viernes, 26 de junio de 2015

Tráfagos



"La Nave Neomudéjar, actual Centro de Artes de Vanguardia de Madrid, dependía en jerga ferroviaria del Servicio de Explotación o Movimiento y se denominaba como Taller de pequeño material y telégrafo. Estos eran talleres con humildes instalaciones y un número muy reducido de empleados (asalariados temporales), que fueron los que iniciaron en 1885 la primera revuelta sindical ferroviaria por las diferencias salariales y la precariedad con el resto de empleados con contratos fijos. 
En estos talleres se reparaban y construían grúas, básculas, cajas de fondos, muebles, lonas, farolillos y demás pequeños accesorios. Al ser tan variado el material a realizar, el taller se subdividía en minúsculas secciones: taller de carpintería, básculas, hojalatería, fragua, pintura, cerrajería, lonas, tapicería, electricidad y telégrafo (donde se reparaban además relojes, aparatos telegráficos y teléfonos) que hemos querido conservar con su nombre original, así como el propio La Neomudéjar, que es como los operarios se referían de manera coloquial al edificio, del estilo arquitectónico que le representa. 
Este edificio simboliza un patrimonio arqueológico de la llamada Revolución Industrial de los siglos XVIII/XIX y es el único resto de un enorme entramado de talleres y naves que han ido desapareciendo según crecía el complejo de Atocha. La Neomudéjar es la representación de un mundo, el ferroviario, que ha hecho tanto por esta ciudad y su modernización, siempre a la vanguardia de la arquitectura y los avances tecnológicos. 
Su estructura incorpora las técnicas más novedosas de su época de construcción en hierro, como la cercha o cuchillo "diente de sierra" del sistema Polonceau y otras novedades como el sistema de Dion, tomado de la Exposición Universal de París de 1878. La arquitectura de este edificio y su testimonio es símbolo mudo de casi siglo y medio de la 3ª línea de ferrocarril española y un pedazo de la historia de esta ciudad". (La Neomudéjar, nº7)

"Tráfagos, fuerzas urbanas,
trajín de hierro y fragores,
veloz, acerado hipogrifo,
rosales eléctricos, flores
miliunanochescas, pompas
babilónicas, timbres, trompas,
paso de ruedas y yuntas,
voz de domésticos pianos,
hondos rumores humanos,
clamor de voces conjuntas,
pregón, llamada, todo vibra,
pulsación de una tensa fibra,
sensación de un foco vital,
como el latir del corazón
o como la respiración
del pecho de la capital".
(Rubén Darío, Canto a la Argentina).

"Una ciudad viva no es limpísima ni higiénica; es un abanico de posibilidades desarreglado pero lleno de vitalidad". (Deyan Sudjic, B de Bauhaus)

domingo, 21 de junio de 2015

Palabras sueltas


Hoy te voy a llevar de paseo arquitectónico por una calle madrileña breve pero de rancio abolengo, la del Monte Esquinza. ¿Que a santo de qué? Ya te explicaré, no me seas ansioso. Tú déjate llevar, relájate y disfruta.

La  nueva Audencia (pero ¿no le han añadido alturas?)
Accedemos a la calle en cuestión desde la calle Génova, que te sonará porque en ella se encuentra la sede del PP, edificio que goza de una famosa y robusta marquesina a la que (ciertamente en otros tiempos) se encaramaba la cúpula del partido a celebrar éxitos electorales. Un poco más abajo de dicha sede, justo en frente de la Audiencia Nacional, que descubro ha sido felizmente actualizada (el antiguo edificio tenía un aire a fatigado hotel playero que echaba para atrás) arranca Monte Esquinza, con un edificio galáctico que dialoga a palos con los palaciegos bloques de viviendas de nuestra recoleta calle, en cuyas fachadas no será raro ver inscripciones con el nombre del arquitecto que los levantó y el año de su construcción, señal indiscutible de que estamos en una calle con una marcada vocación de excelencia arquitectónica.

