martes, 6 de octubre de 2026

Rubbish in, rubbish out

 


Entre ruina y basura la línea es fina. No pocas veces la ruina deviene escombro. Y sin embargo, a veces se produce el milagro por el que la piedra desechada encuentra nueva vida. El último, en Gante de la mano del estudio londinense Carmody Groarke en colaboración con ATAMA y RE-ST, quienes insertan sin complejos una nueva ala en el Museo de Diseño de la ciudad al objeto de otorgar unidad a tres edificios de épocas dispares (el Hotel de Coninck del siglo XVIII, la Huis Leten del XVI y un edificio erigido en los 90 del siglo pasado) donde hasta ahora la institución se desparramaba de manera algo caótica. En tan delicado y fragmentado tejido la nueva construcción crea un centro de gravedad según Lena Brandt que además amplía el espacio expositivo en más de un 30%, convirtiéndolo en el museo de diseño más importante de Bélgica (reabrió este sábado) y lo hace sin timidez, alzando sus seis pisos sobre el bello skyline gantés y dialogando con él mediante un perfil que remite a los hastiales típicos de la región pero de manera más sutil que el dramático mercado que en la misma ciudad diseñaron Robbrecht en Daem y Marie-José Van Hee, que vaya susto. El nuevo inmueble "completa más que compite" en palabras de Brandt, quien compara la intervención con la de Zumthor en la Fundación Beyeler de Basilea o la de Chipperfield en el Neues Museum de Berlín, donde "nueva construcción y ruina coexisten sin pretender encajar con perfecta fluidez". Pero a lo que iba, la aportación quizá más interesante de la nueva ala es el material con el que está construida, 82.000 ladrillos de cal hidráulica elaborados a partir de material de desecho y que además tienen hasta nombre propio, el "Gent Waste Brick for DING", DING son las siglas de la nueva ala del Museo de Diseño de Gante, acrónimo de Design in Ghent y a la vez apropiado juego de palabras ya que ding en neerlandés significa "cosa". Dicho ladrillo se desarrolló como un prototipo específicamente pensado para el nuevo edificio con una tonalidad que armonizara con el resto de las construcciones de la zona. Se compone de un 63 % de hormigón y vidrio reciclados procedentes de los residuos de la ciudad (obtenidos en un radio no mayor de 8 kms) con cal local como aglutinante. Los ladrillos no se cuecen sino que se curan, sí, como el jamón, primero durante dos semanas en un ambiente húmedo y luego al aire libre durante 60 días, minimizando así el consumo energético. El material adquiere su resistencia mediante la carbonatación mineral, un proceso en el que el carbonato de calcio reacciona con el dióxido de carbono del aire. Según los fabricantes, a lo largo de sus 60 años de vida útil el Gent Waste Brick produce solo un tercio del carbono que un ladrillo de arcilla belga convencional, por lo tanto, el uso de este material en el nuevo edificio del Museo del Diseño ahorraría 107 toneladas de CO₂. Tienes más información en este artículo de BauNetz. Junto a ello, la empresa belga BC materials desarrolló un procedimiento limpio y sencillo para cortar el ladrillo que puede realizarse in situ en una unidad de procesamiento móvil, incluso por residentes y visitantes del museo que aprenden así de manera práctica los beneficios del reciclaje también en arquitectura. Dicha empresa ha realizado otros proyectos similares partiendo de algas para el Lot 8 de Arlés (donde trabajaron junto al estudio Assemble para renovar un antiguo edificio ferroviario) o de conchas para la rehabilitación del edificio EcoHanok para la Bienal de Gwangju en Corea del Sur con el mismo equipo que en Francia y donde echaron mano del famoso verso de John Donne (No man is an island, ningún hombre es una isla), tuneado para la ocasión como No building is an island para expresar que ninguna construcción existe aislada de su entorno, sino que interactúa de manera directa con su contexto. 

