domingo, 25 de octubre de 2015

La edad de la inocencia

El Veles e Vents de Valencia en la exposición Essentials del Museo ICO

-Cuando comenzó, en plena efervescencia del estilo high tech, ante Foster, Rogers o Piano ya defendía una arquitectura de la sustancia. A ellos les interesaban las máquinas y a usted la tierra.
-Sí, prefiero excavar que aterrizar. Pero fue una elección generacional. Me formé en los setenta, cuando el interés por la historia había regresado. Vivíamos una crisis económica. Había poco trabajo y, consecuentemente, mucho diálogo. Eso dio lugar a teorías que reconsideraban la relación entre la ciudad y la sociedad.(...)

-¿Dónde queda la identidad de los lugares?
-En palabrería. Muchos edificios no se construyen para habitarlos, sino para que su valor aumente. Vivimos un momento tóxico y las ciudades no están reaccionando a esa globalización porque trae dinero y empleo.(...)

El Jumex
-Ha recibido el Premio Imperiale, el Mies van der Rohe, el Tessenow, pero el Pritzker se le resiste.
-Tener el Pritzker no me quita el sueño. La vida me ha dado más de lo que nunca imaginé. Ahora disfruto de que no sea fácil clasificarme [!]. Eso hace que los aquitectos mexicanos consideren mi museo Jumex un edificio mexicano y estén orgullosos de él. Me dicen que he demostrado que se puede hacer buena arquitectura con los medios que sea.

-Lamentablemente, ese no ha sido siempre el caso en España. Su inmueble Veles y Vents de Valencia se cae a trozos.
-Se hizo en un momento difícil. La arquitectura se utilizó allí para una marca.

-Usted jugó a ese juego.
-Es el edificio más extravagante que hemos hecho, el más gestual. Pero estaba allí, junto al mar, y necesitaba más energía que los edificios inscritos en la ciudad. Nunca supimos lo que pasaría con él, lo íbamos diseñando mientras lo construíamos, el objetivo no era el futuro, sino la inauguración.

-¿Se arrepiente de haber trabajado así?
-No. No somos adivinos. Como arquitecto, es importante mantener la inocencia y el optimismo; aunque al envejecer te hagas más cauto, debes mantener el optimismo si quieres construir."

("Hoy se constryen edificios que son solo depósitos de dinero", entrevista de Anatxu Zabalbeascoa a David Chipperfield para El País).


Sir David, el arquitecto fiel, en el Neues: "Creo que cuando eres un visitante debes ser respetuoso"

domingo, 18 de octubre de 2015

Extrañas parejas

Otra fábrica para el arte
Damien Hirst, el ex infant terrible de la escena artística inglesa reconvertido en miembro respetable del establishment artístico acaba de cumplir los 50. Y se nota. El genio efervescente y provocador famoso por meter en formol todo lo que se mueve  o recubrir cráneos con joyas (entre otras muchas irreproducibles excentricidades) admite estar perdiendo su "grip", que vendría a ser algo así como que ya se le está gripando el motor (y/o la pinza). Y fíjate la galería que ha abierto en Londres, pero por favor, si parece de Chipperfield. Es de Caruso St John, un estudio que tras una fachada (nunca mejor dicho) de exacta sobriedad (hay quien los compara con Loos y Asplund nada menos) esconden una retranca de aquí te espero. En su remodelación de la Tate Britain de hace un par de años, le endosaron aparte de una nueva entrada esta pedazo escalera que (según Wainwright) parece sacada de un centro comercial de Dubai. El remolino op art (sigo citando al crítico de The Guardian) vendría a coronar  la rehabilitación de un edificio erigido en 1897 para conmemorar el "jubileo de diamante" (60 aniversario) del reinado de Victoria. Según el propio estudio, liderado por Adam Caruso y Peter St John, se ha querido realzar dicho evento "sin perder un cierto punto irónico". Y que lo digas. Vamos que son un poco como los Gilbert and George de la arquitectura británica. En la galería de Hirst, otra remodelación aunque esta vez más pedestre (era un antiguo taller de elaboracion de escenarios teatrales), también se introducen toques juguetones: así, una magnífica escalera ovoidal que ha dado mucho que hablar y el típico techo industrial en sierra que ha sido retocado para que cada pico tenga progresivamente más inclinación, como si fueran a caerse uno sobre el otro cual castillo de naipes.Wainwright acaba su crítica saludando con efusión el nuevo edificio: "En el contexto del despendolado Dubai del Támesis, este discreto centinela es un recién llegado bienvenido, un modelo de cuidadoso oficio a cargo de uno de los mejores estudios hoy en día del Reino Unido".

