Toca hoy desentrañar el misterio que planteábamos en la anterior entrada. Se trata del Palacio Ducal de Pastrana (Guadalajara) de Alonso de Covarrubias, arquitecto estrella de nuestro Renacimiento, mandado construir por los todopoderosos Mendoza. Aquí fue recluida hasta su muerte una de las más conocidas y polémicas representantes de dicha casa aristocrática, Ana de Mendoza, más conocida como la Princesa de Éboli, su imagen inconfundible gracias al parche que cubría su ojo izquierdo (herida de la que nunca dio razón), debido a las intrigas en las que anduvo metida junto a Antonio Pérez, secretario de Felipe II en contra del duque de Alba y Juan de Austria, hermanastro y hasta cierto punto antagonista del rey. La situación explotó tras el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, crimen al parecer instigado por el propio Felipe y llevado a cabo por espadachines contratados por Pérez. Escobedo, quien había sido recomendado por el propio Pérez para dicho puesto al objeto de controlar los movimientos del carismático hermanastro de Felipe, héroe de Lepanto, se había convertido en fiel colaborador de don Juan hasta el punto, siempre según Pérez, de urdir juntos planes contra el monarca. Tras dicho asesinato el rey se dará al cabo cuenta de que la información sobre Escobedo había sido tergiversada por Pérez, quien tenía especial interés en acabar con él pues le habría sorprendido en situaciones muy comprometidas con Ana de Mendoza y había descubierto sus oscuros manejos favoreciendo a los rebeldes de los Países Bajos. Decide entonces Felipe ordenar su detención junto a la de Ana, embarcándose en un complejo proceso judicial que el rey plantea con gran cautela porque temía que acabara salpicándole. Eso, junto con las portentosas dotes de Pérez para la manipulación, explican los 11 largos años que transcurren desde la detención del secretario (1579) y su huida a Aragón (1590) cuando se vio totalmente acorralado (Aragón gozaba a la sazón de una poderosa autonomía), lo que a su vez generó un grave conflicto político que acabaría con el monarca tomando Zaragoza, decapitando al Justicia Mayor (Juan de Lanuza) y recortando sus fueros. En medio del caos político Pérez se fugaría a Francia, donde sirvió a Enrique IV e incluso viajaría a Inglaterra invitado por Isabel I, a ambos contó no pocos entresijos del gobierno de Felipe II que reflejaría por escrito en un libro (Relaciones) donde cargaba las tintas contra el monarca, libro que jugaría un papel importante en la creación de la famosa Leyenda Negra española. Tras los tratados de paz firmados por Francia e Inglaterra con España sus intrigas dejaron de tener interés y cayó en desgracia. Aunque pidió el indulto en repetidas ocasiones a Felipe III nunca lo obtuvo, moriría en París, de muerte natural, a los 71 años en la miseria más absoluta. Lo que sí hizo el rey fue liberar a la familia del fugado, que había sido encarcelada durante casi una década. Es sabido que la mujer de Pérez, Juana Coello, embarazada de ocho meses cuando entró en prisión, perdió a su hijo debido al trato recibido. En triste epílogo, los restos de Pérez, enterrados en un convento parisino, serían brutalmente profanados junto con el resto de los allí depositados durante los disturbios de la Revolución Francesa. Ana de Mendoza por su parte fue recluida en diferentes emplazamientos hasta acabar en su palacio de Pastrana. Felipe II, temeroso de que pudiera divulgar los muchos secretos que escondía y del enorme poder de la casa de Mendoza, fue limitando sus movimientos cada vez más dentro del palacio hasta confinarla en una habitación en la que finalmente moriría. La única ventana de la pieza, a la que según la leyenda Ana podía asomarse solo durante una hora al día (dando nombre a la plaza sobre la que se abre, la hoy llamada Plaza de la Hora) sería enrejada en 1590, cuando Pérez huyó a Aragón. Solo dos años después moría la princesa de Éboli. Shakespeare, estricto contemporáneo de estos hechos, coge esta historia por banda y monta una tragedia que lo flipas.
