sábado, 29 de abril de 2017

Lecciones

Atención pregunta...

Hoy toca examen sorpresa. Ya me vas mirando estas maquetas y diciéndome de qué y de quién son. ¿Cómo? ¿Que hala qué difícil? Por favor, qué poco espíritu. En fin mira, como estamos de puente y tal, me pillas generoso y te voy a dar una pista (como si la torre no fuera ya suficiente) en forma de cita, de ese libro al que llevamos ya varias entradas recurriendo (Hambre de arquitectura de Santiago de Molina), y que seas o no arquitecto, incluso si la arquitectura te da igual, deberías leer porque en él encontrarás inestimables lecciones de vida, como esta misma, de sobra conocida pero sistemáticamente olvidada:
"'El arquitecto no hace él solo ni la caseta del perro', decía Javier Carvajal. Ambas fórmulas encierran una verdad acuciante: por mucho que algunos de los protagonistas de la arquitectura de todos los tiempos hayan aparecido ligados a la historia con sus nombres bramantes y poderosos, erguidos frente al mundo como monumentos al genio creador, solos no habrían construido ni un refugio de podencos. Ni Palladio, ni Fischer von Erlach, ni Loos, ni Koolhaas, ni, mucho menos, Le Corbusier.(...)
El papel del arquitecto se halla entre engranajes cada vez más complejos y hace depender su labor de una especial forma de diálogo. Nada está ya supeditado a su voluntad, ni acaso a la de su cliente o a la de los participantes de la obra, sino a la pura y simple consecución coherente de algo superior. Poco queda del arquitecto como general al mando de un ejército. Poco de aquel arquitecto-director de una cacareante orquesta. Poco depende ya la arquitectura de un arquitecto que mande, organice o dirija, porque al mando de todo se encuentra, siempre fue así, la Arquitectura. Y es sabido que de no obedecer sus órdenes calmas, por mucho que se la conjure a gritos, no hará acto de presencia". 
 El autor del proyecto de las fotos es un arquitecto por encima de todo fiel a su disciplina que incluso en mitad del fragor de la arquitectura espectáculo luchó a brazo partido por hacer una arquitectura que pasara desapercibida y se pusiera con humildad al servicio de la ciudad. Una arquitectura que vista desde el exterior puede resultar decepcionante, especialmente en foto, acostumbradas como están nuestras retinas a los edificios bramantes de arquitectos alfa que tan bien quedan en las revistas. Pero entra. Tiene este señor que hoy nos ocupa, por poner un solo ejemplo y de una obra menor, una iglesia que en su anodino exterior parece un copia y pega descarado de Siza, pero basta cruzar su umbral para que hasta el más recalcitrante ateo se sienta de inmediato en paz consigo mismo y con el mundo y entre en un estado de recogimiento casi místico.




¿Ya caes? Pues claro que es Moneo. Y el de arriba es un proyecto que realizó a finales de los 60 para el ayuntamiento de Ámsterdam que quedó finalista. Está expuesto, junto con el resto de sus obras, en la retrospectiva que puede verse estos días en el Thyssen, edificio que él mismo remodeló para convertirlo en museo.

sábado, 22 de abril de 2017

Arquitectura en democracia (2)


Seguimos relatando las dinámicas conferencias que sobre la arquitectura española en las cuatro décadas largas de democracia ha dado Luis Fernández-Galiano en la Fundación Juan March de Madrid. Me reafirmo -permíteme que insista- en que es éste el resumen de un aficionado casual, así que si controlas no pierdas aquí tu valioso tiempo (aunque si te va el rollo hater siempre puedes dedicarte a la busca y captura del probable gazapo). Hoy toca la segunda sesión, centrada en los gobiernos de Felipe González (1982-1996), etapa para la que como decíamos el catedrático de Proyectos de la ETSAM había elegido como símbolo arquitectónico el Museo Romano de Mérida de Rafael Moneo concluido en 1986, que no duda en calificar como la obra más importante de la arquitectura española de estos últimos 40 años. Este “galpón de ladrillo” en su aspecto exterior no debería hacernos olvidar el diálogo magistral que el edificio establece con la antigüedad al reflejar tanto la regularidad como la condición masiva de la arquitectura romana, y lo hace desde la modernidad al estilo Rossi (la que se ha dado en llamar postmodernidad), atenta a la memoria y lejos de la “amnesia” del Movimiento Moderno. Moneo utiliza arcos, algo inaudito para los modernos, tan obsesionados con el ángulo recto, y construye con ladrillo, de nuevo un material cálido completamente ajeno al lenguaje de Le Corbusier, Mies y sus secuaces, tan proclive al metal, hormigón o vidrio. Moneo por tanto “hace un museo romano a la romana”, una suerte de peplum arquitectónico en palabras de don Luis.

En lo político estos años están dominados por las cuatro legislaturas consecutivas del PSOE, que hizo del cambio (tranquilo) exitoso eslogan. Uno de los primeros efectos de la llegada de la izquierda al gobierno de España por primera vez desde la Guerra Civil fue un deseo de dignificar los barrios periféricos. Así, en Palomeras (Madrid), los hermanos de las Casas entre otros construyen masivos castillos de ladrillo, torres que aquí tuvieron aparentemente más éxito que los brutalistas high-rises residenciales británicos (¿será, me pregunto yo, por la calidez del ladrillo frente a la frialdad del hormigón?). Sáenz de Oiza hace lo propio con otra fortaleza residencial (El Ruedo), antipático (casi carcelario, la verdad), por fuera, pero colorista y juguetón por dentro, donde se hace evidente la influencia de Rossi y Venturi, quienes, hartos de la monótona y dogmática modernidad, defienden flipantes jugueteos a costa del lenguaje clásico que en ocasiones, a qué negarlo, te pueden llegar a poner los pelos como escarpias. Observa aquí cómo da la cara Oiza defendiendo su creación ante otro tipo de críticas menos académicas. 

Y aquí, como ya hizo antes en esa interesante contraposición entre los bancos madrileños de Bilbao y Bankinter, Fernández-Galiano vuelve a compararnos los dos planteamientos, tan opuestos, de Oiza y Moneo, maestro y discípulo (y encima ambos navarros) comparando dos edificios sevillanos: el Edificio Triana del primero y el de Previsión Española del segundo. El Triana es una actualización del Castel Sant´Angelo en palabras de LFG (otro ruedo ibérico que también tiene un punto de transatlántico felliniano o Maestranza tuneada por Terry Gilliam si se me permite la morcilla). La Previsión (hoy sede de Helvetia) es por contra un edificio que, como casi todos los de Moneo, apenas se distingue, “tan contextual que niega su voluntad de afirmarse”. 


Discípulos de Moneo en Barcelona son Martínez Lapeña y Elías Torres o el también tándem Garcés-Soria (autores, según me entero indagando un poco, de la sede del Museo Egipcio que tuve la ocasión de visitar hace unos meses), aunque la Barcelona del periodo hay que entenderla siempre girando alrededor del gran Oriol Bohigas, esa suerte de Rey Sol arquitectónico (esto es mío, que hay que sazonar un poco la narración), quien puso los cimientos para crear la ciudad de los arquitectos, ese parque temático de la arquitectura por el que se pirrian millones de turistas de todo el mundo y que está gentrificando la ciudad por momentos hasta que ya sólo puedan vivir en ella turistas pudientes (ojo, ya está empezando a pasar en Madrid). Su receta, simple pero efectiva: “higienizar el centro y monumentalizar la periferia” al loable objeto de que el habitante de las anónimas barriadas alejadas del centro se sintiera orgulloso de su entorno (¿será ésta la prehistoria de la starchitecture? Ahí está por ejemplo el espectacular puente de Bac de Roda de Calatrava uniendo dos distritos separados por las vías del ferrocarril cuando el valenciano no era nadie), proceso que culminaría con las Olimpiadas del 92, momento estelar (y estelado) en el que Barcelona se colmató de soberbias obras de entre otros Foster, Isozaki o Meier que basculaban entre la “emoción técnica” del inglés, la abracadabrante experimentación del japonés y el lenguaje neocorbuseriano del norteamericano en un relato de éxito tsunámico que todos conocemos hasta límites cansinos. (Por cierto, hablando de Foster, menudo alegrón me he llevado al enterarme de que en junio abre al fin la tan esperada Fundación del británico en el palacete de Monte Esquinza. Por los pelos...). 

