martes, 28 de julio de 2026

Ardientes

 


Esta foto es de una región que José Saramago describía como "grande y ardiente" en Viaje a Portugal. Es el Alentejo, muy cerca de Monsaraz, acaso la villa más bella (con permiso de Marvão) del distrito, a tiro de piedra de la ya española (con reparos) Olivenza. Si tras deleitarte en sus callejuelas no puedes o no quieres comer en Monsaraz, habitualmente concurrida, puedes acercarte a la cercana Mourão, menos interesante pero también menos turística y probar un magnífico bacalhau dourado, el plato típico de la región, en el encantador restaurante Morango donde probablemente seas el único extranjero, lo cual igual es un lujo asiático. Como lo es pasear por un lugar recóndito y que cada solitario personaje con el que te cruzas te salude como si te conociera de algo, experiencia inaudita para tu seguro servidor. En Mourão, como señala el propio Saramago en su libro, hay poco que ver más allá de un destartalado castillo que aguarda una rehabilitación de Carrilho da Graça o Aires Mateus, que tanta obra tienen por aquí, pero ojo, que hay sorpresas: "Mourão no tenía mucho que mostrar. Con todo, el viajero fue puntualmente al castillo, en el que está la iglesia parroquial, pero castillo e iglesia estaban cerrados y no prometían por fuera ninguna maravilla dentro. Pero no por eso dejó de encontrar bellezas: ahí están las chimeneas, circulares y con remates cónicos, que casi solo aquí se encuentran, y las mismas, pero no monótonas, fachadas encaladas, mostrando nuevamente el valor cromático que el blanco adquiere en el juego de la luz incidente a rasante, en la sombra dura o en la penumbra blanda de un rincón al que la luz llega después de quebrarse mil veces: tal cosa es posible incluso en una tarde violenta como esta" (¿habrá leído Saramago a Le Corbusier?). La luz alentejana, tan brutal, incide despiadada en ese erial árido y marciano, evidenciando su carácter post-apocalíptico que se dice ahora. El enorme embalse de Alqueva, el más grande de Europa, que no existía cuando Saramago hizo su viaje allá por 1979, no hace sino exaltar esa condición desolada y baldía pero de una belleza hipnótica: "Mirar estos campos segados, mirarlos fijamente durante unos minutos, es entrar en un vértigo suave, en una especie de hipnosis dada y recibida, casi extática". Es por ello que, ya de vuelta a Olivenza, cuando vi en uno de esos típicos carteles marrones una indicación hacia un tal Museu da Luz, decidí lanzarme en su búsqueda a pesar de las protestas familiares (la tarde, frisando los 42 grados, era tan violenta o quizá más que la que experimentara en su día el autor de Ensayo sobre la ceguera). ¿Se trataría de un museo dedicado a la cegadora luz alentejana? ¿Tendría algo que ver con la arquitectura según aquel famoso aserto de Le Corbusier al que aludía hace un momento: "La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz"? ¿Sería un museo metafísico que tratara del combate mítico entre la luz y las sombras, penumbra y claridad, yin y yang? De tal guisa enardecido conducía con acaso excesivo ímpetu para llegar al susodicho museo, que resultó ser, vaya, cosa muy diferente. Y es que Luz es el nombre de la freguesia (pedanía) de Mourão donde se encuentra el museo, justo al borde del pantano de Alqueva inaugurado en 2002. Y está dedicado al complejo proceso por el que hubo de replicarse la aldea original, que quedó inundada por el pantano (a la nueva Luz se la conoce en el país hermano como a aldeia mais jovem de Portugal), en un paradójico acto simultáneo de destrucción y refundaciónComo descubriría después trasteando en internet, especialmente difícil resultó la intervención en una iglesia del s. XV, emblema del pueblo, y en el cementerio. Para este delicado trabajo se contrató a los arquitectos Pedro Pacheco y Marie Clément, quienes construyeron una cuidadosa dupla de la iglesia y trasladarían los restos de los vecinos a un nuevo camposanto en el que se permitieron más modificaciones en lo que se refiere a la organización del recinto y el uso para las tumbas del bello mármol de Estremoz. También se les encomendó la creación del museo que te traigo en las fotos de hoy y que es increíblemente fotogénico en combinación con su entorno. Por desgracia estaba cerrado cuando llegué, así que te enlazo a unas magníficas fotos de Leonardo Finotti que, aparte de ser, obvio, mejores que las mías, te permiten echar un vistazo al interior. También parece muy interesante el contenido del mismo, en el que se muestran los aperos de labranza, restos arqueológicos y otros artefactos de los antiguos moradores de la aldea, échales un vistazo aquí


