domingo, 19 de noviembre de 2017

El fill pròdig





Pues sí, hoy tengo el día victoriano. Nos vamos a 1872 y a Hastings, sureste de Inglaterra. ¿Cómo? ¿Que qué tiene de último esto? Ya tenemos a la mosca disruptiva de rigor. Pues mira, ahora me voy 800 años más atrás y te digo que en esta localidad costera, en el 1066 nada menos, se libró la batalla clave que permitió a Guillermo el Conquistador arrebatar las islas a los sajones (la conocida como Conquista Normanda). Eso por hablar. En fin, me vuelvo a 1872 con la venia. Hastings era para entonces un enclave turístico gracias a las tímidas mejoras laborales que acababan de introducir por ejemplo los Bank Mondays (cuatro días de fiesta al año), que empujaron a no pocos londinenses a chapotear en su playa, con ayuda del tren que en la década de 1840 la conectó con la red ferroviaria británica (por aquí pasó algo parecido poco después cuando se unió por vía férrea Madrid y Aranjuez, aunque hay que reconocer que los pioneros en este tema son los británicos: la primera locomotora de vapor se inventó allí nada menos que en 1812 y se llamó Salamanca, como lo oyes, y es que el duque de Wellington libró en la ciudad universitaria una victoriosa contienda -la batalla de Arapiles- en el marco de la Guerra de la Independencia). Volviendo a Hastings decir que la localidad decidió entonces invertir en un poderoso pier (muelle), que, a diferencia del resto de los que festoneaban las costas aledañas dispusiera de un edificio icónico. Lo diseñó Eugenius Birch, un ingeniero que se inspiró en la arquitectura india que tanto le impactara mientras trabajaba, precisamente, en la creación de las líneas férreas del país asiático. No se andaron por las ramas: su presencia como puedes ver en las añejas fotos impresiona y su aforo alcanzaba las 2.000 personas. 

Hagamos ahora un periplo espacio-temporal, porque me sale, y veamos cómo era un día cualquiera en la vida del recién inaugurado pier. Vaya, el día que nos ha tocado está revuelto y hace un viento racheado. Unas pocas familias se aventuran por el muelle. Empieza a caer una pertinaz lluvia, y una banda de niños corretean perseguidos por unas alarmadas madres que enarbolan frágiles paraguas que de poco sirven frente a las impetuosas ráfagas de viento. Un señor con bombín se intenta guarecer con una copia de All the Year Round, la revista literaria de Dickens donde se publicaron por entregas no pocas novelas (algunas de las suyas sin ir más lejos), mas el periódico, impetuoso, se le escapa de las manos y va a parar al inclemente mar. Al poco ya no queda nadie. Bueno no, aguarda, hay una figura espectral que parece extrañamente parada en mitad del malecón. Acerquémonos. Es un hombre alto y fornido que lleva una gorra de marino holandés calada hasta las orejas. Frisa acaso la cincuentena. Bajo su hirsuto bigote (hirsuto es una palabra fea de narices, lo sé, suena como a insulto japonés, pero me parece muy decimonónica) surge una prominente cachimba ya apagada por la lluvia pero aún humeante. Su tez, bruñida por el sol y el viento, le delata como marino, quizá por los Mares del Sur. Algunas de las gotas que resbalan por su cara acaso no sean de lluvia. Todos los días viene al pier y mira como allende el mar, por donde hará un año su hijo marchó para probar fortuna. Narcisista, soberbio, egocéntrico, mimado sin remedio, al rey del mambo de Hastings el pueblo se le quedaba pequeño. El padre, hombre de pocas luces, intentó sin éxito retenerlo, hasta llegar a las manos una tarde aciaga en una taberna portuaria. Al marino ahora le llegan noticias de que su hijo las está pasando canutas de estibador en Amberes, que apenas tiene donde caerse muerto, que su vida es un desastre, que quiere volver pero su orgullo se lo impide. ¿Habrá aprendido la lección? Llora al cabo el padre por no haber sabido retenerle, por el caos que ha devenido su vida y por el incierto futuro si regresa. ¿Sabrá a su vuelta dar la justa dosis de cal y arena o lo perderá para siempre?

Hoy ya el pabellón de Birch solo se puede ver en foto. Un incendio en 1917 se lo llevó para siempre, y en su lugar se levantó un edificio mucho más sencillo (estamos en plena Primera Guerra Mundial) que fue desde el primer momento objeto de crítica por los vecinos, que lo llamaban despectivamente "el granero". En 1930 se le puso una bella fachada art decó. Poco a poco el muelle se fue llenando de construcciones mientras devenía una suerte de abigarrada feria permanente. Sufrió tormentas y huracanes que lo dejaron tocado, y allí tocarían ya en los 60 artistas hoy globales como los Rolling Stones, Jimi Hendrix, Tom Jones, The Who o Pink Floyd. En 2010 finalmente sucumbió a un incendio. 


El estudio de arquitectura londinenese dRMM fue elegido para la tarea de devolver a la vida al chamuscado muelle. Y el resultado, anodino de entrada, le ha ganado el premio Stirling de este año (competía con rivales de perfil bajo, inexplicablemente por ejemplo no estaba la Switch House de Herzog y de Meuron, quizá por no dar protagonismo a los grandes, aunque sí estaba en la lista final de candidatos una intervención de Rogers en el British Museum que de todas formas ha pasado bastante desapercibida). Según el jurado, la victoria se la merece por haber sabido ir más allá de la labor de un arquitecto buscando financiación para el proyecto (consiguieron mediante crowfunding la cantidad de casi 600.000 libras) e involucrando en él a la comunidad en un largo y complejo proceso que ha durado siete años. Oliver Wainwright destaca también el acierto de poner el inevitable pabellón no al final del muelle, como había hecho Birch, sino al principio, dejando un impresionante plataforma vacía al final (que contrasta con el atestado batiburrillo de construcciones del antiguo pier), dispuesta a recibir las instalaciones y eventos temporales que sin duda la llenarán pronto. El crítico de The Guardian señala también el parecido del pequeño pero elegante pabellón de dRMM con nada menos que la Casa Malaparte (aquí hablábamos de ella). 





Necesitamos el pasado como soporte nutricio del presente (nutricio también es una palabra de fonética chunga, por cierto), que dice Fernández-Galiano en el último Arquitectura Viva, precisamente dedicado al regreso arquitectónico a lo básico (Back to Basics: Building Before Bling es su aliterativo subtítulo), y que protagoniza una "Joven Cataluña" de la que se traen varios ejemplos que, como el muelle de dRMM, restauran con tino preexistencias (destaco el Centro Cívico 1015 de H Arquitectes). La arquitectura transita del destello a la desnudez, sigue diciéndonos nuestro Zeitgeist whisperer. No para todos. Aún sigue habiendo destellos galácticos (algunos casi abochornantes), como este presunto guiño a Star Wars en la Biblioteca Nacional de Qatar a cargo de Koolhaas (¿no te recuerda a una nave imperial?), no sería la primera vez...


sábado, 4 de noviembre de 2017

Xocs



Volvemos a la City, enclave londinense al que ya hemos dedicado unas cuantas entradas. Verdadero xoc de trens arquitectónico (como puedes observar en la foto), unos cuantos grandes de la arquitectura han dejado aquí su huella (o al menos lo han intentado). El mismísimo Mies proyectó para esta zona una torre que finalmente no cuajó, en su lugar Stirling acabaría levantando un estridente edificio (lee la historia completa aquí). También muy cerca Koolhaas hizo para Rotschild una sobria y elegante torre inmaculadamente rectilínea, quién sabe si queriendo recordar en plan fantasma del padre hamletiano el proyecto del arquitecto alemán, que el holandés tiene mucha retranca. Foster acaba de inaugurar aquí la sede europea de Bloomberg, con la que nos meteremos en el segundo párrafo, aunque el de Mánchester ya tenía justo al lado un galáctico edificio de oficinas en forma de armadillo, el Walbrook. Hay también obras clásicas, como el Banco de Inglaterra de Soane, un banco de Lutyens reconvertido en hotel con un restaurante diseño de Terence Conran nada menos o la pequeña iglesia de San Esteban Walbrook, encapsulada hoy entre grandes construcciones modernas (en esta foto la puedes ver entre la torre de Koolhaas y The Walbrook de Foster), construida poco después del famoso incendio de 1666 por Christopher Wren. Como ves, el nombre Walbrook se repite mucho por aquí, se trata de un río que cruzaba esta zona (hoy ya cubierto), y que resultó crucial en la fundación del Londinium romano allá por el 40 d.C. O sea, que 2.000 años nos contemplan.

