Hoy, sin que sirva de precedente, sincronizaremos texto y fotos. Como habrás adivinado, se trata de la ampliación del Museo Sorolla, último trabajo de Nieto y Sobejano que acaba de abrir sus puertas en Madrid. Más pequeño de lo que esperábamos, el que fuera taller de automóviles se ha reconvertido en un espacio luminoso, como no podía ser de otra manera tratándose de un espacio dedicado al maestro valenciano de la luz, una pieza encajada a la perfección bajo un edificio de viviendas de 6 plantas y sobre un párking de dos niveles y que se unirá próximamente a la casa del pintor, donde hasta ahora estaba el museo. Haciendo honor al reciente discurso de ingreso en la RABASF de Fuensanta Nieto que ya comentamos (El museo en mutación. Memoria e invención), el estudio madrileño dicen haber buscado "un equilibrio entre memoria e invención de modo que la ampliación contemporánea surge, en cierto sentido, como un reflejo de nuestra interpretación de la casa original", así las cubiertas a dos aguas con tragaluces que reinterpretan el taller del pintor, un patio acristalado que recuerda el patio andaluz de la casa histórica o los nuevos jardines sobre la azotea, un guiño a los recoletos parterres inspirados en el Alcázar de Sevilla y la Alhambra y que sólo podrán ver los vecinos del inmueble situado sobre el antiguo taller.
Lo que más nos gustó es el potente contraste que se establece entre el largo pasadizo inmerso en una buscada penumbra, que funciona como vestíbulo del recinto, y la entrada propiamente dicha a las nuevas salas, inundadas de luz gracias al patio y los lucernarios. ¿Recuerdas cuando hablábamos este verano del Museo da Luz pensando que nos íbamos a encontrar un museo dedicado a la luz del Alentejo y luego resulta que se llamaba así por el nombre del pueblo (Luz)? Pues al final lo logré: la ampliación de Sorolla sí que es un espacio dedicado a la luz. El nuevo recinto cuenta también con un salón de actos, que lleva el nombre de la esposa y mecenas del artista, Clotilde García del Castillo, un almacén y un taller de restauración. Falta, con todo, conectar esta nueva pieza como decimos con la mansión, que ahora está en proceso de restauración y mejora de las instalaciones. Dicha delicada intervención, también llevada a cabo por por Nieto y Sobejano, dotará al edificio histórico, entre otros, de un ascensor, una cafetería y accesos mejorados. La entrada principal seguirá siendo, como antes de la ampliación, por este edificio, que da a la calle Martínez Campos, quedando la nueva entrada, en Zurbano, para grupos y carga y descarga. De hecho la escueta fachada del nuevo espacio, elegante pero áspera, puede querer recordar su antiguo uso industrial. Yo casi habría preferido éste como el acceso principal (de esa manera además se evitaría tocar los bellos jardines de la casa). En el interior de este nuevo museo de bolsillo puede verse la puerta, acristalada por ahora, que conectará ambas piezas, verdadera prueba de fuego del proyecto aunque parece evidente que el nuevo recinto, dispar pero al mismo tiempo vinculado al edificio original, pasará la prueba con nota. De todas formas quedan dos años aproximadamente para comprobarlo.
La ampliación del museo, como ves, ha funcionado como un pequeño puzle que por un lado ha encajado a la perfección con el denso tejido urbano donde se inserta y por otro conectará como decimos con el señorial casón histórico del pintor, diseñado, justo es mencionarlo, en 1910 por el arquitecto Enrique Repullés y Vargas en estrecha colaboración con Sorolla. En la pequeña exposición que aloja el nuevo espacio pueden verse cartas del artista, entonces en Nueva York, dirigidas al arquitecto con detallados dibujos de distintas partes de la casa. Repullés, prestigioso profesional madrileño que llegaría a dirigir las obras de la Catedral de la Almudena y conoció a Berlage y Cuypers en el congreso de arquitectos celebrado en Madrid en 1904, fue también académico de la RABASF y experto en el diseño de edificios escolares, aunque quizá su obra más significativa sea el edificio de la Bolsa de Comercio de Madrid. Puede verse un retrato realizado por el valenciano en la exposición.
El tema del puzle tiene su enjundia. Me ha recordado una cita que a modo de prólogo introduce Luis Fernández-Galiano en el segundo volumen de Las Grandes Esperanzas, una antología de piezas escritas por el crítico, profesor y director de Arquitectura Viva entre los años 1976 y 1992. La cita que te digo está tomada de La vida, instrucciones de uso (1978) de Georges Perec, novela dedicada a la memoria de Raymond Queneau, cofundador del grupo OuLiPo, en el cual Perec desarrolló su pasión por los juegos de palabras, anagramas y puzles. El libro, que puede recordar a aquel mítico cómic nuestro (13 Rue del Percebe), se estructura en torno a la vida en un laberíntico bloque de viviendas parisino y está planteado como un rompecabezas según nos cuenta el propio autor ("Todo el libro se ha construido como una casa en la que las habitaciones se unen unas a otras siguiendo la técnica del puzzle"). Pero vayamos a la cita que nos elige Fernández-Galiano: "Al principio el arte del puzle parece un arte breve, un arte de poca entidad, contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto considerado (...) no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, una forma, una estructura: (...) no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen (...): solo cuenta la posibilidad de relacionar esa pieza con otras (....): solo las piezas que se hayan juntado cobrarán un carácter legible, cobrarán un sentido: considerada aisladamente, una pieza de un puzle no quiere decir nada, es tan solo pregunta imposible, reto opaco; pero no bien logramos (...) conectarla con una de sus vecinas, desaparece, deja de existir como pieza (...): las dos piezas milagrosamente reunidas ya sólo son una, a su vez fuente de error, de duda, de desazón y espera".
