lunes, 16 de febrero de 2026

Cielos protectores

 


Paul Bowles publicó en 1949 su novela más famosa, El cielo protector, que fue llevada al cine por Bernardo Bertolucci en 1990 con una soberbia banda sonora de Ryuichi Sakamoto. Le tengo una particular querencia al libro porque lo leí, hace ya casi 30 años, mientras estaba postrado en cama por culpa de un vértigo. No sé si alguna vez has sufrido de algo parecido pero durante varios días cualquier mínimo movimiento hace que de inmediato te den angustiosas náuseas. Así que la novela me distrajo de semejante panorama aunque, todo sea dicho, divertida no es precisamente. Narra (ojo, se viene espóiler) el viaje iniciático de tres norteamericanos que huyendo de la civilización occidental en plan viajeros exquisitos se adentran en el desierto norteafricano para acabar sucumbiendo en una espiral de autodestrucción. El título por tanto encierra una paradoja cruel. Como pronto descubren el cielo africano, insondable sobre el desierto infinito, tiene poco de protector. He recuperado el libro, en el que había subrayado, no sé cómo, esta cita: "Ante sus ojos estaba el violento cielo azul, nada más. Durante un momento sin fin lo miró. Como un gran estruendo, destruyó todo en su mente, la paralizó. Alguien le había dicho una vez que el cielo esconde detrás suyo la noche, que resguarda a la persona que esta debajo del horror que yace más arriba. Sin parpadear, fijó la mirada en el sólido vacío, y la angustia comenzó a moverse en su interior. En cualquier momento puede producirse el desgarro, separarse los bordes, abrirse las entrañas del abismo insondable". No menos protector le resultó el cielo norteafricano al protagonista de El extranjero, de Albert Camus, novela casi contemporánea de El cielo protector que acaba de llevar a la gran pantalla François Ozon. En el libro se intenta explicar el absurdo asesinato que dicho personaje comete en una playa argelina haciendo referencia a la desorientación que le provoca el intenso calor y la luz cegadora del mediodía mediterráneo. Killing an Arab, canción de The Cure inspirada en la novela, acompaña a los créditos finales de la película (la letra también hace referencia al cielo implacable: "I can turn and walk away, or I can fire the gun. Staring at the sky, staring at the sun. Whichever I choose, it amounts to the same. Absolutely nothing").    

Al cabo la arquitectura es la única que nos puede dotar de cielos (simulacros de cielos más bien) realmente protectores. Refugio ante una naturaleza inclemente, la casa nos ofrece cobijo y nos resguarda del vértigo cósmico, el "sólido vacío", que el cielo anuncia. A veces los arquitectos, en un intento de hacer aún más evidente la metáfora, gustan de imitar en sus bóvedas, cúpulas o techos el cielo real literalmente. Así sucede por ejemplo en el teatro olímpico de Vicenza, obra póstuma de Andrea Palladio que sería culminada tras su muerte por Vincenzo Scamozzi y en donde, aparte de otros trampantojos simulando calles que se alejan hacia el horizonte, se pinta un realista cielo en el techo que potencia la ficción. Se trata del primer teatro cubierto de la historia moderna siendo su diseño incluso un poco anterior al famoso Globe de Shakespeare (el italiano sería inaugurado en 1585, el inglés en 1599), teatro el londinense bastante menos sofisticado que hacía gala de un gran vacío circular sin techado bajo el que veían las obras, desprotegidos, los espectadores menos pudientes (los groundlings), quienes confiaban que el cielo, real en este caso, fuera propicio con ellos y no les cayeran chuzos de punta. Lo podemos ver en Hamnet y antes, claro, en Shakespeare in Love (recordemos que el edificio fue replicado, con cierta imaginación, en los 90). Descubrí con pasmo el teatro de Vicenza gracias a una reciente intervención de Santiago de Molina en el Espacio Arquia con ocasión de la presentación del libro Interior-Exterior en la arquitectura nórdica del arquitecto y profesor chileno Carlos Ignacio Castillo. De Molina también nos habla de ello en su blog: "El mecanismo de domesticación es intrínseco a la arquitectura. Lo que sucede en el interior, desde la materia hasta el espacio, es un eco purificado de la agresividad del exterior. Cada bóveda representa el frío, los astros y las nubes del cielo abierto. Las calles se convierten, en el interior, en pasillos y corredores; las plazas, en salones. Incluso la madera o el barro son secuestrados de la naturaleza para convertirse en materia ordenada". En la presentación de Arquia nos comentaba también que Asplund visitaría Vicenza en 1913 y diez años después reproduciría en el techo del cine Skandia en Estocolmo otro cielo de ficción, estrellado y festivo, inspirado seguramente por su viaje a Italia. La arquitecta finlandesa Anna Bach, también participante en el evento de Arquia, traía a colación el hotel The Venetian de Las Vegas, una réplica kitsch de la célebre ciudad italiana, en el que hay hasta un canal con góndolas fake bajo un prístino cielo azul (también falso). La arquitectura puede incluso potenciar ese azul del cielo mediante cristales especialmente tratados, así podemos verlo en la torre de Park Avenue 432 en Nueva York. ¿Sabías que el color del cielo que se ve desde los apartamentos del lujoso rascacielos de Viñoly no es real? Es un color inventado como "realidad renderizada" por el estudio de arquitectura DBOX para la publicidad del edificio, color que luego fue imitado en el edificio real gracias al vidrio Eckelt Lite-Wall de fabricación austriaca que cubre las 2.136 ventanas de 3x3 metros de la torre, un vidrio diseñado para polarizar la luz natural e intensificar la fracción azul de su espectro de color. Además, las ventanas del edificio son todas fijas, por lo que sus inquilinos no podrán nunca descubrir la diferencia entre su cielo sobreprotector y el real. Lo cuenta Andrés Jaque en Mies y la gata Niebla

