sábado, 18 de agosto de 2018

Eléctricos (2)




Hace un par de entradas despedíamos Alcobaça y sus eléctricos amantes. Como etapa final del viaje, y tras visitar los tres mosterios allí mencionados de Batalha, Tomar y el propio Alcobaça (que mi contraria imperdonablemente desconocía), tocaba descubrir algo más actual. La coda última iba a ponerla una fugaz visita a Lisboa que iba a devenir penosamente fenomenológica, pero no adelantemos acontecimientos.


Mi objetivo era apenas adentrarnos la capital lusa para echar un vistazo a la nueva terminal de transatlánticos de Carrilho da Graça pero sobre todo al MAAT (Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología, casi nada...) de AL_A, el estudio londinense de Amanda Levete, en realidad una extensión del museo que EDP, el principal grupo eléctrico de Portugal, tenía ya en una antigua central eléctrica aledaña. Empezando por el segundo, decir que fue un tanto decepcionante. En foto me había hecho a la idea de que era enorme (cómo engaña la fotografía, y la de arquitectura, como todos sabemos, más, aunque a veces sucede al contrario: no muy lejos de allí la elegante sede precisamente de EDP, a cargo mira tú por dónde de Aires Mateus, los de la casa ciega de Alcobaça, mejora en vivo y en directo las fotos que había visto de ella), el caso es que al entrar, tras pasar por el galáctico mostrador, me di cuenta de sus modestas dimensiones: un espacio diáfano al que se desciende muy teatralmente por unas escaleras apenas iluminadas (lo que no deja de ser paradójico siendo un museo a la mayor gloria de EDP) con extrañas instalaciones haciendo referencia a la corriente eléctrica que recordaban a los experimentos de Tesla (o del doctor Frankenstein), un par de salas con contenidos ecológicos de poca monta y pare usted de contar. Eso sí alabaré la alabeada azotea accesible, que ofrece unas magníficas vistas sobre el Tajo y el puente del 25 de abril así como su espectacular fachada en forma de ola supertubo recubierta de modernos azulejos -como mandan los cánones lusos- en tonos claros que al parecer emiten bellos reflejos al atardecer. Para información más detallada aquí tienes más fotos y datos, que esto es un apunte rápido y personal.

La verdad, me quedé con las ganas de saber qué falta hacía crear esta extensión, salvo la de atraer a la ciudad más turismo aún: Lisboa, pujante, pletórica y bellísima va camino de convertirse en la Barcelona del Atlántico. La reciente ampliación que Amanda Levete, autora como decimos del MAAT, ha hecho del V&A londinense, con una nueva entrada que recuerda a Hadid (aunque menos extrema que la propuesta por Libeskind, que fuera descrita en la cañera prensa inglesa como “el Guggenheim de Bilbao puesto de lado y golpeado sin ton ni son con un martillo”), es muy probable que tenga bastante que ver (junto a la calidad de las exposiciones, obviamente) con la espectacular alza en el número de visitantes del museo londinense, un 26% más que el año anterior, cuando el nuevo acceso aún no estaba terminado. De hecho Tristram Hunt, director del museo, señala que la nueva entrada y patio (que Oliver Wainwright no tuvo empacho en comparar a un chiringuito marbellí transplantado al centro de Londres) es mucho más atractiva para los “non-traditional museumgoers”. Algo de ese mismo afán de crear un polo de atracción para visitantes poco convencionales es lo que seguramente haya llevado a EDP a elegir la propuesta de Levete para el MAAT, que por cierto contrasta con la contención rectilínea del Museo de Carruajes de Mendes da Rocha, situado justo al otro lado de la avenida de Brasilia, la arteria que conecta Lisboa con Belém (decir de paso que la pasarela elevada que también Levete ha diseñado sobre la misma se lleva mal con el edificio del brasileño).

Te mencionaba al inicio de la crítica una críptica nota acerca de una experiencia fenomenológica acaecida a un servidor de usted y de la arquitectura moderna en el dicho museo lisboeta. Paso a relatarte sin más dilación. Pues andaba yo arrobado mirando las lábiles y hábiles (qué cansino estoy hoy) formas del edificio cuando tuve un momento Koolhaas. Perdí aparatosamente pie y estampé mi costillar contra el suelo con gran estrépito. Tanto hablar de la horizontalidad, mi querido lector, que al final tenía que experimentarla en toda su crudeza matérica. No me extenderé en la escena, humillante por demás, solo decir que tras convencer a varios solícitos jóvenes de que no llamaran a una ambulancia señalando con un punto chulesco (para eso soy madrileño) que no era nada (aunque aquello dolía horrores y apenas podía respirar), salí por pies del recinto ayudado por mi alarmada familia. Paramos en el cercano Espaço Espelho d’Água, un muy recomendable restaurante en forma de austero galpón con cerchas y hormigón a punta pala y magníficas vistas al Tajo donde degustamos una excelente comida de intenso sabor oriental (no en vano practican una gastronomía de fusión inspirada por la época de los Descubrimientos) que me supo a gloria y algo me recompuso. En caso de que te preocupe mi estado de salud, te comentaré que a casi un mes del háptico evento el costado aún me molesta algo aunque ya desapareció el tremendo cardenal en forma de triángulo (una suerte de letra escarlata de Hawthorne, aunque aquí la “A” era por arquitectura, o por Amanda), y durante muchos días un simple estornudo (por no hablar de otras varias funciones fisiológicas que no especificaré) me hacía ver eléctricas estrellas. En fin. 

Una vez hechas unas risas a mi costa volvamos al comentario arquitectónico propiamente dicho si no te importa. A pesar de mi doliente costillar, aún tuve ganas de parar en la novísima terminal de transatlánticos de Carrilho da Graça, que de nuevo me decepcionó tras haber visto las alucinantes fotos de Fernando Guerra (no te las pierdas), fotógrafo de arquitectura con una historiada página web. Considero probable de todas formas que mi juicio estuviera algo contaminado por mi deslomada condición. Mis fotos palidecen frente a las del portugués (además no pude entrar a la terminal, estaba cerrada), pero pondré al menos un par como testimonio, quizá más realista que sus fotos, de mi renqueante paso por allí. Carrilho da Graça utiliza con profusión sus habituales líneas rectas y sobrias (qué contraste con el MAAT), pero aquí le vemos algo más despendolado recordando con sus tímidos pliegues a la Casa de Música de Koolhaas en Oporto.


Nos despedimos una vez más de Portugal, vecino muy querido al que volveremos, y es que acaso el verdadero viaje no consiste en encontrar nuevas tierras sino en mirar con nuevos ojos, según decía Marcel Proust, cita que descubro hoy mismo en un soberbio artículo de Ángela Molina para Babelia que, si te va la hauntology, desde el eléctrico Frankenstein hasta los más modernos fantasmas, no deberías perderte: “La escala del tiempo es un espectro perdido que retorna eternamente. Hace exactamente 200 años, el Frankenstein de Mary Shelley (...) inauguraba el ciclo histórico de los replicantes. La clausura ya tiene fecha, noviembre de 2019, cuando el cazador de androides Rick Deckard (Blade Runner, 1982) regrese al futuro”.


miércoles, 8 de agosto de 2018

Triaje



Superada con gran esfuerzo la pereza estival te traigo una selección de tres edificios últimos y sus correspondientes comentarios. La caló y el tener tanto tiempo para leer prensa me ha puesto de mala leche, aviso.


