Estoy leyendo Obras de no ficción. Crónicas, breves y otros relatos de arquitectura de Inmaculada Maluenda y Enrique Encabo y llevo un par de días partiéndome el eje (de la risa) con la ocurrencia de otro crítico, Ángel González García, reflejada por los autores en uno de los relatos recopilados en su libro. González García sugería que, en su condición de facsímil, se adjudicase la autoría del nuevo Pabellón alemán de Mies van der Rohe en Barcelona (clonado en 1986 entre otros por Ignasi Solà-Morales, a quien mencionábamos por cierto en la pasada entrada) a "una suerte de Mies gemelar" que sugería llamar Mils van der Roch. Me parto, insisto. Recordemos que el edificio fue desmantelado al concluir la exposición universal de Barcelona de 1929, ocho meses después de ser levantado. Mies tendría así un doppelgänger, o por qué no, el propio edificio sería un doppelgänger del pabellón original en plan simulacro un tanto siniestro. Y ya puestos, toda la arquitectura moderna y los sucesivos rascacielos del International Style serían dobles fantasmáticos del Pabellón (y no digamos entre sí). Para susto arquitectónico -yo también quiero insertar relato si me lo permites- el que me llevé dando un plácido paseo por las afueras de la localidad extremeña de Olivenza, ya acariciando Portugal. Al pasar por delante del único instituto sufrí un desequilibrante dèjá vu que me hizo dudar de la dimensión espacio-tiempo. Su diseño era idéntico al centro en el que por aquel entonces impartía clases, en Coslada, a 450 kilómetros de allí. Supongo que el tal diseño tendrá otros doppelgänger repartidos por la geografía española, tremendo. Aún me dan escalofríos al recordarlo (medio en broma medio en serio dije a mis acompañantes que me sentía impelido a entrar, subir a un aula e impartir clase -¿y si al entrar me encuentro allí a un doble mío?-). Para concluir párrafo diremos que la resurrección del Pabellón de Alemania no es en absoluto un caso aislado, lo mismo se hizo, por poner un ejemplo, con el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París (1937), diseño de Sert y Lacasa. Una variante interesante serían los proyectos póstumos: John Hejduk, de quien hablábamos también en la entrada anterior, no vivió para ver alguno de sus curiosos diseños llevados a la realidad, así la Wall House II de Groninga o las torres en la Cidade da Cultura de Santiago. Eso sí, habría que otorgar su autoría a un alma gemelar como hacía González García con el Pabellón 2.0, que proponemos llamar Josh Hedjuz. Tenía que hacer la gracia.
El relato de Maluenda y Encabo venía a cuento porque estaban hablando de la intervención que Andrés Jaque acababa de hacer en el Pabellón de Mils allá por 2012 (casi todos los años algún arquitecto y/o artista se dedica a intervenir o directamente profanar con saña la mística perfección del edificio). A Jaque, autor del Colegio Reggio, arquitecto particularmente iconoclasta (y nada miesiano) se le ocurrió, entre otras cosas, tirar sobre el prístino estanque donde se despereza la estatua de Kolbe un carrito de la limpieza (¿quieres verlo? Eso se llama morbo, que lo sepas). Maluenda y Encabo lo ponen en relación con el trabajo de un tal Jeff Wall, que en 1999 realizó una instalación en el Pabellón de nombre Odradek -por el nombre de un objeto inclasificable que aparece en un relato de Kafka, mucho relato chungo hoy-, en la que el artista canadiense aprovechó para fotografiar en gran formato las labores de un empleado de la limpieza. También se me ocurre que podría recordar a la casi video-instalación que sobre la casa de Koolhaas en Burdeos rodaron Ila Bêka y Louise Lemoine y en la que Guadalupe Acedo, la señora de la limpieza española, era sufrida protagonista. Ella era la encargada de enseñarnos sus disfuncionales recovecos y achaques varios en otro sano intento de desmitificar la obra de uno de los grandes popes de la arquitectura y de reflejar lo que supone en el día a día sus fantásticas ocurrencias, ideales para los coffee table books pero quizá no tanto para sus moradores.
