sábado, 7 de enero de 2017

Límite 48 horas

Contrarios buscándose en Les Glòries

¿Si tuvieras dos días escasos para visitar la Ciudad Condal, qué elegirías ver? Formidable dilema planteo, mi querido lecteur. Ante los múltiples atractivos que ofrece ciudad tan brutalmente estimulante resulta bien difícil escoger, algo así como entrar en pastelería sabiendo sólo puedes escoger uno, dos, tres a lo sumo de los muchos (a la par que deliciosos todos ellos) pastelillos que se te ofrecen a la vista. Si a ello unes que debes contentar a un heteróclito grupo conformado por mí mismo, freak feroz de la última arquitectura, una contraria de gustos mucho más históricos y dos niños de corta (pero ya agotadoramente reivindicativa) edad, el reto roza la manida Mission Impossible.  
El desconcertante Museu del Disseny ("la grapadora") de Bohigas
La solución ante tesituras de tamaño calibre radica siempre en ofrecer una respuesta horizontal e inclusiva. Que no es otra cosa que el consabido consenso. Acordamos que mi contraria decidiría un lugar, un servidor otro y elegiríamos un tercero pensando en los peques (secretamente me reservaba una coda final justo antes de emprender la vuelta el último día). Mi medio pomelo seleccionó rauda nada menos que el Museu Egipci, toma castaña, así que yo, que estaba en duda entre varias opciones, me decanté por lo más rabiosamente moderno que tiene la ciudad: el Museu del Disseny  inaugurado hace un par de años, más por el continente (de Oriol Bohigas nada menos) que por el contenido, aunque tras el vértigo temporal experimentado en el museo egipcio -cuya visita, que conste, recomiendo encarecidamente-, con piezas de más de cuatro mil años de antigüedad, creo que nos convenía, pardiez, un poco de estricta contemporaneidad representada, por poner solo un ejemplo palmario, en la famosa exprimidora Braun Citromatic MPZ-2 del mítico Dieter Rams que luce expuesta en el museo como si del busto de Nefertiti se tratara. El debate está servido tras tan traumática mezcla, recomiendo encauzarlo en la magnífica cafetería del museo donde, rodeado de una cálida decoración escandinava, puedes disfrutar a precios módicos de comida de verdad, la cuadratura del círculo, vamos.

La otra manzana de la discordia
En el libreto del video de Arquia en el que Oriol Bohigas es entrevistado por Luis Fernández-Galiano, éste tildaba al Museo del Diseño, último proyecto por ahora del catalán, de "provisional y desconcertante colofón" de una apabullante carrera iniciada en los 50 con sus socios Josep Martorell y David Mackay (MBM) dentro del Grup R en el que militaron, entre otros, Coderch, y que alcanzaría su máxima expresión en la reorganización urbanísitica de Barcelona para las Olimpiadas del 92 que llevaría al RIBA a conceder, por primera vez en su historia, su medalla de oro a toda una ciudad en lugar de a un arquitecto (Bohigas es calificado nada menos como "el autor intelectual de la Barcelona contemporánea"). Fernández-Galiano, ya en la entrevista,  no pierde ocasión de incidir, de manera amistosa, en la contradicción que supone defender, como lo ha hecho siempre Bohigas, una arquitectura de la continuidad respetuosa con el tejido urbano y descolgarse, a la vejez viruelas, con semejante edificio "escultórico", icónico, ajeno y, como mínimo, extraño. El catalán se defiende argumentado que en semejante emplazamiento (la plaza de las Glòries, un enorme y desangelado espacio que nadie sabe cómo urbanizar una vez desmantelado el scaléxtric), lo único que tenía sentido era eso, una forma alienada que para colmo se veía obligada a dialogar con la no menos icónica torre de Nouvel, tan decididamente orgánica, contraponiéndose a ella, quizá única opción ante lo arduo de dicho empeño, a base de líneas horizontales (Bohigas habla de una "cama") y crudas aristas. Su diseño parecería por lo demás completamente aleatorio en sus formas, pero al parecer no es así: sus descomunales voladizos (que le han ganado el mote popular de la grapadora) responden a un deseo de no ocupar espacio público, y sus incisivas formas en realidad enmascaran un complejo programa de conexiones con calles y espacios que se encuentran a distintas cotas. Con todo, la sensación al verlo, la verdad, es algo así como de perdidos al río. 