Y hay más. Otro de los muchos capítulos que hacen famosa a Ana de Mendoza es el épico enfrentamiento entre ella y Santa Teresa de Jesús acaecido antes de su affaire con Pérez (que hoy se considera más de índole política que sentimental), cuando estaba casada con Ruy Gómez de Silva, hidalgo portugués de gran influencia sobre Felipe II. Fue el luso menino del rey y forjó con él una estrecha amistad que duraría toda la vida, de hecho le llamaban Rey Gómez. Lideraba dentro de la corte la facción ebolista (en la que militaba Pérez) enfrentado al lobby albista del duque de Alba especialmente por su forma dispar de encarar el poder, Gómez mucho más conciliador que el temible duque, tan "querido", por ejemplo, en Flandes donde devino una suerte de hombre del saco, recordemos cómo las madres neerlandesas atemorizaron a sus niños durante siglos al grito de Alba komt! Ana de Mendoza, quien por cierto tuvo con Gómez diez hijos, se empeñó junto con su marido en que Teresa de Jesús fundara no uno sino dos monasterios en Pastrana, recordemos que los Mendoza eran dueños y señores de la localidad (y de muchas otras). Y lo consiguió, siendo la villa alcarreña la única de España en la que Teresa fundaría dos conventos, uno masculino, donde vivió San Juan de la Cruz, y otro femenino. Todo iba como la seda hasta que el siempre moderado Gómez muere repentinamente con 57 años. Ana, desolada, decide en un momento de desesperación ingresar en el convento. Su carácter, mucho más espinoso que el de su marido, le lleva a chocar repetidas veces con Teresa, que también tenía su redaños, ya que no estaba dispuesta a asumir las privaciones de la regla carmelita descalza especialmente en lo referido a las exigencias de la clausura. Mucho debió costar a Teresa en estos momentos llevar a la práctica su famosa frase Nada te turbe, nada te espante. De hecho la situación se hizo tan insostenible que la santa decide huir de Pastrana con sus monjas. La noche del 19 de marzo de 1574, solo un año después de la muerte de Ruy Gómez, emprenden fuga en 5 carromatos hacia Segovia siempre temiendo ser sorprendidas por las huestes de los Mendoza, clausurando así de facto el convento femenino. Sería interesante poder viajar en el tiempo para ver la reacción de la princesa de Éboli la mañana siguiente al descubrir la desbandada. Juan Manuel de Prada en El castillo de diamante, libro que hemos "leído" en catas aleatorias ya que a menudo nos cansaba su engolado barroquismo, imagina así los improperios de la Mendoza en aquella mañana de marzo: "¡Cómo os habéis atrevido, malditas bellacas! ¡Monjas ingratas y roñosas, que mordéis la mano que os ha dado de comer! ¡Os voy a moler las costillas a puros palos! ¡Teresa maldita, cuánto os odio!". De Prada se permite la licencia poética de hacer permanecer a Teresa en Pastrana para encarar, con santa calma, la furia de Ana y tratar de consolarla sin éxito: "Ana se abalanzó entonces sobre ella, poseída de un furor preternatural, y empezó a golpearla, y también a arañarla, como si se hubiese vuelto ciega y necesitase combatir a zarpazos. Ahora, su cuenca vacía era una sima en cuyo fondo dormía alguna purulencia o viscosidad". De Prada, que quizá se venga demasiado arriba en este punto, presenta a Ana como una mujer que envidia profundamente la espiritualidad de la santa. Lo que sí sabemos con certeza es que la princesa destronada denunció a Teresa ante la Inquisición y al año siguiente ya había logrado que en su convento se establecieran nuevas monjas, las Concepcionistas franciscanas. Se podría aquí relacionar la cruel reclusión posterior de la princesa con la conocida imagen arquitectónica del "castillo interior" de la de Ávila: avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo de nuestro ser, el espacio se amplía, las contradicciones se resuelven, las tensiones desaparecen y se entra en contacto directo con la divinidad. No sucedió seguramente así en el caso de la inquieta princesa de Éboli, quien languideció en su habitación hasta morir con sólo 51 años tras once de confinamiento en su palacio. Pascal lo expresaría un siglo después en su famosa frase: "Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, de no saber quedarse quietos en una habitación". Es una lástima que De Prada termine su libro antes del episodio del encierro, zanjándolo con un apresurado epílogo explicativo de poco más de una página, como si de un burdo true crime se tratara, y renuncie a relatar el progresivo agostamiento de la princesa de Éboli, enclaustrada al fin: lo que no logró Teresa Felipe lo llevaría a cabo con inmisericorde crudeza. El título de la novela hace referencia a otra de las metáforas arquitectónicas que utilizó la santa en Las Moradas: "Que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas".
