domingo, 28 de agosto de 2022

Eslabones perdidos (2)

 


Pues la iglesia que traíamos el pasado día era el Santuário da Penha en Guimarães, de José Marques da Silva (1869-1947) como puedes ver en la prueba documental que encabeza la entrada de hoy. Nacido en Oporto, allí tiene la mayoría de sus obras más representativas, entre las que destacábamos dos: la estación de São Bento (bajo la cual, como también comentábamos, Álvaro Siza ha ejecutado una sobria estación de metro) y el monumento a los héroes de la Guerra Peninsular, la que nosotros llamamos de Independencia, que puede verse desde la Casa da Música de Koolhaas, y en la que el león británico da muerte al águila napoleónica. La bella casa art decó que mencionábamos no es otra que la de Serralves, junto a la que Siza de nuevo levantó el museo de arte moderno al que dio nombre. A su vez, Souto de Moura (el segundo de la trinidad arquitectónica portuguesa, Távora sería el tercero) intervino los jardines del palacete del vizconde de Vilar d'Allen para construir la Casa das Artes. 

Hay bastante información sobre Marques da Silva en internet, nosotros te recomendamos la que se encuentra en la web de su fundación, que por cierto incluye también datos sobre otros arquitectos de la época y posteriores, y un breve pero muy interesante ensayo de Rui J.G. Ramos. Permite que te destaque un par de apuntes telegráficos, decir por ejemplo que en París estudió nada menos que con Victor Laloux (autor de la estación parisina de Orsay, hoy reconvertida en museo) y que, aparte de dar forma al Oporto de las primeras décadas del pasado siglo, como académico y profesor moldeó también a varias generaciones de arquitectos en la Escuela de Bellas Artes portuense, que dirigió 25 años. Uno de ellos sería su hija María José (1914-1996), la primera arquitecta graduada en la Escuela de Oporto, título que obtuvo en 1943. Junto con su marido, el también arquitecto David Moreira, dio término a varias obras que su padre dejó inconclusas al fallecer (como el propio santuario de Penha o el monumento a la Guerra Peninsular) y llevó a cabo destacados proyectos en Oporto como el Palácio do Comércio o la Torre Miradouro (hoy hotel de mismo nombre). En los 70, cansados al parecer del rumbo que arquitectos y urbanistas estaban adoptando, incapaces acaso de asumir la modernidad tajante que Távora defendía, la pareja se retiró al campo en Barcelos dedicándose a labores agrícolas. Con todo María José siguió vinculada a la profesión y creó un instituto que sería origen de la fundación que hoy está dedicada a su padre. Mención merece también la dificultad de adscribir a José Marques da Silva a un siglo concreto. La historiografía convencional lo encasilló en el XIX, pero la tesis doctoral que sobre él escribió António Cardoso en los 80, recibida con incomprensión por los académicos, rebatió esa idea, trayéndolo al siglo XX y señalando que la modernidad es un movimiento a menudo contradictorio y no lineal que va más allá de Le Corbusier, Mies y unos pocos más (como también recuerda David Rivera en La otra arquitectura moderna o mucho antes Solá-Morales) y que no rompió con el mundo clásico de forma tan abrupta como los modernos heroicos nos han hecho creer. En el ensayo que te he enlazado más arriba, Ramos habla de una modernidad "impura y polifónica" que también merece estudiarse y que, en esa compleja hibridación, no es muy diferente a lo que otras artes como la literatura estaban experimentando en ese momento (Ramos cita un capítulo de Architectural Reflections: Studies in the philosophy and practice of architecture de Colin St John Wilson donde se estudia el sentido de la tradición en T.S.Eliot y su relevancia en la arquitectura; por cierto que el libro de Wilson se inicia con esta cita de Wittgenstein: "Debes limitarte a decir cosas viejas, y al mismo tiempo deben ser nuevas"). Marques de Silva fue moderno en su aproximación cosmopolita a la disciplina y su alejamento del provincialismo, muy arraigado en Portugal (como dice Paulo Pereira, el siglo XIX fue el más largo en la historia de nuestro país vecino, extendiéndose en gustos artísticos hasta los años 60 del XX), su eclecticismo pragmático y la comprensión de que la arquitectura debía trabajar junto a otras disciplinas en un marco mucho más ambicioso en el que los edificios eran catalizadores de cambios cruciales en la configuración de las ciudades. 

Acabaré dando unos breves apuntes sobre el curioso emplazamiento del santuario de Penha, que sin duda debe su nombre a las numerosas y enormes formaciones graníticas que lo rodean en lo alto de un monte al que se puede subir en auto o vertiginoso teleférico. Fácil de pasar por alto en la muy bella ciudad que dio origen a Portugal, la Montanha Sagrada merece una visita para perderse en los numerosos laberintos pétreos y grutas acaso encantadas que compiten con una vegetación espectacular. Y para contemplar el santuario moderno de Marques da Silva, claro. 




miércoles, 24 de agosto de 2022

Eslabones perdidos

 


Como no hay dos sin tres, te traigo una iglesia/capilla más. Hoy además vamos a recuperar la mítica sección Atención Pregunta ante las múltiples peticiones que he captado en remoto; en efecto, me tienes que adivinar de quién es esto y dónde está. A ver, fácil no es, pero como siempre te doy pistas. 

Seguro que por las formas situarás esta iglesia en torno a los años 30/40 del pasado siglo y acertarás. Es la obra póstuma de un arquitecto que experimentó una intensa evolución formal pues era un beauxartiano de tomo y lomo, de hecho se formó en la mismísima École parisina allá por los últimos años del XIX (aunque francés no era), y fíjate cómo acabó. En su ciudad natal y en sus alrededores dejó icónicos edificios de exuberante y bulbosa ornamentación al gusto de la época. Los más conocidos son una copiosa estación y un descomunal monumento militar que puede verse, extrañamente deconstruido, a través de los ondulantes vidrios de un inmueble levantado por un holandés errático. Nada que ver con la iglesia, sobria y angulosa, que nos ocupa hoy.

Además la muy devota tierra que vio nacer a nuestro arquitecto destaca por una abundante arquitectura religiosa a menudo construida en un barroco desatado, por lo que las simples formas de esta iglesia llaman la atención aún más, especialmente en su interior. En lugar de recargados retablos de tortuosas formas y tonos dorados encontramos la pared en un blanco deslumbrante y punto. Algo parecido puede decirse de las columnas, sus capiteles depurados hasta llegar a una bella sobriedad moderna. Solo tiene nuestro arquitecto otro edificio que se desmarca también poderosamente del resto de su trayectoria, una casa art decó que fue en origen proyectada por un arquitecto francés y es mucho más conocida que la iglesia que hoy traemos. 

Nos gustaría pensar que este arquitecto (y en concreto esta iglesia) es uno de los eslabones perdidos que conectaría esa arquitectura formalista, pompier y afrancesada con la arquitectura blanca, rectilínea y despojada que ejercieron y ejercen hoy la "santa trinidad" de arquitectos nacidos en la misma ciudad (o muy cerca) que nuestro misterioso autor, donde crearon famosa Escuela. Uno de ellos de hecho ha trabajado en las entrañas de la estación que antes te comentaba y otro, que acaba de cumplir 70 años, intervino los jardines de uno de sus palacetes, trabajo que se convertiría en su primera obra relevante. 

 Con semejante profusión de pistas raro sería que no dieras con el lugar y el arquitecto. Te subo otra foto y nos despedimos hasta más ver. 




martes, 16 de agosto de 2022

Cuando las catedrales eran blancas

 


Así tenemos a Iesu. Blanca hielo en sus inicios, luce ahora hecha unos zorros, acaso como el espíritu moderno. Si no hace tanto veíamos un revival de lo blanco, quién sabe si instigado por el Zeitgeist sanitario con un Foster vestido íntegramente albo en aquella portada de Icon, ahora que la pandemia es casi cosa del pasado al blanco le pueden ir dando. Es curioso que Parra Bañón, tan dado a referencias ignotas, mencione foto tan reciente en Pies de foto para arquitecturas descalzas, comparando al de Mánchester con el siempre elegante Loos: "Nadie ha podido vestirse con tanta elegancia como él, portavoz en cualquier circunstancia  de un traje inmaculado y rigurosamente sometido a la tensión de la plancha. Ni siquiera Norman Foster cuando se viste prístinamente de blanco: jersey blanco hielo de cuello alto debajo de un traje de chaqueta de color blanco crudo con cuatro botones tangentes cosidos en cada puño, a tono con la ropa interior (blanco roto) [Bañón, raro de lujo como le llama Fernández-Galiano, es muy dado a las licencias poéticas] y alpargatas de lona teñida con blanco tiza. Sin calcetines, posa papal (solo le falta el solideo o la tiara, y quizá el apoyo de la férula simbólica) en septiembre del año 2020 en St. Moritz para la portada de una revista internacional de diseño. Posa albo a sus ochenta y cinco años en uno de los edificios vermiformes que ha injertado en la tierra (Chesa Futura) ante las montañas suizas en las que acostumbra a esquiar, cuando aún no las ha cubierto la nieve, para diferenciarse de la hermandad de arquitectos que visten completamente de negro. El vestido, el revestimiento, el tapiz, la cortina, la alfombra, el pijama, la ropa, el gabán, el hábito es, como con insistencia postuló Loos (...) el asunto de la arquitectura". 

