domingo, 1 de diciembre de 2019

Más marcianadas


Noticia esta semana ha sido otra de las delirantes marcianadas de Elon Musk. El visionario que quiere llevar a Marte a cientos de colonos en 2022 en naves espaciales forradas de acero inoxidable totalmente reutilizables (su idea es fundar una ciudad estable en el planeta rojo en el 2050), ha desvelado el último modelo de su marca de automóviles eléctricos Tesla, el Cybertruck, una versión futurista de la típica pick-up americana. Según Xataca su lanzamiento justo en noviembre de 2019 en Los Ángeles, donde se encuentra la sede de SpaceX (la empresa espacial de Musk), no es coincidencia sino que querría rendir homenaje a Blade Runner y la estética cyberpunk. Nosotros diríamos que el último Tesla, más que diseñado por Syd Mead (creador del spinner de Deckard), parece salido directamente de Total Recall (Desafío total), película de la que aquí hablábamos hace un par de semanas, que además tiene a Marte como escenario principal y en la que, en medio de su violencia brutal y delirante, encajaría como un guante. Y es que el Cybertruck hace alarde de un diseño agresivo cuyas angulosas y amenazadoras formas le convierten acaso en el vehículo ideal para estos tiempos apocalípticos y deletéreos. Decíamos que la arista moderna ya no se llevaba (penosas pruebas seguimos viendo), pero al parecer ya hay 250.000 reservas según Musk, entre los interesados destaca la policía de Dubái, ya comentábamos también que allí se establecerá la Mars Space City con diseño de BIG, así que una buena flota de Cybertrucks les ayudará a irse ambientando. Y es que cuando de lo que se trata es de rebanar, cercenar o seccionar, la arista no tiene rival. Te metes en este engendro y ya pueden venir zombis, alienígenas o incluso constitucionalistas, que acabas con ellos en un acelerón. Desconocemos la opinión sobre el coche de Janette Sadik-Kahn, la experta en movilidad y espacio público a la que muchos consideran la nueva Jane Jacobs y que defiende las ciudades pacificadas mediante un urbanismo atento al peatón, pero probablemente haya puesto el grito en el cielo.

El Cybertruck me ha traido de pronto a la memoria las brutales aristas de la marciana Casa da Música de Koolhaas en Oporto o su no menos marciana biblioteca de Seattle. Y es que al holandés pocos le ganan en meter tajos, especialmente si es a la modernidad. Acabé Delirio de Nueva York y he vuelto con el segundo volumen de Años Alejandrinos (Tiempos de Incertidumbre) al terapéutico orden de Fernández-Galiano, que ya echaba en falta. Precisamente del holandés "errabundo y errátil", que tanto juego nos dahace don Luis otro de sus certeros retratos con ocasión de la concesión del Pritzker al arquitecto de Róterdam en 2000:"Periodista y cineasta [es obvio en el magnífico pasaje que citaba en mi entrada anterior] antes de ingresar en el campo de la arquitectura, Koolhaas ha empleado su talento literario y artístico para socavar con violencia sádica todas las certezas modernas, construyendo con libros, exposiciones y edificios un manifiesto hiperreal que resulta también ser hipermoderno. Ante la crisis del lenguaje áspero de las vanguardias, los años ochenta contemplaron el ascenso de las formas azucaradas posmodernas, una utopía amable ad usum delphini, pero en los noventa Koolhaas emergió como el ideólogo de una reacción radical que exacerbaba el idioma moderno hasta extremos surreales, para fabricar un universo imaginario tan fascinante como poco apto para menores". 

Los delirios deletéreos (adjetivo que he aprendido también de don Luis) nos tientan en estos tiempos que siguen siendo de incertidumbre, lo que permite a los agoreros del apocalypse now hacer caja con nuevas fronteras quiméricas. Ya hace casi veinte años, al hilo de una arquitectura casi gaseosa que tendía a disolverse, el director de Arquitectura Viva hablaba de la modernidad líquida de Bauman surgida, mira tú por dónde, de Marx y su frase "Todo lo sólido se desvanece en el aire". Dicha arquitectura de paisajes desflecados sería reflejo de una época, que sigue siendo esta, en la que un "individualismo narcisista y corrosivo está desatando la intricada trama de lazos sociales anudada por la continuidad tenaz de los tejidos urbanos". La arista acelera ese desmembramiento voraz.

La foto que abre la entrada no es, obviamente, del Cybertruck. Es del Citroën 19_19, el prototipo con el que la marca francesa quiere celebrar su centenario (sí, como la Bauhaus, fue fundada en 1919), y que, este sí (hasta en el color), parece rendir tributo al spinner. Quería traértelo porque, en mi opinión, ofrece una visión bastante más optimista del porvenir: sus formas alabeadas y su diseño acogedor (lo que no le impide transmitir fuerza) nos dicen que otro futuro es posible. La arista será acaso imprescindible para desbrozar los caminos, pero llega un punto en el que no queda otra que fluir con más tiento y elegancia.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Delirios (3)




"Un hotel es ya una trama: un universo cibernético con sus propias leyes, que genera unos enfrentamientos fortuitos entre seres humanos que nunca se habrían conocido en otro sitio. El hotel ofrece una fecunda sección transversal de la población, una interrelación ricamente tejida entre las castas sociales, un campo para la comedia de costumbres en conflicto y un fondo neutro de operaciones rutinarias para dar relieve dramático a todos los incidentes.

Con el Waldorf, el propio hotel se convierte en una película, en la que se presenta a los huéspedes como estrellas y al personal como un discreto coro de extras con frac.

Al ocupar una habitación del hotel, el huésped compra su pase para un guión en continua expansión, adquiriendo así el derecho a usar todos los decorados y a aprovechar todas las oportunidades prefabricadas de interactuar con todas las demás "estrellas".

La película comienza en la puerta giratoria, símbolo de las ilimitadas sorpresas de la casualidad; luego se provocan tramas secundarias en los oscuros recovecos de las plantas inferiores, que se consuman -tras un episodio en el ascensor- en las zonas altas del edificio. (...)

Conjuntamente, el reparto interpreta una epopeya abstracta titulada Oportunidad, emancipación y aceleración. Una trama secundaria (sociológica) describe cómo un arribista ataja hasta lo más alto gracias a su estancia en el hotel. "Invertí mis ahorros en vivir en el Waldorf y en hacer todo lo posible por codearme con los grandes de las fianzas y los negocios [...]. Esa fue la mejor inversión que he hecho en toda mi vida", confiesa Forbes, el futuro magnate.

En otra parte de la intriga, las mujeres que allí se hospedan quedan libres para hacer carrera gracias a que el hotel se hace cargo de todas las molestias y responsabilidades que supone llevar una casa, lo que conduce a una liberación acelerada que desconcierta a los varones, repentinamente rodeados de "criaturas hiperemancipadas".(...)

En una historia más romántica, el muchacho de al lado se convierte en el hombre del piso de arriba, siendo su claqué medio de comunicación indispensable en el rascacielos: un código morse del corazón interpretado con los pies. (...)

Hasta 1800, en el terreno del primer Waldorf pastaban vacas de verdad. (...) Otros 35 años más tarde, el Waldorf presencia la (re)aparición final del concepto "vaca" en una de las tramas secundarias más ambiciosas del hotel. 

La cronista de sociedad Elsa Maxwell -que se define a sí misma como "peregrina de hoteles"- ha vivido en las torres Waldorf desde su inauguración. Para cultivar sus contactos, organiza una fiesta anual en algún lugar del edificio. 

Como le gusta poner a prueba a la dirección del hotel, el tema de cada uno de estos acontecimientos se escoge para que sea lo más incompatible posible con los interiores existentes. De hecho, "el vano y enloquecido empeño de sacar de sus casillas al capitán Willy" (que es el encargado del departamento de banquetes del Waldorf), llega a ser, al poco tiempo, "la única razón de la continua y siempre creciente extravagancia de mis bailes de disfraces". (...)

"-Capitán Willy, en este salón de baile de Jade voy a dar una fiesta campesina, un baile popular. Voy a poner árboles con manzanas de verdad, aunque las manzanas tengan que estar sujetas con pinzas.(...) Voy a poner tendederos de un lado a otro del techo, de los que colgará la colada familiar. Voy a poner un manantial de cerveza. Voy a poner establos con ovejas, vacas de verdad, burros, ocas, pollos y cerdos, y una banda de música country
-Sí, señora Maxwell -dijo el capitán Willy-, cómo no.
Para mi sorpresa, le espeté:
-Imposible. ¿Cómo va a llevar animales vivos a la tercera planta del Waldorf?
-Podemos encargar unas zapatillas de fieltro para los animales -dijo el capitán Willy con convicción. Un Mefistófeles con frac". 

El centro de la fiesta de Maxwell es Molly, la vaca Moët, una vaca que da champán por un lado y whisky con soda por el otro. 

La granja de Maxwell completa un ciclo: la superrefinada infraestructura del hotel, su ingenio arquitectónico y todas sus tecnologías acumuladas aseguran conjuntamente que en Manhattan el último grito es lo mismo que el primero". (Rem Koolhaas, Delirio de Nueva York. Cita Hotel Pilgrim de Elsa Maxwell).




domingo, 17 de noviembre de 2019

La belleza de las cosas inconexas (2)



Te traigo hoy el proyecto ganador para una terminal ferroviaria en Tallin a cargo de Zaha Hadid Architects. Impresionante cómo el nodo de comunicaciones enlaza con elegante fluidez y sin aparente esfuerzo tal maraña de líneas de ferrocarril, tranvía y autobús, sirviendo a su vez como puente que conecta los barrios separados por los raíles. Hub, puente e icono por el mismo precio.