Tras tanto ascetismo minimalista, real o de pega, toca cambiar de palo con un edificio que parece sacado de El Mundo Today pero no, es una propuesta real como la vida misma de Coop Himmelb(l)au, el estudio austríaco que tanto juego nos ha dado en el pasado. Se trata de un rascacielos de 360 metros para Melbourne en su tradicional estilo deconstruido para la compañía Beulah internacional, una potente inmobiliaria australiana que se ve que quiere dar el cante para avisarnos con indisimulado regodeo de que ya se vislumbra en lontananza una nueva burbuja. La Wiener Blut, tan rebelde (Adolf Loos y Otto Wagner también eran vieneses), sigue vigente en un inmueble imposible que parecería sacado de una peli de terror futurista muy macarra (tipo Transformers) y sin embargo ahora que lo pienso refleja el dichoso Zeitgeist con una precisión quirúrgica (aquí más sobrecogedoras fotos). Fíjate en el tupé trumpiano que la remata, que aloja un descomunal penthouse en voladizo apto solo para los exorbitantemente ricos; siente su brutal presencia, puro exabrupto en una época en la que la diplomacia ya es historia; observa su potencia entrópica, la energía tan obscenamente gastada para componer sus caprichosas formas dislocadas, trasunto del concepto de expresionismo cinético de Peter Sloterdijk (supuestamente en retirada, aunque aún hay recalcitrantes negacionistas) según el cual hay que quemar energía como si no hubiera mañana, oye y el que venga detrás que arree. Se llevan los extremos más zafios, la polarización apocalíptica, el matonismo macho, y este eructo arquitectónico es buena muestra de ello. “Con estas indicaciones se hacen visibles los gigantes que chocarán entre sí durante el siglo XXI. Viviremos la lucha del expansionismo y minimalismo. Habremos de elegir entre la ética de los fuegos artificiales y la ética de la ascética” (Lo dice Sloterdijk en ¿Qué sucedió en el siglo XX?). Esperamos que el proyecto, que compite con cinco más también cantosos pero algo menos (a cargo entre otros de BIG, MVRDV u OMA), no gane.  



Este segundo edificio es de Jean Nouvel, y lo traemos como antítesis del de los austríacos. Es infinitamente más elegante, rozando casi lo metafísico, con esa vocación de muro transparente que querría desmaterializarse y volverse etéreo. Está en Rijsvijk, cerca de La Haya y acomoda la Oficina Europea de Patentes. Recuerda mucho a la famosa Fundación Cartier en París, también de Nouvel (con la que buscaba no sé que de engañar a los sentidos en lo que denominaba un territorio de desestabilización donde jugaba con los límites sensoriales), y tiene la particularidad de que es más largo (156 metros) que alto (107) por lo que bien puede decirse que el arquitecto de Burdeos finalmente ha resuelto el gran dilema horizontalidad vs verticalidad: su edificio es tanto lo uno como lo otro, aunque lo que más llama la atención es que apenas llega a unos ridículos 25 metros de profundidad. De nuevo un inmueble que refleja nuestro tiempo, pero por favor este hombre es un genio: ahora que el conocimiento está a un golpe de tecla, lo horizontal parece poder al fin aspirar a la verticalidad, pero cuidado, todo es mera apariencia que esconde un conocimiento ersatz de superficialidad penosa. Aquí damos fé. 



Acabamos esta tríada con un documento gráfico demoledor. La modernidad hace aguas, o eso parece querer decir esta instalación del danés Asmund Havsteen-Mikkelsen en la que la canónica Villa Saboye de Le Corbusier se va literalmente a pique. Recuerda a aquel famoso montaje  del Royal Crown de Mies hundiéndose cual Titanic. Cómo mola cachondearse de Corbu y Mies. Pero ojo que según el artista lo que se hunde no es solo la arquitectura moderna sino y mayormente la racionalidad que esta representaba. Qué razón tienes Asmund (volvemos al inicio), lo de apelar a la razón es ya cosa de gilís, ahora se piensa con las tripas, que hay que sacar la raza, la tribu, la fuerza bruta, el animal de bellota que todos llevamos dentro (a flor de piel de hecho). Vamos a dejarlo que me caliento (aún más). La instalación está en el fiordo danés de Vejle, ¿te acuerdas? Sí, es donde Olafur Eliasson levantó ese peculiar edificio de formas blandas que parecía cimbrearse. Por cierto que en las fotos de la instalación se distinguen una serie de bloques de apartamentos de ondulantes formas (de hecho se llaman “The Wave”) del estudio local Henning Larsen, que mira tú por dónde son los mismos arquitectos con los que Eliasson trabajó en el Harpa de Reyjkiavik.

En fin, nada más por hoy. Mañana será otro día. 



lunes, 30 de julio de 2018

Aires





Pues sí, era Alcobaça, en la Estremadura portuguesa, y los arquitectos de esta casa sin ventanas los hermanos lisboetas Aires Mateus, autores de un estilo minimalista muy reconocible y similar al de los arquitectos portugueses actuales más reconocidos. En este caso la austeridad puede también querer ser reflejo del famoso monasterio de Alcobaça regido por el Císter, aunque el edificio tras su sucesivas ampliaciones tuvo ya poco de austero (destacan sus enormes cocinas, con una monumental chimenea bajo la que bien podrían asarse a la vez varios orondos terneros y un estanque para peces alimentado por el cauce desviado de nuestro querido Alcôa, el río amante, para que los monjes tuvieran a su diposición siempre pescado fresco, por no hablar del claustro gótico del Silencio o la iglesia con su fastuoso rosetón, ambos los más grandes del país). Puedes hacer una visita virtual al monasterio aquí. De la misma manera nunca sabremos si los habitantes de esta casa tan peculiar son realmente eremitas modernos, seguidores del militante  y espartano Menos es suficiente de Pier Vittorio Aureli o más bien víctimas del minimalismo-chic, metafísico pero lujoso, del Menos es Más según Mies o Pawson. Ascetas o estetas lo que sí sabemos, gracias a las fantásticas fotos de Fernando Guerra, es que los dueños de esta casa en Alcobaça disponen de la necesaria luz (acaso la arquitectura no es otra cosa que la gestión inteligente de la misma, convirtiéndose casi en un mero problema de fontanería como señala Santiago de Molina) gracias en parte a un curioso tragaluz cenital en forma de gota, quién sabe si haciendo referencia a la leyenda de los amorosos ríos. En el mosterio de Alcobaça como apuntábamos en la entrada anterior están enterrados el rey Dom Pedro e Inés de Castro, los amantes más famosos de Portugal, de cuya historia (en la que siempre se olvida al tercer ángulo, la desdichada reina Constanza, hija del infante don Juan Manuel) ya dimos cumplida cuenta en la entrada donde hablábamos de Castillo de Garcimuñoz.

Siguiendo con los Aires Mateus sugerir que a saber si (aquí todo está cogido muy por los pelos, ya lo sabes) tienen algo que ver con Aires Fernandes, señero arquitecto de la época de Manuel I, rey que da nombre al famoso estilo manuelino, una especie de gótico flamígero ya a las puertas del Renacimiento al que se añaden motivos naúticos y exóticos haciendo referencia a los viajes de exploración que los portugueses realizaban por aquel entonces. El recargamiento estilístico del manuelino poco tiene que ver con la pretendida sencillez de los Aires modernos, y tiene uno de sus mejores ejemplos en el portal que para las denominadas Capelas Imperfeitas (capillas inacabadas) levantó Aires Fernandes en el Monasterio de Batalha, muy cerca de Alcobaça, en 1509: un abigarrado arco trilobulado (en la foto) de una pasmosa y bellísima filigrana. No muy lejos de allí está otro de los más famosos ejemplos del estilo manuelino, la Janela do Capítulo, una ventana de exacerbada decoración, antítesis de las ventanas mudas de Aires Mateus, que se encuentra en el monasterio de Tomar, donde Felipe II fuera proclamado Felipe I de Portugal (en el muy teatral claustro dos Filipes). Fue realizada por Diogo de Arruda, hermano del también arquitecto Francisco de Arruda quien fuera autor a su vez del tercer gran ejemplo de arquitectura manuelina: la torre de Belém (los Arruda por cierto participaron en la construcción de la magnífica iglesia de Santa María Magdalena en Olivenza, plaza hoy extremeña pero durante mucho tiempo portuguesa). Finalmente señalar que Aires Fernandes está enterrado en Batalha, en una tumba bajo el suelo de la iglesia justo en la entrada principal. Está señalizada y acotada para que no se pueda pisar sobre ella, en un infrecuente detalle hacia un arquitecto de la época.