Sería interesante escuchar los comentarios que Bañón dedicaría al outfit de nuestro querido Jose Ramón Hernández Correa, que posa feliz en la última entrada de su blog dedicada a la exposición que el IAE dedica en estos momentos a Juan Daniel Fullaondo, quien fuera su profesor. Correa combina hábilmente blanco higienista (en la camiseta) y negro arquitectónico (en los pantalones, bandolera y calcetines) y ambos en las zapatillas deportivas. Bañón aventuraría el color de su ropa interior, pero nosotros, meros aficionados, preferiríamos no hacerlo. El arquitecto y bloguero que, como dice Jaume Prat (cómo echamos en falta su blog, por cierto), nos enseñó a amar Seseña, es el primero que hace chanzas con su look y menciona como descargo el también aspecto algo descuidado de Vargas Llosa en alguna foto reciente. Recordemos aprovechando que el Pisuerga pasa por Murcia que el peruano fue el encargado de escribir la necrológica de Le Corbusier en la revista bonaerense Primera Plana. 

Ya puestos, habremos de hablar sobre el "héroe mal nadador" en palabras de Bañón, quien nos muestra en su desbordante "ensayo-álbum-relato", como no podía ser de otra manera, la famosa foto del francosuizo en pelota picada luciendo cacha y cicatriz náutica y premonitoria. Lo que desconocíamos es que lo que dibuja en dicha foto es la pintura-pintada que hizo en la E1027, la blanca casa diseñada por Eileen Gray, para horror de la irlandesa (el IAE por cierto le dedicó a la vivienda una exposición el verano pasado). Y es que Corbu era un tramposillo. Tanto hablar de catedrales blancas y ángulos rectos y al final hacía lo que le salía del alma. 

Blancas son las maquetas que se nos muestran en la exposición sobre Fullaondo, lo cual llama poderosamente la atención porque en las fotografías que podemos allí ver ninguno de sus edificios lo es. La maqueta que me pareció más interesante -también la muestra José Ramón en su entrada- fue la del proyecto no realizado que diseñó junto a Chillida para la entrada del puerto de Bilbao, asimismo de un blanco deslumbrante. ¿Alguien se imagina una escultura de Chillida blanca? Lo cierto es que, aunque cada vez las hay más color madera, la maqueta de blanco unívoco sigue siendo la más habitual en exposiciones: ¿herencia subliminal del Movimiento Moderno? Me gustó, por cierto, la exposición sobre el arquitecto bilbaíno aunque, como me suele pasar cuando voy al IAE, casi disfruté más contemplando la rehabilitación del antiguo convento del s. XVII realizada, en los primeros 90, por Linazasoro. La encantadora encargada, Elena creo que me dijo se llamaba, vestida riguorsamente de negro como los guías, nos ofreció una jugosa conversación (nos dijo por ejemplo que Vázquez Consuegra había estado hacía unos días) y nos habló de las cuatro intervenciones temporales con las que sendos equipos de arquitectos muy jóvenes quieren alegrar y visibilizar el recoleto museo encajado en el monte Urgull. La que más nos gustó por votación familiar fue la muy pop de Ocamica Tudanca (los arquitectos multipremiados por la plaza de Mansilla Mayor). 

Acabemos esta entrada -postal veraniega más bien- como empezamos. ¿Por qué se decantaría Moneo por el blanco para Iesu, color tan poco apropiado para estos lares? Vallet, moderno hasta las trancas como veíamos, dejó la capilla de Agiña con el hormigón pelado. Santiago de Molina, con su retranca tan británica, nos recordaba hace poco los problemas que causaba esa acendrada manía moderna por lo minimal. ¿Al pensar en el color de Iesu recordó acaso Moneo la que se montó en Estocolmo cuando quiso dejar en gris el Moderna Museet, que finalmente tuvo que cubrir de color salmón? 

"Eran blancas las catedrales porque eran nuevas. Las ciudades eran nuevas, se construían íntegras, ordenadas, regulares, geométricas, de acuerdo con planos. La piedra de Francia, recién tallada, era resplandeciente de blancura, como blanca y deslumbrante había sido la Acrópolis de Atenas (...). Comenzaba el mundo nuevo. Blanco, límpido, alegre, aseado, neto y sin retornos, el nuevo mundo se abría como una flor entre las ruinas" nos dice un Corbu que pronto iba a colaborar con Vichy en Cuando las catedrales eran blancas (1937). Pero ya todos sabemos que la Acrópolis, como la estatuaria griega que hoy conocemos pálida, estaban cubiertas de vívidos y variados colores como la vida misma. 

 







lunes, 8 de agosto de 2022

El arquitecto de frontera

 


Como quedamos en la entrada anterior hablaremos hoy sobre la capilla de Agiña, a cargo de Luis Vallet, que conforma junto a la estela de Oteiza el memorial al Aita Donostia inaugurado en 1959.

Pero déjame primero que te dé unas breves pinceladas sobre el arquitecto en cuestión, del que he descubierto un par de detalles que pueden ser de tu interés. Luis Vallet de Montano (1894-1982) nace en Plan (Huesca) en el seno de una familia culta y viajada, pero muy pronto se traslada a Irún, de donde es originaria su madre. En 1921, tras estudiar la carrera en Madrid, conseguirá el puesto de arquitecto municipal de la fronteriza ciudad. Sus inicios en la disciplina fueron historicistas, construyendo casas de estilo neovasco e inglés, este último estilo influido por un viaje al Reino Unido para estudiar estadios de fútbol ya que uno de los encargos primeros para el ayuntamiento fue la construcción de un campo para el equipo local, el Real Unión. Se le llamó Stadium Gal pues fue financiado por Salvador Echeandía Gal, empresario fundador de Perfumes Gal y por cierto tío de nuestro arquitecto. Fue inaugurado en 1924, con un partido contra el Barcelona nada menos. Volviendo al estilo inglés, te enlazo a uno de los mejores ejemplos en la obra de Vallet, el que fuera matadero de Irún y hoy sede de la Policía Municipal, con un aire a Lutyens. No obstante estos ejemplos de arquitectura tradicional, nuestro protagonista tuvo un alma moderna en lo arquitectónico y en lo vital, algo en lo que también ayudó la cercana frontera. Fue deportista avezado en deportes como el ski, el buceo o la navegación (en un pequeño balandro que él mismo diseñó, el Jai) y fue al parecer pionero surfista sobre la tabla que un carpintero amigo, Manuel Montes, le fabricó, el mismo por cierto que construiría el encofrado de madera para la capilla de Agiña que hoy nos ocupa. Trató a Pio Baroja, Menchu Gal o Stravinsky, al que conoció mientras el músico residió en Biarritz, escuchaba la música de Schönberg cuando pocos lo hacían y escribía artículos en Cortijos y rascacielos, la revista de Casto Fernández Shaw con una vocación que hoy denominaríamos glocal bajo el alegre pseudónimo de Kazkazuri ("Buena suerte" en euskera). En lo arquitectónico su modernidad no fue menos intensa. Estuvo presente en la conferencia "Pintura y arquitectura modernas" que se celebró en San Sebastián en 1930 y a la que asistieron entre otros García Mercadal o Aizpurua y Labayen (autores del muy moderno Club Naútico donostiarra) y perteneció al GATEPAC, fundado ese mismo año por Mercadal y Sert en Zaragoza con el fin de estrechar lazos con los CIAM. Quizá el mejor ejemplo de casa moderna que Vallet realizó fue el chalé para Alberto Anguera (1930), también en Irún, único edificio de la ciudad reconocido por la Fundación para la Documentación y Conservación de la arquitectura y el urbanismo del Movimiento Moderno (Do.co.mo.mo) con la placa correspondiente. 