La estación estonia viene a cuento, e incluso a colación, porque yo quiero una cosa igual. No solo para mi ciudad o España, sino para mi vida. Un puente elegante, sin un solo remache, sin el más mínimo aspaviento, que cruce aguas turbulentas como si nada. Ya lo decía Roland Barthes en su libro Mitologias de 1957 hablando del también fluido diseño del Citroën DS (el Tiburón): "Es bien sabido que la tersura es siempre un atributo de la perfección porque su contrario revela una operación técnica y típicamente humana de ensamblaje. La túnica de Cristo no tenía costuras, igual que las naves de la ciencia-ficción están hechas de metal continuo.(...) En el DS encontramos los inicios de una nueva fenomenología del ensamblaje, como si progresáramos desde un mundo donde los elementos están soldados a un mundo donde están yuxtapuestos y unidos por la sola virtud de su maravillosa forma, que por supuesto nos conduce a la idea de una naturaleza más benigna". 

Esta estación-puente, que puede remitir al pabellón-puente de Zaragoza también de Hadid, es toda una revelación y hasta acaso un signo de los tiempos. La arista ya no se lleva, la arruga dejó de ser bella y hasta el colegial más disruptivo ha oído hablar de la modernidad líquida de Bauman. En su lugar se impone el alabeo lábil, la costura invisible, la flexibilidad. Byung-Chul Han habla de la "sacralización de lo pulido" (y pone como ejemplo las esculturas de Koons) en La salvación de lo bello, aunque no está muy de acuerdo con una belleza despojada de toda contradicción que al cabo es la que logra conmovernos y conducirnos a la reflexión.

En estos tiempos de fragmentación extrema, donde todos reivindicamos, y mejor con gran alharaca, una determinada especificidad que nos distinga de la masa, el gregarismo conciliador es cosa del pasado. Es como aquella posmoderna Strada Novissima de la primera Bienal veneciana, todo un freak parade arquitectónico levantándose en armas contra la uniformidad moderna. Difícil, eso sí, encontrar un camino vertebrador en medio de esta imposible sinfonía unas veces apasionante, cansina otras, de voces disonantes. Algo parecido venía a decir Hannah Arendt en The Human Condition (cita que encuentro en una reciente conferencia de Kenneth Frampton): "Pero si no fuera relatado por los hombres y sin darles cobijo, el mundo no sería un artificio humano, sino un cúmulo de cosas inconexas al que cada individuo aislado podría arrojar un nuevo objeto. Sin el artificio humano para alojarlos, los asuntos humanos serían tan fluctuantes, fútiles y vanos como el deambular errante de las tribus nómadas".  

En este contexto inconexo la arista parece poco apropiada para lograr un mínimo común denominador, el artificio humano de Arendt, imprescindible para avanzar. Andrea Rizzi, en un interesante artículo de nombre Claves históricas, institucionales y culturales de por qué Italia ya tiene gobierno y España no, publicado en El País hace un par de meses, decía: "Ambos países son muy diversos y albergan diferentes matices culturales y sociales en su interior. Pero hay denominadores comunes. La dulzura del escenario natural italiano es el punto de partida de una línea que abarca Rafael y Botticelli, la elegancia del design italiano, plazas principales de forma redonda u oval y una actitud vital que busca soluciones no a través del choque, sino más bien a través de la maniobra. Los serios paisajes de la meseta castellana conducen a una austeridad plasmada en ciertos cuadros de Goya o Velázquez, en tantas plazas cuadradas en tantas ciudades, en una actitud humana a menudo directa y valiente, pero a veces ineficazmente obstinada". 

En nuestra realidad coral y a menudo disfuncional parecen ser más necesarios que nunca muñidores de extremos, capaces de convencer más que de vencer y de crear dúctiles artificios que puedan alojarnos a cuantos más mejor. Habrá con todo quien piense que el eclecticismo es refugio de indecisos y débiles y reclame nostálgicas aristas. No son mayoría. Sea como fuere mucho sería ya pedir que el artificio en cuestión quedara tan falsamente fluido como la estación estonia de Hadid. Será inevitable, y bastante más honesto, que costurones y cicatrices queden a la vista. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

Moneo, siempre




"La primera labor de un arquitecto consiste en construirse a sí mismo por dentro. Nada le puede salir bien si el equilibrio y la resistencia de los materiales no empieza por el propio espíritu, un trabajo inicial que Rafael Moneo (Tudela, 82 años) ha realizado como una obra maestra. A mi juicio, este personaje tiene tres características singulares: la forma de hablar, la de moverse y la de vestir. Moneo habla a la manera de los profesores anglosajones, con un aparente esfuerzo dubitativo, balbuciente, como si las cosas, aunque las conoce a fondo, se le ocurrieran en el momento de pronunciarlas. Parece como si su pensamiento tuviera varias opciones para cada problema y él tratara de elegir la más atinada a su voluntad de convicción. Por eso al hablar aprieta los puños y cierra los ojos con un impulso hacia dentro y a veces se cubre el cráneo con la mano para que las ideas no escapen. Usa mucho la palabra coraje, sin duda muy adecuada a su personalidad, ya que él se mueve siempre entre la polémica y el proselitismo. En ambas batallas se crece.

Moneo es un ser agónico de aeropuerto. En una semana puede habitar en Chicago, Estocolmo, Berlín o Milán, adonde quiera que le lleve la obra que esté construyendo simultáneamente. Dice que si uno cambia de sitio parece que no se repite y lo hace con la misma naturalidad con que en su estudio de Madrid se traslada de una a otra habitación y se asoma sobre la cabeza de cualquier ayudante para inspirar o vigilar el proyecto que está naciendo en el tablero o en la pantalla del ordenador.

Rafael Moneo presume de haber lucido un abrigo de cachemir, que en sus tiempos de Harvard sacó de un gancho por cinco dólares de las grandes cestas del ejército de salvación en Nueva York donde se encuentran las prendas exquisitamente ajadas que donan los multimillonarios. Jugar a vestirse así lo eleva a la máxima categoría estática, aunque solo fuera para divertir a Belén, su mujer. Los años de profesor de Harvard, aparte del premio Pritzker, el nobel de los arquitectos, le han dado un aire de elegante despistado que se fija en todo.

Bajo la luz de esta mañana de otoño, durante nuestro breve paseo desde su estudio de la calle Cinca hasta su casa de la calle Miño, en la colonia del Viso, recuerda los tiempos en Barcelona, cuando en 1970 ganó la cátedra en la Escuela de Arquitectura. Eran como hoy, días muy convulsos con la ciudad llena de barricadas, con la policía a caballo cargando contra los estudiantes. Pese a esta adversidad, en medio de los estertores del franquismo, fue un tiempo feliz compartido con sus amigos catalanes Bohigas, Correa y Rosa Regàs como en Madrid lo fue con los escritores Martín Santos y Juan Benet, sus contertulios del Gambrinus.

Si al terminar el bachillerato en los jesuitas de Tudela quiso estudiar filosofía para dedicarse al pensamiento honesto, desde su primer trabajo, una fábrica de transformadores en Zaragoza en 1963 hasta la creación del museo romano de Mérida, la reforma de la estación de Atocha, el cubo del Kursaal, el Museo del Prado, la honestidad la ha llevado a la arquitectura, al desafío y a la polémica. Moneo ha convertido el hangar de la vieja estación de Atocha en una sala de estar donde no es obligatorio ser viajero y ha despejado la plaza para que el sol entre desde el campo a la ciudad como un pasajero más. Con el edificio de Bankinter, realizado en colaboración con Ramón Bescós Domínguez, ha dado un ejemplo paradigmático de cómo pudo haberse salvado el Paseo de la Castellana de Madrid ya que ha asumido el palacio decimonónico del marqués de Mudela, sin dejar de ser una obra moderna adaptada a su función. En la Fundación Miró, una vez más, Moneo ha tenido que luchar contra un medio adverso, un barrio de Palma de Mallorca que ha ido creciendo convulsivamente hasta ahogar el estudio del pintor que levantó el arquitecto catalán Josep Lluís Sert en Son Abrines a mitad de los años 50. La creación de Moneo ha consistido en olvidarse del mar con un muro, convertir el espacio Miró en una isla interior para devolverle la primitiva inocencia y defenderla frente a la agresiva compulsión de alrededor.