Dejamos en paz a la pareja Caruso St John pero no a Hirst.Y es que recuerdo que he visto una de sus obras en el último número que AV Monografías dedica a Koolhaas. De nombre Lost Love, es lo que parece una consulta médica embutida, cómo no, en un enorme acuario. Está expuesta en la Fundación Prada del holandés (Dios los cría y ellos se juntan). La monografía, histórica teniendo en cuenta que la revista llevaba veinte años postergando un número dedicado en exclusiva a Koolhaas, dado, supongo, lo inasible del personaje, es una mina de anécdotas y chispeantes artículos sobre el holandés errático a cargo de Fernández-Galiano que me han aliviado más de una noche de insomnio y amnesia. Desconocíamos la peculiar (y a veces tronchante) relación de una pareja que no podría ser más oximorónica: la del arquitecto caótico, iconoclasta, cínico y ciclónico y el profesor racional, ordenado y riguroso, celoso guardián de las esencias arquitectónicas. Don Luis, en sucesivos artículos para El País reunidos para la ocasión, mete cada viaje al holandés con esa potencia semántica que Dios le ha dado que deja al autor de S, M, X, XL mirando a Cuenca, o en su defecto a Rotterdam. Mi favorito es Vanguardia de Gomaespuma, un artículo de 2004 en el que don Luis relata con indisimulado (y desternillante) horror cómo Rem ha convertido la  Nationalgalerie de Mies en bizarro bazar para una exposición-performance de irónico nombre Content. Y eso no es lo peor, en otro artículo Fernández-Galiano le compara ni más ni menos que a Bin-Laden por la mezcla de fascinación y rechazo que salvando las insalvables distancias ambos personajes provocan. Rem se quejaría amargamente de dicho emparejamiento a su vez en otro artículo, tras el que don Luis, ya por carta, le transmitiría una peculiar disculpa diciendo que su comentario en el fondo quería ser elogioso (pobre Rem. No hace mucho Perrault le llamaba anticristo. Ser un tocanarices profesional es lo que tiene). El caso es que luego no había animadversión entre ellos: Galiano le invitó a actos en España y Koolhaas le ofreció escribir un artículo para el libro Content (que surgiría a partir de la exposición berlinesa), y que se llamaría, como no podía ser de otra manera, El destino de la mariposa: elogio del oxímoron (reproducido en AV), en el que se da cuenta del fallido proyecto (el hotel Astor Place) que otra pareja imposible, Rem y Herzog y De Meuron (trío en realidad) intentaron llevar a cabo. El destino de la mariposa al que se refiere el título consiste en acabar pinchada en un tablero, metáfora del inmovilismo que probablemente provocó la falta de entendimiento entre sendos egos del tamaño de Koolhaas y H&dM.

Aparte de los textos, la monografía viene, claro está, ilustrada con fotografías de los proyectos del holandés de los últimos 15 años. En su mayoría son espectaculares, y algunos de ellos, teniendo en cuenta lo irónico y provocador de su autor, dan que pensar. Esos bloques fragmentados del De Rotterdam, montados unos sobre otros en difícil equilibrio ¿no harán referencia a la progresiva desunión europea? Y esa descomunal marquesina de la bolsa de Shenzen, a mí que no me digan, tiene que tener un significado: ¿No  estará representando arquitectónicamente la brutal separación entre el pueblo llano y las élites chinas? Y qué me dices de la embajada holandesa en Berlín, recorrida por una cicatriz cristalina que quizá nos esté recordando el pasado de la ciudad tanto tiempo dividida. Acaso la arquitectura artística de estos genios de ego mayúsculo, al igual que el arte moderno más aparentemente absurdo como el de Hirst, al final sirvan para provocar en nosotros una suerte de ictus tras el que, recolocadas nuestras impactadas neuronas, volvamos a la vida lesionados pero renovados con nuevas perspectivas. Vamos, que nos liberemos del alfiler y volvamos a volar. A lo mejor deberíamos llevar a Rajoy y a Mas (otra pareja infeliz) de las orejas a ver una exposición de Hirst. "El arte es un territorio que permite hacer convivir las contradicciones de la enunciación cuando nos rebelamos frente al estereotipo. Y lo hace no para reiterar una verdad, sino para hacer visibles las formas en las que el poder gestiona sus ideas de verdad. Devolviendo al sujeto la posibilidad de preguntarse y pensar por sí mismo, es decir, tratándolo como 'sujeto'". (Remedios Zafra, Ilusionarnos con lo común).