La Guerra Civil iba a cambiar la vida de Vallet durante varios años. Cuando las fuerzas franquistas invadieron la ciudad, el arquitecto y su familia, como tantos otros, abandonaron Irún fácilmente gracias a la cercana frontera a principios de septiembre de 1936. Se establecieron en la vecina Hendaya y ocasionalmente en Buenos Aires. Perdió su plaza de arquitecto municipal y fue inhabilitado para ejercer la profesión; su buena suerte se apagó, aunque desde luego fue más afortunado que Aizpurua. Acusado de colaborar activamente con las fuerzas leales a la República (seguro que alguno recordaba que el arquitecto prestó su refinado Lancia Lambda, rojo para más inri, para agasajar a Alcalá Zamora, presidente de la República, en su visita a Irún en 1932), pronto se demostró que eran denuncias sin fundamento, por lo que en 1943 pudo regresar a su ciudad casi natal y volver a trabajar aunque no se le devolvió el cargo de arquitecto municipal; no le sería restituido, ya simbólicamente, hasta 1978. El regreso a su labor fue lento y tortuoso. Empezó trabajando en los entornos de los embalses del Ebro y Yesa y por supuesto debió olvidar el lenguaje moderno, considerado subversivo por representar los valores de igualdad social y apertura al exterior defendidos por la República. Las iglesias que construyó para los nuevos núcleos urbanos creados para los habitantes de los pueblos anegados eran tradicionales, pero, moderno al fin, en las viviendas introdujo los principios higienistas postulados por los CIAM disfrazados tras fachadas regionalistas al gusto del nuevo régimen, que ya en 1939 había fijado el nuevo canon en un congreso convenientemente celebrado en El Escorial. Las tornas irían cambiando progresivamente cuando el régimen franquista se dio cuenta de que la arquitectura vanguardista podía aportar un barniz de modernidad a un país aislado y atrasado que buscaba apoyos en el exterior. En ese contexto pueden explicarse proyectos como la Delegación de Sindicatos en Madrid (hoy ministerio de Sanidad), de 1949, o la muy moderna Basílica de Aránzazu (1950). Entretanto los arquitectos pugnaban por nadar y guardar la ropa, y Vallet no era excepción. Su curioso edificio de viviendas en el Paseo Colón 50 de Irún es un ameno pastiche donde aunó con arrojo el estilo neovasco (con unos arcos escarzanos para las terrazas), el inglés, (con unas atrevidas bay windows), el moderno (los balcones redondeados) y, como colofón, que estamos aún en 1946, un portal con formas barrocas. 

Los 50 son años felices para Vallet. Destacaremos dos proyectos: Uno, quizá el más original, fue una casa desmontable de madera que podía ser erigida sin demasiada dificultad por cuatro personas en unas seis horas. Hizo de hecho dos prototipos de forma troncopiramidal quizá con la idea de su producción en serie, pero la idea no cuajó. La revista británica Woods publicó un reportaje sobre la casa en 1952. Más interesante es la casa en Irún que diseñó para Oteiza, con quien trabajaba en esos momentos en Agiña, y otro pintor y escultor vasco, Néstor Basterretxea, autor de las virulentas pinturas de la cripta de Aránzazu. En un primer momento fue Saénz de Oiza (responsable de la basílica de Aránzazu) el elegido para proyectar la vivienda, de hecho incluso se planteó vivir con ellos, pero tras diez (algunos hablan de 14) propuestas que por una razón y otra no eran aceptadas por los exigentes artistas parece que perdió interés en la casa y marchó a Madrid. Vallet, a quien Oteiza recurrió entonces (se habían conocido en los años 30 por mediación de Aizpurua, verdadero impulsor de la modernidad en Guipúzcoa), no lo tuvo más fácil. Nueve proyectos presentó a Oteiza y Basterretxea antes de que finalmente dieran su plácet en 1956. La casa, moderna de manual, recibió al parecer las felicitaciones del mismísimo Le Corbusier. Aún está en pie, pero en un estado de abandono calamitoso (los escultores vivieron en ella hasta los 70). Sólo hace unos meses el ayuntamiento ha decidido finalmente acometer su restauración tras más de veinte años pensándoselo. La cubre ahora mismo una lona temporal que lleva serigrafiados los diseños originales de Vallet. En la casa ambos artistas viveron momentos clave en sus carreras, Oteiza escribió en ella su famoso Quousque Tandem...! y decidió abandonar como veíamos la exploración artística para llevar a cabo proyectos más prácticos; Basterretxea por su parte dejó la pintura para iniciar una nueva etapa artística como escultor y cineasta.

Llegamos al fin a Agiña. Como las que nos proponíamos breves pinceladas han devenido brochazos espesos, trataré de ser conciso, aunque me temo que la síntesis sea solo asequible para los más aptos. Vallet presentó dos proyectos de capilla para Oteiza, uno, anguloso en plan caja moderna como navío varado en la montaña megalítica y otro en forma de sencillo cascarón curvo de hormigón, cual altavoz que reprodujera (lo dice Vallet) los sonidos de la montaña, en metáfora musical muy apropiada para un monumento dedicado a un compositor y musicólogo. En la parte posterior la pequeña nave queda truncada y se le adosa una suerte de primitivo rosetón con vidrios de diferentes colores. Vallet hizo dos maquetas de madera, encargadas a Manuel Montes, su carpintero fiel, y las dispuso en el jardín de su estudio situado en la magnífica villa Montano, que el propio Vallet había diseñado en estilo inglés para sus padres. Ducho fotógrafo como buen moderno, hizo instantáneas de ambas maquetas y se las mandó a Oteiza para que eligiera, reconociendo así la primacia del artista sobre el técnico para el memorial. El de Orio se decantó sin dudarlo por la nave que hoy conocemos, las razones para ello nunca las conoceremos con exactitud. Sabemos que había quedado prendado de Ronchamp, esa iglesia que recomendó a Sáenz de Oiza visitar antes de morir y que acababa de terminarse por aquel entonces. Como elucubrar es gratis (e inocuo en nuestro caso), podríamos pensar que Oteiza quiso reproducir en Agiña las inesperadas curvas de Le Corbusier (al parecer sus formas fueron inspiradas por el caparazón de un cangrejo hallado en Long Island) para una iglesia que, como la capilla del padre Donosti, se situaba en lo alto de un monte dando la bienvenida a los peregrinos de rigor y que, como aquella, era muy consciente de su espectacular emplazamiento. Para los modernos y seguidores de Corbu debió ser un verdadero shock el diseño de la iglesia, con sus formas alabeadas y su desprecio del ángulo recto, formas que el arquitecto hasta ese momento había escondido, cual excrecencias vergonzantes, en azoteas y lugares poco visibles de sus edificios para ahora mostrarlas en todo su esplendor. Otras semejanzas con Agiña, muy cogidas por los pelos pero es que aspiramos a ir más allá del cortaypega, sería su apariencia primitiva, casi prehistórica, cual gigantesco dolmen (lo dice Moneo en su reciente Sobre Ronchamp). Ronchamp además se propone "alcanzar un "todo" abstracto y sintético, que nos ayude a despojarnos de nosotros mismos y a intuir que aquél es el lugar en el que preguntarse acerca de lo trascendente"  (Moneo de nuevo: él por cierto lo consigue plenamente en Iesu), algo muy parecido a lo que intenta el memorial de Agiña salvando las oceánicas distancias. La pequeña "vidriera" que Vallet introduce en su capilla también podría haber sido inspirada por los coloridos vidrios de Ronchamp, que para Moneo son su seña de identidad. En fin. 

Terminamos. Si te ha picado la curiosidad sobre Vallet, te recomiendo encarecidamente Luis Vallet de Montano (1894-1982). Arquitecto de Frontera, de Lauren Etxepare Igiñiz y Fernando García Nieto, de donde hemos obtenido gran parte de los datos aquí vertidos. Excelentemente documentado y de ágil lectura gracias a una fluida prosa, sólo se le podría poner la pega, tan habitual en esta clase de trabajos, de ser un tanto hagiográfico. Hay dos capítulos del libro subidos a internet, el que relata su relación con la arquitectura moderna (aquí lo tienes) y otro que se centra en su depuración tras la Guerra Civil (aquí). Mención aparte merece el fotógrafo que ilustra el libro, Aitor Izaguirre, en su página web puedes encontrar una selección de las imágenes incluidas en él. Si quieres saber más sobre el memorial al padre Donostia, tienes aquí un interesante texto de Ana Arnaiz Gómez y en este enlace puedes encontrar otro pequeño pero jugoso artículo de Emma López Bahut, experta en Oteiza. Nosotros nos despedimos ya, siempre agradecidos por tu paciente atención. 




domingo, 31 de julio de 2022

Anclas


 Te presento una pieza de land art erigida en los últimos 50, cuando aún ni existía el concepto, en un tierra cuya nómina de escultores vanguardistas descolla. Del autor de la doliente escultura que ves a la izquierda, al que siempre tentó la arquitectura, otro artista no menos famoso, Richard Serra, dijo cuando le descubrió, allá por 1983, que era el escultor más importante de la primera mitad del siglo XX. Uno de sus supuestos discípulos al parecer no estaba muy de acuerdo con Serra, porque en lo más crudo del invierno de su descontento (el de 1992 para ser más precisos) se cogió pico y martillo y, solo o en compañia de varios secuaces, se dispuso a reventar el monolito a golpes. Resistió el cruel embate la piedra negra de Markina, aunque sus heridas, que el autor nunca quiso fueran restañadas, se conservan como brutal recuerdo de tamaño akelarre de violencia. La escultura, junto a la cáscara de hormigón que como capilla construyó un arquitecto amigo formando ambos una suerte de bizarro bodegón, se erigió en memoria del musicólogo y compositor vasco José Gonzalo Zulaika, popularmente conocido como Padre Donostia dado que era también monje capuchino. 