¿Y qué decir de la Expo de Sevilla? El 92 fue un año de orgullo masivo (y casi recalcitrante) en el que no hubo colectivo español que no quisiera celebrar los fastos hispánicos del famoso quinto centenario. Don Luis remarca aquí que más allá del relumbrón de los pabellones, lo que significó este evento andaluz, del que ahora celebramos su 25 aniversario, fue la creación de unas potentes infraestructuras que vertebraron la península aliviando la fractura histórica Norte-Sur (aún pendiente sin ir más lejos en Italia), destacando en esa hercúlea sutura el AVE para el que Cruz y Ortiz (más conocidos por la remodelación del Rijksmuseum) levantarían la estación de Santa Justa, una de las mejores del mundo en palabras de Fernández-Galiano. Moneo diseñaría el aeropuerto de San Pablo (de nuevo he de decir que lo descubro ahora) y Calatrava levantaría el puente del Alamillo que, ahora sí, le lanzaría al estrellato. Por cierto que don Luis me sorprendió indicando que Moneo, a raíz de sus encargos andaluces (ya lo había hecho en el aeropuerto sevillano), tomó la Mezquita como modelo para las hileras de enormes columnas que sostienen la visera de su ampliación de la madrileña estación de Atocha, también acometida por estas fechas. Había oído que la torre del reloj (icono personal que veo todos los santos días nada más salir de casa rumbo al trabajo) era de influencia escandinava, pero que también hubiera influencias árabes lo desconocía por completo, una fascinante mezcla. Hablando de Madrid decir que la capital no podía quedarse atrás en este nuestro annus mirabilis y fue nombrada capital europea de la cultura, menos da una piedra. Al hilo de este evento Moneo de nuevo remodelaría el Palacio de Villahermosa para convertirlo en el Museo Thyssen. 

En este punto don Luis introduce una sucesión de arquitectos que empezaron a descollar en estos años (Navarro Baldeweg, Vázquez Consuegra, Campo Baeza) deteniéndose especialmente en Enric Miralles, del que dice que su cementerio de Igualada (en el que yace enterrado, murió con 45 años), realizado junto a Carmen Pinós, es junto al Museo de Mérida de Moneo uno de los grandes edificios del momento. Nos relata también el conocido desplome de su Palacio de los Deportes de Huesca en el que afortunadamente (sucedió por la noche), no hubo desgracias personales. Lo que no sabía es que Miralles y Pinós lo reconstruyeran reteniendo parte de la ruina destruida y dándole una forma "catastrófica" que fuera casi triste memorial de su hundimiento. Don Luis habla aquí de una metabolización del fracaso, profunda frase que da para meditar largo y tendido. Fletaba yo varios autobuses vinilados, tan de moda, con ese lema. Salimos del impasse filosófico violentados con las imágenes de la frankensteiniana rehabilitación (otra destrucción, pero esta voluntaria y alevosa) perpetrada en el anfiteatro de Sagunto por un tal Giorgio Grassi y que condujo a un levantamiento popular en toda regla. Los tribunales, en una sentencia sin precedentes, ordenaron la demolición de la obra que finalmente no se llevaría a cabo por la imposibilidad ya de extirpar la obra nueva de la fábrica original sin mutilar salvajemente el monumento.

Fuera de estas tres localizaciones también hubo vida arquitectónica. Así Siza levantó el Centro Gallego de Arte Contemporáneo en Santiago y un ubicuo Moneo diseñaría en Palma la Fundación Joan Miró, con una forma fracturada cual fortaleza renacentista, justo en el lugar donde Sert construyera un estudio al pintor catalán (se da la coincidencia de que el navarro era por aquel entonces decano en Harvard, mismo cargo que Sert había ostentado treinta años antes). Volviendo a Barcelona LFG menciona otra obra de Moneo, L´illa en la Diagonal, un “rascacielos tumbado” a lo largo de tres manzanas con 300 metros de largo, momento en el que el navarro recibiría el Pritzker (1996), por cierto que en la foto ilustrativa que se nos muestra se le ve celebrándolo con cava y al lado de la copa puede verse lo que menos me podía esperar: un volumen del S,M,X,XL de Koolhaas, publicado un año antes. Es cierto pues que los extremos se tocan. 

Post festum, pestum decían los latinos. Y efectivamente el resacón tras tanta celebración tomó cuerpo en una crisis económica que, junto los sucesivos casos de corrupción política, hundiría el país en un profundo desencanto que Fernández-Galiano representa con dos obras arquitectónicas del momento, ambas en Madrid: las Torres Kio, largo tiempo inacabadas, y la Peineta de Cruz y Ortiz (que ahora mismo están ampliando como sede del Atlético), “memento melancólico” de las sucesivas (3) fallidas candidaturas madrileñas a los Juegos Olímpicos. Pero estas brasas darían lugar a un nuevo incendio, aún más intenso si cabe… la era de la arquitectura espectáculo. Queda pendiente para otro día. 

domingo, 16 de abril de 2017

Realities



"No es ninguna novedad declarar muerta la arquitectura. Otro tanto ha ocurrido con la literatura, la filosofía o la misma cultura a lo largo de la modernidad. (...) Puede que vivamos rodeados de cadáveres; sin embargo, solo gracias a ellos somos capaces de sentir una especial continuidad con el mundo.(...)
Hoy que contemplamos ediciones sin fin de realities televisivos en versiones y formatos impensables, hoy que nos relacionamos con más seres humanos que nunca antes, gracias a las tecnologías sociales, hoy que parece que la virtualidad está cobrándose el mayor número de víctimas posibles en almas sin cuerpo, reclamamos la realidad con el ansia del que reclama una pausa en un descenso sin frenos.
Si T.S.Eliot dijo en el siglo pasado que los seres humanos no pueden soportar demasiada realidad, le faltó vivir este tiempo. En el siglo XXI parece que la necesidad de recobrar ese contacto con la realidad-real es cada vez más acuciante. Hoy parece necesitarse una arquitectura capaz de aportar una dimensión sensible a la vida. Sin más.
(...) Como con el excesivo ancho de un charco que nos fuerza el paso y nos obliga con algo de fastidio a saltarlo sin éxito, la realidad nos espera y estimula como vivencia. Y la arquitectura y la ciudad parece que se han convertido en su penúltimo refugio". (Santiago de Molina. Hambre de arquitectura).


Arquitecturas casi reales de Miquel Navarro

jueves, 13 de abril de 2017

Arquitectura en democracia

Fernández-Galiano, ordenando nuestra memoria

Pues retomando lo que decía James Joyce (lo de que quería pasar a la posteridad como alguien que recortaba y pegaba según veíamos en la entrada anterior, qué feliz hubiera sido en la era digital), voy a hacer lo propio con retazos del ciclo de conferencias que Luis Fernández-Galiano y La Fundación Juan March tuvieron afortunadamente a bien ofrecernos hace tan solo unos días en la sede madrileña de la fundación. Fueron esta vez cuatro sesiones de hora y cuarto cada una con un ambicioso objetivo: cubrir la evolución de la arquitectura española (y su entorno político y social) desde el regreso de la democracia a nuestro país hasta el momento actual. Más de cuarenta años sintetizados en cuatro intensas lecciones magistrales. Cada sesión se centraba en un periodo representado por una obra arquitectónica significativa: así, los convulsos años de la Transición, objeto de la primera, quedaba representada por el donostiarra Peine de los Vientos de Chillida, enfrentado, como nuestra frágil democracia, al bravío Cantábrico; la segunda sesión se centraba en los años 1982-96, los del gobierno de Felipe González, representados en este caso por el Museo de Arte Romano de Mérida a cargo de Moneo; la tercera lección enfocaba los años del gobierno de José María Aznar y la arquitectura espectáculo, con su epítome mayor de estandarte, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia de Santiago Calatrava, mientras que los últimos años, los que el catedrático de la ETSAM llama de la incertidumbre, eran objeto de la última sesión y quedaban representados por el Matadero madrileño, una obra coral junto al casi faraónico Madrid Río.

