domingo, 4 de septiembre de 2016

Pixelados



Ole Scheeren es un arquitecto alemán que trabajó quince años con Rem Koolhaas, llegando a ser socio de OMA y diseñando con el holandés edificios como la famosa sede de la CCTV en Pekín o The Interlace, las torres tumbadas de Singapur. Hoy, ya con estudio independiente, centra su trabajo principalmente en Asia. En la foto tienes lo último que ha levantado, la torre MahaNakhon en Bangkok, una estructura de 77 plantas (la más alta de la ciudad) que albergará apartamentos y un hotel. Con ella, el arquitecto deja clara su voluntad de ir más allá de una arquitectura genérica con una torre que quiere (son sus propias palabras) fundirse con la ciudad disolviéndose gradualmente en una especie de cascada pixelada. Dichos píxeles, que parecen desgajarse de la estructura por brutales desgarros abiertos en la fachada, ofrecen la inquietante imagen de una torre herida por una fuerza cósmica superior (un meteorito quizá) o por algo más terrenal pero no menos terrible, conjurando fantasmas difíciles de olvidar. Scheeren, con semejante mentor, no podía crear algo menos espectacular que esta torre, y es que su arquitectura parte de la reescritura de la consabida frase La forma sigue a la función que hiciera Bernard Tschumi, según la cual la forma a lo único que debe seguir es a la ficción. Como lo oyes. Así lo explicaba Ole no hace mucho.

En el último número de Arquitectura Viva (186) nada más y nada menos que Rafael Moneo daba cuenta de la nueva sede del BBVA de Herzog y de Meuron en Madrid aludiendo una idea muy similar (en un complejo ejercicio de arquitectura comparada, daba también un tiento en la misma clave a la Bolsa de Shenzhen, que no en vano es de Koolhaas). La idea es que en ambos casos (más que explicártelo te pongo una cita, que vaya lujazo de crítica) "no es la planta, ni la estructura, ni la contundencia iconográfica de una forma elemental la que dan el origen a la forma arquitectónica. Esta viene dictada por una invención que tiene más que ver con una narración que con una forma abstracta, con un proceso de crecimiento desde dentro, orgánico, establecido por una fuerza interior, o un campo de fuerzas exteriores que imperiosamente lo impone: la descripción de edificio como anticipo de su forma. Se trata, así, de arquitecturas originadas desde el relato, y, por tanto, susceptibles de ser contadas. (...) Si la arquitectura se apoya en un relato, si puede ser contada, llegará más fácilmente a ser comprendida por quien ha de asumirla".

El problema de esta arquitectura con mensaje es que como al arquitecto se le vaya de las manos podemos llegar a extremos bochornosos. Tenemos un ejemplo en el mismo Bangkok, y además al lado de la torre de Scheeren. Fíjate en la imagen de arriba, justo a la derecha de la mellada torre. Es una estructura mucho más pequeña, espera que te busco una foto, que se erigió para el alojar el Banco de Asia y fue diseñada por el tailandés Sumet Jumsai como crítica al puritanismo del Movimiento Moderno y al mortal aburrimiento que le provocaba al caballero el Estilo Internacional (no es su única ocurrencia arquitectónica). Al edificio se le acabó llamando, obviamente, el Robot Building, y es que al parecer pretendía reflejar la informatización que las grandes entidades bancarias estaban acometiendo por aquel entonces (1986). La arquitectura acaba así convertida en banal gadget, y quedaría perfectamente definida por las características que Jean Baudrillard asocia a las chuches tecnológicas que tanto nos gustan: "la complicación irracional, la obsesión por el detalle, la tecnicidad excéntrica y el formalismo gratuito" (sigo leyendo La ley del reloj de Eduardo Prieto).

¿Es la torre de Scheeren una arquitectura creativa que pretende conmover como si fuera una obra artística o literaria o el reflejo de un ego desmedido que acaba imponiendo engendros que nos perseguirán de por vida? Tú mismo. A mí personalmente la torre, como ya te decía, me da mal rollo, especialmente en septiembre, mes pixelante como ninguno con sus idas y venidas, tráfagos y fatigas, y más éste, en el que incrédulos contemplamos como el país, estado o como queramos llamarlo, se pixela por momentos diluyéndose sin remedio.

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