Como acaso hayas ya adivinado la estela/monumento es la que diseñara Jorge Oteiza en forma de sencillo paralelepípedo de 2,5 metros de lado sobre el que perfora un círculo ligeramente descentrado, mientras que la capilla, menos conocida, fue obra de Luis Vallet de Montano. Son años de especial importancia para el escultor de Orio, recordemos que el conjunto se diseñó en 1957 y fue inaugurado en 1959. Sus catorce apóstoles (sí, se sacó de la manga dos más, pero él era así) para Arantzazu yacían por aquel entonces arrumbados en la cuneta de la carretera que asciende al monasterio tras la negativa eclesiástica a que formaran parte de la fachada del edificio diseñado por Sáenz de Oiza por mor de lo vanguardista de sus formas, sus atormentadas concavidades sirviendo de abrevadero para los animales que por allí pastaban. No sería hasta 1969 cuando serían finalmente izados sobre el pórtico de entrada a la iglesia. También en 1957 ganaría Oteiza un importante premio de escultura en la bienal de Sao Paulo, junto a Morandi y Ben Nicholson, quien se dice podría haber influido en el diseño de la estela, no en vano el pintor inglés gustaba de representar círculos (acaso recuerdos de su afición al billar, al que se entregaba con fruición en lugar de asistir a las clases en la Slade School of Fine Arts), aunque el referente más citado es el Círculo Negro de Malevich, también, como el de la estela, descentrado con respecto al cuadrado en el que se inscribe. Finalmente decir también que en 1959 Oteiza daría un giro exponencial a su carrera, anunciando que abandonaba la exploración formal y ensimismada para dedicarse a poner en práctica proyectos de toda índole que en su mayoría naufragarían con estrépito. Acaso el pensamiento utópico necesita del fracaso. 

El emplazamiento del conjunto del Aita Donostia merece párrafo aparte, una "zona de ancestrales supervivencias", como la califican los artífices del memorial al monje músico (obsérvalo en el tráiler de la videoinstalación que Víctor Erice dedicó al monumento). Se trata de una importante estación megalítica con 107 crómlechs, once dólmenes, un menhir y cuatro túmulos en lo alto del monte Agiña, de 618 metros, al que se accede por una carretera endiabladamente bella no lejos de Lesaka, ya en Navarra pero muy cerca del límite con Guipúzcoa, emplazamiento acaso premonitorio: recordemos que en 1992 (el año de la agresión a su estela, igual no es casual), Oteiza, cansado de la politica cultural vasca (se opuso por ejemplo al proyecto del Guggenheim bilbaíno) iba a donar toda su obra a una fundación que estableció en Navarra, donde tenía su estudio y donde Sáenz de Oiza, navarro, le construiría un edificio anejo. Está enterrado allí mismo (otro desterrado crónico). Pero volvamos a Agiña y escuchemos lo que el escultor nos cuenta de su estela y el emplazamiento elegido: "Es una piedra negra, flotante del suelo de crómlechs. Con una cara hendida por un círculo perforado, (...) el círculo vacío ligeramente descentrado... esta piedra debe producir una impresión de gravedad, de soledad, también de una presencia distante, irremisible, como las piedras que desde nuestra prehistoria le acompañan, mucho más ciertamente que nosotros. El simbolismo geométrico del círculo y el cuadrado, levemente desviado en ese señalado lugar, como un ancla de rotación incesante del paisaje, se quisiera que lo desocupe todo, que nos ignorase con la indiferencia de todo lo que es Bueno y Eterno, que nos haga rezar y sentir lo poco que somos". La estela como ancla ante un paisaje abrumador e inclemente; el círculo como trasunto de los varios crómlechs que rodean el cósmico complejo (el que circunda la estela fue al parecer retocado por Oteiza); el emplazamiento megalítico como anhelo de volver al hombre más primitivo, no contaminado por la civilización, tan típico de las vanguardias; el memorial, en suma, como triunfo sobre la muerte, perpetuándose como los crómlech hacia el futuro, más allá del acabamiento de sus creadores, la "solución estética" de la que habla el escultor: "o se cree en la otra vida (solución religiosa tradicional) o la solución estética: ante el dolor de desaparecer, una determinación suprema y difícil de quedar". Desocupadas con ahínco sus esculturas, que quería vacías para dar valor al espacio surgido de esa extracción insomne, Oteiza, vaciado también él, siempre buscó un ancla en la que enraizar su angustia existencial: "Duermo con los brazos en alto, pero no me rindo / moriré de rabia, pero no de viejo", dijo en uno de sus poemas, que resuena con el "Rage, rage against the dying of the light" del conocido poema de Dylan Thomas "Do not Go Gentle into the Good Night". 

Nos quedaría aún hablar de la capilla de Vallet, pero como no quiero que se te haga bola, que últimamente me salen las entradas muy densas, dejaremos la capilla para una próxima ocasión. No me resisto, con todo, a despedirme con la descripción de un momento Oteiza en Agiña, contado por el escritor José de Arteche, que acompañó al escultor y al arquitecto en su primera visita al emplazamiento del memorial: "Oteiza se arrodilló con los brazos en cruz, diciendo que deseaba recibir las emanaciones telúricas. Parecía un niño. Vallet le ayudó a levantarse. Hacía frío... Oteiza derramó sobre el paisaje una mirada ansiosa. Otra vez parecía que entraba en trance: 'Es preciso -dijo- llenar nuestro paisaje de estelas funerarias, de señales encendidas estratégicamente dispuestas en esta larga noche de la que no queremos despertar'".




domingo, 24 de julio de 2022

Rénderes (o no)

 


Voy a darte 15 segundos para que me respondas a la siguiente pregunta: ¿es esta foto un rénder o es real? Seguro te ha pasado como a mí, que te ha parecido una imagen de ordenador. Pues no, es un edificio de verdad. Se trata de un bloque de viviendas (el Sluishuis, la "casa esclusa") en Holanda a cargo de BIG y el estudio de Róterdam Barcode, quienes plantean el edificio como una puerta de entrada a un nuevo barrio cerca de Ámsterdam construido sobre una isla artificial. Más fotos y descripción aquí. 

Lo cierto es que la arquitectura digital es un campo de trabajo que ofrece interesantes posibilidades. Hay arquitectos que ya lo plantean como parte de su actividad. Así, acabamos de saber que el estudio PLP con base en Londres y a cargo de importantes encargos allí, como el rascacielos más alto de la City, el 22 Bishopgate, ha creado 5.000 NFTs (ya sabes, los Non-Fungible Tokens que están revolucionando el mundo artístico) de un rascacielos virtual para el traído y  llevado metaverso.Teniendo en cuenta que un tal Beeple vendió un collage fotográfico por 69 millones de dólares en una subasta de NFTs, no es de extrañar que los arquitectos quieran meter baza en un campo en el que tienen mucho que decir. Como dice Richard Woolsgrove, jefe del departamento digital de PLP (PLP Labs), "gran parte del trabajo de los arquitectos es digital, siempre tenemos un pie en el mundo virtual". BIG sin ir más lejos (los arquitectos de la Sluishuis que abre nuestra entrada hoy) han creado unas oficinas virtuales para el grupo Vice Media que servirán de "patio de juegos experimental" y están situadas en Decentraland, un barrio del metaverso que probablemente deba su nombre a las DAO (Decentralised Autonomous Organisations), organizaciones que sustituyen la jerarquías tradicionales por un sistema regido por algoritmos. Por cierto que BIG han tirado de archivo y para las oficinas virtuales que te digo han replicado un espectacular proyecto de 2009 nunca realizado (el TEK), una especie de centro comercial para Taiwan que ya se proponía como prioridad no tener en su distribución una "jerarquía obvia". 