Pues como digo el último en construir en tan sensible ubicación ha sido nuestro Norman Foster, que ha levantado para el antiguo alcalde de Nueva York (Bloomberg estuvo presente por cierto en el foro que Foster organizó en el Teatro Real de Madrid hace unos meses coincidiendo con la inauguración de su fundación), una sede que en la foto de arriba aparece detrás del edificio triangular que está justo en el centro de la imagen. Nosotros también hablábamos de esta sede hace ya algunos años, y citábamos al propio arquitecto, que definía su proyecto como una construcción nada tímida. Lo que son las cosas, cuatro años después justamente se la pone a caldo por serlo en exceso: ahí tenemos la cañera crítica de Oliver Wainwright, que sin cortarse un pelo asemeja el edificio (en el mismo titular) a un cortinglés de provincias que encima ha costado la friolera de 1.000 millones de libras. Para mí que los sufridos londinenses están ya tan acostumbrados al desaforado skyline de la ciudad que la sobriedad se les antoja un peñazo. Por cierto que el mismo Foster junto a Nouvel estuvo a punto de construir en este mismo solar hará unos años un edificio mucho más a tono con sus pavorosos vecinos para el que la española Metrovacesa había comprometido 600 millones de libras. Al final la crisis se lo llevó por delante (no hay mal que por bien no venga), aunque ya se le había asignado mote: el casco de Darth Vader, sí, tal y como lo oyes. No veas el cachondeíllo de la prensa británica cuando el proyecto se vino abajo: que si la fuerza no les acompañó, que si Foster y Nouvel sintieron la fuerza de la recesión, y tal. Frente a semejante despropósito el nuevo edificio de Bloomberg mantiene un perfil bajo, que para aspavientos y xocs ya tenemos a Viñoly (la foto de arriba, de Foster+Partners, no es nada inocente), y busca transmitir confianza y estabilidad siendo casi su única "nota de color" unas pantallas móviles de bronce en la fachada para regular la entrada de luz (Foster las llama branquias -gills-) y la instalación de Cristina Iglesias Arroyos olvidados, muy apropiada para el lugar aunque habría que señalar que la artista donostiarra ya lleva años trabajando en este tema y para el Centro Botín ha hecho algo parecido (Wainwright, demoledor de nuevo, señala que quizá la instalación, que le recuerda a una "fétida ciénaga", sea una metáfora de los oscuros manejos de las empresas de servicios financieros...). Rowan Moore, crítico de The Observer mucho más benévolo con la sede, resalta sus impresionantes logros en términos de sostenibilidad, el edificio gastaría un 70% menos de agua (los inodoros funcionan con un sistema de vacío) y un 40% menos de electricidad que la media, Wainwright también lo señala pero lo contrapone a la enorme energía embebida, que diría Fernández-Galianoque suponen los exóticos materiales que se han utilizado en su construcción: 600 toneladas de bronce traídas de Japón y grandes cantidades de granito indio. Moore destaca también su osado diseño interior con una espectacular escalera helicoidal que asemeja a las esculturas de Serra (quizá para compensar el discreto exterior, un patrón típico de los edificios de la City), junto con una voluntad de diseñar un entorno amigable para los más de 4.000 empleados de la empresa de información digital, destacando por ejemplo el espacio llamado La Despensa (donde obviamente se sitúa el comedor para los empleados), junto al que se ubican colmenas de verdad, un gran acuario y un invernadero combinando sin prejuicios tradición y modernidad, lo digital y lo analógico o lo virtual y lo háptico, que diría Pallasmaa. Por cierto que como no hay dos sin tres, otro de los grandes de la crítica arquitectónica inglesa, Jonathan Glancey, que escribió en The Guardian de 1997 a 2012 y es autor, junto con otros libros, de una recomendable Historia de la Arquitectura (aunque en mi opinión muy sesgada hacia mundo anglosajón), también ha dado su versión de la sede de Bloomberg en el último AV Monografías (200) dedicado a Foster y en el que participan otros señeros críticos de la altura de Goldberger, Jencks, Negroponte, Sudjic o Zugaza, antiguo director del Prado que reseña, claro está, el proyecto de la rehabilitación del Salón de Reinos. Glancey habla del edificio como un "vecino respetuoso" que resulta "incluso discreto" en su exterior, y que muestra "que la nueva arquitectura de la City (y de Londres en su conjunto) puede ser a la vez antigua y moderna sin caer en la trampa del historicismo" destacando su carácter cívico también por haber realizado el enorme esfuerzo (reconocido sin ambages por Wainwright y Moore) de alojar en sus entrañas el templo romano de Mitra del s. III, descubierto en 1954 y que se había movido de su emplazamiento original poco después para construir un edificio. Ahora se ha realojado, junto con 14.000 piezas (entre ellas unas tablillas con los primeros documentos escritos a mano encontrados en Gran Bretaña), en un museo situado en el sótano del Bloomberg, justo en el lugar donde fue hallado.

Acabamos ya esta densa entrada, tan abigarrada como la propia City. Buena semana.






domingo, 29 de octubre de 2017

Artquitectos

La Fundación Norman Foster en Madrid

"-¿Es usted un socialista?
-Soy un humanista.(...) La clave de mi trabajo es la creencia de que la arquitectura es importante; la calidad de lo que nos rodea, de cómo está diseñado, desde una estación al pomo de una puerta, influye en nuestra vida". (Norman Foster, entrevistado en EPS, Norman Foster, el zurdo tenaz).

-"¿Quiere ser el mejor arquitecto? 
-Quiero ser yo. Creo que la arquitectura necesita entender la creatividad de otra manera, no solo formalmente. Steve Jobs dijo que de cada 20 ingenieros uno es un artista y el resto son ingenieros. Creo que eso se puede aplicar a la arquitectura, al balonmano y a la enseñanza. Un maestro que es un artista puede cambiar a la gente.
-¿Se ve como un artista?
-Me veo como alguien capaz de cambiar las cosas. Alguien dispuesto a ese esfuerzo. La arquitectura puede ser un arte, pero el arte actual debe ser transformador".(Bjarke Ingels, entrevistado en EPS. Bjarke Ingels, "El buen salvaje tiene siempre otro punto de vista".)

El Via 57 West de Ingels en Manhattan

domingo, 22 de octubre de 2017

William Morris en la March

News from Nowhere: Blade Runner versión 1892

"Si me preguntasen cuál es la producción más importante del arte contestaría que una casa hermosa; y si me pidieran la segunda en importancia, diría que un libro hermoso". (William Morris, visto en la exposición William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran BretañaNo te pierdas la reseña de la exposición por Antonio Muñoz Molina).









domingo, 15 de octubre de 2017

Pazzo


¿Qué es esto? Pues es una instalación del estudio Pezo von Ellrichshausen (a partir de ahora sólo Pezo al objeto de hacer el texto menos espeso) para la ciudad británica de Hull de nombre A Hall for Hull (jueguecito de palabras tenemos, tomo nota).  ¿Qué representa esta especie de espacio? Analicémoslo sin prisa, paso a paso. Tenemos 16 enormes columnas de acero galvanizado, que quieren conformar según los arquitectos chilenos una sala hipóstila. Como te habrás percatado falta el techo, estamos por tanto ante una casa en suspensión, y digo yo, para este viaje no necesitábamos capacho. ¿Se han vuelto los Pezo pazzo? Creemos raudos un relato, porque vivimos en una época en la que más que nunca lo que cuenta es vender la moto, que no tenga motor, manillar ni ruedas es lo de menos, no me seas rancio. Los chilenos quieren amagar y no dar para que sea el imaginario colectivo el que acabe la construcción. Además ahora que la lluvia es ya fenómeno paranormal podemos pasar del techo, elemento asaz reaccionario. Amamos la libertad, el viento abriendo nuestros poros, el sol chamuscando nuestra piel. Hay una poética de la intemperie. Es libertaria y primitiva. Observa ahora las columnas de 6 metros de altura. Son huecas y hueras, que Pezo nos quiere liberar del peso, tan retrógrado. Fíjate que tiene cada una una puerta de acceso. Te metes dentro y podría parecer que estás en una jaula, mas nada más lejos de la realidad ficticia que es santo y seña de nuestro tiempo. Estás en un recinto que te hace ver de otra manera. Como muy bien dice Merleau-Ponty no vemos la obra de arte, sino el mundo a través de la obra de arte. Al entrar en la no-columna (pues nada sostiene) penetras en otra dimensión que te permite escapar de una realidad impuesta por un enemigo necesario para que el relato tenga punch. Empapados en su poso, podríamos vivir dentro de esa no-columna de manera indefinida. Para comer ya pasará un alma caritativa que nos traiga una porción de pizza, y digo pizza porque se administraría con facilidad a través de la celosía metálica, pero también y mayormente por seguir con la coña marinero-aliterativa.

