

Sin embargo, esta actual falta de atención a la función no es un mal exclusivo de la arquitectura o el urbanismo. Parece que la gente ha dejado de saber cómo funcionan las cosas. Hay todo tipo de diseños idealizados que ignoran para qué sirven los objetos, o que ocultan lo que hacen y cómo lo hacen. Es como lo de aquellas locomotoras que se veían antes, que tenían ruedas y todos sus mecanismos a la vista. Se las cubrió con un faldón que ocultara lo más posible. Gran parte de lo que hoy llamamos diseño en realidad es ocultación". (Jane Jacobs, perturbadora de la paz, entrevista realizada en 1962 por Eve Auchincloss y Nancy Lynch, en Jane Jacobs, cuatro entrevistas).


domingo, 2 de junio de 2019

Ciudades gozosas



Con 80.000 británicos en Madrid para el partido de marras, convendrás conmigo que toca tirar de artículo inglés (oye, así entre nosotros, ¿a ti te gusta el nuevo estadio Wanda Metropolitano? Porque a mí me da que Cruz y Ortiz se lo han cargado -un tótem atávico, "ruina magnífica e impasible" en palabras de Fernández-Galiano, revestido de estrafalarios faralaes... ahí lo dejo). Y muy oportunamente Oliver Wainwright publicaba esta semana uno dedicado a las ciudades y su diseño que conecta por demás con el tema que venimos tratando en pasadas semanas así que miel sobre hojuelas.

Nos habla el crítico de The Guardian de una empresa mixta que se sustenta con capital privado y público de nombre Public Practice que está haciendo volver a no pocos arquitectos al sector público (el crítico señala que en 1979 casi la mitad de los arquitectos ingleses trabajaban directamente para ayuntamientos y gobiernos locales, mientras que en la actualidad solo un demoledor 0,7 lo hace, lo que ha tenido terribles consecuencias en el diseño urbano de numerosas localidades, muchas de las cuales se han dado cuenta del error de dejar dichas decisiones a acomodados funcionarios). Public Practice contrata arquitectos con inquietudes y ganas y los manda a diferentes corporaciones locales donde hacen las preguntas adecuadas a tecnócratas apolillados. Ione Braddick, una de estas intrusas, no dejaba de preguntar en el ayuntamiento donde entró a trabajar si un determinado desarrollo que se estaba planificando "iba a traer la felicidad a sus inquilinos", para pasmo del experto oficial. Su trabajo finalmente ha cuajado y el ayuntamiento la ha contratado de manera permanente junto con otros tres arquitectos expertos en paisajismo o sostenibilidad. Otra paracaidista narra su experiencia en un distrito de Londres: "Me llevó tres meses averiguar lo que se supone que tenía que hacer y quién era todo el mundo". Un tercer arquitecto narra situaciones surrealistas similares: "El cambio mayor fue ir a un lugar donde la palabra design no se entendía como un verbo sino como un sustantivo. Ha sido muy difícil persuadir a la gente de que es un proceso, y que el diseño puede utilizarse para crear valor", apostillando que ante un problema el objetivo es más testar diferentes ideas que aportar de inmediato soluciones perfectas, abriendo el camino a un trabajo más colaborativo e innovador. Te dejo aquí el enlace al artículo. En este punto cabe hacer breve inciso para mencionar un desarrollo urbanístico en Hackney, un distrito de Londres, que fue noticia (en este caso el artículo lo firma Rowan Moore) precisamente por el carácter visionario de su alcalde, Philip Glanville, quien buscaba una planificación urbanística que trajera como primer objetivo la felicidad a sus vecinos, exactamente como planteaba Ione Braddick. Se construyeron dos potentes torres de planta hexagonal de 16 y 20 plantas, ciertamente excesivas, pero diseñadas con tiento nada menos que por David Chipperfield y el estudio Karakusevic Carson, cuyos lujosos apartamentos se pusieron a la venta (desde 600.000 hasta 3 millones de libras) para recaudar fondos con los que levantar una barriada aledaña más popular con bloques de unas cinco alturas de media y espacios públicos diseñados con esmero y siempre teniendo en cuenta la opinión de los usuarios. Los vecinos fueron consultados hasta sobre la distribución de sus viviendas (así, las cocinas, que en un principio estaban planteadas abiertas al salón, se dejaron cerradas porque así lo quiseron los futuros inquilinos, algo que por cierto horrorizaría a los gemelos de las reformas, siempre empeñados en cargarse toda pared que se les pone por delante). Acabamos este párrafo dedicado al urbanismo gozoso con Elizabeth Diller, la autora de la High Line y The Shed neoyorquinos. Su parque en Moscú, justo al lado del Kremlin (en la foto de arriba), ha levantado polémica entre determinados círculos que señalan, escandalizados, que la gente va allí a practicar sexo. Ella por el contrario opina que eso es buena señal.

¿Existirá algo parecido a Public Practice en España? Pues la verdad es que ni idea. En Estepona creo que no. Reiremos por no llorar. Hace unos días leía también una entrevista a la paisajista María Medina, en la que se llegaba a una conclusión similar a la que podemos extraer de los artículos que hoy te he traído y que nos viene que ni pintada para concluir la entrada: "El paisaje mejoraría sustancialmente si los políticos dejaran intervenir activamente a profesionales relacionados con la materia y sensibles al paisaje, como geógrafos, arquitectos paisajistas, arquitectos, urbanistas, ingenieros de montes, historiadores del arte y, por supuesto, vecinos. Personas que, por sus conocimientos, sepan unir la cultura, las ciencias naturales, la técnica y el diseño, lo que implica respetar y conocer las leyes de la naturaleza y la condición humana. Y, finalmente, les pediría que abandonaran la tendencia imperante, donde todo tiende a ser feo, caro y grande, con un diseño urbano antifuncional, antinatural y lleno de pretensiones". 

domingo, 26 de mayo de 2019

Ciudades maestras (3)



Porque vamos a ver ¿tú eres espacial o no? ¿Te has diluido ya en los mundos virtuales cual hikikomori insomne o te va todavía el rollo decimonónico del flâneur que deambula sin rumbo por la ciudad, curioso y alerta? ¿Estás con Gastón Bachelard, el autor de La poética del espacio (ese señor que decía que los ascensores destruían los "heroísmos de la escalera", quitando todo el mérito a vivir cerca del cielo) y con Michel Focault, que señalaba que a nuestra época le define su carácter espacial, o tú eres más de William J. Mitchell y su City of Bits, según el cual "vivimos ya en el antiespacio" relacionándonos solo mediante las redes sociales? ¿Te sientes las piernas? Paul Virilio en su Amanecer Crepuscular ya nos decía: "el polo principal para la arquitectura de la globalización es la compresión temporal. A diferencia de los años 50 y 60, cuando se hablaba esencialmente del espacio, ahora estamos obligados a hablar del tiempo. La compresión temporal es un término técnico que ilustra el hecho de que de ahora en adelante el tiempo real es un elemento determinante del poder". A esa compresión temporal también la llama presión dromosférica, que acongoja más. Y alerta ante la tremenda aceleración que vive la sociedad moderna (que se dirigiría a un "accidente total") defendiendo una ralentización en la que la ciudad tiene un papel clave: "Es seguro que uno de los desaceleradores es la morada, el inmueble. (...) No se puede negar que la ciudad desaceleró a los nómadas con el sedentarismo. (...) La velocidad agota al mundo". Santiago de Molina, en Hambre de arquitectura, apuntala la idea: "Hoy que parece que la virtualidad está cobrándose el mayor número de víctimas posibles en almas sin cuerpo, reclamamos la realidad con el ansia del que reclama una pausa en un descenso sin frenos. Si T.S. Eliot dijo en el siglo pasado que los seres humanos no pueden soportar demasiada realidad, le faltó vivir este tiempo. En el siglo XXI parece que la necesidad de recobrar ese contacto con la realidad-real es cada vez más acuciante. Hoy parece necesitarse una arquitectura capaz de aportar una dimensión sensible a la vida. Sin más". La ciudad desacelera y, como dijo mucho antes Ortega, civiliza. En la Rebelión de las masas dice: "La polis no es primordialmente un conjunto de casas habitables, sino un lugar de ayuntamiento civil, un espacio acotado para funciones públicas. La urbe no está hecha para cobijarse de la intemperie y engendrar, que son menesteres privados y particulares, sino para discutir de la cosa pública. Nótese que esto significa nada menos que la invención de una nueva clase de espacio, mucho más nueva que el espacio de Einstein" (tomo la cita del muy recomendable La arquitectura de la ciudad global de Eduardo Prieto). Volvamos al Ágora, que la desintermediación (fenómeno por el que desaparecen los intermediarios, algo cómodo cuando se trata de comprar algo por Amazon pero preocupante cuando alcanza otros ámbitos) produce monstruos. "En las redes manda el mensaje simple, unidireccional por cierto. La política compite ahí con el entretenimiento y se mimetiza con este. En una democracia desintermediada, en una sociedad hiperdigitalizada, en la política espectáculo ¿somos ciudadanos o audiencia? ¿Electores o followers? ¿Vale un voto lo que un "me gusta"? ¿Un meme lo que un programa político? Hay más voces, pero ¿hay más diálogo?", lo dice Ricardo de Querol en el Retina de ayer.