Dejamos ya Alcobaça, electrizados por su arquitectura y sus truculentas leyendas de pasión, no sin recomendarla también como base ideal de operaciones para visitar las otras dos joyas arquitectónicas mencionadas (los monasterios de Batalha y Tomar), sin olvidar que las fantásticas playas surferas de Nazaré y Peniche están igualmente a tiro de piedra y Lisboa a menos de una hora por autopista.

La versión minimalista del rosetón de Alcobaça en el hotel Real Abadía




lunes, 23 de julio de 2018

Eléctricos



Hace mucho, mucho tiempo había una pareja de enamorados que se amaban con locura. Se comprometieron y a punto estaban de casarse. Nada en el mundo podía, al parecer, separarles.

Se llamaban Baça ella y Alcôa él.

Eran ambos muy pobres. Un día el muchacho fue visitado por una extraña figura, que le hizo mudar su carácter y comportamiento. Se convirtió en alguien extremadamente ambicioso y acabó por abandonar a Baça. La pobre chica se llevó tal disgusto que lloró y lloró hasta que sus lágrimas amargas formaron un río. Al oír esto, Alcôa cayó en la más terrible desesperación, y, arrepentido, lloró día y noche hasta el punto de crear, como su amada, un río de lágrimas que murmuraba en las noches iluminadas por la luna: "Baça, mi amor... Perdóname ¡Te ruego que me perdones!".

La chica le perdonó y se unió a Alcôa, desembocando en él por la izquierda, que es el lado del corazón.

Se dice que ciertas noches sus apasionados susurros pueden oírse en el río...

Bueno, pues de esta tierna guisa, quién lo iba a decir, empezamos hoy nuestra entrada. La leyenda, que obviamente no me he inventado, hace referencia a dos ríos que confluyen en el centro de una pequeña ciudad. En el lugar hay un recoleto parque (el jardín del amor) que hace referencia a la leyenda, y justo en el punto de unión de los ríos amantes, un fatigado caserón que cuando te acercas descubres con pasmo que es una minúscula central eléctrica. Corta el rollito amoroso, la verdad. El amor fou y la tecnología industrial no parecen casar mucho, pero en fin, lo cortés no quita lo valiente y bien puede decirse que ficción y fricción se entreveran en el parque, o que la imparable fricción de los ardorosos amantes líquidos ilumina la ciudad que, para más enjundia, aloja las tumbas de dos amantes, estos reales (en ambos sentidos del término), que protagonizaron una truculenta historia mil veces relatada en aquel país.

En la ribera del Baça, muy cerca del parque, blanca, misteriosa, altiva, se eleva una casa que se cierra con quizá sana saña a su entorno con muros visitados por enigmáticas ventanas falsas, como tapiadas. Acaso los amantes que aquí viven no quieren, como le pasó a Alcôa, ver distraído su amor con mundanales bullangas y se encierran en su torre de marfil para entregarse a él con sagrado celo. Esta entrada se me va de las manos por momentos.

Pues bien querido lecteur, te toca descubrir quiénes son los arquitectos autores de esta casa y dónde se encuentra (piensa en el nombre de los ríos). Yo te dejo ya. Y recuerda, la verdadera medida del amor es amar sin medida...



domingo, 8 de julio de 2018

Significante y significado

¿Qué se cuece aquí?

"-También vivir en el centro de Nueva York es ahora mucho más caro que entonces.
-No ocurre solo en Nueva York. Vivir en el centro de Londres, París, Hong Kong, Los Ángeles o San Francisco es también cada vez más caro. Y en consecuencia son ciudades cada vez menos heterogéneas. Van convirtiéndose cada vez más en el territorio de la gente que hace mucho dinero con los negocios financieros, y menos en la diversa y compleja comunidad que las ciudades necesitan ser. Es un problema enorme. Y no creo que la arquitectura pueda resolverlo por sí misma. El hecho de que hoy tengamos arquitectos que sean capaces de comprender la arquitectura de Emery Roth o Rosario Candela mucho mejor de lo que se comprendía anteriormente, y que utilicen en sus nuevos edificios lecciones aprendidas de esos arquitectos es maravilloso. Sin embargo, si por causa de otros motivos nadie puede permitirse esos nuevos edificios, excepto los muy, muy ricos, entonces aún tenemos un problema. El edificio en el que estamos ahora [Beresford Apartments de Emery Roth, donde vive el entrevistado] fue construido para la burguesía, pero cada vez es más difícil para la burguesía el poder permitirse vivir en él. Y ese problema es incluso peor en Londres o en San Francisco que aquí.



-Cuanto más escaso es el buen tejido urbano, más caro se vuelve. Se convierte en una joya difícil de encontrar.
-Así es. Y tenemos además un problema particular en Nueva York, aunque también existe en Londres y otros lugares de los EE.UU.: la inversión en apartamentos es tan atractiva para el capital global que la gente que tiene gran cantidad de dinero y quieren sacarlo de un país, compra apartamentos en esas ciudades. Es su forma de mantener cincuenta millones de dólares en un lugar en el que creen que estarán seguros. (...) El mercado de edificios de vivienda colectiva está en parte dirigido por la inversión financiera internacional. Y funciona de forma muy diferente a la gente que busca lugares para vivir, es decir, al tipo de demanda del que sí pueden surgir barrios y un verdadero urbanismo. Desde donde estoy ahora mismo veo por la ventana el edificio 432 Park Avenue de Rafael Viñoly. Pienses lo que pienses sobre él, que es bueno o que es terrible, es algo independiente de los aspectos sociológicos que lleva implícitos, de sus significados culturales y económicos. Podemos preguntarnos qué significado tiene colocar un edificio de noventa plantas en Park Avenue que prácticamente nunca estará ocupado. Se trata principalmente de una herramienta para apilar dinero procedente de todo el mundo. La realidad es algo separado de la arquitectura en sí misma en un sentido formal. Podemos discutir de la arquitectura como forma, y es una discusión útil. Pero al final resulta que el significado de ese edificio resulta algo distinto a su forma".  (Paul Goldberger entrevistado en Teatro Marittimo nº6. Las fotografías son de un edificio de viviendas en construcción en Madrid, Lagasca 99, de Rafael de la-Hoz, el arquitecto comenta aquí el proyecto).



sábado, 30 de junio de 2018

Intermedios


¿Cansado del Urbanoceno?

"Las buenas arquitecturas siempre se han planteado como objetivo prioritario defendernos del viento, de la lluvia, de los ladrones, del calor, del deslumbramiento, del ruido, de los curiosos... y hacerlo de la manera más económica e ingeniosa posible, que evidentemente es también la más emocionante. 

Las buenas arquitecturas han convertido aquel exterior inhóspito en un interior confortable, donde la vida es posible porque todas las variables están dominadas a nuestra voluntad. 

Sin embargo muchas veces tenemos suficiente en controlar solamente algunas de ellas o incluso una sola dejando a las otras que hagan lo que quieran porque no molestan.

Esta modificación parcial de la naturaleza cualifica el lugar donde la hemos producido y y no podemos decir que estamos del todo fuera ni tampoco que estamos del todo dentro. Tampoco tenemos claro cuándo salimos y cuándo entramos porque sus límites son imprecisos. Decimos entonces que estamos en un espacio intermedio. (...) Unos espacios económicos, ambiguos y versátiles que proporcionan unas secuencias ricas y complejas en el traspaso entre interior y exterior, y que facilitan que el edificio se prolongue en el entorno y que el entorno penetre suavemente en el edificio. Todo lo contrario de la arquitectura totémica, ensimismada y aislada, que siempre alardea de su radical discontinuidad con relación al lugar donde aparece". 