domingo, 11 de octubre de 2015

Ibaeta


 

En la penúltima entrada planteábamos un doble reto arquitectónico: ¿Cuáles de las fotos que habíamos subido como pertenecientes a la Fundación Champalimaud no pertenecían a realidad a dicho edificio? y ya puestos, ¿de qué edificio eran? Pues al fin desvelamos el misterio. Son la quinta y la octava las que se colaron donde no debían. No es por nada pero bastaba con trabajarse un poco la octava fotografía como hacía Deckard en Blade Runner para averiguar que se trataba del Centro Carlos Santamaría del campus donostiarra de la UPV, diseñado por el estudio local JAAM. Subo a continuación otras fotografías del Musikene (el Centro Superior de Música del País Vasco), en el mismo campus de Ibaeta, equipamiento a cargo de GAZ Arkitektoak previsto para inaugurarse el presente curso pero paralizado al producirse varios derrumbes en el interior del edificio. Su color, negro y dorado, está inspirado en los pianos de cola.

domingo, 4 de octubre de 2015

Ruinas


Es curioso cómo la arquitectura se infiltra en nuestras vidas sin que apenas percibamos cómo nos acaba afectando. Desde la acristalada caja de escalera de la fachada norte del hospital madrileño Ramón y Cajal, se observa una fábrica anodina de un color grisáceo que acaba convirtiéndose en compañera fiel de los que buscan allí algo de intimidad (tan mal protegida en los hospitales) cuando se hace difícil "descifrar la realidad del mundo con la pupila seca" (Fernández-Galiano). Al cabo de los días alguno caerá en la cuenta de que se trata de la Fábrica de Clesa, de Alejandro de la Sota nada menos, que fue noticia no hace muchos meses al plantearse el ayuntamiento su demolición por tratarse de un edificio en desuso convertido ya en ruina moderna. Siendo una obra, aunque menor, de un arquitecto tan insigne, no pocos pusieron el grito en el cielo (especialmente la fundación del arquitecto gallego) y recientemente se ha decidido rehabilitarla y darle una nueva vida. Desde lo alto del hospital encontrarás metáforas esperanzadoras en la recuperación in extremis de la desahuciada fábrica.

Y qué decir de la arquitectura del Piramidón, como en tiempos se conocía popularmente al mastodóntico Ramón y Cajal. Acongojan ya desde fuera sus exagerados volúmenes y por dentro su laberíntica distribución desorienta al más dispuesto. Perdido sin remedio en sus interminables pasillos en  momentos en los que precisamente lo que más se necesita es sentirse arropado y orientado, te darás cuenta de lo que vale un arquitecto. Algún alma caritativa, consciente del sindiós, ha dispuesto planos del edificio por doquier y una colorida señalética en el suelo que indica con descomunales flechas cómo llegar a distintas zonas del mastodonte. El hospital, convertido en centro de referencia de enfermedades neurológicas (con excelentes profesionales) se convierte así, como la fábrica, en otra interesante metáfora arquitectónica, esta vez de los intrincados entresijos de nuestro cerebro. 

Piranesi, según Linazasoro, afirmaba que "la ruina es la condición mediante la cual la arquitectura se manifiesta según su verdadera identidad". Lo mismo podría decirse del ser humano. Al igual que la arquitectura permanece a través de la propia ruina conservando la "memoria del orden", devenimos más humanos cuando la enfermedad deja al descubierto nuestra desconcertante fragilidad.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Fundação Champalimaud (Charles Correa)


La sombra de Kahn es alargada...