Tampoco deja de tener su aquel que fuera otro Alba (Antonio Fernández Alba) el que completara junto a Carlos Clemente, a finales de los 90 del pasado siglo, el patio del palacio ducal de Pastrana que por cuestiones legales había quedado inconcluso, coincidiendo con el momento en el que el edificio pasó a ser propiedad de la Universidad de Alcalá. De dicho patio son las fotos que presiden la entrada anterior y esta de hoy, las demás son de la última habitación de Ana, observa los magníficos artesonados, obra del propio Covarrubias. Y comentábamos que sorprende la audacia high-tech con la que los arquitectos encaran el trabajo, no en vano estamos en pleno furor de la starchitecture (la obra es contemporánea del Guggenheim bilbaíno) cuando, lo decíamos también hace poco, los arquitectos eran los reyes del mambo. Hoy desde luego no creo que se hiciera así. De todas formas no es la única sorpresa similar que nos da Fernández Alba, véase el Tragabolas de Sol en Madrid, que tanto recuerda a Foster. En un principio el nuevo patio del palacio pastranero estaba encerrado por paneles de vidrio cual inmensa urna (observa los enganches que sobresalen de las columnas), pero según la excelente guía que nos enseñaba el edificio un día se desplomó uno de ellos y se tomó la drástica decisión de quitarlos todos por si acaso. A eso se le llama matar moscas a cañonazos. Si me permites, con mucha imaginación (ojo, se viene ocurrencia), podría hacerse algún tipo de conexión entre la celda que deviene la habitación de Mendoza y el claustro cristalino que Fernández Alba propone para el patio, una suerte de castillo interior (o, por seguir con las metáforas de Teresa, un castillo de diamante "o muy claro cristal").
Un breve apunte sobre los magníficos tapices que, como te comentaba, son otra poderosa razón para visitar Pastrana. Son considerados por los expertos como una de las colecciones de arte textil flamenco del siglo XV más importantes del mundo me dice la IA. Su valor excepcional radica en que no representan mitos o pasajes bíblicos, sino que funcionan como un auténtico reportaje periodístico de acontecimientos políticos y bélicos contemporáneos a su fabricación, en ese sentido son semejantes al de Bayeux, que también te mencionaba en la anterior entrada. Representan la toma de las ciudades norteafricanas de Arcila y Tánger por Alfonso V de Portugal y fueron tejidos en Tournai (hoy Bélgica) entre 1472 y 1475. Se encuentran en la Colegiata de la villa alcarreña y en la misma visita puedes también ver el pantéon donde yacen enterrados no pocos miembros ilustres de la familia Mendoza, entre los cuales, por supuesto, Ruy Gómez y la princesa de Éboli. Como nos comentó otra sobresaliente guía que nos enseñó dicho recinto y los tapices, puede recordar al panteón real de El Escorial pues está hecho a su imagen y semejanza aunque a una escala, obvio, mucho más modesta. Aquí están también enterrados los restos de Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana (otro Mendoza célebre), al menos los que pudieron ser recuperados tras la profanación de las tumbas del linaje alcarreño en el convento de San Francisco de Guadalajara, el primer y principal panteón familiar, ejecutada durante la Guerra de Independencia por soldados franceses que abrieron tumbas, revolvieron osarios y dispersaron restos, algo parecido a lo que hicieron en su propio país durante la Revolución Francesa (recordemos lo que sucedió con los restos de Antonio Pérez) en una feroz mezcla de rapiña y damnatio memoriae.
Este carácter galo acaso tan iconoclasta que llega al mayo del 68 nos puede servir para introducir (muy por los pelos) una exposición que hemos visto hace poco y que nos ha impactado sobremanera tras lo cual te dejaré, al fin, en paz. Se encuentra en el Palacio de Velázquez del Retiro madrileño y acudí a verla principalmente por ver cómo había quedado la rehabilitación del edificio diseñado por Ricardo Velázquez Bosco, el arquitecto por ejemplo del fastuoso ministerio de Agricultura frente a la estación de Atocha, trabajos que lo han mantenido cerrado por dos largos años. En este lugar descubrí con pasmo a Juan Muñoz, en una exposición que recuerdo vivamente porque me dejó descolocado, más o menos como esta que hoy te presento, que ofrece doscientas piezas de Fernando Sánchez Castillo, artista conceptual que desconocía. Se llama La Perla Peregrina, por una famosa joya hallada en Panamá que rondó la Corte de Felipe II (igual Ana de Mendoza pudo verla en persona o incluso probársela en un descuido de Isabel de Valois, la esposa del rey, de la que fue influyente dama de compañía) y acabó, tras ser sustraída por José de Bonaparte (los franceses de nuevo), en manos de Elizabeth Taylor: "Las perlas nacen de una intrusión. Un cuerpo extraño, a menudo minúsculo, penetra en el interior de un molusco y altera su equilibrio. Como respuesta, el organismo lo recubre con sucesivas capas de nácar que transforman una agresión inicial en una forma única. Toda perla es, así, el resultado de una negociación entre daño y forma, entre violencia y belleza. La historia opera de un modo similar. Toda violencia fundacional genera capas de relatos, imágenes y ceremonias que permiten avanzar sin mirar