Este fragmento corresponde a un texto de Lluís Clotet, de nombre Espacios intermedios, que he descubierto en la exposición que sobre el arquitecto catalán puede ahora mismo verse en las Arquerías de los Nuevos Ministerios en Madrid, espacio al que hacía mucho que no volvía y en el que he podido ver magníficas exposiciones sobre arquitectura cuando era el único lugar en el que se organizaban dicho tipo de exhibiciones en la capital. Esta en concreto llama la atención por su escenografía, una bizarra mezcla de Dalí y Twin Peaks en la que destaca nada más entrar, tras atravesar unos recios cortinajes rojos, una impresionante jaula (los comisarios, también arquitectos, han dado en llamarla "contenedor-gallinero-barca" ) cuyas angulosas formas replican las arquitecturas de Clotet y Óscar Tusquets, su socio de 1965 a 1983, y donde se exhiben junto a gallinas (de pega afortunadamente, haciendo referencia al parecer a los veranos rurales de la infancia del arquitecto), objetos variopintos diseñados por Clotet: muebles, atormentados accesorios de cocina para Alessi, bancos, campanas extractoras y no sé cuántas cosas más (¿quieres verla?). Ningún problema con el surrealismo, que nos va lo justo, pero debo decir que tras semejante inicio esperaba bastante más. La interesante obra de Clotet, que desconocía, queda resuelta con tres peliculillas de poco más de 15 minutos cada una en la que se da rauda cuenta de sus edificios junto a Tusquets y su nuevo socio ya en los 90, Ignacio Paricio, y si te he visto no me acuerdo. Cuando abres el espeso cortinaje tras estar en dichas "salas" (una de ellas con tres tristes sillas), esperando encontrar, qué se yo, unas imágenes con planos, unas maquetas o algo así, te encuentras con el absoluto vacío. En fin, será que uno es muy antiguo.

La casa de la foto de arriba no es de Clotet, que aquí nos gusta despistar, sino de otro arquitecto que también domina los espacios intermedios. Se trata, a ver si lo adivinas, de un "marinero convertido en anacoreta" (en palabras de Françoise Fromont), un "héroe extraviado en su refugio insular" (según Fernández-Galiano) que construye "una ruina griega habitada" (la casa de la foto), quien habla ahora es Rafael Moneo, que trabajó para él en los 60. Este "mallorquín honorario y secreto", de nuevo según Fernández-Galiano, quien le ha dedicado recientemente un número de AV (de donde están extraídas estas citas) con ocasión del centenario de su nacimiento, no es otro que Jørn Utzon, el autor del diseño de la Ópera de Sídney. Al poco de volver de Australia, tras ser excluído del mastodóntico y enrevesado proyecto, se refugiaría en esta casa de Mallorca (Can Lis), un recinto enfrentado al mar y al horizonte en la que la arquitectura queda reducida a su cualidad más metafísica, que ya dijo Heidegger que la esencia de la técnica no tenía nada de técnica sino que era pura metafísica. Bebiendo aquí el sol mediterráneo a grandes sorbos, como el reo de muerte de La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde que bebía el sol a bocanadas como si creyera que era vino, sería Utzon acaso capaz, en metafísico intermedio, de olvidar la amarga experiencia de Sídney. Hace unos días descubría el artículo que otro arquitecto, Sergio Baragaño, experto en arquitectura modular, dedicaba a Can Lis, donde tuvo la suerte de poder dormir (y sobre todo poder despertar), no deberías perderte ni el texto ni las magníficas fotos, tan infrecuentes, de la casa. 



Esta casa sí que es de Clotet (y Tusquets): está en la isla Pantelleria, cerca de Sicilia.


domingo, 24 de junio de 2018

Ejes


Así quedará el edificio que hasta hace poco tenía Barclays en la Plaza de Colón de Madrid. Nada menos que Norman Foster va a ser el encargado de remodelarlo, añadiendo una nueva fachada transparente envuelta en diagrid, su característica red metálica en forma de triángulos que adoptó de Buckminster Fuller y un atrio interior que conectará todas las plantas. En sus casi 4.000 metros cuadrados habrá espacio para tiendas y oficinas, así como una espléndida terraza a dos alturas que me temo quedará reservada para eventos privados. Luis Cueto, coordinador general de la alcaldía madrileña, con la que Foster ha sintonizado muy bien desde la llegada de Carmena, no ha dudado en llamar al eje Recoletos-Castellana el Paseo Foster, ya que en no mucho tiempo tres edificios del de Mánchester se situarán en él: la ampliación del Salón de Reinos del museo del Prado, la torre Cepsa (la única obra de las tres terminada a día de hoy, sin olvidar la Fundación Foster, muy cerca de aquí) y ahora esta nueva intervención, de nombre Axis, no en vano se sitúa en uno de los ejes vertebradores de la ciudad. La reforma va costar 10 millones de euros y estará terminada el próximo verano, sorprende que el edificio vaya a quedar tan cambiado en tan poco tiempo. Por cierto no es el único inmueble que ha sufrido o sufrirá un rejuvenecedor lifting en los alrededores: el edificio a su vera fue intervenido por Rafael de la-Hoz con una fachada que reinterpreta las tradicionales celosías, y las famosas torres de Colón están a punto de recibir un profundo rediseño propuesto por su propio autor, Antonio Lamela (coautor junto a Rogers de la T4), fallecido el pasado año, que las despojará de ese remate tan como de Miami conocido por el enchufe. El mismo Foster en persona te cuenta más de su proyecto en este video.

He intentado buscar información del fatigado edificio que se perderá (en realidad solo su fachada), de un brutalismo tan raro en Madrid (no me extraña que Barclays lo acabara comprando: le recordaría a su país) y me ha sido imposible encontrar ni tan siquiera el nombre de su arquitecto. Sólo sé que fue construido en 1971 para el Banco de Valladolid, época de la que he encontrado esta foto. A pesar de su originalidad no es de extrañar que pasara desapercibido pues por aquellos mismos años se estaban elevando sus vecinas las Torres de Colón, muy mediáticas (y polémicas) debido a su desproporcionado tamaño y novedoso sistema de construcción, y se ultimaba la Torre de Valencia con no menos sonada polémica por, según sus detractores, destrozar las vistas de la Puerta de Alcalá desde Cibeles. A mí el edificio de Barclays me gustaba, especialmente iluminado en la noche con el azul corporativo seña de identidad de la entidad, pero es obvio que los tiempos reclaman nuevas formas y las duras aristas de hormigón de las que hacía gala ya no proceden.