Bueno, pues ya nos hemos divertido bastante por hoy. Buena semana, y que nuestro gozo no acabe en pozo.

domingo, 8 de octubre de 2017

Al faro


Hoy me apetece poco escribir. A vueltas con lo del DIU (¿o es DUI?) ando con los esfínteres tensos. Pero en fin, hagamos un esfuerzo. Empezaré yéndome lejos y a ver si me animo. En St Ives (Cornualles), tierra extrema de filibusteros y bellos rincones costeros, acaban de concluir, tras 12 años y 20 millones de libras de inversión, una polémica franquicia de la Tate. La vista desde el mar me resulta criminal (juzga tu mismo, es el edifico gris con columnas), pero la verdad es que no puedo opinar viendo solo un par de fotos. Que conste que Oliver Wainwright viene a decir casi lo mismo del proyecto de un tal Jamie Fobert (antiguo colaborador de Chipperfield), al que se une una residencia de ancianos levantada justo al lado y financiada con ayuda de la galería de arte, que "colisiona con el museo como si fuera un bloque de la Costa del Sol". Rowan Moore, más positivo, comenta del edificio que es "casi bonito" por fuera. Ambos alaban su interior, con una impresionante sala de 500 metros cuadrados sin una sola columna. La verdad es que traigo el modesto proyecto un poco por tirarme el rollo safari sentimental porque conozco St Ives. Es una preciosa localidad costera en la que han encontrado refugio una extensa comunidad de artistas (algo que es evidente al pasear por sus pintorescas calles) y tiene unas recoletas playas en las que casi te puedes bañar como si estuvieras en el Mediterráneo (es la zona más soleada de Inglaterra), o por lo menos así la recuerdo. Pero lo más curioso es que aquí se encuentra el faro (de nombre Godrevy) que inspiró a Virgina Woolf para escribir To the Lighthouse, aunque ella lo sitúa en la otra punta de la Gran Bretaña, en Escocia. Woolf lo visitó en 1892, y así aparece en el libro de firmas de rigor. Algo antes de mi viaje por el West Country había leído la novela, que me costó un año terminar. Plomiza por momentos (prácticamente no pasa nada, es una serie de descripciones detalladas de pensamientos de la protagonista, stream of consciousness lo llaman), a punto estuve de colgar la lectura varias veces, pero finalmente conseguí acabarla y la verdad es que al final me gustó, no sé si porque le cogí el punto o por un Síndrome de Estocolmo de narices. Marchando mi cita favorita del libro: "What is the meaning of life? That was all, a simple question; one that tended to close in on one with years, the great revelation had never come. The great revelation perhaps never did come. Instead, there were little daily miracles, illuminations, matches struck unexpectedly in the dark". 

Hablando de patrias  y del sentido de la vida ayer se estrenaba Blade Runner 2049. Blade Runner fue mi patria durante unos cuantos años, su banda sonora aún lo es. Por eso no acabo de decidirme a verla. Quizá (la música seguro) me vaya a decepcionar y me acabe desgraciando el mito. Y siguiendo con las patrias a vueltas solo decir que da pánico contemplar estos días tanto odio visceral. El ser humano siempre necesitando de un contrario para reafirmar su identidad, ante el que sentirse superior, del que mofarse, al que aniquilar. Cuando nos sale la tribu apaga y vámonos.

Y el último texto que nos ha tocado a fondo esta semana ha sido el de Fernández-Galiano en el último AV (La enfermedad geométrica), dedicado a los chilenos Pezo von Ellrichschausen, arquitectos minimalistas, rectilíneos y miesianos (no en vano han dado clase en el ITT y vivido en los apartamentos Lake Shore Drive de Chicago). En un texto en el que se aúnan a cascoporro contrarios de todo tipo, se nos ofrece alguna de esas cerillas encendidas inesperadamente en la oscuridad que decía Woolf: "Ensimismados en nuestros juegos serios, perseguimos crear especies de espacios cuya exactitud abstracta los protege de los vendavales del mundo, y en ocasiones el mundo irrumpe en ellos con la violencia vigorosa de la vida. Este empeño testarudo en la exacerbación sintáctica y sistémica es una enfermedad lírica y literaria, pero no por ello menos virulenta. Multiplicamos las reglas arbitrarias para hallar la libertad que proviene del rigor y la disciplina, y ese paisaje exigente suministra a la vez ritmo musical y sedación analgésica". Con esa aparente facilidad que tiene don Luis para acercar opuestos, le mandaba yo de mediador al laberinto catalán. Más faros, por favor.

domingo, 1 de octubre de 2017

La eternidad del presente



"Sumirse contemplativamente en lo bello, cuando el querer se retira y el sí mismo se retrae, engendra un estado en el que, por así decirlo, el tiempo se queda quieto. La ausencia de querer y de interés detiene el tiempo, incluso lo aplaca. Esta quietud es lo que distingue a la visión estética de la percepción meramente sensible. En presencia de lo bello, el ver ha llegado a su destino. Ya no es empujado ni arrastrado hacia adelante. Esta llegada es esencial para lo bello. La "eternidad del presente" que se alcanza en un demorarse en el que el transcurso temporal queda superado, se refiere a lo distinto: la "eternidad del presente" es la presencia de lo otro (...). Siendo lo enteramente distinto, lo bello cancela el poder del tiempo.  (...)

Lo bello no es un brillo momentáneo, sino seguir alumbrando en silencio. Su preferencia consiste en ese reservarse. Los estímulos y los logros inmediatos obturan el acceso a lo bello. (...) Largo y despacioso es el paso de lo bello. A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento" (Byung Chul-Han, La salvación de lo bello).

No te pierdas el video Reflejos de Fernando Ayuso.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Más Mies



A ver, querido lecteur, ¿tú qué harías si te tocara la lotería de Navidad? Esa pregunta, que tantas veces te habrás planteado, yo ya la tengo resuelta. Contactaría con una tal Lydia Xynogala de la universidad de Columbia y le diría que me hiciera una casa igual (quizá, ya puestos, algo más grande) a la que acaba de hacer en la isla griega de Sciathos (allí mismo me valdría). Puro Mies, pero con cemento. De ilusiones también se vive, qué pasa.

Hablando de Mies terminé a finales de agosto la biografía crítica de Schulze y Windhorst que he venido comentando en entradas anteriores. Te cuento cosillas de su etapa americana.