El bloque de Cantalauva


Nada más adentrarse en la calle llama la atención un magnífico bloque de viviendas que me recuerda al Palacio de Comunicaciones (hoy ayuntamiento) de Antonio Palacios, aunque se trata, según se puede leer en la fachada, de una obra de un tal "T. Cantalauva, arquitecto". Gugleo y descubro que la T. es de Tomás, y que al edificio en cuestión (de 1912) se le conoce por el nombre de su primera propietaria, Enriqueta Sánchez-Rueda. Como curiosidad, te diré que en el periódico La Monarquía del 1 de abril de 1911 aparece consignado don Tomás, con despacho en Lista 29, en un directorio de arquitectos. Y en una publicación especializada de la época (El Eco de la Construcción) se hace referencia al edificio, destacando como gran avance que incorporará un sistema de cableado que hará posible la comunicación entre la portería y los pisos. Por lo demás la huella digital del arquitecto no parece muy marcada. Pero sigamos adelante.
Presunta plaza de toros británica


Avanzamos por la calle y nos encontramos con un extraño edificio que hace raya con el resto de los envarados paralelepípedos de la zona. Se trata de un enorme cilindro  que duerme el sueño de los justos (aunque volvió inusitadamente a la vida hace dos años como sede de Casa Decor) y fue de 1966 a 2009 nada menos que embajada británica, hoy alojada en una de las Cuatro Torres de la Castellana. Los arquitectos, el británico W.S. Bryant y el madrileño Luis Blanco-Soler (el arquitecto de El Corte Inglés) dijeron inspirarse en un coso taurino, de ahí su forma (a saber). La ficha del RIBA, menos imaginativa que todo eso, cataloga al edificio como brutalista y punto. Su dueño es en la actualidad un empresario vasco que lo compró a los ingleses por 50 millones de euros, veremos qué hace con él. Sigo caminando y me encuentro inesperadamente con un viejo amigo, el Goethe Institut, y mira tú por dónde este paseo deviene safari sentimental, pues en este sobrio edificio estudié alemán unos cuantos años y en estas calles hice guardias nocturnas sin fin para poder matricularme (la demanda era brutal, casi tanto como para el British Institute, muy cerca de aquí por aquel entonces, que también frecuenté varios cursos). Hablo de los 80 y primeros 90, una ignota época en la que aún no había internet y todo se hacía presencial. Menuda lata.

La "palabra suelta" de Carvajal
Tranquilo, estamos llegando a nuestro objetivo. Tras dos sustos arquitectónicos de juzgado de guardia (un bloque moderno de un terrible color entre fucsia y morado y una piel llena de pústulas y otro que parece querer evocar los hormigones mullidos de Fisac pero que en esta calle no pega ni con cola) nos encontramos con otra sorpresa más, un estilizado edificio de hormigón que pegar, no pega mucho tampoco, pero al menos destaca por su elegancia. Para que veas que voy cogiendo nivel, lo primero en que pensé cuando lo vi fue en Carvajal (parece una versión mini de la torre de Valencia), y efectivamente, cuando me cambié de acera (en sentido literal) a la vuelta del paseo me topé con una de esas gruesas placas de bronce que data el edificio (1966-70), nos da su autor y de paso algunas explicaciones sobre el inmueble, en concreto una cita muy reivindicativa del propio Carvajal que transcribo: "El hormigón que para mí ha sido tan sugerente quiso ofrecer más cosas de las que se suelen hacer con él, más allá de estructuras que se ocultan... Quise decirlo así y ahí está Montesquinza, como palabra suelta, junto a otras palabras sueltas de otros arquitectos porque no demasiadas veces nos dejan decir a los arquitectos las palabras nuevas y distintas". J.C. 

¿La fundación de Foster?
Y por fin, cuando nuestra calle a punto está de morir en la de Jenner, hallamos el destino de nuestro pequeño peregrinaje arquitectónico, que no es otro que el palacete de Saldaña que en su día Norman Foster comprara a Cajamadrid, y que también por cierto alojó una embajada (la de Turquía), aquí ya hablamos de él. Recientemente fue objeto de polémica porque tras rechazar Patrimonio las obras de adecuación para convertirlo en una fundación abierta al público, Foster declaró que renunciaba a hacer dicho proyecto (aquí tratamos el tema), para desesperación de profesionales y aficionados. El caso es que en el último Arquitectura Viva (174), me he quedado de piedra al ver que se da por hecho que la fundación existe en dicho palacete, en una entrevista que con ocasión de los 80 años recién cumplidos del británico conduce Fernández-Galiano (arquitecto de la palabra) precisamente en dicho edificio, del que se ven fotos en las que efectivamente podemos distinguir maquetas de obras significativas y dibujos de proyectos del de Manchester. Quizá la entrevista habría sido aún más interesante (pero también menos elegante) si don Luis hubiera sacado el tema. En todo caso para eso me acerqué a Monte Esquinza, es obvio que no esperaba que Norman y Elena me recibieran con un gin-tonic, pero al menos esperaba ver algún tipo de pista (otra placa más) indicando la existencia de dicha fundación, no es así: no hay señal alguna que nos indique lo que se esconde tras la fachada del palacete. Sí es obvio es que el edificio (tanto por fuera como por dentro) está primorosamente restaurado, confiemos que en un futuro todo esto no quede en palabras sueltas, sino que se pueda visitar y se organicen exposiciones y eventos. Mientras tanto siempre podremos decir que hemos vuelto de nuestro viaje, como en la Ítaca de Kavafis, un poco más sabios.