Volviendo al texto de Maluenda y Encabo, nos hablan de la recepción que tuvo en el momento de su inauguración el Pabellón original de Mies y nos mencionan a un tal Eliseo Sanz Balza, un visitante del pabellón lego en arquitectura que escribió un extenso artículo sobre la exposición de Barcelona (Notas de un visitante, publicado en 1930) y que seguro alucinaría con el diseño extraterrestre del Pabellón. Lo relacionan con la intención de Jaque: "Quizá, la intervención de Jaque en el Pabellón de Alemania replique esa mirada del buen salvaje, que encuentra algo parecido a una casa, con la escala de una casa y, qué remedio, lo interpreta como una casa. En realidad sus esfuerzos no se centran en responder a Mies, sino en volver a imaginarse como visitante perplejo". Buen salvaje como Guadalupe Acedo (o también, a su pesar, Edith Farnsworth), me he puesto a curiosear algo más sobre nuestro visitante con pocas esperanzas de encontrar algo sobre él pero Google me ha sido propicio. Resulta que he encontrado un artículo de José (sic) Quetglas, Pérdida de la síntesis: el Pabellón de Mies en Barcelona, publicado en 1980, que se inicia con una cita del artículo de Sanz Balza: "El arquitecto von (sic) der Rohe ha hecho algo modernista muy acentuado, con solo líneas horizontales y verticales, y con materiales ricos, como bloques de mármoles, del país e italianos, y dobles paredes de misterioso cristal. Resulta distinguido: raro por su estructura, con dos estanques, sala oficial y amplios pasillos. Se dijo que los cristales son misteriosos porque una persona colocada frente a uno de estos muros se ve reflejada como en un espejo, y si se traslada detrás de aquél, entonces ve perfectamente el exterior. No todos los visitantes se fijan en tan curiosa particularidad cuya causa se ignora". Quetglas comienza propiamente su artículo valorando como buen explorador lo que dicen los "indígenas", "porque ahí va a encontrar pronunciadas -sin traducción ni reserva alguna- las ingenuas emociones que despierta en el inmaculado salvaje cada impresión recibida". De hecho, la idea de los juegos de transparencias del cristalino pabellón, que Balza fuera uno de los primeros -si no el primero- en formular, es uno de los temas que Quetglas desarrollaría en su conocido libro sobre el edificio, El horror cristalizado, publicado en 1991 y del que este artículo es embrión. Eso sí, afirma que para ello no sirve cualquier "indígena" (qué colonialista está quedando esto), "sólo los ingenuos. Nunca los resabiados, que añaden sorpresas por su cuenta, que trazan pistas falsas que no conducen a lugar alguno, que describen emociones producidas sólo por el afán de interesar al extranjero". Ejemplo de tal neófito resabiado sería Nicolás Rubió, que en el mismo 1929 se permitía criticar el pabellón (Quetglas es defensor incondicional del edificio). Sin embargo, no deja de llamar la atención que en El horror cristalizado cite a Rubió pero no a Balza (y es que al final el colmilleo retorcido da mucho juego). También he encontrado algunas citas del artículo de Balza en un extenso libro que me compré hace tiempo y que creo no fui capaz de terminar, Mies en Barcelona. Arquitectura, Representación y Memoria de Valentín Trillo Martínez. Afortunadamente consta de índice onomástico, lo que me ha permitido localizar las citas de nuestro cronista. El libro se dedica a dar una visión más extensa de la exposición de Barcelona, que incluyó 26 muestras, 14 exposiciones y 11 pabellones abarcando 17.000 m2 pero fueron, según señala el autor, eclipsados por el famoso Pabellón, al igual que lo sería el trabajo de Mies, junto a Lilly Reich, en el diseño de interiores de los varios pabellones que aportó Alemania (recordemos que el de Aquisgrán solo hizo el diseño arquitectónico de uno, el hoy reconstruido). Trillo, inexplicablemente, no incluye la jugosa cita que pone Quetglas como portada de su artículo, aunque hay otras que sí pueden resultar interesantes, mi favorita, con la que empatizo por razones obvias, es una en la que vemos a Balza abrumado por su labor, que parece exceder sus capacidades. Así nos habla de la impresionante fuente iluminada que construyó AEG mediante su filial española para salvar las medidas proteccionistas del momento: "Llega el cronista a su natural fracaso. Menos mal que contra él se abroquela con la frase ya manida de "la fuente es indescriptible"; el que quiera saber cómo es que vaya a verla". A todo esto ¿sabemos quién era Eliseo Sanz Balza? Paso párrafo.