Te veo agobiado y exhausto tras tan denso párrafo. Trataré de desacelerarte con dos presentes que compensarán acaso tu esfuerzo lector. El primero es un relajante tema que abre el álbum The City de Vangelis, álbum compuesto por el músico griego en una sola noche insomne en un hotel de Roma y que como su nombre indica está dedicado a la ciudad, que por cierto hoy votamos (no olvides que también votamos por Europa, no te pierdas por cierto de nuevo este video de Koolhaas, europeísta militante).  El segundo regalo es una cita de Antonio Muñoz Molina, que compone un sentido homenaje a una ciudad: "Turín es una maqueta exacta de Turín. Turín es un modelo de ciudad que se parece a aquel mapa de Borges que era tan fiel en todos sus detalles que tenía el mismo tamaño del territorio que representaba. Turín es plana, cuadriculada, geométrica, como un tablero de ajedrez, una apoteosis del ángulo recto y de la perspectiva. Uno camina por una calle con soportales magníficos en dirección hacia una plaza que se distingue al fondo y el punto de fuga es una estatua ecuestre en el centro justo de la plaza, y los arcos de los soportales y las losas ajedrezadas del suelo van disminuyendo de tamaño según se alejan de la mirada, como en esos fondos de ciudades ideales en las pinturas del Quattrocento. En Turín el aficionado a la pintura y a las ciudades se acuerda unas veces de Piero della Francesca y otras de Giorgio de Chirico. De Piero es la claridad racional de lo visible en la plena luz limpia de una mañana. Según anochece y las plazas y las avenidas que desembocan en ellas van quedándose vacías, Turín tiene un aura de ciudad fantasma a la manera de De Chirico, que se acentuará sin duda en sus inviernos de capital ya muy al norte, y que quizá sería mucho más pronunciado en los tiempos en que Turín era abrumadoramente una ciudad industrial.
Primo Levi habla de la “geometría obsesiva” de Turín. La sorpresa de llegar es descubrir que no se trata de una geometría agobiante, y ni siquiera monótona. La calidad tan alta del planeamiento urbano, de los edificios, los parques, otorga una liviandad singular a lo que habría podido ser opresivo, a la manera de los grandes despliegues de magnificencia administrativa del antiguo mundo austrohúngaro. Hay escalas imponentes, pero también hay una especie de gracia, una amplitud que ensancha al mismo tiempo los pulmones del que camina y las perspectivas que contempla. Es, literalmente, una amplitud de miras: al final de muchas calles y de las avenidas mayores está unas veces la vista de las colinas verdes al otro lado del Po y otras el perdurable asombro de las laderas y las cimas de los Alpes coronadas de nieve, levantándose de pronto con vehemencia geológica en los límites de una llanura fértil. La seriedad maciza de las columnas de los soportales tiene su contrapunto en las filas de castaños y tilos de copas formidables en los bulevares y en los parques. Contra la piedra labrada de las fachadas, en la penumbra de las bóvedas, se empiezan a encender a la caída de la tarde los neones de colores suaves que anuncian cafés, restaurantes, bares, comercios. Aún no se ha hecho de noche y ya se despliegan como flotando en el aire las palabras iluminadas de un vocabulario de neón: Pizza, Caffè, Bar, Hotel....". Sigue leyéndolo aquí.  

domingo, 19 de mayo de 2019

Ciudades maestras (2)


Esta semana que un ciudadano Kane se haya gastado 91 millones de dólares en el famoso conejo de Koons nos ha dejado fuera de juego. Si lo unimos a la tremenda intrusión de una masa de aire africano, que ha dejado mi celebro más vaciado que España y casi tan desafinado como Madonna en Eurovisión, hoy no esperes gran cosa. Digamos que toca entrada pop. Tres cositas te traigo apenas enhebradas en torno a la ciudad tras lo cual por el foro haremos mutis.

La primera es un breve pero contundente video. Ricky Burdett hablaba en nuestra anterior entrada de la ciudad como maestra y casi como madre, aquí verás que puede ser también madrastra de la que es imperioso menester huir de vez en cuando si no queremos perecer en una asfixiante espiral de agobio autoinducido. No te digo más, aquí lo tienes.

La segunda es otro video que me llegó por whatsapp con ocasión de San Isidro, patrono de Madrid, mi ciudad. Igual ya lo conoces. Es algo más largo que el anterior, pero merece la pena. Es un video promocional de la capital en el que se da una refrescante vuelta de tuerca a lo cañí, que al cabo está ahí. Se intuyen los iconos arquitectónicos indiscutibles, pero se añaden otros más modernos. El más sorprendente, la biblioteca de Navarro Baldeweg en la Puerta de Toledo (en la foto), un edificio que aunque cilíndrico para mí que siempre quiso ser caja ortogonal, y que pasa completamente desapercibido para el común de los mortales, salvo para la avezada retina del director de este magnífico corto. Está bien que alguien se acuerde de esta baldía y desafortunada plaza, triste antítesis de la de la Independencia. Aquí tienes el enlace, disfrútalo.

Te he dejado para el final lo mejor. Don Luis Fernández-Galiano, experto también en ciudades (hace unas semanas daba un ciclo en la Juan March sobre cuatro urbes -Viena, París, Nueva York y Los Ángeles- que fueron capaces de aglutinar importantes movimientos culturales y artísticos en diferentes momentos del pasado siglo, ciclo del que trataremos de dar cuenta cuando encontremos un ratillo), escribió una glosa bellísima para El País de otra de mis ciudades-fetiche, Lisboa, cuando, allá por 1997, se estaba preparando la Expo 98. Recuperado el texto para Años alejandrinos, que leo por orden, como manda Moneo, y solo un artículo al día, que no quiero que se me acabe, justo antes de entregarme, exánime, a Morfeo (cuánta pedancia, por favor), te cito un par de exquisitos párrafos, toda una delicatessen de nuestro masterchef arquitectónico: "La ciudad blanca tiene muchos nombres. Este crisol de continentes finge su identidad en sus fragmentos, facetas fugaces de un caleidoscopio melancólico y pacífico. Lisboa se llama Alfama en su altura laberíntica y portuaria, y se llama Chiado en su costado mas romántico y abrupto; Lisboa es el Bairro Alto en su extensión próspera y barroca, y es también la Baixa iluminista y pombalina; (...). Fracturada en imágenes heteróclitas, esta Lisboa cosmopolita y callada vacila en el umbral del milenio entre la soledad y el ajetreo, navegante fatigada o animosa, quieta y resuelta al borde del océano. Ensimismada y ultramarina, Lisboa se contempla y mira en la distancia, abstraída en su belleza heroica y humilde, mestiza de europea y brasileña, de oriental y africana. Esta ciudad de claveles y colinas domina y se domina desde sus miradores, pero se aprecia más en las distancias cortas, que guían los pasos por las calzadas de granito y conducen las miradas hacia las fachadas de azulejo. Alicatada y empedrada, teatral y silenciosa, Lisboa se sabe emocionante y ajada, y desde esa convicción se remoza y se sueña...". 


domingo, 12 de mayo de 2019

Ciudades maestras




-¿Qué hacer para que Europa sea, de nuevo, un continente con futuro? 
-Dentro de 30 años tendremos otros problemas. Trump nos preocupa internacionalmente, pero tiene los días contados. Los problemas de las ciudades están por encima de las circunstancias temporales. En Europa estamos aprendiendo que no podemos vivir en ciudades cerradas. ¿Quién hará los trabajos? ¿De dónde llegará la renovación cultural? Con el Brexit, un bailarín necesitará visado para entrar, tendremos que esforzarnos para mantener vínculos con el resto del mundo.

-Si de lo que se trata es de tocar fondo para reaccionar, ¿estamos llegando?
-En los 30 años que llevo trabajando sobre ciudades he visto momentos de pánico, crisis y momentos de renacimiento. Para eso se necesitan líderes inspirados capaces de ir más allá de sí mismos. Doy clase a gente que va a cambiar el mundo. Lo sé en cuanto entran en el aula. Lo siento, pero soy muy optimista. Lo que está en la base del terrorismo es la incomprensión entre culturas diversas. Y no es nada nuevo del siglo XXI. Ha existido siempre. Lo que pienso, desde el punto de vista de la ciudad, es que un alcalde puede encender o apagar el interruptor para mejorar o empeorar la situación.