Llegados a este punto acaso te estés preguntando que pinta tras semejante introducción el título de la entrada de hoy, porque contradice lo que acabamos de plantear. Rubbish in, rubbish out es una expresión del mundo de la informática que viene a querer decir que si introduces información o datos de mala calidad en un ordenador, por muy avanzado que sea, lo que obtendrás seguirá siendo basura. Me chiva la IA que el primer uso público de dicha expresión puede ser un artículo publicado el 10 de noviembre de 1957 en The Times en torno a los matemáticos del ejército estadounidense, quienes en su peculiar jerga utilizaban la expresión "Garbage in-Garbage out" (Garbage es basura en inglés americano) en su incipiente trabajo con los monumentales ordenadores de la época, expresión que de hecho devino acrónimo (GIGO). Ya en su tiempo Charles Babbage (1791-1871), pionero de la informática, había planteado esta cuestión. Desconocía la expresión y curiosamente, aunque como vemos en arquitectura no aplica, la descubrí hace unos días utilizada por un arquitecto, Bjarke Ingels en concreto, en una charla con Norman Foster que albergó Ivorypress, evento premium que estuve a punto de perderme a pesar de llegar con tres cuartos de hora de antelación. Con tu permiso paso a modo chascarrillo (breve) por aquello de sazonar la entrada y darle un toque personal. Tras varios parones en el lento avance de la interminable cola, especialmente largo el último ya casi a las puertas, y cuando empezábamos a perder la esperanza de poder entrar, admitieron a un pequeño grupo más que acabamos alojados en una sala de reuniones localizada en una especie de mezzanine sobre el salón de actos. No veíamos directamente a los ponentes pero teníamos un pedazo plasma desde donde pudimos seguir perfectamente el evento, además de estar cómodamente sentados en unas sillas de diseño y rodeados de un ambiente soberbio, todo en blanco nuclear, con un aire retrofuturista ligeramente high-tech que me recordó de pronto a la Skybreak House, que hiciera tremenda aparición en La naranja mecánica. Además fue Elena Ochoa in person la que nos condujo al espacio. Más no se puede pedir. 

Te decía que la expresión que da título a la entrada fue introducida por Ingels en una conversación que mantuvo con Foster tras presentar varias de sus obras, entre las que por cierto no estaba el GOe donostiarra y eso que es uno de sus últimos trabajos. Hablando sobre el reto de la IA en arquitectura el danés venía a decir que, sin menospreciar el avance que suponía (al igual que lo había supuesto el paso del dibujo a mano al diseño por ordenador), le preocupaba que el uso de la inteligencia artificial iba a suponer ejercitar cada vez menos el "músculo" del cerebro. Y ahí, creo recordar, es cuando sacó a relucir lo de Rubbish in, rubbish out: sin ejercitar la mente difícilmente seremos capaces de plantear los prompts adecuados a la formidable máquina. Ante una pregunta pobre, la respuesta también será pobre por muy sofisticada que sea la IA. Es obvio que a ambos arquitectos, a los que separan 39 años como recordaba con cierto humor Ingels, les une un optimismo desbordante y una afición por los retos (había algo de rey y delfín viéndoles juntos), como cuando el Lord arquitecto señalaba que en un momento determinado en su estudio se decidieron a diseñar edificios de atención sanitaria atraídos por el hecho de ser un campo en el que nunca habían trabajado, lo que a su vez les permitía aportar una perspectiva mucho más "fresca" a esa especialidad. Es justo ahí, añadía, cuando se encara un trabajo sin experiencia ni lastres previos, el momento en el que surgen las "grandes preguntas" y se pueden introducir valiosas innovaciones. Decir por último que precisamente hoy se estrena la ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao que ha llevado a cabo el estudio de Foster, tan distinta a la del DING (quizá porque en el entorno del Bellas Artes no había nada con lo que mereciera la pena dialogar) y en cuyo concurso, por cierto, compitieron BIG (el estudio de Ingels), Moneo o Nieto y Sobejano, Fuensanta Nieto también estaba presente en el acto de Ivorypress. De paso diremos que está a punto de reabrir el Museo Sorolla en Madrid, que Nieto y Sobejano han ampliado, vaya octubre de interesantes reaperturas que tenemos. 