El de Foster será un edificio optimista y abierto que con su malla porosa lanzará un mensaje de permeabilidad razonable a un mundo que se dice global pero al mismo tiempo se apresta a construir muros que no reflejan otra cosa que su tremenda debilidad y falta de confianza en sí mismo: "Antes del "descubrimiento" del individuo autónomo, la antigua polis soñaba con la demolición de sus muros, o al menos, con no tener que mantener sus puertas cerradas. Cuando el hijo de una antigua ciudad griega ganaba una competición olímpica, sus mayores ordenaban la demolición de parte de las murallas de la ciudad. Solo en tiempos de crisis o degeneración se ordenaba cerrar las puertas. (...) las puertas abiertas eran entonces símbolo de poder. Adriano y los emperadores chinos construyeron grandes murallas, pero nunca con la intención de congelar el movimiento humano. Eran murallas porosas, meros símbolos de los límites autoimpuestos de sus imperios, y una especie de primitivo sistema de alerta temprana" según señalan en un reciente artículo Danae Stratou y Yannis Varoufakis (¿le recuerdas?) para Architectural Review Y Jaime Lerner, quien en sus sucesivos mandatos como alcalde de Curitiba dio solución a problemas endémicos de la ciudad brasileña de manera muy imaginativa (entérate en este breve video), señalaba recientemente en el congreso Menos arquitectura, más ciudad en Pamplona: "Es la flexibilidad de la imperfección la que permite la convivencia de culturas, costumbres y economías diversas". Acabo el párrafo aún con otra cita del mensaje de Stephen Hawking lanzado al espacio esta semana al tiempo que se procedía a la inhumación de sus cenizas en la abadía de Westminster: "Una de las grandes revelaciones de la Era Espacial es la perspectiva que ha dado a la humanidad de sí misma. Cuando vemos la tierra desde el espacio nos vemos como un todo. Vemos la unidad y no las divisiones, es una imagen simple pero con un mensaje muy convincente: un planeta, una sola raza. Estamos aquí juntos y necesitamos vivir juntos con tolerancia y respeto. Debemos convertirnos en ciudadanos globales". (Escucha el mensaje completo, que recuerda de nuevo a Fuller, acompañado de la magnífica música de Vangelis).

Como soñar es gratis, estaría genial que ya puestos Carmena (también presente en el congreso de Pamplona donde dijo por cierto, ánimo, es la última cita de hoy:"empieza a no ser posible realizar en las ciudades desarrolladas políticas verticales, solamente se pueden hacer horizontales" ) fichara a Foster para dar una vuelta a la plaza de Colón como hizo con Trafalgar Square...




domingo, 17 de junio de 2018

Escrito en el agua


Pues vamos a seguir con artistas que se meten en berenjenales arquitectónicos. En este caso se trata del británico Mark Wallinger, ganador del Turner en 2007, que acaba de ultimar junto al arquitecto James Lowe un memorial para la Carta Magna con ocasión de su 800 aniversario. Se encuentra en mitad de la campiña inglesa, más o menos donde la firmara, el 15 de junio de 1215, Juan I (el famoso Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo Corazón de León). Se trata de un edificio circular, hecho de tierra comprimida utilizando como unidad de medida el codo al más puro estilo medieval, y no presenta aperturas al exterior salvo por la puerta de acceso. Una vez dentro nos encontramos con un oscuro pasadizo que sigue la forma circular del edificio y que nos conduce a otra puerta que da acceso al corazón de la construcción: un estanque de nuevo circular sobre el que se asoma un óculo ahora al más puro estilo Soane. Quizá lo más peculiar de esta sencilla pero solemne construcción (a Rossi le encantaría) sea que sobre una lámina metálica que rodea al estanque se ha grabado una de las cláusulas más conocidas de la Carta (la que hace referencia a que toda persona tiene derecho a un jucio acorde a la ley antes de recibir condena, algo totalmente revolucionario para principios del siglo XIII), pero al revés, con lo que debemos fijarnos en su reflejo en el agua para poderla leer correctamente. Ello explica el nombre que Wallinger ha dado a su obra: Writ on water, inspirada en el epitafio que puede leerse en la tumba de John Keats: "Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua", que puede aludir a lo efímero de la obra de todo artista, y que está plenamente vigente en esta nuestra era líquida tan bien descrita por Bauman. Wallinger también lo relaciona con el hecho de que los ingleses carecen de una constitución escrita. En cuanto a su forma circular, el artista menciona como inspiración la torre Martello, lugar donde se inicia el Ulysses de James Joyce y que hoy es museo dedicado al autor irlandés.

También circular, y también escrito en el agua al estar posado sobre un fiordo noruego (volvemos a Escandinavia) muy cerca del Círculo Polar Ártico, me ha llamado la atención el proyecto de hotel de Snøhetta  (ojo, las fotos siguen siendo del memorial de la Carta Magna) que descubro en la revista Eme. Formando un perfecto dónut, que tanto recuerda al centro de tecnificación deportiva de Jose María Sánchez García en Extremadura, también en un entorno natural bellísimo, el hotel pretende ser el primer hotel "Powerhouse" del mundo, capaz en 60 años de generar, según Zenul Kahn, arquitecto a cargo del proyecto, la energía equivalente a la que se ha necesitado en su construcción y la que se necesitaría para su desmantelamiento, aparte de ser autosuficiente y consumir un 85% menos de energía que un hotel convencional. Anclado al fondo del fiordo con pilares de madera, imitando las construcciones autóctonas, estará acabado en un par de años, toma nota si lo tuyo son las auroras boreales vistas desde un hotel único. No deja de sorprenderme (especialmente ahora que estoy viendo la recomendable serie The Terror, basada en la dura historia real de dos barcos británicos, el Erebus y el Terror, que quedaron atrapados a mediados del siglo XIX en el hielo polar) cómo un lugar tan inhóspito puede convertirse en turístico. Los prodigios de la arquitectura.

Del círculo pasamos al cuadrado en doble salto mortal, pero seguimos con las "formas arcaicas" que dice Herzog y que tanto inspiraron a Rossi, repetidas de manera obsesiva. El último AV se centra en LAN, el estudio de Benoit Jallon y Umberto Napolitano (grandes admiradores del italiano) que hacen una arquitectura de formas secas y cortantes, amante del ángulo recto más estricto, y es que al final la forma lo es (casi) todo: "En la obra de LAN", señala Fernández-Galiano en un exquisito texto (La forma es la forma es la forma), "la forma sigue a la forma. Como en la conocida línea de Gertrude Stein -'Rose is a rose is a rose is a rose'-, la reiteración es fuente de identidad y de emoción. (...) Musical en sus geometrías pautadas, la arquitectura de los socios de LAN aspira, acaso como Haussmann a cuyos criterios para la radical transformación de París tanta atención han prestado, a la 'poésie de l'ordre et de l'equilibre' que el Préfet de la Seine menciona en sus Mémories como guía de su actividad urbanística". Arquitectura que orienta y ordena, que quiere escribir recto sobre renglones torcidos e inestables, ya sea en un perdido campo inglés, un glaciar nórdico o en la caótica urbe.

