domingo, 9 de agosto de 2020

Redes

 

Acabábamos la entrada anterior con el “realismo-real” de Santiago de Molina, y en la penúltima, citábamos a Daniel Innerarity y la necesidad de la “complejidad de una modernidad reflexiva”. Hoy unimos felizmente ambos términos y te traemos el concepto de “Realismo Complejo” de Agustín Fernández Mallo en el libro que hemos empezado a leer, de estridente nombre Teoría general de la basura (cultura, apropiación, complejidad). Conocíamos el Realismo Mágico (algo hay también de él en este libro), no el Complejo, y aunque intuíamos que la realidad moderna de fácil no tenía un pelo, nos ha llamado la atención el enfoque así que vamos a darle una vuelta a esta y alguna otra idea presente en el singular ensayo.

Aún no he acabado ni el primer capítulo pero ya te puedo decir que el libro es original, deslumbrante y, por supuesto, complejo. Su autor, licenciado en Físicas, novelista, poeta y teórico de variopintos temas, se mete en jardines de frondosidad considerable ayudado por una apabullante cultura que bebe de las disciplinas más variadas y una inaudita habilidad para conectar lo aparentemente inconexo, jardines de los que el lector medio sale con dificultad, aunque es obvio su paciente empeño por guiarte a través del proceloso periplo intelectual que nos propone en el que como digo mezcla sin el más mínimo empacho churras, merinas y todo lo que se le pone por delante sin diferenciar la, llamemos, alta cultura de lo más rabiosamente pop. Aunque habla de la posmodernidad como una “cosmovisión” ya superada, yo diría que Mallo parte de ella para llevarla a un paroxismo casi surreal en esa hibridación desmedida que recuerda al Complejidad y Contradicción de Venturi y Brown o al Espacio Basura de Koolhaas, por mencionar a otros ilustres guerrilleros de las ideas que batallaron en el campo arquitectónico. Nosotros, que en necio empecinamiento criticábamos no hace mucho la posmodernidad por poco seria hasta que nos dimos cuenta de que, inadvertidamente, elaborábamos un blog descaradamente posmoderno en el que la mezcla impura también campaba (y campa) por sus fueros, caída del caballo (que no del cabello, que también) comparable al momento en que Luke Skywalker es consciente de que su padre es Darth Vader (el terrible “I am your father”), o, si me permites más símiles, a aquel en el que Harry Potter se da cuenta de que es un horrocrux, que lleva en su interior una porción de su mayor enemigo, Voldemort (¿ves lo que te digo?), diremos que nos sentimos cómodos en este mestizaje cultural que nuestro físico y poeta nos propone. En ese reciclaje salvaje que se nos presenta casi como cruzada, el residuo, lo desechado (la basura, vaya), cobra singular protagonismo, como valioso objeto casi arqueológico que oculta jugosos relatos, pero dejemos que el autor se explique: “Preguntarse hoy qué es lo real equivale a dar un paso adelante respecto a aquellas cosmovisiones del siglo XX a fin de intentar construir una imagen que se adapte a la complejidad en la que se ha instalado lo contemporáneo. (...) Y es que cada día asistimos al discurso de la fragmentación y atomización de la realidad contemporánea, pero, por otra parte, y en un discurso contrapuesto, se nos dice que la globalización y la absoluta conectividad se ha apoderado de nuestras vidas de tal modo que todo tiene apariencia de un amontonamiento de residuos. La contradicción de tales discursos resulta evidente: ¿cómo es posible que algo fragmentado pueda estar al mismo tiempo hiperconectado? La solución a la falacia pasa por cambiar el punto de vista: la realidad ni ha estado, ni está ni estará nunca, fragmentada sino organizada en red: la fragmentación tan sólo es una apariencia fruto de no haber cambiado la óptica de nuestro instrumento de visión. Lo que eran desdeñables residuos materiales o simbólicos que sin orden ni taxonomía se amontonaban ante nuestros ojos, pasan, bajo esta nueva óptica y con tal de enfocar un poco mejor, a ser considerados como residuos complejos, coherentemente conectados en múltiples redes, no fragmentados y por tanto culturalmente aprovechables de otro modo.(...) De esas redes trata la complejidad. Es a las derivaciones más orgánicas de esa configuración a lo que llamamos realidad compleja, y a su correspondiente modo de narrarla, Realismo Complejo”.

Su propuesta podría quizá asemejarse a ese pasatiempo infantil que consiste en unir puntos numerados en una misteriosa red para, tras conectarlos siguiendo el orden numérico, hallar la figura que se encontraba oculta tras esa maraña de nodos inconexos. Mallo sugiere no seguir el orden establecido por los números, sino unir los puntos siguiendo nuestra intuición liberada de prejuicios y conocimientos, digamos, estandarizados, y esperar a ver qué forma, concepto o relato surge de las "correspondencias” que hayamos establecido. Dos ejemplos extremos te quiero contar de este afán que promulga Mallo de realizar “descubrimientos” de esta manera. En el primero el autor pretende explicar el verídico suceso que aconteció a Nietzsche en Turín el 3 de enero de 1889 cuando, tras salir de su casa para pasear hacia el centro de la ciudad, observa cerca de una de las puertas del palacio Carignano una escena que cambiará su vida para siempre: un cochero está maltratando un caballo porque el animal, exhausto, no quiere continuar la marcha. Nietzsche se lanza a ayudar al pobre cuadrúpedo, rodea su cuello con los brazos y entre sollozos pronuncia “una de las más crípticas frases de la historia del pensamiento moderno” en palabras de Mallo: “Madre, soy tonto”. Tras volver a su casa pierde el habla y la consciencia, que no recuperará hasta su muerte en 1900, diez años después. Nadie sabe qué vio el filósofo en esa plaza, qué pensamientos le hicieron derrumbarse mientras abrazaba al caballo. Pero ahí está Mallo para lanzar su teoría. En lugar de unir los puntos de manera convencional (Nietzsche venía de un periodo de intensa actividad intelectual, etc.), en 2013 ni corto ni perezoso marcha a Turín para replicar el trayecto del filósofo desde su casa en la calle Carlo Alberto 6 hasta el punto exacto en el que ayudó al caballo. Le sorprendió a nuestro físico que en ese justo punto había una boca de alcantarillado, y ya tenemos la correspondencia, cito porque si te la explico yo no me creerías: “El sistema de alcantarillado, esa red de nodos y links que agujerea el subsuelo de nuestras ciudades es, ante todo, una estructura moral, una red moral, algo que iguala al habitante del Palacio de la plaza de Carignano con el de un suburbio de Turín. Podemos pensar que fue eso lo que vio Nietzsche, aquello que le hizo enmudecer para siempre: la refutación de la moral pregonada años atrás por su superhombre. El Zaratustra que regresa de la montaña para llevar a cabo su prédica se da cuenta de que ese gesto de regresar para contar nada tiene que ver con la moral del superhombre sino que (...) resulta un paso más en la construcción del humanismo, la construcción del sujeto occidental, aquel que, en efecto, regresa a la superficie terrestre para elaborar una narrativa, una parábola, un cuento que, como lo hacen las alcantarillas, ha de propagarse sin distinciones sociales”. Por lo que he entendido, las alcantarillas, acaso la primera red de redes, no admite distingos, ni el mismísimo superhombre estaba exento de liberar sus residuos orgánicos en tan democrático sistema. Eso sería lo que habría descolocado sin remedio al filósofo. Flipante.

El segundo ejemplo de correspondencia que te traigo parte de la obra de Luis Macías iniciada en 2011 (sigue en proceso al parecer) de nombre Where Western Civilization Ends. Mallo habla aquí de la existencia de un “Músculo Universal” que uniría dos extremos espacio-temporales: Atenas y California. Para elaborar su obra Macías viaja a Los Ángeles y alrededores y, tras recorrer lugares de culto, observar basuras varias vertidas a la playa por las corrientes marinas, “vertederos de aguas fecales” (la escatología de nuevo) y demás, concluye que en esta zona de América se produce un “punto de acumulación” de una masa cultural originada en la Grecia clásica que no puede ir más allá. Pero eso no es todo. En ese punto hace su aparición el “mito de la línea, el ansia de viaje y conquista occidental” que debe continuar de algún modo, y para ello no tiene otra que “constituirse en movimiento vertical: el cohete, la conquista del espacio”, representada en chusca metáfora paraarquitectónica por la noria que en “irónico duelo cinético” se eleva en la playa de Santa Mónica, última frontera de Occidente.  

