jueves, 29 de septiembre de 2011

Blanca mañana



Ayer pude volver a ver (un rato al menos), El hombre tranquilo por la tele. Hacía muchos años que no la veía y me volvió a enganchar como nunca. Hay pocas películas que me hayan tocado tanto como esta obra maestra de John Ford en la que John Wayne interpreta a un boxeador retirado de oscuro pasado que vuelve a su Irlanda natal desde Estados Unidos con intención de restañar sus heridas y comprar la casa donde nació (White-o-Mornin´, Blanca mañana), hogar que había idealizado desde su infancia como emigrante en un duro suburbio americano. La casa, típicamente irlandesa, blanca y con el techo de paja, representa la pureza, la felicidad, la inocencia perdida. En ella se topará además con Maureen O´Hara, con la que iniciará una tortuosa pero divertidísima historia de amor. En la foto, una réplica de la casa en el condado irlandés de Mayo, cerca de donde se rodó el film, convertida, cómo no, en museo homenaje a la película.

No sé quién dijo que la arquitectura era como la magdalena de Proust. A menudo los recuerdos de la infancia van envueltos en arquitecturas que identificamos como paraísos perdidos que ya nunca recuperaremos. La casa de mis abuelos en Zaragoza tenía un pasillo interminable que aislaba el despacho de mi abuelo, músico, un lugar lleno de secretos vetado a los niños donde componía, tocaba el piano o daba clases. Qué feliz era aquellos días de verano correteando por aquel pasillo sin fin o aventurándome a entrar en aquel misterioso despacho.

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", dice Machado. En busca del tiempo (y la arquitectura) perdidos.

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