El interior merece comentario aparte. El edificio se transforma completamente una vez entramos en él, todo lo que tiene de amenazante y oscuro por fuera lo tiene de alegre y amable por dentro. Pintado de amarillo en muchas zonas, y con un atrio amplio y algo desgarbado pero luminoso y sociable (ya hemos mencionado la cálida cafetería), rezuma por doquier optimismo y joie de vivre, trasunto, nos da la sensación, del propio arquitecto. En la biblioteca que alberga el edificio podemos leer, en grandes caracteres, una cita de Einstein: "L´única cosa imprescindible que has de saber és on hi ha una biblioteca". Otro de los detalles curiosos sería el espacio que alberga el extremo del voladizo que da sobre la desarbolada (nunca mejor dicho) plaza de Las Glòries, donde Bohigas sitúa una sala en la que la única obra expuesta es la propia plaza a través de un enorme mirador. El ventanal no tiene la función de aportar luz al interior de las salas, ya que una muda pared que va de un extremo a otro del espacio impide su paso, apoyado en dicha pared el arquitecto dispone un banco corrido para que el visitante pueda descansar y de paso puede decirse que le obliga a observar la plaza (no tiene otra). Teniendo en cuenta como venimos diciendo lo desangelado y nada agraciado que es este vacío urbano (tan extraño en una ciudad con un tejido urbanístico tan cuajado: por dimensiones y proporciones de sus edificios, ojo, no por el pijerío, ¿podría decirse que el Passeig de Gràcia es la calle perfecta?), una de dos, o Bohigas tiene un sentido del humor rayando en el cinismo o muestra de nuevo aquí ese optimismo del que hablamos al confiar que, en un futuro (seguramente no muy cercano), esta plaza quede resuelta con maestría por la siguiente generación de arquitectos y sea al fin digna de contemplar. Sin duda nos decantamos por la segunda opción.


Pero dejemos ya Les Glòries y sus artefactos inconexos (por ahora). Con todo, si quieres saber algo más de Oriol te dejo con este artículo en el que el propio arquitecto nos da algunas de sus claves vitales. Llegados a este punto quizá te estarás preguntando qué elegimos ver para motivar un poco a los retoños: fue la Casa Batlló (muy cerca del Museo Egipcio) de Gaudí, que es lo más parecido que puede haber a un parque temático infantil. Y puedo decirte que acertamos del todo. Además, a la entrada nos dieron una especie de mini tablet con un programa de realidad aumentada que explicaba de manera muy amena los distintos espacios del edificio (teniendo en cuenta el agobiante tumulto de gente que pugnaba por recorrer el edificio, a veces veías mejor la habitación en cuestión a través del aparatito que en la realidad. Qué locura). Pero, aparte de los lugares programados, la ciudad, que esconde un estímulo arquitectónico casi a cada vuelta de la esquina, nos ofrecía inesperados regalos a nuestro paso, muchos realmente destacables, como el mercado de Santa Caterina, que desconocía (por mucho que lo haya visto en foto), de EMBT y alguno tremebundo, como la dragqueenización que, con saña y alevosía, Rogers ha hecho de la antigua plaza de toros de Las Arenas, instalando en ella un centro comercial con el mismo espíritu rompedor que el Pompidou. En foto no me había horrorizado tanto, pero en vivo y en directo es para salir corriendo.

Para la mañana final, como decía, me guardaba un as en la manga que sabía que a mi contraria le iba a gustar, no en vano Mies es tan histórico como cualquier faraón. Como ya habrás adivinado por previas entradas se trata del pabellón alemán de la exposición mundial celebrada en Barcelona en 1929 que fue construido con el único propósito de organizar un encuentro institucional con Alfonso XIII (vaya, otro salón de reinos). Teniendo en cuenta lo brutalmente moderno que aún hoy resulta, no quiero ni pensar cómo se quedaría el monarca al verlo. Tras la exposición fue desmantelado completamente y sólo quedaron restos de los pilares cruciformes seccionados a ras de suelo, uno de los cuales se conserva en la tienda cual reliquia miesiana. Hace justo 30 años fue reconstruido prácticamente idéntico por iniciativa, entre otros, del propio Oriol Bohigas. Aunque la ignorancia es muy atrevida -como demuestra el presente blog- no me atrevo con este miura. Sólo comentar que sentí (sentimos) estar en un lugar único, un manifiesto arquitectónico radical, gélido pero hermoso, de una pureza tan intensa que resultaba casi incómoda, inhumana (llegas a sentir que sobras). La calma ficticia antes de la terrible tormenta. Toda una experiencia fenomenológica, que diría Pallasmaa. En pleno arrobamiento me pedí para Reyes en la tienda el Atlas que la Fundación Mies van der Rohe acaba de editar, un libro con el que tengo para años de lectura.

Y acabo con una cita que encuentro hoy mismo en El País y que nos viene al pelo para cerrar la entrada. Habla Winy Maas (MVRDV): "Un icono también puede asociarse a transformaciones positivas. Sería una pena no volver a construir con voluntad de marcar las ciudades. la mejor arquitectura es la que construye lo inesperado y transforma los núcleos urbanos y el punto de vista de los ciudadanos. Un marco neutro no sirve. (...) No todo el mundo puede ni debe hacer cosas pequeñas, casi invisibles. (...) Ser arquitecto te obliga a creer en el futuro. Lo tienes que imaginar. Ante un gran edificio, tienes que pensar en cómo será el mundo en diez años. Eso requiere imaginación y capacidad de observación y riesgo. Si uno no mira hacia el futuro, cuando llega está más atrás que cuando comenzó".     






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