Después de admirar la proporción racionalista con que el cubo del Kursaal se inmiscuye en la atmósfera de la ciudad de San Sebastián hay que reconocer el genio de Moneo para dialogar siempre con el paisaje y su poder para someterlo a su pensamiento. Moneo, maestro de arquitectos, ha hecho del eclecticismo una filosofía y de su forma de construir una dedicación al ingenio honesto. Tiene una huella digital muy personal por eso siempre se reconoce como un moneo cualquier obra que realiza. Su acción nunca grita, solo se limita a ejercer su espíritu didáctico y polémico, pero al final siempre conciliador. Conviene recordar que en medio del pesimismo agónico español existen todavía valores muy sólidos a los que agarrarse. Uno de ellos es Rafael Moneo". (Manuel Vicent, Rafael Moneo, un valor sólido donde agarrarse en El País de ayer). 


domingo, 3 de noviembre de 2019

Vente a Marte, Pepe


Hasta el 23 de febrero puedes ver en el Museo del Diseño de Londres una exposición de nombre Mudarse a Marte. Para la muestra se han diseñado habitáculos y mobiliario (creados por impresoras 3D), se expone un Mars Rover, el pequeño vehículo todo terreno que se mandó a Marte para recoger muestras de la superficie y hacer fotografías, se ha creado una fragancia marciana que acompaña al visitante con un olor según cuentan como a mosto seco y diferentes artistas y diseñadores han planteado propuestas ad hoc. Así, la empresa Hassell explica cómo se construirían las viviendas: en primer lugar una legión de robots levantarían las cáscaras protectoras (impresas en 3D in situ) y más tarde los habitáculos inflables que acogerían a los astronautas se insertarían en su interior (este video te lo explica mejor). Que conste que Foster ya tuvo esta idea. Alexandra Daisy Ginsberg propone a su vez colonizar Marte con plantas y bacterias resistentes que vayan dando una fisonomía menos agresiva al planeta (The Wilding of Mars lo llama). Un tal Christopher Raeburn ha diseñado incluso una línea de ropa y accesorios apta para lucir estilismo en el planeta rojo. Sin embargo parece que el comisario de la muestra no ha tenido a bien incluir algunas de las imaginativas ideas de Ridley Scott para Marte, la película que mucho nos tememos ha puesto el planeta de moda llevando al futuro la investigación que empezara la NASA en 2001 con la misión Odyssey (a la que puso música Vangelis). Por cierto que Rowan Moore reseña la exposición londinense en The Guardian sin demasiado entusiasmo, para finalizar citando el Contra natura de Huysmans: en dicho novelón crepuscular su protagonista se dispone a viajar a Londres desde París. Como preparación cena la noche anterior en un restaurante inglés en el que comen no pocos británicos, su tez de un rojo intenso al calor de los chuletones y el alcohol con el que generosamente los riegan. Al salir, una densa niebla y una pertinaz llovizna cubren la capital gala. El protagonista se percata entonces de que ya ha experimentado de manera suficiente a las gentes y el clima inglés así que decide ahorrarse el viaje, tal y como, señala Moore, deberíamos hacer nosotros con Marte.

Lo del planeta rojo será contra natura, pero lo está petando. Ahora resulta que en Madrid, un espectáculo de nombre Desafío total. Mueve tu culo a Marte, así mismo como lo oyes (digno heredero de los de Coney Island), te propone una experiencia de cine inmersivo, algo así como una mezcla de película y performance teatral con participación activa de los espectadores, que reproduce la conocida película de Paul Verhoeven. En la añeja (y hoy ya petarda) cinta, basada en un relato de Philip K. Dick, Schwarzenegger recibía implantes falsos de memoria que le permitían viajar virtualmente a los destinos más exóticos. Recordamos también, entre otros enloquecidos momentos que son santo y seña del director de Showgirls o Starship Troopers a una tremenda Sharon Stone pre-Instinto Básico repartiendo mandobles a mansalva y dejando al mismísimo Arnold postrado con certeros golpes, y todo ello mucho antes del Me Too y (algo menos) de aquello de que Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Tienes más información del evento marciano-madrileño aquí.

Todas estas crónicas marcianas, que diría Bradbury, te parecerán algo freak, pero que sepas que hay gente que se lo está tomando muy en serio. En Los Emiratos Árabes Unidos se está desarrollando el proyecto Mars 2117 que se plantea como objetivo construir en un plazo de cien años una colonia humana en el planeta rojo. A tal fin se ha ideado la Mars Space City a las afueras de Dubái, una ciudad que incorporará una gavilla de cúpulas interconectadas con diseño de BIG (quién si no) que reproducirán las condiciones de vida marcianas.

Marte se está convirtiendo en la nueva frontera, esperanza acaso para tantos oprimidos de opereta que se sienten incomprendidos en estados que juzgan represores. Quizá en el planeta rojo encontrarían acomodo todos esos descontentos de cuento que podrían fundar al fin la famosa república independiente de su casa en la que hacer lo que te venga en gana sin depender de nadie (el sueño burgués); la pena es que incómodo iba a ser un rato. Y es que no se puede tenerlo todo. O sí. Antonio Muñoz Molina dice que hay un lugar en el mundo donde se puede. No te lo pierdas.

domingo, 27 de octubre de 2019

Los gurúes del hacha





'"El primero lo mataron a palos porque había citado a Espinoza en un talk show”. Así empieza una llamativa, provocativa novela política —Il censimento dei radical chic (El censo de los radicales chic)— del escritor italiano Giacomo Papi, publicada este año en Italia por Feltrinelli. El profesor Giovanni Prospero es apaleado hasta la muerte poco después de la cita docta en un programa de televisión. Otros intelectuales seguirán. El texto retrata una Italia del futuro, inmersa en un régimen nacional-populista, de sabor neofascista, en la que los máximos estamentos de la política azuzan el odio contra los intelectuales y se yerguen en paladines de la sencillez del pueblo. El protagonista político de la novela, en privado, explica el meollo de la cuestión: las emociones se pueden gobernar, dirigir, manipular; el pensamiento y el conocimiento, no.
La novela es una hipérbole que toca una fibra profunda. La correa de transmisión entre retórica política emocional, sentimientos identitarios, exclusión de los diferentes y violencia es un mecanismo peligroso, cuya activación fácilmente provoca consecuencias imprevisibles. Asistimos en Estados Unidos a una inquietante nueva dinámica de la vieja dicotomía nosotros/ellos, azuzada en este caso por la máxima autoridad de la república: Donald Trump. ¿Por qué no regresan a sus países?, le dijo a cuatro congresistas, obviamente todas de nacionalidad estadounidense (ninguna de trasfondo anglosajón/europeo). Poco después, en un mitin del presidente ya se coreaba la consigna: “¡que las envíen de vuelta!”. La correa de transmisión, el porqué no regresan, se convierte rápido en devuélvanlas adonde les corresponde.


Europa no está exenta de este riesgo. Por supuesto nadie agrede a los intelectuales como en la novela de Papi, pero sí ha habido casos de violencia de ultraderecha, sí hay múltiples síntomas de xenofobia, de apego muy excluyente a los valores tradicionales. Y hay un prolongado proceso de simplificación del discurso político, que banaliza problemas complejos.
La sección Materia de este diario citaba el pasado mes de febrero dos estudios —uno de las universidades de Princeton y Texas; otro de la Universidad de Ámsterdam y de Dublín— que, tras analizar una gran cantidad de discursos e intervenciones, concluyen que en Occidente la comunicación política pierde complejidad y profundidad analítica.
En una entrevista concedida esta semana a este periódico, la futura presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen lamentaba en varios pasajes esta banalización. “Las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio”; “tenemos muchos eslóganes en el debate europeo que inmediatamente impiden cualquier posibilidad real de diálogo”, afirmaba.
La excesiva simplificación borra los matices; sin matices crece la polarización; la polarización es caldo de cultivo de la animosidad; la animosidad es madre y padre de la violencia. Conviene no perder de vista esta correa de transmisión y quién es responsable de activarla.
El mundo es crecientemente complejo. Las interconexiones espoleadas por la globalización y el descomunal avance tecnológico crean una realidad de una complejidad nunca vista antes. Cabe sospechar que las soluciones se hallan en el conocimiento más que en el sentimiento; en la interlocución más que la confrontación; en las herramientas de precisión más que en el hacha.
Y sin embargo proliferan los profetas de las respuestas sencillas, los gurúes del hacha. “Necesitan un enemigo al día”, escribe Papi en su novela. ¿Les suena? No se fijen solo en Trump, miren en sus sociedades, hay muchos políticos que razonan así. Un día los enemigos son los extranjeros con diferente religión u color de piel; otro, serán una casta de privilegiados que ha leído mucho y pretende dar lecciones. Otro, quizá, el grupo al que pertenece usted". (Andrea Rizzi, La hoguera de la complejidad en El País).

domingo, 20 de octubre de 2019

Música congelada (2)


Charles Jencks se nos acaba de ir. Toca hacer mención al crítico que decretó la muerte de la modernidad (el 15 de julio de 1972 a las 15.32, día y hora en que se terminó de demoler uno de los proyectos más emblemáticos del fracaso moderno: el conjunto de viviendas sociales Pruitt-Igoe en San Luis, Missouri, del japonés Minoru Yamasaki, autor de las Torres Gemelas neoyorquinas o la Torre Picasso en Madrid) y dio denominación de origen a la corriente que le sucedería, el traído y llevado posmodernismo caracterizado por un eclecticismo exacerbado y liberador que surge del hastío frente al racionalismo unidireccional y asfixiante de la modernidad. Ya hablamos aquí suficiente del tema cuando el que nos abandonó fue Venturi, no diremos más, tan solo, como certeramente apuntara Eduardo Prieto en un artículo indispensable, que si bien fue un movimiento que en lo arquitectónico ofreció resultados más bien pobres, su verdadero éxito radica en su triunfo como ideología que, al infiltrarse en todos los ámbitos imaginables, cambió para siempre el concepto de cultura. Oliver Wainwright, en su obituario para The Guardian, comenta que otros historiadores más ortodoxos veían a Jencks más como un Zeitgeist chaser (un cazazeitgeists) un punto pop que como un crítico de verdad (sus cacofónicos estilismos al parecer no ayudaban), lo que no impidió que sus más de 30 libros, su provocadora ironía, su famoso evolutionary tree en el que explica de manera visual los intrincados caminos de la arquitectura desde 1960 (acaso inspirado en el diagrama no menos famoso de Alfred H. Barr) y su pasión por la discrepancia, que aprendió de Reyner Banham, le convirtieran en una figura ampliamente respetada. Sus Maggie´s Centres, centros para el cuidado de enfermos de cáncer inspirados por la muerte de su esposa Maggie y diseñados por los arquitectos más prestigiosos, también han contribuido a ese reconocimiento.