Nuestro buen salvaje era nada menos que primer teniente de caballería y respetado académico militar que colaboraba frecuentemente en la Revista Técnica de Infantería y Caballería con artículos que entraban en el debate que se generó en los primeros años del siglo pasado en torno a la eficiencia del Arma de Caballería en un contexto de mecanización armamentística, especialmente en lo tocante a la potencia y rapidez de disparo de las armas de fuego. Ya en las últimas décadas del siglo XIX se había empezado a ver lo anacrónico que podía resultar el uso de caballería en las batallas, así en la guerra franco-prusiana fue célebre la llamada "Cabalgada de la muerte de von Bredow", en la que este coronel prusiano se empeñó en mandar a sus caballeros contra los franceses en sucesivas cargas que, aunque a la postre le darían la victoria, diezmaron brutalmente la brigada a su cargo en salvaje carnicería para jinetes y monturas por igual. Balza, según nos cuenta Sergio García Pujades en "Entre la lanza y la ametralladora: Debates sobre el uso de la caballería en el Ejército español antes de la motorización (1903-1910)", comienza defendiendo la caballería tradicional, pero en sucesivos artículos se abre a formatos híbridos (como el uso de ametralladoras asentadas en carros tirados por caballos) donde podría mezclarse la rapidez de las monturas, principal ventaja del Arma y la devastadora capacidad de tiro de las armas ya casi automáticas. Es obvio el desnortamiento de los militares en dicha tesitura, momento en el que se buscaron curiosas soluciones como la creación de brigadas ciclistas (de origen francés llegarían a su máximo exponente en el ejército italiano: los futuristas, cómo no, formaron una nutrida brigada velocipedista en la Primera Guerra Mundial en la que combatió -y murió- Sant'Elia). Pues eso, que no sabemos muy bien qué pintaba un teniente de caballería haciendo la crónica, a menudo arquitectónica, de una Exposición Universal. Como buen salvaje del tipo inocente, por tanto, Balza no tiene rival. De hecho, como sabemos, sacó adelante su artículo que aún es posible conseguir.
Luis Fernández-Galiano nos reseña en el último Arquitectura Viva, dedicado a la impresionante obra del estudio chino ZAO, el libro El atlas rupestre firmado por Vicente Moreno García-Mansilla, hermano gemelo -este de verdad- de Luis, quien formara con Emilio Tuñón uno de los estudios más importantes de nuestro país, autor por ejemplo de la Galería de Colecciones Reales madrileña. El autor ha conseguido, según Fernández-Galiano, un logro excepcional, al interpretar signos paleolíticos del arte rupestre como mapas del territorio donde se asientan. ¿Es Vicente Moreno arqueólogo, historiador o académico del ramo? En absoluto, es ingeniero naval. Pero su afán de conocimiento sobre el tema, que evidentemente le apasiona, le ha llevado a completar este "deslumbrante" volumen que acaba de publicarse. Quizá con cierto complejo de culpa, hace además un repaso de otros buenos salvajes que sin ser expertos, realizaron importantes descubrimientos: Heinrich Schliemann (un empresario) hallando Troya y la tumba de Agamenón, Henry Creswicke Rawlinson (un militar), descifrando el idioma acadio, Marcelino Sanz de Sautuola (un abogado) descubriendo Altamira, etc. El título de la reseña es Elogio del lego.
Nos gustaría terminar como empezamos, con Maluenda y Encabo. En otro de los artículos de su libro dedicado a una exposición sobre los Eames se plantean si las sucesivas retrospectivas con arquitectos tan conocidos tienen aún sentido: "Quizá la ignorancia sea un atributo imprescindible para la revisión del propio bagaje cultural. Quejarse de inocencia, lo que hay que oír". Ojalá pudiéramos nosotros incluirnos en el pack de neófitos inocentes (quizá al principio) pero somos indígenas del tipo resabiado que decía Quetglas. Qué se le va a hacer.

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