domingo, 10 de junio de 2018

Desorientados




Seguimos con ladrillo nórdico. Este es el primer edificio (más fotos aquí) terminado por Olafur Eliasson junto al arquitecto alemán Sebastian Behmann, con el que lleva colaborando casi dos décadas en su estudio berlinés. A mí Eliasson me ganó para siempre tras ver la exposición (?) que realizó para el Palacio de Cristal del Retiro madrileño en 2003 a la que llevé a mi por aquel entonces novia (hoy ya contraria) por aquello de tirarme el rollo cultureta (a los dos nos encantó, el paseo sobre roca volcánica islandesa fue un puntazo). Pero por favor no desbarremos tan pronto. Seguramente lo más cerca hasta la fecha que el artista danés-islandés había estado de la construcción pura y dura fue la fachada cristalina del auditorio Harpa en Reijkiavik de Henning Larsen (que se llevaría el premio Mies van der Rohe de 2013), sin olvidar el más bien poco agracido pabellón para la Serpentine de 2007. El edificio ahora concluido, de nombre Fjordenhus, se sitúa como el Harpa al borde del mar, pero al contrario que aquel presenta unas fachadas de ladrillo artesanal (970.000 se han utilizado) de un marcado carácter expresionista. Eliasson habla de un “edificio vivo, que parece estar creciendo en el agua”, en la del fiordo Vejle en concreto, nombre también de la cercana ciudad hasta ahora sólo conocida (es un decir) por una fábrica de chicles y una momia de la Edad del Hierro nada menos muy bien conservada en una iglesia local gracias a que su cuerpo fue enterrado en una zona pantanosa. Así que a no ser que te interese la industria del chicle, la prehistoria o el gore este pueblo iba a pasar para ti sin pena ni gloria, pero mira tú por dónde aquí tenemos a Eliasson para remedar tal injusticia. La prensa local, entusiasmada, ya ha tildado el proyecto de “la nueva catedral de Vejle”, que la verdad es algo exagerado, aunque es cierto que el curioso edificio tiene mucho más aire de iglesia que de lo que en realidad es, la sede central de una empresa de inversiones que dirigen tres hermanos descendientes del fundador de Lego (en Dinamarca todo es Lego o BIG o ambos a la vez). Por supuesto Eliasson, ya con hechuras de arquitecto de postín, construye el relato explicativo de rigor: los ladrillos hacen referencia a las piezas de Lego que de niño le dieron sus “primeras lecciones en arte abstracto”, casi nada. Sigue el artista comentando para The Guardian que quería hacer un edificio que celebrara la presencia de la gente, que dijera “Te estoy acogiendo”, y añade: “Es importante plantearse dónde tiene lugar la inclusión social si no es en la arquitectura”, para a continuación criticar cómo ciertos arquitectos se están vendiendo a las grandes corporaciones creando espacios que cada vez son más privados: ”La noción de espacios que poseemos juntos está menguando. El caso más evidente es Londres”. Eliasson se ceba con la capital británica por haber puesto en bandeja de plata a los oligarcas y ricos sus mejores espacios obligando a las clases menos pudientes a marcharse al extrarradio. Hay también puyas para el desastre de Grenfell y el Brexit, y apostilla: “Este enorme error de planteamiento hace sentir a la gente alienada, maltratada y marginada”. El suyo es también el edificio de una empresa financiera, pero defiende que es diferente porque le ha querido dar un marcado carácter abierto frente a las torres del distrito financiero londinense “con sus fachadas de granito negro estilo ’Estrella de la Muerte’”.

Este último párrafo va a estar ya exclusivamente dedicado a comentarios personales, polisémicos y transversales así que te invito a dejarlo ya (avisado quedas). A nosotros nos gusta el edificio, oye, quizá precisamente por lo paradójico que es. Es cierto que lo veo algo pasado (de vueltas y de tiempo), como sacado de los muy locos años 20/30 (también me recuerda a Kahn), y de entrada descoloca que no veas (Kate Connolly, la autora del artículo que te comento, tilda al edificio de “disorientating”, toma palabro), será que sigo bajo la influencia de La otra arquitectura moderna de David Rivera, pero el caso es que me recuerda al Steiner del Goetheanum e incluso un poco a la torre Einstein de Mendelsohn en esa sensación de movimiento constante y simpática flacidez que transmiten sus peculiares formas. Pero al mismo tiempo es un edificio que refleja un dinámico optimismo y una blanda solidez a pesar de sus toques chirriantes. Comparado, por ejemplo, con la arquitectura inmovilista, pesada y burocrática llena de ángulos rectos y arcos de una perfección casi metafísica del Palazzo della Civiltá Italiana (ahora mismo estoy en el capítulo del libro de Rivera dedicado a Italia), bellísimo en su imponente verticalidad pero gélido, amenazador y alienado, supone un ilusionante soplo de aire fresco, acaso un espejismo enladrillado. A veces la desorientación es sana.

domingo, 3 de junio de 2018

Verticales (o no)




Qué hay de nuevo. Con tu permiso voy a seguir dándole a la verticalidad y la horizontalidad. ¿Cómo? ¿Que van ya tres entradas con tema tan abstracto y obtuso? Oye mira, Santiago de Molina se tiró trece lunes hablando de escaleras en su blog, que se dice pronto, y aquí nadie se ha quejado, así que chitón.

Dentro de poco tenemos ya celebrándose el Congreso de Arquitectura y Sociedad de todos los junios en Pamplona, que este año nos sorprende no sólo con su título (Menos arquitectura y más sociedad), más horizontal imposible, con ecos de La arquitectura sin arquitectos de Rudofsky, sino también con el extenso plantel de no-arquitectos invitados: tenemos escritores (Leonardo Padura, Eduardo Mendoza), (ex-) alcaldes (Manuela Carmena, Joan Clos) y un crítico de diseño (Deyan Sudjic), menos mal que también hay un urbanista (Salvador Rueda) y varios arquitectos (de renombre solo dos para mí: Dominique Perrault, el autor de la Caja Mágica madrileña y Farshid Moussavi, ex compañera de Alejandro Zaera-Polo en FOA). De director, Luis Fernández-Galiano, como siempre, junto a Patxi Mangado. Pues eso, que esperamos con especial ilusión las aportaciones acaso surrealistas del autor de Sin noticias de Gurb o El último trayecto de Horacio Dos, convenientemente espoleado por don Luis.

En la bienal de Venecia, de la que ya hemos venido hablando en alguna que otra entrada, centrada este año en el lema Freespace y a cargo del estudio irlandés Grafton Architects, la cosa también se torna horizontal. Oliver Wainwright la llama "la bienal de los bancos" y es que las arquitectas han dispuesto un buen número de dichas piezas urbanas (de variado diseño al parecer) por doquier para que el agitado transeúnte se relaje y vea, que ya solo somos capaces de mirar (y eso cuando no estamos echando un ojo al móvil). Como señalan las comisarias, el arquitecto debe ofrecer regalos visuales que alegren el ojo no solo del cliente, sino también del incauto paseante. Wainwright apostilla: "Una pared hermosa, a los ojos de Grafton, puede dar placer a un paseante aun cuando nunca entre dentro, como lo puede dar un vistazo a un patio o un lugar para recostarse en la sombra o guarecerse de la lluvia. La idea es embridar la energía de los regalos de la naturaleza, recordándonos cómo la arquitectura puede capturar la luz, una brisa o las ondas en el agua y explotar la magia de lo que ya está ahí". No podemos estar más de acuerdo con esta visión tan profundamente democrática de la arquitectura y con la invitación a la contemplación sosegada de nuestro entorno construido (Anatxu Zabalbeascoa en reciente crítica alababa también el espíritu contemplativo de esta bienal, aunque nos prevenía contra su lado oscuro: la inacción). Yo mismo me acerco alguna que otra vez a Ascaso, acaso la pastelería más refinada de Madrid, (me animo a confestarte estas debilidades pequeñoburguesas ahora que hemos descubierto que son pecadillos veniales),  y no tanto por los deliciosos pasteles que te ofrecen con delicado gesto sus jóvenes a la par que decadentes camareras, sacadas como de una novela de Virginia Woolf, sino porque desde una enorme cristalera puede contemplarse una bella pared de ladrillo desnudo, de verticalidad masiva, inquietante, alienada, diseñada en los 60 como parte de una ampliación del edificio principal de la embajada sueca por un equipo de arquitectos de dicho país (M. Ahlgren, T. Olsson y S. Silow, diseñadores también de un elegante teléfono por cierto) con dirección de obra a cargo de Luis Blanco-Soler, el arquitecto de buena parte de los cortingleses de la capital y coautor de la antigua embajada inglesa en la calle Monte Esquinza. La tienes en la foto de la entrada de hoy. Mucho me he fijado en esa protuberancia en forma de corona de tres puntas que sobresale de la pared, ¿será una alusión a las tres coronas en el escudo sueco? Me recuerda también mucho a Moneo, y es que el navarro trabajó con Utzon para Sidney así que debió quedar impactado por estos típicos muros cerámicos escandinavos (siempre he pensado que la torre de la estación de Atocha es un pedazo del ayuntamiento de Oslo en la capital). Despido el párrafo con una magnífica cita griega que Grafton Architects han traído a su Bienal: "la sociedad progresa cuando los ancianos plantan árboles a cuya sombra saben que nunca llegarán a sentarse".