Dando tumbos en internet sobre su figura me he topado con una conferencia que dio hace dos años en Berlín con ocasión del Festival Mundial de Arquitectura. Tras verla un par de veces, he de decir que Jencks me ha cautivado por su exacta lucidez, su facilidad de verbo (con 78 años), su capacidad de relacionarlo casi todo con todo lo demás y su contundente ironía, así que te cuento ya puestos un algo. La conferencia se centra en la Elbphilharmonie de Herzog y de Meuron (con presencia del segundo) en Hamburgo. De entrada, en pleno escándalo por los sobrecostes del edificio, que llegó incluso al parlamento alemán (el coste final se elevó a casi 800 millones de euros, diez veces superior a lo inicialmente presupuestado), Jencks hace gala de su fama de agent provocateur repitiendo varias veces que el icono de mil millones es "the new normal". Vamos, que pelillos a la mar y póngame dos más. Jencks pone como ejemplos la nueva embajada americana en Londres o el Louvre de Nouvel en Abu Dhabi, a los que no tiene empacho en etiquetar de posmodernos (como a la propia filarmónica de Hamburgo), a pesar de que el posmodernismo pensaba yo que estaba ya criando malvas. De Meuron no dijo ni esta boca es mía cuando le tocó hablar, pero me pregunto lo que habría dicho Nouvel si hubiera estado también allí. Igual llegan a las manos. Jencks da como argumentos el doble código de su arquitectura (moderna y vernácula a la par), junto al hecho de haber querido hacer (y cita textualmente a Nouvel) un edificio simbólico y contextual. Lo dejamos ahí. Centrado ya en el edificio de H&dM para Hamburgo (que considera el mejor de la década), Jencks habla de la voluntad de los suizos por realizar un auditorio que denomina "a time city", un edificio que mezcla sin contemplaciones lo nuevo y lo viejo, lo histórico y lo último, comparándolo con el edificio que, según él, marcó los 80: la Staatsgalerie de Stirling en Stuttgart, este sí canónicamente posmoderno. Tras incidir en la importancia de Hamburgo como ciudad comercial (sede de la Liga Hanseática), compara el emplazamiento del auditorio, en una dramática esquina sobre el río Elba, con la Punta della Dogana en Venecia. Hace referencia también a otro edificio de los suizos en Madrid, el Caixaforum, que también se eleva sobre una construcción preexistente, una obra que Jencks ve profundamente musical: según él la fachada estaría dividida horizontalmente en seis "melodías" que se entrecruzarían con sendas divisiones verticales (aquí me pierdo). De nuevo en el Elba, el crítico hace referencia a las formas onduladas del techo que parecen imitar a las olas del mar como música congelada (utilizando la famosa metáfora de Goethe) y de nuevo crea un interesante paralelismo con la architectural promenade de Le Corbusier: la arquitectura como descubrimiento al adentrarnos en el edificio, algo muy presente en el auditorio alemán en esa misteriosa escalera mecánica que se curva  para no dejarnos ver qué viene a continuación, en la "piazza" que marca el límite entre el antiguo almacén y la enorme peineta (esto es mío) cristalina sobre él, que permite dramáticas vistas sobre la ciudad, por no hablar de la azotea superior, en mitad de las encrespadas "olas". Jencks hace también referencia a la cultura musical de la ciudad, que no es solo ópera (los Beatles dieron aquí varios conciertos y es la ciudad alemana que más musicales ha tenido en cartel), lo cual vemos en un edificio que es también "high-low" en sus referencias estéticas (con momentos incluso kitsch según el crítico en la iluminación elegida para su interior). Jencks finaliza su charla haciendo ver que, como Garnier dijo de su Ópera de París en el siglo XIX, H&dM han querido hacer una especie de "fuego de campamento" que, con el acicate de la música, convocara a todas las clases sociales en un solo lugar. En fin, un brillante batiburrillo que engancha hasta al más reacio. Aquí tienes el video de la conferencia, de la que he hecho sólo un breve y acelerado apunte.

Por cierto que el último Icon Design publicado hace un par de semanas dedicaba su portada, todo un inquietante presagio, a la casa de Jencks en Londres (que él denomina la Casa Temática), otro batiburrillo imposible de referencias clásicas tanto en su exterior como en el interior que hay que digerir acaso con almax, aunque ya se sabe que para gustos los colores. Planteada como manifiesto posmoderno, recibió el año pasado protección oficial de "grado uno" (como la Torre de Londres, por ejemplo). A Stephen Bayley, que escribe en la revista, no le gusta mucho, habla de arquitectura travestida, colección de apliques kitsch y lujo excéntrico. Aravena dijo de ella que era la casa más intensa desde la de Soane, que no es poco.

Me despido hoy con un pequeño apunte ad hoc (Adhocism: The case for Improvisation es uno de los libros de Jencks). En nuestro túnel negro como la pez, en el que nadie está dispuesto a mover un ápice en sus heroicas convicciones y donde la racionalidad objetiva ha perdido la batalla frente a las emociones viscerales, acaso nos vendría bien improvisar a la manera posmoderna, echándole toneladas de imaginación transversal.

domingo, 13 de octubre de 2019

Música congelada




" 'Una canción cualquiera puede a veces, con su hermosura elemental, herirnos de muy mala manera el corazón', nos dice el poeta Eloy Sánchez Rosillo en su libro Oír la luz. ¿Cómo se puede oír la luz? Él mismo nos explica en otro poema que cuando era niño, ante un cielo lleno de estrellas, 'además de mirar tanto fulgor, podía oír la luz'. Quizá esa luz que oía el poeta era la armonía secreta que está en ese otro mundo que intuían los gnósticos, ese mundo al que de verdad pertenecemos y al que aspiramos todo el tiempo, de acuerdo con esta sabiduría, a volver. Esto nos invita a pensar que nadie es de donde se cree que es, y a mirar con saludable escepticismo los nacionalismos, los separatismos, los provincialismos que proliferan en nuestro siglo XXI.

Volvamos a la música, a esa canción que nos hiere con su hermosura elemental, de la que habla el poeta, sin perder de vista el otro mundo gnóstico. Para empezar, la música ordena el entorno; vivimos normalmente rodeados de un caos atómico del que somos parte integral; los átomos que nos constituyen pertenecen al mismo universo de partículas al que pertenecen la silla, el escritorio y el perro, y esta promiscuidad atómica en la que vivimos permanentemente, como si estuviéramos en medio de una borrasca, se disipa cuando el entorno es intervenido por una pieza de música cuya armonía coincide con la armonía secreta de ese otro mundo del que de verdad somos. Cada quien tiene su música para ordenar el entorno, la única condición es que su armonía coincida con la armonía secreta del otro mundo. La música nos gusta, nos emociona, nos levanta el ánimo y nos hace llorar precisamente porque nos lleva a intuir, y a veces a vislumbrar, ese mundo armónico del que de verdad somos, y al vislumbrarlo nos libra de nuestra permanente condición de extranjeros.
La música nos pone en contacto con zonas perdidas de nuestra memoria, de nuestra historia personal; hay veces que una canción nos hace no solo recordar, también sentirnos otra vez como la persona que éramos en otra época, y esto no puede despacharse irresponsablemente como un ataque de nostalgia, porque estaríamos ignorando todo lo que nos enseñaron los sabios de la antigua Grecia, que no verían nostalgia en la situación que acabo de plantear, sino la conexión directa que ha hecho esa persona con la armonía secreta del cosmos, gracias a una canción.

Este siglo nos ha puesto toda la música que existe al alcance de un clic, lo cual es una de las maravillas de la modernidad, pero también es verdad que esta maravilla nos ha arrebatado el deseo, el anhelo, esa desesperación por tener un disco especifico de la que gozábamos los habitantes del siglo XX. Hoy ya no es posible desear oír una canción, no hay que esperar, podemos escucharla un instante después de desearla, y el deseo sin el tiempo de espera no existe, se convierte en una gestión, en un trámite. En el siglo XX, la entrañable actividad de escuchar música tenía lugar bajo el yugo de la materia; por ejemplo, la única forma de llevarla contigo a la intemperie era en un casete, que necesitaba una aparatosa máquina de reproducción que funcionaba con baterías que nunca duraban lo suficiente. Aquellos años estaban marcados por la pérdida trepidante de energía, todas las fuentes se agotaban rápidamente, no había posibilidad de recargarlas, y la única forma de escuchar música sin la zozobra de que en cualquier momento se interrumpiera la pieza era con un enchufe a la pared.