El museo merece un poco más de atención. Su absoluta abstracción puede hacerle pasar por un objeto extraño pero lo cierto es que Pacheco y Clément se inspiran en elementos locales como el xisto (esquisto) o el antiguo fuerte romano de Lousa, que también quedó sumergido aunque fue protegido por si en algún momento volviera a ver la luz; en esta foto tomada poco antes de su desparición bajo las aguas puedes ver lo mucho que se asemeja a nuestro museo. Este aspecto telúrico es remarcado por los arquitectos: "El museo contiene en su diseño y su materia -la pizarra- la memoria de sus cimientos. (...) Construir el museo con pizarra lo acerca a la tierra, al suelo de esquisto, al concepto de cimientos". Y es que además el edificio, toda una pieza de Land Art, parece no querer surgir del suelo, como si pugnara por sumergirse en el terreno emulando al pueblo perdido. En esa pulsión telúrica podríamos también relacionarlo con otra obra de Saramago, Levantado do chão (Alzado del suelo), ambientada precisamente en el Alentejo y que gira en torno a la diferencia de clases y la lucha por la libertad en pleno Estado Novo salazarista. Volviendo a Luz, solo una casa, la conocida como Monte dos Passaros, queda en pie de la aldea original, que mucho recuerda a la restaurada por Aires Mateus como alojamiento rural también en Alentejo aunque cerca de la costa. En las cercanías de dicha casa puede verse aún la antigua carretera que comunicaba la aldeia submersa con Mourão aunque ahora solo conduce al lago artificial bajo el que, melancólica, se pierde de vista. El magnífico cuadro lo completan los percursos contemplativos, pasarelas sobre el lago en las que debe ser un verdadero placer pasear, al anochecer mejor, mientras escuchas algo de Mathias Grassow por ejemplo. Si te apetece ahondar más sobre el museo y su entorno, aquí tienes un pequeño reportaje de RTP con intervenciones de Pedro Pacheco (no te pierdas el video del edificio) y un pequeño dossier muy interesante con textos de los autores y Antonio Pizza. Un breve epílogo para comentarte un par de datos de los arquitectos. Pedro Pacheco tiene estudio en Lisboa aunque estudió en Oporto y en los 90 mantuvo contacto con Josep Llinàs, Tavora y Souto de Moura. Como curiosidad, decir que acaba de completar, no muy lejos de Luz, la rehabilitación del Castillo de Juromenha sobre el Guadiana, Prémio Nacional de Reabilitação Urbana 2026, te he subido en esta misma entrada un par de fotos (aquí tienes más). Marie Clément por su parte, con estudio en la ciudad francesa de Saint-Étienne en cuya escuela de arquitectura da clase, trabajó en los primeros noventa con Souto de Moura, principalmente en la rehabilitación del Monasterio de Bouro para convertirlo en Pousada. Basado en la experiencia escribió el ensayo Vous ne saurez rien ("No sabréis nada") haciendo referencia a una máxima fundamental del trabajo del Pritzker luso, el arte de la invisibilidad constructiva que hace que la restauración pase casi desapercibida dando protagonismo absoluto a la fuerza del material bruto, la piedra en este caso (eso dice la IA, no he podido encontrar el texto), estrategia que Clément aplica en el museo de Luz. Si no lo supiéramos previamente tampoco podríamos distinguir la cuidada reconversión de una típica finca alentejana en hotel que Souto de Moura acometió muy cerca de Luz, São Lourenço do Berrocal, recinto que intenté visitar pero estaba fechado a cal y canto por la celebración de una boda de postín. Demasiado over the top para mí de todas formas. 


La rotunda abstracción del museo me ha recordado la polémica que ha incendiado la blogosfera arquitectónica estos días pasados a cuenta del fallido fallo del Museo Nacional de Ecuador. En dos palabras, se convocó un concurso para el museo y tras fallarse a favor de Alberto Campo Baeza y el estudio quitense MAODA con un soberbio proyecto de nombre "Ecos del sol", abstracto como es habitual en el gaditano (de adopción), las redes echaron chispas y pestes contra el diseño ganador. Ni corto ni perezoso el gobierno ecuatoriano reculó e ipso facto volvió a convocar el concurso (ya sin el diseño premiado), pasando olimpicamente del jurado, en el que había varios representantes gubernamentales y un panel de expertos, entre los cuales Alejandro Zaera-Polo. El nuevo diseño ganador, tras un oscuro procedimiento en el que se dio voz al público (contando un 15% del fallo) fue el del estudio japonés SANAA, mucho más exuberante y con un relato mucho más florido, que hoy en día parece contar más que el producto en sí, proyecto que en el primer concurso había quedado tercero. Campo Baeza y MAODA emitieron un elegante comunicado en el que mostraban su estupor no por la polémica, habitual en este tipo de concursos (así el de la Opera de Sídney o el Kursaal de San Sebastián, hoy ya iconos unánimes) sino por la categórica expulsión de su propuesta, señalando que habrían estado dispuestos a modificar su proyecto en función de las sugerencias presentadas, algo de nuevo totalmente habitual en estos casos. Zaera-Polo firma un brillante artículo para el diario ecuatoriano Expreso sobre el penoso asunto en el que entre otras cosas habla de la abstracción, con comentarios que lo mismo podrían valer para el Museo de Luz: "Me gustaba pensar que quizá una nación que se representa a sí misma a través de una abstracción es una nación que manifiesta una disposición extraordinaria a evolucionar en lugar de mirarse al ombligo y atarse al pasado. Nunca hablé de esto en el jurado porque pensé que defender el anti-identarismo y la función sería una causa perdida". Pues eso parece. Y continúa señalando cómo el nuevo fallo va en contra de las últimas tendencias arquitectónicas centradas en la sobriedad y la reutilización: "Ecuador no construirá el primer ícono de la nueva austeridad latinoamericana sino el último dinosaurio identitario del star system". Y cierra, desatado: "Hay una imagen que no puedo evitar cada vez que miro esa perspectiva aérea en tonos ocres: si el proyecto de Campo Baeza era una caja, este es...una caca!". Algo tiene, es verdad, del emoji marrón el proyecto de los Pritzkers japoneses ("Living Strata"), cuyas formas curvas y reverberantes igual buscan dialogar con su vecino más inmediato, que (creo) es el imponente edificio EPIQ de BIG. De todas formas, por ir un poco más allá del, sin duda, impresentable espectáculo que supone saltarse la decisión de un jurado profesional para dar voz y voto a un ejército de cantamañanas (como el que esto suscribe por cierto) cambiando las reglas del juego sobre la marcha en plan Trump para acaso encubrir un antojo presidencial, podríamos plantearnos si esto no refleja también un síntoma de otro tipo. ¿No nos estaremos empezando a cansar de tanta sobriedad? Un reciente artículo de Catherine Slessor (aquí ya hemos mencionado varias veces a la muy cañera crítica de The Guardian, látigo inclemente del que denomina archporn) me dejaba de piedra al defender para el premio Stirling de este año una torre cristalina de 54 plantas firmada por Renzo Piano, starchitect donde los haya, frente a los otros cinco finalistas, todos ellos recatados inmuebles terminados en pieles cerámicas: "En una lista de finalistas dominada por lo que podría describirse como el estilo de diseño del "salpicadero de Jaguar" —de gusto refinado y esencialmente inglés, tanto en su estética como en su geografía—, Paddington Square [la torre de Piano] destaca como la excepción, por su magnitud y por ser el único proyecto que no está construido en ladrillo. De lo contrario, la elección se reduce a una casa de ladrillo, un conjunto de viviendas de ladrillo, dos ampliaciones de ladrillo en colegios de Cambridge y una ampliación en ladrillo de un teatro ya existente. En cierto modo, sería difícil distinguir entre estos ejemplos del arte de la albañilería". Más adelante lo expresa más claro aún: "Por excepcionales que sean estos proyectos, la lista de finalistas parece un tanto monótona. Es como ir al bufé del desayuno y descubrir que solo hay cinco tipos de muesli". Y lamenta que quedaran fuera de la final edificios como este para Oxford a cargo de David Kohn que, cielos, es cualquier cosa menos sobrio y correcto. ¿Nos hemos cansado de tanto muesli, queremos un jugoso croissant a la plancha rebosante de mantequilla y mermelada? 