-¿Y cómo convivir? 
Ian Blair, un gran jefe de la policía londinense, dijo que todo dependía de que la policía pudiera ser aceptada y aceptable a todas las comunidades que comparten la ciudad. Me impresionó cuán espacial es esa idea. La confianza -o desconfianza- en las fuerzas de seguridad tiene que ver con la mezcla. La educación es familia, escuela y calle. Lo que sé es que si una parte de la ciudad está ocupada solo por un único grupo de gente, y da igual el grupo (...), esa segregación va a causar problemas. Es muy fácil imaginar al enemigo: siempre está en el otro lado de la calle. Si en las calles hay mezcla, el enemigo se cuestiona". (Ricky Burdett, entrevistado por Anatxu Zabalbeascoa en EPS de hoy).

domingo, 5 de mayo de 2019

Descentrados


Deseando ya quitarme esta fijación por la caja de una vez por todas me pasé el otro día por la exposición sobre Fernando Higueras del museo ICO. Todos sabemos que Higueras era un anti-miesiano militante. Del arquitecto madrileño ya hemos hablado aquí, pero te cuento cosas que he descubierto (tuve además la suerte de que se iniciaba una visita guiada cuando llegué).

Higueras se sentía un artista plenamente influido por la vanguardia de su tiempo. Como cuenta su pareja Lola Botia, su proyecto final de carrera (1959), una capilla funeraria donde revienta la caja en mil pedazos, fue casi más una obra pictórica que arquitectónica: Higueras roció de gasolina el encofrado y luego le prendió fuego para conseguir algo muy parecido al arte abstracto en pintura (el propio Higueras lo asemejaba a un cuadro de Manolo Millares).

La guía resaltó que el círculo es una constante en toda su obra, no solo en sus obras más conocidas (la mítica "Corona de Espinas" , el Centro de Restauraciones en la ciudad universitaria madrileña, o las diez residencias de artistas en El Pardo, si sigues el enlace le escucharás hablando del proyecto y de paso poniendo a caldo a Mies), sino también en diseños mucho más desconocidos como su refugio de montaña o un rascacielos horizontal en China junto al ingeniero Javier Manterola, un enorme dónut de 350 metros de diámetro sostenido por un pilar de 1000 metros de altura que alojaría una ciudad autosuficiente gracias a paneles solares y aerogeneradores en la que no sería necesario el automóvil y la seguridad estaría garantizada en virtud de su aérea condición. El proyecto estaba basado en una idea similar a escala más reducida que presentó para la expo de Zaragoza de 2008 en la que Higueras, que hizo la mili en la ciudad (durante dicho periodo comenzaría su fructífera colaboración profesional con Antonio Miró), propone una suerte de nuevo Pilar de Zaragoza rabiosamente high-tech.

Siempre me había llamado la atención que se eligiera a un arquitecto ácrata, iconoclasta y profundamente vanguardista para el proyecto de viviendas para militares de San Bernardo en Madrid (1972), que parecen recién puestas ahí por una nave extraterrestre. La guía nos cuenta que el general Medrano, a cargo del Patronato para casas militares, tenía un hijo estudiando arquitectura. Medrano quería algo diferente para San Bernardo y pidió a su hijo, fan de Higueras, opinión. Gracias a él (y a su visonario padre) tenemos este magnífico edificio en lo más granado de la capital. José María de Churtichaga se hace eco de esta inesperada asociación en un artículo de 2009 para la revista del COAM que tituló con inevitable oxímoron: Hedonismo castrense. Las viviendas, que muestran sin complejos su esqueleto de hormigón visto, hacen gala de unas magníficas terrazas de las que cuelgan, babilónicas, exuberantes plantas que dotan de cierta sensualidad a la potente estructura. El acceso al aparcamiento, de una belleza cruda y espectacular, invoca de nuevo al círculo. Un edificio que siempre será joven y nunca pasará desapercibido.

Pero quizá donde Higueras lleva al extremo su devoción por las formas circulares en permanente centrifugado, acaso como él mismo, es en su proyecto para el edificio multiusos en Montecarlo (1969). Lo conocía, pero la guía nos descubrió un dato verdaderamente curioso: nada menos que el comandante Cousteau formó parte del jurado. No ganó (Archigram se llevarían el gato al agua con una propuesta subterránea, una suerte de "paisaje equipado" como el Rascainfiernos del propio Higueras, que finalmente no se llevaría a cabo), pero el mediático oceanógrafo llamó en persona a nuestro arquitecto para explicarle por qué no había sido el elegido, al parecer se había excedido en las dimensiones de su edificio (lo tienes en la foto de arriba), que parecería la materialización del momento exacto en el que una pesada gota hace impacto sobre una superficie, estallando su centro y desparramándose hacia los extremos en aristas puntiagudas. Es en suma la Corona de Espinas llevada a sus últimas consecuencias. La guía nos preguntó a qué nos recordaba su forma. A punto estuve de soltar que al Halcón Milenario, pero me contuve: un señor ya tirando a vetusto diciendo semejantes chorradas, lo mismo hubiera llamado a Seguridad. Por cierto que Cousteau le dijo también que estaba pensando en diseñar una ciudad submarina y que le llamaría a él para proyectarla... Los 60 eran así.

Manuel Blanco, director de la ETSAM, dice de Higueras que es el "último arquitecto heroico". Su descentrado extremismo hizo avanzar la arquitectura, sin duda, pero al cabo ese afán de ruptura con todo condujo a un puñado de obras deslumbrantes, la mayoría imposibles de llevar a la práctica, y no sé si (quién soy yo para decir esto, por favor) mucho más. Eso quizá explique sus furibundas críticas hacia arquitectos menos heroicos pero con los pies en la tierra, responsables de proyectos más insulsos pero seguramente más útiles. Y ahora voy y me cito a mí mismo: "Enterrado en vida en su búnker blanco, no es difícil imaginarse al genio incomprendido y olvidado lamiéndose las heridas quizá envidioso de arquitectos que alcanzaron el éxito y reconocimiento que él nunca tuvo. Serían acaso menos brillantes que él, pero supieron ser más flexibles, más empáticos con su entorno, entendiendo la arquitectura como una disciplina al servicio de la ciudad y no a la inversa. Basta con ver su horrendo ayuntamiento de Ciudad Real, que no es otra cosa que el Centro de Restauraciones con sus mismas aristas punzantes (trasunto quizá del carácter de este arquitecto que no hacía prisioneros) pero embutido en el tejido urbano en lugar de estar situado en un espléndido aislamiento, para darse cuenta de las paradójicas limitaciones de Higueras como arquitecto".

domingo, 21 de abril de 2019

Varios



Desde la caja desnuda de Goya en Zaragoza hasta la remodelación de la monumental caja (de cerillas) a cargo de Lacaton y Vassal en Burdeos, donde por cierto moriría el pintor aragonés (intervención recién premiada en la última edición del premio Mies van der Rohe) han pasado 90 años. El espíritu de la modernidad sigue presente en los proyectos masivos de mejora de ajados inmuebles que han hecho famoso al estudio francés. En este último caso como decíamos 530 familias eran las beneficiadas de una reforma que ha traído más espacio, luz, aire y acaso felicidad a unas viviendas obsoletas, escuetas y exánimes. Frente al "horror en el Hudson" (en palabras de Wainwright) al que nos referíamos en la entrada anterior, los proyectos de Lacaton y Vassal y el reconocimiento europeo que han conseguido nos devuelven la esperanza: otra arquitectura es posible.