Hace poco hablábamos de Johnson, (el que para mi asombro había sido miembro del jurado que eligió el proyecto de Rogers y Piano para el Pompidou), introductor de Mies en América y gran admirador suyo hasta que se les rompió el amor. Pasó una noche de invierno a finales de 1954, durante una cena en New Canaan, la casa de cristal que Johnson había diseñado a imagen y semejanza de la Farnsworth de Mies. El arquitecto americano había invitado también a Phyllis Lambert, hija del director ejecutivo de la compañía Seagram, quien acababa de seleccionar a Mies (de entre un impresionante lista de arquitectos en la que se encontraban Le Corbusier, Rudolph, Saarinen, Breuer, Pei, Gropius o Wright nada menos) para levantar la famosa torre homónima de Nueva York. Como Mies andaba ya algo fastidiado con la artritis, se asoció con Johnson. Pues bien, estamos como te digo en plena velada regada generosamente con licores varios, que estamos en los 50. Mies, generalmente poco hablador, empieza a meterse con la casa (el alcohol es lo que tiene), que encuentra burda en los detalles. Johnson traga, pero más adelante suelta una observación que encabrita al alemán. Le dice que no entiende qué ve en Berlage. Mies mucho antes ya había comentado que "se hizo moderno" por influencia del arquitecto holandés, al que estudió con esmero: "Berlage era un hombre de gran seriedad que no aceptaba nada que fuese falso, y fue él quien dijo que no se debería edificar nada que no estuviese claramente construido. Y Berlage hizo exactamente eso. Y lo hizo en tal medida que su famoso edificio de Ámsterdam, la Bolsa, tiene cierto carácter medieval sin ser medieval". Cuando yo no tenía ni idea de que existía un arquitecto llamado Berlage reconozco que el edificio me llamó la atención la primera vez que lo vi, por esa misma contradicción que menciona Mies: parece antiguo pero te acercas y resulta que es moderno, pero de una modernidad extraña, como rancia, pero atractiva. Total, a lo que iba, que la velada acabó como el rosario de la aurora y el alemán se largó, a pesar que se supone que los invitados iban a pasar la noche allí. Nunca más volvió a New Canaan. Johnson poco después diría de él que era un quejica y un gruñón. Algo más de una década más tarde, cuando Venturi publicó su Complexity and contradiction in architecture en el que echaba pestes de la modernidad (ya sabes, lo de "prefiero lo elementos híbridos a los puros; los comprometidos a los limpios (...), los irregulares y equívocos a los limpios y claros"), dando la puntilla al Menos es más con el famoso Menos es un aburrimiento, Johnson se subiría al carro postmoderno con otra delicada perla: "No se puede no saber historia". Por supuesto, pero no para chotearse miserablemente de ella sino para replicarla con respeto, como el propio Berlage o Moneo sin ir más lejos.

Otra cosa que me ha llamado la atención tiene que ver con el complejo urbanístico que Mies desarrolló junto a Ludwig Hilbermeiser en Detroit, el Lafayette Park. Un experimento de ingeniería social muy influido por Corbusier en el que se diseñan enormes torres residenciales (junto a casas en hilera) desperdigadas al estilo Brasilia, un modelo que hoy está superado (y tras el fracaso de las torres brutalistas británicas incluso denigrado). Lo que no sabía es que el diseño de este complejo estuviera también condicionado nada menos que por los bombardeos atómicos de la II Guerra Mundial, que dejaron conmocionado a Hilbermeiser. En un artículo llamado Ciudades y defensa, Hilbs, como era conocido por sus alumnos del IIT (era colega por tanto de Mies), señalaba: "Con la llegada del avión y en relación con el desarrollo de las armas atómicas, la ciudad concentrada se torna obsoleta. Hoy en día la seguridad, en su momento lograda detrás de los muros, sólo puede encontrarse en la dispersión de las ciudades y la industria". Un debate muy parecido al que tenemos ahora con las amenazas terroristas (bolardos o no). Estos días lo están discutiendo arquitectos de renombre en el Hay de Segovia (el mismo Rogers entre ellos).

El extenso capítulo dedicado al culebrón Farnsworth (tras el descubrimiento de las actas del sonado juicio) tampoco tiene desperdicio. Schulze no nos aclara (lástima) si hubo acceso carnal entre el arquitecto y la doctora. Sí nos da pelos y señales sobre el juicio, que tras cinco años acabó en victoria pírrica para el alemán, que se conformó con 2.500 dólares de indemnización tras un juicio que costó diez veces más. Mies al final ya sólo quería que Farnsworth le dejara en paz, tras una campaña muy agresiva a nivel de prensa que hizo mella en la fama (enorme por entonces) del alemán al tocar la fibra sensible del anticomunismo de posguerra. Hasta el mismísimo Wright (que admiraba a Mies) se hizo eco de dicha corriente de opinión en esta demoledora crítica: "Estos arquitectos de la Bauhaus huyeron del totalitarismo político en Alemania para sembrar, con sus cuidadosas iniciativas, su propio totalitarismo en el arte aquí en los Estados Unidos. (...) ¿Por qué desconfío y me enfrento tanto a ese "internacionalismo" como el comunismo? Porque ambos deben hacer, por su propia naturaleza, esta misma nivelación en nombre de la civilización".  El debate de la Farnsworth es también otro ¿Debe una casa ser un manifiesto arquitectónico insufrible que convierta a sus moradores en héroes? ¿O un simple refugio placentero que se ponga al servicio de sus inquilinos? Sea como fuere Edith Farnsworth, tras poner a Mies y la casa a caldo, bien que defendió sus valores artísticos para tratar de evitar la construcción de una autopista cerca de la propiedad. Finalmente la vendería (a Lord Palumbo) por 120.000 dólares, casi el doble de lo que le había costado, para marcharse en los 70 a Italia, donde se dedicaría a la poesía. En 2006 Palumbo la vendería en subasta por 6,7 millones (la puja se había iniciado en 3,5 millones).

Pero con lo que me he partido el eje literalmente es con el dato de que la Nueva Galería Nacional de Berlín fuera un diseño original para las oficinas de Ron Bacardí en Santiago de Cuba (el proyecto fue cancelado a causa de la Revolución de Fidel y Mies, temprano ecologista, lo reutilizó).

Me da que ya te he castigado bastante por hoy. Buena semana.

Mies en los baños del Náutico donostiarra!

domingo, 17 de septiembre de 2017

El infierno de lo igual



"Edmund Burke libera lo bello de toda negatividad. Lo bello tiene que deparar "un disfrute completamente positivo". Por el contrario, de lo sublime es propia una negatividad. Lo bello es menudo y delicado, leve y tierno. Se caracteriza por la tersura y la lisura. Lo sublime es grande, macizo, tenebroso, agreste y rudo. Causa dolor y horror. Pero es sano en la medida en que conmueve enérgicamente al ánimo, mientras que lo bello lo aletarga. En vista de lo sublime, Burke hace que la negatividad del dolor y del horror vuelva a trocarse en positividad, resultando purificadora y vivificante (...).

La actual sociedad positiva elimina cada vez más la negatividad de la herida. (...) También la percepción evita cada vez más la negatividad. Lo que domina la percepción es el "me gusta". Pero ver, en un sentido enfático, siempre es ver de forma distinta, es decir, experimentar. No se puede ver de manera distinta sin exponerse a una vulneración. Ver presupone la vulnerabilidad. De lo contrario, solo se repite lo mismo. Sensibilidad es vulnerabilidad. La herida -así podría decirse también- es el momento de verdad que encierra el ser. Sin herida no hay verdad, es más, ni siquiera verdadera percepción. En el infierno de lo igual no hay verdad". (Byung-Chul Han, La salvación de lo bello).