Sólo pude asistir a la tercera sesión, pero resulta que trasteando en la página web de la Fundación March he descubierto con gran alegría que todas las conferencias estaban grabadas (puedes incluso descargártelas) y lo que es más, puedes también bajarte las cuatro presentaciones de Fernández-Galiano (con unas 120 fotografías para cada sesión nada menos que don Luis, como es habitual en sus conferencias, proyecta en grandes dimensiones y le sirven para hilar su discurso, en ningún caso utiliza ni un papel ni una mísera ficha como socorrida chuleta), así que aquí vengo a contarte lo que he descubierto (algunas cosas, que conste, ya las conocía), éste al fin y al cabo no es sino un blog de aprendizaje (un poco de paciencia, querido lector, de todas formas me permito recordarte que éste no es un blog obligatorio, acabáramos).

Empezamos pues por la primera sesión, centrada en los complejos años de la Transición. Fernández-Galiano nos recuerda que Chillida, como decimos utilizado como referente en esta primera lección con su Peine del Viento, tiene en el exterior de la propia Fundación March una escultura, “Lugar de encuentros 6” (las otras esculturas de la serie están en Madrid, donde se encuentran tres, y en Bilbao, Palma y Toledo). Quizá la más famosa de ellas es la pieza que cuelga bajo el puente de Eduardo Dato sobre la Castellana madrileña, hoy ya ignorada (mira que he pasado veces y ni me he fijado), pero que estuvo envuelta en polémica ya que hasta 1978 no se instaló por motivos ideológicos (llegó a recibir por ello el jocoso sobrenombre de la sirena varada). Para el catedrático es por tanto todo un símbolo artístico de la Transición, prometo detenerme en ella la próxima vez que pase por allí. Ya sobre el Peine del Viento, don Luis nos recuerda que el que luce en Donosti hace el número 15 de la serie: nada menos que 25 años le llevó al escultor vasco encontrar la forma definitiva, y nos muestra fotos sobrecogedoras de su construcción, para la que se utilizaron alambicados andamios sobre el Cantábrico. Otro dato verdaderamente curioso es que para la inauguración en 1977 (enmarcado en la explanada que Peña Ganchegui diseñara para ensalzarlo) sólo 9 personas acudirían (treinta años después se volvería a hacer una inauguración digamos de consolación), fue un monumento por tanto, como la sirena madrileña, rechazado seguramente porque su rotunda modernidad disgustaba a los nostálgicos.

Una de las ideas que también resaltó don Luis fue que la Transición se pudo realizar de una manera relativamente sosegada porque la sociedad española ya se había ido modernizando desde los 50, y una de las disciplinas que contribuyeron a dicha, digamos, pretransición, fue la arquitectura. Y es curioso que la Iglesia fuera una de las promotoras de esos cambios al encargar a arquitectos rompedores obras emblemáticas, así el monasterio de Arantzatzu, a cargo de Sáenz de Oíza y Oteiza, una obra que tardó en completarse casi 20 años ya que la propia Iglesia no comulgaba con la iconografía de Oteiza (sus fantasmagóricos apóstoles). Fisac también aprovechó sus encargos eclesiásticos para abordar nuevas concepciones del espacio. En Cataluña mientras tanto era la vivienda privada (con Coderch y su casa Ugalde a la cabeza) la que lideraba el cambio. De Coderch Fernández-Galiano resalta su compromiso moral e intelectual con la modernidad con obras de “insólita pureza”.

En los 50 el régimen empezó a moverse viendo su total aislamiento del que finalmente sería rescatado por los Estados Unidos, y es que en la guerra fría no había aliado pequeño. En 1955 España entra en la ONU y se producen guiños aperturistas en el mundo del arte: unos años antes (1952) se creaba el primer museo de Arte Moderno (diseñado por Fernández del Amo dentro de la Biblioteca Nacional), algo inaudito para lo rancio del momento, y en 1953 se produce otro acto que don Luis no duda en calificar de casi subversivo al organizarse el primer curso sobre arte abstracto. En la foto de rigor vemos al incombustible Manuel Fraga, jugando en el bando aperturista del régimen.

Me da que arte y arquitectura cumplían por tanto el papel de fachada moderna de un sistema político que quería disfrazar su anomalía en una Europa que le daba la espalda. En esa línea se encuentran los poblados de colonización de Fernández del Amo de nuevo, en los que las tipologías rurales se llevaban a una abstracción radical en una peculiar modernidad vernácula (una suerte de Mondrian estepario). España se moderniza a partir de sus raíces. Alejandro de la Sota realiza en la misma línea el poblado de Fuencarral, en Madrid, que el general Muñoz Grandes, metido a crítico arquitectónico, calificara de “boxes para caballos”. Franco, que al parecer también lo visitó, no pondría tantos peros y ello dio nuevas alas a esta extrema abstracción que culminaría en el sorprendente Gobierno Civil de Tarragona (de de la Sota).

En Barcelona, siempre singulares, la modernidad arquitectónica recaería en edificios industriales, como no podía ser de otra manera dada su potencia fabril, en concreto el ejemplo más notorio de la época es el comedor de la SEAT de César Ortiz Echagüe en el que se usa aluminio corrugado, mismo material utilizado en aviones (y es que las bases americanas que se fueron instalando en España fueron también fuente de inspiración arquitectónica). Dicho comedor recibiría en 1957 el premio internacional Reynolds, premio del que formaba parte del jurado nada menos que Mies van der Rohe. Ortiz Echagüe le visita en Chicago y a la vuelta levanta en Barcelona una torre para SEAT, todo vidrio y metal, profundamente miesiana. A su vez Coderch diseña por entonces las Torres Trade, con su fachada ondulada que aún hoy llaman la atención cerca de la Diagonal en la entrada a la Ciudad Condal, siguiendo un lenguaje más orgánico cuyos juegos formales auguran una prosperidad de la que el país quiere hacer gala. Entramos en la etapa conocida como desarrollismo.

Un poco después nos topamos con uno de los hitos arquitectónicos de la época: el Pabellón de España en la expo de Bruselas de 1958 (la que levantó el Atomium). Y en una curiosa foto que nos muestra LFG vemos el brutal contraste entre el bosque de árboles metálicos de una modernidad espectacular (fue premiado en la muestra) y sus ocupantes: militares con sus mejores galas y curas de sotana asistiendo a un espectáculo de los coros y danzas de la Sección Femenina. El pabellón, triste ruina moderna, languidece hoy en la Casa de Campo como todos sabemos.

Sigue el apasionante relato de cómo unos pocos pugnaban por dotar a nuestro país, aislado, acomplejado y atrasado, de una modernidad a la altura de las naciones más avanzadas. Don Luis menciona a Pérez Piñero, nuestro Fuller (eso lo añado yo); el Colegio Maravillas de de la Sota, con sus aulas colgadas sobre el gimnasio, ya construido con acero (material hasta no hace mucho drásticamente racionado); García de Paredes y su iglesia de Almendrales, muy criticada por su similitud con una mezquita (de nuevo la Iglesia liderando la modernidad con encargos que luego le explotaban en la cara); Fernández Alba con su aaltiano convento del Rollo; Carvajal (nuestro Rudolph, eso sí es de LFG) y sus opacas construcciones brutalistas (Saura rodaría en su casa-búnker La madriguera); Fisac y sus huesos de hormigón (entramos ya en los 60) quien destacaría en el uso casi escultórico que da a este material; las icónicas Torres Blancas de Oíza, sensualmente orgánicas, marcando músculo arquitectónico al tiempo que España se va haciendo próspera; Fernando Higueras y su extraterrestre Corona de Espinas en la ciudad universitaria madrileña que tardaría 25 años en construirse; César Manrique, el primer ecologista; Tusquets y sus jugueteos libertarios mezclando los órdenes clásicos con la arquitectura vernácula; Bofill, que diseña junto a su interdisciplinar equipo el Walden 7, una suerte de monumental macrocomuna… y en esto llega Adolfo Suárez de la mano de Juan Carlos I.