El lugar de esta complejidad nodal defendida a capa y espada por nuestro físico, donde todas las contradicciones y correspondencias colisionan, es lo que llama “Centro”: “Un lugar atractor donde convergen cielo y tierra, la delgada capa a la que va a parar todo cuanto vamos haciendo”, que por supuesto no es un espacio estable sino un “atractor complejo”, y apostilla: “esta capa de contacto entre cielo y tierra, rugosa y más bien extraña que habitamos, es, por así decirlo, la neurosis del planeta, lugar al que viene a manifestarse y donde toma forma cuanto ocurre tanto a nivel atmosférico y celeste (...) como a nivel de subsuelo”. Ya decía Chillida, otro obseso de los límites y el horizonte (al que tan bellamente elogió en Gijón con otro eje atractor que viene a reunir horizontal y vertical) aquello de que “en una línea el mundo se une, con una línea el mundo se divide, dibujar es hermoso y tremendo”. Otra afirmación del artista que abandonó la arquitectura por la escultura acerca también su obra al mundo de correspondencias inauditas de Mallo: “A mí me interesa más lo que pasa entre las formas que las obras en sí mismas”. En el cartesianismo revisitado (“simetría heterodoxa”) de Chillida, en esa desconfianza no exenta de admiración hacia el ángulo recto adorado por la modernidad, seguro que Jencks vería la oportunidad de señalar que Chillida es tan posmoderno como Mallo, aunque probablemente sería más apropiado decir que el donostiarra era más bien premoderno, sus ángulos blandos quizá inspirados por las imperfectas vigas de olivo que sostienen ancestrales caseríos vascos como el de Zabalaga de 1543 (en la foto), que vació como una escultura más, dejando al aire una bellísima pero inexacta red de vigas que es acaso la visión más hermosa de Chillida Leku: “El ángulo recto me ha llegado a parecer el ángulo más hermoso que hay entre todos los ángulos, pero es algo intolerante, no admite diálogo nada más que con sus iguales. Ante este poder del ángulo recto, pienso que hay ángulos a su alrededor desde los 88 hasta los 93, que son casi tan poderosos, y al mismo tiempo son más tolerantes, dialogan entre ellos. Creo que la virtud está cerca del ángulo recto, pero no en él” (del libro Aromas).

En fin. Mallo en realidad no creemos que invente nada nuevo en su libro, Fernández-Galiano ya hacía crítica arquitectónica con deslumbrantes correspondencias cuando nuestro físico estudiaba el BUP (aquí tienes una de las más recientes, una poética introducción a la obra de Sou Fujimoto en el último número de AV que se abre con la foto de una perfecta red de intransigentes ángulos rectos en simetría, esta vez, totalmente ortodoxa), pero es en el etiquetado de procesos y conceptos y, vuelvo a repetir, en las alucinantes (y valientes) conexiones interdisciplinares, sin olvidar una muy cuidada prosa, donde realmente brilla Mallo.

Termino. La ficción parece imponerse en todos los órdenes, hasta en la crítica arquitectónica, Jane Rendell nos lo recuerda en un reciente artículo (lo llaman architectural ficto-criticism nada menos). Bien está poner en valor aquello de la imaginación al poder ahora que el dataísmo y el sacrosanto algoritmo pueden acabar aniquilando la creatividad; lo mismo podríamos decir de esa desinhibición interdisciplinar de la que Mallo hace gala, que trae aire fresco a una insana compartimentación del conocimiento. El problema es, como todo, saber cuándo parar. Entre el dataísmo y el dadaísmo habría que buscar un término medio (si no fuera por lo bien hilvanado que está el discurso de nuestro físico, a veces diría que nos está tomando el cabello). En una exposición comisariada por Mariana Pestana para la Trienal de Lisboa de 2013, de inquietante título The Real and Other Fictions, ya se nos daba a entender que la realidad pronto quedará tan oculta bajo capas de ficción que no sabremos distinguirla de la pura invención (y es que, como decía Koolhaas en Espacio Basura, la realidad nunca ha interesado a nadie), pero ojo, que esto tiene mucho peligro. Como sabemos, el referéndum del Brexit se “ganó” con una campaña basada en información ficticia, por poner sólo un ejemplo, y ahí están las famosas fake news. Pero no nos pongamos rancios, que es verano, y sigamos disfrutando del estimulante pasatiempo intelectual que nos propone Mallo. Su mayor valor al cabo es no rehuir la complejidad de nuestro tiempo, abrazarla con enjundia, mostrando el camino a recalcitrantes nostálgicos instalados en una cómoda parálisis.

 

 

 


domingo, 26 de julio de 2020

Aulas



Abrimos hoy entrada con el colegio de ladrillos perforados en la ciudad de Tambacounda (Senegal) según un diseño de Manuel Herz, arquitecto suizo que está construyendo también allí un hospital con el mismo tipo de fachada (en origen la idea era crear sólo dos fachadas para testar su rendimiento, pero a un constructor local, Magueye Ba, se le ocurrió cerrar el espacio y dar lugar a una escueta escuela). Las fachadas se construyen así para que las estancias del futuro hospital y ahora también del colegio se ventilen de manera natural sin necesidad de recurrir a un costoso sistema de aire acondicionado. Al ver las fotos de recinto tan básico, la verdad, como que se te cae un poco el alma a los pies, y sin embargo, dándole vueltas al tema, igual más de uno hubiéramos preferido dar clase en esta escuela accidental antes que tener que ejercer de ciberprofesor durante el accidentado trimestre pandémico.

En este punto voy y te traigo no uno, sino dos artículos de David Trueba. El primero, para El País (Suspense general) lo leí durante el confinamiento, te cito un par de frases: “Los mejores profesores se esfuerzan porque la enseñanza telemática no sea una mera pantomima. Pero los peores seguro han encontrado la guarida perfecta para su vagancia. Como los alumnos”. Y hablando sobre un docente universitario en su último año de docencia que le marcó especialmente, apostilla: “Pero precisamente hoy conviene reconocer que la presencia física, su voz, su apariencia, la distancia entre infinita y mínima que provoca el aula, preservan como algo incomparable la clase sobre todo lo demás. No pidamos a la tecnología que sustituya lo que es mágico”. Aunque poco se puede añadir a ideas tan nítidas, apuntaré únicamente que dicha magia, que sin duda existe, no sólo la aportan los profesores (y bastante más los jóvenes que los talludos, aunque seguramente en la universidad sea al contrario que en los colegios), sino que también, y no pocas veces, los magos son los alumnos. Habrás oído montones de veces experiencias deprimentes en el aula contadas por sufridos profesores, pero apuesto que casi nunca habrás oído el argumento contrario, no en vano el pesimismo siempre vende más y aporta un cierto aura de intelectualidad que el optimismo nunca tendrá, como recuerda Daniel Innerarity en el último capítulo de su libro Política para perplejos, donde señala que para muchos ”un intelectual contento o es un impostor o es poco inteligente”. El filósofo argumenta que el pesimismo, simplemente, no es razonable, y para ilustrar su punto de vista (perdona el rodeo, pero me parece relevante en estos tiempos inciertos) menciona una fábula de Esopo: Un anciano cortó en cierta ocasión leña, cargó con ella a cuestas y emprendió un largo camino de vuelta a casa. Cuando se sintió vencido por el cansancio, decidió arrojar la carga y llamar a la muerte. Ésta apareció rauda y le preguntó por qué le había llamado. El anciano, cambiado su parecer, contestó: “para que me coloques de nuevo la carga encima”. Mientras hay vida hay esperanza: “Por eso lo más razonable es resistirse a dar al presente el carácter de lo definitivo” y propone nuestro pensador “posponer la respuesta, dejarla abierta”. Pero vuelvo ya con Trueba. En el segundo artículo que te mencionaba, una entrevista publicada por el Heraldo de Aragón hace sólo unos días, el escritor y cineasta responde así a una pregunta sobre cómo va a verse afectado el mundo de la cultura por la pandemia: “Por mucho que se desarrolle la cultura digital, es un oxímoron en sí mismo. La cultura es de cuerpo entero. Sin contacto humano no puede haber cultura”

Regreso al inicio, qué mareo. Se me ha ocurrido traerte la ventilada escuela senegalesa, con ese espíritu moderno en su sencillez y voluntad higiénica (con tanta obsesión por la profilaxis, ¿volverá el Movimiento Moderno?) tras leer un curioso artículo en el NYT en el que, hablando de las aulas y el coronavirus, se menciona una algo estrafalaria experiencia que se llevó a cabo en Nueva York en varios centros educativos a principios del siglo pasado, cuando la tuberculosis campaba por sus fueros. Como en aquellos tempos predigitales no había alternativa a la clase presencial, los valientes directivos de algunos colegios decidieron que las clases se impartieran en aulas donde las ventanas, por supuesto siempre abiertas, permitieran una buena ventilación o incluso en patios o azoteas siguiendo las últimas tendencias educativas que venían de Alemania. En el crudo invierno neoyorquino los alumnos no tenían más remedio que llevar “Eskimo sitting bags”, una especie de mantas-saco similares a las usadas por los esquimales (el artículo se ilustra con impagables fotos). Al parecer, la experiencia funcionó: las clases se dieron y ningún chaval enfermó de pulmonía. La autora del artículo (Ginia Bellafante) propone sin la más mínima sorna dar clases ocasionales en el exterior el próximo curso en lugar de mandar a los chavales a casa a estudiar vía internet, considerando que, pese a lo extremo de la solución, padres exhaustos tras un trimestre de homeschooling y maestros hartos de chapuzas telemáticas no lo verían con malos ojos. Entre eso y las algo ridículas pantallas plásticas que, rememorando a las burbujas setenteras de las que aquí hablábamos, proponen los responsables educativos allí para proteger a los docentes (¿alguien ha pensado en las consecuencias medioambientales de volver al plástico ahora que estábamos deshaciéndonos de él?), la idea, con las necesarias adaptaciones, no parece tan descabellada.