Las pilas que se vaciaban de energía y no podían volver a recargarse eran un recordatorio continuo, una alegoría, de lo perecedera que es la vida; no sería difícil que los aparatos que hoy forman parte de nuestra cotidianidad, cuyas baterías se recargan cada vez que se agotan, hayan sembrado en nosotros la alegoría contraria: la ilusión de que la vida puede perpetuarse cuando se recarga con la energía que promueven los hábitos saludables.

Pero la materia que ataba a la música tenía un capítulo más sutil. Cada vez que escucho una de esas piezas que llevan dentro la armonía del universo, no solo disfruto de la música, también vibro con el recuerdo de ese objeto material que hoy llamaríamos soporte físico; porque antes la música estaba asociada al objeto que la contenía, a la cubierta, al trabajo gráfico, a las fotografías, a la funda que protegía el disco, y al disco mismo, que tenía siempre una etiqueta en el centro con los títulos de las canciones, o con un complemento gráfico que redondeaba el concepto general de la obra; todo eso era parte indisociable de la experiencia de oír música. Lo mismo pasa con los libros, uno recuerda la historia que leyó, la voz del narrador que la cuenta, las particularidades de su estilo, pero también la portada del libro, su peso, su olor, la época, las circunstancias y el sillón en el que fue leído. Todo este universo memorioso y sensorial ha sido erradicado por el libro electrónico, de la misma forma en que Spotify, además de arrebatarnos el derecho de desear largamente un disco, nos escatima esa experiencia física que en el siglo XX era parte de la música.

En la Edad Media, la música estaba asociada con las matemáticas y la astronomía; la figura que representaba el movimiento matemático de los cuerpos celestes era la música de las esferas, una música universal que desde luego influye también en nosotros y que es, sin duda, esa luz que oía el poeta. En la Universidad medieval se instruía a los alumnos con el quadrivium, un sistema de conocimientos que los ayudaba a aproximarse a los misterios del universo. Quadrivium quiere decir encrucijada, cruce de caminos, que eran las cuatro materias que se enseñaban para lograr esa aproximación: aritmética, geometría, astronomía y música. El quadrivium nos enseña, a los habitantes del siglo XXI, el lugar que ocupaba la música en la vida de nuestros antepasados; sin la música no podía entenderse el funcionamiento del universo, la música era una de las cuatro vías para entender qué somos, y, desde este punto de vista, a la luz del quadrivium, no se entiende por qué hemos terminado confinando a la música, esa materia fundamental para entender el universo, en el rincón de los pasatiempos. Hoy, la música no es más que otra de las formas de la ociosidad, la usamos para llenar el tiempo libre, sin saber que es la llave de la armonía secreta del universo. Qué insensatez vivir sin esa llave" (Jordi Soler, Oír la luz, en El País). 


sábado, 5 de octubre de 2019

La belleza de las cosas inconexas

Rehabilitación de una casa en El Cabanyal por David Estal
1978 fue un año interesante. Aquí nada menos que vio la luz nuestra Constitución, se estrenó La escopeta nacional de Berlanga, quizá la mejor película española de la década, y en música llegaban al número uno de Los 40 Principales temas de Camilo Sesto, Miguel Bosé, Tequila o Los Pecos. De fuera nos llegaron verdaderos hitos sociológicos como Grease y las taquilleras Superman, La invasión de los ultracuerpos (con un terrorífico Donald Sutherland que hace unos días andaba por el festival de cine de San Sebastián), La vida de Brian con los Monty Python, El expreso de medianoche (inolvidable su banda sonora de Giorgo Moroder) o El cazador de Michael Cimino. Y en música eran los tiempos en los que barrían los Bee Gees, Boney M., Umberto Tozzi, Abba, Donna Summer, el clásico Baker Street de Gerry Rafferty, el genial Every kinda people de Robert Palmer o el arrebatador Morir al lado de mi amor (versión en español de Because aunque las letras curiosamente no tienen nada que ver entre sí) de Demis Roussos.

Antes de continuar, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Murcia, no puedo resistirme a reivindicar (brevemente, tranquilo, aunque le dedicaré el párrafo porque él lo vale) a uno de estos autores ya caídos en el olvido que no es otro que el enorme Demis Roussos. Lo sé, no es reto pequeño. Famoso en toda Europa (y no solo en los países del Sur sino también en las frías Alemania o Gran Bretaña, donde su música traía sin duda recuerdos de felices vacaciones en España o Grecia), extravagante en sus looks imposibles (esos tremendos caftanes que devinieron carne trémula de parodia, por no hablar de su indómita pelambrera) y poseedor de una portentosa glotis capaz de tonalidades extraterrestres, Roussos es el Sinatra mediterráneo, y para él pedimos respeto. Te enlazaré a un solo tema que, lejos del repertorio de hits geriátricos que todos conocemos (y muchos disfrutamos en secreto) considero muestra a las claras que se trata de un cantante de una gran calidad (no se venden 60 millones de discos por nada). Es un tema del album Magic publicado en 1977 donde se incluía el superventas mencionado Morir al lado de mi amor, número uno en la lista de ventas española ese mismo verano, que contó con los arreglos de Vangelis, músico junto al que formara el exitoso grupo Aphrodite´s Child disuelto unos años antes. El tema del que te hablo (My Face in the Rain) había sido compuesto por el propio Vangelis para su álbum en solitario Earth de 1973 donde era interpretado por Robert Fitoussi, quien a principios de los 80, ya con el seudónimo de FR David, triunfaría con su famoso tema Words (el de Words don´t come easy...). Roussos ofrece una versión del tema mucho más cálida y redonda, casi como salida de la factoría Motown. Aquí la tienes, juzga tú mismo. Artista pertinazmente periférico pero al mismo tiempo global que combinaba alegremente música griega tradicional con arriesgados arreglos electrónicos (proporcionados por Vangelis, que por aquel entonces se entregaba sin descanso a la experimentación sintética más puntera), delicado en sus tiernas baladas pero al mismo tiempo de apariencia ruda, un poco como de descargador de muelle en El Pireo, Roussos era un oxímoron con piernas, un señor felizmente imperfecto. Como curiosidad (y ya acabo), pocos años más tarde, el propio Vangelis reconvertiría un archifamoso tema suyo en balada para que Roussos se luciera: ¿lo reconoces? Concluyo este párrafo que se nos va de las manos por momentos diciendo que los 80 acaso estén sobrevalorados y que haríamos bien en mirar más a los 70. La Casa Azul, ese grupo que canta a la belleza de las cosas inconexas (podría valer como título de este tu blog) lo sabe, y en sus temas combina sin pudor samples setenteros muy electrónicos, coreografías robóticas que recuerdan a Kraftwerk y letras en la que la típica balada edulcorada se aliña con demoledora ironía y angst milenial para acabar hecha picadillo. Sus videoclips reflejan mundos de repelente perfección bajo la que se esconden fantasmas espeluznantes. Como te veo interesado, te voy a enlazar a uno de sus temas más emblemáticos, La revolución sexual.  Por si te gusta el coreano, aquí tienes el tema en dicho idioma (el grupo arrasa en Corea, obviamente, del Sur).

No sé si tiene mucho sentido continuar con esta entrada que está, a qué negarlo, casi ya echada a perder en su totalidad. En fin, como somos de moral alcoyana y siempre, aunque no lo parezca, tenemos thesis statement (recuerda además que solemos dejar lo mejor para el final) me atrevo a pedirte un poco más de tu precioso tiempo para ver si al cabo logro enderzar este delirante sindiós o definitivamente naufragamos con estrépito. Todo esto de empezar hablando de 1978, si me has leido con atención en la anterior entrada, sabrás a qué se debe. Es el año en el que se publicaba Delirio de Nueva York, y nuestro objetivo en esta entrada no era otro que relatar con asombro cómo este libro apenas ha envejecido si lo comparamos con buena parte de las otras manifestaciones culturales (o similar) que hemos listado aquí, muchas de las cuales aguantan más bien mal un visionado o escucha atenta. Si me dicen que está escrito el año pasado yo al menos me lo creo a pies juntillas. Y de nuevo, no me cansaré de repetirlo, es pasmosa la capacidad de Koolhaas para enumerar los orígenes y los síntomas de acaso la enfermedad más grave que corroe nuestra traída y llevada civilización occidental. En Coney Island, en esa necesidad casi enfermiza de mejorar la realidad mediante la creación de un mundo artificial a espaldas de la naturaleza gracias a tecnologías que aún hoy asombran, está no sólo el germen de Manhattan, sino del Antropoceno. Mientras en la otra punta del continente se conquistaba el Far West, en el Este se iniciaba otra conquista: la de la superación de las imperfecciones y miserias de nuestra débil condición humana, una lucha en la que seguimos immersos (la realidad aumentada o virtual tiene allí su prehistoria) y que ha llevado a logros indiscutibles pero también a aberraciones nunca antes vistas en la historia de la humanidad. Todo en nuestras occidentales vidas debe ser inmediato, indoloro, exacto y seamless, o sea, encajar sin fisuras ni contradicciones, que si no nos da un vaído. Habla el one: "La perfección es más ruta que meta. (...) El dilema entre camino y destino se abrevia en la réplica del poeta Juan Ramón Jiménez a los discípulos que lo consideraban perfecto: "Quiero serlo; pero no quisiera serlo". El empeño creativo en el perfeccionamiento no excluye la aceptación de la imperfección, rasgo al cabo ineludible de toda tarea humana, donde el vértice inalcanzable de la exactitud se somete a la ley económica de los rendimientos decrecientes. Para la arquitectura y el arte, la belleza imperfecta no es sólo la que se halla en una etapa intermedia del camino, sino aquella que se asume como destino estético e imperativo ético, en un tiempo devorado por la bulimia del consumo y el descarte de lo que muestre huellas de desgaste físico o de erosión simbólica.(...) Estas arquitecturas se hallan en singular sintonía con la estética japonesa del wabi-sabi, que celebra la belleza de lo imperfecto, mudable e incompleto, reconciliándose con la naturaleza a través de la sencillez y la modestia. (...) No es difícil hallar vínculos de esta actitud con la técnica también japonesa del kintsugi, que repara las piezas de cerámica subrayando las grietas con polvo de oro para exaltar con su huella indeleble la imperfección que las sitúa en el devenir temporal. Esas bellezas imperfectas son también las nuestras, seres frágiles arrojados al río del tiempo". (Luis Fernández-Galiano, La belleza imperfecta, en Arquitectura Viva 217).

