domingo, 12 de febrero de 2017

Wonderwalls


Pues vamos a seguir con más ficción, pero no de un servidor en este caso. Descubro en Metalocus un curioso concurso de relatos de nombre Fairy Tales, cuentos de hadas (arquitectónicos, claro está), que va por su cuarta edición. En la de este año, un jurado compuesto por escritores y arquitectos de los que sólo conozco a Michel Rojkind y Stefano Boeri han seleccionado tres ganadores y diez accésits de entre concursantes de más de 60 países. Te paso el enlace (aquí) para que te des una vuelta y leas alguno, merece la pena. Las ilustraciones que los acompañan son casi lo mejor.

Yo en concreto me quedo con uno de los accésits. El relato se llama Call for Submissions: The Great Wall of America, sus autores son Carly Dean y Richard Nelson-Chow y parte, como es obvio, del muro de Trump, que aquí nuestros altos representantes rápido han puesto a bajar de un burro olvidando que tenemos un pedazo muro triple a la última, con sus concertinas y todo, en Ceuta y Melilla. Los muros pretenden la desaceleración de un mundo cuya globalización acongoja. Lo del paren el mundo que me bajo. Al igual que, como señala Paul Virilio (sigo leyendo su Amanecer crepuscular), el inmueble, la morada, supuso la ralentización de la historia (la ciudad, señala el filósofo y urbanista francés, desaceleró a los nómadas reconvirtiéndoles en sedentarios), el muro quiere parar los flujos migratorios poniendo puertas al campo en un vano intento en el que, al final, las mafias son las únicas grandes beneficiadas. Igual Trump (va a ser que no) ha leido a Virilio y ha quedado prendado con su revolución dromológica y la teoría del accidente integral (los populismos se alimentan del miedo al apocalipsis que paradójicamente ellos mismos acaban generando), pero entonces habría que dirigirle a otro de los libros del francés (Bunker Archéologie) donde señala que la línea defensiva alemana que salpicó de búnkeres las costas del atlántico (como antes había sucedido con la Línea Maginot), finalmente nada pudo hacer para desacelerar el avance imparable de los aliados. Es tal la fijación de Virilio con los búnkeres que hasta señala que inspiraron a Le Corbusier (y de paso, claro está, a todo el Movimiento Moderno: el hormigón a destajo y las líneas puras vendrían de ahí). Ronchamp para el filósofo no sería sino un inmenso búnker...

En fin, dejemos el espinoso tema, tan apto para demagogias de todos los colores, y volvamos al relato que comentábamos. Se trata de un cuento de hadas distópico, que es lo que se lleva, y en él se nos presenta un futuro muy cercano tan inquietante como probable. Estamos en 2019 (cómo no) y tras los primeros aspavientos contra Trump hemos hecho de tripas corazón y oye, pelillos a la mar. El caso es que, en el Antrumpoceno (esto es mío, para una cosa que no corto y pego que conste), un mundo en el que pintan bastos, el muro es ya una medida aceptada y al concurso para su construcción se presentan arquitectos de prestigio que en el cuento aparecen apenas enmascarados con nombres falsos: NASAA es SANAA, GODMA es OMA (God+OMA), Björk Engels Group (BEG), no hace falta ni que te lo diga, Piotr Zoomtar es Peter Zumthor y Oola Fürelisson, me parto, no es otro que Olafur Eliasson. Si obviamos el hecho harto improbable de que arquitectos tan cool como Ingels fueran a meterse en semejante proyecto (pero ojo, que grandes estudios trabajan ya hoy para el gobierno chino, que muy democrático no parece, y aquí paz y después gloria), el reto es fascinante: ¿Cómo endulzar semejante píldora? ¿y quién si no un arquitecto para lograrlo? Las ideas que presentan los autores de la singular narración por supuesto reflejan el estilo (y el lenguaje) típico de cada arquitecto: BEG (BIG) presenta su propuesta (Wonderwall), lúdicofestiva, cómo no, en forma de cómic que imita el Yes Is MoreGODMA, único nombre ficticio que te hace dudar, reproduce la hipnótica verborrea metafisicocínica de Koolhaas con lo que en seguida sales de dudas ("Hoy existe un consenso para construir una materialización física de la frontera estadounidense. Mientras que al político le interesa su país y lo que lo define, al arquitecto le interesa la forma y la creación de condiciones espaciales. Las dos profesiones han sido históricamente simbioticas desde un punto de vista institucional. La arquitectura, aunque apolítica como disciplina, tiene tendencia a producir cosas altamente políticas. Incluso la forma arquitectónica más banal crea límites, define territorios, implica ideología"). Rem y Trump. Tremendo. Por su parte el avatar de Eliasson presenta un muro acuático, una etérea cascada que caería incesante desde una enorme tubería perforada. Y así todos. ¿Te interesa? Los relatos de anteriores años han sido publicados y los puedes conseguir aquí.


Que GODMA nos pille confesados.

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