Lo que parecería evidente es que teatro y arquitectura son primos hermanos. Ambos por ejemplo necesitan de tramoyas que en algunos casos son tan interesantes -o más- que lo que se deja a la vista. Otro de los asistentes a Arquia, Félix Solaguren, director de la tesis en la que está basado el libro de Castillo, lo comentaba, mostrando fotos de elaborados andamiajes para la restauración de edificios que le parecían más bellos que los propios inmuebles. En la foto que preside la entrada de hoy puedes ver el curioso entramado de cerchas y vigas (y la vertiginosa escalera hacia la linterna) existente entre el exterior y el interior de la cúpula del palacio de Vaux-Le-Vicomte, a unos 50 kilómetros de París. Construido a mediados del siglo XVII, fue su impulsor y primer dueño el ambicioso superintendente de Finanzas de Luis XIV, Louis Fouquet, quien quiso dejar claro su poderío levantando un edificio que destaca por su cúpula, un mamotreto desproporcionado que seguramente obligó a sus arquitectos a hacer esta especie de trampa (o no, pero me da que si lo comparamos por ejemplo con el Panteón romano, donde intradós y extradós son parte de la misma estructura, sale perdiendo). No sé si me estás entendiendo, permíteme que insista. El techo que puede verse desde el interior del palacio francés es mucho más bajo, chato y en definitiva, cutre, que la grandiosa cúpula que lo corona, solo visible desde el exterior, y entre ambos existe ese espacio oculto que ensambla ambos. Y con los fastuosos jardines que rodean al château pasa tres cuartos de lo mismo, se busca la teatralidad con una ilusión óptica que juega con la profundidad del espacio manipulando la percepción del horizonte y dando una imagen de orden ortogonal perfecto muy del gusto francés. Por concluir con el palacio de doble cielo protector, decir que Luis XIV se pilló un ataque de celos tan agudo cuando lo vio, especialmente tras una fiesta por todo lo alto con representaciones de obras de Molière, fuegos de artificio y banquete a cargo del cocinero estrella del momento, François Vatel (sobre el que en 2000 se hizo película con magnífica banda sonora de Ennio Morricone), que mandó a Fouquet a prisión de por vida temiendo además que estuviera distrayendo fondos de la Corona para su lucro personal. El "Rey Sol" se llevó consigo a los tres autores del palacio de Fouquet -el arquitecto Luis Le Vau, el paisajista André Le Nôtre y el decorador Charles Le Brun- y se hizo Versalles. Ya nadie le haría sombra. 