Me vas a perdonar que te siga dando la vara con la caja. Y es que acabamos de estrenar otra, más caja imposible, en Alemania, no de otra manera podía ser el edificio que aloja un museo a mayor gloria de la Bauhaus en Weimar, primer emplazamiento de la revolucionaria escuela de diseño que celebra este año su primer centenario. El gris paralelepípedo de la arquitecta Heike Hanada se eleva al lado del Gauforum, un complejo de edificios donde los nazis albergaron la sede administrativa del programa de trabajos forzados durante la guerra y que se encuentra, mira tú por dónde, en la Jorge-Semprún platz, dedicada a nuestro escritor y ministro de cultura, quien pasó dos años en el cercano campo de concentración de Buchenwald por su filiación comunista. La sobriedad moderna de Hanada contrasta vivamente con el fervor clasicista de los edificos nazis, no en vano la Bauhaus fue prohibida por el Tercer Reich en 1933. Es una caja que no encaja. Y a pesar de su aburrida sobriedad, trae una memoria alegre, de años de experimentación alocada y optimista, muy necesaria en una ciudad con tantas referencias a un pasado de horror. Desde una de las ventanas del contenedor anónimo, que por la noche se ilumina con 24 tiras de luces led incrustadas en la fachada, puede verse al parecer una torre en la distancia. Se trata del monumento que recuerda a Buchenwald, su puerta principal con el lema Jedem das Seine ("a cada uno lo suyo") diseñada por un antiguo alumno de la Bauhaus, preso en el campo de concentración. Volviendo a la caja, hay que decir que los germanos le tienen afición. En los primeros 90, con el despendole posmoderno aún en plena vigencia, los primeros en retornar a la sobriedad del ángulo recto fueron los suizos (en concreto Herzog y de Meuron, pero también Gigon y Guyer o Zumthor). "Atacan las cajas" decía don Luis Fernández-Galiano como frase inicial de un artículo publicado en El País en 1995 (y recogido en Años Alejandrinos), refiriéndose al fenómeno rectilíneo como una "floración geométrica" y una "resaca de sobriedad y abstracción", que resurge ante los excesos kitsch no solo del posmodernismo sino también del deconstructivismo de Gehry o Libeskind, que describe como "histérica neurosis tardopunk (...) más capaz de representar catástrofes que de cerrar heridas". Concluye don Luis el artículo con una de arena y otra de cal, cerrándolo con un guiño a Gertrude Stein: "Exasperados por la locuacidad incontinente de la última década, encontramos reposo en el mutismo o la salmodia. Pero cuando haya remitido su efecto sedante nos enfrentaremos de nuevo a la constatación narcótica y liviana de que una caja es una caja es una caja". Sea como fuere el poder balsámico de la caja sigue teniendo vigencia 24 años después en un mundo acelerado hasta el desquiciamiento por efecto de internet y las redes sociales, junto a una malsana necesidad acuciante, acaso sádica, de crear alarma-espectáculo (ver El Tiempo de La 1). Lo expresa mucho mejor la decana de la Yale School of Architecture, Deborah Berke, en un reciente AV dedicado a otro amante de la línea recta y la arquitectura sosegada, David Chipperfield: "En el mundo de hoy, donde las ansiedades se explotan con fines políticos y comerciales, de una manera quizá aún más intensa en las ciudades globalizadas, lo racional constituye una especie de bálsamo. En lo racional encontramos serenidad y, en la serenidad, una especie de libertad". La caja relaja. 


Desencajados nos hemos quedado ante la triste destrucción del tejado y la aguja de Notre Dame. Macron ha abierto la caja de Pandora arquitectónica al convocar un concurso de ideas para rehabilitar ambos. Fernández-Galiano en El Mundo desdramatizaba (no es la primera gran catedral pasto de las llamas ni será la última) y abogaba por una "reconstrucción mimética, casi filológica", aunque se realizara con materiales más modernos. A Foster, ayer en The Guardian, le salía su vena high-tech y pedía reemplazar los elementos destruidos utilizando la tecnología más puntera, sin "replicar" el original: "La catedral de Notre Dame es el monumento que refleja la tecnología más avanzada de su tiempo en términos de ingeniería gótica. Como tantas catedrales, su historia está asociada al cambio y la renovación. (...) El tejado que ha sido destruido tenía una estructura de madera, cada viga estaba hecha a partir de un solo roble hasta llegar a un total de 1.300, de ahí su apodo, "el Bosque". Apenas se visitaba por lo que nos encontramos ante una oportunidad de recrear una estructura de madera que se encontraba oculta y hoy ya no existe utilizando un tejado moderno, ignífugo y ligero. El resultado ideal sería una combinación respetuosa de lo antiguo con lo mejor de lo nuevo". En el mismo artículo Amanda Levete incide en la misma dirección: "La historia nunca permanece quieta. Llevó siglos construir Notre Dame (...). Con nuestra ampliación del Victoria and Albert Museum asumimos una propuesta radical. Teníamos la responsabilidad de proteger la herencia del edificio pero por otra parte insuflarle nueva vida y mantenerlo relevante. Ese poder de la diferencia no es una idea moderna. Necesitamos mostrar confianza en lo que somos y celebrar no solo el presente sino mirar hacia el futuro". Stephen Barrett, socio de Rogers (coautor del Pompidou parisino) va más allá: "Ver esas imágenes de la catedral sin tejado me recordaron a la catedral de Coventry [catedral cuya cubierta fue destruida en un bombardeo durante el Blitz y se mantuvo tal cual]: había algo extraordinario en el hecho de poder ver el cielo. Creo que hoy se podría hacer algo muy ligero y transparente con el tejado, que tendría su propio efecto (...), cualquier cosa que se construya debería tener una ligereza increíble, con una increíble economía de medios, hacer algo casi sin material, que es un reto propio de nuestro tiempo, incluso en un sentido más amplio de frugalidad y escasez de recursos, pero al mismo tiempo luminoso. Necesita ser una especie de faro". El debate está servido.

domingo, 7 de abril de 2019

Sucedió en Manhattan


Bueno pues vamos a dejarnos ya de tanta caja olvidada y rancia. Volvamos a la más rabiosa actualidad a ver qué se cuece. The Shed de Diller Scofidio+Renfro, recién estrenado, mismamente nos vale. El estudio responsable del High Line neoyorquino ha levantado, muy cerca de parque elevado que reutiliza las antiguas vías férreas, un enorme cobertizo de siete plantas que tiene la peculiaridad de que, gracias a unas descomunales ruedas como las que mueven las grúas pórtico para transportar contenedores, puede extender su cubierta de ETFE sobre el terreno anejo conformando una carpa sci-fi que amplía el volumen del edificio en casi 1.100 metros cuadrados (en total ofrece 18.500 m2). Una vez acabado el evento, la carpa retráctil vuelve a su sitio y si te he visto, no me acuerdo. Hasta en el Telediario ha sido noticia de portada. Oliver Wainwright, el maestro de las metáforas arquitectónicas, lo compara a un monumental bolso acolchado de Chanel. Sus defensores hablan de "una navaja suiza para la cultura" a un coste, todo sea dicho, de 500 millones de dólaresDiller quita hierro al asunto (difícil, la estructura emplea 4.000 toneladas de acero) diciendo que es una simple "pieza de infaestructura musculosa e industrial, carne y hueso". No te pierdas este video sobre su construcción y funcionamiento. La semana pasada hacía su debut otra no menos bizarra estructura justo al lado, The Vessel, de Thomas Heatherwick (200 millones), una suerte de enorme cesto vacío de 46 metros de altura entretejido por escaleras a ninguna parte que se entrecruzan en imposibles piruetas como inspiradas por Escher y cuya única función es la de ser mirador desde el que contemplar con mejor perspectiva la feria de vanidades aledaña. 

Y es que ambos monumentos instagrámicos se sitúan en un nuevo complejo de torres de nombre Hudson Yards en el West Side de Manhattan, zona tradicionalmente considerada la "entrada de servicio" de la isla. A horcajadas sobre una inmensa playa de vías se yerguen ya casi terminados varios rascacielos en apiñada gavilla. Los hay de KPF (3), los propios Diller Scofidio+Renfro, Foster y SOM en lo que se considera el proyecto urbanístico privado más importante en la historia de los Estados Unidos (ya está en capilla la segunda fase). Hay una plaza "pública" (sin bancos) a la que se accede a través de un exclusivo centro comercial, que, como señala Alan G Brake en Dezeen, hace de muro blando, casi invisible, de contención: sus fastuosas tiendas y restaurantes (uno de nuestro José Andrés) atraparán al visitante con su seductor embeleso (por no hablar de los seguratas), no vaya a ser que haya alguien que acabe penetrando en el sancta sanctorum del cluster neoliberal. Pero en el complejo no todo son oficinas y tiendas, hay también apartamentos desde 4,3 millones de dólares. Si lo tuyo son los penthouses los hay por 32. Si prefieres alquilar, por 9.000 dolares al mes tienes un apartamento de dos dormitorios. Por oferta no será. Hamilton Nolan, en The Guardian, lo llama "el equivalente ultracapitalista de la Ciudad Prohibida". Lo que sueltan estos periodistas para hacer un buen titular (también señala, con cruel sarcasmo, que uno de los rascacielos de KPF incorpora una espectacular cubierta de observación por si fuera necesario algún suicidio asociado a un bajón en el mercado inmobiliario). Justin Davidson concluye en la revista New York: "No puedo evitar sentirme como un alienígena aquí, (...) todo resulta demasiado limpio, demasiado plano, demasiado dirigido por el arte. Este para-Manhattan, elevado sobre una plataforma y atado al mundo real por una línea de metro, no tiene historia, ni viejos restaurantes de comida grasienta, ni bolsas de pobreza, ni residentes excéntricos: es un lugar sin memoria".