Muchos serán, con todo, los que sin duda preferirán la vuelta de la enseñanza a los mundos virtuales ahora que ya hemos presuntamente aprendido cómo gestionarlos. Además, con el prestigio del que goza lo tecnológico, pocos se atreverán a proponer soluciones tan pedestres como las que sugiere Bellafante. Máxime si las administraciones educativas, responsables de configurar “sistemas inteligentes” que den pautas firmes y claras para el regreso a la famosa nueva normalidad vuelven, como ya hicieron en el trimestre pandémico, a proponer medidas vagas, contradictorias e inasumibles. Y no olvidemos que está mucho en juego: la oportunidad única de hacer pasar por el aro virtual a una profesión que, al menos en lo que se refiere a las etapas preuniversitarias y salvo ejemplos aislados, siempre se había considerado inmune a la reconversión digital. Estos días hay una exposición de nombre Cybernetics of the Poor: tutoriales, partituras y ejercicios que pone el dedo en la llaga, reflejando cómo el arte hace frente, muy a duras penas, a esta nueva “arquitectura del poder” que domina el mundo mediante procesos de planificación, anticipación y sistematización facilitados por la masiva recopilación de datos. La exposición muestra las obras (a menudo crípticas) de un buen número de artistas en las que se utilizan diversas tácticas para desafiar el orden cibernético imperante en lo que los comisarios de la muestra han denominado la cibernética del pobre. Más información aquí.

En fin, que el debate está servido. Termino con cita de Santiago de Molina en Hambre de arquitectura: “Hoy que nos relacionamos con más seres humanos que nunca antes gracias a las tecnologías sociales, hoy que parece que la virtualidad está cobrándose el mayor número de víctimas posibles en almas sin cuerpo, reclamamos la realidad con el ansia del que reclama una pausa en un descenso sin frenos. Si T.S. Eliot dijo en el siglo pasado que los seres humanos no pueden soportar demasiada realidad, le faltó vivir este tiempo. En el siglo XXI parece que la necesidad de recobrar ese contacto con la realidad-real es cada vez más acuciante”. No lo perdamos también en las aulas.  


martes, 14 de julio de 2020

La modernidad reflexiva

CH-Reurbano en Ciudad de México, de Cadaval y Solà-Morales

“El dilema que se plantea actualmente consiste, dicho de manera concisa, en cómo continuar la modernización. Términos como desarrollo, crecimiento, aceleración, progreso y expansión aluden a un proceso que algunos se limitan a celebrar y otros, a la vista de sus no pocas consecuencias negativas, desearían parar. La sociología más reciente ha acuñado la expresión “modernidad reflexiva” para indicar la posibilidad de impulsar el desarrollo en sus diversas formas -tecnológico, económico, social- sin dejar de ponderar sus efectos negativos -sobre el medio ambiente o la integración social, por ejemplo- e introducir las correcciones correspondientes. Se trataría de desfatalizar los procesos sociales y entenderlos como posibilidades abiertas a la discusión. Con este esquema puede entenderse el nuevo reparto de papeles. La derecha estaría inclinada a subrayar el carácter inevitable de los procesos sociales y la izquierda tendría a hacer valer su dimensión configurable; la derecha preferiría la simplificación, la modernización sin más, mientras que la izquierda se inclinaría hacia la complejidad de una modernización reflexiva.

Una de las primeras cosas que esta diferenciación -en el caso de que sea certera- obliga a abandonar es la concepción lineal de la historia, el gran mito del progreso y del curso del tiempo que nos libera del lastre del pasado y nos conduce hacia un futuro emancipado. Los tiempos han cambiado tanto que ha variado incluso el tipo de cambio. Es inservible la idea del progreso si con ella se quiere indicar que el futuro será menos complejo, menos ambivalente que el pasado. (...) Algo esencial ha cambiado en el modo en que el tiempo discurre y las cuestiones políticas ya no se plantean en términos de modernización -es decir: quién llega antes o va más deprisa-, sino quién lo hace mejor, más reflexivamente y articulando las tensiones que generan los procesos sociales. (...) El principal problema ante el que nos encontramos no es el de llevar a cabo la revolución o sustituirla por reformas parciales, siempre en la misma dirección, sino el de procurar la coexistencia de tipos completamente heterogéneos de seres humanos, culturas, tiempos e instituciones.

(...) Así pues la izquierda ha de tomar partido por la complejidad frente a la simplificación, que es la gran tentación de la derecha, de lo que es buena muestra la simpleza, pero también la popularidad, de su discurso. Hasta hace poco, en la época de la modernización irreflexiva, la simplificación era la solución dominante. Era posible producir objetos (leyes, instituciones, industrias, comunicaciones, técnicas, mercados [¿edificios?]...) que no llevaban consigo consecuencias inesperadas y podían sustituir plenamente a otros objetos. Todo se basaba en la idea de que cuanta más ciencia y tecnología se aplicaran tanta menos discusión sería necesaria. (...) Hoy nos movemos en un campo bien distinto. (...) La ciencia y la técnica no suprimen las controversias, sino que las agudizan.(...) Los indicadores económicos no hacen innecesaria la discusión acerca de qué consideramos una buena sociedad, del mismo modo que tampoco el avance de la ciencia y la tecnología nos exime de establecer qué medio natural debemos conservar o cuáles son las condiciones no manipulables de nuestra corporalidad más allá de las cuales la vida se convierte en un artificio indigno. (...) El futuro será de quien conciba adecuadamente lo mixto, lo complejo y la articulación de lo heterogéneo.

(...) Si alguien considera que ya no tiene sentido hablar de derechas e izquierdas, distingamos, si se quiere, entre zurdos y diestros, relativicemos o subrayemos la diferencia; siempre habrá quien se ponga de parte de una objetividad escasamente maleable y quien prefiera la complejidad que supone entender la realidad social como un entramado de posibilidades, escasas tal vez, pero suficientes para que la política sea una aventura casi tan difícil como conseguir que una orquesta suene aceptablemente bien”. (Daniel Innerarity, Política para perplejos)   




miércoles, 8 de julio de 2020

Jarrones chinos




Pero vamos a ver, qué me traes al blog, te preguntas asombrado. Una bitácora que presume de última con semejante adefesio de edificio, un saurio ignoto que parece la casa de la familia Addams. Por favor un poco de paciencia te ruego, que aquí hay relato de cierta enjundia. 

Nos hallamos en el conocido como Cerro de la Plata, en Madrid, no muy lejos de la estación de Atocha, en mitad de una maraña de vías férreas entre las que está surgiendo una pujante barriada de, estos sí, modernos edificios a cargo de estudios como los de Rafael de la-Hoz, Lamela o Cano-Lasso. Ciertamente entre tanta modernidad este inquietante inmueble queda más si cabe en evidencia (lo que viene siendo, en las célebres palabras de Felipe González, un jarrón chino, en alusión a las viejas glorias que, como él, ya nadie sabe dónde poner y estorban más que otra cosa), y es que nos encontramos ante lo que fuera la nave de motores, el edificio más grande del complejo conocido como Sociedad de Gasificación Industrial (S.G.I, siglas que coronan aún su fachada), construida en 1903 por el arquitecto Luis de Landecho y Jordán de Urríes, una sola persona aunque puedan parecer dos (o más). La S.G.I. producía gas en un principio a partir del carbón procedente de Puertollano (conectado con la capital por la vía férrea Madrid-Badajoz), mas a partir de 1912 cuando fue absorbida por Unión Eléctrica Madrileña se modernizaría generando ya electricidad térmica. La mencionada Unión Eléctrica se fusionaría tiempo después con Fenosa dando lugar a Unión Fenosa, hoy Gas Natural Fenosa. Gas y electricidad juntos de nuevo. Tras ser utilizada en la Guerra Civil como fábrica de munición, nuestra ominosa nave devino triste almacén de componentes para el mantenimiento de redes y subestaciones eléctricas. En 2017, fue vendida por Gas Natural Fenosa (ya Naturgy) a Acciona, empresa que a punto estuvo de trasladar su sede central aquí. Finalmente optan por construir en la eléctrica nave un edificio de oficinas y, en lugar de meter la piqueta sin miramientos para levantar epatante torre, deciden sorpresivamente dar una segunda oportunidad al edificio de la mano del mismísimo Norman Foster, quien actuando cual Doctor Frankenstein galvanizará el añejo y ajeno inmueble insuflándole de nueva vida. Otros edificios del complejo fueron felizmente rehabilitados hace años (así, varias casas de bella factura, más propias de una plácida villa costera francesa que de semejante zona industrial), pero otros no corrieron tanta suerte, siendo demolidos para construir la nueva sucursal de una cadena de cines multisala, en involuntaria referencia al mágico poder de la electricidad.