Pero descansemos un poco tras este agotador reprise. Fernández-Galiano hace en este punto especial mención a dos edificios de la época, ambos en la Castellana madrileña, ambos bancos, construidos casi a la par por arquitectos que habían sido maestro y discípulo, y que sin embargo no pueden ser más opuestos. Hablamos del Banco de Bilbao de Sáenz de Oíza y el Bankinter de Moneo. El primero, moderno sin concesiones, en acero y cristal, prepotente e icónico, el segundo escondido tímidamente tras un palacete que se quiere conservar, hecho en ladrillo madrileño y con una insólita forma de cuña. Moneo da una lección magistral en su primera gran obra de cómo hacer ciudad protegiendo lo existente y mimetizándose con el medio. Modernidad frente a postmodernidad (seria, y esto lo añado yo, que ya habrá tiempo para la postmodernidad de chirigota representada sin ir más lejos por el propio Oíza en el Palacio de Congresos de Santander). Como resalta el director de Arquitectura Viva, “lo nuevo y lo viejo no discuten en Moneo, sino que hablan civilizadamente”. García de Paredes logrará algo parecido en su Auditorio Manuel de Falla en Granada.


En esto que se falla en Sevilla el concurso para su sede del Colegio de Arquitectos. LFG se detiene aquí de nuevo mostrándonos una foto del jurado, en relajada pose en torno a un velador, en el que están lo más granado del panorama arquitectónico del momento: Peña-Ganchegui, García de Paredes, Coderch, Moneo y Aldo Rossi nada menos, el arquitecto más influyente del momento. El ganador es el proyecto de Ruiz Cabrero y Perea, un edificio que desconocía por completo, y en el que de nuevo vemos cómo se mezclan tradición y modernidad en perfecta comunión. En esta misma línea Fernández-Galiano continúa hablando aquí de César Portela, Manuel Gallego, Linazasoro, Bofill con su “clasicismo alucinado” de Abraxas, arquitecturas todas ellas sin complejos que nos dan la lección de que se puede ser moderno y al mismo tiempo construir tejados a dos aguas o usar ladrillo. Acaba la sesión con la foto de la enorme urna (diseñada por García de Paredes) en la que, como una descomunal papeleta de voto, se ha encerrado el Guernica de Picasso, finalmente recuperado una vez que ha quedado demostrado (a pesar del susto del 23-F) que nuestra democracia progresa adecuadamente. La arquitectura y el arte, remata nuestro conferenciante, dando forma y voz a las inquietudes y esperanzas de cada época. 

domingo, 2 de abril de 2017

Hilando fino


"Para recordar, antes de la escritura, el ser humano inventó sistemas de relaciones capaces de facilitar su memoria. Inventó el poema para recordar historias gracias a su ritmo y su cadencia. Inventó las constelaciones para recordar fechas cuando aún no había calendario sobre el que fundamentar sus plantaciones y cosechas. Inventó la arquitectura para preservar la memoria de los hombres.(...)
Cada investigador, poeta, músico o arquitecto ha luchado desde entonces por descubrir y coser partes alejadas del mundo por medio de fórmulas, palabras, sonidos o formas. El trabajo del arquitecto es una exaltación de la secreta tarea de hilar delgado y fino.(...) Porque cada obra vale tanto más por lo que consigue relacionar en ese tejido, las obras vecinas o el pasado, con la materia de la que se constituye, que su propio valor como objeto. Por eso el arquitecto es costurero antes que constructor.
'Con gusto pasaré a la posteridad como un tipo que recorta y pega', dijo alguien sospechoso de todo menos de no aspirar a una posteridad digna: James Joyce". (Santiago de Molina, Hambre de arquitectura).

domingo, 26 de marzo de 2017

Construye como puedas



Mérida es una ciudad de belleza difícil. Sobre todo si vienes sin ir más lejos de ver Trujillo. Aunque el simple hecho de sentarse unos minutos en el teatro romano merezcan, por poner un ejemplo, los más de 600 kms de ida y vuelta desde la Villa y Corte, hay que reconocer que su urbanismo es desbaratado y sus edificios andan algo descuidados. Quizá es lo que tiene estar repleta de restos arquelógicos que hacen su aparición a cada vuelta de esquina obligando a edificios y calles a inauditos requiebros en un esfuerzo titánico por construir sin destruir. Lo nuevo y lo antiguo colisionan en todo momento en este sobrecogedor palimpsesto lleno de cicatrices y fantasmas que nos hace sentirnos como a bordo de una máquina del tiempo fuera de control.

Uno de mis mayores alicientes para revisitar la antigua capital de Lusitania, la provincia más occidental del Imperio Romano, era ver el trabajo realizado por José María Sánchez García en el Templo de Diana (otro monumento que por sí solo justifica la visita a la ciudad). He de decir que de entrada me decepcionó un poco (la culpa la tienen las magníficas fotos de Roland Halbe a las que te enlazaba en la entrada anterior, aquí están de nuevo), principalmente por su estado de conservación, que contrastaba con las inmaculadas imágenes del fotógrafo alemán. Con todo, el trabajo de Sánchez, arquitecto local que ya se había hecho notar gracias a su anillo para el Centro internacional de innovación deportiva cerca de Plasencia, que quizá inspirara a Foster para su campus de Apple en Cupertino (quién sabe si a su vez el extremeño estuviera rindiendo homenaje al proyecto presentado por OMA para la Cidade da Cultura de Santiago), me parece excepcional por lo complejo de meterse a construir en semejante entorno y por el resultado conseguido. Sánchez rodea al templo con un anillo cuadrado de sobriedad miesiana que busca el contraste con la construcción romana pero al mismo tiempo se le asemeja al reproducir el mismo lenguaje clásico desde la modernidad y eleva una teatral terraza desde la que contemplar el soberbio monumento. El anillo de Sánchez conforma un marco neutro que realza el exuberante cuadro romano. Si vas por la noche, veladas sus manchas y pintadas y espectralmente iluminado, la experiencia puede ser inolvidable (especialmente si acabas de disfrutar de una celestial mousaka en el cercano restaurante Shangri-la).