Igual se pueden combinar ambos, siguiendo a Bjarke Ingels y su concepto de bigamia: abstracción y relato; sobriedad y despendole; muesli y dulce. Pero hay que tener mucho arte para hacerlo. Hace ya varias semanas acudí a Ivorypress a una charla entre Fuensanta Nieto (hablábamos no hace mucho de ella) y Patricia Urquiola, arquitecta la primera, diseñadora la segunda, académicas ambas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en una sala llena hasta los topes con asistentes premium del calibre de Luis Fernández-Galiano o Cristina Iglesias y otros, imagino, que no conocía. Nieto, que quizá debería haber ganado junto a su compañero Enrique Sobejano el Pritzker este año (¿quién propone a los candidatos? ¿podemos hacerlo los cantamañanas?) hacía un curioso ejercicio filológico: mostraba en la pantalla un texto al que sucesivamente se le iban quitando palabras y preguntaba: ¿Qué sobra y qué es imprescindible aquí? ¿Hasta dónde podemos quitar para que el texto no se vuelva ininteligible? Lo mismo podríamos plantear para ese difícil equilibrio entre esos dos extremos, al final, como decía Nieto, la clave está una vez más en abrazar con valentía la complejidad, así es como logra su estudio esa bigamia aparentemente imposible entre sobriedad y riqueza expresiva (y entre lo existente y lo nuevo en sus soprendentes rehabilitaciones). Nos quedamos también con una idea de Urquiola, furibunda enemiga de la IA, quien defendía la adaptabilidad y el optimismo humanos frente al perfeccionismo de la máquina. 