domingo, 29 de septiembre de 2019

Delirios (2)



Estoy leyendo con creciente arrobo el libro Delirio de Nueva York de Rem Koolhaas, en la excelente traducción de Jorge Sainz. Escrito en un lejano 1978, cuando OMA se acababa de fundar, el libro es bastante más llevadero, sustancioso y comprensible que el posterior y tremendo S,M,X,XLEn realidad es una historia bastante lineal y ordenada de la urbe (más bien de Manhattan) que quiere erigirse como "manifiesto retroactivo", aunque es el peculiar estilo de Koolhaas lo que le confiere su singularidad y hace que se lea como si de una novela de suspense (y a veces de ciencia ficción) se tratara. Pasma su aguda capacidad de sintetizar conceptos, relacionar acontecimientos y etiquetar procesos, aderezado todo ello con una fina ironía que suele cristalizar en potentes frases-bomba. Veamos algunos ejemplos.

-"Manhattan es la piedra Rosetta del siglo XX". Aunque ahí lo deja, es obvio que el urbanismo desquiciado de Manhattan se ha convertido en una especie de modelo conductual de nuestra época. Sus torres cada vez más absurdamente altas compitiendo sin descanso entre sí son reflejo certero de una época en la que individualismo, competitividad y exhibicionismo nos definen (o, quizá, definían).

-"Manhattanismo": El libro presenta la teoría del manhattanismo, cuyo programa consistiría en "existir en un mundo totalmente inventado por el hombre, es decir, vivir dentro de la fantasía". Central Park es en realidad una "conservación taxidérmica de la naturaleza que exhibe para siempre el drama de cómo la cultura deja atrás la naturaleza". 

-La "apoteosis de la cuadrícula": En 1811 una comisión formada por Simeon de Witt, el gobernador Morris y John Rutherford diseñan el modelo urbanístico que ocupará el futuro Manhattan: 12 avenidas que se extienden de norte a sur y 155 calles que van de este a oeste, en total una retícula de 2.028 manzanas idénticas que se mantiene hasta hoy: "en realidad se trata del más valioso acto de predicción realizado por la civilización occidental: el terreno que divide, desocupado, la población que describe, hipotética; los edificios que coloca, fantasmales, y las actividades que enmarca, inexistentes. (...) La retícula reivindica la superioridad de la construcción mental sobre la realidad". 

-Manhattan como "una metrópolis del caos estricto": "La disciplina bidimensional de la retícula crea también una libertad inesperada para la anarquía tridimensional".

-Elisha Otis inventa el prodigio tecnológico que revolucionará Manhattan: el ascensor. Para demostrar que su invento es seguro se sube a una rudimentaria plataforma al descubierto. Cuando llega a su punto más alto, Otis corta el cable que la sostiene. Unos frenos detienen de inmediato el rudimentario ascensor cuando parecía se iba a abalanzar contra el suelo. "Al igual que el ascensor, cada invento tecnológco está preñado de una imagen doble: incluido en su éxito está el espectro de su posible fracaso. (...) Otis ha introducido un tema que será un Leitmotiv del futuro desarrollo de la isla: Manhattan es una acumulación de posibles desastres que nunca ocurren". 

-El primer capítulo se dedica a Coney Island y los sucesivos parques de atracciones que allí se establecieron desde finales del siglo XIX. Coney Island sería un "Manhattan embrionario" pues allí va a crearse un mundo de fantasía tecnológica y delirios arquitectónicos nunca antes vistos. Las atracciones, de una imaginación desbordante y a menudo enloquecida, se explican en detalle. Algunas son tan surrealistas que dudas no sean un invento de Koolhaas, especialmente cuando lees en las páginas iniciales una inquietante nota en letra pequeña de GG, la editorial: "La editorial no se pronuncia, ni expresa ni implícitamente, respecto a la exactitud de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir ningún tipo de responsabilidad en caso de error u omisión". Por cierto, el origen del nombre de esta pequeña isla al sur de Manhattan proviene del holandés, no en vano fueron los holandeses los primeros colonos europeos que se asentaron en estas tierras (Nueva York fue durante un tiempo Nueva Ámsterdam), y es que en la isla había una enorme densidad de conejos (konijnen en holandés). La exorbitante afluencia de público (que llega a ser de un millón de visitantes al día -?!-) "exige la conversión sistemática de la naturaleza en servicio técnico". En 1890 la invención de la electricidad hace posible que la playa pueda utilizarse también en un segundo turno nocturno, es el "baño eléctrico". Aquí se inventa la Montaña Rusa, en 1884, o el hot dog, en 1871. El extasiado público puede montar en caballos mecánicos que corren en un hipódromo mecanizado, pueden ir a la luna en una enorme aeronave que se eleva 30 metros en el aire y donde se crea una ilusión de desinhibición, una "ingravidez moral que complementa la ingravidez literal que se ha generado en el viaje a la luna". Luna Park, de hecho el nombre de uno de los parques temáticos de la isla, va a construirse como un manifiesto: "Resulta maravilloso -dice su creador, Frederic Thompson- cómo es posible construir el despertar de las emociones humanas mediante el uso arquitectónico que se puede hacer de las líneas simples". Ni corto ni perezoso, Thompson levanta 1.326 torres iluminadas en la noche, mero decorado arquitectónico que sin embargo es capaz de crear "un espectáculo arquitectónico a partir del drama de su frenética pelea por la individualidad". Ha nacido el manhattanismo. Pero sigamos con los prodigios de Coney Island: hay estanques donde peces vivos y mecánicos "cohabitan en un nuevo ciclo de la evolución de Darwin", un salón de baile de 2.300 metros cuadrados  donde, para dar más movilidad, que el cuerpo humano da de sí lo justo, se da a los excitados visitantes patines de ruedas: "su velocidad y sus trayectorias curvilíneas fuerzan las convenciones originales más allá de sus límites, atomizan a los bailarines y crean ritmos novedosos y aleatorios de emparejamiento y desemparejamiento entre los sexos". En Liliputia, trescientos enanos viven en una ciudad adaptada a su tamaño y tienen hasta un cuerpo de bomberos que cada hora interviene en una alarma fingida, "un eficaz recordatorio de la futilidad existencial del ser humano". Más tarde deberán intervenir en un incendio real que se produce en el parque ( la realidad supera a la ficción), que quedará arrasado en apenas tres horas. Más atractivo resulta aún el planteamiento de la miniciudad como un mundo anárquico, un experimento social que se mofa con saña de los eslóganes victorianos y donde se exhiben impúdicamente toda clase de comportamientos alejados de las convenciones de la época. La atracción de la Caída de Pompeya es una "pesadilla exorcizada", Suiza y Venecia también son replicadas. Pero la que se lleva la palma por bestia es el "edificio incubadora", una construcción en forma de antigua granja alemana donde se recoge a bebés prematuros de Nueva York y se les da cuidados (a la vista de los morbosos visitantes, claro), constituyendo "la variante benéfica del tema de Frankenstein".  La incubadora es una creación del primer pediatra de París, Martin Arthur Couney, cuyo proyecto había sido rechazado por sus conservadores colegas allá donde lo había presentado (Berlín, Londres, Rio de Janeiro, Moscú...), para finalmente encontrar acomodo aquí. No es el único científico que puede desarrollar su trabajo en Coney. Santos-Dumond realiza un vuelo diario sobre la isla en su dirigible nº9. Es obvio que Koolhaas disfruta a fondo en este contexto de surrealismo desbordante para el que inventa etiquetas sin parar: "urbanismo psicomecánico" , "metrópolis de lo irracional", "isla madre".  En 1938 el mítico jefe de urbanismo de Nueva York, Robert Moses, pone orden: playa y paseo marítimo de Coney Island quedan bajo la jurisdicción del Departamento de Parques y se cubre el 50% de la superficie de la isla con "vegetación inocua".  Es la venganza de la naturaleza, hasta es posible que volvieran los conejos.