El arquitecto que pretenda dejar huella en Mérida lo tiene crudo. Veamos un par de ejemplos. Moneo, me dirás, lo logró. Su museo romano le catapultó a la fama internacional, pero lo logra a base de un interior espectacular en el que continente y contenido se funden hasta disolver los límites de tal manera que no sabes distinguir dónde acaba el museo y empieza la exposición propiamente dicha, no (creo yo) por un exterior que huye de la potencia icónica de su entorno (está al lado del teatro y anfiteatro romanos) alzando un envoltorio inescrutable de ladrillo que de lejos lo asemeja a un anónimo almacén. Al contrario que en Murcia, donde Moneo planta cara a la barroca catedral, aquí se repliega, anonadado, ante Emerita Augusta. Y qué decir del Palacio de Congresos de Nieto y Sobejano. Soy fan de los arquitectos madrileños y sus magníficas obras en Córdoba, San Sebastián o Lugo (échales un vistazo aquí), y estoy deseando que empiecen con su ampliación del Museo Sorolla en Madrid, pero en mi modesta opinión aquí hacen un edificio totalmente ajeno a la ciudad, seguramente porque no podían hacer otra cosa. Para empezar está situado en la otra orilla del Guadiana, cerca del puente de Calatrava, alejado por tanto del centro urbano, lo que acentúa su desconexión y falta de referentes, pero es que encima los arquitectos le dotan de unas formas angulosas, una fachada opaca (cubierta por una piel que, en descomunal tatuaje, reproduce lo que parece ser el plano de la capital extremeña en un intento vano de conectar el palacio con la ciudad) y un color gris que lo hace casi antipático (me recuerda a un cruce entre H&dM y Wright). Es como si, sin saber muy bien qué hacer, hubieran tirado por la calle de enmedio y que salga el sol por Antequera. Para empeorar las cosas, está cerrado a cal y canto cuando no hay nada programado, con lo que no podemos disfrutar de su interior, probablemente más amable que su exterior (más fotos, de Roland Halbe de nuevo, aquí). Finalmente, Selgas Cano, presentes en Badajoz y Plasencia con sendos palacios de congresos, aportan a Mérida la Factoría Joven, un espacio rompedor (como una versión del Templo de Diana tuneada por Mariscal) que ofrece esparcimiento a los jóvenes según una idea promovida por un profesor de Educación Física (Carlos Javier Rodríguez) de un instituto cercano. Te enlazo a unas magníficas fotos de, cómo no, Roland Halbe (debo decir que una vez más la realidad queda algo desvirtuada con respecto a la ficción fotográfica). Otra vez al arquitecto se la bufa el entorno y opta por construir a su bola, no hay otra en Mérida, muestrario inconexo de arquitecturas de todo pelaje y condición.


domingo, 19 de marzo de 2017

El sexto sentido

En ocasiones veo a Mies









"-No vive ya nadie en la casa -me dices-; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido. Y yo te digo: cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres". (César Vallejo, No vive ya nadie, citado en Hambre de arquitectura de Santiago de Molina. Fotos: entorno del Templo de Diana en Mérida de José María Sánchez García)

domingo, 12 de marzo de 2017

Misterios cotidianos


"Lo evidente esconde siempre un secreto. Detrás de cada simpleza se esconde una oportunidad de arquitectura.
Los actos cotidianos esconden los misterios más asombrosos que puedan imaginar. Las simplezas del día a día son los verdaderos monumentos de la arquitectura. Cada uno de esos gestos encierra un aprendizaje si se mira con calma y reflexión. Pero para ver su belleza escondida y superar lo evidente, para profundizar en su secreto se hace necesario mirar lo habitado con ojos de lo extraño. Contemplar cada gesto como un viajante en un país extranjero, a quien todo sorprende. Basta con maravillarse ante lo evidente, como un niño. 
Sin esa capacidad de sorpresa, sin esa lucha por hacer aflorar lo profundo de lo obvio, ser arquitecto no merezca, quizás, las penas.
Ser arquitecto es un mirar desorbitado hacia lo obvio". (Santiago de Molina, Hambre de arquitectura).

domingo, 5 de marzo de 2017

Topólogos


¿Puede la arquitectura mejorar el paisaje? Pues al menos la de RCR sí. El trío catalán, contra todo pronóstico, acaba de ganar el Pritzker. Premonitoriamente, el museo ICO le dedicaba el año pasado una excelente exposición en la que nos quedábamos prendados ante una arquitectura que parecía surgir de la tierra o fundirse con regodeo místico en ella con soberbia modestia. El comentario que más me gustado hasta la fecha de los que he leído sobre los arquitectos ha sido de largo el de Jaume Prat en su blog (te recomiendo que acudas a él también por sus magníficas fotos, alguna la he visto en el catálogo de dicha exposición): "RCR son arquitectos catalanes en el sentido pleno de la expresión. RCR representan nuestra cultura. Nuestro sentido del espacio común, de la luz, de la humedad, de la vegetación. De los olores. RCR representan esa Cataluña interior  que no es exactamente la que describen y postulan tanto la Escuela de Barcelona como el GATCPAC anteriormente, esa escuela basada en las casitas blancas mediterráneas, en la brisa y en el porche y el vacío pequeño. No. RCR son son la Cataluña interior. Son el contraluz de las masías que casi nunca están pintadas de blanco. Son las salas precariamente calefactadas. Son esos sorportales que pueden ser tan profundos como la propia masía. Son las casas que no chillan. Son ese paisaje de las viñas plantadas sobre tierra volcánica en el LLano del Batet, justo donde se alcanza a ver el mar: y esa descripción de la abadía misteriosa de Umberto Eco en El Nombre de la Rosa llevada a la vida real. RCR es la búsqueda constante de la belleza. ¿Sabéis cuál quiero decir, no? Esa que deja desarmado. Esa que te deja confundido, con la boca abierta. Es aquella primera sensación global, holística, aquella arquitectura que entra por los poros, aquella arquitectura que hasta un ciego puede percibir. Aquella arquitectura que se siente, que se escucha, que se huele. Que se toca y que destiñe.
RCR es la búsqueda de las sensaciones absolutas. El silencio. El vacío. La serenidad".

Tras esto sólo nos queda cerrar el chiringuito hasta la próxima. Buena semana.

domingo, 26 de febrero de 2017

Megaformas



Sorprende que este masivo bloque de 400 metros de largo, 500 apartamentos y casi cincuenta años a sus espaldas sea uno de los cinco finalistas de los premios Mies van der Rohe de 2017. Está en el llamado Bijlmermeer (Bijlmer para los amigos), una barriada en el extrarradio de Ámsterdam donde se construyeron edificios de viviendas de 11 plantas con un diseño deudor de los principios del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) y que, vistos a ojo de dron, recuerdan a un inmenso panal. Este bloque en concreto, si se me permite el juego de palabras (Kleiburg de nombre), es el único que queda de aquel brutal desarrollo urbanístico caído en desgracia (como casi todas las utopías modernas). ¿Y qué pinta, repito, semejante ninot indultat en los seleccionados para el premio de este año, en el que competían dos OMAs, un Siza y un Mansilla y Tuñón (el Museo de Colecciones Reales), y a los que ha desbancado fuera de toda lógica? Veamos lo que dice Stephen Bates, presidente del jurado: "Nuestros instintos podrían resumirse en las palabras de Peter Smithson [uno de los creadores, mira tú por dónde, del brutalismo inglés heredero de Le Corbusier, sus proyectos, como los Robin Hood Gardens, están también en el disparadero]: 'las cosas necesitan ser normales y heroicas a la vez'. Buscamos una normalidad cuyo sutil lirismo esté lleno de potencial". A este señor le daba yo el Nobel de lo que fuera. El reconocimiento de la Fundación Mies van der Rohe no es en realidad para el bloque en sí, sino para una iniciativa de rehabilitación a cargo de los arquitectos locales NL Architects y XVW Architectuur que, de abajo a arriba (a través de una cooperativa que mantiene su carácter social), proponen adecentar el "único hombre en pie en medio de la guerra contra la modernidad arquitectónica", como señalan los propios arquitectos. Y lo más curioso es que no lo quieren hacer, como en tantos otros casos, desde una estrategia de ocultación sino al contrario, reafirmando los valores de obsesiva repetición y abstracción formal tan queridos por el Movimiento Moderno. Más sobre el proyecto aquí.