Siempre con tu permiso detendré aquí el relato para introducir algunos apuntes breves, someros incluso, sobre Luis de Landecho y Jordán de Urríes, que si no te importa a partir de ahora nombraremos tan solo como Landecho al obvio objeto de agilizar la narración. Bilbaíno de nacimiento, nuestro arquitecto se formó en Madrid, donde tiene su más importante obra (sin olvidar la iglesia de San Francisco de Asís en su ciudad natal, edificio neogótico que acaparó premios y lisonjas). Aparte del complejo del Cerro de la Plata, Landecho es responsable del hotel Ritz nada menos, aunque no fue sino el ejecutor de los planos dibujados por un tal Charles Frédéric Méwes, arquitecto que ya había diseñado varios hoteles para la cadena en París y Londres y diseñaría igualmente el fastuoso hotel María Cristina de San Sebastián. Landecho fue coautor del Ateneo madrileño, introdujo mejoras en el bellísimo Palacio de Zabálburu y, en solitario, levantó varios edificios de viviendas también en la capital, en concreto en la calle Sagasta y, para mi sorpresa, en la calle de Monte Esquinza (el número 11), casualidades de la vida, porque en esta calle tiene el propio Foster su fundación, como aquí contábamos. En 1905 fue nombrado académico de la Real de San Fernando. Me he entretenido en leer su discurso de ingreso, de título La originalidad en el Arte, en el que Landecho se nos manifiesta como un arquitecto amante de lo ecléctico y liberal en los gustos. Por supuesto no cree en la originalidad pura y dura pues todo está ya inventado, pero señala que puede haber originalidad en la recreación que el arquitecto haga de lo ya conocido si lo hace dominando lo que referencia y mezcla sin miedo: "Y en cuanto á los elementos decorativos, usemos sin escrúpulo de cuantos hallemos á mano; los poderosos medios de investigación que la civilización nos ofrece, los viajes, las publicaciones ilustradas, las fotografías, los estudios arqueológicos, ponen en nuestra mano recursos de todas clases, procedimientos técnicos variadísimos, que sería locura rechazar. Más aún que en siglos anteriores debe el arquitecto aprovechar de la herencia de sus antepasados, familiarizándose  por la copia y el estudio con las formas conocidas, depurándolas y desarrollándolas, haciendo luego de ellas un uso libre y racional" (la última frase podría haberla escrito, de nuevo, Foster). La originalidad también tiene que ver con los materiales, haciendo el flamante académico mención al más moderno por aquel entonces, el hormigón (el mismo año que Landecho culmina la nave de motores, 1903, termina Perret su revolucionario edificio de la calle Franklin en París, en el que, para pasmo de la profesión, el hormigón se deja incluso a la vista). De nuevo su mentalidad abierta le lleva, con buen tino, a no rechazarlo aunque vea incierto su uso: "Otro material (...) conocido como cemento armado, viene ya reclamando su empleo en las construcciones. Sus aplicaciones son ya numerosas, pero desordenadas y no siempre acertadas, como corresponde á todo comienzo. Fuerza es que el tiempo transcurra para que la observación y el estudio, en esto como en todo, hallen las aplicaciones más apropiadas á este material y las formas artísticas que en cada caso puedan corresponderle, pues no creo acertado afirmar desde ahora que sea refractario á toda manifestación artística. Cierto que hasta el día no se vislumbra cuál deba ser, pero de ahí no se deduce lógicamente que esa forma no existirá". 

Llegados a este punto podríamos dar una vuelta por el proyecto de Foster para nuestra nave. El de Mánchester ha propuesto una rehabilitación sostenible que ofrece una configuración abierta de tres plantas escalonadas que dan sensación de amplitud y permiten el paso de la luz, y en el exterior un generoso jardín de 10.000 metros cuadrados. Todo muy pre-covid. La verdad es que choca con toda la imaginería profiláctica con la que se nos está bombardeando últimamente, con la burbuja plástica como nuevo icono pandémico. La añeja fotografía de Hollein trabajando al aire libre inmerso en una oficina-burbuja se ha convertido en el signo de estos tiempos inciertos. Manon Mollard, en un muy recomendable artículo de nombre Living in a bubble: smooth surfaces to shield da un buen repaso a estas “lisas estructuras de protección”. Encabeza el artículo una foto de mira tú por dónde Wolf D Prix haciendo el canelo junto a otros colegas que avanzan, cual astronautas beodos, por las calles de Basilea dentro de una enorme burbuja plástica afanados en epatar al burgués (estamos en 1971). Tres años antes habían fundado Coop Himmelb(l)au con un poético manifiesto en el que precisamente proclamaban: “Nuestra arquitectura no tiene un plan físico, sino psíquico. Las paredes ya no existen. Nuestros espacios son globos pulsantes. Nuestro latido se convierte en espacio, nuestra cara es la fachada”. Quién le iba a decir a Prix que de anti-sistema iba a pasar, años después, a construir la sede del Banco Central Europeo. En fin, los 70 eran así, unos con sus hormigonacos interminables, otros con sus burbujas livianas, en todo caso un tiempo infinitamente más divertido que nuestro mohíno siglo XXI, tan abrumado por sus rinocerontes grises (como si no los hubiera habido antes, pero ahora la tecnología nos había hecho creer en el espejismo de una perfección eterna e inexpugnable, en un superhombre de infinito poder). Pero volvamos al artículo que citábamos. Mollard lo remata con una improbable loa a la burbuja: “Con sus interiores aparentemente finitos, estas burbujas conceptuales nos recuerdan que habitamos mundos subjetivos y llaman la atención sobre nuestros límites, algo que nos hemos acostumbrado a ignorar durante siglos de evolución tecnológica y supuesto progreso. (...) La burbuja podría ser una herramienta para ayudarnos a vivir en el mundo, en lugar de sobre él, centrándonos en lo que Bruno Latour llama la zona crítica e identificando, sin necesariamente aislar, focos de espacio que contienen atmósferas enrarecidas que deben ser conservadas antes de que acaben privatizadas”. De todas formas, para cuando Foster concluya la rehabilitación (2022), seguramente ya nos habremos olvidado de la dichosa burbuja.

Termino. Nuestro jarrón chino recibirá la descarga de unos cuantos amperios que le despertarán del plácido sueño de los justos. Acaso sienta nostalgia y vértigo, pero le adivinamos también ilusionado.




martes, 30 de junio de 2020

Escenografías de urgencia





Vuelvo a retomar el blog tras el empacho telemático. La foto que abre la entrada, y que proponemos como símbolo de este trimestre extremo, es la intervención que el estudio unparelld' arquitectes han creado para un vacío urbano generado por la demolición de una casa en Olot. Su intención ha sido suturar la herida con una "estructura inacabada y apropiable" abierta a la imaginación de los ciudadanos. Finalista de los premios FAD, Rowan Moore, el crítico de The Observer, la incluyó como una de las diez construcciones más destacables del año en el mundo. Acaso valoración desmedida, la opinión del inglés podría estar inducida por las semanas interminables de encierro en la que hemos aprendido a valorar, como tantas otras cosas que éramos incapaces de ver, algo tan simple como un espacio abierto para la reunión con nuestros vecinos (como dijo alguien, éramos felices y no lo sabíamos). El estudio, que tiene su oficina en la misma ciudad de Olot, habla de una "escenografía de urgencia", término que también podríamos utilizar como lema de lo que han sido estos recios días de confinamiento en los que todos hemos tenido que improvisar de un día para otro cómo gestionar nuestras vidas, nuestras familias, nuestros trabajos en condiciones anómalas e inéditas. 

Comentábamos en la pasada entrada que una de las ventajas de esta reclusión forzosa ha sido disfrutar de nuestros artistas favoritos, que a menudo compartían y explicaban sus trabajos online. En esa misma línea podríamos decir que hemos podido ver a no pocos arquitectos hablar de la disciplina en videoconferencias, quizá la más popular de entre esas escenografías de urgencia provocadas por la pandemia, que se han grabado y subido a diferentes plataformas. Imperfectas (qué difícil sincronizar una conversación sin atropellarse unos a otros), cómicas (esa imagen que se queda congelada justo en el peor rictus), limitadas (servirán para la gestión pero no creo yo que fomenten la creatividad o el verdadero trabajo en equipo) cuando no imposibles (¿a que pensabas que tu conexión wifi era aceptable o incluso buena? Iluso), lo cierto es que nos han permitido seguir conectados a nuestras profesiones (y familias). Las videoconferencias también nos permiten entrar en las casas u oficinas de otros y observar sus entornos, lo cual a veces nos da interesantes pistas de nuestros interlocutores virtuales.

En una de dichas videoconferencias Luis Fernández-Galiano, en charla auspiciada por Cosentino sobre el futuro tras la pandemia junto al periodista Andrés Rodríguez, nos recordaba aquella maldición china que reza: "Ojalá vivas tiempos interesantes" (el aburrimiento está infravalorado) y, al contrario que algunos pensadores estrella, sostenía que cuando todo esto pase poco cambiará. Ahora todos valoramos estar recluidos en casas bucólicas alejadas de entornos urbanos, pero la ciudad dispersa es un desastre desde el punto de vista medioambiental (el verdadero "dinosaurio" que nos espera cuando la enfermedad remita) y la urbe compacta -convenientemente mejorada- es nuestro futuro. Desgranaba todo esto el one de la crítica arquitectónica en lengua española apostado ante una librería que se alzaba en inexorable verticalidad y en la que los libros parecían estar ordenados con escuadra y cartabón. Aquí tienes el link a la charla.  