¿Perdona? ¿Que alguna foto no te cuadra? Pero qué me estás contando, ¿tú crees que este blog, que aspira a la excelencia sin concesiones, iba a cometer error tan burdo? De todas formas, para que veas mi talante conciliador, y sin que sirva de precedente, voy a comprobarlo.
Arrea, pues tenías razón. Nadie es perfecto. Oye, ya puestos, a ver si adivinas qué fotos son las que no corresponden a la Fundación y de qué edificio se trata. Seguro que como eres tan listo lo adivinas.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Londres, out of joint.


Se veía venir. ¿Te gusta la Trance Music? A mí sí, sobre todo en septiembre. Prueba este otro tema, también de Chicane, a ver si le pillas el gusto.




sábado, 29 de agosto de 2015

Esclavos cardíacos de las estrellas




"(...) ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre
el que no ha nacido para eso;
seré siempre
el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.

¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.(...).
(Fernando Pessoa, Tabaquería).

lunes, 24 de agosto de 2015

Museu Nacional dos Coches (Paulo Mendes da Rocha)





“-¿Por qué cree que no es posible enseñar arquitectura?
-Cada proyecto es una emergencia. Tienes que ir allí y ver qué es necesario hacer. Sólo puedes enseñar a los arquitectos a pensar dotándoles de conocimiento y destrezas.


 


 -¿Da usted clases?
-Soy ya demasiado mayor. Hay una ley en Brasil, sólo se puede enseñar hasta la edad de 70. 




-Es una lástima, los más sabios no pueden enseñar.
-Solía enseñar en el año final de estudio de diseño. No solía tratar de influir a mis alumnos demasiado porque eran casi ya arquitectos profesionales. Desde luego, piensan que lo saben todo, la verdad es que nadie sabe nada. Pero un buen profesor tiene que actuar como si supiera. La confianza es muy importante, no sólo el conocimiento. Cada problema requiere razonamiento, no soluciones preconcebidas. Sabes que no sabes, pero hay una urgencia de hacer algo. Tienes que descubrir el conocimiento, ésa es la clave”. 



 

(Paulo Mendes da Rocha entrevistado por Vladimir Belogolovsky en Conversations with Architects).


sábado, 15 de agosto de 2015

Gulbenkian (y 2)




 A ver, creo que nos habíamos quedado en torno a 1956, año en el que se estableció legalmente la Fundación Gulbenkian (el magnate había muerto un año antes) que de inmediato eligió emplazamiento para su sede, el Parque Santa Gertrudes como te decía, donde según el programa “el edificio quedaría totalmente contextualizado por los árboles y el parque, que se conservará”. Se eligió un panel internacional de arquitectos para seleccionar el proyecto en el que destacaban Francisco Keil do Amaral (un experto en parques, en Lisboa diseñó tres nada menos: el emblemático de Eduardo VII, cerca de la ubicación elegida para la fundación; el Parque Florestal de Monsanto, y el Jardim do Campo Grande), Carlos Ramos (autor de la sede de la RTP o el estadio de Restelo para el el equipo de Os Belenenses que se construyó aprovechando el cráter de la cantera que había servido para la construcción del monasterio de los Jerónimos nada menos, edificios ambos de apabullante modernidad) o John Leslie Martin (que a finales de los 70 diseñaría el Centro de Arte Moderno que cerraría el “campus” Gulbenkian junto al museo, las oficinas de la sede y el auditorio). 

