viernes, 30 de septiembre de 2016

Operación Yoda (Finale)




SANTORINI, NOVIEMBRE 2039

Un viejo coche, ajado y sucio, llega exhausto a la plazoleta de Ia en el extremo norte de la isla. Es un C3 del año 2017, así que los más de 20 años que carga a sus espaldas no son de gran ayuda a la hora de ascender a la cima de la rocosa montaña en la que se asienta el pueblo. De él sale no sin esfuerzo un alto individuo de tez tostada, probablemente septuagenario, que exhibe una luenga y descuidada barba, coleta beatnik y florida túnica con lamparones que apenas oculta un marcado abdomen. Recuerda enormemente a aquel famoso icono camp que fuera Demis Roussos, el de Triki-Triki-Triki Mon Amour (escúchalo aquí y sumérgete en una demoledora nostalgia de la que acaso ya nunca regreses). Suda como un pollo, y es que aunque es pleno invierno y ya pronta está la anochecida, el termómetro marca 58º a la sombra. Son las cosas del Antropoceno. Se acerca, como todos los días en un ritual que no ha dejado de hacer en los ocho años que lleva en la isla, al emplazamiento donde se encuentra el famoso molino sobre el acantilado que congrega a turistas y locales en laica liturgia para observar la puesta de sol convenientemente protegidos con crema solar de factor 500. Se sienta en el bareto de siempre donde pide, como de costumbre, una botella de ouzo. Tras apurar hasta la última gota del abrasivo licor se acerca, entonado, al borde del vertiginoso acantilado sobre la caldera del antiguo volcán que, en brutal deflagración, destruyera la próspera isla que allí se asentaba (para algunos se trataba de la legendaria Atlántida) dejando en su lugar los despojos abrasados que hoy llamamos Santorini, Thirasia y Nea Kameni. Desde allí, como cada día, nuestro misterioso personaje declama a voz en grito y en griego el poema Ítaca de Cavafy (aquí recitado por Sean Connery con música de Vangelis). Nunca lo acaba, las lágrimas ahogan su voz. En alguna rara ocasión es capaz de rehacerse tras el impasse lacrimógeno y se pone a cantar, también con emoción apenas embridada, el Asturias patria querida.

Por cierto, ¿recuerdas a los esforzados protagonistas de la Operación Yoda? Ya hace nueve años que descansan plácidamente en el hospital que Aalto levantó en Paimio, al sur de Finlandia, reconvertido en residencia de larga duración especializada en desórdenes mentales incurables. Allí les mandaron cuando, tras 338 días de reclusión, como recordarás, en la Life House de Pawson en Gales, se descolgaron con una propuesta desquiciada basada en una performance que el artista japonés Haruhiko Kawaguchi realizara allá por 2016, consistente en embutir a una pareja en una gran bolsa de plástico para después succionar el aire al objeto de dejarles al vacío, como si de mojama se trataran, vamos. La idea era transmitir la importancia del amor (fou), dando de paso al concepto de horror vacui un nuevo significado. Te parecerá ocurrencia absurda del abajo firmante, pero es rigurosamente cierto, haz click aquí y alucina pepinillos. Pues bien, los cuatro desesperados jóvenes lo sugirieron para nuestros políticos, alegando en surrealista rationale que al meter en la misma bolsa a Toro Salvaje y Pantera Rosa, o Nacido Libre junto a El gato sobre el tejado de zinc caliente, podría así lograrse, al fin, que llegaran a acuerdos para la investidura de marras. Desde las terrazas de sus habitaciones en el estilizado sanatorio ya centenario, en una imagen como de cuadro de Edward Hopper, gozan nuestros sufridos patriotas de unas impagables vistas sobre extensiones inmensas de páramos agostados y de unas envidiables temperaturas que ahora en invierno apenas sobrepasan los 45°. ¿Que qué fue de Vader? Pues está de cajero de un Ahorramás el buen hombre. No lo lleva bien. Ni que decir tiene que la investidura nunca se consumó, para desesperación y cabreo del pueblo llano. En las últimas elecciones que se celebraron, en 2031, no votó ya ni el tato. España, como Santorini, implosionó. En pocos meses, empezando por Cataluña, que declaró la independencia ipso facto sin referéndum ni historias, el país se fue desgajando hasta seccionarse en 61 territorios independientes. Es lo que los historiadores dieron en llamar la Desconexión masivaEspaña era ya Expaña (Xpain).