Rem Koolhaas también ha participado en una videocharla similar estos días, junto a su socio David Gianotten y el arquitecto indio Bijoy Jain (merecedor de dos monografías nada menos en El Croquis), organizada en el marco del Virtual Design Festival de Dezeen. La web de diseño y arquitectura tuvo la feliz idea de reunir a los arquitectos responsables de los Mpavilion que cada año se levantan en los jardines de la Reina Victoria de Melbourne en una iniciativa similar a los pabellones de la Serpentine Gallery en Londres (con la particularidad de que en Australia los pabellones son reubicados en diferentes localizaciones tras ser expuestos en el parque). Koolhaas y Gianotten, responsables del pabellón de 2017 charlan en la referida videoconferencia con Jain, autor del pabellón del año anterior. Koolhaas, frente a sus compañeros de charla que elegían fondos neutros, se rodea de una cuidada escenografía como no podía ser de otra manera en el antiguo cineasta. El holandés asistía a la reunión virtual sentado a una enorme mesa blanca que parecía proyectarse en horizontal hacia el infinito (en realidad una pared con crípticas grafías), acaso haciendo referencia a aquel manifiesto setentero suyo de título Exodus, or the Voluntary Prisoners of Architecture, en el que los ciudadanos se confinaban voluntariamente en una alargada franja aislada por muros, o al coetáneo Monumento Continuo de Superstudio, una interminable y descomunal malla ortogonal que otorga una asfixiante homogeneidad al territorio sobre la que se instala ("Toda la historia está tras el caos y la arquitectura. Nuestra historia es justo una parábola de formalización, es a la vez una historia de desiertos naturales y artificiales, desiertos donde se posan nubes o donde nacen nubes que después generan apariciones geométricas alargadas..."), ambos llevando a sus últimas consecuencias los postulados del ya agonizante Movimiento Moderno y convirtiendo a Mies y Le Corbusier en pasto de la contracultura pop. Koolhaas nos comenta en sus intervenciones el hecho de que la pandemia, al resultar un fenómeno global, ha obligado a todo el mundo a enfrentarse al mismo problema, relegando otras cuestiones más locales a un segundo plano (y sin embargo, esa globalización del miedo va quizá a conducir paradójicamente a un nuevo mundo en el que el Estado-nación decimonónico va a acabar imponiéndose a las estructuras supranacionales que por otra parte ya andaban muy tocadas). A Rem también le llama la atención las ingentes cantidades de dinero que los gobernantes han conseguido reunir para hacer frente a la enfermedad, y lo compara con la pertinaz renuencia a aportar fondos para luchar contra el cambio climático, que, al igual que Fernández-Galiano, percibe como un problema mucho más acuciante. También coincide con el director de Arquitectura Viva en mostrar su escepticismo con la idea tan de moda ahora de que la pandemia va a cambiar el mundo y a nosotros de un día para otro. Por cierto, cuando Jain comenta que su pabellón fue reubicado en el zoo de Melbourne, Rem no puede evitar una sonrisa maliciosa (el suyo fue trasladado a la universidad)... Tienes la charla aquí

Resulta que la siguiente videoconferencia del ciclo era entre Gianotten, ya sin Koolhaas, y nuestra Carme Pinós, responsable del pabellón que lució en los jardines de la reina Victoria el siguiente año (y en nuestra opinión de aficionado el mejor de todos). La autora, junto con Miralles, del mítico cementerio de Igualada y ya en solitario del magnífico paseo marítimo de Torrevieja o el Caixafórum de Zaragoza, por no mencionar sus originales torres mexicanas, levanta una construcción donde la celosía toma protagonismo junto a sus habituales líneas quebradas (para el pabellón dice haberse inspirado en Balenciaga). Frente a un fondo de librería clásica donde los libros se almacenan de manera más bien caótica, contrastando con el rigor cartesiano de don Luis y Rem, Pinós libra una lucha titánica con su agónico inglés, circunstancia que no le arredra lo más mínimo (lo que dice mucho a su favor), de hecho lanza un par de ideas realmente interesantes. Dice gustarle las videoconferencias, que le parecen democráticas al ocupar todos, desde el más importante hasta el último mono, un cuadradito de iguales dimensiones en la pantalla (a mí lo de que el anfitrión pueda silenciar con un click a todos los intervinientes me da que pensar). Comenta que los arquitectos (especialmente los de los grandes estudios), han dejado de preocuparse por la vocación de servicio propia de la disciplina para entrar en una descarnada competición por ganar concursos, convirtiéndose en "cómplices del mercado", y denuncia la que llama "cultura de los números": una exposición por ejemplo ya sólo se juzga por el número de visitantes que ha tenido, en una versión cultural del consumismo. Daniel Innnerarity previene también contra los números en Política para perplejos: "Cuando no entendemos la sociedad, la medimos. (...)  La cuantificación, es decir, la transformación de los fenómenos sociales en el lenguaje de los números, consigue muchas veces sustraerse de la obligación de justificarse y se inmuniza así frente a la crítica. Apenas se les pide una justificación a los algoritmos; su carácter técnico permite ocultar los presupuestos tácitos de su elaboración, las selecciones que se han preferido y las alternativas que han sido excluidas. (...) Las estadísiticas presumen de reflejar una realidad objetiva, pero son construcciones selectivas que en parte producen esa realidad" (y menciona el statactivism, un activismo crítico frente a las estadísticas). Volviendo a Pinós, la arquitecta se queja también de la masificación a todos los niveles, por ejemplo en los viajes, criticando los vuelos low cost, argumento que de nuevo nos ha recordado un reciente comentario lapidario de Óscar Tusquets: "El low cost de la aviación ha hecho un daño urbanístico universal. Si una secretaria no puede ir a las Seychelles no pasa nada". Acabáramos. Es cierto que a menudo viajamos al extranjero sin conocer maravillas que tenemos mucho más cerca, pero la boutade de gauche caviar se la podía haber ahorrado. Preferimos el mucho más elegante y lírico "la belleza del mundo puede hallarse en un grano de arena" con el que Fernández-Galiano, evocando quizá a William Blake, culminaba un artículo de título Viaje con nosotros sobre el mismo tema. De todas formas está claro, en el planteamiento que hace Pinós, que esa necesidad continua de "huir de nosotros mismos" no dice nada bueno de nuestro estilo de vida. Quizá el confinamiento nos haya ayudado a reflexionar sobre esto. De nuevo te doy el enlace a la conversación por si te interesa. 

La última videoconferencia (pero no menos interesante) que vamos a mencionar fue organizada por el activo blog de Stepien y Barno y participaban diferentes blogueros arquitectónicos de éxito, entre ellos José Ramón Hernández Correa, autor del blog "¿Arquitectamos Locos?" y sufrido arquitecto de a pie. Su perspectiva, a menudo alejada de las alturas y el estrellato, pero con la veteranía que le dan sus 60 años recién cumplidos, pone la disciplina en su sitio con un análisis realista (aunque a veces surrealista) de la profesión expresado con un lenguaje fácil pero primoroso. En esta videoconferencia le vemos en la habitación de su hijo para cachondeo de sus interlocutores y peleándose con un flexo que se fue a apagar justo en el momento en que empezaba su intervención. Recuerdo que me gustó especialmente su defensa del arquitecto normal y corriente, lo que no implica que no luche por la excelencia en su profesión, pero que se aleja de heroísmos que a veces rozan el absurdo. Estos comentarios me han recordado una entrevista que estos días daban Cruz y Ortiz (los arquitectos del Wanda Metropolitano madrileño y la renovación del Rijksmuseum) para El diario de Sevilla  en la que decían desconfiar de la figura del arquitecto artista y preferir al profesional gris pero quizá más exacto, resaltando que una cosa positiva que había traído la pandemia había sido la reivindicación del científico:  "A nosotros nos gusta poco hablar de arte. Preferimos definirnos puramente como arquitectos. Una de las pocas cosas buenas del coronavirus es que el arte ha pasado a segundo plano y la ciencia ha adquirido importancia. Hay demasiados artistas, todo el mundo quiere serlo". Pero qué haríamos sin ellos...

Despedimos ya esta entrada, deseándote que la Nueva Normalidad te sea lo menos anormal posible y desescales con regocijo y tiento. 


domingo, 17 de mayo de 2020

Perdiendo el hilo


El confinamiento tiene sus cosas buenas. Así, múltiples artistas están subiendo a la red trabajos que de otra manera no podríamos haber disfrutado, y podemos cotillear en sus casas y cosas. Estos días insólitos por ejemplo hemos podido escuchar lo último de Vangelis, The Thread (El hilo)un espectáculo de danza a cargo de Russell Maliphant basado en el mito del Minotauro y el hilo de Ariadna, entendido el tal hilo como "los valores humanos fundamentales que todos compartimos más allá de nuestra religión, etnia o creencias", aunque es obvio el potente componente heleno que aglutina la obra, con referencias al arte minoico, poderosa música racial del mago electrónico (griego) creador de la BSO de Blade Runner y vestuario a cargo de la diseñadora ateniense Mary Katrantzou. Pues bien, una grabación de la representación se dejó en abierto durante una semana (no fue la que se hizo en el teatro de Epidauro, ya sería pedir mucho) y pudimos disfrutarla by the face (por cierto que algún vivo aprovechó la circunstancia y ya está en Youtube un extracto de la recia banda sonora). Te preguntarás que qué tiene esto que ver con la arquitectura, y yo te responderé presto, mon frère, que nosotros desde propugnamos una aproximación holística a la disciplina que encubra (como lo hace ese pedantismo léxico que permea, pringoso, la narrativa de este tu blog) nuestras estigias lagunas. Pero mira, que para todo hay solución, resulta que el mismo Vangelis creó una apoteósica mini banda sonora para un desfile de moda de su amiga Mary Katrantzou, sí, la misma que ha trabajado en The Thread, que tuvo lugar en el marco incomparable del templo de Poseidón en el cabo Sounio el pasado octubre. Te enlazo pues al magnífico video donde arquitectura, música y moda interactúan en bella simbiosis.