Acabo ya con un último ejemplo de cielo protector. En la pasada entrada te hablaba de un muy recomendable documental sobre Siza en Caixaforum+. Trasteando en la plataforma me encontré, con júbilo, otro no menos interesante sobre Óscar Tusquets de curioso nombre Dios lo ve, por el mantra personal con el que el arquitecto y diseñador catalán se espolea para conseguir la excelencia. La fiera refinada le llama Fernández-Galiano en el artículo de Arquitectura Viva donde comenta la entrevista que le hizo para Arquia y que estamos deseando ver (chispeante debió ser el encuentro entre el exuberante y volcánico catalán y el sobrio y ordenado aragonés de gozosa retranca, una de las 20 entrevistas que se están grabando para la fundación que dirige Sol Candela y que continúa el formato de una serie anterior que puede verse en Netflix; si se me permite continuar con el inciso, se podría plantear para una ulterior serie un formato ligeramente diferente en el que dos arquitectos/críticos hablaran de diferentes aspectos de la disciplina con la mediación de Fernández-Galiano, sería incluso más interesante si se emparejara a arquitectos de dispares pareceres porque del debate podrían surgir excitantes colisiones; así, por ejemplo, y por alusiones recientes, podríamos juntar a Santiago de Molina y Andrés Jaque para hablar sobre un tema tipo La casa: protección o fricción, ahí iba don Luis a tener que emplearse a fondo). Pero a lo que iba. Tusquets visita en el documental, entre otros proyectos, la estación de metro de Toledo en Nápoles, en la que su acendrada vocación mediterráneo-festiva sale a la luz con unos ropajes arquitectónicos que podría haber diseñado su gran amigo Dalí y "que deslumbra con su vertiginosa belleza vibrante" (Fernández-Galiano). Efectivamente, en las imágenes del documental vemos a la gente, extática, contemplando la estación, haciendo fotos de manera compulsiva al espectacular techo-cielo surrealista para subirlas de inmediato al insta y jaleando a un exultante -más si cabe- Tusquets cuando se enteran de que es el autor, una escena cuyo visionado recomendamos a todo arquitecto cuando se sienta agobiado por los sinsabores de su profesión. Quizá el elemento más espectacular de la estación, en la que también participó el escenógrafo Bob Wilson (el teatro de nuevo), sea el inmenso cráter que conecta el techo con el exterior mediante el pozo utilizado para extraer los materiales de la excavación de los túneles, "caverna" parecida a la de Vaux-Le-Vicomte (aunque aquí se deja ver el truco) que Tusquets propuso mantener como una suerte de óculo dramático que lo mismo puede remitir al cercano Vesubio como al Panteón de Roma y se convierte en una conexión con el cielo (real) exterior. Así lo cuenta el propio arquitecto, con él terminamos: "Que los viajeros tuviesen referencia de la profundidad a la que se encontraban y vislumbrasen la luz del sol allá arriba, sería mágico. Y que desde la plaza los viandantes pudiesen asomarse al pozo y ver a los pasajeros allá abajo, vertiginoso".



lunes, 2 de febrero de 2026

Significados

 

Níall McLaughlin, arquitecto irlandés con estudio en Londres desde 1990, ha sido reconocido con la Medalla de Oro del RIBA, el máximo galardón que puede recibir un arquitecto en el Reino Unido. Nos ha alegrado el día ya que es un estudio que nos parece especialmente interesante. Su biblioteca del Magdalene College en Cambridge, una de sus mejores obras, consiguió el Premio Stirling en 2022 y ya había sido nominado en otras tres ocasiones anteriores. Mientras esperamos a su conferencia en la ceremonia de entrega del premio en abril, he dado un pequeño repaso a su pensamiento arquitectónico en dos entrevistas y quería resaltarte un par de cosas. Empezamos por la más reciente, que Dezeen publicaba el jueves pasado justo cuando se hizo público el galardón, en la que McLaughlin señalaba que este premio era síntoma del rechazo cada vez mayor en la profesión a la "flashy architecture", que podríamos traducir como arquitectura de relumbrón y apuntaba que su principal intención es crear una arquitectura con significado: "Creo que la gente quiere edificios que tengan sentido. Sí, sé que suena bastante trillado, pero es cierto que la gente quiere sentir que un edificio es algo que les ayuda a comunicar significados entre sí". En ese propósito es clave la creación de "una relación fuerte" con los clientes para entender sus necesidades: "Tu originalidad, tu capacidad de inventar, no proviene de la inocencia de tu propia mente (...), proviene de encontrarte con personas que no ven el mundo que tú ves. Y se preguntan ¿por qué lo haríamos así? ¿Por qué es así? Y ese es precisamente el placer de ello". Volvemos aquí a oír a Quetglas cuando nos hablaba de la necesidad de escuchar a los "buenos salvajes". 