 Uno de los objetivos que se proponía el programa –y quizá uno de los más interesantes- consistía en el hecho de que, en lugar de optar por arquitectos de prestigio (los starchitects del momento: Mies, Le Corbusier… al fin y al cabo el dinero no parecía ser un problema) el concurso se llevaría a cabo entre arquitectos locales al objeto de “hacer una importante contribución al desarrollo de la arquitectura contemporánea en Portugal”. Tres propuestas fueron presentadas, cada una de ellas diseñadas por un equipo de tres arquitectos. La unánime decisión del jurado, hecha pública ya en 1960, declaró ganador a la propuesta de Alberto Pessoa, Pedro Cid y Ruy Jervis d’Athouguia, todos ellos dominados en sus proyectos previos por un exacerbado fervor paralelepipédico. El resultado final sería obviamente una oda al ángulo recto en la que Chipperfield levitaría, y que, comparada (en maqueta) con el resto, casi parece la menos interesante de las propuestas (si me fío de las pequeñas fotografías que ilustran la competición en el interesante librito Gulbenkian Arquitectura e Paisagem de Ana Tostões y Aurora Carapinha del que estoy fusilando todo esto junto a la muy recomendable Guia de Arquitetura de Lisboa 1948-2013 de A+A y, cómo no, San Google cuando lo pillo, una de las pocas desventajas de la época estival es sentirte como un inmigrante digital, siempre a la busca y captura, cual ciberzahorí, de una zona wifi).

Detengámonos brevemente, te lo prometo, en la trayectoria del equipo elegido. Pessoa, presente con varios proyectos en la capital portuguesa, destaca por el poderoso Complexo da Avenida Infante Santo, cinco gloriosos bloques de viviendas de influencia claramente corbuseriana y, lo que son las cosas, por haber colaborado junto a Keil do Amaral en el diseño del Parque Eduardo VII. Por su parte Cid diseñó un importante complejo de viviendas similar al de Pessoa en la Avenida dos Estados Unidos. En cuanto a D’Athouguia, el más presente en Lisboa con diferencia de los tres (también fue de largo el más longevo), destaca por el icónico Edifício Roma proyectado junto a Sebastião Formosinho Sanchez, con el que también trabajó en el complejo Barrio as Estacas, llamado así por los pilotis sobre los que se elevaban los bloques (como curiosidad decir que Sanchez formaba parte de uno de los equipos perdedores que presentaron propuestas para el Gulbenkian: de colaboradores a competidores prácticamente al mismo tiempo, pues los proyectos mencionados se solapan temporalmente con el concurso del Gulbenkian). D’Athouguia es también responsable del urbanismo de la icónica plaza de Alvalade con sus varios contundentes bloques de viviendas y oficinas de 12 plantas, y el considerado en su momento el mejor instituto de Lisboa: la Escola Padre António Vieira de 1959, un claro antecedente del edificio de oficinas de la sede de la Fundación Gulbenkian salvo por la elevación sobre pilotis, que por cierto le habría sentado muy bien.

 Los tres edificios del complejo (museo, sede y auditorio), a falta como dijimos del Centro de Arte Moderno que se construiría entre 1977 y 1983, fueron inaugurados el 2 de octubre de 1969, suponiendo todo un revulsivo para la vida cultural lisboeta que Tostões no duda en llamar el “efecto Gulbenkian” (¿te suena?). El museo, el único edificio que visité, goza en su interior de una calidez sobresaliente, primero por el generoso uso de bellas maderas nobles y en segundo lugar (pero no menos importante) por sus inmensos ventanales abiertos al exterior y a los dos patios que horadan el paralelepípedo, lo que permite una intensa conexión con el frondoso parque que le rodea.  