¿Y qué pasó con nuestros refractarios políticos? Toro Salvaje es el único que no se autoexilió. Se estableció en Cangas de Morrazo, devenido Condado Galaico Independiente, del que llegó a ser presidente. A imagen del Poundbury del Principe Carlos, contrató a Léon Krier para que levantara un poblado de arquitectura tradicional con toques paladianos. Allí sigue. Pantera Rosa se estableció en California, en Palm Springs en concreto, donde hasta no hace mucho enseñaba en un high school. Hizo una modesta fortuna gracias al éxito global que cosecharon varios libros suyos, en concreto No y mil veces no, y sus secuelas Qué parte de NO no entiendes y el profundamente filosófico La negativa que emana del NO no admite interpretación, ingresos con los que adquirió la casa Miller de Richard Neutra, una de las típicas "máquinas en el jardín" del arquitecto vienés (compatriota y contemporáneo por cierto de Kokoschka y su muñeca articulada), que allá por 1937 construyera para Grace Lewis Miller, una culta y atractiva viuda de mediana edad. Grace enseñaba el sistema Mensendieck de autoconocimiento mental y físico que se lograba ejercitando el cuerpo, desnudo, frente a un espejo. Quién sabe si se lo enseñó a Neutra. Lo que sí sabemos es que el arquitecto diseñó in situ la sencilla vivienda zen (inspirada por un reciente viaje a Japón) mientras su mujer Dione, consumada violonchelista, tocaba con brío su voluminoso instrumento. La enjundia que esconde esta casa. Sigo deprisita que este relato ya se me está haciendo cansino. El gato sobre el tejado de zinc caliente, curtido en negociaciones mil, amasó una pingüe fortuna en Wall Street y vive junto a la espectacular hija de Paris Hilton (46 años más joven que él) en el angosto rascacielos que Viñoly levantara en Nueva York (a 75.000 $ de 2016 el m2, esta cifra es verídica), donde posee las últimas siete plantas. Nacido Libre se hizo anacoreta y vive en una cueva en Meteora. Se alimenta de miel silvestre y saltamontes mutantes. Se le ha visto en varias ocasiones levitando.

De quien nada se sabe es de su Majestad el Rey. Luchó hasta el final para evitar el desmembramiento del reino, mas en vano. Hasta 29 veces llegó a llamar a consultas a los representantes de los partidos y otras tantas nombró inútilmente candidato, que una vez y otra se estrellaba en el Congreso. Las élites sonámbulas (según el célebre término acuñado por Fernández-Galiano) pasaban olímpicamente mientras, incautas, conducían el país a su acabamiento. El último discurso real, en el Congreso de los Diputados, cuando ya todo se veía perdido sin remedio, quedará registrado en nuestro imaginario colectivo por generaciones sin término. Dejó a los diputados clavados en sus escaños sin habla durante más de una hora. En un alarde genial de síntesis contenía solo una frase, como una suerte de haiku ibérico. Tras pronunciarla, el monarca marcharía para nunca más ser visto. Decía así: Iros todos a tomar por sa... La última sílaba quedó en suspenso porque su alteza desconectó justo en ese momento el micrófono. Durante seis meses 26 filólogos de las universidades más prestigiosas trataron de dilucidar cuál había sido la última palabra pronunciada por el rey. Tras mucho debate resolvieron que se trataba de sal, y es que tomar por sal está documentada como expresión idiomática del siglo XV en la zona de Alcañiz como fórmula para desear suerte a alguien.  Es obvio dada la cultura de su majestad, que el rey la conocía y la usó como frase lapidaria en su postrera comparecencia pública.