The Shed (¿en homenaje a Venturi?) y The Vessel son acaso las únicas obras verdaderamente públicas en la flamante ciudad prohibida y prohibitiva ideada en origen por Michael Bloomberg. Chuches arquitectónicas, sonajeros tecnológicos, mientras observamos cómo se desliza la primera por arte de magia, rememorando aquellas arquitecturas móviles de Archigram, o subimos alguno de los 154 tramos de escalera inútiles de la segunda nos olvidamos de que la arquitectura se ha vendido al mejor postor en Hudson Yards. Mira, casi que prefiero la caja.

domingo, 31 de marzo de 2019

Antimonumentos (2)


Si es verdad que eres de donde están enterrados tus muertos, yo soy más de Zaragoza que de Madrid. Allí está el antimonumento que mencionábamos en la anterior entrada, el Ricón de Goya del arquitecto zaragozano Fernando García Mercadal. Como decíamos, le mandaron hacer un monumento dedicado al pintor de Fuendetodos y levantó una caja moderna, la primera de España, un manifiesto beligerante frente a la arquitectura historicista, regionalista o como la quieras llamar que en boga estaba por aquel entonces. Como muy bien decía Eduardo Prieto en el artículo que recientemente citábamos, la modernidad nunca supo crear monumentos y a la vista está. Mercadal quiso crear un edificio ante todo que tuviera una utilidad, un monumento visitable que ofreciera espacios para exposiciones o conferencias, para el diálogo y el intercambio de ideas, que ya sabemos que los modernos eran muy utópicos, más allá de la tradicional escultura sobre peana a mayor gloria del imperio. Giedion nada menos dijo del edificio que fue el primero en España capaz de romper con la tradición del siglo XIX. El problema es que la razón pura y dura (por mucho que la defendiera -presuntamente- el propio Goya, recordemos aquí su -ambiguo- cuadro El sueño de la razón produce monstruos) conecta mayormente mal con los sentimientos y al final el monumento resulta fallido. El Rincón de Goya sufrió todo tipo de violencias arquitectónicas debido a su digamos desconexión emocional, especialmente cuando, cielos, lo cogió por banda la Sección Femenina, que lo españolizó sin miramientos (algo parecido a lo que hicieron los nazis con el edificio de la Bauhaus, hoy celebramos el centenario de su creación, por cierto). En los 80 volvió a ser retocado para devolverlo a su modernidad primigenia, aunque no se hizo con la exactitud necesaria. Ya puestos diremos también que García Mercadal era seguramente el mayor experto en modernidad que tenía España por aquel entonces: fue invitado por Le Corbusier al que se considera el germen de los CIAM, el CIRPAC, el Comité internacional para la resolución de los problemas de la arquitectura contemporánea, celebrado en La Sarraz en 1928; asimismo fue uno de los socios fundadores del GATEPAC y viajó con asiduidad al extranjero para conocer la obra de los maestros modernos. Como conclusión al párrafo diremos que como monumento el Rincón de Goya resultó un fiasco, sí, pero hoy funciona como colegio para alumnos con necesidades educativas especiales, algo más útil que un monumento convencional que seguramente habría quedado olvidado también para la memoria colectiva cual "residuo invisible" en palabras de Jaume Prat.

En el mismo Parque Grande zaragozano (hoy de nombre José María Labordeta, el profesor de instituto y diputado aragonesista), que tantas dulces memorias atesora para el que esto escribe (no hay felicidad como la de la niñez) se levanta otro edificio singular que merece nos detengamos someramente. Se trata del bellísimo quiosco de música levantado por los hermanos navarros Martínez de Ubago, de un significado especial para nosotros porque se levanta en la glorieta dedicada a Ramón Borobia Cetina, músico local y bisabuelo de un servidor de usted. Fue levantado para la Exposición Hispano-Francesa de 1908, y desde entonces ha tenido una vida harto azarosa. Desmontado y trasladado de su emplazmiento original en la hoy llamada Plaza de los Sitios, pasó al emblemático Paseo de la Independencia. Con la llegada del tranvía a dicha arteria principal de la capital maña fue menester devolverlo a su emplazamiento original en la plaza, para finalmente ser llevado, en los últimos 60, a su emplazamiento actual en el parque. Pero tanta mudanza no fue lo peor que le iba a suceder. Hará un par de años dos descerebrados cogieron una retroexcavadora (tenía las llaves puestas) que andaba por las cercanías del templete y ni cortos ni perezosos, llevados por un inexplicable arrebato, se liaron a embestir el edificio. Fueron arrestados de inmediato por la Policía Local y condenados a pagar los 27.000 euros que costaría la delicada reparación (amén de ser condenados a cuatro años de cárcel, habría que ver si los monumenticidas llegaron a pisarla). Si eres madrileño no te rías mucho, la Cibeles ha sufrido vandalismos similares y no menos surrealistas. Hoy el fatigado y atónito quiosco (BIC desde 2008), con la cuidadosa restauración recién concluida, luce espléndido, ni que decir tiene que le deseamos encarecidamente una larga vejez sin más contratiempos. Por cierto que hablando de memoria maltratada, mis familiares me relataron con relativa guasa que en la placa de la calle dedicada a mi abuelo (José Borobia, también músico), en el barrio de Actur, habían colocado bajo el nombre por error "arquitecto", al confundirlo con José Borobio (acabado en "o"), arquitecto también de la generación del 25 como Mercadal y autor por ejemplo de la torre de la Feria de Muestras de la capital zaragozana junto a su hermano Regino. En fin.

Aunque mi viaje relámpago a la capital aragonesa no era para hacer turismo arquitectónico precisamente sino para recuperar memorias y lazos familiares penosamente desatendidos, sí tuve la oportunidad de dar una vuelta por el recinto de la Expo 2008. Esperaba encontrarme un aletargado bodegón de ruinas modernas, pero lo cierto es que se le ha dado utilidad en parte (alojando por ejemplo los Juzgados de la ciudad) y es un lugar visitado gracias al buen número de locales de restauración que se han abierto. Vergonzoso con todo resulta ver el icónico Pabellón-Puente de Hadid, ni pabellón pues nada alberga ni tan siquiera puente ya que está cerrado al paso. Para acabar diremos que la ciudad, vibrante con magníficos proyectos como los complejos deportivos próximos al Ebro, contrasta vivamente con la absoluta despoblación de su entorno y en general de la región. La España vacía se manifiesta con una crudeza casi dolorosa en el viaje desde Madrid, así que al llegar a Zaragoza y contemplar las imponentes torres del Pilar uno no da crédito ante el aparente espejismo, acaso como si nos encontráramos ante una ibérica Dubai.

domingo, 24 de marzo de 2019

Antimonumentos

Haz memoria
Cincuenta años antes que Piano y Rogers pretendieran hacer un antimonumento con su Pompidou parisino (así lo declaraba el propio Piano en una reciente entrevista en El Mundo), hubo un arquitecto español al que se le encomendó levantara un monumento conmemorativo a un pintor y fíjate con lo que salió. La prensa local, con mucha retranca, alegó que no diría nada del monumento hasta que lo desembalaran. Su iconoclasta arquitecto se dedicaría a "predicar la buena nueva del Norte" (como dijo Giménez Caballero) con inusitada energía en diferentes conferencias, como la que pronunció en el Ateneo Guipuzcoano el 21 de mayo de 1928 en San Sebastián (poco después de que Le Corbusier hiciera lo propio en la Residencia de Estudiantes de Madrid), donde arremetería contra el "falso culto a lo viejo" y la "ausencia de razón" de los edificios de la época, como el madrileño Palacio de Comunicaciones de Palacios y Otamendi (hoy ayuntamiento) señalando que el dinero que se gastó en su fastuosa fachada bien podría haberse utilizado en crear más estafetas y mejorar el sueldo de los carteros. No, no es Aizpurúa, aunque le imaginamos escuchando con arrobo en primera fila. Te toca hacer memoria y averiguar de qué monumento (obviamente fallido, ya nadie lo recuerda como tal y tiene otro uso) se trata y quién fue el apóstol de la modernidad al que se le ocurrió.


domingo, 17 de marzo de 2019

Marcas y marcos (2)