domingo, 7 de junio de 2015

Zaha en estado puro



"Le dije que pensaba en ello como un Picasso. Hay cuadros que no son solo Picassos, sino Picassos-Picassos. Pedí a Zaha que diseñara un edificio que fuera un Zaha-Zaha. Le gustó la idea", confiesa Eugene Rogan hablando del recién estrenado edificio Investcorp de la Universidad de Oxford. Rogan, director del centro de Oriente Medio de la facultad de Saint Antony al que el Investcorp aporta más espacio para archivo, sala de lectura, salón de actos y oficinas, se muestra arrobado perdido ante la nueva creación de Hadid, que él mismo escogió a dedo (no hubo concurso previo) allá por 2003: "Cada línea significaba algo. Es alucinante. Estoy enamorado de este edificio y no puedo esconderlo", según cuenta a The Independent. Lo compara a Dalí y a una "mancuerna fundida". Otros menos entusiastas hablan de una ballena varada o una trompetilla. Para Hadid es un "puente blando". Y así podríamos seguir todo el día.

El edificio es Zaha en estado puro: culebrea en torno a una centenaria secuoya que la anglo-iraquí quiso salvar (como si necesitara de ese tipo de excusas para levantar sus volúmenes imposibles) y le dota de una cobertura metalizada que refleja los edificios aledaños de piedra, ladrillo y cemento. Aunque pequeño para lo habitual en Hadid (tiene 1.200 m2 y costó unos 15 millones de euros), ha debido tener su significado para la arquitecta, no en vano su difunto hermano Foulath fue miembro de dicha facultad y en los 60 su muy admirado Niemeyer hizo un diseño para un anexo justo en este mismo emplazamiento que nunca llegó a realizarse (Rogan atesora sus planos). Probablemente los 25 lucernarios ovales que Hadid ha dispuesto sobre el lomo de su metálica serpiente estén inspirados en los ojos de buey que el brasileño había pensado para su edificio.

Esto de dar a un starchitect carta blanca, e incluso espolear su ego (como si a Zaha le hiciera falta), tiene sus peligros. Puede acabar saliendo una caricatura penosa, como vimos en el también edificio universitario de Gehry en Sídney. Nos tememos que a Piano le pasó tres cuartos de lo mismo con la Fundación Pathé. Lo que sí está claro es que habrá pocos que acudan a sus trabajos tan motivados como Eugene Rogan. Hay gente con suerte.


Más magníficas fotos del edificio (de Luke Hayes) aquí.

domingo, 31 de mayo de 2015

Muñoz Molina sobre el Whitney

Piano, en pose balderunneriana


"En las calles del Meatpacking District que llevan al nuevo Museo Whitney el pavimiento sigue siendo el de hace veinte o treinta años, el mismo que pisaba uno cuando este barrio, todavía a finales de los noventa, olía intensamente a carne picada y a carne podrida, a sangre y a sebo, a los residuos últimos y a las carcasas peladas de los animales sacrificados en los mataderos.... (sigue leyendo este brillante artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado ayer en Babelia, aquí).

domingo, 24 de mayo de 2015

El tiempo entre costuras

"Tratamos de crear una situación en la que lo viejo y lo nuevo pudieran trabajar suavemente juntos"
El diablo, el papa (el anterior) y Koolhaas visten de Prada. El  holandés, que ha trabajado a menudo con la empresa italiana creando sus tiendas insignia en Los Ángeles y Nueva York, un pabellón temporal en Seúl que podía rotar e incluso varias pasarelas para desfiles (diseñadas por AMO, el think tank de OMA), acaba de estrenar en Milán la Fondazione Prada, un museo a mayor gloria de la centenaria firma. Puedes ver al holandés aquí posando junto a los Prada y Matteo Renzi en la fiesta de inauguración del museo a la que asistieron glamurosas celebrities del mundo del arte como Damien Hirst, Steve MacQueen, Obrist, Kapoor o Dasha Zhukova (con quien Rem ha trabajado en el museo de arte contemporáneo Garage de Moscú). Me tienta, y mucho, hablar de algunos de sus alucinantes estilismos, pero eso sería demasiado off-topic.