directamente la herida. El arte, al igual que el trabajo de Sánchez Castillo y como las propias perlas, no elimina el trauma ni lo disuelve en la tradición, sino que lo aísla, lo transforma y lo devuelve bajo una forma inesperada y singular" (más aquí). La iconoclasia, añadiríamos nosotros, es un eje central del relato de Sánchez Castillo. Hay un video, desopilante por demás, en el que la enorme cabeza de un prócer caído en desgracia (con un cierto aire a Trump), arrancada se supone violentamente de una escultura forjada para honrar su memoria, es vandalizada con fruición (vandalisme por cierto es un término creado durante la Revolución Francesa por el abate Henri Grégoire, obispo de Blois, para denunciar la destrucción salvaje de iglesias, obras de arte y monumentos del Ancien Régime a manos de los revolucionarios): es tiroteada, despeñada, quemada, arrastrada por vehículos varios, golpeada con saña, miccionada por un perro, para acabar de pesebre para alimentar a un pollino. En una esquina de la sala donde se proyecta yace la desdichada cabeza, que exhibe en su metálica superficie (imposible no tocarla a hurtadillas) los rastros de tanta furia. Otro video, de nombre Arquitectura del caballo, nos muestra a un jinete y su montura paseándose como tal cosa por los enormes pasillos y aulas vacíos de la Universidad Autónoma de Madrid, y es que, según leemos en las cartelas (imprescindible su lectura o te quedarás in albis), dicha universidad fue así diseñada en los 70 precisamente para que las fuerzas antidisturbios pudieran entrar a caballo en las facultades a reprimir las frecuentes protestas. En otro video justo al lado se ven los mismos espacios cubiertos de canicas. Lo que puede parecer una inocente imagen de poética belleza muestra la estrategia ideada por los alumnos para eludir a las fuerzas del orden: los caballos resbalaban sin remedio al pisar las pequeñas esferas cristalinas. El video que más nos impresionó fue el más arquitectónico de todos: las hipnóticas imágenes de pasillos vacios tipo Backrooms y fachadas de modernidad corbuseriana iluminados puntualmente por bengalas de color verde en la noche. De nuevo, lo que parece una muestra de arte inocuo cobra su sentido al leer la historia detrás: se trata de los edificios que rodean la plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco (Ciudad de México) en la que el 2 de octubre de 1968 fuerzas gubernamentales reprimieron duramente una manifestación estudiantil, dejando a su paso centenares de muertos y heridos (nunca se dieron cifras oficiales de víctimas). Dichos inmuebles, cúspide del racionalismo moderno mexicano, fueron diseñados por Mario Pani y Pedro Ramírez Vazquez pocos años antes, en plena utopía moderna, y en aquel día de octubre devinieron símbolo de la peor distopía. Desde ellos el batallón Olimpia, infiltrado en secreto, disparó hacia la plaza lo que provocó la respuesta contundente del ejército al creerse atacado por los manifestantes, quienes quedaron atrapados por un intenso fuego cruzado. Las bengalas del video también tienen su significado: unas bengalas lanzadas aquel día desde un helicóptero fueron la señal acordada para iniciar la operación. Puedes ver estos y otros videos (no te pierdas otro de mis favoritos, Pegasus Dance), aquí. También hay esculturas, como la gigantesca Tank Man, que representa al joven chino que se plantó frente a un tanque en la plaza de Tiananmen durante los, de nuevo, disturbios estudiantiles de 1989 o los restos convertidos en chatarra compactada del Azor, el barco utilizado por Franco en sus veranos cantábricos y que Sánchez Castillo compró en 2011, momento en el que, de manera harto surrealista, yacía abandonado en un pueblo de Burgos donde su propietario lo había "anclado" para convertirlo en hotel, quimera arquitectónica que nunca se llevaría a término.
Damos ya complicado cierre a esta entrada con coda iconoclasta, ya ves. Al cabo nuestros protagonistas de hoy también tuvieron sus brotes de iconoclasia: Pérez enfrentándose al rey a la sazón más poderoso del orbe, la Éboli denunciando ante la Inquisición a una figura tan respetada en su tiempo como Teresa de Jesús, canonizada tan solo cuarenta años después de su muerte, y hasta Fernández Alba, metiendo acero y cristal a punta pala en un edificio de Alonso de Covarrubias, el arquitecto de la catedral de Toledo. La difícil negociación, tan arquitectónica, entre violencia y belleza, entre daño y forma, entre interior y exterior, entre reflexión y exhibición. Sánchez Castillo nos ofrece una suerte de metáfora involuntaria del castillo de diamante "o muy claro cristal" de Teresa de Ávila en su obra Urna para el Guernica, en la que presenta una réplica a escala de la urna diseñada por el arquitecto José María García de Paredes para proteger el cuadro de Picasso cuando por fin fue devuelto a España en aquel convulso 1981 marcado por el intento de golpe de Estado: "La urna era una arquitectura del miedo (...) que actuaba como un extraño monumento: no celebraba nada, advertía. A la vez, al aislar la imagen dentro de un contenedor hermético, no se la protegía de la historia, sino que se la seguía inscribiendo de pleno en ella".

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