El parque merece capítulo aparte. Es un elemento esencial en el proyecto (casi más que el edificio), como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta, como ya comentábamos, que el propio Calouste era un enamorado de la naturaleza; que el emplazamiento escogido había sido un parque (el Santa Gertrudes) diseñado por importantes arquitectos que se covertiría en un importante punto de encuentro de la sociedad lisboeta (recuerda que llegó a albergar el zoo de la ciudad), y que quizá el más influyente miembro del jurado (Keil do Amaral) había estado al cargo del diseño de tres parques en Lisboa. Uno se pregunta si el proyecto ganador, que, como también señalábamos, es el que tendría un perfil arquitectónico más bajo, no fue elegido precisamente para no quitar protagonismo al parque, cuya construcción, confiada a los arquitectos paisajistas Gonçalo Ribeiro Telles y António Facco Viana Barreto, llevaría seis años nada menos. De hecho los edificios fueron concentrados en una parte del terreno para dar protagonismo a la zona verde, que ya gozaba de interesantes especímenes arbóreos (algunos traídos de Francia por el jardinero suizo Jacob Weiss allá por 1866), todos ellos serían transplantados por Ribeiro y Viana para ser devueltos al nuevo jardín cuando acabaran las obras. Aparte de estos añejos árboles se compraron 330 más y 100 arbustos. El lago (que replica el que también tenía el Parque Santa Gertrudes), construido sobre el aparcamiento y otras estancias subterráneas, también fue cuidadosamente diseñado como todo en este parque artificial que sin embargo parece completamente natural. Se idearon varios senderos pavimentados con enormes losas de hormigón que conducen al paseante a una “sucesión de escenarios” en palabras de Ribeiro, “construidos por la luz y la sombra”. Por cierto que hace mucho que no pongo ninguna cita larga, así que ahí va una de Aurora Carapinha, autora a cargo del capítulo paisajístico del libro ya mencionado Gulbenkian Arquitectura e Paisagem: “Cada paso que damos, el juego de luces y sombras, de ver y no ver, crea un constante efecto de sorpresa, convirtiendo el jardín en una cadena de momentos imagéticos generados por nuestra progresión. Esta construcción otorga al espacio en el que caminamos una dimensión kinética que nos motiva a movernos, a descubrir”. Pensarás que es pura verborrea poética de relleno, pero te puedo asegurar que refleja con absoluta exactitud las sensaciones al atravesar este parque, que demuestra aún otra rara característica: “la casi perfecta sintonía entre materiales inertes y vivos”, de nuevo en palabras de Carapinha, “una dualidad que a menudo se considera contradictoria”.

 Cuando “sin otra brújula que el paisaje y la vida” (Fernández-Galiano) tu viaje te lleve a Lisboa, adéntrate sin falta en este parque insospechadamente high-tech, habita sus mágicos espacios y recuerda lo que dijo Pessoa (el poeta ahora, no el arquitecto): “Soy un técnico, pero sólo tengo técnica dentro de mi técnica”.



viernes, 7 de agosto de 2015

Gulbenkian



En la arquitectura y en la vida, a menudo lo que menos te esperas es lo que más te impacta. Hace unos días me acerqué al Museo y Sede de la Fundación Calouste Gulbenkian en Lisboa más por interés de mi santa contraria que por otra cosa y me quedé fascinado con el edificio y sobre todo con su entorno, un magnífico parque en el que los inmuebles de la Fundación  parecen emerger como ruinas modernas, algo así como esos templos mayas o hindúes que parecen haberse mimetizado con la jungla. Nunca el sobrio hormigón había sido tan fotogénico como en medio de esta cuidadosamente diseñada vegetación, y sin embargo por mucho que lo intentes difícilmente lograrás plasmar en fotografía esta curiosa simbiosis (conocía el edificio por fotos, y a pesar de ser un fan del hormigón, como ya te digo no estaba entre mis prioridades visitarlo en este viaje corto a la capital portuguesa). Mis fotos no son excepción, y cuando las veo me doy cuenta de lo difícil que resulta captar la oximorónica belleza de este recoleto parque verde y gris enclavado justo a la vera de la Praça de Espanha que hay que ver en persona.

Habría que empezar por preguntarse quién fue Calouste Gulbenkian. Con ese nombre es obvio que no era portugués. Nació cerca de la entonces Constantinopla, en 1869, en el seno de una próspera familia de comerciantes armenios. A los 27 años huyó de Turquía junto a su familia para evitar las matanzas de armenios (para muchos un auténtico genocidio) que se llevaron a cabo bajo el gobierno del sultán Abdul Hamid II ante la amenaza que suponía este grupo étnico para la integridad territorial del ya debilitado Imperio Otomano. Prontó recalaría Calouste en Londres, donde adquiriría la ciudadanía británica, y pronto también gracias a sus habilidades mercantiles amasaría una inmensa fortuna gracias al entonces incipiente negocio del petróleo (llegó a ser conocido como Mister 5% por la comisión que imponía para sí en la venta de sus valiosas acciones y negocios). Parte de su fortuna la emplearía en la compra de objetos artísticos de la más variada procedencia y estilo que empezó a almacenar en los años 30 en un palacete parisino hoy centro cultural a su nombre. Junto a su interés por el arte mostró un acendrado amor por la naturaleza, lo que le llevó a comprar una propiedad en Normandía que constistía principalmente en un enorme jardín -diseñado por él- donde le gustaba sentarse solo a disfrutar de los encantos naturales.

La Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina. Debido a un incidente diplomático (al parecer Gulbenkian habría mostrado una velado apoyo al gobierno colaboracionista de Vichy, aunque algunos hablan de oscuros intereses comerciales), en 1942 el gobierno británico le declaró "enemigo técnico". Aunque el estado revocaría su declaración al año siguiente, Gulbenkian ya había tomado la decisión de marcharse para siempre del Reino Unido e instalarse en Lisboa, en el lujoso hotel Aviz en el distrito de Avenidas Novas, donde viviría hasta su muerte en 1955. Londres acababa de perder la posibilidad de alojar la importante colección artística de Gubelkian, quien había mostrado interés en crear un museo en dicha ciudad pocos años antes. La capital del Tajo se ganaría al armenio para siempre, siendo la elegida para albergar la eclectica coleccion que llegaría a alcanzar más de 6.000 objetos incluyendo cuadros de Rubens, Van der Weyden, Rubens, Van Dyck, Corot, Degas, Manet o Monet, esculturas de Rodin o Houdon, y variopintas piezas de arte egipcio, turco, griego o japonés entre un largo etcétera. En su testamento final mostró su deseo de que se levantara un edificio exprofeso para albergar su colección. Es lo que hoy se conoce como Museo Gulbenkian.

No me resisto a hacer un pequeño comentario sobre la esposa de Nubar, uno de los hijos del magnate, la coruñesa Herminia Rodríguez-Feijoo Borrell, todo un epítome de la Belle Epoque: bella, deportista, amante de la fiesta y la velocidad (se dice que fue la primera mujer en sacarse el carnet de conducir en España, al poco estrellaría el lujoso Hispano-Suiza de su marido). Su matrimonio, que costaría a Nubar la enemistad con su padre, duró seis años, tras los que Herminia acabaría plantando a su cónyuge (ahí también demostró su carácter moderno) cuando éste tuvo un affaire con otra. Herminia moriría en 1971 en el pazo de Sigrás, cerca de A Coruña, donde acabó viviendo como una indigente. Scott Fitzgerald podría haber hecho una interesante historia con estos mimbres.



Pero retomemos, que esto no es el Hola. A poco de morir Calouste y siguiendo como decimos sus indicaciones, la Fundación creada por él se dedicó a buscar el emplazamiento en Lisboa para el museo y sede. Tras valorar cinco distintos lugares, se optó por el Parque Santa Gertrudes, una parcela triangular que desde hacía más de un siglo había sido lo que hoy diríamos una zona "verde". En 1860 fue adquirida por el político burgués y emprendedor Eugénio de Almeida, que levantó allí un palacio y encargó a Giuseppe Cinatti y Valentim Correia (ambos por cierto trabajarían en la restauración del Monasterio de los Jerónimos en Belém bajo la dirección del propio Almeida poco después) el diseño de un parque que sería atendido por el jardinero suizo Jacob Weiss. Almeida le dio el nombre de Parque Santa Gertrudes en honor a su madre e hija. Se da la circunstancia de que, en 1884, dicho parque devendría primer jardín zoológico de Lisboa (hoy en día no muy lejos de dicho emplazamiento, en Sete Ríos), y más adelante, a la par que se iba abriendo progresivamente al público, alojaría carreras de caballos y la Feira Popular. Finalmente, en 1957, el espacio fue comprado casi en su totalidad por la Fundación Gulbenkian, ya sabemos para qué: la construcción de una serie de edificios que, como indicaba el programa fueran "un perpetuo homenaje a la memoria de Calouste Gulbenkian y cuyas líneas reflejaran las características esenciales de su carácter: espiritualidad concentrada, fuerza creativa y sencillez de vida". Dicho edificio conquistaría el Premio Valmor en 1975 y sería declarado Monumento Nacional.




Como esto va para largo y te veo ya algo fatigado, casi que corto aquí y acabo el relato en otra entrada.