Centrémonos en el museo. OMA ha cogido una antigua destilería desperdigada en varios edificios a las afueras de Milán y  le ha dado una vuelta renovando los antiguos pabellones y creando tres nuevos: el llamado edificio Podium, que albergará exposiciones temporales, un cine envuelto en espejos (donde estos días se proyecta un documental sobre Prada a cargo de Polanski) y una torre de hormigón, aún no finalizada, que será una especie de silo donde se almacenen obras de arte. Teniendo en cuenta la gran extensión del campus (el doble de grande que el nuevo Whitney), sorprende la necesidad de construir en altura, pero por supuesto Koolhaas lo explica: "Por alguna razón el arte se siente diferente a ras de suelo que en un piso 10". Pues claro. Los sobrios almacenes preexistentes son tratados por Koolhaas, como él mismo recalca, con el máximo respeto. Buena muestra de ello es la piel dorada (es una lámina de oro de verdad) con la que ha envuelto uno de ellos, el que el propio arquitecto denomina "Casa encantada" por el estado calamitoso en que se encontraba. Gracias a esta respetuosa intervención el adusto edificio tiene ahora un cierto aire a nightclub de carretera.

El objetivo del proyecto, volvemos a citar al autor de S, M, X, XL, es la interacción entre lo nuevo y lo viejo: "Aquí lo nuevo y lo viejo se enfrentan entre sí en un estado de permanente interacción. No están pensados para ser vistos como una unidad. No trabajamos con el contraste sino con lo contrario, tratamos de crear una situación donde lo viejo y lo nuevo puedan trabajar suavemente juntos, y de hecho aparecen a veces fusionados de tal manera que no puedas distinguir en ningún momento si estás en una situación nueva o vieja. Esa fue exactamente nuestra ambición" (parece un consejo para los futuros gobiernos, previsiblemente fragmentarios, que salgan de las elecciones de hoy: ¿Sabrán nuestros políticos hilar tan fino?). Lo de trabajar suavemente juntos (seamlessly es la palabra que usa el arquitecto, esto es, sin costuras -seam-, de manera fluida, sin interrupción), no acabamos de entenderlo viendo algunas de las fotos, que muestran unos tremendos costurones que recuerdan a la desdichada criatura ensamblada por Victor Frankenstein. Y por cierto, más sorpresas: la cafetería está diseñada nada menos que por Wes Anderson, el director de El gran hotel Budapest, en su inigualable estilo.

Aunque haya dado la impresión contraria me gusta el proyecto, me encantaría verlo. Koolhaas, de nuevo como Frankenstein, ha dado vida a un conglomerado de edificios muertos y sin valor que eran carne de piqueta. Lo único que nos gustaría es que, de una santa vez, hubiera coherencia entre lo que dice y lo que hace. A veces tengo la sensación de que se cachondea vilmente de nosotros. En fin, asumiremos que nunca le acabaremos de comprender, y a lo mejor es por eso precisamente por lo que, en el fondo, nos gusta. Al fin y al cabo, como recordaba Enrique Vila-Matas en un soberbio artículo ayer en El País, Einstein decía que lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible.







domingo, 17 de mayo de 2015

domingo, 10 de mayo de 2015

Conecta como puedas

Y la nave va...