Podemos enlazar esta entrevista con otra que en 2024 se publicaba en el AV dedicado al irlandés y en la que incide en la misma idea: "Lo mismo ocurre con las casas para clientes privados, que vienen con sus propios deseos y expectativas, sus historias sobre cómo vivir en el futuro, mientras que el arquitecto tiene también sus propios deseos y expectativas para la casa. Fundir estos dos conjuntos de historias es un acto creativo". Me ha recordado al magnífico documental sobre las primeras casas que hizo Álvaro Siza cuando aún no había acabado la carrera, de hecho no pudo firmar los planos. Se llama O primeiro Siza y lo tienes en Caixaforum+. Narra el cálido reencuentro entre el primer propietario de la casa y el arquitecto, que se pasea, medio maravillado medio incrédulo, por su añeja creación 60 años después. Qué diferencia por cierto con el frío Koolhaas Hoselife que mencionábamos en la anterior entrada. Da gusto ver el trato, entre respetuoso y cariñoso, que brinda el orgulloso propietario al arquitecto. Hasta tenía enmarcado y colgado en una habitación el plano de la casa (moriría solo un mes después de la visita). Ambos nos muestran ese "acto creativo" que comenta McLaughlin y podemos ver cómo Siza, a pesar de contar solo con 21 años, supo imponer su criterio en ciertos momentos, así en la aaltiana escalera suspendida de madera, que trajo de cabeza al carpintero encargado de llevarla a cabo pues pensaba que no se sostendría. Une tres niveles diferentes de la casa creando un juego de espacios único que permite, según nos cuentan los inquilinos, la celebración de escénicas fiestas y pequeñas representaciones teatrales o musicales con gran éxito (mejor que lo veas en el documental). El propietario nos cuenta que hace algunos años el incrédulo carpintero volvió a la casa exclusivamente para ver cómo aguantaba la escalera y quedó pasmado al ver que estaba en perfectas condiciones (hasta se puso a dar pequeños saltos sobre ella), admitiendo que "el niño", como llamaba en privado a Siza (a él se dirigía como engenheiro), tenía razón. Aquí el "buen salvaje" no atinó. Siguiendo con la entrevista de AV, McLaughlin se reafirma en su idea de crear una arquitectura con significado, atenta a los relatos que rodean el proyecto: "La gente siempre ha contado historias sobre el mundo para dotarle de sentido, y esto abre la posibilidad a la arquitectura (...). Y en el proceso, escuchamos historias, intentamos encontrar la manera de contarlas, de dar con una historia consensuada y después procuramos que esa historia pueda dejarse representar a través de lo material". El irlandés menciona un relato de Borges, La muralla y los libros, en la que como colofón final se defiende la idea de que todas las obras de arte quieren decirnos algo (unas más que otras, apostillo) y "que tal vez en eso consista la belleza". Otro de los aspectos en los que incide McLaughlin es el de la arquitectura como un proceso continuado a través del tiempo, lejos de nuevo de los arquitectos obsesionados con el aquí y ahora que buscan representar el reflejo cristalizado de una época concreta, el famoso Zeitgeist, y menciona el yacimiento paleolítico Çatalhöyük, en Turquía, donde hay casas que se reconstruyeron una y otra vez encima de las anteriores, con los cuerpos de los muertos enterrados entre cada capa (con 15 niveles en total, más información aquí). Me ha recordado a una alusión que hizo Josep Ferrando, en un reciente encuentro en Arquia, al santuario sintoísta de Ise, en Japón, que se desmantela y se reconstruye exactamente igual una y otra vez cada 20 años utilizando técnicas tradicionales y materiales naturales, práctica que se remonta al siglo VII por lo que ha continuado de manera casi ininterrumpida durante más de 1.300 años (el actual ciclo es el 63º desde que se registró formalmente este rito). ¿Por qué reconstruir en lugar de restaurar? La filosofía detrás del Shikinen Sengu, que así se llama esta tradición, se basa en el sintoísmo: la pureza se renueva a través de los ciclos naturales de nacimiento y muerte. También es una manera de transmitir habilidades artesanales tradicionales a las nuevas generaciones. Cuántas sorprendentes historias arquitectónicas nos llegan de Japón, no te pierdas la que nos cuenta en la última entrada de su blog Santiago de Molina. McLaughlin, acostumbrado a trabajar en contextos históricos, no se dedica a replicar filológicamente como veíamos se hizo con el Pabellón de Barcelona, sino que prefiere conversar con el pasado: "En general, se trata de dialogar con la historia. No es un diálogo de sumisión. Es una conversación entre iguales", dice para Dezeen, un diálogo que puede resultar, como es obvio, conflictivo. Sergio Sebastián, otro de los participantes del evento en Arquia y curtido en estas lides, autor por ejemplo de la rehabilitación del monasterio de Sijena (de 1188), nos sorprendía mostrando un documento oficial en el que se desaconsejaba la intervención, ciertamente osada, que el arquitecto proponía para la pequeña ermita de San Juan de Ruesta y que pese a todo afortunadamente salió adelante. Qué importante el diálogo valiente con la historia y qué triste ver cómo algunos jóvenes brillantes lo rehúyen para quedarse al calor de la trinchera ideológica. Huyendo vencen, como decía Pérez-Reverte, que se quedó compuesto y sin novia. Esto es un añadido no-arquitectónico pero si no lo digo reviento. 