1. El monumento como marca.

"Ludwig Wittgenstein sentenció que la sociedad moderna ya no tiene nada que conmemorar. Que ha perdido sus lazos con el pasado y que es tan banal que no merece ser recordada. Si Wittgenstein pensaba esto de la convulsa y sofisticada sociedad europea de entreguerras, ¿qué no hubiera pensado de la nuestra? Y sin embargo, los años que vivimos no dejan de refutar el pesimismo del filósofo: nunca antes se había conmemorado tanto y tan indiscriminadamente como ahora. Nunca antes se habían construido tantos monumentos. Mirada desde el lado de la arquitectura, esta pulsión monumental pertenece a una agitada historia definida por las idas y venidas entre dos posturas: la de los arquitectos que daban la monumentalidad por muerta, y la de quienes pretendían mantenerla con vida. Al principio, el progresista siglo XX favoreció a los primeros. (...)
Las cosas cambiaron con la llegada de la posmodernidad, bien entrada la década de 1960, cuando la historia se puso de moda. De repente, todo lo que había sido tabú se convirtió en tótem. Los arquitectos se pusieron a replicar los estilemas del pasado; proliferaron pseudoclasicismos de toda laya; y, al calor de esta vis monumental, incluso multinacionales como Walt Disney encargaron oficinas en cuyas fachadas convivían columnatas, frontones y enanitos de Blancanieves. Todo esto se acompañó de un interés desmedido por la comunicación que hizo que la arquitectura dejara de ser considerada dominio exclusivo de la función y la técnica para verse como un lenguaje visual que apelaba al imaginario colectivo. Fue en este contexto fascinado a partes iguales por la historia y la semiótica donde la monumentalidad comenzó a tener de nuevo cabida en los debates de los arquitectos.(...)
El eco persistente de los ideales posmodernos, unido a la realidad inquietante de la globalización, han propiciado la aparición de un tipo inédito de monumentos: aquellos que no conmemoran nada ni tienen historia pero que no por ello dejan de ser menos eficaces en la tarea que se le exige a cualquier monumento, que es reforzar la identidad colectiva.
Son muchas las maneras de trabajar la identidad a través de estos monumentos. La principal consiste en crear imágenes singulares y fácilmente digeribles por el público; imágenes que emanan de los edificios pero que enseguida se libran de ellos para acabar pululando por las redes a golpe de "me gusta".
Nótese que en este caso forma y fondo no coinciden: los monumentos icónico-digitales no tienen contenido porque no conmemoran el pasado, sino sólo a sí mismos. Es una condición que, por supuesto, no alcanzaron a ver Wittgenstein y los intelectuales de su época, para quienes la idea del monumento se asociaba aún con lápidas, museos y cenotafios". (Eduardo Prieto, Nueva monumentalidad: por mi cara bonita, en El Mundo). 

"Mucho menos aún importa la cuestión de la falta de funcionalidad, el inflado a posteriori de los costes o los graves defectos constructivos que presentan muchos de estos monumentos inmediatos. Una proporción desmesurada de los edificios-espectáculo son museos sin colección o galerías de arte fingidas, salas de exposición extravagantes en las que el continente es la auténtica atracción.(...) El público no está realmente interesado en ver edificios que funcionen; quieren ver construcciones raras, expresivas, melodramáticas, llenas de poesía estridente, y, puestos a elegir, si es posible, que sean también violentas, catastróficas, grotescas y espeluznantes. Pero esta actitud no es exclusiva de la "era del espectáculo". Se remonta al panem et circenses del Imperio Romano, a la afición medieval y moderna a contemplar ejecuciones en plazas, a los monstruos mal labrados y las grutas con sorpresa de los jardines manieristas a la moda, a las menageries barrocas con sus extraños animales orientales y los carnavales venecianos del siglo XVIII, al auge de la novela popular gótica y romántica, al entusiasmo por la guerra de los futuristas italianos, y también, y de forma muy especial, al éxito seguro, en el cine, de las historias de catástrofes o invasiones. Es nuestro lado decadente, la atracción del abismo que nos fascina en las prisiones de Piranesi. La muerte, la abyección, la destrucción y lo grotesco han sido siempre objeto de deleite, y nuestra época, en este sentido, tiene sus propias obsesiones: el fin de todas las cosas, lo inhumano y la ausencia de forma, lo inestable y lo desarticulado". (David Rivera, El monumento que cayó del cielo. Arquitectura-espectáculo y colisiones urbanas a principios del siglo XXI, en Teatro Marittimo n.4). 

2. Marcas blancas, monumentos blanqueados.

"En Berlin hay cúpulas culpables. La ácida polémica entre Santiago Calatrava y Norman Foster en torno a la reconstrucción del Reichstag llama la atención sobre la intensidad de las pasiones que despiertan los edificios emblemáticos e invita a dirigir una mirada a nuestras propias arquitecturas representativas. Más allá de la rivalidad entre los arquitectos, el debate sobre la sede del Parlamento alemán refleja el marco emotivo de la construcción de los símbolos de la reunificación, y expresa una aguda conciencia de la dramática historia contemporánea de la nación. (...) 
Destruida en el incendio de 1933, la que fuera símbolo de la Alemania guillermina ha debido esperar a la reunificación y al retorno de de la capitalidad a Berlín para que se propusiera su inevitablemente polémica reconstrucción. Nadie deseaba levantar una cúpula idéntica a la original, ya que se interpretaría como un deseo de avivar las brasas del imperio evocando su sombra; para muchos aquella cúpula fue culpable de dos guerras europeas. Pero tampoco estaba claro cómo conciliar el arrepentimiento histórico con la exaltación de la reunificación, de manera que los arquitectos tuvieron la difícil tarea de calibrar el sueño y la memoria de Alemania.(...)
Aunque Foster obtuvo finalmente el encargo, su proyecto definitivo se aproxima al más sensato de Calatrava, ya que prescinde del gran dosel y remata el edificio con una cúpula -denominada 'red hemisférica' para evitar connotaciones que la hagan políticamente inaceptable-, con aspecto de faro geodésico: una cúpula inocente, desmemoriada y tecnocrática, despojada del intenso lirismo que poseía en el proyecto del español, pero más capaz de expresar la voluntad de unos políticos de Bonn que temen -quien sabe si con motivo- remover el humus romántico del pueblo alemán. (...)
Si este nuevo Reichstag pasteurizado no puede suscitar entusiasmo, el enconado debate que ha provocado revela una sensibilidad ante la dimensión simbólica de la arquitectura que debe mirarse con envidia desde nuestros páramos ideológicos". (Luis Fernández-Galiano, Cúpulas culpables, artículo publicado originalmente en El País en 1994 y ahora recuperado para Años Alejandrinos). 


3. Porque yo lo valgo (el arquitecto-marca).
"-¿Que un edificio sirva no es esencial?
-La arquitectura funciona en dos niveles: el subjetivo y el conectado. Uno trabaja como un artista buscando una voz, saber quién es. Si haces lo que se espera de ti, algo ya visto, no llegas a nada. Cualquier artista pasa la mitad de su carrera tratando de entender quién es para saber qué marca quiere dejar en el mundo. Nada que ver con el ego. (...)
-¿Cómo educa un edificio?
-Ninguno de los nuestros parece normal. La gente se pregunta por qué son así. No vivimos un tiempo normal. Cambiamos. La innovación es nuestra razón de ser. 
-¿Qué es hoy la innovación? ¿Que un edificio sorprenda?, ¿que ahorre energía?, ¿que mejore la ciudad?
-Nací cuando la necesidad de cambiarlo todo era el único acuerdo mundial. Empezó con Orwell, Freud y Einstein. El cambio me ha movido. (...)
-Admite que cuesta entender su trabajo.
-Me importa un bledo que no lo entiendan. ¡No lo consigo entender ni yo! 
-Peter Eisenman se psicoanalizó porque un cliente lo acusó de egocéntrico.
-Sería un problema que vieran mis edificios como neutrales. Si les gustan o los odian, me va bien. (...)
-¿Lo más importante en un edificio?
-La forma.
-¿Y el uso?
-Cada vez hay más desconexión. Vivo en un loft que hace cien años servía para almacenar cajas y es mejor que cualquier casa. La cultura visual es elitista. No la entiende todo el mundo. Pasa lo mismo con la pintura o con la ópera. No me importa que que la gente no entienda mi arquitectura. Es para unos pocos". (Thom Mayne entrevistado por Anatxu Zabalbeascoa para El País de ayer. Foto de arriba: su museo Perot en Dallas. En Vigo va a hacer la estación del AVE...). 






domingo, 10 de marzo de 2019

Marcas y marcos

Mochila ortogonal de Koolhaas para Prada. 