Ardiente ha estado España con el Mundial de fútbol, imposible no hacer referencia a la magnífica victoria de nuestra Selección. Personalmente no sé si me ha gustado más ver a Torres marcar el agónico gol del triunfo o a Trump entregándonos la Copa. Varios arquitectos han escrito incisivos artículos sobre el tema para Arquitectura Viva resaltando cómo el trabajo en equipo vence al jugador estrella solitario. Así lo expresa Jacques Herzog en Una lección de fútbol, donde el suizo se moja cosa fina: "En la disputada final de esta Copa del Mundo se habría producido otra herida imborrable si, al final, la rudeza sistemática y el odio manifiesto hubieran llevado al éxito. Pero el balón de Ferrán Torres entró en la portería ‘correcta’. Tarde, sí, muy tarde, ganó aquel equipo que, más que ningún otro, supo combinar el genio individual de algunos con la cohesión colectiva y la inteligencia de todos para formar un conjunto fantástico. España nos ha dado una lección. A todos nosotros, y no solo a los aficionados al fútbol, sino también a los dirigentes y a los políticos que asistieron al partido. Una lección sobre cómo deberíamos organizarnos y funcionar como sociedad". Por su parte la pareja que conforman el estudio chileno Pezo von Ellrichshausen mezclan el Mundial con el concurso del museo ecuatoriano en Como a un balón. Quito y los concursos al señalar de nuevo que fue el juego en equipo lo que dio la victoria a España, ejemplo que les sirve para atacar con dureza los concursos de arquitectura, que buscan precisamente la victoria individual de un estudio frente al resto. Aquí cito la soberbia conclusión del texto: "La verdadera excelencia nace de la comunidad, no de la rivalidad. Un concurso conduce inherentemente hacia la individualidad, la exclusión y la derrota. Acaso la imagen más triste de las últimas semanas sea la de Messi desolado contra un saturado campo verde, al concluir la final del Mundial. Siendo lo grande que es, tanto como Herzog, Campo o Sejima en lo suyo, uno esperaría que hubiese sido el primero en celebrar el triunfo de quienes jugaron mejor, porque en definitiva es otro juego serio: no una frívola distracción, sino una herramienta educativa, al servicio de nuestra humanidad compartida". Sobre el tema de los concursos supongo que habría mucho que decir. Si me permites, tu cantamañanas de guardia va a hacer un par de observaciones. Creo que las obras no realizadas, aunque frustrantes en cuanto que suponen un cierto fracaso (todos sabemos lo mal que llevó Moneo no ganar en Bilbao frente a Foster, él mismo no pierde ocasión de decirlo), pueden resultar un aprendizaje muy útil, no solo para el estudio en cuestión (que presenta por cierto el proyecto como equipo) sino para otros colegas, estudiantes o aficionados, por no decir que a veces las obras no realizadas son más interesantes que las llevadas a cabo, especialmente si el concurso se ha fallado tan penosamente como el de Quito, hasta yo conozco proyectos que se quedaron en el papel de arquitectos famosos (y no tanto). También puede ser útil para el propio arquitecto "derrotado", que puede reciclar un viejo proyecto para un nuevo concurso, como hizo Koolhaas para la Casa da Música de Oporto. Volviendo a Ingels, hace poco veía un video de una conferencia suya, no recuerdo dónde, en el que explicaba un diseño de su estudio realmente espectacular para finalmente reconocer, con muy buen humor, que el proyecto no había resultado elegido: igual esa es la clave, la adaptabilidad y el optimismo que decía Urquiola. 


Difícil ser optimista mientras arde España por los cuatro costados con incendios de violencia nunca antes vista que devastan no solo territorios sino también la fauna como nos recuerda Fernández-Galiano en un demoledor artículo, Soledades del Eremoceno, en el que explica el origen del término Eremoceno, menos habitual que Antropoceno, utilizado por Edward O. Wilson para designar nuestra época: "Nuestras soledades son en efecto eriales, y ahí la solitudo latina deja paso al eremos griego, del que igualmente provienen ‘eremita’ y ‘ermita’. Fue esa la raíz que usó el gran biólogo y naturalista Edward O. Wilson para proponer el término ‘Eremoceno’ como aquel que mejor designa una época en que la masiva extinción de especies condena a los humanos a la soledad, habitantes carentes de compañía en los páramos que se extienden en el planeta. El entomólogo estadounidense, eminente especialista en hormigas, fue testigo de la desaparición de innumerables especies de insectos, lo que le llevó a defender la biodiversidad como herramienta esencial del equilibrio ecológico, para evitar las ‘primaveras silenciosas’ del eremoceno". Ante semejante desgracia solo podemos esperar que nuestros gobernantes sigan el ejemplo de la Selección como proponía Herzog y superen sus diferencias para luchar contra el fuego unidos. Pero no queremos irnos así. Te propongo para concluir dos citas que ojalá levanten tu ánimo. La primera, para acabar como empezamos, de Viaje a Portugal de Saramago describiendo de nuevo el Alentejo: "Cuando el viajero despertó y abrió la ventana del cuarto, el mundo estaba creado. Era temprano, aún estaba lejos el sol. Ningún lugar puede ser más serenamente hermoso, ninguno lo será con medios más comunes, tierra amplia, árboles, silencio. El viajero, habiendo estimado así estas cosas con su saber, de mucha experiencia hecho, se quedó a la espera de que el sol naciese. Asistió a todo, a la transformación de la luz, a la invención de las primeras sombras y al canto de la primera ave, y fue el primero en oír una voz de mujer, venida de lo invisible, diciendo esta frase tan simple: 'Va a hacer otro día de calor'". La segunda cita es musical, el tema Allons voir del grupo francés Feu! (¡Fuego!) Chatterton (se ven a lo lejos las Torres Duo de Nouvel), un exultante canto a la vida del que te recomiendo no te pierdas la letra