En el mundo del entretenimiento la arquitectura virtual tiene también un futuro prometedor. Estoy viendo estos días la serie Altered Carbon, en plan binge-watching aprovechando que me están cambiando la cocina, experiencia también arquitectónica por cierto, y tengo la movilidad reducida: ir de una habitación a otra parece una prueba del Wipeout. Se trata, en breve, porque al cabo somos un blog de arquitectura (o no), de una versión low-cost de Blade Runner de la que han copiado la ética/estética cyberpunk y, a lo que iba, su skyline con atractivos rénderes. Si creciste como yo con la ciencia ficción, no puedo sino recomendártela, si no es el caso te la puedes saltar sin mayor problema (hay idas de pinza considerables, mi favorita es que aparece un renderizado Edgar A. Poe, no te digo más). Tiene hasta su puntillo metafísico: en un mundo futuro en el que los más pudientes pueden eternizarse gracias a una suerte de mini disco duro extraíble donde se conservan todos sus recuerdos y se encuentra alojado como una vértebra más en la columna (solo deben preocuparse de cambiar sus fundas cuando estas se deterioran o dejan de gustarles), un grupo de rebeldes trata de enfrentarse al sistema justificando su lucha contra la inmortalidad de los Meths (por Methuselah, nuestro Matusalén) con perlas como estas: "La muerte era la máxima protección contra nuestros ángeles más oscuros. No estamos hechos para la inmortalidad, corrompe hasta a los mejores", todo un alegato contra el transhumanismo (tráiler). Por cierto que estoy combinando su visonado con la lectura de Pies de foto para arquitecturas descalzas, de José J. Parra Bañón, un adictivo libro que comparte con Altered Carbon su tono surreal, hiperbólico, visceral y escatológico (en ambos sentidos del término: hablando de vértebras, no creo que necesite saber -o sí- que Le Corbusier llevaba siempre consigo una de su difunta esposa que recogió tras su deficiente incineración), así que como ves entre unas cosas y otras este julio voy de pasmo en pasmo. Recomiendo entreverar el "ensayo-álbum-relato" de Bayón con dos pequeños libros de Luis Fernández-Galiano (Los maestros modernos y Maestros singulares), sendas recopilaciones de añejos artículos publicados en El País y otros medios, textos por cierto bastante más fibrosos que los de Bañón pero con tanta enjundia o más: al hablar en muchos casos de los mismos arquitectos, ambos trabajos se complementan de forma muy curiosa. 

La ciencia ficción y la arquitectura hacen fantásticas migas. Y a veces te llevas verdaderas sorpresas. Aún recuerdo una serie hace ya unos cuantos años (Fringe se llamaba) que giraba también en torno a los mundos virtuales y las realidades paralelas. En uno de los capítulos la acción se desarrollaba en un Nueva York alternativo, que se había desarrollado al margen del Nueva York real. Pues bien, en su skyline habían renderizado nada menos que el hotel nunca realizado que Gaudí diseñó para la ciudad allá por 1908 y que se hubiera elevado 360 metros nada menos. Te enlazo a los bocetos del edificio que habría sido el más alto de Nueva York (y del mundo). Por cierto, la escena de la serie donde aparece está en You Tube. 

Pues mira, ya puestos te comento otra serie que también vi en plan atracón hace un par de meses (en este caso fue un invitado inesperado, el Covid, el que me tuvo confinado y febril), con atractivo arquitectónico incluido. Se llama Archivo 81 y podría ser una mezcla de El Resplandor, The Blair Witch Project, Tesis e incluso algunos toques de El exorcista. Sí, es de miedo, te enlazo al tráiler. En él se vislumbra la casa donde el protagonista se recluye para restaurar unas viejas cintas de video que esconden terribles secretos. La casa, solitaria y de brutal y bizarro diseño (podría recordar a Kahn), sienta como un guante al argumento, ayudando a crear ambientes de gran tensión. Tras trastear algo por aquí descubrí que la casa existe (aquí la tienes), la construyó en 1964 un tal Tasso Katselas, arquitecto americano de origen griego que tuvo como mentor a Wright nada menos (el arquitecto al que cantaran los mismísimos Simon y Garfunkel llegó a recomendar a Katselas cuando la dueña de Fallingwater le comentó que quería hacer una capilla en el entorno de la icónica casa, capilla que finalmente no llegó a realizarse). Aunque principalmente conocido por el innovador aeropuerto de Pittsburgh, de Katselas te destacaría un extraterrestre monumento en memoria de Roosevelt que tampoco llegó a ver la luz. Katselas sigue vivo, aunque obviamente a sus 95 años está jubilado, y de vez en cuando se pasa por su estudio (TKA) a ver qué se cuece. 

Cada vez hago las entradas más recargadas de adherencias parásitas, sorry. Termino ya con breve apunte de una última serie que tiene también su punto arquitectónico. La estoy viendo con mi santa contraria, así que nada de metaversos gore o terror gótico. Está de hecho basada en un personaje real pero lo virtual también hace acto de presencia. Se llama Inventing Anna / ¿Quién es Anna? (no, Netflix no me da comisión) y narra con excelente ritmo y actores que lo clavan la historia de una pipiola de origen alemán que logra embaucar a no sé cuántos VIPs para que le financien un megalómano proyecto: un club para la alta sociedad en un bellísimo edificio neoyorquino (el Park Avenue 281, de nuevo un inmueble que es real). Anna está a punto de conseguir tamaña hazaña a base de  determinación, falta de escrúpulos y dominio de los social media, gracias a los que crea un personaje ficiticio lleno de glamour y atractivo para los Meths, uy, quiero decir (que me lío), lo más granado de la sociedad neoyorquina.  Produce cierto morbo placentero el ver cómo se lo montan los ricos y famosos (especialmente ahora que, gracias a Santiago de Molina, hemos descubierto que somos pobres). En fin, es una interesante fábula de nuestra sociedad, esclava del like. Por cierto que el arquitecto que va a ayudar a Anna a reconvertir el Park Avenue 281 en sede de su fundación se apellida en la serie Calatrava, aunque de nombre le han puesto Gabriel...

Nos vamos no sin desearte un verano de lo más real. 

lunes, 4 de julio de 2022

Raíces

 


Londres ha vuelto a hacerlo. Tras el fiasco protagonizado el verano pasado por el Marble Arch Mound de MVRDV, este año la ocurrencia ha sido el Tree of Trees de Thomas Heatherwick dedicado al Jubileo de platino de Isabel II (te lo explica el propio diseñador en este sentido vídeo). Que conste que la comparación entre el montículo de los holandeses y el Árbol de árboles no es cosa nuestra, lo dice el mismísimo Oliver Wainwright. Como ves, el árbol real es en realidad falso, un artefacto replicante sin raíces y con ramas de acero que soportan 350 arbolillos (estos de verdad) plantados en otros tantos maceteros: a Wainwright le recuerda a una antena de telefonía móvil. La obsesión resilvestradora del diseñador inglés por meter con calzador árboles en sus últimos proyectos (ahí está el 1,000 Trees, un centro comercial en Shanghai que cubrió con árboles enraizados en las columnas que soportan la estructura, por no hablar de su surreal propuesta de mesa basada en el mismo principio) llega en el árbol royal casi al paroxismo, y es que, como él mismo señala con vehemencia en Dezeen, necesitamos lugares que provoquen una respuesta, y los árboles ayudan no sólo al bienestar físico sino también al psíquico (postula incluso que los árboles reducen la tasa de criminalidad) ya que humanizan los edificios y los dotan de variación y movimiento. La caja moderna se lee en veinte segundos, continúa, al contrario que un edificio antiguo, que posee muchas capas y hace que detengamos la mirada más tiempo. Al añadir complejidad a las fachadas (gracias a los árboles y a un conjunto de balcones entreverados), se añaden diferentes capas de percepción y el centro comercial, habitualmente anodino se hace más intrigante, indicando, ufano, que 100.000 personas visitan el "1.000 Árboles" al día. Esperemos que el edificio de oficinas que va a levantar en Madrid tenga un éxito similar. Lo de los árboles coronando los edificios me ha recordado la intervención de Souto de Moura en el monasterio de Santa María de Bouro, cerca de Braga, para convertirlo en pousada: "Los muros tenían dos caras de piedra de cincuenta centímetros de espesor, y en medio otros cincuenta de tierra, y durante años habían crecido los árboles en el relleno de tierra, por lo que el edificio era como un animal con cabellos" (AV 208). ¿Habrá dejado algún árbol sobre los muros?