"-Me encanta su chaqueta: ¿sigue usted la moda? 
-Nos parece interesante. A mí, personalmente, me seducen mucho la ropa y las telas. Mi madre, que era sastre, estaba siempre rodeada de telas, y eso me atraía mucho (...) 
-Se ha dicho que su trabajo acrecienta la medida en que la arquitectura se ha convertido en moda. 
-¿Porque hablamos de ropas y perfumes? A nosotros no nos molesta semejante comentario. Y si alguien lo dice peyorativamente, es que subestima el poder de la moda. ¿Por qué la moda tiene que ser algo que esté mal? Hay mucha gente que piensa que la moda, la música, e incluso el arte contemporáneo, son cosas superficiales comparadas con los propósitos y las responsabilidades de la arquitectura. Bueno, nosotros no estamos de acuerdo. Creemos que es arrogante pensar en tales categorías ... Esas actividades dan forma a nuestra sensibilidad, son expresión de nuestro tiempo. Y no es el aspecto encantador de la moda el que nos fascina. De hecho, en lo que en realidad estamos más interesados es en lo que la gente se pone, en lo que les gusta enrollar en torno a sus cuerpos ... Nos interesa mucho esa especie de piel artificial que acaba convirtiéndose en la parte íntima de la gente.  (...) Y a este respecto, se puede comparar el cuerpo humano con un edificio: todo el mundo crea su propia arquitectura; que luego se convertirá en parte de la ciudad. La ropa es una especie de engarce entre lo público y lo privado, igual que una casa. En otras palabras, la arquitectura y la moda tienen unas cuantas cosas en común.(...) Y aunque los deseos cambian con el tiempo, la arquitectura debe conocer y responder a esos cambios. No es que nosotros queramos incorporar a nuestro trabajo todo lo que esté en boga, pero explorar la moda, la música, y especialmente, trabajar con artistas, nos da un sentido de los tiempos al margen del ámbito de la arquitectura. Todos los deseos y los gustos de un momento, considerados conjuntamente, crean el espíritu de un tiempo, la noción misma de nuestro tiempo. Una vida es un paseo por las capas y los espacios de varios de esos tiempos. Si haces arquitectura y no estás comprometido con tu tiempo, con la música de tu tiempo, el arte de tu tiempo, las modas de tu tiempo, sencillamente no puedes hablar el lenguaje de tu tiempo ... Y los arquitectos deben ser capaces de hablar el lenguaje de su tiempo porque la arquitectura es un arte público, es un arte para la gente. Paradójicamente, sólo entonces la arquitectura podrá perdurar, sólo entonces podrá ser más que una creación del momento". (Entrevista a  Jacques Herzog en El Croquis, 1997).

"La belleza de un desfile de moda radica en que en un periodo de tiempo muy breve te enfrenta a una serie de condiciones únicas que reclaman tu atención y representan la belleza y una idea... mientras estás mirando no hay nada más en lo que puedas pensar. Por tanto se trata de algo realmente único, y esa intensidad de movilización de tu atención es algo que casi envidio. La arquitectura es una profesión anticuada que crea una serie interminable de prototipos de objetos que nunca se repiten. Trabajamos, invirtiendo nuestro tiempo, e incluso derrochándolo, en la creación de condiciones únicas. La belleza de la moda, por el contrario, es esa: haces algo sublime, y si tiene éxito lo repites y se convierte en una especie de modelo que se reproduce hasta el infinito. Y ese aspecto de la moda es por supuesto impresionante y serio". (Rem Koolhaas para CNN Style) [Tras la farragosa entrada del 24 de febrero quería descansaras varias semanas de mi verbo, pero llegados a este punto no puedo evitar intervenir para contar una anécdota del arquitecto que viste -como el diablo- de Prada y para la que diseñó, marco incomparable para la marca, su sede en Milán y una mochila frontal que, en sus palabras, "ofrece un sentido más íntimo de propiedad y un mejor control del movimiento, evitando la cadena de colisiones inconscientes que la mochila involuntariamente genera". La relata (la anécdota) Oliver Wainwright. Según el crítico de The Guardian el holandés lleva su móvil en un calcetín y no en el bolsillo para que no le estropee la línea del pantalón, imaginamos cuando viste de Prada. Sorprende que luego no tenga empacho en diseñar edificios como este para Brooklyn, donde fractura sin miramientos el slab moderno -Rem siempre matando al padre- y lo deja mirando a Cuenca, seccionado en dos irreconciliables bloques destinados a no encontrarse jamás, acaso haciendo referencia a la polarización sin remedio de nuestro tiempo en el que el socorrido centro queda ayuno de representación y ya sólo podemos optar por los extremos].

"Los ochenta hipertrofiaron el componente plástico de la construcción, reduciendo con frecuencia los edificios a imágenes, y engarzando la arquitectura con el mundo de la publicidad y de la moda. Hemos visto a los grandes estilistas ofreciendo su imagen y su marca, y hemos tenido ocasión de contemplar a Norman Foster anunciando Rolex; a Michael Graves vendiendo tanto Miele como Hush Puppies; a Jean Nouvel en la publicidad de Swissair y a Ricardo Bofill en la de Renault o American Express; y a Frank Gerhy vestido de jugador de hockey para anunciar los muebles de Knoll. Los arquitectos han vendido productos lo mismo que proyectos o ciudades -un proceso que el cineasta Éric Rohmer retrata con lucidez y ternura en El árbol, el alcalde y la mediateca- y han acabado confundiendo las palabras con los ecos, y mezclando la necesidad con la seducción. Aunque sería ridículo ignorar la importancia contemporánea de las imágenes y las marcas publicitarias (...), la fagocitación de la arquitectura por el marketing ha llegado probablemente a un punto de saturación tal que ya sólo cabe esperar que la publicidad regurgite ese menú excesivo e indigesto. Fascinados por su imagen en el espejo cóncavo del glamour, algunos arquitectos se han arrojado voluntariamente a ese vientre generoso y sombrío, donde, como Miralles en su vértigo caligráfico, se entregan a placeres solitarios". (Luis Fernández-Galiano, Marcas gimnásticas, artículo publicado en 1994 sobre el pabellón de gimnasia rítmica de Enric Miralles en Alicante, ahora recogido en Años Alejandrinos).




domingo, 3 de marzo de 2019

Vuelve el hormigón



"¿Cómo se ha convertido esta humilde mezcla de cemento y arena, difamada durante décadas como azote de nuestras ciudades, en la expresión de un deseado estilo de vida que se utiliza para vender de todo, desde apartamentos de lujo hasta locales nocturnos?

Las cualidades que hacen atractivo el hormigón para unos son las mismas que siempre han repelido a otros. Es crudo, urbano e implacable, se alza como una mole geológica, formando acantilados vertiginosos y barrancos sin fondo, cavernosas bóvedas y musculosas pasarelas. Es el material que mejor encarna la era del estado de bienestar, la época en la que el sector público construía viviendas, colegios, hospitales y teatros a escala majestuosa. Es la roca líquida del socialismo, el relleno de un nacionalismo rotundo y de emocionantes monumentos esculturales para mayor gloria de olvidadas ambiciones. Es también el material más directamente relacionado con los problemas sociales que acompañaron el declive en la industria, la falta de mantenimiento y la decadencia del corazón de las grandes ciudades. Exuda optimismo y generosidad para algunos, violencia y miseria para otros. 

(...) Tras una generación en la que cayó en desgracia, cuando los mastodontes de hormigón solían encabezar las encuestas de edificios más odiados por el público, dicho material se ha puesto más de moda que nunca, en un momento en el que su catastrófico impacto medioambiental empieza a ponerse en evidencia. Un reciente informe señalaba que la producción de hormigón suponía un 8% del total de las emisiones de CO2 del mundo, mientras que el cemento desechado cubre un cuarto de la superficie de nuestros vertederos. 

"No creo que debamos usar hormigón en absoluto", dice Barnabas Calder, historiador experto en  arquitectura de posguerra y autor de Raw Concrete, un libro en el que razona con pasión sobre la belleza del brutalismo. Es un comentario inesperado viniendo de un adicto confeso al duro material que atesora fragmentos de aparcamientos derruidos como si de reliquias sagradas se trataran. "Por supuesto que parece encantador, pero tiene un impacto ecológico tremendo. Deberíamos mantener lo que tenemos y no construir más".  

Libros como el de Calder han ayudado mucho a popularizar el material de nuevo, y no hay señales de que los arquitectos vayan a darle la espalda por ahora. El resurgimiento del hormigón expuesto comenzó en los 90, principalmente como una reacción contra la percepción de inconsistencia de buena parte de la arquitectura de la época. Dos décadas de posmodernidad habían reducido la expresión arquitectónica a un ligero objeto decorativo, con edificios envueltos en cualquier vestido que al cliente le apeteciera. Los materiales podían fingir ser cualquier cosa que quisieran en una época en la que la representación era más importante que la sustancia. 