 

martes, 14 de julio de 2026

Castillos interiores


Toca hoy desentrañar el misterio que planteábamos en la anterior entrada. Se trata del Palacio Ducal de Pastrana (Guadalajara) de Alonso de Covarrubias, arquitecto estrella de nuestro Renacimiento, mandado construir por los todopoderosos Mendoza. Aquí fue recluida hasta su muerte una de las más conocidas y polémicas representantes de dicha casa aristocrática, Ana de Mendoza, más conocida como la Princesa de Éboli, su imagen inconfundible gracias al parche que cubría su ojo izquierdo (herida de la que nunca dio razón), debido a las intrigas en las que anduvo metida junto a Antonio Pérez, secretario de Felipe II en contra del duque de Alba y Juan de Austria, hermanastro y hasta cierto punto antagonista del rey. La situación explotó tras el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, crimen al parecer instigado por el propio Felipe y llevado a cabo por espadachines contratados por Pérez. Escobedo, quien había sido recomendado por el propio Pérez para dicho puesto al objeto de controlar los movimientos del carismático hermanastro de Felipe, héroe de Lepanto, se había convertido en fiel colaborador de don Juan hasta el punto, siempre según Pérez, de urdir juntos planes contra el monarca. Tras dicho asesinato el rey se dará al cabo cuenta de que la información sobre Escobedo había sido tergiversada por Pérez, quien tenía especial interés en acabar con él pues le habría sorprendido en situaciones muy comprometidas con Ana de Mendoza y había descubierto sus oscuros manejos favoreciendo a los rebeldes de los Países Bajos. Decide entonces Felipe ordenar su detención junto a la de Ana, embarcándose en un complejo proceso judicial que el rey plantea con gran cautela porque temía que acabara salpicándole. Eso, junto con las portentosas dotes de Pérez para la manipulación, explican los 11 largos años que transcurren desde la detención del secretario (1579) y su huida a Aragón (1590) cuando se vio totalmente acorralado (Aragón gozaba a la sazón de una poderosa autonomía), lo que a su vez generó un grave conflicto político que acabaría con el monarca tomando Zaragoza, decapitando al Justicia Mayor (Juan de Lanuza) y recortando sus fueros. En medio del caos político Pérez se fugaría a Francia, donde sirvió a Enrique IV e incluso viajaría a Inglaterra invitado por Isabel I, a ambos contó no pocos entresijos del gobierno de Felipe II que reflejaría por escrito en un libro (Relaciones) donde cargaba las tintas contra el monarca, libro que jugaría un papel importante en la creación de la famosa Leyenda Negra española. Tras los tratados de paz firmados por Francia e Inglaterra con España sus intrigas dejaron de tener interés y cayó en desgracia. Aunque pidió el indulto en repetidas ocasiones a Felipe III nunca lo obtuvo, moriría en París, de muerte natural, a los 71 años en la miseria más absoluta. Lo que sí hizo el rey fue liberar a la familia del fugado, que había sido encarcelada durante casi una década. Es sabido que la mujer de Pérez, Juana Coello, embarazada de ocho meses cuando entró en prisión, perdió a su hijo debido al trato recibido. En triste epílogo, los restos de Pérez, enterrados en un convento parisino, serían brutalmente profanados junto con el resto de los allí depositados durante los disturbios de la Revolución Francesa. Ana de Mendoza por su parte fue recluida en diferentes emplazamientos hasta acabar en su palacio de Pastrana. Felipe II, temeroso de que pudiera divulgar los muchos secretos que escondía y del enorme poder de la casa de Mendoza, fue limitando sus movimientos cada vez más dentro del palacio hasta confinarla en una habitación en la que finalmente moriría. La única ventana de la pieza, a la que según la leyenda Ana podía asomarse solo durante una hora al día (dando nombre a la plaza sobre la que se abre, la hoy llamada Plaza de la Hora) sería enrejada en 1590, cuando Pérez huyó a Aragón. Solo dos años después moría la princesa de Éboli. Shakespeare, estricto contemporáneo de estos hechos, coge esta historia por banda y monta una tragedia que lo flipas. 