Hay mucho más, pero tendrás que leerlo en el libro, nosotros lo dejamos aquí. Buena semana.




sábado, 21 de septiembre de 2019

Tunnel vision (2)



"Llevo tanto tiempo escribiendo sobre y, en general, contra las mismas cosas (infructuosamente) que a veces me tienta acudir al archivo y reestrenar un artículo de hace meses o años que conviene impecablemente a la actualidad. Algo por ejemplo sobre la manía autonómica de excluir del currículo escolar cuanto no tiene label de autenticidad local. O sea, no enseñar en Aragón más que los afluentes del Ebro que recorren tierra aragonesa y cosas parecidas. O el problema que tuvieron hace tiempo unos editores amigos con el manual de historia: ilustraron la lección sobre el románico con una foto de San Martín de Frómista, lo que suscitó una reconvención de la consejería andaluza porque esa bella iglesia no está en Andalucía. Ellos arguyeron que no había fotos equivalentes de románico andaluz (?) y no sé cómo acabó la cosa. Yo les aconsejé que pusieran el patio de los Leones de la Alhambra con un pie explicando que precisamente eso no era románico pero ayudaba a hacerse una idea a sensu contrario.O algo así... 
Mi heroína escolar predilecta, que quisiera ver convertida en santa patrona de la escuela moderna, es una chica de Liverpool de 12 o 13 años, que pasaba sus vacaciones en una playa de Indonesia con sus padres. Leyó en el mar burbujeos, en el aire ráfagas inquietantes y les dijo: “¡Tsunami! Mejor nos vamos”. Los papás la sabían aplicada e hicieron caso. Y el resto de los bañistas de la playa también. Fue de los pocos lugares donde no hubo víctimas durante la terrible catástrofe.
En Liverpool no hay tsunamis, claro, pero conviene saber reconocerlos por si uno viaja. Porque la educación no sirve para identificarnos narcisistamente con nuestra casa, sino para volver a ella sanos y salvos". (Fernando Savater, Tsunami en El País). 

domingo, 15 de septiembre de 2019

Tunnel vision


Seguiremos hoy dando un par de apuntes sobre la película The New Rijksmuseum, the film.

Leo van Gerven, el vigilante fiel. Diez años vivió Van Gerven en una caseta de madera al lado del museo. Le vemos vagando en total soledad por el fantasmagórico edificio, vigilando sus grietas y escuchando sus quejidos en rondas nocturnas que acaso remitan a la famosa De Nachtwacht. Dice cuidar el edificio como si fuera su mujer, y sentirse afortunado de poder vivir allí. Cuando hay noticias de que un grupo de ciclistas tienen intención de asaltar el pasaje central cerrado al paso, le vemos apuntalando casi con furia los cierres de madera con los que se ha tapiado el fatídico túnel. En otro momento sube a uno de los áticos del museo rifle en mano y dispara sin miramientos a las palomas que allí se refugian. Cuando las obras del museo concluyen, una excavadora destroza su humilde casa. "Duele" es su único comentario.

Taco Dibbits, el hombre tranquilo. Es el primer personaje que aparece en la película, toda una premonición ya que 2016 será nombrado director del museo tras la marcha de Wim Pijbes, el director que concluirá la renovación en 2013. Aquí le vemos por cierto felicitando al museo del Prado por su bicentenario y afirmando que unir a Velázquez y Rembrandt en una exposición (Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines) que aún puedes ver en el museo madrileño, ha sido un sueño hecho realidad. En el momento de su aparición en la película, cuando aún es director Roland de Leeuw, ostenta el cargo de conservador de la colección del siglo XVII. Al abandonar De Leeuw la dirección parece que tiene opciones de sucederle (en la película señala que cree tener las condiciones para asumir el puesto aunque no es él quien debe decidirlo), de hecho la prensa le menciona como posible ganador. Cuando finalmente es Wim Pijbes el elegido, le vemos tocado. La cámara de Oeke Hoogendijk, la directora, actúa una vez más como válvula de escape: "Durante unos días estuve hundido, acudía al jardín de mi casa y metía las manos en el estiércol", pero lejos de dar sonoro portazo lo asume con gran deportividad, aceptando su ascenso a director de colecciones como oportunidad para trabajar codo con codo junto a Pijbes, así por ejemplo en sucesivas reuniones con Jean-Michel Wilmotte, arquitecto francés encargado del diseño interior del museo (por cierto que uno de los momentos más desopilantes de la película se produce cuando, durante una de las interminables reuniones sobre el color en que deberían pintarse las salas, detalle que también dio mucha guerra, el arquitecto no puede evitar dar unas cuantas cabezadas para pasmo de los holandeses). Volviendo a Dibbits, su talante sosegado vuelve a verse en otro importante revés que la cámara recoge (supuestamente) en directo. El Rijksmuseum tiene una simbólica colección de arte moderno (entre sus piezas hay por ejemplo dos sillas de Rietveld, una escultura de Constant o una bella maqueta del Pabellón Philips que Le Corbusier creara para la Expo 58 de Bruselas, aquí hablamos de él) y Dibbits cree llegado el momento de ampliarlo con un cuadro emblemático de Jan Schoonhoven que va a salir a subasta en Sotheby´s. Pijbes le da luz verde y el director de colecciones se prepara para pujar telefónicamente. La subasta se inicia en 75.000 euros, el tope de Dibbits es 300.000 ya que, como bien señala, no deja de ser dinero público. El precio sube raudo y finalmente se vende por 450.000. Dibbits atiende las indicaciones de su representante en Sotheby´s, cuando se supera el tope establecido le vemos dudar pero finalmente da instrucciones de no seguir pujando. La decepción se dibuja en su rostro (debe ser duro que el museo más importante de tu país no pueda adquirir una obra que acabará probablemente en una colección privada) pero su actitud es calmada, lejos de las de De Leeuw y Pijbes, a los que veíamos subirse por las paredes con el culebrón ciclista (Dibbits no toma parte en esa trama, pero en una intervención poco después de uno de los muchos sinsabores a cuenta del famoso túnel, señala sin referirse directamente a ello que el museo no puede parar, que hay que seguir adelante, en clara referencia al airado bucle en el que ha entrado Pijbes).

Menno Fitski, la edad de la inocencia. Fitski, candoroso y encantador, es sin duda el personaje más entrañable de los que aparecen en la película. Conservador de la modesta colección asiática del museo (lo sigue siendo), para la que Cruz y Ortiz levantaron un anguloso pabellón exento, en la película se le ve entregado en cuerpo y alma a su trabajo. Entusiasmado ante el hecho de que su colección vaya a quedar alojada en un edificio de nueva creación, realiza una maqueta del mismo partiendo de los planos de los arquitectos con el fin de encontrar la mejor ubicación para sus piezas, que ha fotografiado en escala. Hace incluso un recortable, también en escala, de Ronald de Leeuw, a quien vemos a continuación en Tokio gestionando la compra de dos tallas japonesas del siglo XIV, dos amenazantes guardianes de un pequeño templo, a las que Fitski había echado el ojo. Le vemos angustiado cuando, ya al fin en el museo, los pedestales diseñados para los guardianes sobresalen unos pocos centímetros de la base sobre la que se insertan las figuras... Para que las estatuas encuentren feliz acomodo en el museo se lleva a cabo una vistosa ceremonia sintoísta. Fitski es sin duda el que más siente la marcha de De Leeuw, quien abandona el museo y Holanda para vivir un dorado retiro en Viena.

Acabamos ya la reseña de este docudrama que te deja un poso amargo. Es un trabajo excelente que, como ya hemos dicho, no toma partido. Presenta hechos y actores con total objetividad, a menudo descarnada, y eres tú el que debe juzgar, aunque me parece obvio que el personaje favorito de Hoogendijk es Dibbits, el único que parece capaz de, como se dice en inglés, "pensar fuera de la caja" (think outside the box), esto es, aceptar distintos puntos de vista manteniendo una actitud flexible y creativa ante los problemas (es curioso, en español tenemos una expresión similar pero con el enfoque en negativo: "sacar a alguien de sus casillas"). Hay un único detalle, en la nota publicitaria de la contraportada del video, en el que la directora parece querer mostrarnos su opinión: hablando de lo que nos vamos a encontrar  en la película (ambición, decepción, amor al arte...) desliza "Tunnel vision", que bien podría traducirse como "estrechez de miras" (volvemos a la caja), en una más que probable referencia al túnel de la discordia que enfrentó a museo y ciclistas. Un pero entre paréntesis: no entiendo que no se incluyeran como una de las tramas que se entrecruzan en la película las aparatosas obras del vestíbulo subterráneo, que, al inundarse, exigieron la contratación de buzos. Aparece una breve referencia en una de las escenas eliminadas, que se recogen en un segundo DVD. Nuestra escena eliminada favorita es una en la que vemos a Pijbes (recuerda que con una cita suya iniciábamos la entrada anterior), perdido en su túnel, comentando que va a escribir un libro que dice va a llamarse el ABC del lenguaje de las reuniones, de "Action item" a "Zombie project". Para gente que quiere hacer cosas posibles u obstruirlas. Busca en su ordenador una lista donde ha ido guardando expresiones rimbombantes, que desgrana entre risas casi histéricas: "blue sky thinking", "zombie project", "flesh out the issue", "typical win-win situation", "if we are not on the same page, we won´t get all our ducks in a row"... Pijbes, que había dirigido el Kunsthal de Rotterdam antes del Rijksmuseum, ya no dirige museos sino una fundación que quiere fomentar la vida cultural en Rotterdam. Si quieres conocerle, aquí te cuenta cómo descubrió, a los doce años en un viaje escolar desde la lejana Groningen, el museo que años después llegaría a dirigir.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Pars pro toto


"La película muestra un proyecto de construcción en el que todo el mundo sintió la necesidad de entrometerse y dar su opinión. Fue también un proyecto con una asignación de responsabilidades de una complejidad excesiva. Numerosas organizaciones eran responsables de una parte pequeña del proceso de construcción. Y si todo el mundo es responsable, entonces nadie es responsable. Muchas organizaciones tienen ese problema y esta situación de pars pro toto es un problema en nuestra cultura de gestión. Por un lado se acaba empantanado con interminables reuniones y acuerdos, aunque por el otro se puede llegar a un resultado muy especial. En su análisis final, la película gira en torno a la ambición y la decepción, y sobre el hecho de que la democracia no siempre obtiene el mejor resultado. Eso dice mucho sobre la sociedad en la que vivimos, y la película refleja esto de manera magnífica". Así de demoledor se mostraba Wim Pijbes, director del Rijksmuseum, en 2013, en el momento de su reapertura tras diez años de profunda renovación (el doble de lo previsto) y una inversión de 375 millones de euros. Puede leerse en el folleto del video al que hace referencia, The New Rijksmuseum, the Film, realizado por Oeke Hoogendijk.