El caso es que se me ha encendido la bombilla y me he acercado al S,M,L,XL porque todo esto me sonaba de algo. Efectivamente, en el capítulo XL, obviamente, se habla de Bijlmermeer, bajo el epígrafe Las Vegas del Estado de Bienestar. Nuestro siempre incendiario Koolhaas le dedica sus afilados comentarios, enfatizando su anacronismo (pensemos que los edificios se acabaron cuando el CIAM llevaba doce años criando malvas): "Si el debate arquitectónico es una representación del hijo matando al padre, Bijlmer presenta una inversión potencial de la fórmula edípica, según la cual el padre amenaza al hijo" (en este caso al posmodernismo). Y añade: "El hecho de que -especialmente bajo la dramática luz del clima holandés- el Bijlmer tenga una cierta grandeur monumental que, a pesar de su monotonía, acritud y torpeza sea también un espectáculo arquitectónico, demuestra que la ideología y la estética de la modernidad son, tras todos estos años, aún más proporcionales y relevantes a los fenómenos de la ocupación territorial inspirados por el estado. Bijlmer ofrece aburrimiento a escala heroica [la misma que pide Smithson]. En su monotonía, dureza e incluso brutalidad es, irónicamente, refrescante, (...) no ha eliminado, a través del exceso de sensiblería o la sobredosis de buenas intenciones, el componente de aventura. Incluso comunica, en su aridez, algo de la sensación del asentamiento, la euforia por lo nuevo, hoy ya pasada de moda, el secreto entusiasmo de la modernización". Sobrecoge la potencia descriptiva y la capacidad de abstracción teórica de este hombre. Y no te pierdas las fotos, en las que se realzan (con notable ironía) todas estas ideas. Así, se refleja el fetichismo por la repetición en Bijlmer: la forma de los bloques es semihexagonal, pero es que el lago que rodea precisamente al Kleiburg también lo es, como el islote artificial al que conduce una pasarela, y hasta el parque infantil incorpora estructuras hexagonales: la estética de la tautología en palabras de Rem. Pues bien, tras este chispeante texto (de 1976), toda una "declaración de fe" en Bijlmer, pasa a explicarnos el proyecto de rehabilitación del complejo que se le encargaría al estudio diez años después, cuando ya ha devenido escenario de una pesadilla distópica: es un gueto para inmigrantes sin recursos abandonado a su suerte. Tocaba desmantelar su aura apocalíptica, de nuevo en palabras de Rem. El diagnóstico es claro y la solución aparentemente sencilla: es necesario crear tejido urbano en una inmensa zona únicamente residencial (y por tanto mortalmente aburrida): los aparcamientos cubiertos se liberarían para dotarles de locales comerciales, y los espacios entre los hexágonos se dedicarían a usos múltiples especializados: zonas deportivas, "playa", etc, permitiendo a su vez que la zona recibiera un "bombardeo tipológico" de otros tipos de vivienda (baja, unifamiliar, etc.) que llenara los deprimentes vacíos. Finalmente nada del proyecto se llevaría a cabo, restando ya solo la muerte de Bijlmer por inanición y piqueta (muerte por cierto salvajemente iniciada cuando en 1992 un Jumbo de carga se precipitó contra una de las torres matando a 43 personas).

Y aquí retomamos el proyecto de rehabilitación de Kleiburg por NL y XVW, ese lugar tan cuajado de memoria. Le deseamos lo mejor, el Movimiento Moderno se lo merece: a pesar de todas sus imperfecciones y torpezas al menos tenía el objetivo claro y quizá ingenuo de mejorar las condiciones de vida de las personas a escala masiva. Bastante más quizá de lo que puede decir buena parte de la arquitectura perpetrada desde finales del siglo pasado hasta hace bien poco. Nos despedimos con el discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la UPM de Kenneth Frampton, teórico británico buen conocedor de nuestra arquitectura y de la modernidad arquitectónica (Solà-Morales le daría un trozo de una de las columnas de acero encontrado, como la que fotografiamos aquí, en el solar del Pabellón de Mies en Barcelona durante su reconstrucción, lo comenta en el propio discurso). Lo concluye haciendo referencia a L´illa Diagonal del propio Solà-Morales y Moneo en Barcelona, otro edificio masivo con guiños a la modernidad, ejemplo de "la estrategia catalítica de la megaforma con la que contrarrestar el vacío patológico de la megalópolis universal". 

sábado, 18 de febrero de 2017

Menos es nada


Así podría estar ahora la City de Londres si Mies hubiera levantado ahí semejante torre. Me entero, con pasmo (qué poquito sé de arquitectura, y cuanto más aprendo, más me percato de lo mucho que desconozco), en The Guardian. Mies, en el que iba a ser su último proyecto (moriría semanas después de presentarlo, en 1969), no hizo como puedes observar el más mínimo esfuerzo para adecuarse al entorno, y el edificio, al menos en apariencia, es copia y pega descarada de su torre Seagram en Nueva York. Para qué vamos a cambiar nada, si la modernidad es ya ferpecta, además ya para entonces el Movimiento Moderno había devenido Estilo Internacional, así que punto en bocaNo debe sorprender que el proyecto de este cuerpo extraño en el mismísimo hard core del más rancio tradicionalismo británico (al lado mismo de este solar hay egregios edificios como el Banco de Inglaterra de Seoane, una iglesia de Wren, un banco de Lutyens y la residencia oficial del alcalde) durmiera durante una década larga el sueño de los justos para finalmente ser apuntillado a pesar del entusiasmo de su promotor, Lord Palumbo, fan del alemán que en 1972 se quedaría con la Farnsworth cuando su dueña, harta de la falta de privacidad de la casa de cristal y tras un farragoso juicio contra Mies -Less is Nothing alegaba la pobre- que perdió, se largó con viento fresco (mucho se ha hablado de esta relación tortuosa entre la doctora y el arquitecto que según dicen le prohibía instalar cortinas para que no rompiera la extrema transparencia del paralelepípedo (?!): vivir en un manifiesto arquitectónico -Mies no hacía edificios- es lo que tiene: ahora parece que hasta Hollywood va a llevar la historia de amor-odio arquitectónico a la gran pantalla), por cierto que Palumbo hizo un buen negocio con la dichosa casa: la compró por 120.000 dólares y la vendería en 2006 por 7,6 millones... Tranquilo, cierro ya el denso párrafo para que cojas aire.

Pero volvamos a los últimos 70 y primeros 80 cuando al parecer Palumbo, tras luchar contra viento y marea más de diez años y tocar todos los palos habidos y por haber (jugaba en el mismo equipo de polo que el mismísimo Príncipe Carlos, aunque ahí, claro, pinchara en hueso), tiene posibilidades reales de colocar la torre de Mies. El proyecto no es únicamente la torre, también incluye una plaza que es quizá lo más interesante (y sorprendente) del mismo. Estamos en una zona densamente construida de la City, esa ciudad dentro de la ciudad, en la que Mies quiere liberar espacio para el esparcimiento de los ciudadanos. Esta idea en los 60, ya se sabe, la época del flower power, quedaba muy bien, pero ahora ya en los 80 las cosas se han torcido. Son los tiempos de la Naranja Mecánica de Kubrick, las manifestaciones salvajes, el terrorismo del IRA y Margaret Thatcher, la dama de hierro. Vamos, lo que le faltaba al proyecto para que lo tumbaran del todo. El Príncipe Carlos, en su mítico discurso del carbuncle contra la ampliación de la National Gallery (1984) aprovechó para darle la puntilla final, tildando la torre de muñón de cristal más apropiada para Chicago que para Londres. Palumbo, finalmente vencido, respondería con una frase histórica casi a la altura del "No mandé a mis barcos a luchar contra los elementos" de Felipe II tras la derrota de la Armada Invencible: "Solo puedo decir que Dios bendiga al Príncipe de Gales, pero que el mismo Dios nos salve de su juicio arquitectónico". Quién sabe si su incondicional apoyo a Lady Di, de quien devino amigo y confidente (observa en esta foto su evidente complicidad con la Princesa del Pueblo) no fue sino una velada revancha, epílogo a este culebrón miesiano.

Pero Lord Palumbo no se iba a quedar quieto. Quería dejar huella en la City, y vaya si la dejó. Puso entonces su vista en James Stirling nada menos, el que hoy da nombre al más prestigioso premio arquitectónico en la Gran Bretaña (por cierto que había defendido el proyecto de Mies), y le dio el encargo de construir un edificio que colmatara su solar, sin plaza ni historias. Y así surgió, otro shock morrocotudo que me llevo (conocía el edificio, pero no sabía que era de Stirling), el conocido como Poultry nº1 (por la calle donde se encuentra), un bloque de un postmodernismo kitsch que echa para atrás, aún más ajeno a su entorno que la torre de Mies, y que parece diseñado por los Monty Python (que Kahn me perdone, yo es que el posmodernismo no lo llevo bien).