Como (al parecer) hay más música que la de Vangelis, te contaré también que Moby, otro de nuestros músicos de cabecera, acaba de lanzar al calor de la cuarentena un álbum (All Visible Objects, título sacado de una cita de Moby Dick, la novela escrita por su tataratío Herman Melville -el verdadero nombre de Moby es Richard Melville Hall), que aun recordando, quizá demasiado, a anteriores trabajos, nos ha parecido espléndido. No solo ha puesto el álbum a nuestra disposición en Youtube,  paraíso de confinados, sino que nos ha regalado un videoblog de media hora donde explica desde su casa cómo se inspiró para los distintos temas. Así, nos comenta que uno de los cortes más sugerentes (Morningside) rinde homenaje a Nueva York, donde nació (en Harlem), y a la música electrónica que escuchaba de joven; el tema, nos sigue relatando, es "como ir conduciendo o paseando por Manhattan buscando una discoteca y sentir el vacío y a la vez la calidez y el sonido rebotando en los edificios"(estoy por ponerlo a todo trapo desde casa tras el aplauso sanitario, para contraprogramar los fatigosos anthems de Village People con los que un vecino no cesa de castigar al vecindario -las primeras diez veces tuvo su gracia, mas todo cansa). Para otro de los cortes (Separation) Moby se pone metafísico, explicando que el título no se refiere a la separación física entre personas (ahora tan dolorosamente experimentada) sino a cómo hemos dado la espalda a la "realidad objetiva, la verdad, la experiencia directa del universo, lo divino", de cómo hemos perdido el hilo con lo trascendente, vaya. Acaso el confinamiento nos ayude a recuperarlo. Too much change es quizá el tema más melancólico, y uno de mis favoritos; Moby desearía que no recordara tanto a nuestra vida en estos días insólitos. En el videoclip (así como en algunos de las portadas de sus discos, como el que abre la entrada) es obvio el interés de Moby por la arquitectura, tiene un blog (ya desatendido) en el que subía fotos de las bizarras casas de Los Ángeles, adonde se mudó desde Nueva York cansado de la ajetreada vida en la Gran Manzana y el tufo de las barbacoas (es vegano militante) que le llegaban a la terraza de su gigantesco apartamento en el edificio El Dorado (uno de los diseñados por Emery Roth en el flanco oeste de Central Park con sus características dos torres y que se sitúa justo en frente del Guggenheim, al otro lado del estanque del enorme parque). En Los Ángeles vivió en un principio en una impresionante mansión de estilo neonormando (The Wolf´s Lair, levantada en los locos años 20 por el promotor de la urbanización Hollywoodland, cuyo cartel, recortado, es hoy icono de la ciudad; Lautner diseñó para él un pabellón de invitados donde Moby situó su estudio musical). De familia humilde y desestructurada, el músico dedicó el dinero que ganaba a borbotones gracias a que publicistas y cineastas se pegaban por usar sus temas (en TVE sirvieron como música de fondo durante muchos años) a comprar casoplones, según el mismo decía, para contrarrestar la inseguridad que sufrió en su juventud, casas que luego vendía tras restaurarlas con pingües ganancias aireadas por Curbed.

Con el hilo ya perdido del todo terminamos con súbito final. Feliz semana, y que la Fase, la Franja y la Fuerza te acompañen.

domingo, 10 de mayo de 2020

Juntos pero no revueltos


Propuesta de Plastique Fantastique para estos días recios
"Se puede contemplar al neo-liberalismo colapsando en tiempo real. Los gobiernos cuya misión era reducir el estado a su mínima expresión, recortar impuestos y préstamos y desmantelar los servicios públicos están descubriendo que las fuerzas del mercado, a las que convirtieron en fetiche, no pueden defendernos de esta crisis. (...) El cambio es incluso más interesante de lo que en principio puede parecer. El poder ha migrado no solo del dinero privado hacia el estado, sino que a su vez ha huido del mercado y del estado a otro lugar completamente diferente: el de la acción comunitaria ("the commons"). En todo el mundo, las comunidades se han movilizado donde los gobiernos han fracasado. 

En India, la gente joven se ha organizado por su cuenta a escala masiva para ofrecer paquetes de ayuda a los "daily wagers", personas sin ahorros o propiedades que viven al día y dependen totalmente del movimiento de dinero en metálico que en estos momentos se ha detenido. En Wuhan, China, tan pronto como el transporte público se detuvo, muchos conductores voluntarios crearon una flota comunitaria que transportaba a los trabajadores sanitarios de sus hogares a los hospitales (...) [el autor da una veintena más de ejemplos similares].

Las películas de terror se equivocaron del todo. En lugar de convertirnos en zombies comedores de carne humana, la pandemia ha convertido a millones de personas en buenos vecinos. En su libro Free, Fair and Alive, David Bollier y Silke Helfrich definen esta actitud como "una forma de actuación social que permite que la gente disfrute de la libertad sin reprimir a otros, defienda la justicia sin control burocrático... y reivindique la soberanía sin nacionalismo". Los "comunes" no son ni capitalistas ni comunistas, ni mercado ni estado. Son un levantamiento de poder social en el que aunamos esfuerzos como iguales para afrontar nuestros aprietos compartidos. 

Miles de libros, películas y fábulas nos aseguran que el final de cuento de hadas al que todos deberíamos aspirar es convertirnos en millonarios. Entonces podremos aislarnos de la sociedad en una mansión con altos muros, sanidad privada, educación privada y avión privado. Los "comunes" plantean un objetivo contrario: encontrar el sentido, el propósito y la satisfacción trabajando juntos para mejorar la vida de todos. En tiempos de crisis, redescubrimos nuestra naturaleza social. (...)

No hay garantía de que este resurgimiento de acción colectiva sobreviva a la pandemia. Podríamos regresar al aislamiento y la pasividad que tanto el capitalismo como el estatismo han fomentado. Pero no creo que lo hagamos. Tengo la sensación de que algo está tomando forma ahora, algo que echábamos en falta: la fuerza transformadora e inesperadamente emocionante de la ayuda mutua". (George Monbiot: The horror films got it wrong en The Guardian).

“La solución no será el aislamiento ni la construcción de nuevos muros y posteriores cuarentenas. Hace falta una plena solidaridad incondicional y una respuesta coordinada a nivel global, una nueva forma de lo que antaño se llamó comunismo. Si no orientamos nuestros esfuerzos en esa dirección, entonces el Wuhan de hoy puede acabar siendo lo habitual en las ciudades futuras (...) Si los Estados se aíslan, comenzarán las guerras (...) Como expresa Will Hutton: ‘En la actualidad está agonizando cierta forma de globalización de libre mercado y desregulada, con su propensión a las crisis y a las pandemias. Pero está naciendo otra forma que reconoce la interdependencia y la primacía de la acción colectiva de base empírica. (. ..) No apelo a una solidaridad idealizada. La crisis actual demuestra que la solidaridad y la cooperación global tienen como finalidad la supervivencia de todos y cada uno de nosotros, y que obedecen a una pura motivación racional y egoísta. (...) Tal como reza el dicho: en una crisis somos todos socialistas. Incluso Trump se ha planteado una forma de renta básica universal. Este socialismo forzado, ¿será un socialismo para los ricos, como el rescate de los bancos en 2008? (...) Ahí es donde aparece mi idea de comunismo, no como un sueño inconcreto, sino como el nombre de lo que ya está sucediendo (...) el gasto de billones para ayudar no sólo a las empresas, sino también a los individuos se justifica como medida extrema para mantener la economía en funcionamiento y evitar la pobreza, pero lo que ocurre es más radical: con esas medidas, el dinero ya no funciona al modo capitalista tradicional, sino fuera de las restricciones de la ley del valor”. (Slavoj Zizek, Pandemia).

"Vivir a distancia es vivir menos. El alejamiento que impide la propagación del virus va a transformar nuestros hábitos, y el futuro inmediato se perfila como un paisaje de partículas elementales que se desplazan evitando el roce para situarse en los vértices de una malla regular que marca la distancia de seguridad. En esa distopía vamos a residir hasta que las pruebas diagnósticas, los antivirales y las vacunas vuelvan a hacer seguros los contactos, quizá dentro de dos años. Es un tiempo muy largo para nuestra experiencia individual o colectiva, pero muy corto para la vida testaruda de las ciudades, y es probable que la Covid-19 no modifique las pautas urbanas como antes sí lo hicieron la peste, el cólera o la tuberculosis. Si acertamos a resolver sus problemas sanitarios, de congestión y de seguridad, la ciudad densa —además de crisol de innovación y motor económico— es nuestro mejor recurso para enfrentarnos a la emergencia climática, así que es dudoso el retorno a la insostenible ciudad dispersa (...) Si la humanidad sabe convertir esta crisis en una oportunidad, se moverán menos las gentes y las cosas, el consumo de proximidad se preferirá al lejano, y el tiempo pausado al vertiginoso: viviremos más juntos, que es una de las formas que adopta la felicidad". (Luis Fernández-Galiano, Vivir a distancia)

Gelbes Hertz (Corazón amarillo), del colectivo Haus-Rucker-Co (1968): Pop pandémico




domingo, 3 de mayo de 2020

La nueva normalidad




Pues así es como los estudiantes chinos favorecen el distanciamiento social en la escuela. Parece ser que la idea proviene de un tocado tradicional, casi arquitectónico, de los tiempos de la dinastía Song, que gobernó China entre 960 y 1279. Aunque no está claro, parece ser que lo que se quería evitar (en audiencias palaciegas al menos) era el chismorreo entre cortesanos. Obsérvalo más de cerca en este video.

En esa misma dirección observa estas mascarillas diseñadas por Yrúrarí Jóhannsdóttir, islandesa ella, a ver quién es el guapo que se le acerca. 