Entramos en campaña, y en una que se adivina complicada. Se ve a nuestros políticos más atacados que la nave de Star Trek. Y en este caldo de cultivo sin igual, surge con fuerza el surrealismo, Marca España en momentos de particular tensión. Los partidos se lanzan en tromba a buscar el voto en plan Mad Max, como si no hubiera mañana (para alguno de ellos no lo va a haber), y la ciudadanía contempla atónita prodigios sin cuento. Tenemos por ejemplo a uno que ha sido defenestrado porque no era lo bastante orgánico y de tan etéreo necesitaba volar liberado del aparato. Tenemos a otra que propone que como los pobres dan mala imagen a los turistas, pues se les quita de la calle (¿para llevarlos adónde?) y aquí paz y después gloria (recomendamos a la alcaldable en cuestión la lectura del relato Soapy´s Choice de O. Henry, aquí en inglés). Y tenemos a un tercero que ha propuesto nada más y nada menos que recuperar las naumaquias en el estanque de El Retiro madrileño. De nuevo, parece un titular de El Mundo Today, pero es real. Las naumaquias eran unos combates navales representados en enormes piscinas construidas ex profeso ya desde la época romana, algo así como la versión acuática de las luchas de gladiadores. Con las terribles escenas que vemos en el Mediterráneo casi a diario, suena a broma pesada.

Llegados a este punto convendría recordarme que esto es un blog de arquitectura, así que a ver cómo conecto. Pienso en el nuevo Whitney, y a ver qué me sale. Con mucha imaginación, podríamos decir que el recién estrenado museo, destacando con su extraño envoltorio cristalino sobre las fachadas de ladrillo del meatpacking district neoyorquino, barrio en tiempos industrial y sin glamour pero ahora devenido en pijo destino turístico gracias a intervenciones tan interesantes como el High Line (una antigua línea ferrea elevada para trenes de mercancías en los años 30 reconvertida en parque elevado) o edificios icónicos de Nouvel o Gehry, parecería un carguero conradiano que marcha solo, etéreo, en singular naumaquia al encuentro de su rival. Que conste que lo del símil naval lo usan también Jonathan Glancey y Oliver Wainwright (este último habla de rompehielos) en respectivas críticas sobre el museo. Pues eso, puro romanticismo industrial (el oxímoron es de Christina Rosenvinge). ¿Qué, he salido de esta? Va a ser que no, pero con lo que me ha costado el primer párrafo ahí se queda.

La crítica británica ha sido bastante más benévola que la americana con el edificio. Según recoge un interesante artículo de Kosme de Barañano para El Mundo, Justin Davidson dice del nuevo Whitney que "la cosa podría haber llegado en un paquete plano de Ikea y luego haber sido prodigiosamente mal montada". Y es que, visto en fotos, el museo es que no hay por dónde cogerlo. Cada fachada parece pertenecer a un edificio diferente, a cuál más feo. A lo mejor lo que le ha pasado a Piano es que  ha querido conectar en vano referencias demasiado dispersas (como yo aquí hoy): el antiguo Whitney de Breuer y su fachada brutalista con una aparente voluntad de disgustar; el duro pasado fabril del barrio; la High Line, verdadero icono del distrito (Wainwright dice que el museo es un High Line vertical con sus pasarelas voladas como continuando el parque elevado) y el probable deseo del arquitecto, tras los elegantes diseños corporativos como el Shard o el centro Botín, de reivindicar su lado bad boy (a Wainwright le dice con cierto orgullo que aún lo es), ese que en los 70 hizo aterrizar una refinería (el Pompidou) en pleno Marais parisino... ¿Resultado? Pues como esta entrada, un lío inconexo.

En lo que todos los críticos coinciden es en señalar su prodigioso interior. El museo ofrece unas salas realmente magníficas, amplias, iluminadas, conectadas de manera fluida, lo que permite disfrutar de las obras mucho más que en museos más convencionales. Es sin duda un edificio diseñado de dentro afuera teniendo muy en cuenta su función. Con todo, Davidson aún le pone una pega: en su afán por abrir el museo al barrio con espectaculares vistas (Piano habría seguido ahí una estrategia opuesta a Breuer, cuyo museo estaba cerrado a cal y canto al exterior), consigue que el visitante acabe por distraerse con el fabuloso skyline sobre Manhattan (es en ese sentido "un museo en conflicto consigo mismo") y sentencia, en su interesante crítica, que "es tan sensible a su localización, tan entregado a su misión y tan generoso en su suministro de vistas, luz y comodidad, que confunde virtud con personalidad". Pues yo prefiero un edificio eficiente a uno efectista. No te pierdas lo que dice Zabalbeascoa en El País de ayer sobre el inesperado ganador del Mies: "Valorar más la imagen de un edificio que sus consecuencias y los valores que transmite es una manera anticuada de entender el potencial transformador de la arquitectura".