El artículo de The Guardian culmina con una interesante paradoja: tanto aspaviento por un edificio de 19 plantas cuando hoy en la ciudad se están levantando torres mucho más altas (y bastante más horrendas). ¿Dónde estaba el Príncipe Carlos cuando se aprobó el Walkie Talkie?

(Coda final: ¿Y si Koolhaas -siempre acabamos volviendo a él- hubiera querido recordar el proyecto de Mies al culminar su torre para Rothschild, justo al lado de la escena del crimen, con un paralelepípedo miesiano, y al dejar en su base un vacío que permite ver precisamente la iglesia de Wren que mencionábamos arriba?)

domingo, 12 de febrero de 2017

Wonderwalls


Pues vamos a seguir con más ficción, pero no de un servidor en este caso. Descubro en Metalocus un curioso concurso de relatos de nombre Fairy Tales, cuentos de hadas (arquitectónicos, claro está), que va por su cuarta edición. En la de este año, un jurado compuesto por escritores y arquitectos de los que sólo conozco a Michel Rojkind y Stefano Boeri han seleccionado tres ganadores y diez accésits de entre concursantes de más de 60 países. Te paso el enlace (aquí) para que te des una vuelta y leas alguno, merece la pena. Las ilustraciones que los acompañan son casi lo mejor.

Yo en concreto me quedo con uno de los accésits. El relato se llama Call for Submissions: The Great Wall of America, sus autores son Carly Dean y Richard Nelson-Chow y parte, como es obvio, del muro de Trump, que aquí nuestros altos representantes rápido han puesto a bajar de un burro olvidando que tenemos un pedazo muro triple a la última, con sus concertinas y todo, en Ceuta y Melilla. Los muros pretenden la desaceleración de un mundo cuya globalización acongoja. Lo del paren el mundo que me bajo. Al igual que, como señala Paul Virilio (sigo leyendo su Amanecer crepuscular), el inmueble, la morada, supuso la ralentización de la historia (la ciudad, señala el filósofo y urbanista francés, desaceleró a los nómadas reconvirtiéndoles en sedentarios), el muro quiere parar los flujos migratorios poniendo puertas al campo en un vano intento en el que, al final, las mafias son las únicas grandes beneficiadas. Igual Trump (va a ser que no) ha leido a Virilio y ha quedado prendado con su revolución dromológica y la teoría del accidente integral (los populismos se alimentan del miedo al apocalipsis que paradójicamente ellos mismos acaban generando), pero entonces habría que dirigirle a otro de los libros del francés (Bunker Archéologie) donde señala que la línea defensiva alemana que salpicó de búnkeres las costas del atlántico (como antes había sucedido con la Línea Maginot), finalmente nada pudo hacer para desacelerar el avance imparable de los aliados. Es tal la fijación de Virilio con los búnkeres que hasta señala que inspiraron a Le Corbusier (y de paso, claro está, a todo el Movimiento Moderno: el hormigón a destajo y las líneas puras vendrían de ahí). Ronchamp para el filósofo no sería sino un inmenso búnker...

En fin, dejemos el espinoso tema, tan apto para demagogias de todos los colores, y volvamos al relato que comentábamos. Se trata de un cuento de hadas distópico, que es lo que se lleva, y en él se nos presenta un futuro muy cercano tan inquietante como probable. Estamos en 2019 (cómo no) y tras los primeros aspavientos contra Trump hemos hecho de tripas corazón y oye, pelillos a la mar. El caso es que, en el Antrumpoceno (esto es mío, para una cosa que no corto y pego que conste), un mundo en el que pintan bastos, el muro es ya una medida aceptada y al concurso para su construcción se presentan arquitectos de prestigio que en el cuento aparecen apenas enmascarados con nombres falsos: NASAA es SANAA, GODMA es OMA (God+OMA), Björk Engels Group (BEG), no hace falta ni que te lo diga, Piotr Zoomtar es Peter Zumthor y Oola Fürelisson, me parto, no es otro que Olafur Eliasson. Si obviamos el hecho harto improbable de que arquitectos tan cool como Ingels fueran a meterse en semejante proyecto (pero ojo, que grandes estudios trabajan ya hoy para el gobierno chino, que muy democrático no parece, y aquí paz y después gloria), el reto es fascinante: ¿Cómo endulzar semejante píldora? ¿y quién si no un arquitecto para lograrlo? Las ideas que presentan los autores de la singular narración por supuesto reflejan el estilo (y el lenguaje) típico de cada arquitecto: BEG (BIG) presenta su propuesta (Wonderwall), lúdicofestiva, cómo no, en forma de cómic que imita el Yes Is MoreGODMA, único nombre ficticio que te hace dudar, reproduce la hipnótica verborrea metafisicocínica de Koolhaas con lo que en seguida sales de dudas ("Hoy existe un consenso para construir una materialización física de la frontera estadounidense. Mientras que al político le interesa su país y lo que lo define, al arquitecto le interesa la forma y la creación de condiciones espaciales. Las dos profesiones han sido históricamente simbioticas desde un punto de vista institucional. La arquitectura, aunque apolítica como disciplina, tiene tendencia a producir cosas altamente políticas. Incluso la forma arquitectónica más banal crea límites, define territorios, implica ideología"). Rem y Trump. Tremendo. Por su parte el avatar de Eliasson presenta un muro acuático, una etérea cascada que caería incesante desde una enorme tubería perforada. Y así todos. ¿Te interesa? Los relatos de anteriores años han sido publicados y los puedes conseguir aquí.


Que GODMA nos pille confesados.

domingo, 5 de febrero de 2017

Un cuento holandés



Flipo con Rem. Es descubrir una obra suya y oye, automático. Aquí te traigo la Dutch House levantada, como apunta irónicamente el propio arquitecto en S, M, X, XL, en una zona "montañosa" de su natal Holanda (50 metros sobre el nivel del mar) allá por 1995, y que he hallado en el magnífico blog rumano Ofhouses. Lo que más me sorprende no es tanto la casa en sí, sino cómo fue capaz el hombre de vender la moto a sus clientes ante determinadas decisiones arquitectónicas que, en mi siempre modesta opinión, no hay por dónde cogerlas. Te pongo más fotos y después monto una ficción -ya toca- que recoja uno de los encuentros que bien podrían haber mantenido el arquitecto y el sufrido matrimonio que le encargó la casa, a los que llamaremos -son nombres inventados- Dennis y Famke.