Dejaré a tu critero valorar si el furor renaturalizador de Heatherwick es real u otra muestra de greenwashing. No volveremos en todo caso sobre el tema que ya nos ocupó unas cuantas entradas. Lo cierto es con la que está cayendo parece que el futuro va por ahí. El arquitecto milanés Carlo Ratti ha proyectado la torre Jian Mu en Shenzhen que se presenta como el primer farmscraper (granja rascacielos) del mundo con 218 metros de altura. Sus inquilinos podrían cultivar verduras y frutas en la propia torre, que dedica 10.000 metros cuadrados a cultivos verticales siendo capaz de producir 270.000 kilos de comida al año, lo que podría cubrir las necesidades de 40.000 personas (más información aquí). A mí todo esto me recuerda a una añeja película de ciencia ficción de los primeros 70 (cuando se iniciaba una tímida concienciación sobre los problemas medioambientales), de nombre Silent Running, en la que una nave espacial-invernadero transporta los últimos restos de vida vegetal de la Tierra, donde ha desaparecido todo vestigio de su flora. El director, Douglas Trumbull, fue el supervisor de efectos especiales de películas de la talla de 2001: Una odisea en el espacio o Blade Runner. 

Pero no nos pongamos apocalípticos, aunque lo cierto es que el subgénero prospera últimamente. El propio Wainwright culmina su duro artículo sobre (contra más bien) el Árbol de árboles de Heatherwick con metáfora incendiaria, recordando el espectacular pebetero olímpico que diseñó para los Juegos de Londres de 2012: 204 pétalos replicados en metal, representando cada uno de los países participantes, que fueron prendidos uno a uno a ras de suelo tras lo cual se elevaron y al juntarse culminaron en una única gran llama: "Sería todo un clímax si la estructura de acero de Heatherwick se conviertiera en un lanzallamas, como el pebetero de los Juegos de 2012 y prendiera fuego a las almenaras reales [las royal beacons con las que habitualmente se celebran los jubileos reales]. Un esqueleto de árboles chamuscados colgando en el exterior del palacio sería un adecuado monumento a nuestro tiempo". Tremendo. 

El fuego, metáfora de la energía consumida con encono, es sin duda una imagen que define esta atribulada época. Por cierto que en esos mismos Juegos de Londres se rindió peculiar tributo a un tema tradicionalmente asociado al deporte que lleva el fuego por bandera. Te enlazo al momento a ver si lo reconoces. Sí, como comprenderás tenía que hacer referencia a Vangelis ahora que nos ha dejado hace poco más de un mes. Chariots of Fire es un anthem ya británico, coincidiendo con los Juegos se puso en escena una obra de teatro basada en la película para la que el músico griego dio nuevos arreglos a los temas presentes en el film y compuso otros enteramente nuevos. Es curioso, y triste, que en los Juegos de 2004 en Atenas no hubiera la más mínima referencia a Vangelis (en su lugar fue DJ Tiesto el encargado de poner la música al evento), a pesar de su contribución a la elección del país heleno como sede organizando por ejemplo los juegos de atletismo de la IAAF en Atenas a finales de los 90. Sin duda estaba muy próximo el soberbio concierto que dio en 2001 en el templo de Zeus Olímpico (Mythodea), evento que levantó ampollas por su coste y lo delicado de su emplazamiento y tuvo en su contra a popes del calibre de Theodorakis, acaso tocado en su ego. Vangelis murió y fue incinerado en París, la ciudad que le acogió en 1968 cuando, junto a su grupo Aphrodite´s Child, buscaba nuevos horizontes profesionales. En París fue donde inició su carrera en solitario con álbumes como Earth, donde daba muestras de una desarraigada desazón en temas como We were all uprooted: "Estábamos todos desarraigados, nos robaron la tierra de debajo de nuestros pies, nos convertimos en una diáspora, una nación anónima de bastardos, anclamos nuestras raíces al latido de la luz en lo más profundo de las galaxias de nuestra mente, nuestro aliento era el cielo, nuestros sueños eran agua, reclamamos la naturaleza, nos reconocíamos los unos a los otros". Es un tema hipnótico e inclasificable, entre pop psicodélico, que es lo que tocaba, y música tradicional griega, escúchalo aquí. Tras publicar Earth (1973), Vangelis se establecería en Londres, donde compondría sus más famosos éxitos, comenzando por el mítico Heaven and Hell (Cielo e infierno). Desde la tierra, el compositor que Carl Sagan eligió para poner la banda sonora de su serie Cosmos lograría al cabo alcanzar las estrellas ya desarraigado del todo, involucrándose con las agencias espaciales americana y europea en diferentes proyectos musicales. Con un certero Ad astra se despedía de él la NASA, para la que compuso precisamente Mythodea. 

La dolorosa ausencia de raíces está también presente en el deslumbrante editorial que Fernández-Galiano dedica a Tadao Ando en el último número doble de AV (241-242), centrado en el ascético arquitecto de Osaka: "Más convincente que la búsqueda plácida de fundamentos tradicionales es la interpretación de Ando en el marco escindido de la cultura japonesa posterior a Hiroshima, profundamente occidentalizada y dramáticamente desarraigada y desgarrada.(...) Los edificios de Ando son fábulas sagradas, pero que no evocan ya una trascendencia desvanecida, sino el dolor perturbado de su ausencia. Es esa insurrección introvertida contra la pérdida de sentido la que quizás ayuda a entender el estoicismo frugal y severo de Ando como un esfuerzo de perfeccionamiento espiritual, en un mundo que desdeña lo sagrado". Son curiosas las coincidencias entre Ando y Vangelis, si me permites la descarada ocurrencia (acaso, como dice Enric Bou en el prólogo del libro de Parra Bañón Pies de foto para arquitecturas descalzas, la arquitectura, como la literatura, será comparada o no será). Ambos nacieron, con apenas dos años de diferencia, en medio de la Segunda Guerra Mundial, fueron autodidactas, viajeros e innovadores hasta el desarraigo, y canalizaron sus inquietudes naturalistas a través de sus respectivos campos profesionales. Ando busca en su arquitectura la conexión con la naturaleza y la apertura al mundo natural, pero no esperes encontrar en sus áridas casas de hormigón arbolillos asomando por doquier al estilo Heatherwick o jardines zen, la naturaleza se reclama de forma cruda y directa, como luz, viento, lluvia y demás elementos penetrando inclementes en los espacios a la intemperie que introduce hasta en sus viviendas más pequeñas, como la casa en Sumiyoshi: para ir de las habitaciones al salón o al baño, hay que cruzar una pasarela o bajar unas escaleras al aire libre, así que si llueve pues te mojas. Una casa en la que notarás el cambio de las estaciones, en la que sus altos muros y ausencia de ventanas (está iluminada solo desde arriba) te obligará a una interiorización casi punitiva, en un proceso de contemplación metafísica no apto para todos los públicos. Volvamos con Fernández-Galiano: "La perfección de Ando es dolorosa. Sus construcciones de hormigón, austeras y desnudas como celdas luminosas, alcanzan tal precisión geométrica y material que hieren los sentidos con el filo frío de su exactitud inhumana, y sus ásperos muros arañan la mirada con su disciplina excesiva y especial". 

Sí, acaso el desarraigo tenga esa ventaja relativa: nos pone en una situación que nos permite mirar de otra manera, quizá más libre, desinhibida o profunda. Sigamos en Japón, solo que retrocediendo hasta 1661, cuando Asai Ryōi escribía esto en su Historia del mundo flotante: "(...) vivir tan solo para el instante presente, dirigir toda nuestra atención a los caprichos de la luna, a la nieve, al cerezo en flor, a las hojas del níspero, cantar, beber vino, sentir placer en el simple dejarse llevar, dejarse llevar sin preocuparse ni una pizca por la miseria que nos mira a la cara, evitando desanimarse, ser como una calabaza que flota en la corriente del río. Esto es lo que nosotros llamamos el mundo flotante". No parece un mal plan después de todo. 

viernes, 15 de abril de 2022

Cielo e infierno (y 3)

 


De nuevo en el cielo de los arquitectos, me encuentro hoy bajo un alcornoque en un campo interminable y amarillento, como africano, tan solo moteado por árboles crepusculares. En mitad de este paisaje casi estéril diviso una sencilla casa de muros encalados y ángulos rectos, un refugio silencioso que ofrece paz ante un mundo inclemente. Se escucha Inútil paisagem, la nostálgica canción de Antonio Carlos (Tom) Jobim en la versión mínima que los Morelenbaum (Paula y Jaques) y Ryuichi Sakamoto grabaron para el álbum Casa en el que fue hogar del maestro de la bossa nova en Río. La letra, interpretada por la bellísima voz de Paula (también la cantó Ella Fitzgerald en inglés, escúchala aquí), no es menos hermosa ("Mas pra que, pra que tanto céu, pra que tanto mar, (...)de que servem as flores que nascem pelos caminhos, se o meu caminho sozinho é nada"), aquí la tienes completa. Embelesado por la música, no me doy cuenta de que nuestro trío de arquitectos, conducidos por El Interlocutor, han llegado a la casa a bordo de un Mehari. Es obvio que hoy no toca glamour. Les oigo hablar animadamente y reír con ganas mientras accionan las manos con fruición. Al fin buen rollo entre ellos. Pero acerquémonos a ver qué se cuece mientras se sientan en el patio de la casa en unas sencillas sillas Leva (quién diría que son de Foster). 