Finalmente decir que Piano triunfa donde otros fracasaron: el recientemente fallecido Graves, que diseñó un proyecto que embutía al edificio de Breuer en un asfixiante decorado posmoderno, y Koolhaas, que le colocaba encima una amenzante excrecencia robótica. Ambos proyectos fueron tumbados, seguramente porque no servían al Whitney sino que se servían de él. El de Piano triunfa precisamente porque es lo contrario a ellos. Jonathan Glancey lo deja muy claro: "El nuevo Whitney es evidentemente un servidor del arte, una fábrica para el arte". Acabará, también, por gustarnos.

domingo, 26 de abril de 2015

La playa estaba bajo los adoquines






Benidorm puede ser Patrimonio de la Humanidad. No, no es una noticia de El Mundo Today, es real. Seguro que mucho cooltureta ha encontrado la noticia desopilante, algo así como si se postulara a Georgie Dann para el Grammy latino, pero lo cierto es que la propuesta ha sido planteada por Mario Gaviria, un sociólogo y urbanista Premio Nacional de Medio Ambiente en 2005, en razón precisamente de su sostenibilidad (la ciudad densa y compacta llevada al paroxismo) y de su carácter de tierra de promisión para las ocho millones de personas que la visitan cada año en busca de felicidad vacacional: “Representa como ninguna otra ciudad el ideal del Estado de Bienestar”, señala el sociólogo, que lleva más de treinta años defendiendo el modelo benidormí.

Y no es el único. En 2008 el francés Philippe Duhamel, experto en turismo, también lanzó la idea, comparando Benidorm con Dubai. Y en 2002, cuando se estrenó el hotel Bali, que con sus 186 metros se convirtió en la torre más alta de España, Luis Fernández-Galiano, un habitual defensor de la ciudad, le dedicó un vehemente artículo defendiendo su aportación: Benidorm sería según el catedrático de proyectos el McDonald's del turismo para a continuación, citando a Philip Roth, señalar que dicho establecimiento de comida rápida, como la ciudad, cumple una nada desdeñable función social, y es que no todo el mundo puede ir a comer a Arzak, por no hablar de su socorrido uso para celebraciones de cumpleaños por parte de fatigados progenitores. Por cierto que hablando del Bali decir que el rascacielos cuando aún estaba en construcción se convirtió en protagonista inanimado de la película Huevos de oro de Bigas Luna: era la obsesión de la cupiditas aedificandi de Benito Fernández (interpretado por Bardem), un promotor cani que refleja a la perfección el espíritu depredador de la que se dio en llamar la cultura del pelotazo. Nada más lejos de la realidad en el caso de dicha torre, y en general del modelo Benidorm: sus promotores suelen ser locales, a menudo reacios a pedir préstamos (con lo que las obras se eternizan: la Bali tardó más de diez años en acabarse) y tienen una clara vocación por el sector turístico, lo que no ha impedido sonados fracasos como la torre In Tempo (precisamente por no seguir dicho modelo), lo que no debería hacernos olvidar que, según Wikipedia, es la segunda ciudad con un mayor número de rascacielos por metro cuadrado del mundo tras Nueva York.

Antes aún, el filósofo marxista y experto en urbanismo Henri Lefebvre señaló que la alicantina era la ciudad más habitable desde la II Guerra Mundial. Lefebvre fue uno de los ideólogos del Mayo del 68 francés, ya sabes, el de eslóganes como "bajo los adoquines, la playa", que buscaba entre otros dispares objetivos una recuperación de lo lúdico-festivo ante la alienación provocada por una sociedad burocrática y reglamentista. Beniyork como algunos la llaman cariñosamente no sería otra cosa que la realización de ese sueño de felicidad abierto todo el año (la Organización Mundial del Turismo reconoce que Benidorm fue la primera ciudad en desestacionalizar el sector). Si hay una arquitectura del terror que tan bien han sabido capitalizar la literatura y el cine y una arquitectura del poder que tan bien han sabido utilizar los políticos (observa la cabecera de la soberbia serie House of Cards), ¿Estaríamos en Benidorm ante el mayor ejemplo planetario a gran escala de la famosa arquitectura de la felicidad de Alain de Botton? Sin entrar en consideraciones ético-estéticas (¿Se trata de una felicidad de calidad o una simulación puramente epidérmica y artificial? ¿Puede un ocio industrial alienar tanto o más que el trabajo? ¿El Estado de Bienestar era esto?), lo cierto es que Benidorm es la historia de un éxito rotundo que está aquí para quedarse.