Bueno, ¿y qué me dices de la explosión de horizontalidad sobrevenida que hemos contemplado esta semana en nuestro esforzado país? Un síncope vasovagal (ya sabes, ese jamacuco que hace que pases de la vertical a la horizontal en cero coma y te hace consciente de la extrema fragilidad de nuestro equilibrio) en toda regla, momento Koolhaas de inestabilidad y desconcierto totales. Pero esa es otra historia. Aunque, la verdad, casi me ha impactado más el editorial del último Arquitectura Viva. Con el título Golfo de sombras (no, no va sobre política sino sobre los prodigios arquitectónicos de los emiratos árabes), comienza horizontal, plano total, para casi sin previo aviso soltar al fin poderosa traca en forma de inesperada metáfora muy carnal quizá en clave liberad a Willy (pero el otro Willy). Ya intuíamos que Fernández-Galiano tenía una retranca potente. No te cuento más, disfrútalo aquí.

Acabamos con inquietante cita de Vicente Verdú en El País de ayer. Su artículo se titula El progreso"Como ocurre con el fútbol moderno, la sociedad no avanza en vertical sino en horizontal. Todo equipo de fútbol que pretenda alcanzar la meta con pelotas hacia adelante es tan anticuado como fallido. El proyecto avanza no hacia adelante sino hacia los lados. Desde la investigación médica hasta el arte no se responde al modelo en escalera sino que (como en la moda) las innovaciones se esparcen en fulgores paralelos sin perímetro definido. Y el mundo de la cultura, de la educación, del trabajo y, en general, de las relaciones sociales reproduce el mismo dibujo blando, laxo y plural. Esta es la razón de que sea rancio, a estas alturas, hablar de "progreso" en su glorioso sentido inaugural. (....). ¿Conclusión? La época de la verdad y hasta de la verosimilitud ha caducado. La incertidumbre es la ley". 


domingo, 20 de mayo de 2018

Verticales (2)


Lo vertical subyuga. Fíjate en las ruinas romanas que te traía en la entrada anterior, de una modernidad desconcertante (vamos que despiezas un fragmento y lo llevas a la Bienal de Venecia para colocarlo en plan reliquia arquitectónica junto al de Robin Hood Gardens de los Smithson, y  cuela como de Mies) y una rotunda verticalidad icónica. Dos mil años llevan ahí, que se dice pronto. ¿Aguantará tanto -por poner un ejemplo- el Guggenheim de Gehry?

Estoy leyendo La otra arquitectura moderna de David Rivera. Me lo trajeron los Reyes junto al A Place for All People de Rogers. Me propuse leerlo antes que el de Rogers porque lo adivinaba hueso duro de roer, pero la carne es débil (y más la del no-arquitecto), y tras la risueña horizontalidad del italobritánico bregar con la estricta verticalidad de Rivera me está costando un triunfo y parte del otro. Me decidí a comprarlo tras una crítica de Eduardo Prieto para Arquitectura Viva en la que se mostraba inusualmente entusiasta y porque el Movimiento Moderno siempre me ha llamado la atención, pero no andaba yo muy convencido. Su riguroso lomo negro (que contrastaba con el fucsia del de Rogers) no presagiaba nada bueno. En fin, diré solamente que Rivera no es solo un erudito en su materia y un valiente investigador capaz de poner en solfa a los grandes historiadores de la modernidad arquitectónica, presto a liberar sin tapujos a dicho movimiento de su "largo secuestro doctrinal" (toma castaña) sino que -y es casi lo que más me ha llamado la atención- ha resultado ser un virtuoso escritor: el libro hace gala de un estilo natural, ordenado, formal sin ser pedante y de una apabullante exactitud (especialmente en las complejas descripciones de los edificios), que encima parece fluir sin el más mínimo esfuerzo (ya la querría para mí que escribo con una sintaxis cortocircuitada y sobresaltada, fragmentaria y atropellada, cuajada de distracciones y cambios de rumbo). Botón de muestra: "El ascenso por esta escalera podría traer a la mente el puente de un barco oscilando junto con sus aparejos ante la furia de los elementos. Al llegar al penúltimo rellano encontramos una gran vidriera superior con temas geográficos y marítimos que se despliega del todo ante nuestra vista, adoptando la forma de un tejado tradicional, en este caso de cristal, plegado de diversas maneras y disparado en ondas sucesivas hacia los lados más estrechos, donde parece abrirse paso por entre dos grandes cubos blancos desnudos que irrumpen en el patio. Se trata de un espacio casi religioso, inundado de luz cenital, lleno de efectos sucesivos y de vistas superpuestas, al mismo tiempo solemne y dinámico....". Señores, esto es literatura pura y dura. Rivera está describiendo el interior de la Scheepvaarthuis en Ámsterdam (1916) de Van der Mey, De Klerk y Kramer, magnífico edificio reconvertido por cierto en hotel de película (habrá que ahorrar). En fin, que la narrativa en español ha perdido a un escritor portentoso, qué le vamos a hacer. Ciñéndonos a lo estrictamente arquitectónico, decir que el libro ha desmontado de cuajo el esquemilla que tan ricamente se había apañado al respecto de la modernidad un servidor de usted (al parecer no soy el único), y que tan bien describe Goldberger en el prólogo: aquí no hay "héroes" (los arquitectos modernos "cargados de virtudes y en posesión de toda la verdad moral") ni "villanos" (arquitectos reaccionarios que se apegaban, tan rancios ellos, al pasado), sino que la realidad es mucho más compleja. Pues eso, se sufre pero se aprende, aunque en estos momentos la empanada que tengo sobre el tema es de dimensiones cósmicas. Paciencia.

Pero prosigamos, mi querido lector, con el tema del día: la verticalidad. Andaba yo contrito con mi empanada moderna a cuestas y me topé al hilo del los cincuenta años del mayo del 68 con un artículo de Fernández-Galiano, con curioso título en inglés (Forget 68, remember 73) que me dispuse a leer. Oh My God. Don Luis suele mostrar una deferencia horizontal en sus escritos (y una sintaxis más peleona que la de Rivera, trasunto acaso de una potente retranca), pero aquí habrá dicho, oye, vamos a mostrar músculo, que para eso lo tenemos. No sé si llegué a reconocer el 20% de los nombres, conceptos y tendencias que se mencionan en el apabullante ensayo. Tremendo. Me quedo con la anécdota superficial: por aquel entonces el hoy catedrático de proyectos andaba sacándose los A-levels en Bristol en un colegio interno a cargo de un almirante cuyo solo nombre ya amedrenta (sir Desmond Hoare) con 190 alumnos más y resulta que nuestro adolescente don Luis hizo junto a otros dos estudiantes una suerte de manifiesto reflejando el espíritu libertario del momento. El almirante entró en marcial cólera y ahí acabo el conato. Poco después en Madrid, ya en la facultad de arquitectura, Javier Carvajal, recién conseguida su cátedra de proyectos con 39 años y arquitecto de la muy vertical  y muy moderna Torre de Valencia en Madrid, advirtió a los alumnos ante cualquier deriva "revolucionaria" de una manera más sutil que el almirante pero seguramente tan efectiva: les dijo que si no se dedicaban a jugar, como sus colegas franceses, a marxistas de salón y progresistas a la violeta, acabarían teniendo, como él, "un traje blanco y un deportivo rojo".