Tercer y último tema de hoy. Si recuerdas, en la entrada anterior hablábamos de un artículo de Alejandro Zaera-Polo y de un libro suyo publicado en 2012, The Sniper´s Log. The Architectural Chronicles of Generation-X ("El diario del francotirador. Crónicas arquitectónicas de la Generación X"). He encontrado por internet fragmentos del libro que me han dejado claro que está bastante fuera de mi alcance intelectual aunque como nos atrae lo de pelearnos con un texto abstruso, lo he encargado (no es un libro fácil de encontrar). Nos ha recordado al S,M,L,XL de su mentor Koolhaas, que también nos obligó a sudar la camiseta (no pocas veces fantaseaba, durante su farragosa lectura, en arrojarlo por la ventana de mi piso, algo poco adecuado porque el libro pesa 3,2 kilos y vivo en un 5º), mucho más recomendable es, también de Koolhaas, el Elements of Architecture, otro tochazo en el que por cierto participó Zaera-Polo, en el capítulo dedicado a las fachadas. En la introducción a The Sniper´s Log explica el madrileño con estudio en Londres (AZPA, hasta hace muy poco AZPML) el curioso título : "Aquí es donde el francotirador vuelve a ser un modelo. A diferencia del filósofo o el científico, el perfil inconformista del francotirador se presenta como un mejor protagonista para una epistemología contemporánea del presente. Disparando desde posiciones cambiantes a objetivos en constante movimiento, siguiendo una implacable trayectoria de movimientos tácticos sin necesidad de alineación con otros agentes, interactuando directamente con un terreno en permanente transformación..." (Zaera-Polo parece pasar olímpicamente del No man is an island de Donne) y se dice perteneciente a la Generación X en su "afición por las travesuras" y su carácter relativista, cínico y nómada, ilustrando el texto con fotos de celebrities pertenecientes a dicha generación, que estaría embutida entre los boomers y los millenials (aunque Zaera-Polo, nacido en 1963, sería técnicamente un boomer según la categorización "oficial", debe molarle más ser X). Para entonarme me he releído, en diagonal, Generación X (1991, 1995 primera edición en español) de Douglas Coupland, libro que los treintañeros de entonces leímos con fruición (sí, yo también estoy entre boomer y X) y está prologado por Daniel Verdú nada menos, quien califica el texto del americano de "libro insignia de los 90". Zaera no hace alusión al libro de Coupland en la introducción del suyo, ¿lo habrá leído? No creo que estuviera de acuerdo con esta afirmación que Verdú hace de los "Gen X": "Los X carecen de furor reivindicativo", sí seguramente aprobaría estas otras: "No se han gestado como rebeldes sino como residuos. No se sienten solidarios sino individuos. No son piña; son la peña. No tienden a manifestarse sino a desaparecer. No constituyen un movimiento, se encuentran, en su mayoría, parados". Hombres/mujeres isla, por tanto. Y aquí podemos conectar, en oblicuo, con el tema de hoy. Efectivamente, los X, los de Coupland al menos, tienen una cierta obsesión por el residuo y el bajofondismo (downshifting, imagino) como traduce Mariano Antolín Rato, un histórico de la traducción, acaso el último beat y primer underground español, alumno del tremendo Gustavo Bueno, compañero de viajes de Antonio Escohotado, traductor de no pocos malditos como Burroughs, Baudelaire o Kerouac y experto en la cultura americana (descubre su alucinante vida aquí). La ruina/basura aparece no pocas veces de forma casi poética en el libro de Coupland, a menudo como oposición a los pijos yuppies, generación (más bien categoría cultural bajo el paraguas boomer) que a su vez reflejara con verdadera mala baba Easton Ellis en American Psycho. Hablando de los yuppies dice Andy, el narrador de Generación X: "¡Qué pagados de sí mismos! Se consideraban águilas que construían nidos formidables con ramas de roble y cañas de mimbre, cuando en vez de eso eran más bien como las águilas de aquí de California, que construyen sus nidos con trozos de coches abandonados que parecen coles de Bruselas cogidas de un sandwich -silenciadores oxidados y cintas de ventilador herniadas-, objetos abandonados en la carretera que encuentran descoloridos en los arcenes de la carretera de Santa Mónica  -sillas de jardín de plástico, tapas de poliuretano de neveras portátiles y esquíes rotos-, objetos baratos, vulgares, tóxicos que o bien se descomponen en cuestión de minutos o se mantendrán esencialmente en el mismo estado hasta que nuestra galaxia se convierta en supernova". El trío de inadaptados que presenta Coupland huyen de la ciudad para refugiarse en el desierto (Palm Springs), viven abrumados por la amenza nuclear (Chernóbil queda cerca), trabajan en Macjobs (trabajos basura) y odian todo lo que huela a consumismo, representado por los centros comerciales (invento estadounidense para más inri) mientras, como en una versión posmoderna de los Canterbury Tales, se narran unos a otros historias a cuál más surrealista para matar su tedio existencial. El libro, para mí por lo menos, ha envejecido mal. Aunque es más probable, obvio incluso, que el que ha envejecido sea yo. 