La consiguiente reacción trajo consigo una devoción casi religiosa a las propiedades innatas de los materiales en crudo. Los arquitectos persiguieron una suerte de limpieza espiritual a través de un enfoque basado en el retorno a lo esencial que puso todo su énfasis en el modo en el que los materiales afectaban a los sentidos. Escribieron densos tratados sobre fenomenología y la "coseidad de las cosas", defendiendo que los materiales fueran expuestos y tratados con honestidad. Había un primitivismo puritano en todo ello consecuencia de los excesos de los 80. (...)

En esta búsqueda de honestidad, pureza y la especial elaboración de las cosas, los suizos han estado en primera línea. Provenientes de la Eidgenössische Technische Hochschule (ETH)  de Zúrich, arquitectos como Peter Zumthor, Valerio Olgiati, Peter Märkli y Herzog & de Meuron crearon  nuevos estándares en lo referente a la potencialidad sensual y táctil del hormigón. Cada uno luchó para ser más primigenio y honesto que los demás. (...)

Puede que el hormigón sea visto cada vez más como un placer culpable, pero dicha idea aún tardará en cuajar. Permite infinitas posibilidades para conseguir efectos esculturales y hápticos: se puede pulir o moler, se le puede tratar para que su terminación sea rugosa, es posible incluso verterlo como si de aceite se tratara o compactarlo como si fuera muesli. Pero nuestra principal preocupación debería ser cuidar lo que ya tenemos: dada la cantidad de energía embebida en el stock existente de edificios con estructura de hormigón, la prioridad debe ser la preservación, modernización y recuperación de lo que ya está ahí, antes que la demolición que acabe llenando aún más nuestros vertederos". (Oliver Wainwright, Brutal beauty: how concrete became the ultimate lifestyle concept, dentro de la Semana del hormigón que The Guardian está dedicando a dicho material).







domingo, 24 de febrero de 2019

Los combates de la memoria

El monumento vende
"El patrimonio arquitectónico pertenece al arte y a la historia, pero pertenece aún más al sentimiento. (...) Más allá de los enfrentamientos políticos o jurídicos, en los escenarios pétreos del pasado se libran los combates de la memoria. Sus escaramuzas ásperas e incruentas no se refieren al pretérito documental, sino a nuestras infancias reconstruidas y borrosas. El daño al monumento es un herida al niño que fuimos. (...) Construir en los centros históricos es hacerlo en los centros sentimentales. Requiere algo más que ideas y energía; requiere sensibilidad, talento y paciencia; requiere, sobre todo, una mano prudente y un oído escrupulosamente atento al rumor de las emociones ciudadanas: las obras en los centros monumentales son siempre intervenciones a corazón abierto". Así hablaba, en 1993, Luis Fernández-Galiano al hilo de varias polémicas intervenciones en suelo patrio, como la violenta reconstrucción, acaso voladura controlada, del teatro romano de Sagunto de Giorgio Grassi y Manuel Portaceli (cuando Irene Papas representó en dicha ciudad su versión de Las Troyanas en 2001, con música de Vangelis y decorados móviles de Calatrava, prefirió hacerlo en unas naves industriales abandonadas que en el reluciente pero frígido teatro). Lo leo en el primer volumen de Años Alejandrinos, donde recopila sus artículos para El País de 1993 a 1999. Finalmente da don Luis como ejemplo de buenas intervenciones en entornos sensibles el edificio de oficinas de la Previsión Española que Moneo levantó justo detrás de la Torre del Oro en Sevilla. Por cierto que Moneo ha estado esta semana en la capital andaluza y ha aprovechado para expresar su desconcierto por la torre de Pelli, erigida, al contrario que su cuidadoso edificio, sin la más mínima consideración por su entorno (podría intercambiarse con la de Bilbao o la que se levanta en las Cuatro Torres en Madrid, ambas también del argentino, y nos quedaríamos igual): "menos mal que hay una distancia entre ella y la Giralda, porque no es posible establecer ningún paralelismo ni diálogo entre ambas" (desde luego no la verás en la postal que ilustra la campaña turística de la ciudad, la que tienes en la foto arriba de una parada de autobús en Madrid, aunque sí que, muy de soslayo, aparecen las setas de 100 millones de Mayer; por cierto que el slogan no puede ser más loosiano: "Sevilla es monumentos"). En el artículo Moneo aprovecha para dar un buen varapalo a la arquitectura de los últimos rascacielos, que según él, pasan de intentar reflejar el consabido Zeitgeist para ir cada una a su bola: "la expresión arquitectónica contemporánea, a pesar de la globalización, no es ni tan universal ni tan homogénea como lo fue la primera generación de los arquitectos modernos, aquellos que trataban de dar forma a la primera Era de la Máquina". Albricias, alguien que habla medianamente bien de la modernidadQuizá es que el espíritu de nuestro tiempo sea precisamente el de liarte la manta a la cabeza al grito de "miccionapilas moderno el último" y si te he visto no me acuerdo, que aquí lo que cuenta es que mi torre destaque sobre las demás. Es lo que Fernández-Galiano llamó en su día la metástasis de iconos

Por cierto que don Luis ha presentado esta semana en Ivorypress su nuevo libro (el ya comentado Años Alejandrinos) flanqueado por Foster y el propio Moneo nada menos. Tengo un  rebote cósmico porque en el último momento, yo que soy fan incondicional de don Luis, no pude asistir: mi evento premium del año, mi oportunidad de recibir algunas migajas de verticalidad, perdidas para siempre como lágrimas en la lluvia. Vivimos en una realidad de delirante complejidad en la que las demandas son tales a todos los niveles (como padre -no digamos como madre-, como hijo, como contrario, como profesional) que al final no llegas a nada y en todos los campos queda patente tu mediocre y lacerante horizontalidad. Esto sí que es el signo de los tiempos (ay esas pijillas quejas de primer mundo...). Tranquilo, retomo ya. Don Luis es el gran relator de nuestra memoria arquitectónica (e histórica, pues en sus artículos no pierde ocasión de referirse, como quien sí quiere la cosa, al momento político y social), imprescindible su papel ahora que se impone la desmemoria interesada y selectiva como muy bien sabía Tony Judt, que llamó a nuestro tiempo "la época del olvido" (otro paradigma): cito de la contraportada de su libro "Sobre el olvidado siglo XX": "Hoy el mundo es tan radicalmente distinto del de hace tan solo veinte años que hemos dejado de lado nuestro pasado inmediato incluso antes de haber podido entenderlo. No sabemos, literalmente, de dónde venimos, y el resultado de esta ignorancia creciente ha demostrado ser nefasto e incluso tiende a ir a peor [y eso que el libro es de 2008]. (....) Hemos olvidado el papel que jugaban los intelectuales a la hora de debatir, transmitir y defender las ideas que conformaron su tiempo". 

Un relato breve de Michael Morpurgo de nombre ¿Qué se siente?, situado, sin nombrarlo, en la guerra de Yugoslavia, narra cómo una niña logra salvarse de la total destrucción a la que se somete a su pueblo porque se esconde en unos baños públicos en la plaza principal. Cuando el comandante al mando de la división ordena destruir también dichos baños, único edificio que ya queda en pie, un soldado con conciencia, que sabe que la niña se esconde en ellos, le convence de que no lo haga para dejar dichos baños como único y humillante monumento del pueblo que quede en pie. Es una lectura que hago en mis clases de 3º de ESO, cuando pregunto a los alumnos qué guerra creen que es, nombran muchas, pero de la de Yugoslavia nadie (no lo dan hasta 4º, y eso con suerte, pero la de Vietnam tampoco y bien que la nombran). Uno de los artículos que se incluyen en Los años alejandrinos de Fernández-Galiano (de nombre Urbicidio balcánico), está dedicado a este conflicto: "La primera víctima de las guerras suele ser la verdad; en los Balcanes, la víctima inicial ha sido la memoria" (sigue leyéndolo aquí). Y por partida doble: en la guerra se quiso eliminar la memoria de un pueblo, y ahora la propia memoria de la guerra también parece haberse esfumado. Y es que hay memorias que a todos nos gustaría olvidar, especialmente si nosotros (Europa) hemos jugado un papel tan penoso en ellas; asi lo expresa, de nuevo, Fernández-Galiano: "Tiempo de tránsito y agonía, los años 90 son túrbidos y cenicientos, malos para el sosiego y la memoria, indignos del afecto y acaso del recuerdo". Y sin embargo debemos esforzarnos por hacer memoria. Ya en 1945 Popper (lo recordaban Marcos Peña y José Antonio Griñán en El País este sábado), decía: "He ahí pues, por qué el conflicto entre racionalismo e irracionalismo se ha convertido en el problema intelectual y quizá incluso moral, más importante de nuestro tiempo"