domingo, 15 de enero de 2017

Arquitectura infantil

The Kid´s Causeway
Impactante documento traigo hoy. Observa la foto, de 1978, con detenimiento. Es un parque infantil brutalista en Pimlico, barrio del centro de Londres. Pero cómo se puede ser, efectivamente, tan bruto. Como uno de los niños pierda el equilibrio (el que accede a la plataforma, con camiseta blanca, está a punto), de la toña que se mete acaba con fracturas múltiples (fíjate que la plataforma está en pendiente y "protegida" por una barandilla por la que podría colarse un luchador de sumo para facilitar la caída). El extraño parque, que parece imitar la curiosa formación geológica norirlandesa de nombre La calzada del gigante (The Giant´s Causeway), a lo que se ve quiere igualmente mimetizarse con el entorno de hormigón tan típico de los 70, cuando la fiebre de los high-rises residenciales llegó a lo más alto en el Reino Unido. Otra cosa me llama la atención, ¿dónde estarán los padres de estos aguerridos muchachos? Probablemente observándoles desde el piso 10 del bloque aledaño. Hoy eso no pasa, claro, los niños están siempre acompañados en los parques por mamás, papás y cuidadoras, aunque si lo piensas, como mientras tanto todos ellos suelen practicar el phubbing, los niños se nos escoñan igual. Al menos los parques no son de hormigón armado. ¿Cómo? ¿Que qué es eso del phubbing? Averígualo aquí.

En fin. Del brutalismo inglés, hijo del primer Le Corbusier, ya hemos hablado en este tu blog, a dicha entrada me remito. Por cierto que la foto de arriba es del RIBA, y aparece en una exposición en el Vitra Design Museum de Basilea en la que los Assemble  (los arquitectos militantes que inesperadamente ganaron el Turner hace dos años) han reproducido los parques infantiles brutalistas -en suave gomaespuma- para que los chavales, ahora sí, puedan rodar sin miedo a hacerse una brecha: no te pierdas las fotos aquí.

La rentrée postnavideña qué dura es. Toca reconectarse a nuestra segunda vida virtual, circunstancia que al parecer ha devenido impepinable (cómo me recuerda todo esto al premonitorio libro Microsiervos de Douglas Coupland, las tecnoadicciones de una panda frikis de los 90 ya son epidemia mundial) y enfrentarse al síndrome de abstinencia de dulces de toda calaña. En mi caso, el número doble de AV dedicado (y van cuatro) a Herzog y de Meuron, me ayudó a pasar el trago. El artículo de entrada (La mano en llamas) de Fernández-Galiano, interesante pero (o quizá por lo) duro de roer gira en torno al libro que el dúo suizo acaba de publicar: Treacherous Transparencies (Engañosas transparencias, ya publicado en español por GG), que relata la visita que ambos arquitectos hicieron a la mítica Casa Farnsworth de Mies (otro moderno como Corbu aunque no le diera por el hormigón), que no es otra cosa que el Pabellón de Barcelona convertido en etérea vivienda. Lo que en un primer momento podríamos pensar iba a ser el relato de una epifanía arquitectónica se convierte pronto en la crónica de una decepción no anunciada (H&dM serían, como señala Fernández-Galiano, seguidores indirectos -via Aldo Rossi- de van der Rohe).  Los suizos, "hallan en la Farnsworth una belleza que no ofrece cobijo, ignorante de los aspectos psicológicos de la arquitectura, e inferior a los ejemplos que ilustran de arquitectura primitiva o vernácula". La arquitectura que solo se sirve a sí misma, y no a la gente, ya sea en un parque londinense o en una pradera de Illinois, no funciona. H&dM defienden frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campo de fuerzas debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". (Por cierto que Santiago de Molina ya se había adelantado a los arquitectos de Basilea, señalando un detalle bastante chusco de la casa en cuestión).

Levantemos un poco la vista de nuestras pantallas, a las que nos ata una esclavitud autoinducida, y observemos ese flujo impredecible de la vida que es el mayor regalo que se nos puede hacer. Muñoz Molina es el que despide hoy la entrada: "Un contemplativo no es un místico. Es alguien que se queda extasiado de pura atención ante una maravilla cualquiera del mundo exterior: un río, la gente que pasa tras la ventana de un café, un cuadro, un árbol, una pieza de música, la belleza de alguien, el extrarradio de una ciudad desplegándose en la ventanilla de un tren, la tipografía de un cartel, el reflejo de la calle en un escaparate, un libro [,un edificio]". (Antonio Muñoz Molina, La risa de Eça de Queiroz en El País de ayer).

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