La película relata con aséptica objetividad, diseccionando con quirúrgica precisión sin un solo comentario en off, las tremendas vicisitudes, a veces épicas, otras cómicas, que tuvieron que arrostrar los intrépidos protagonistas de la renovación, desde sus directores (primero Ronald de Leeuw, después el citado Wim Pijbes) hasta el personal más modesto como Leo van Gerven, uno de mis personajes favoritos de este drama casi shakespeariano, guardián del enorme castillo que construyera en 1885 Pierre Cuypers, el Luytens holandés autor también de la fantástica Estación Central de Amsterdam o de la torre de la Nieuwe kerk (nueva iglesia) de Delft, que coronó en 1872 con una imponente aguja que elevó la torre hasta los 108 metros nada menos, la segunda más alta de Holanda.

Nuestros Antonios (Cruz y Ortiz), los arquitectos del Wanda Metropolitano madrileño y autores de la renovación del museo, son también protagonistas de esta historia interminable en la que se entremezclan varios subplots como en el mejor thriller, y en el que la directora ha recogido sin atisbo de la más mínima autocensura (y a veces con despiadada crudeza) momentos de alta tensión, decepción aguda y cabreo apenas disimulado. Uno de los puntos de fricción más importantes en el proyecto fue, como es bien sabido, la lucha sin cuartel que el lobby ciclista desató en contra de la solución que los arquitectos habían propuesto como entrada del museo. Cuypers había diseñado el edificio como una puerta de la ciudad, con un pasaje central que era utilizado por 13.000 ciclistas al día y un número imaginamos también alto de peatones. El problema es que el museo quedaba así seccionado en dos partes mal comunicadas, inconveniente que la renovación tenía que resolver de una forma u otra. Cruz y Ortiz deciden unir ambas alas mediante un enorme vestíbulo subterráneo al que se accedería precisamente a través del pasaje central mediante unas escaleras que descenderían al vestíbulo. Se deja espacio a los lados de las escaleras para que los ciclistas puedan seguir utilizándolo, pero es obvio que el espacio queda muy mermado y no parece quedar claro qué pasa con los peatones: ¿utilizan el mismo recorrido que las bicicletas o han de rodear el edificio? En varias escenas de la película puede verse a representantes del sindicato ciclista defendiendo a capa y espada en el ayuntamiento de Ámsterdam su pasaje para desmayo de los responsables del museo y en especial los arquitectos. "Nuestra solución es razonable y modesta, no es una pirámide, o algo arriesgado o arrogante", comenta Ortiz en la reunión donde se les dice que el ayuntamiento ha rechazado su propuesta para la entrada, y ya en su estudio de Sevilla, adonde Hoogendijk, la directora de la película, se desplaza (la escena se inicia irónicamente con Cruz llegando en bici al estudio), reconocen que quizá no sean ya los arquitectos adecuados para acometer la reforma ahora que la principal razón por la que fueron elegidos, la solución para la entrada, ha sido rechazada. Desganados, señalan que diseñarán otra entrada, pero no tienen empacho en afirmar que será "vulgar" y "banal". Ortiz es el encargado de presentar la nueva entrada en una conferencia de prensa posterior, en la que con casi británica flema, introduce la solución que a día de hoy sirve de entrada al museo: cuatro enormes puertas giratorias en el pasaje (dos a cada lado) que no interfieren con el carril central que se deja para los ciclistas. Los peatones, al igual que los visitantes del museo, utilizan sendos recorridos a ambos lados del carril-bici, vamos, como estaba antes. En la infografía que acompaña la presentación puede verse a los ciclistas cruzando el pasaje "de manera fantasmal", como comenta con sorna el arquitecto, para alborozo, real o fingido, de los asistentes. Ronald de Leeuw, aún director del museo por aquel entonces y firme defensor de la propuesta original, ríe con forzada mueca. Tras las bambalinas, las cosas cambian. Ortiz se sincera sin tapujos ante la cámara de Hoogendijk: "Ellos ganan, pero llevaron a cabo una campaña que no jugó limpio. Nunca quisimos eliminar las bicicletas. Eso es una mentira. Han doblado el brazo de una poderosa institución como el Rijksmuseum, es un gran día para ellos. Pero esto no es democracia, es una perversión de la democracia". 

Cuando De Leeuw, harto y a punto de jubilarse, deja el cargo de director del museo (en 2007) y lo asume Wim Pijbes, firme defensor también de la propuesta primera, el nuevo y flamante director intenta remover el tema. Cruz y Ortiz vuelven a proponer otra solución muy similar a su primer diseño. Si en el original la entrada (las escaleras que descienden desde el pasaje) están centradas, dejando a cada lado espacio para las bicicletas, ahora la escalera queda a un lado y el carril-bici en el otro. "Es simétrico y da más espacio a los ciclistas", apunta Pijbes, que se las promete muy felices, pero como todos sabemos el nuevo plan vuelve a ser desechado. Ortiz, desde Sevilla, estalla: "Estoy harto de esta ridícula historia, si me lo preguntas te diré que ya no me importa cómo va a quedar la entrada". Pijbes tampoco se muerde la lengua frente a la cámara ante las quejas de los ciclistas, que presionan alegando un aumento en el número de accidentes en bici en la zona ahora que el pasaje está cerrado, y llega a decir con rabia contenida y ojos vidriosos: "Pero qué me están contando, que se prohíba a los ciclistas usar el pasaje y punto". Siguen los alegatos ciclistas con renovados bríos en nuevas reuniones: "Montar en bici bajo el museo es una parte de la cultura de Ámsterdam de la que no es posible deshacerse. Es una verdadera vergüenza que se invoquen razones culturales para justificar esto. Sin duda La Ronda de Noche o La Lechera de Vermeer son fantásticos, pero acabar con el carril bici más bello del mundo y parte además de la red de comunicaciones urbanas en el nombre de la cultura es una desgracia". Cuando el ayuntamiento rechaza definitivamente la nueva propuesta, Pijbes está desatado: "Esta ciudad puede ser una democrática casa de locos". La película, obviamente, no puede acabar así, en los minutos finales vemos a los protagonistas ofreciendo una suerte de amable epílogo final. Ortiz señala, paseando en soledad por el soberbio vestíbulo subterráneo, que está satisfecho con su trabajo: "Parece que no ha hecho falta el más mínimo esfuerzo para hacerlo; alguien podría preguntar ¿Pero qué han estado haciendo todos estos años? El esfuerzo está escondido, lo cual podría ser una definición para la elegancia. Misión cumplida" (esto último lo dice en español).

Acabo con el inevitable apunte personal. La verdad, antes de saber toda esta historia, la primera vez que entré en el nuevo Rijksmuseum recuerdo que me llamó la atención la entrada, me dio la sensación de que no era la principal, que era un acceso secundario. Sin embargo me pareció al mismo tiempo original y muy elegante, y pronto se me olvidó al ver el magnífico vestíbulo o las fantásticas chandeliers, las enormes arañas colgantes que Moneo llama "jaulas metafísicas" en el catálogo de la exposición que el museo ICO dedicó hace un par de años a los arquitectos andaluces, y de las que señala, en su verticalidad, una posible vinculación al gótico, todo un guiño a Cuypers. Moneo no entra en la monumental polémica ciclista en torno al museo, pero sí incide en su condición de puerta sur de la ciudad en diálogo con la Estación Central, también de Cuypers, al norte. Me sorprende cómo se nos puede ir la pinza y pensar que nuestra visión de un problema puede estar por encima de lo que opina un nutrido colectivo que representa en este caso a toda una ciudad. Yo no sé si la entrada original era mejor que la definitiva o no, pero lo cierto es que si un ayuntamiento que representa a la ciudadanía a la que principalmente va dirigido el museo está de acuerdo en que el proyecto no debe cambiar lo que Cuypers diseñó, pues toca envainársela con estilo y sin aspavientos. La parte nunca puede anteponerse al todo, pero tampoco la parte que yo defiendo; habrá que ver qué parte es la más grande. Pero bueno, hablar es fácil...

Otro día te cuento más anécdotas de la película. Feliz rentrée.