-"El Pritzker a Kéré es un premio al low-tech, ya lo siento Richard [en la foto, su escuela primaria en Gando]", dice el de pelo blanco y faz más risueña de los tres. "Es la vuelta a la tierra, al barro que cantaba Miguel Hernández: 'Me llamo barro aunque Miguel me llame. Barro es mi profesión y mi destino, que mancha con su lengua cuanto lame'".

-"'Antes de que la sequía lo consuma, el barro ha de volverte de lo mismo', bellísimo poema, cierto", interviene El Interlocutor. "Anna Heringer también construye con barro, su lema es menos hormigón y más tierra. Su obra es humilde, pero de una belleza punzante, que no tranquiliza sino que inquieta, hiriendo las conciencias y removiendo el paisaje plácido de la conformidad, como he dejado dicho en el folleto de la exposición que sobre ella he comisariado en el museo ICO".

-"Todo eso está muy bien", interviene, por alusiones, el inglés. "Pero lo mismo que la tecnología nos ha llevado a un punto de casi no retorno, será la misma tecnología la que nos salve. Volver al barro, a construir con las manos en clave vernácula puede ser una solución en Gando pero no en Londres. Heringer y Kéré son un ejemplo de arquitectos que pudiendo hacerse ricos decidieron poner sus conocimientos al servicio de comunidades pobres en Bangladés o Burkina Faso, comunidades con las que trabajaron en régimen de igualdad, nunca con un sentimiento de superioridad. Son esas actitudes las que principalmente les hacen merecedores de elogio. Pero pensar que la experiencia de la construcción en barro es extrapolable al mundo occidental es muy cuestionable. ¿Os imagináis un Manhattan de barro?"

-"Sí, está en Shibam", comenta el arquitecto en cuyos ojos aún brilla la utopía mientras se sirve una copa de vinho verde.

-"Por favor, seamos serios. Sostenibilidad sí, pero sin volver a la Edad Media". 

-"El hormigón es necesario, sin duda, pero debe reutilizarse. Los edificios no deben durar para siempre, hay que abandonar ese deseo insano de construir inmuebles eternos, que lo que en verdad esconde es el miedo humano a la muerte, el gran tabú en nuestra sociedad: todos queremos ser jóvenes, lo viejo se rechaza, se cancela: la muerte no existe", tercia El Interlocutor. "Como tú hiciste para el Taller, reconvirtiendo una antigua fábrica (de hormigón precisamente) en espectacular vivienda y estudio".

-Siempre me ha llamado la atención que un postmoderno como tú viviera en un entorno tan brutalista, al igual que un arquitecto high-tech como Richard lo hiciera en una casa georgiana, es como el mundo al revés. Ya lo decía Léon Krier en aquel famoso artículo para AAM: Virtudes privadas y vicios públicos donde da un buen repaso a estas contradicciones (acaso cinismo) de un buen número de arquitectos que se mostraban rabiosamente modernos y resulta que vivían en rancias casas victorianas (o más antiguas aún), Krier nombra entre otros a Cook, Foster, los Smithson, el propio Richard o, quién lo iba a decir, Price, al que aprovecha para dar una buena clatellada como quien no quiere la cosa tildando el Fun Palace como lieu de tristesse et de mélancolie industrielle". 

-"Algo tiene lo clásico que nos encandila (mi Antigone es un Versalles del pueblo), y no solo en arquitectura, cuántos pioneros de la música electrónica han acabado rendidos a la música que llamamos  clásica: ahí tenéis lo más último de Vangelis", dice mientras hace sonar el tema en su móvil. 

-"¿Y qué me decís de esta casa?", pregunta El Interlocutor, señalando la vivienda que les rodea, "simple en sus formas, pero contundente, plantando cara a un entorno inhóspito. Muy Heidegger. Hecha de madera y ladrillo casi en su totalidad. Una fortaleza mínima que sigue la tradición de las alcáçovas portuguesas, una derivación de la kasbah árabe".  

-"Walden 7 es una kasbah vertical. Igual que la Muralla Roja. Siempre volvemos a lo vernáculo".

-"Sí, pero actualizado. ¿Por cierto, qué te parece que La Muralla Roja sirviera de telón de fondo a El juego del calamar, o que Abraxas saliera en Los juegos del hambre? ¿Por qué tu arquitectura se asocia a la distopía en el cine?"

-"Me gusta el cine. Yo, como el Rem por cierto, he hecho un par de películas. Ya lo sabes, entre utopía y distopía el límite es mínimo. Cuando haces una arquitectura extrema, sin concesiones, pasan estas cosas. Ya no se pueden hacer edificios así. Pido un minuto de silencio por la Torre Nakagin, que ya han empezado a derribar". 

Todos se levantan ceremoniosos y alzan sus copas. La conversación se detiene bastante más que el minuto preceptivo, mientras una pertinaz saudade se apodera de nuestros maestros. 

-"El calamar me resultó fotut, la verdad", retoma sin ganas el ideólogo de la Barcelona olímpica. "Lo aguanté mezclándolo con Todas las criaturas grandes y pequeñas, una serie cándida realizada con primor británico y ambientada en los Yorkshire Dales (quizá lo mejor). 

-"Pues yo creo que la arquitectura singular aún puede tener sentido", vuelve a atacar el inglés nacido en Florencia. "Incluso como simple juego, en plan tongue-in-cheek. El Depot del Boijmans en Róterdam, que Wainwright tachó de slapstick architecture, inspirado en una ensaladera de Ikea y con una piel recubierta de espejos, ha traído la alegría a una ciudad que fue desventrada por la guerra y suturada después con una arquitectura seca de aristas y angst, al igual que hizo el feliz Markthal también de MVRDV. El tremendo Instituto holandés de arquitectura de Coenen, reflejado en sus convexos espejos, pierde su brutal dureza y se convierte en una imagen amable y jovial".

-"Vaya, como los espejos del Callejón del Gato que tanto gustaban a Max Estrella. El esperpento como terapia". 

-"La arquitectura crea así un implante de memoria falsa como en Blade Runner. Eso lo dicen Montaner y Muxí, que conste, y no como cumplido precisamente", tercia El Interlocutor. 

-"Pues yo estoy contigo, Richard. A veces hace falta un joke arquitectónico, como hice en el Teatro Nacional de Cataluña: un guiño al mundo clásico en Barcelona, una ciudad donde el clasicismo nunca cuajó. Te quedaste a cuadros, Luis, cuando te lo comenté en aquella entrevista para Arquia, ¿recuerdas? Y La Muralla Roja es un juego a lo Escher".   

-"Sí, me quedé muerto (con perdón) con tu comentario. La arquitectura como chiste no es una idea que me seduzca, la verdad", responde por alusiones El Interlocutor. "El icono ya es historia, pero el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. De todas formas me quedo con la belleza esencial y comprometida de Heringer o Kéré". 

-"Pero la alta tecnología también puede ser increíblemente hermosa: tengo pendiente visitar (en espíritu) la exposición de mi gran amigo y colega Foster en el Guggenheim de Bilbao: Motion. Autos, art, architecture. Este Pegaso Z-102, uno de los coches expuestos allí, es puro arte".

-"Como también lo puede ser un modesto 2CV. Sé que Foster tiene uno (el Sahara, una versión 4x4 con dos motores que empezó a producirse en 1958), si no lo ha traído a la exposición el narrador se va a mosquear". 

Salgo sonriendo de la casa y vuelvo a mi árbol. Al cabo de un rato veo salir a El Interlocutor, que se despide efusivamente de los tres arquitectos para regresar ya al mundo de los vivos. Mientras la mancha naranja del Mehari se diluye en el amarillo infinito del montado alentejano, adivino húmedos los ojos del profesor. 



domingo, 13 de marzo de 2022

Cielo e infierno (2)

 


Seguiremos hoy la f(r)icción que comenzábamos la entrada anterior. Si no te importa, y por no perdernos en cansinos preámbulos, desplaza el cursor ligeramente hacia abajo y te pones al día. No creo sea pedir mucho. 

Decíamos ayer que había bajado a darme un chapuzón en la piscina comunitaria del complejo vacacional The Edge mientras nuestros tres arquitectos, recién llegados al cielo de los ídem, se ponían a caldo con fruición. Pero ahora que me doy cuenta, arrea, ha cambiado el escenario. Ya no estoy en el lujoso resort de Rafael de-La Hoz, sino que por extraño albur, me encuentro en la piscina de la casa AV del estudio bgp arquitectura. No me quejaré, la belleza miesiana de este oasis blanco en el centro de la ciudad de México es espectacular, pero jobar, me toca la moral que siendo el narrador omnisiciente de este relato alguien me la esté metiendo doblada. Si es que no somos nadie. Prosigamos, empero. 

