miércoles, 24 de julio de 2013

El castillo escópico del explorador feliz





Pero ¿qué hace una boa trepando por esta pared? ¿Y el resto de esta fauna pétrea?

 
 

Resulta que este castillo perteneció a un singular explorador y geógrafo (cartografió Etiopía),  a la par que científico, astrónomo y lingüista (hablaba al parecer catorce idiomas). Su nombre: Antoine d’Abaddie, nacido en Dublín en 1810 de madre irlandesa y padre vascofrancés y fallecido en París en 1897. Cerca de Hendaya, en un bello entorno natural, se hizo construir entre 1864 y 1879 el château d’Abbadia en estilo neogótico con planos de Viollet-le-Duc nada menos (el restaurador de la catedral de Notre Dame de París), a la sazón amigo de la esposa de nuestro explorador, Virginia. Aunque nunca llegó a visitar la obra (en aquellos tiempos estaba enfrascado en otra restauración, la de la ciudadela de Carcasona) delegó su construcción en un discípulo cercano, Edmond Duthoit, quien trabajó a fondo en la mansión llegando incluso a diseñar parte del mobiliario.


El castillo esconde curiosos secretos, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta el excepcional carácter de su dueño. Para empezar alberga un experimento óptico. El edificio está horadado por conductos que tenían como objetivo, cual si de un periscopio se tratara, ver desde cierto lugar de su interior la cima de un monte cercano, la Rhune. El experimento no salió, y Antoine, no sin cierto humor, escribió alrededor del último visor la frase “No vi nada, no aprendí nada”. Con todo nuestro explorador, quizá para resarcirse, dotó al edificio de un observatorio astronómico que estuvo en uso hasta 1975. Y es que estamos en la época en la que se está gestando el triunfo de lo visual sobre el resto de los sentidos, al fin y a cabo qué es la modernidad sino el triunfo de la imagen. Hoy, llevado ese triunfo a extremos inauditos somos ya meros rehenes de las imágenes, como Antoine, si no vemos no aprendemos, sufrimos el “secuestro de la seducción retiniana”, que dice Luis Fernández-Galiano en el editorial Modos de ver del último AV, y no digamos en arquitectura, donde los fotógrafos “son hoy los críticos de arquitectura más influyentes”. ( Ila Bêka va aún más allá, y en su libro Koolhaas Houselife publicado junto a Louise Lemoine en torno a la casa construida por el holandés en Burdeos, señala que “la imagen se ha separado tanto de la realidad que representa que se convierte por sí misma en una nueva forma de arquitectura completamente separada de su fuente”).




Pero en nuestro castillo la palabra se resiste aún a perder protagonismo, representada por la fantástica biblioteca (arriba) o por los proverbios y citas que pueden verse en la mansión en una gran variedad de idiomas incluyendo  árabe, latín, inglés, euskera (del que Antoine fue gran impulsor), gaélico (no olvidemos sus orígenes irlandeses) o amhárico, lengua etíope de original grafía (recordemos también que exploró Etiopía). La que más me llamó la atención es la que puede verse, en euskera, sobre una viga de la biblioteca: “Sólo hace falta un loco para tirar una piedra a un pozo, pero  se necesitan cinco sabios para sacarla”. Aquí, otra en latín ("Los cielos afirman la gloria de Dios") en el interior de un horóscopo en el exterior del edificio :


Antoine y Virginia están enterrados en la cripta de la bella capilla del castillo. El explorador, que murió sin hijos, cedió su mansión a la Academia de las Ciencias francesa, de la que llegó a ser presidente. Su lema: “La felicidad en el trabajo”. Trabajando en semejante mansión no nos extraña.


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