Y hay más. Otro de los muchos capítulos que hacen famosa a Ana de Mendoza es el épico enfrentamiento entre ella y Santa Teresa de Jesús acaecido antes de su affaire con Pérez (que hoy se considera más de índole política que sentimental), cuando estaba casada con Ruy Gómez de Silva, hidalgo portugués de gran influencia sobre Felipe II. Fue el luso menino del rey y forjó con él una estrecha amistad que duraría toda la vida, de hecho le llamaban Rey Gómez. Lideraba dentro de la corte la facción ebolista (en la que militaba Pérez) enfrentado al lobby albista del duque de Alba especialmente por su forma dispar de encarar el poder, Gómez mucho más conciliador que el temible duque, tan "querido", por ejemplo, en Flandes donde devino una suerte de hombre del saco, recordemos cómo las madres neerlandesas atemorizaron a sus niños durante siglos al grito de Alba komt! Ana de Mendoza, quien por cierto tuvo con Gómez diez hijos, se empeñó junto con su marido en que Teresa de Jesús fundara no uno sino dos monasterios en Pastrana, recordemos que los Mendoza eran dueños y señores de la localidad (y de muchas otras). Y lo consiguió, siendo la villa alcarreña la única de España en la que Teresa fundaría dos conventos, uno masculino, donde vivió San Juan de la Cruz, y otro femenino. Todo iba como la seda hasta que el siempre moderado Gómez muere repentinamente con 57 años. Ana, desolada, decide en un momento de desesperación ingresar en el convento. Su carácter, mucho más espinoso que el de su marido, le lleva a chocar repetidas veces con Teresa, que también tenía su redaños, ya que no estaba dispuesta a asumir las privaciones de la regla carmelita descalza especialmente en lo referido a las exigencias de la clausura. Mucho debió costar a Teresa en estos momentos llevar a la práctica su famosa frase Nada te turbe, nada te espante. De hecho la situación se hizo tan insostenible que la santa decide huir de Pastrana con sus monjas. La noche del 19 de marzo de 1574, solo un año después de la muerte de Ruy Gómez, emprenden fuga en 5 carromatos hacia Segovia siempre temiendo ser sorprendidas por las huestes de los Mendoza, clausurando así de facto el convento femenino. Sería interesante poder viajar en el tiempo para ver la reacción de la princesa de Éboli la mañana siguiente al descubrir la desbandada. Juan Manuel de Prada en El castillo de diamante, libro que hemos "leído" en catas aleatorias ya que a menudo nos cansaba su engolado barroquismo, imagina así los improperios de la Mendoza en aquella mañana de marzo: "¡Cómo os habéis atrevido, malditas bellacas! ¡Monjas ingratas y roñosas, que mordéis la mano que os ha dado de comer! ¡Os voy a moler las costillas a puros palos! ¡Teresa maldita, cuánto os odio!". De Prada se permite la licencia poética de hacer permanecer a Teresa en Pastrana para encarar, con santa calma, la furia de Ana y tratar de consolarla sin éxito: "Ana se abalanzó entonces sobre ella, poseída de un furor preternatural, y empezó a golpearla, y también a arañarla, como si se hubiese vuelto ciega y necesitase combatir a zarpazos. Ahora, su cuenca vacía era una sima en cuyo fondo dormía alguna purulencia o viscosidad". De Prada, que quizá se venga demasiado arriba en este punto, presenta a Ana como una mujer que envidia profundamente la espiritualidad de la santa. Lo que sí sabemos con certeza es que la princesa destronada denunció a Teresa ante la Inquisición y al año siguiente ya había logrado que en su convento se establecieran nuevas monjas, las Concepcionistas franciscanas. Se podría aquí relacionar la cruel reclusión posterior de la princesa con la conocida imagen arquitectónica del "castillo interior" de la de Ávila: avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo de nuestro ser, el espacio se amplía, las contradicciones se resuelven, las tensiones desaparecen y se entra en contacto directo con la divinidad. No sucedió seguramente así en el caso de la inquieta princesa de Éboli, quien languideció en su habitación hasta morir con sólo 51 años tras once de confinamiento en su palacio. Pascal lo expresaría un siglo después en su famosa frase: "Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, de no saber quedarse quietos en una habitación". Es una lástima que De Prada termine su libro antes del episodio del encierro, zanjándolo con un apresurado epílogo explicativo de poco más de una página, como si de un burdo true crime se tratara, y renuncie a relatar el progresivo agostamiento de la princesa de Éboli, enclaustrada al fin: lo que no logró Teresa Felipe lo llevaría a cabo con inmisericorde crudeza. El título de la novela hace referencia a otra de las metáforas arquitectónicas que utilizó la santa en Las Moradas: "Que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas".

Tampoco deja de tener su aquel que fuera otro Alba (Antonio Fernández Alba) el que completara junto a Carlos Clemente, a finales de los 90 del pasado siglo, el patio del palacio ducal de Pastrana que por cuestiones legales había quedado inconcluso, coincidiendo con el momento en el que el edificio pasó a ser propiedad de la Universidad de Alcalá. De dicho patio son las fotos que presiden la entrada anterior y esta de hoy, las demás son de la última habitación de Ana, observa los magníficos artesonados, obra del propio Covarrubias. Y comentábamos que sorprende la audacia high-tech con la que los arquitectos encaran el trabajo, no en vano estamos en pleno furor de la starchitecture (la obra es contemporánea del Guggenheim bilbaíno) cuando, lo decíamos también hace poco, los arquitectos eran los reyes del mambo. Hoy desde luego no creo que se hiciera así. De todas formas no es la única sorpresa similar que nos da Fernández Alba, véase el Tragabolas de Sol en Madrid, que tanto recuerda a Foster. En un principio el nuevo patio del palacio pastranero estaba encerrado por paneles de vidrio cual inmensa urna (observa los enganches que sobresalen de las columnas), pero según la excelente guía que nos enseñaba el edificio un día se desplomó uno de ellos y se tomó la drástica decisión de quitarlos todos por si acaso. A eso se le llama matar moscas a cañonazos. Si me permites, con mucha imaginación (ojo, se viene ocurrencia), podría hacerse algún tipo de conexión entre la celda que deviene la habitación de Mendoza y el claustro cristalino que Fernández Alba propone para el patio, una suerte de castillo interior (o, por seguir con las metáforas de Teresa, un castillo de diamante "o muy claro cristal"). 

Un breve apunte sobre los magníficos tapices que, como te comentaba, son otra poderosa razón para visitar Pastrana. Son considerados por los expertos como una de las colecciones de arte textil flamenco del siglo XV más importantes del mundo me dice la IA. Su valor excepcional radica en que no representan mitos o pasajes bíblicos, sino que funcionan como un auténtico reportaje periodístico de acontecimientos políticos y bélicos contemporáneos a su fabricación, en ese sentido son semejantes al de Bayeux, que también te mencionaba en la anterior entrada. Representan la toma de las ciudades norteafricanas de Arcila y Tánger por Alfonso V de Portugal y fueron tejidos en Tournai (hoy Bélgica) entre 1472 y 1475. Se encuentran en la Colegiata de la villa alcarreña y en la misma visita puedes también ver el pantéon donde yacen enterrados no pocos miembros ilustres de la familia Mendoza, entre los cuales, por supuesto, Ruy Gómez y la princesa de Éboli. Como nos comentó otra sobresaliente guía que nos enseñó dicho recinto y los tapices, puede recordar al panteón real de El Escorial pues está hecho a su imagen y semejanza aunque a una escala, obvio, mucho más modesta. Aquí están también enterrados los restos de Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana (otro Mendoza célebre), al menos los que pudieron ser recuperados tras la profanación de las tumbas del linaje alcarreño en el convento de San Francisco de Guadalajara, el primer y principal panteón familiar, ejecutada durante la Guerra de Independencia por soldados franceses que abrieron tumbas, revolvieron osarios y dispersaron restos, algo parecido a lo que hicieron en su propio país durante la Revolución Francesa (recordemos lo que sucedió con los restos de Antonio Pérez) en una feroz mezcla de rapiña y damnatio memoriae.