Tras contribución tan simpar puedo retirarme satisfecho, no sin antes desearte que fases y franjas te sean favorables. 

domingo, 26 de abril de 2020

Belleza por error



"El poeta polaco Adam Zagajewski nació en la ciudad de Lvov (Leópolis) que fue anexada por la Unión Soviética cuando él tenía cuatro meses. Su familia se trasladó a Gliwice, donde los sólidos muebles antiguos recordaban que el poblado había pertenecido a Alemania y los recientes mostraban la fragilidad con la que el socialismo polaco recompensaba al "hombre nuevo". 
(...) Zagajewski creció oyendo historias de la hermosa ciudad que habían tenido que abandonar, muy distinta al gris paisaje de Gliwice. La belleza se convirtió para él en el tesoro perdido que añoraba desde el suburbio donde la única construcción de relieve eran las gradas vacías del estadio de fútbol. 
Algo cambió con su descubrimiento de la literatura. En un entorno que parecía no inspirar nada, Zagajewski encontró el esquivo fulgor de la dicha. "Intenta celebrar el mundo mutilado", dice en uno de sus versos. En forma semejante, Milan Kundera se refirió a la "belleza por error" para definir el placer estético que deriva de las cosas que deberían repudiarlo.
En Dos ciudades, su libro de memorias, Zagajewski profundiza en esta idea. Su esencial rito de paso consistió en descubrir que la flor azul de la poesía puede brotar en un sitio equivocado: "Una bicicleta, un cesto de mimbre, una mancha de luz en la pared", dejaron de ser "objetos catalogables" y se convirtieron en misterios "con mil significados secretos". (...) A partir de entonces entendió la misión del poeta, convocar la belleza donde no parece tener derecho de existencia: "Existe un sentimiento habitualmente oculto aunque asible en los momentos de máxima concentración en los que la conciencia ama el mundo. Captar este difícil sentido equivale a vivir una felicidad muy peculiar, perderlo conduce a la melancolía". (Juan Villoro, El vértigo horizontal)

Te dejo ya con esta genial crónica cómica del confinamiento.

domingo, 19 de abril de 2020

Columnas solidarias

El edificio de viviendas ideal para estos días recios

"La “cultura de cuarentena” que estos días emerge en medio de la crisis sanitaria invita a la imaginación política en arquitectura. Espacios intersticiales como las ventanas, los balcones y los portales acogen dinámicas sociales solidarias y de mutuo apoyo que traen al primer plano muchos valores que el frenesí productivo y de crecimiento económico deja en la sombra. La cultura de cuarentena emerge como un fantasma de otro orden del mundo posible. Entre los espacios intersticiales que hoy cobran protagonismo destacan sin duda los balcones. Su situación ambigua entre lo íntimo y lo expuesto los convierte en espacios simbólicos y prácticos, en los que puede aflorar de forma viral la empatía y la compresión. En escenarios espontáneos para la solidaridad social, el deseo de contacto, el reconocimiento de los cuidados, la importancia de su distribución.

La arquitectura lleva tiempo atenta a estos espacios compartidos como ámbitos de contacto y sociabilización que asisten y enriquecen a la convivencia, y también participa de algún modo en la generación de “bolsillos de contacto” como parte de un bien común irrenunciable. En las noticias hemos visto estos días el complejo residencial en Mairena del Aljarafe de Gabriel Verd+Buró4, cuyos vecinos fueron elogiados por el presidente de la OMS por su buen talante: organizaron un bingo intercambiando cartones por wasap y una clase de gimnasia con el espacio colectivo central como escenario. En el diseño el arquitecto había prestado especial atención a las áreas comunales, consciente de su valor práctico y simbólico, pero sin sospechar que se gestionarían de esta forma inusual en una situación extrema de reclusión como la que estamos viviendo. Los balcones de la “cultura de cuarentena” son físicos y a la vez tecnológicos.(...)
Balcones y bolsillos para lo común, escenarios y remezclas de lo disponible y lo conocido, experimentos que invierten las reglas de la performance, invitando a pensar de otro modo la distinción entre urbanismo y arquitectura, medioambiente y tecnología. Tecnológicos o urbanos, estos balcones para el contacto, el apoyo mutuo y el aprecio por los otros, son algo más que una metáfora de otro mundo posible. Son una promesa, una herramienta pedagógica, un primer paso en un sendero que sólo se puede hacer caminando". (Paula  V. Álvarez, Balcones y cultura de cuarentena: umbrales hacia otro mundo, en el blog de la Fundación Arquia). 

"Confinarse es un acto misterioso. Nadie en su sano juicio se retira del mundo a no ser por un motivo elevado. En su doble sentido. Simón el ermitaño intentó esa vida en soledad en un monasterio del que fue expulsado por sus exageraciones. Trató de apartarse del mundo refugiándose, sin éxito, en una cabaña cerca de Antioquía, luego en una cisterna abandonada y en una minúscula cueva. Abatido por sus intentos de soledad fracasada, se encaramó a una columna. Aunque estar a tres metros del suelo no era bastante, en la altura intuyó la solución. Lo intentó después a siete metros y finalmente se hizo construir una de más de quince. Permaneció sobre aquel capitel sin techo hasta el día de su muerte. Casi cuarenta años. 
Anachorein significa replegarse. El anacoreta es alguien animado por un inexplicable deseo de retiro, de retirada. Pero no de soledad. Su anhelo es más bien el de “una rarefacción de los contactos con el mundo” dice Barthes. Simón era visitado por los personajes más diversos por medio de una larguísima escalera. Se hacía llegar la comida con una cuerda y un cesto. Desde las alturas escribió cartas e incluso ofrecía sus enseñanzas… Es decir, en su intento de refugio Simón buscaba una relación con el mundo de otro orden. E hizo del alejamiento de la ciudad una profesión. (...)

En la soledad de cada celda, camarote o estación espacial existe una secreta hermandad con aquella vieja columna en el desierto. Hoy millares de casas se han convertido en inesperadas columnas (de resistencia, de residencia), desde las que miramos en alto la ciudad. Quien lo desee puede llamar a esa constelación de columnas solidarias, ciudad. (Santiago de Molina, La vida en alto, en su blog Múltiples estrategias de arquitectura). 

En estos días de balcones abiertos y puertas cerradas, te invito a invertir 9 minutos en este video





domingo, 12 de abril de 2020

Sobre el silencio



"El silencio no es sólo ausencia de ruido. Casi lo hemos olvidado. Las referencias auditivas se han desnaturalizado, han perdido fuerza, han perdido su sacralidad. El miedo y aun el horror suscitados por el silencio se han vuelto más intensos. 
En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra.(...) La intimidad de los lugares, la de la estancia y sus objetos, la del hogar, estaba tejida de silencio. (...)Hoy en día es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo, se altera la estructura misma del individuo. (...)
Ahora bien, el hecho decisivo no es, como podríamos pensar, el aumento de la intensidad del ruido en el espacio urbano.(...) Lo esencial de la novedad reside en la hipermediatización, en la conexión continua y, por ello mismo, en el incesante flujo de palabras que se le impone al individuo y lo vuelve temeroso del silencio.(...)
Entre los griegos, al dios Harpócrates se le representaba con un dedo en la boca. Con este gesto ordenaba callar. En el curso de la historia, el precepto de guardar silencio ha sido múltiple y banal. Implica aprendizajes, pues el silencio no es una obviedad. Hay individuos, escribe Maeterlinck, "que no tienen silencio y matan el silencio en torno suyo, y estos son los únicos seres que pasan verdaderamente inadvertidos" porque no podemos "formarnos una idea exacta del que nunca se calló. Se diría que su alma no tiene rostro". El aprendizaje del silencio es tanto más esencial porque el silencio es el elemento en el que se forjan las cosas importantes. (...) La palabra, por el contrario, es con excesiva frecuencia el arte de ahogar y de suspender el pensamiento, que sólo trabaja en el silencio. Por todas estas razones, el silencio nos asusta y pasamos buena parte de la vida, repite Maeterlinck, buscando lugares donde no reine. (...)
El silencio es un ingrediente esencial de la profundidad del amor. Nadie ha sabido expresarlo de manera tan exacta como Maurice Maeterlinck. Escuchémosle con cierto detalle:"Si te es dado descender un instante en tu alma hasta las honduras que habitan los ángeles, lo que recordarás sobre todo de un ser al que has amado profundamente no son las palabras que ha dicho o los gestos que ha hecho, sino los silencios que habéis vivido juntos; pues sólo la calidad de estos silencios ha revelado la calidad de vuestro amor y vuestras almas".(...)
Con su habitual agudeza, Maeterlinck señala varias raíces del miedo al silencio: "Ninguno de nosotros desconoce esa sombra potente y por eso el silencio produce un miedo tan profundo. Soportamos en rigor el silencio aislado, nuestro propio silencio; pero el silencio de muchos, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de una muchedumbre, es un fardo sobrenatural cuyo peso inexplicable temen las almas más fuertes". Por eso "usamos una gran parte de nuestra vida rebuscando los lugares en que no reina el silencio. Cuando dos o tres hombres se encuentran, no piensan sino en desterrar al invisible enemigo". Y Maeterlinck se pregunta:"¿Cuántas amistades ordinarias no tienen más base que el odio al silencio?"." (Alain Corbin, Historia del silencio)