Ya puestos, voy a seguir en plan off-topic. O no, al fin y al cabo venimos de hablar de relatos y de significados. Te voy a traer tres historias en forma de película que tienen en común estar en la carrera para los Óscars y tratar como tema central la muerte. Son Los pecadores, Sirat y Hamnet. La primera lo hace desde el espectáculo gore, la segunda desde un descarnado nihilismo, la tercera desde un punto de vista profundamente humano, dando a la muerte un significado.¿Cuál prefieres?

Acabo. He estado en la exposición Alegorías de un provenir en el Banco de España de Madrid que versa sobre la ampliación de la sede madrileña llevada a cabo en los años 30 por José Yárnoz Larrosa y en concreto se centra en el Patio de Operaciones (en la foto) y la Cámara de Oro. Ambos espacios son concebidos, en palabras de los comisarios "como símbolos de una nueva era en que la arquitectura debía responder no solo a criterios funcionales, sino también a exigencias simbólicas". Volvemos a la importancia del significado. El lenguaje visual elegido por Yárnoz para esta intervención fue el art decó, al calor de la famosa exposición parisina de Artes Decorativas de 1925. Fíjate en el reloj-monolito en el centro del Patio de Operaciones y las vidrieras del techo, "eje iconográfico" del proyecto, que se encargaron a la prestigiosa casa Maumejean Hermanos, firma de origen francés que tuvo talleres en Madrid, Barcelona y San Sebastián. Sorprende que el art decó, tan dado al relato (las vidrieras del Banco muestran figuras alegóricas de trabajadores de todos los sectores, a menudo idealizados de manera épica e incipientes máquinas como trenes o aeroplanos) fuera estricto coetáneo de la modernidad heroica, que es justamente lo contrario: ayuna en significados, abstracta hasta la médula, amnésica incurable (v., de nuevo, el Pabellón de Alemania de Mies de 1929). Ello quizá explique su magro éxito entre el público lego, que nunca la entendió, algo que no sucedió con el art decó, mucho más popular. Catherine Slessor, crítica arquitectónica de The Guardian, dedica un interesante artículo al estilo que inspiró The Great Gatsby donde señala que aún hoy en día goza de gran popularidad entre determinado público, así Elon Musk, quien se habría inspirado en él para el logo de X y los diseños de sus automóviles. Slessor demuestra poca simpatía por el glamuroso estilo de ricos y famosos de antaño y ahora, así lo  explica: "Como un suntuoso barniz que cubría la agitación económica y social de las décadas de entreguerras, el art déco representó una especie de escapismo retrofuturista. Si el futuro real era demasiado aterrador para contemplarlo, ensombrecido por el colapso económico y el auge del fascismo, entonces el art déco, un mundo de contornos esbeltos y un encanto lujoso, poblado por hombres con esmoquin y mujeres con abrigos de ópera, prometía un relajante estilo "moderno" de moda, el reverso no amenazante de la radical transformación cultural y social del Movimiento Moderno. Después de todo, "déco" significa "décoratif". Al final la modernidad sí que tenía significado. Solo había que buscar más al fondo.