sábado, 9 de septiembre de 2017

Los Beatles de la arquitectura

Bad boys a punto de liarla parda

Hoy te planteamos otro reto, pero este está tirado, que septiembre siempre es un mes muy chungo (mayormente este, preñado de marejadas ciclónicas, huracanes y terremotos de toda índole), y no está el horno para repostería. A ver, ¿quiénes son los jóvenes arquitectos de arriba y dónde se hallan encaramados? Vaya por delante que la foto es de 1974. El primero, que por aquel entonces tenía un aire a uno de los hermanos Calatrava (si tienes cierta edad sabrás que no me refiero precisamente al arquitecto valenciano) es hoy casi clavado a Antonio López, nuestro famoso pintor y escultor. A sus 84 le sigue gustando vestir con colores exacerbados. El segundo, el de la barba que hoy provocaría no poca alarma social, es "un arquitecto gótico y romántico, náutico y artesano, aquejado de unas insólitas preferencias cromáticas y de un populismo contracultural extrañamente superviviente (...) un arquitecto de catedrales aéreas, aves de metal y máquinas vivas", tal y como lo describía, allá por 1994, el one de la crítica arquitectónica en español. Lo de las "insólitas preferencias cromáticas" (como el otro), lo observamos ya en ese paraguas multicolor a juego con la bufanda del primero que, en pose Mary Poppins, enarbola en la foto. Paraguas multicolor y premonitorio. Y es que cuando acaben el edificio una tierna anciana en shock propinará un buen paraguazo al de la bufanda cuando se entere que es autor de semejante inmueble, descrito por el mismo arquitecto en una reciente entrevista como "un cruce entre el British Museum y Times Square" (más lo segundo que lo primero ciertamente).  En siete años sólo recibirá dos críticas positivas en prensa. De todas formas teniendo en cuenta lo bucaneros que ambos arquitectos eran, me da que disfrutarían lo suyo con el follón. Y es que, como el barbado decía recientemente en una entrevista, por aquel entonces ellos eran como los Beatles e iban de bad boys de pacotilla. Por cierto que esta máquina alegre (como la describe el one) que les haría famosos para siempre fue seleccionada por un jurado estrella compuesto nada menos que por Jean Prouvé, Oscar Niemeyer y, ojo al dato, Philip Johnson, sí, el mismo Johnson que comisarió la exposición sobre arquitectura moderna en el MoMa de 1932 como comentábamos en la entrada anterior y que sería principal valedor de Mies en América. Pues aquí le vemos, al muy judas, asestando el clavo final sobre el ataúd del alemán, su cadáver aún caliente por aquel entonces, dando la puntilla al movimiento moderno que él mismo había ayudado a encumbrar. El camaleónico Johnson, el David Bowie de la arquitectura (autor, por cierto, de las madrileñas Torres Kio), siempre arrimado al sol que más calienta.

Eso de nadar y guardar la ropa no iba con esta pareja, especialmente el primero, que se pasaría una noche en un calabozo en San Sebastián por bañarse en pelota picada en la Concha durante un viaje adolescente. Cualquiera que conozca el lugar entenderá al joven al recordar la primera vez que vio ese escenario irreal, operístico y gótico en el que el mar penetra impune la ciudad y subyuga al incauto viandante con telúrica furia. Nuestro protagonista, como el Stephen Dedalus de Retrato del artista adolescente, que quizá había leído (Joyce enseñó inglés a su madre) a lo mejor sufrió una epifanía ante la visión, sintiendo la urgencia de una fusión háptica con el mar sin intermediarios textiles. Pero claro, explícale eso a un guardia civil de 1950.

El segundo de abordo (el del paraguas) está ahora mismo en el candelabro en nuestro país por una obra cántabra que es descrita, de nuevo por el one, de esta certera, enjundiosa y hasta un punto tórrida guisa (no se puede pedir más a una crítica): "Lejos de percibirse como un obstáculo, el nuevo edificio se deja penetrar bajo su vientre cerámico, permite subir a sus espaldas de vidrio y autoriza a colocarse sobre él, disfrutando de las vistas y las brisas en sus cubiertas naúticas". Atención que va la última pista. En recientes entrevistas para diferentes medios ambos curiosamente describen su relación como de hermanos. Cuando el barbado visita Londres, siempre se aloja en la casa del primero. Y sin embargo tras finalizar el edificio parisino que nos ocupa ya no volverían a trabajar juntos. ¿Lo tienes?

Pues claro que es el Pompidou, y ellos son, por orden de aparición en la foto, Richard Rogers y Renzo Piano. El one, quién si no, es Luis Fernández-Galiano, que entrevista in person a Piano en su estudio en Génova para el último número de AV que se centra en la obra del italiano desde 2000. Para la entrevista ambos se sientan en las famosas Lounge Chairs de los Eames, los mismos sillones que don Luis utiliza para las entrevistas con arquitectos españoles editadas en DVD por Arquia ¿Será simple casualidad o es que Arquia ha iniciado la grabación de una serie de entrevistas del catedrático con arquitectos internacionales utilizando el mismo formato que los editados ya, y del que la charla publicada sería un anticipo... ?  La otra entrevista (en este caso a Rogers) que menciono es de The Guardian, y se realiza con ocasión de la publicación de un libro de memorias llamado A Place for All People lleno de curiosas anécdotas (el Pompidou protagoniza uno de los capítulos más extensos). Hasta el mismísimo Jonathan Meades se ha dignado hacer una reseña del libro, también en el periódico británico. A no ser que tengas un nivel C9 en inglés no te la recomiendo (tú mismo). Este hombre yo creo que escribe para él mismo y dos iluminados más.

En dicha entrevista Rogers dice que hoy en día no se le ocurriría hacer el Pompidou (es el titular del artículo), y que no deja de ser el trabajo de dos arquitectos jóvenes e ingenuos que no sabían lo que se les venía encima. ¿Está renegando de su obra? Habrá que leer el libro sin falta. Es un edificio difícil de digerir, la verdad. Hay que valorarlo, como ya todos sabemos, como una expresión arquitectónica de mayo del 68, una época de rebeldía contracultural en una ciudad en el que había, lo dice Piano en AV, un exceso de memoria: "París era una ciudad con mucha memoria y quisimos hacer saltar todo por los aires". Había que derribar las imposiciones imponiendo algo nuevo. Lo mismo que el Pompidou, un edificio que se impone con furia salvaje a un barrio profundamente tradicional que es incapaz de asimilarlo (qué distinto al Centro Botín). ¿Cómo lo valorará la crítica dentro de 100 años? ¿Como un logro arquitectónico que ofrece una nueva forma de entender un museo (y un edificio) dando protagonismo a la experiencia del visitante o como una máquina absurda y alienada que no construye ciudad, más bien la destruye con saña, broma pesada diseñada por unos Bobos (acrónimo inglés de burgueses y bohemios) idénticos por cierto a los que protagonizaron las algaradas, capaces de elaborar fantásticos castillos en el aire (al calor de un estado de bienestar que paradójicamente les había convertido en unos niñatos inmaduros, egoístas y malcriados) pero a la postre incapaces de dar solución a problemas reales (¿te suena?)? ¿Dónde están hoy esos jóvenes? ¿A qué se dedican? ¿Qué y cómo construyen ahora Piano y Rogers? Hoy no me gusta el Pompidou. Será que me estoy haciendo viejo, que sigo bajo la influencia de la biografía de Mies o que este septiembre viene muy chungo.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Para nota (2)

¿Lo has adivinado ya? Aquí va un fotograma donde aparece la casa (en realidad es un dibujo, ni siquiera se llegó a realizar una maqueta del exterior):


Muchos la compararon con la Fallingwater de Wright, aunque él nunca diseñaría un voladizo soportado por vigas (muy útiles por otra parte ya que ayudan al protagonista a trepar a ella). A mí me recuerda más a las famosas casas de Koenig o Lautner, aunque buscando fechas descubro que son posteriores (por muy poco) a la película. Vive en este mansión el malo de la peli, interpretado por James Mason. Lo que si parece obvio es que a partir de entonces el estilo moderno queda asociado a los malvados en muchas películas, por ejemplo en las de Bond, fíjate aquí como Sean Connery ve amenazada su integridad de género en una escena de Diamantes para la eternidad que tiene lugar en la casa Elrod, de Lautner. No es la única casa del arquitecto americano que aparece en el cine. Date un paseo por algunas de ellas tal y como aparecieron en conocidas películas gracias a este video. En él descubrirás por cierto las pegas de los voladizos.

¿Sigues perdido? Te voy a dar otra pista: un fotograma de los títulos de crédito que te mencionaba en la entrada anterior.


Otra referencia al lenguaje arquitectónico moderno (estamos, te recuerdo, en 1959), a la sazón en plena vigencia. Te decía que la fachada de este edificio bien podría pertenecer (aunque en realidad no es el caso), a una torre recién inaugurada en Nueva York. Me refería a la Seagram, de Mies. Fíjate el parecido de dichos títulos de crédito con la portada de una revista de arquitectura de la época (Architectural Record, de 1955):


Veo sigues sin caer. Venga, va:



Sí, es la que aquí conocemos como Con la muerte en los talones, quizá su película más redonda. Los títulos de crédito son de Saul Bass, un genio en lo suyo, ya siempre asociados a la música del no menos genial Bernard Hermann. Los tienes aquí. Si te has quedado con ganas de más, tienes en este otro video una amplia selección de títulos de Bass.