Pero volvamos a Santorini. Tras despedir al astro solar, nuestro doble de Demis Roussos ha cogido su cochambroso coche y se ha lanzado a tumba abierta por la endiablada carretera que conduce al nivel del mar, trescientos metros más abajo de Ia. A velocidad de vértigo se adentra por un paisaje marciano de rojizas rocas volcánicas. Ruge el pequeño motor, que nuestro hombre lleva revolucionado a tope, y chirrían los agrietados neumáticos sobre el hirviente asfalto al encarar una curva tras otra. Suena a todo volumen en el coche el tema Supernature de Cerrone, un llenapistas de los 70 que hoy se antoja rancio no, lo siguiente, pero del que llegaron a venderse 8 millones de copias y cuya letra resulta ser un premonitorio alegato ecologista: "Érase una vez que la ciencia abrió la puerta / alimentando los campos hambrientos hasta que acabaron saciados / pero las pócimas que hicimos alcanzaron a las criaturas de los abismos / y crecieron de una manera nunca antes vista" . Cerrone, ludita sin saberlo, da en el clavo: La Madre Naturaleza ha devenido, tras tantas perrerías, madrastra feroz. Agárrate los machos. No sé si ponerte un enlace al videoclip, cutre que lo flipas, porque podría herir gravemente tu sensibilidad, pero teniendo en cuenta su indudable interés antropológico, creo que es un doloroso deber. Ahí va. Tras el trago, volvamos ya a la carretera de Ia. Un trompo amenaza con despeñar a hombre y vehículo al Egeo, pero el avezado conductor consigue enderezar el coche con singular maestría, es obvio que lleva haciendo esta carrera suicida mucho tiempo. Finalmente se desvía por un camino ya al borde del mar que conduce a una solitaria casa. Parece una mini-acrópolis, miesiana y vernácula a la vez, que se integra a la perfección en su árido entorno. Se trata una réplica de la casa que Aris Konstantinidis construyera en los 60 del pasado siglo cerca del cabo Sounion. Nuestro hombre frena el coche con brusquedad y sale sudoroso en mitad de una nube de polvo.

Es casi ya noche cerrada. Entra en la casa, decorada con sobriedad franciscana. Por todas partes hay libros desparramados y abiertos. En medio del desorden apenas alcanzo a distinguir La España mínima de Fusi, el tocho Carlos V, el César y el Hombre, de Fernández Álvarez y La España vacía de Sergio del Molino. Se sirve un whisky rebosante y se sienta en el porche de su refugio apocalíptico enfrentado al insondable vacío de la caldera volcánica. Se encaja unos cascos conectados a un voluminoso y desfasado sistema de sonido y escucha a la incierta luz de las estrellas el álbum Rosetta de Vangelis, estrenado allá por septiembre de 2016, en el que el maestro de los sintetizadores heleno, inspirado por una misión homónima de la agencia espacial europea, volvió al fin a sus orígenes electrónicos firmando un soberbio trabajo que vendió 260 millones de copias. A la par que da ávidos tientos al licor y escucha arrobado la música extraterrenal del griego, nuestro protagonista recuerda aquella famosa cita de Henry Miller sobre Santorini: "Todo habla en Santorini de fulgor. Aquí la luz penetra en el alma, abre las puertas, las ventanas del corazón, nos deja desnudos, expuestos y aislados en una alegría metafísica que aclara lo que nos es desconocido".


Cuando llega el minuto 1:10 del tema Starstuff,  momento en que la cálida caricia sintética del músico griego se hace especialmente intensa, el hastiado caballero cae en un profundo sopor del que ya nunca despertará.

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