Este carácter galo acaso tan iconoclasta que llega al mayo del 68 nos puede servir para introducir (muy por los pelos) una exposición que hemos visto hace poco y que nos ha impactado sobremanera tras lo cual te dejaré, al fin, en paz. Se encuentra en el Palacio de Velázquez del Retiro madrileño y acudí a verla principalmente por ver cómo había quedado la rehabilitación del edificio diseñado por Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto por ejemplo del fastuoso ministerio de Agricultura frente a la estación de Atocha, trabajos que lo han mantenido cerrado por dos largos años. En este lugar descubrí con pasmo a Juan Muñoz, en una exposición que recuerdo vivamente porque me dejó descolocado, más o menos como esta que hoy te presento, que ofrece doscientas piezas de Fernando Sánchez Castillo, artista conceptual que desconocía. Se llama La Perla Peregrina, por una famosa joya hallada en Panamá que rondó la Corte de Felipe II (igual Ana de Mendoza pudo verla en persona o incluso probársela en un descuido de Isabel de Valois, la esposa del rey, de la que fue influyente dama de compañía) y acabó, tras ser sustraída por José de Bonaparte (los franceses de nuevo), en manos de Elizabeth Taylor: "Las perlas nacen de una intrusión. Un cuerpo extraño, a menudo minúsculo, penetra en el interior de un molusco y altera su equilibrio. Como respuesta, el organismo lo recubre con sucesivas capas de nácar que transforman una agresión inicial en una forma única. Toda perla es, así, el resultado de una negociación entre daño y forma, entre violencia y belleza. La historia opera de un modo similar. Toda violencia fundacional genera capas de relatos, imágenes y ceremonias que permiten avanzar sin mirar directamente la herida. El arte, al igual que el trabajo de Sánchez Castillo y como las propias perlas, no elimina el trauma ni lo disuelve en la tradición, sino que lo aísla, lo transforma y lo devuelve bajo una forma inesperada y singular" (más aquí). La iconoclasia, añadiríamos nosotros, es un eje central del relato de Sánchez Castillo. Hay un video, desopilante por demás, en el que la enorme cabeza de un prócer caído en desgracia (con un cierto aire a Trump), arrancada se supone violentamente de una escultura forjada para honrar su memoria, es vandalizada con fruición (vandalisme por cierto es un término creado durante la Revolución Francesa por el abate Henri Grégoire, obispo de Blois, para denunciar la destrucción salvaje de iglesias, obras de arte y monumentos del Ancien Régime a manos de los revolucionarios): es tiroteada, despeñada, quemada, arrastrada por vehículos varios, golpeada con saña, miccionada por un perro, para acabar de pesebre para alimentar a un pollino. En una esquina de la sala donde se proyecta yace la desdichada cabeza, que exhibe en su metálica superficie (imposible no tocarla a hurtadillas) los rastros de tanta furia. Otro video, de nombre Arquitectura del caballo, nos muestra a un jinete y su montura paseándose como tal cosa por los enormes pasillos y aulas vacíos de la Universidad Autónoma de Madrid, y es que, según leemos en las cartelas (imprescindible su lectura o te quedarás in albis), dicha universidad fue así diseñada en los 70 precisamente para que las fuerzas antidisturbios pudieran entrar a caballo en las facultades a reprimir las frecuentes protestas. En otro video justo al lado se ven los mismos espacios cubiertos de canicas. Lo que puede parecer una inocente imagen de poética belleza muestra la estrategia ideada por los alumnos para eludir a las fuerzas del orden: los caballos resbalaban sin remedio al pisar las pequeñas esferas cristalinas. El video que más nos impresionó fue el más arquitectónico de todos: las hipnóticas imágenes de pasillos vacios tipo Backrooms y fachadas de modernidad corbuseriana iluminados puntualmente por bengalas de color verde en la noche. De nuevo, lo que parece una muestra de arte inocuo cobra su sentido al leer la historia detrás: se trata de los edificios que rodean la plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco (Ciudad de México) en la que el 2 de octubre de 1968 fuerzas gubernamentales reprimieron duramente una manifestación estudiantil, dejando a su paso centenares de muertos y heridos (nunca se dieron cifras oficiales de víctimas). Dichos inmuebles, cúspide del racionalismo moderno mexicano, fueron diseñados por Mario Pani y Pedro Ramírez Vazquez pocos años antes, en plena utopía moderna, y en aquel día de octubre devinieron símbolo de la peor distopía. Desde ellos el batallón Olimpia, infiltrado en secreto, disparó hacia la plaza lo que provocó la respuesta contundente del ejército al creerse atacado por los manifestantes, quienes quedaron atrapados por un intenso fuego cruzado. Las bengalas del video también tienen su significado: unas bengalas lanzadas aquel día desde un helicóptero fueron la señal acordada para iniciar la operación. Puedes ver estos y otros videos (no te pierdas otro de mis favoritos, Pegasus Dance), aquí. También hay esculturas, como la gigantesca Tank Man, que representa al joven chino que se plantó frente a un tanque en la plaza de Tiananmen durante los, de nuevo, disturbios estudiantiles de 1989 o los restos convertidos en chatarra compactada del Azor, el barco utilizado por Franco en sus veranos cantábricos y que Sánchez Castillo compró en 2011, momento en el que, de manera harto surrealista, yacía abandonado en un pueblo de Burgos donde su propietario lo había "anclado" para convertirlo en hotel, quimera arquitectónica que nunca se llevaría a término. 