Desde la pisicina puedo escuchar a nuestros tres protagonistas, cuyo caluroso debate es ya bronca destemplada. Funcionario burgués, gauche caviar, Varry Brava de la arquitectura, son algunas de las lindezas que alcanzo a oir y con las que los tres arquitectos se zahieren con saña. Deviene palmario que necesitamos un mediador, una figura carismática con la suficiente auctoritas como para reconducir un debate que sin duda podría acabar a guantazo limpio. El problema es que la persona en la que estoy pensando aún por fortuna no ha necesitado los servicios de Caronte y se halla in hac lacrimarum valle, donde aún no hemos salido de una y ya estamos metidos en otra peor. Busquemos raudos una solución que nos permita además retomar el mando narrativo. Ya lo tengo, creemos un clon/replicante de dicha personalidad que dé el pego y problema solucionado con nota. 

Dicho y hecho, que diría uno de nuestros tres arquitectos. Pero déjame que pergeñe una entrada adecuada para el personaje, al que desde ahora llamaremos El Interlocutor. Decíamos que en el cielo de los arquitectos sólo circulaban Citroën SM, pero teniendo en cuenta lo singular de la situación, haremos que nuestro invitado clonado llegue a la casa diseñada por Bernardo Gómez Pimienta a bordo de otro automóvil, eso sí, Citroën también, un CX. Raudo atraviesa las calles replicadas de D.F. esta algo estrafalaria flecha de belleza bizarra que nunca quiso militar en el segmento premium convencional, sino que prefirió destacar por lo inaudito de sus exageradas formas, como lo demuestra el indescriptible anuncio que tuvo a la mítica Grace Jones como protagonista y con el que la marca de los chevrones lo lanzó al mercado con un par. Aquí lo tienes, tremendo. Ya no se hacen coches (ni anuncios) así. Pues sí, esta beauté sauvage es la que le trae a la casa AV, ante la que se detiene con aparatosa frenada. De nuevo, no sabemos cómo se han arremolinado a la entrada un nutrido grupo de arquitectos sabedores de la llegada de El Interlocutor, quien se baja del auto a ritmo del tema Sunshine Dust del novísimo sello Mindform Records, con sede en el corazón del Lake District, donde me gustaría estar ahora mismo dicho sea de paso. Languidece el día, pero le iluminan los inumerables flashes de los móviles que los congregados enarbolan, ansiosos, para obtener una instantánea de la histórica visita. El Interlocutor se mueve entre ellos con un swagger que parece seguir el ritmo de la música. Saluda aquí y allá, dirigiéndose a los arquitectos por sus nombres de pila. Si aquí tu narrador tuviera más nivel reconocería sus caras, pero no es el caso. Muchos le piden autógrafos, una arquitecta (¿Lina?) le pide un oxímoron. "Tu cemento es ligero como el aire del pueblo", le contesta en un despeine. Tras departir brevemente con unos cuantos se despide con tristeza llevándose la mano al corazón, consciente de la misión que le ha traído aquí. 

Llega al salón de la vivienda mientras nuestros inadvertidos arquitectos siguen enzarzados en sus violentas discusiones. Pero oye, es verle, y producirse un silencio sepulcral. El foráneo no le conoce, pero al ver la reacción de los otros dos enmudece igualmente. 

-"¡Cómo! ¿Tú por aquí también?", salta uno de ellos, el que luce cuidada melena. 

-"Estoy solo de visita, tranquilos", señala melífluo mientras hago que se siente en una Lounge Chair de los Eames con terminación en cuero blanco. Los demás están sentados en simples Wassilys, la idea es que queden claras las jerarquías. "Todo un placer volver a veros", sonríe plácido, pero tras el amigable gesto se le adivinan dientes afilados. "¿De qué iba el debate?".

-"Una mica de tot", responde, cortado, el segundo. 

Se produce un incómodo silencio que El Interlocutor deshace con finura.

-"Veo estamos sentados en torno de una mesa Barcelona de Mies. Podríamos proseguir por ahí. Los tres habéis trabajado en Barcelona y le habéis cambiado notablemente su perfil. Habladme de vuestras últimas aportaciones a la ciudad condal". 

-"¿Por qué las últimas?", señala el segundo, el más orondo de los tres. 

-"Pues mira, porque esto es para un blog de medio pelo que se centra en las arquitecturas más recientes. ¿Por qué esa reticencia?"

-"¿Por la grapadora quizás?" ríe con ganas el de la melena. "Por favor qué engendro".

-"Pues anda que tu hotel W, ¡pero si es una copia barata del Burj Al Arab!", responde, rebotado.

-"Perdona, yo ese disseny ya lo tenía concebido casi idéntico para el proyecto de la torre de Telefónica en Madrid que nunca vio la luz. Pero oye, hablando de copias, ¿tú no fusilaste la Casa Malaparte para la Casa Canovelles? Y esa especie de jaula metálica superpuesta ¿no hace referencia también a Malaparte cuando señalaba que su casa era la imagen secreta de la prisión donde tantas veces estuvo recluido por sus desavenencias con Mussolini?".

-"Soy un pájaro que se ha tragado su propia jaula, decía. Igual sí". 

-"Barcelona es la ciudad de la copia", tercia el de la Pérfida Albión. "Ahí está el Pabellón de Mies".

-"Gracias a mí, por cierto. Copiar es un derecho, nada hay ya original. Como dice Santiago de Molina, "la clonación de la clonación es la realidad". 

-"¿El pabellón de Barcelona es una copia o un zombie? No sé yo. La copia puede tener sentido o acabar en broma de mal gusto. Tú mismamente" -se dirige ahora al foráneo- "cruzaste la T4 y el Pompidou y embutiste tamaño desatino en el interior de una plaza de toros neomudéjar. Con el centro comercial Arenas te luciste". 

-"Permitidme que reconduzca", interviene con suavidad El Interlocutor viendo que los ánimos vuelven a encresparse. "Hablando de Mies de nuevo, a quién veis ganador del Mies van der Rohe de este año?"

-"Como se lo den a la Town House de la universidad de Kingston sería la bomba después de ganar el Stirling, pero quizá lo merezca, es un edificio magnífico, festivo. Una invitación a resocializar tras la pandemia", señala el de la plaza de toros surrealista, aún escocido. 

-"¿A un coste de 5.267 euros el metro cuadrado? No lo veo. El bloque de 85 viviendas sociales de Peris y Toral en Cornellá (en la foto de arriba) sale por 950. Pisos sin pasillos, con habitaciones de iguales dimensiones para que sea el inquilino el que diseñe su distribución, sin jerarquías preconcebidas. Y estructura de madera, el futuro".

-"Me agobia este edificio. Es el grid moderno exacerbado al infinito, en su fachada, su planta, su distribución interior. Cielos, es la madre de todas las cuadrículas. El horror cartesiano. Un Matrix miesiano". 

-"No te pongas melodramático, sisplau. Es la eficiencia, estúpido". 

-"Pero tú no opinabas que El Escorial, otra cuadrícula asfixiante ("ejemplo de una concepción arquitectónica despótica", decías), era un edificio feísimo, sólo superado por el Reina Sofía? ¿O es porque estaba en Madrid?". 

El Interlocutor les mira con ternura mientras de nuevo el ambiente se caldea sin remedio. Los tres arquitectos pertenecen a una raza extinta, pero no lo saben. Levanta los brazos, en pose mesiánica, y de nuevo se hace el silencio. 

-"¿Y si la forma no siguiera a la función sino al amor?" -los tres quedan noqueados- "Os voy a poner deberes. Quiero que veáis esta película: ¿Dónde estás, Bernadette?. En ella podréis aprender cómo una vocación arquitectónica (o de cualquier otro tipo) perdida puede volver a recuperarse, no sin asumir riesgos. O cómo el arquitecto de ego desmedido tiene los días contados, el futuro de la arquitectura será empático, abierto a la diversidad y negociado con los usuarios o no será. Y que la mujer arquitecta (o de cualquier otra profesión) debe a menudo elegir entre trabajo y cuidados, a riesgo de romperse en el proceso y quedar anulada y amargada".

 De inmediato aparece la película proyectada en una inmensa pantalla. Los cuatro se giran para verla mientras yo hago mutis discretamente por el foro.

-"Por cierto, narrador, la próxima casa donde nos encontremos quiero que sea esta", dice sin dignarse a mirarme el de la melena.