La conexión entre The Sniper´s Log y Generación X parece evidente, aunque como decimos Zaera-Polo no hace referencia (en la introducción al menos) al libro de Coupland, publicado en 1991. Nos preguntamos si podríamos establecer alguna relación a su vez entre dicho libro y el ya mencionado S,M,L,XL (1995). No sé, ambos comparten el intento de reflejar una época, el dichoso Zeitgeist, uno desde una perspecitva más sociológica, otro arquitectónica, con un estilo pop y desenfadado. También en el diseño de página (con esas notas al margen que describen conceptos que supuestamente definirían esos tiempos, a menudo con rasgos cómicos) podríamos encontrar parecidos. No me suena que Koolhaas mencionara en su libraco a Coupland o la generación X (me da una enorme pereza comprobarlo como comprenderás), pero sí es cierto que hay un personaje que los conecta, aunque más bien a posteriori: Hans Ulrich Obrist, célebre crítico de arte, comisario de exposiciones, director artístico de la Serpentine londinense (desde 2006) y escritor suizo, autor junto a Coupland y Shumon Basar de The Age of Earthquakes (2015) con claras influencias de McLuhan y una maquetación también muy pop, y su continuación, The Extreme Self (2021). El mismo trío llevaría a cabo varias exposiciones que presentarían las ideas de dichos ensayos, así, Age of You,  Welcome to the Age of Present o The Extreme Present. También he encontrado, mira tú por dónde, una colaboración entre Coupland y Bjarke Ingels, BIG ART (la verdad es que la caudalosa web de Coupland es una verdadera caja de sorpresas). Más conocida es la cooperación entre Obrist y Koolhaas para numerosos proyectos, el suizo entrevistó al holandés en Rem Koolhaas. Conversaciones con Hans Ulrich Obrist y juntos han comisariado varias exposiciones ya desde los 90, así Cities on the Move, sobre las transformaciones de las ciudades asiáticas, de donde surgiría el libro Project Japan: Metabolism Talks (2011) o Mutations (2000), presentada en el arc en rêve de Burdeos y que también devino libro. Pero quizá la colaboración más importante entre Obrist y Koolhaas se haya producido cuando el holandés diseñó el Serpentine Pavilion de 2006, momento en el que Obrist acababa de asumir la dirección artística de la institución, y juntos organizaron la 24-Hour Interview Marathon, en la que, durante 24 horas, entrevistaron a arquitectos, músicos, científicos, etc. Restaría sólo, por tanto, cerrar el triángulo conectando a Koolhaas con Coupland, eso ya te lo dejo a ti. 

Terminamos ya, tendrás ganas (y yo). Casi se me olvida, la foto que preside la entrada de hoy no es del DING, como sería quizá lógico. Últimamente me ha dado por subir sólo fotos mías, así que, aunque bien que nos gustaría viajar a Gante, tengo que apañarme con inmuebles más cercanos como éste, esperamos que la tontería se nos pase pronto. Se trata del Palacio del Hielo y del Automóvil, un soberbio caserón centenario de fascinante historia que soportará una transformación similar al museo gantés y que dormía el sueño de los justos a la vera del hotel Palace en Madrid tras sufrir intervenciones de Muguruza y Fisac nada menos. El inmueble va a ser resucitado para convertirse en una suerte de segunda sede del Thyssen que albergará obras de la Colección TBA21 de Francesca Thyssen-Bornemisza, una colección con un marcado enfoque ecológico y una decidida voluntad de transformación social, así que no sería de extrañar que en un futuro veamos alguna exposición de Obrist y Coupland allí. Acabamos con artículo de Javier Gomá para El Mundo de nombre Libre y con compromiso que nos ha encantado, a ver qué te parece: "Sólo nos es posible vivir en primera persona del singular, pero hemos nacido de esa primera persona del plural que son los padres y vamos formando con el tiempo otras personas plurales de nuestra elección: una familia, una red de amigos, una empresa. Cada uno de estos nosotros surgió para alcanzar un bien que trasciende al individuo y que sólo disfrutan quienes se comprometen seriamente con sus fines superiores. El compromiso no se contrapone a la libertad, sino que, al contrario, la lleva a cumplimiento. Por eso declararse libre y sin compromiso denota el infantilismo psíquico de quien no está aún preparado para permanecer fiel a sus decisiones. Peor es el compromiso sin libertad propio de súbditos obligados a alienarse en el altar de algún colectivismo. El único estado que define debidamente al ciudadano en plenitud de facultades y señor de sus actos es el de libre y con compromiso". No man is an island, o sea.