El director es Alfred Hitchcock, cuyo apellido como decíamos en la primera pista coincide con uno de los comisarios de la famosa muestra del MoMA sobre arquitectura moderna de 1932. Junto a Philip Johnson trabajó Henry-Russell Hitchcock. Las fotos que ves en esta entrada y la anterior son de la exposición sobre el director que estos días puede verse en el Museo San Telmo. Como curiosidad decir que Hitchcock estuvo en el San Telmo allá por 1958, ya que Vértigo se estrenó en el Festival de Cine donostiarra (que por aquel entonces iba por su sexta edición). Por cierto que Vértigo conseguiría en el certamen la Concha de Plata. ¿Que quién ganó la de oro? Pues la polaca Eva quiere dormir, del famosísimo Tadeusz Chmielewski.  Justo a la vuelta de San Sebastián iniciaría el mago del suspense el rodaje de Con la muerte en los talones, estrenada también en el Festival de Cine donostiarra al año siguiente. La cinta repetiría galardón (la de oro fue para Historia de una monja de Zinnemann).

Me despido con un último enlace (demasiados en la entrada de hoy) a una escena que tiene a la casa en cuestión como protagonista.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Para nota



Pues hoy tenemos pregunta difícil. No te agobies, no es para tanto. La foto es del croquis de una casa que no es real. Apareció en una famosa película de 1959. ¿De qué peli se trata? Pistas: Su director comparte apellido con uno de los comisarios de una famosa exposición de arquitectura que tuvo lugar en el MoMA en 1932. Otra: en los títulos de crédito aparece la fachada de un edificio que bien podría ser de uno de los arquitectos presentes en la exposición mencionada (uno de sus edificios más famosos, muy parecido al que aparece en dichos títulos, fue terminado solo un año antes de estrenarse la película). Seguro que ya caes.



jueves, 10 de agosto de 2017

No hay dos sin tres

Este verano no ganamos para sustos

 Seguimos con la biografía de Mies a cargo de Schulze y Windhorst. Te cuento. Estamos en la Alemania prenazi y Mies las está pasando canutas. Los alemanes más rancios ven con malos ojos el nuevo lenguaje arquitectónico moderno, no soportan sin ir más lejos los techos planos por considerarlos undeutsch. La colonia Weissenhof de Stuttgart, que Mies diseñó allá por 1927 junto a otros firmes seguidores del Movimiento Moderno como Le Corbusier y otros que no tanto (como su admirado Berlage) a los que precisamente se les dio como único requisito poner cubiertas planas y pintar los exteriores de blanco riguroso, fue ridiculizada y comparada con un barrio de Jerusalén, incluso con fotos trucadas en las que se puede ver el flamante complejo transitado por camellos y árabes con chilaba. Como oposición a los progresistas (que habían formado una asociación llamada Der Ring), los clasicistas crearon un grupo opositor (Der Block), y levantaron, no muy lejos de la colonia de Mies, una agrupación de viviendas con cubiertas inclinadas, que eran más “culturalmente alemanas” (los nazis, tan neoclásicos, y tan diferentes aquí de los fascistas italianos, echarían también pestes del edificio de la Bauhaus de Gropius llegando al extremo de añadir una cubierta inclinada sobre el ala de los talleres). Si hubieran visto más allá de la retórica nacionalista, los tradicionalistas podrían haber atacado la colonia Weissenhof por un hecho mucho más prosaico (y grave): a los dos años buena parte de los edificios estaban penosamente deteriorados. Más tarde, en 1935 ya, los nazis tumbaron igualmente un proyecto de Mies para edificar una casa para la familia Lange en Krefeld en virtud de una “ley de fealdad” usada para bloquear obras modernas. Los Lange, utilizando sus influencias, consiguieron finalmente la aprobación de las autoridades a condición de que la casa se ocultara tras un talud de tierra. Mies rehusó. Un último ejemplo: ese mismo año (1935) trabajó en un proyecto de pabellón que representara a Alemania en la exposición universal de Bruselas para el que diseñó una versión gigante del mítico de Barcelona. Hitler en persona, seguramente junto a Speer, revisó todos los proyectos y rechazó airadamente el suyo, que al parecer acabó literalmente por los suelos.

Y es que en aquellos años extremos y extraños Mies, aparentemente sin ideas políticas definidas, tuvo que hacer malabares ideológicos para sobrevivir. En 1926 le vemos por ejemplo haciendo un monumento al levantamiento izquierdista de 1919 en Berlín y a sus dos héroes ajusticiados, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, en el que propone un potente muro de ladrillo con prismas escalonados (simulando un paredón de ejecuciones) donde ajusta un mástil y una enorme estrella de acero y dos metros de diámetro con la hoz y el martillo que dio no pocos problemas (la siderúrgica Krupp se negó a fabricarla por considerarla demasiado radical, así que a Mies se le ocurrió encargar cinco piezas en forma de rombo -a eso Krupp no puso pegas, y es que la pela es la pela- que se montaron en obra). Los nazis se cepillarían el monumento en 1933. Sin embargo, cuando asume la dirección de la Bauhaus (1930), el de Aquisgrán (al que los estudiantes consideran elitista y antidemócrata frente a Hannes Meyer, su anterior director), sufre un monumental motín que acaba con la intervención de la policía, el cierre de la escuela durante varias semanas durante las cuales se elaboran nuevos estatutos y la expulsión de sus 170 estudiantes. Mies, que mucha cintura -metafórica- no parece tener, se defiende: “Hannes Meyer (…) quería hacer la escuela políticamente comunista. Yo no estoy en absoluto a favor de eso. No soy alguien que pretenda mejorar el mundo; nunca he querido serlo. Soy arquitecto, me interesa la construcción y los problemas de la forma”. Su equidistancia ideológica -extrema- vuelve a manifestarse cuando no tiene empacho en apuntarse a la Academia Prusiana de Bellas Artes (que por el nombre muy progresista no parece), la que, ya prácticamente en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, organizaría la famosa exposición “Arte degenerado” que condenaba 650 obras de pintura y escultura modernas (de entre otros muchos Paul Klee, que fuera profesor en la Bauhaus). Poco después Mies sale por piernas de Alemania. Tras la visita de dos oficiales de la Gestapo en su casa para interrogarle de muy malas maneras decide salir casi con lo puesto (aunque en Chicago le esperaba una cátedra en el Armour Institute que llevaba un tiempo negociando). Su tren pasa por Aquisgrán, donde su hermano Ewald le deja su pasaporte (el suyo se lo habían quedado los agentes de la Gestapo) con el que consigue cruzar la frontera con Holanda, donde, in extremis, le hacen un nuevo pasaporte en el consulado alemán de La Haya. Se embarca finalmente en el transatlántico de irónico nombre Europa que le deja en Estados Unidos el 29 de agosto de 1938.

Tras tanto vaivén, y estando nuestro protagonista tan poco interesado por las ideologías y los nacionalismos, no es de extrañar (es la idea más interesante de lo que llevo leído del libro) que Mies defendiera el movimiento internacional (que no es otra cosa que la modernidad llevada a sus últimas consecuencias), vocacionalmente apátrida y neutro, frente a los estilos nacionales, actitud que además encajaba como un guante en un mundo ya harto de guerras salvajes, nacionalismos tronados y utopías imposibles: “Mies era partidario de la abstracción, sin ninguna simpatía nacional ni ideología política alguna: un perfecto Prometeo de la nueva modernidad”.  El mismo Mies lo expresará palmariamente en el discurso que pronunció durante la cena de gala para celebrar su nombramiento en el Armour (donde Wright nada menos le presentaría), el 20 de noviembre de 1938: “Mi único objetivo es crear orden en la desesperante confusión de nuestros días”.