1993 estrena verano. Las calles de Ámsterdam rebosan de esforzados ciclistas y alegres turistas que disfrutan de una soleada tarde. En un recoleto velador al borde de un canal aguardan, expectantes, una pareja ya entrada en años (frisan acaso los 60), que sorben con delicadeza infusiones ya frías. Llevan casi tres cuartos de hora esperando al arquitecto que va a proyectarles una casa en el campo, y al fin van a conocer los primeros planos. Una moto de gran cilindrada pero añeja (son años duros para el estudio del holandés) encara de pronto la estrecha calleja y frena melodramáticamente  justo al borde del canal. Desmonta con urgencia un espigado hombre con desbaratada pelambrera, nariz aguileña y mirada perdida, como si acabara de llegar de otra dimensión y aún no hubiera encontrado su ser. Se dirige, brioso, a donde se encuentra la pareja, pide a gritos un café doble con tres cucharadas de azúcar, deposita una de esas típicas carpetas azul marino de cartón con gomas sobre la mesa y se deja caer sobre un asiento con ensayada sobreactuación.
-"Famke, Dennis, vaya tráfico, llego tarde, estoy agotado".
-"Buenas tardes señor Koolhaas", responde Famke, "tranquilo, estábamos disfrutando de un té de roiboos y esperando impacientes sus noticias".
-"¿Tenemos ya planos?", espeta Dennis
-"Tengo un primer boceto muy aproximado". Abre la carpeta y saca un fajo desordenado de papeles. "Aquí tenéis".
La pareja, ansiosa, se abalanza sobre ellos. Estudian el plano y varios dibujos de la casa desde distintos ángulos durante un buen rato mientras Rem aprovecha para beberse el café casi de un trago.
-"Esto es la Farnsworth con pilotis", sentencia, decepcionado, Dennis. "Es una copia".
-"Vaya Dennis, te veo muy puesto", contesta, con estudiada afectación, el arquitecto. "Me alegro mucho que hagas esa observación. Te cuento. Mi punto de partida son Le Corbusier, Mies y demás modernos, ciertamente, para luego pasármelos por el mismísimo forro. Porque para moderno, yo. ¿Tiene la Farnsworth dos casas en una? Te has dado cuenta de la segunda vivienda que que hundo en el terreno cual búnker?"
-"¿Me estás diciendo que has superado a Le Corbusier y Mies?", le responde con sorna.
-"Mira, Dennis, ¿sabes cuál es el problema de Corbu? Que se enfrentó al vacío en el corazón mismo del maelstrom, y PARPADEÓ. Ese fue el encuentro con el destino de la modernización. Ese fue el verdadero fracaso (1). Yo no parpadeo. Nunca".
-"¿Y se puede saber qué es esa especie de protuberancia que surge en la fachada que da al patio?", tercia Famke, que ha estado mientras tanto mirando atentamente dicha extraña elevación.
-"Esa es la clave de todo, Famke. Buen ojo. Ahí es donde le clavo la puntilla a Corbu y Mies. Ahí es donde supero la deprimente austeridad moderna dando un tajo, con saña, a la horizontalidad obsesiva de esa panda y creo como una ola. ¿Conoces la película Un chien andalou de Buñuel y Dalí? Pues eso es lo que he hecho yo aquí con los modernos. Esta es una casa edípica. Me estoy cargando al padre. Con un par". Se ha venido arriba.
-"Y justo debajo de la "ola" sitúas una rampa que comunica ambos niveles", señala Famke, algo alarmada. "Un poco forzado, ¿no crees?"
-"Eso remite a la función oblicua de Paul Virilio".
-"¿Quién?", dicen ambos al unísono.
-"Es un filósofo y urbanista francés que me ha inspirado especialmente para vuestra casa. Virilio busca una arquitectura que juega al desequilibrio mediante el plano inclinado. El modelo a seguir para él es el bailarín, siempre en danza. Pura arquitectura coreográfica. Lo llama también topología: Las paredes se inclinan, se hacen accesibles, se recuperan para la vida. Acabemos con la ortogonalidad, ya no hay más afuera y adentro, sino "superficie y subficie". (2) Por eso también me interesa mucho un arquitecto español, de nombre Alejandro Zaera, que he contratado para mi estudio y  tiene ideas muy interesantes sobre este mismo tema. Seguro que va a hacer cosas destacables (3). Volviendo a Virilio, os diré que participó activamente en las revueltas de Mayo del 68, para mí que la función oblicua no es sino un homenaje, acaso inconsciente, a las barricadas. Y vio el gran peligro del hombre moderno apalancado frente a la televisión y demás pantallas: quiso que no cayera en una adocenada inactividad, retomando las tronadas ideas de futuristas como Vincenzo Fani (alias Volt), que defendía un "alpinismo doméstico", por ejemplo situando la cama suspendida dos metros del suelo, y disponiendo para subir y bajar cuerdas y pértigas, en sus casas las escaleras dejarían de existir, y en su lugar habría toboganes y montañas rusas" (4).
-"Muy curioso", señala Dennis nada entusiasta, "pero ¿me puedes explicar por qué no pones una barandilla en el salón para evitar caídas sobre la rampa? Mira que de vez en cuando organizamos fiestas y la gente puede acabar perjudicada".
-"Y nosotros mismos", apunta, bajando la voz Famke y mirando de soslayo, "alguna vez nos fumamos un canutillo, qué le vamos a hacer".
-"No creo en las limitaciones. El espacio perdería carácter. ¿Os imagináis el efecto de una persona emergiendo paulatinamente por la rampa visto desde la planta de arriba? Algo así como la trampilla en el escenario por la que hacían aparición los personajes que se suponía venían del más allá, el Hades o los infiernos en el teatro The Globe de Shakespeare. Ahora parece que lo quieren reconstruir en Londres".

Rem da un repentino respingo y mira su reloj. "Lo siento, me tengo que ir pero ya, tengo otra cita en Utrecht esta misma tarde, voy a levantar ahí un edificio para la universidad. También va a llevar un pliegue que va a traer cola. Seguimos en contacto". Pone unos florines sobre la mesa y se va raudo dando grandes zancadas hacia la moto, con la que desaparece tras un rastro de humo blanco.

La pareja se queda en el velador mirando todavía incrédulos los planos. Les ha convencido, claro, aunque aún no lo saben.


(Aunque el relato es pura ficción, lo he adobado con datos verídicos. Como somos posmodernos, pero dentro de un orden, te he indicado con números los que podrían parecer inventados pero no lo son:
(1) Esta cita es real,  del propio Rem tal cual (mayúsculas en parpadear inclusive). La puedes encontrar en S,M,L,XL.
(2) Lo de la "función oblicua" tampoco es inventado, si quieres saber más te recomiendo el libro Amanecer crepuscular de Virilio. Lo que sí es cuento chino es que inspirara a Rem para esta casa.
(3) Zaera trabajó en el estudio de Koolhaas de 1990 a 1993, aquí lo relata él mismo.
(4) Esto, aunque no lo parezca, también es rigurosamente cierto. Compruébalo en La ley del reloj de Eduardo Prieto).


domingo, 29 de enero de 2017

Inventores


La reparación arquitectónica que defiende, ¿no debería conducir a la autocrítica? Todas las profesiones que avanzan reparan. Para curar una cosa es necesario arriesgar otra. A mí me estimula la invención. Son las diferencias lo que salva. Toda Europa como Alemania sería una aberración. Lo mismo en arquitectura. No todo lo que se haga desde un despacho tecnológico de Londres tiene que valer para todos los lugares del mundo. Imponer un estilo a otras culturas es una locura. 

Usted ha sido parte del star system. Pero de otra manera. Yo fui el principio del star system [risas]. (...)

¿Qué proyecta ahora? Los últimos años de mi vida. Me toca aceptar que la muerte está cercana. Saber disfrutarlo es duro, pero apasionante. (...)

¿Cómo se ve? Inquieto. He llegado a la conclusión de que o haces funcionar la cabeza, o te mueres. O tienes cuiriosidad, o esto se acaba. (Entrevista de A. Zabalbeascoa a Ricardo Bofill en El País Semanal).



"Es una idiotez querer que todos los edificios sean idénticos. Por eso se suele decir que yo no tengo estilo. No estoy de acuerdo: el estilo es la permanencia de una actitud intelectual, de una voluntad de buscar lo que se ajusta mejor a cada circunstancia. (...) 

Para mí este oficio consiste en una búsqueda continua. (...) Yo creo que mi trabajo es más apasionante si se considera que cada nuevo edificio es un nuevo caso a estudiar. Cada encargo merece una investigación propia. (...)

Dispongo de un buen método para no lamentar nada: con cada edificio, hago lo máximo que puedo, y, a menudo, incluso más. Todo edificio es un testimonio histórico de lo que su arquitecto pudo hacer para levantarlo, pese a las reglas, las complicaciones y los problemas. (...)

La arquitectura es necesaria para alcanzar una civilización urbana que sea digna, que suponga un buen vivir. Que nos permita habitar en superficies decentes, en paisajes correctos donde el aire no esté contaminado. Debemos regresar al sentido común, a nociones estéticas transversales, al placer de la vida en común. (...) Las reivindicaciones sociales no pueden consistir en cotizar un año más o menos para la jubilación. Deberían perseguir unas condiciones de vida más favorables". (Entrevista de Álex Vicente a Jean Nouvel en SModa).