domingo, 22 de agosto de 2010

Apartamentos




Leíamos hace unos días en El Mundo una noticia que nos dejaba anonadados: el apartamento más caro del mundo estaba en Londres, un ático que se ha vendido por la friolera de 170 millones de euros (a unos 7.200 euros el metro cuadrado), en el exclusivo complejo residencial One Hyde Park que Richard Rogers ultima en la capital británica con 80 viviendas de lujo distribuidas en 4 torres hexagonales. Scánners de iris para acceder a los ascensores, servicio de guardaespaldas, acceso privado a uno de los restaurantes más exclusivos de Londres, habitación del pánico o cristales a prueba de balas son algunos de los extras que equipa la vivienda.

Como sin duda, avezado lector, habrás notado, la segunda foto no corresponde a la misma urbanización. Hemos contrapuesto el superático londinense a un apartamento a la venta en Torrevieja por 60.000 euros (a algo más de 1.000 el metro). ¿Pensabas que el famoso apartamento en Torrevieja era una entelequia existente sólo en el imaginario colectivo? Pues no. Torrevieja, blanca de sal y morena de soles, ha conseguido un logro social que ni el mismísimo Karl Marx se habría atrevido a soñar: ofrecer a las clases menos pudientes una segunda vivienda cerca de la playa, ahí queda eso. El otro precio, el ecológico, alto: destrozar buena parte de su litoral. Como señalaba Luis Fernández-Galiano en una entrevista reciente conducida por Iñaki Gabilondo, sacrificar parte de la costa para ofertar vivienda accesible puede tener sentido a condición de salvar el resto de la costa de dicho urbanismo agresivo, el problema es, continuaba el director de Arquitectura Viva, cuando toda la costa quedaba hormigogeneizada (el término es mío, que hoy tengo el día curioso). Qué diferencia de aquel turismo de los felices años 20 del pasado siglo, olvidado el terrible terremoto que asoló la zona en 1829 (y del que es recuerdo el urbanismo en perfecta retícula del centro de la ciudad), cuando se levantaban las casetas de mar y balnearios portátiles a primeros de julio y se desmontaban el uno de octubre y que, como exigía el ayuntamiento torrevejense, no debían incluir material sólido de ninguna clase siendo el propio inquilino al que se otorgaba el permiso el que las debía desmontar (¿las primeras viviendas modulares y sostenibles de España?), eran los tiempos del famoso tren botijo que traía a los turistas (viajeros más bien) madrileños tras 20 horas de periplo... Llegó después la fama primero incipiente con el veraniego Concurso de Habaneras (típicas composiciones musicales que recuerdan el tráfico marinero de la ciudad con La Habana), cuya inauguración en 1955 fue portada en el ABC (algo a lo que contribuyó que importantes personalidades madrileñas veraneaban en la ciudad) y después con el boca a boca en los 60 y 70, y no sólo de turismo madrileño: en 1966 una intrépida colonia de suecos se instala en una urbanización cercana a La Mata, un tramo de cuya playa recibió durante muchos años el nombre oficioso de playa de los suecos, para construirse bungalows unifamiliares (en la zona en los años venideros se creó una populosa colonia escandinava que aún perdura), con una arquitectura simple pero a años luz de la que existía en la zona (y de la que vendría después). Por aquella época también desembarcó una constructora alemana con un planteamiento completamente distinto, levantando varias torres de aire lecorbuseriano con pequeños apartamentos que se vendieron directamente en Alemania (más de uno fue miserablemente estafado). La fama mediática vendría poco después con el popular programa concurso Un, Dos, Tres... (el regalo estrella era el traído y llevado apartamento en Torrevieja, expresión que quedó fijada en el lenguaje) y hasta hoy. Convertida por el anterior gobierno del estado en rimbombante municipio piloto de excelencia turística, la ciudad recibió importantes inversiones para levantar proyectos singulares (hemos hablado de ellos hace poco) de estrellas como Toyo Ito o Alejandro Zaera (hubo incluso un mastodóntico proyecto de Calatrava cuya maqueta ha rondado por ahí), con el fin, quizá, de compensarla por el expolio urbanístico perpetrado durante tantos años y la pérdida casi total de su identidad pesquera y salinera.

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