¿Y qué fue de Ada? Se quedó en Alemania (Mies huyó como vivió, solo, ni tan siquiera intentó llevarse a su amante de entonces, Lilly Reich, que le visitaría en América pero que finalmente se quedaría en Alemania). Pasó la mayor parte de la guerra en Berlín y escondió a varios judíos en su pequeño apartamento, demostrando una inédita valentía. Moriría en 1951 de cáncer, como una de sus hijas (Waltraut, la única que se fue a vivir a Chicago) en 1959, y el propio Mies diez años después.


A estas alturas te estarás preguntando a qué vienen las fotos que acompañan esta entrada. A nada (o no), aquí ya sabes que nos gusta jugar al despiste. Se trata, como ya habrás adivinado, de Bilbao, la del efecto, en concreto la Plaza del Museo. No, no es el Guggenheim en este caso, sino el de Bellas Artes. Mi señora contraria quería ver la exposición de la colección privada de una de las Koplowitz, una ecléctica (y algo impúdica) exhibición que agavilla desde esculturas griegas a una instalación de Weiwei. Estaba yo cruzando una de las salas acristaladas sobre el patio interior donde destaca una bella escultura modernista que parece estar dándole un síncope ante la visión de la torre Iberdrola cuando me quedé prendido más que prendado de la heteróclita vista que se podía contemplar desde allí y decidí acercarme a la plaza en cuestión, a la que asoman, en pavorosa freak parade, edificios cada uno de su padre y de su señora madre. Veamos. Está la cristalina torre de Pelli, totalmente desproporcionada (con una no menos desproporcionada visera en su entrada), y a sus pies varios bloques de edificios de estética contemporánea que muestran sus angulosas fachadas metálicas justo al lado de lo que me pareció en un primer momento una cuidada rehabilitación pero, cielos, no, es un enorme edificio (ocupa toda una manzana) sin duda de reciente construcción que parece sacado de la Secesión vienesa con dos torreones culminados por bóvedas bulbosas en brillantes colores (una de ellas circundada por un lema en euskera, que bien podría ser la famosa frase de Venturi “Menos es un peñazo”), por no hablar de unas esculturas amorfas, unos recios miradores más propios de Cantabria que de aquí y hasta gárgolas y todo, vamos, que no le falta de nada. Contrastando con esta folie decimonónica está el propio museo, en ladrillo y de una bella sobriedad (la ampliación, toda vidrio y cristal, le sienta como a un Cristo dos pistolas). Al otro lado de la plaza, dos edificios de, calculo, los años 50, uno, con un exiguo chaflán, parece imitar al Flatiron, el otro, de amenazante presencia, está coronado por un monumental tejado con dos enormes terminaciones en forma de antenas gemelas. En fin, todo un muestrario arquitectónico de estilos variopintos (como la exposición de Koplowitz) que (obviamente en mi opinión) no hay por dónde cogerlo. Vuelve Mies.




martes, 1 de agosto de 2017

Sustos extremos (2)




Arrea, ¿a qué me recuerda esto?

Seguimos con más sustos extremeños, no por más programados que el anterior, menos impactantes. Fíjate lo que SelgasCano nos ha dejado en Plasencia. De gestación compleja, fue este extraño auditorio víctima de la crisis, padeciendo crudas críticas de los que veían en este tipo de intervenciones arquitectónicas un despilfarro inútil. Tras varios parones, diez largos años y 21 millones de euros, la enorme crisálida ha visto al fin la luz hace poco más de un mes, aunque el edificio llevaba ya un tiempo acabado y había sido noticia en no pocas revistas de arquitectura. No tenía muchas esperanzas de encontrarlo abierto, pero al acercarme a la puerta vi que no estaba cerrada con llave. Entré y de inmediato vino a mi encuentro una simpática joven que andaba por allí, única moradora del edificio, que, tras presentarse como Cristina, directora del complejo, nos dijo que, efectivamente, no estaba abierto al público. Ahí puse yo en marcha todos mis maduros encantos, diciéndole que había venido expresamente de Madrid para ver el edificio (si has leído la entrada anterior sabrás que no es del todo así, pero es que me estoy volviendo un bloguero sin escrúpulos). Viendo a mi encantadora familia (cuántas puertas me han abierto mis tiernos infantes), y adulada por mis comentarios (yo seguía dorando la píldora al edificio non-stop), se ablandó y nos hizo un pase privado por buena parte del cascarón sintético. Solo me faltó levitar. 

Soy fan de SelgasCano, ambos de mi quinta, especialmente de sus auditorios de Badajoz y Cartagena que, sobre todo el último, conozco bien (en el lateral, muy abajo, tienes fotos). De hecho, el único El Croquis que tengo en casa es un monográfico del estudio madrileño con portada dedicada precisamente al auditorio de Plasencia y fotos alucinantes de Hisao Suzuki (como esta). Únicos españoles que han realizado hasta el momento uno de los pabellones efímeros  que cada año arquitectos de prestigio diseñan para la Serpentine Gallery londinense, José Selgas y Lucía Cano se lían la manta a la cabeza en Plasencia y levantan una extraña estructura que dialoga con su entorno de manera tan fluida a como lo haría un platillo volante. La visión, para mí al menos, es de difícil digestión en vivo y en directo, por más que en fotografía (especialmente si es de Suzuki) resulte realmente atractiva. En El Croquis explican su proyecto, pero la verdad, no me aclaran mucho. Es cierto que el terreno donde se asienta el auditorio es que no hay por donde cogerlo: un terraplén extremo en el límite entre la ciudad y el puro campo, entre "lo tristemente artificial y lo natural. Campo extremeño que cualquiera puede entender como equivalente del mar" (¿otro barco pues?).  "Lo artificial era tan agresivo que había formado un talud de 17 metros de altura sin el más mínimo respeto a la orografía natural, que permanece enterrada debajo. Por contra, en nuestra propuesta, y como reacción a lo que supone un imparable arrollamiento, decidimos respetar al máximo el terreno en que nos apoyamos, ocupando la menor superficie de parcela posible" (ante lo artificial, hagamos algo aún más artificial y alienígena). El edificio se plantea como "pieza de presencia inmediata", una "señal nítida para el pasajero" que lo observa desde la carretera de Salamanca (prueba conseguida). Los madrileños hablan también de una "arquitectura tendente a un estado estacionario" ("Atenuar la arquitectura" lleva por nombre la entrevista que abre la revista) y, citando a Dostoievski nada menos, defienden alimentarse de la estupidez, que el ruso consideraba sencilla y honrada frente a la esquiva y engañosa inteligencia: "Con esta otra perla de Fiodor enlazamos con una de las herramientas de trabajo que nos parece más necesaria, y que se encuentra bastante marginada hoy en día: el error. Masacrado el error por una falsa necesidad de inútil perfección -que ha copado incluso la arquitectura, disciplina en la que tal perfección no es solo innecesaria sino diluyente de muchos posibles valores que quedan tapados por esa estúpida búsqueda de la perfección, porque lo auténtico solo aparece con lo imperfecto, con lo manual, con lo artesano, con lo inexacto-". Un poco después acuden a Fellini: "Pero nosotros, ante esta inalcanzable y 'determinada realidad', al contrario que frenarnos, hemos conseguido que todo esto sea el detonante para tener algo muy claro: el no tener nada claro. Nos quedamos, por tanto, en ese terreno que define Fellini con la frase "me gustaría nacer todos los días", que él empleaba por dos motivos: por disfrutar de las cosas con ojos limpios, nuevos, por primera vez; y por poder hacer las cosas con ingenuidad, sin ataduras de la memoria y la sociedad". Ryue Nishizawa, la mitad de SANAA, habla también de ellos en la revista: "La arquitectura de SelgasCano tiene sentido de movimiento, sus obras aspiran a una libertad que trascienda sus límites". Mira, tú mismo: 



Aquí, lo último de SelgasCano (fotos de Iwan Baan). 

miércoles, 26 de julio de 2017

Sustos extremos


El 19 de junio de 1924, a eso de las 9 de la mañana, cuatro niños recogen guisantes a las afueras de la ciudad extremeña de Olivenza. De pronto ven venir directa hacia ellos una enorme masa "que ardía como una estrella, envuelta en humo blanco". Por fortuna para los chavales la aparición hace un inesperado giro que les salva la vida ya que apenas a diez metros impacta contra el suelo y explota, según narra José Antonio Carnerero. Es un meteorito, de unos 150 kilos, probablemente el mayor caído sobre España a día de hoy. Al precipitarse contra el suelo se seccionó en varios fragmentos, el mayor de los cuales (de unos 40 kilos) se conserva en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. Hay muestras repartidas por todo el mundo (entre otros, alojan fragmentos museos e instituciones de Lisboa, Coimbra, París, Nueva York, Washington, Ottawa, Londres y hasta el Vaticano). Menudo susto.