domingo, 5 de abril de 2020

El tejido invisible



Me acabo de terminar Pasando a limpio de Óscar Tusquets, curiosamente editado por Acantilado y no por la editorial (Tusquets) que fundara su entonces pareja, Beatriz de Moura (aquí puedes verlos en añeja foto junto a Dalí).  En un reciente número de Arquitectura Viva Eduardo Prieto lo ponía por las nubes y como resulta que lo tenía en casa (soy de esos que hacen acopio de libros para una lectura futura), me dije, pues a ello. No sé si será un efecto colateral de estos días recios, pero a mí como que me ha dicho poco. Lo compré por una cuestión sentimental: tengo una obra de Tusquets al lado de casa, el polideportivo Daoiz y Velarde, un antiguo cuartel de bella factura que formaba parte de un complejo de edificios en su origen utilizados como almacenes aprovechando la cercana estación de Atocha por la empresa Docks y Aduana de Madrid, fundada en 1861. Lo de docks -muelles- no deja de tener su guasa en enclave tan poco marino: el nombre se le dio por los docks del Támesis, donde también existían almacenes en los que variopintas mercancías transportadas hasta allí por el río esperaban su venta. En 1990 el complejo madrileño fue abandonado por los militares y tras un largo proceso en el que se habló incluso de instalar en los añejos edificios la sede de Telemadrid, se decidió dedicarlos a equipamientos para el barrio atendiendo a las reclamaciones vecinales, mientras Rafael de la-Hoz (encargado también de rehabilitar otros pabellones) levantaba en el recinto un edificio de nueva planta como sede de la Junta de Distrito de Retiro. Tusquets respetó escrupulosamente el edificio por fuera (su bella fábrica de ladrillo bicolor) y por dentro (su no menos hermosa arquitectura férrea) en un rehabilitación brillante donde apenas se permitió algún toque personal, añadiendo por ejemplo una pincelada festivo-mediterránea al cubrir algunas de las antiguas ventanas con piezas cerámicas azules y crear una chimenea de ventilación enteramente cubierta por dichos azulejos añiles. Aquello del hedonismo castrense, enjundioso oxímoron con el que un crítico definió las casas para militares de Higueras también Madrid, podría igualmente aplicarse a esta magnífica rehabilitación de Tusquets. En Barcelona también tuve ocasión de alojarme -con toda intención- en un hotel suyo entonces recién inaugurado: el icónico Princess que corona (con perdón) la Diagonal, no por nada es el número 1 de la  emblemática arteria barcelonesa, justo sobre el complejo que se construyó para el Fórum de las Culturas que visité en 2004. Sus formas angulosas (que acaso repliquen las del edificio Fórum de Herzog y de Meuron), donde la arista alcanza niveles paroxísticos con dos imponentes torres de 25 plantas unidas por vertiginosas pasarelas, junto con una paleta de colores vivos y unas habitaciones de modernísimo diseño (no olvidemos que Tusquets es también un afamado diseñador), convierten tu estancia en el hotel en una experiencia cinematográfica. Recuerdo perfectamente un nutrido grupo de turistas británicos llegando al hotel al unísono, sus mandíbulas descolgadas en asombro infinito. Puro archporn, cierto, pero a nadie la amarga un dulce, por favor.

Por cierto que hablando del Fórum de las culturas, me he acercado a Años Alejandrinos (segundo volumen) porque he recordado que Fernández-Galiano dedicó un vitriólico artículo al evento. Con el título de Triángulos virtuosos, don Luis, que asocia la forma triangular del anguloso edificio de Herzog y de Meuron al complejo gobierno tripartito que por aquel entonces dirigía Cataluña en difícil equilibrio (don Luis no da puntada sin hilo), le mete un par de sus legendarios zascas al evento que lo deja mirando a Cuenca: "Las actividades del Fórum. organizadas a lo largo de tres ejes -paz, diversidad, sostenibilidad- que forman otro triángulo virtuoso, se proponen como una síntesis bienintencionada del Foro de Davos y el de Porto Alegre, pero se asemejan más a la fiesta permanente de una Disneylandia de oenegés. 'Toda la gente de buena fe'-afirma el alcalde Clos- 'está en el Fórum' y esa unanimidad biempensante (expresada en montajes de luz y sonido que muestran hegelianamente el deterioro de la convivencia por el conflicto, y la superación de éste mediante el diálogo) abruma un poco. (...) Francis Bacon llamaba 'ídolos del foro' a las representaciones equívocas que produce nuestra interrelación en la plaza o foro, y hay motivos para suponer que el Fórum barcelonés es pródigo en estos engañosos ídola fori, aquí abreviados en una confianza mítica en la mera buena voluntad para enfrentarse a un mundo crecientemente hobbesiano. Pero mientas Leviatán no dibuje su perfil en el horizonte, seguramente podemos recrearnos en esa ideología de dibujos animados que las élites políticas proponen como narcótico o consuelo (...). Enhorabuena, Barcelona". 

El término biempensante, tan peyorativo él, vuelve a aparecer en un artículo mucho más reciente de Fernández-Galiano (La democracia vírica), donde también hay zasca, y éste escuece más: "Se repite estos días el lema biempensante de que el virus se detiene con transparencia, porque sólo la información exacta permite abordar su control sin caer en el pánico; pero no se destacan las ventajas que en este esfuerzo pueden ofrecer las organizaciones autoritarias, capaces de mobilizar recursos sin debate social y liturgia política, porque su maquinaria administrativa puede responder sin demora a una jerarquía piramidal. Las democracias, en contraste, están sometidas a un régimen de opinión que puede ser distorsionado por las pulsiones sentimentales de unas poblaciones hedonistas, donde la extrema autonomía de las que Houellebecq llamó 'partículas elementales' dificulta su subordinación a objetivos compartidos. Sloterdijk reclamó en su día la necesidad de volver a domesticar una especie humana devenida silvestre, pero acaso su provocación era sólo una manera de expresar el conflicto entre el deseo de libertad y las servidumbres que exige la supervivencia de los que formamos la 'sociedad del riesgo'". Me recuerda a las reflexiones del desquiciado Wim Pijbes, exdirector del Rijksmuseum, sobre el proceloso proceso de rehabilitación del museo. El modelo de eficiencia chino es un tentador espejismo de orden orwelliano, pero su fascinación es comprensible en medio de nuestro marasmo cacofónico. Sea como fuere ya nos gustaría que don Luis aprovechara estos días insólitos (además se nos acaba de jubilar de su cátedra en la ETSAM) para pasar a limpio pensamientos, recuerdos y anécdotas variopintas como ha hecho Tusquets en su reciente libro, seguramente le saldría algo más enjundioso que al catalán. Entre tanto nos conformaremos con verle (de nuevo en mi caso) en la conferencia que dio en la Fundación Juan March sobre Viena y su vida cultural en plena belle epoque, con por cierto referencia a la terrible gripe española.

Al final acabamos, como no podía ser de otra manera, hablando de la pandemia. Como estoy calentito tras tanto zasca, pues que me voy a animar yo también a repartir. Convendrás conmigo que lo más lacerante de esta situación es ver a nuestro personal sanitario luchando sin medios. Y más aún que eso, la hipocresía inadvertida que nos rodea. Es fácil rasgarse las vestiduras, no sin razón, con caceroladas y críticas contra nuestros anonadados gobernantes y sentirnos muy héroes por quedarnos en nuestros cómodos hogares y lavarnos las manos con fruición, pero alguien debería decirnos que los heroísmos deberían continuar cuando ya no truene. ¿Cómo es posible que una Comunidad rica como Madrid carezca de medios de protección sanitarios tan básicos? Antes de que me eches balones fuera, querido lecteur, y aprovechando que no nos oye nadie, dime, ¿tú pagas el IVA de tus facturas? y si eres autónomo o empresario ¿sisas todo lo que puedes a Hacienda? y si estás en el paro, ¿no te pillas un trabajillo en negro y aquí paz y después gloria? (etc.).¿Cuántas mascarillas, cuántos respiradores, cuántas más UCIs se podrían tener con todo lo que todos defraudamos?

Acabo con otra epidemia: la que azotó México en 2009. "Nadie se había fijado en los ojos de Lorena hasta que se puso un cubrebocas. La frase es exagerada: nadie se había fijado tanto en ellos. La epidemia del virus porcino cambió los hábitos de la capital. La transformación más evidente fueron los rectángulos de tela en las caras de la población. Los que no eran guapos, al menos se volvieron misteriosos. 
Enfrentamos la catástrofe unificados por una prenda. No siempre es fácil decir nosotros. ¿Qué representa la palabra?, ¿qué clase de identidad convoca? Una tribu adicta a la compañía atravesaba el laberinto de la soledad. ¿Quiénes éramos? Los del rostro con una tela azul. (...)
Poco antes de la crisis, mi padre había decidido donar su biblioteca a la Universidad Michoacana. Ninguno de sus hijos se opuso a una decisión que preservaría la unidad de los libros que lo habían formado. En un gesto sentimental, poco común en él, mi padre pidió que cada uno de nosotros tomara algunos volúmenes "de recuerdo". Entre ellos, escogí una primera edición de La peste, de Albert Camus. En 1947 mi padre había subrayado un pasaje en esas páginas: "Se puede decir que la invasión brutal de la enfermedad ha tenido como primer efecto el de obligar a nuestros conciudadanos a actuar como si no tuvieran sentimientos individuales".
¿Quiénes éramos? Los del cubrebocas. Una prenda nos unificaba y sugería novedades: en verdad lo ojos de Lorena eran más hermosos. Y, cuando el cubrebocas reposaba en el cuello, recuperábamos el olvidado milagro de ver un rostro. ¿Seríamos capaces de mirar de esa manera con el retorno de los días normales? En su alegoría, Camus encuentra lazos positivos que sólo surgen por excepción, ante la necesidad de superar una tragedia. ¿Conservaríamos el invisible tejido con que nos ataba la epidemia?". (Juan Villoro, El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México)