La verticalidad es molesta. Frustra porque nos pone en nuestro sitio, deja en evidencia nuestra ignorancia, pero es ella la que nos hace aprender, la que nos invita a superarnos en una época en la que el esfuerzo es tabú y la mediocridad campa por sus fueros. El problema quizá de la verticalidad -intelectual y arquitectónica- es la tentación del ensimismamiento y la vanidad (aunque la horizontalidad también puede caer en ella: la ignorancia es muy cretina). Recuerdo ahora la reseña que Rowan Moore hizo ya hace algún tiempo del libro de un tal Tom Dyckhoff de título The Age of Spectacle (La edad del espectáculo)volvemos a la ventana indiscreta de Loos, en el que se da cuenta del nacimiento del "iconic landmark", el rascacielos, epítome de la verticalidad que Moore considera fenómeno arquitectónico de nuestra época, tan a gusto con el exhibicionismo: "Como Dyckhoff señala, la arquitectura icónica es el resultado de una economía globalizada y dirigida por el mercado en la que son las grandes constructoras y no los ayuntamientos las que conforman el diseño de las ciudades. Las ciudades y sus grandes proyectos inmobiliarios deben competir por la atención de inversores y consumidores, así que, como en los ritos de cortejo de las aves exóticas, deben exhibirse cada vez con mayor elaboración. No importa si lo extraordinario se convierte en normal: esta desventaja sólo alimenta la hiperinflación de la iconicidad". 

Bueno, pues ya hemos jugado bastante con el sonajero hoy. Llegados a este punto decir que (una vez más) no sé cómo salir del jardín en el que me he metido con una conclusión digna. Quizá diciendo que verticalidad y horizontalidad se necesitan una a la otra, la primera para no acabar en torre de marfil alienada, la segunda para ser menos mediocre. La foto de arriba es de una torre académica de postín en Harvard (el Holyoke Center) de José Luis Sert, otro moderno peculiar.

sábado, 12 de mayo de 2018

Verticales


Más ventanas

Los enigmáticos restos de Centum Cellas...


sábado, 5 de mayo de 2018

Delitos y faltas



Pues el autor de esta peculiar vivienda no es otro que Adolf Loos, arquitecto al que el Caixaforum de Madrid está dedicando una interesante exposición donde la he descubierto. El proyecto de 1927 como te decía nunca vio la luz y fue diseñado para Josephine Baker, la bella bailarina americana más tarde nacionalizada francesa que hizo furor en Europa con sus bailes alocados y desinhibidos convirtiéndose en musa inmediata de no pocos artistas de vanguardia que veían en la llamada Venus de Ébano la perfecta encarnación de los Années folles (o Roaring Twenties). Calder hizo una escultura de la bailarina con alambre, Matisse un recortable que colgó en su cuarto, Leger la presentó a los surrealistas, Cocteau diseñó escenarios para ella, Le Corbusier le escribió un ballet (y la pintó en varias ocasiones). Por cierto que como es bien conocido Le Corbusier la conocería a bordo de un transatlántico rumbo a Brasil allá por 1929 y quedaría completamente prendado de ella (también se ofreció a hacerle una casa). Hay fotos de las locas fiestas de disfraces a las que acudieron juntos.

Loos la había conocido poco antes en una fiesta en París, había visto sus actuaciones, y como es obvio también quedó obnubilado con la artista y sus bailes deconstruidos, así que ni corto ni perezoso le proyectó la casa que hoy traemos a este tu blog a iniciativa propia, una vivienda que parece romper completamente con sus postulados estéticos, quizá algo trastocados tras diseñar otra, esta sí construida, para Tristan Tzara, padre del Dadaísmo. Supuestamente Loos (y digo supuestamente porque intentar comprender la arquitectura moderna en general y a Loos en concreto es chungo de narices), sería el primer moderno, precursor de Le Corbusier en su defensa de una arquitectura que quedara completamente desprovista de ornamento (en un viaje a Grecia habría quedado prendado de la arquitectura vernácula helena de cubos blancos), por no hablar de su famoso ensayo Ornamento y delito. Aquí sin embargo vemos una desconcertante fachada proyectada en mármol a franjas blancas y negras que quién sabe si quiere hacer referencia al trémulo (y mucho nos tememos vano) deseo de Loos de interactuar con la afroamericana en una simbiosis sin fin. Por cierto que hay quien ve en el disfraz de Le Corbusier en la fiesta que te he comentado (observa en la foto que lleva una camiseta de rayas blancas y negras), una referencia burlesca al proyecto de Loos. Lo del cilindro tiene también su cosa. De nuevo Loos pasa olímpicamente de la obsesión moderna por el ángulo recto para incorporar en un lateral de la casa diseñada acaso en tórridas noches de febril insomnio un volumen curvo que bien puede recordar a Rossi. Si a eso le sumamos el pedazo columna dórica que presentó como diseño para el Chicago Tribune en 1922, apaga y vámonos. A ver si más que un premoderno Loos va a ser un prepostmoderno.

Lo de la piscina con ventanas merece párrafo aparte. Si nos atenemos a una explicación puramente arquitectónica, como corresponde a un blog serio y documentado, podríamos argüir que las ventanas indiscretas responden a un deseo de llevar al extremo la famosa teoría loosiana del Raumplan que no es otra cosa que la eliminación de los tabiques internos de la vivienda dando lugar a un espacio continuo, sin trabas ni limitaciones acorde además con unos tiempos que postulaban la eliminación de corsés reaccionarios, la liberación freudiana de nuestro yo más oculto y el rechazo a la separación de clases. Lástima que este blog no sea ni serio ni documentado, así que nos decantaremos por un relato  más sinuoso. Para mí (y para Beatriz Colomina, que conste), Loos monta un acuario humano que permitiera un descarado peep-show para su propio disfrute de la diva americana, gran amante de la natación. Baker, probablemente entre divertida y sonrojada, declinó esta desquiciada declaración de amor fou, seguramente porque entendió que la casa la cosificaba (ya del todo). En su lugar elegiría para vivir una casa bastante distinta, donde se retiraría tras trabajar para la Resistencia francesa (fue condecorada con la Legión de Honor), defender los derechos civiles de los afroamericanos y adoptar a doce niños de diferentes credos y nacionalidades (la "tribu del Arco Iris"), demostrando que era mucho más que un bonito objeto de exposición para calenturientos artistas.

En todo caso la sociedad del espectáculo acababa de empezar. Hoy ya vemos normal (e incluso imprescindible) exponernos físca y virtualmente, y la arquitectura, siempre en pos del dichoso Zeitgeist, busca con ahínco las transparencias. Fíjate como comienza Oliver Wainwright su reseña de lo último de Koolhaas, otro gran nadador (las piscinas suelen aparecer en sus libros, seguro tendría mucho que decir sobre este proyecto de Loos), un bloque cristalino de múltiples usos que se eleva desordenadamente sobre una calle de Copenhague: "Un danés musculoso se cuelga de una barra de dominadas en el segundo piso del nuevo Centro de arquitectura danés, su abultado cuerpo tensándose frente a la ventana mientras los visitantes ascienden las escaleras para ver una exposición de diseño de interiores. En otra ventana cercana un grupo de innovadores urbanos dirigen una reunión en una habitación forrada de moqueta mientras que en el piso de arriba los comensales se sientan para desgustar el salmón ahumado preparado por el cofundador de Noma, visibles desde las terrazas de unos áticos de lujo".

La casa para Josephine Baker, bellísima, es, junto a la villa Müller de Praga, al fin moderna (también por cierto esconde juegos panópticos), el canto del cisne de un arquitecto ya en pleno declive profesional, físico y moral. Moriría cinco años más tarde a la edad de 62. Su tercera esposa (34 años más joven que él) asegura en un libro de memorias sobre el arquitecto de Brno que Baker le habría enseñado a bailar el charlestón. Algo es algo.

domingo, 29 de abril de 2018

Sueños lúbricos

Aquí hay tomate

Hoy toca examen. Y difícil. Como que ya me vas diciendo cómo es posible que esta piscina tenga una ventana tan indiscreta. Para los que estén perdidos os doy pistas. Se trata de un proyecto no realizado de vivienda en París de 1927. Observa los indicios que te voy dando. ¿Los pillas? Vamos, tendría delito que no los pillaras.




Te dejo con un vídeo de Eric Prydz también con alguna que otra pista.