No sabemos si GAP, los arquitectos locales que han diseñado el Centro Integral de Desarrollo de Olivenza, se han inspirado en este acontecimiento para levantar su masivo y negro edificio que, contrastando brutalmente con el entorno de casas blancas y bajas del barrio de la Picuriña, parece un pedrusco extraterrestre que hubiera caído del cielo de pronto, pero lo cierto es que en la descripción del mismo hablan de "un contorno ciego, un edificio como una roca que se horada y se abre al exterior de forma controlada y útil, aunque no sin cierto ensimismamiento que denota concentración y trabajo". El susto que te llevas cuando ves este cíclope ensimismado es sólo comparable al que se llevaron los cuatro jóvenes oliventinos, a años luz (siempre en mi opinión) de las "sensaciones agradables, propositivas y germinales" que según los arquitectos genera su edificio: "un trozo de atmósfera vital y efervescente comprometido con el lugar". En fin, un edificio que, si juzgamos aislado, es indudablemente ambicioso, espectacular y potente, pero que en el amable barrio en el que se asienta, resulta amenazador y ajeno. Difícil de notar ese "compromiso con el lugar".

Y sin embargo, si te diriges al centro de la ciudad y observas la desproporcionada mole de la "Torre del Rey" (de unos contundentes 36 metros), tan maciza y masiva como el edificio de GAP, ves que puede muy bien ser un intento de replicar esta no menos brutal torre del homenaje del alcázar templario de la villa, y es que es imposible no hacer referencia a este "ciclópeo prisma de piedra", en palabras ahora del historiador Gregorio Torres Gallego en su Historia de Olivenza, que lleva protegiendo esta ciudad fronteriza desde finales del siglo XV (su silueta resultaba tan amenazante que el rey de Castilla envió al de Portugal protesta formal por erigir semejante fortificación tan cerca de su frontera). Los extremos se tocan. Y es que esta plácida y tranquila villa oculta un intenso pasado guerrero al ser frecuente objeto de pugna entre los reinos de España y Portugal desde su fundación a finales del siglo XII o principios del XIII por leoneses con intervención de caballeros templarios franceses (solo en el siglo XIV cambiaría de manos seis veces nada menos). Finalmente española (pero solo desde 1801), gracias a Godoy, profeta en su tierra (tiene escultura conmemorativa aquí y en Badajoz, no creo que en ningún sitio más de la geografía española) quien, en el contexto de las guerras napoleónicas, se apoderaría de ella con ayuda francesa al término de la Guerra de las Naranjas (el joven primer ministro pacense envió a la reina de regalo unas naranjas recogidas en las cercanías de Elvas, de ahí el curioso nombre). En este punto conviene recordar que Olivenza fue portuguesa desde 1297 nada menos, cuando Dionisio I (Don Dinis) se la arrebatara a un menor de edad Fernando IV de Castilla, aunque con diversos intermedios, el más importante cuando Portugal y España quedaron unidas de 1580 a 1640 al asumir Felipe II el reino luso, pero también poco después, de 1657 a 1668, cuando la ciudad fue tomada por las tropas de Felipe IV. Poca paz tuvo la villa pacense en aquellos tiempos. Y aún podríamos seguir largo y tendido con la enrevesada y apasionante historia de esta sufrida ciudad (en el siglo XIX por ejemplo, con la guerra de Independencia, le dieron también lo suyo entre franceses, ahora enemigos, y nuestros nuevos aliados, los ingleses: Sir William Carr, vizconde de Beresford, liberaría Olivenza a las órdenes de Welllington en 1811 junto con, lo que son las cosas, tropas portuguesas, a las que se les hizo muy cuesta arriba tener que ceder la ciudad a los españoles...), pero has de entender que, de seguir de esta guisa, el ya de por sí denso párrafo acabaría siendo en extremo infumable.

GAP asemeja también su edificio a un "barco varado en el mar asimétrico de tejas prefabricadas de hormigón", y aquí con lógica, no en vano estamos en tierra de Conquistadores. Una importante calle del municipio porta el nombre (todas lucen el nombre español y el original portugués, a menudo distinto, aunque no en este caso) de Vasco de Gama. ¿Es originario de Olivenza el insigne marino portugués? Pues no, se trata de otro, aunque el navegante es familiar lejano. El Vasco de Gama oliventino fue un alcaide das Sacas, una especie de agente aduanero, de finales del s. XV. Ya puestos decir que los Gama, al igual que los Lobo, fueron dos importantes familias rivales cuyas disputas acabaron más de una vez como el Rosario de la Aurora (una suerte de Capuletos y Montescos en versión lusa).

Con semejante vocación mestiza, la ciudad es una fusión única y bellísima de los dos países ibéricos, algo especialmente apreciable en su arquitectura. Si Santa María del Castillo tiene un obvio sabor castellano en su austera sobriedad (aunque incluye azulejos típicamente portugueses), la mucho más exótica Santa María Magdalena, levantada en el famoso estilo manuelino (una desprejuiciada y hermosa mezcla de elementos góticos, árabes y motivos marinos, homenaje a las conquistas lusas de la época de Manuel I), resulta espectacular especialmente en su interior, con sus soberbias columnas torsas que dan una poderosa sensación de movimiento, como si estuviéramos a bordo de una nao rumbo a los mares del Sur. No en vano sería construida a iniciativa de Fray Henrique de Coimbra, que, aparte de misionero en la India y Brasil (celebró la primera misa allí, durante el viaje de Alvares de Cabral en 1500), fue también confesor del rey, embajador ante la Corte de Castilla  y obispo de la sede episcopal de Ceuta (con sede, curiosamente, en Olivenza, por ser la plaza norteafricana conquistada por Portugal en 1415 poco apropiada para tales funciones). Manuelina es también la icónica puerta del ayuntamiento, que incorpora nada menos que tres escudos portugueses y dos esferas armilares (símbolo del país luso) como queriendo dejar constancia clara de la impronta portuguesa de Olivença.

No es de extrañar que esta preciada joya haya sido recordada y reivindicada por los portugueses desde su traumática separación del país vecino, a veces hasta límites extremos: tras el fin de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, cuando las grandes potencias se reunieron para rehacer las fronteras europeas, el país luso intentó colar su reivindicación a pesar de que España no había participado en la contienda. Y uno de sus regimientos de caballería más famosos, los Dragões de Olivença, se mantiene con el mismo nombre, obviamente no allí, sino en la cercana Estremoz (por cierto que su cuartel en la ciudad pacense, que llegó a albergar a 1.500 hombres y 400 caballos nada menos, es de una belleza casi miesiana). Bien puede decirse que Olivenza es para los portugueses como para nosotros Gibraltar. De hecho la mismísima CIA (por si quedaba alguna nacionalidad, también los americanos se metieron en el embrollo oliventino, por cierto, se me olvidaba, su muralla abaluartada al estilo Vauban fue diseñada por ingenieros holandeses) hace algunos años incluyó la ciudad en su listado de puntos fronterizos en litigio, y al poco aparecería el libro Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? de Máximo Cajal, que planteaba dotar al territorio oliventino de un estatuto específico. Hoy varios municipios de la zona a uno y otro lado de la Raya en torno al inmenso lago de Alqueva han creado una asociación transfronteriza auspiciada por la Unión Europea. Si alguna vez vienes por aquí, no olvides acercarte al bellísimo Monsaraz, el Ninho das Águias (el nido de las águilas).

Como resulta obvio, mis viajes familiares a la bella y pujante villa (nada que ver con la España vacía de Sergio del Molino) son siempre una fiesta, y sé que hasta sus sustos brutalistas me acabarán gustando. Tiempo al tiempo. Olivenza sabe mucho de eso.