Damos ya complicado cierre a esta entrada con coda iconoclasta, ya ves. Al cabo nuestros protagonistas de hoy también tuvieron sus brotes de iconoclasia: Pérez enfrentándose al rey a la sazón más poderoso del orbe, la Éboli denunciando ante la Inquisición a una figura tan respetada en su tiempo como Teresa de Jesús, canonizada tan solo cuarenta años después de su muerte, y hasta Fernández Alba, metiendo acero y cristal a punta pala en un edificio de Alonso de Covarrubias, el arquitecto de la catedral de Toledo. La difícil negociación, tan arquitectónica, entre violencia y belleza, entre daño y forma, entre interior y exterior, entre reflexión y exhibición. Sánchez Castillo nos ofrece una suerte de metáfora involuntaria del castillo de diamante "o muy claro cristal" de Teresa de Ávila en su obra Urna para el Guernica, en la que presenta una réplica a escala de la urna diseñada por el arquitecto José María García de Paredes para proteger el cuadro de Picasso cuando por fin fue devuelto a España en aquel convulso 1981 marcado por el intento de golpe de Estado: "La urna era una arquitectura del miedo (...) que actuaba como un extraño monumento: no celebraba nada, advertía. A la vez, al aislar la imagen dentro de un contenedor hermético, no se la protegía de la historia, sino que se la seguía inscribiendo de pleno en ella"

viernes, 3 de julio de 2026

Une forme de poésie

 



Hoy toca una de nuestras más legendarias secciones, marchando un nuevo Quién sabe dónde. Me tendrías que decir dónde se encuentra esta chocante rehabilitación casi high-tech de un edificio renacentista y quién la llevó a cabo. Pistas. En esta bella localidad dos mujeres colosales colisionaron sin remedio y con ellas dos formas de estar en el mundo: la carne frente al espíritu. Y en este palacio una de ellas encontraría su Backrooms particular. Si te dejó mal cuerpo dicha película, te recomiendo El día de la Revelación, su contrapunto arquitectónico: la casa de la infancia reconstruida al milímetro como espacio para recuperar los recuerdos y superar los traumas a través de los sentidos (¿Leerá Spielberg a Juhani Pallasmaa? ¿Y a Santiago de Molina? Pues igual). Si eres boomer esta película te retrotraerá a aquellos cines de verano de techo abierto y sillas metálicas donde nuestras adolescentes espaldas aguantaban sin problema (inaudito) interminables sesiones dobles viendo Encuentros en la Tercera Fase o E.T. Como no hay dos sin tres, deja que te enlace a un videoclip en el que Pierre de Maere sitúa su nuevo tema Je pense à vous, acaso aleccionado por su madre arquitecta, en un anodino barrio moderno travestido de vernáculo de Watermael-Boitsfort, municipio a las afueras de Bruselas donde los lugareños languidecen y hasta los autos (ese ajado Ford Sierra) hace ya mucho que perdieron su glamour. El chispeante tema, ayudado por la explosiva coreografía de De Maere, consigue animar al abotargado vecindario, observa al sénior de rojo tratando de emular, con éxito incierto, el baile del flexible cantautor belga. Aquí lo tienes. Llevo varios días escuchándolo en bucle, lo mismo acabo también imitando algún paso. 



En fin. Por ayudarte con el tema que realmente nos ocupa, te paso aquí un bello boceto del pueblo donde se encuentra el edificio de marras, en primer plano, dibujado por el arquitecto autor de la rehabilitación, igual te suena. Como noto en remoto que sigues perdido voy a darte una última pista, sin duda concluyente. En esta localidad se exhiben unos tapices que, aunque más modernos, pueden rivalizar con el de Bayeux, ahora expuesto con gran fanfarria en el British Museum. Si te apetece visitarlo prepara los 38 eurillos que cuesta la entrada. Ver los nuestros te costará solo 5. Podrías estar las horas muertas observando el increíble detalle de los estandartes, las armaduras o los edificios, que aunque representan dos ciudades norteafricanas conquistadas por el ejército portugués más bien parecen reflejar urbes flamencas, acaso cerca de Watermael-Boitsfort. Acabamos ya esta flojita entrada de hoy, siempre podemos poner como penosa excusa la galbana veraniega. ¿El título de la entrada? Ah sí, está tomado de la canción de Pierre de Maere.