Es curioso que en uno de los fragmentos que como te comentaba encontré en internet de The Sniper´s Log de Alejandro Zaera-Polo, nuestro francotirador confeso, nos topamos con un planteamiento que puede recordar al de Perec. En el inicio de un artículo sobre Herzog y de Meuron (el libro es otro compendio de escritos aparecidos en distintas revistas) dice lo siguiente: "Este texto no es ni una descripción ni una interpretación, juicio ni manifiesto. Creo que la función más productiva que puede tener una crítica arquitectónica es actuar como una máquina desterritorializadora, utilizando la arquitectura como pretexto para hablar de otra cosa, para crear ensamblajes que establezcan redes con otros territorios, ampliando las zonas de influencia de la arquitectura, transgrediendo sistemáticamente los límites de otras ciencias en busca de nuevas metáforas". Cómo nos recuerda también a Teoría General de la basura de Agustín Fernández Mallo. Como buen francotirador, el autor de la desterritorializada estación de Birmingham, inspirada por el dinamismo del ferrocarril y la distorsión producida por la velocidad, es una pieza difícil de encajar (como su estación): "El francotirador se oculta y ataca sigilosamente, evitando la confrontación directa con el enemigo y eludiendo las reglas de combate del campo de batalla. Cuando la corrección —ya sea política o moral— se convierte en el camino más rápido hacia el conformismo, la ambigüedad moral del francotirador constituye un modelo prometedor para una nueva forma de teoría que nunca cae en la complacencia". Como ves, Zaera-Polo escribe como proyecta, sin hacer rehenes.
Te traigo aún una tercera antología de artículos (microensayos) de otro autor que también mencionábamos en la anterior entrada. Se trata de Filosofía mundana de Javier Gomá, que acabo de empezar. Su autor es director de la Fundación Juan March (aquí le puedes ver trabajando duro en su despachazo) y de la cátedra de Ejemplaridad en el CUNEF (cargo que debe ser chungo, a la mínima que cometas un desliz siempre habrá un graciosillo para recordarte que no estás dando buen ejemplo). Es también, y principalmente, un prolífico escritor de temas filosóficos con una variopinta formación (licenciado en Filología Clásica y Derecho, doctor en Filosofía) y una marcada vocación literaria que le ha llevado a componer varias obras de teatro, te recomiendo que te des una vuelta por su página web. La verdad es que estoy disfrutando de sus textos, profundos pero al mismo tiempo accesibles, escritos con verdadero primor y a menudo un fino sentido del humor. Permíteme una pequeña muestra que también tiene algo que ver con el tema de hoy; en un artículo de nombre Reconciliados con la imperfección, afirma: " Lo imperfecto del mundo es, en efecto, triste si se compara con esa jovial plenitud del cosmos que las Musas celebraban. Pero hay otra perspectiva que prescindiendo de comparaciones libera las potencialidades positivas de la imperfección. No deberíamos nunca dejar de asombrarnos de que exista el ser y no la nada, porque, como dice Fernando Savater, la muerte nunca podrá arrebatarnos la victoria de haber vivido. Además, a veces uno conoce experiencias iluminadoras -pasión, ternura, belleza sorprendida, epifanías de la vida cotidiana- en las que pareciera que se eleva en éxtasis por sobre los fragmentos de la existencia y se proyecta a una totalidad de significado en el que por un momento las piezas parecen encajar otra vez". Y dichas "experiencias iluminadoras", efectivamente, no hace falta que sean grandes momentos, a mí me bastó con ver el otro día, por enésima vez, Mejor...Imposible.
Si el puzle existencial es a menudo complicado, pero apasionante, de completar, no es menos complejo el puzle que podríamos llamar social. En una época de feroz individualismo pocos están dispuestos a limar asperezas para encajar en una "estructura" que decía Perec, preferimos permanecer "reto opaco" que devenir tibios gregarios, porque, como decía aquel anuncio, yo lo valgo. Volvemos al francotirador, al hombre-isla de John Donne. Gomá da buena cuenta de esta obsesión moderna en Filosofía mundana, no creo sea casualidad que el primer apartado de los 10 en los que está dividido el libro lleve por título Individualidad. En el texto llamado Tú eres muy especial habla del cambio crucial que se produjo en el Romanticismo, cuando se pasó de creer en una "realidad acabada y normativa" que el hombre sólo podía atreverse a copiar, a valorar por encima de todo la subjetividad personal según la cual "ser hombre es ser distinto del mundo y de los demás hombres", un genio excelso que lleva a gala no encajar, y apunta: "Hay dos maneras de distinguirse sobre la "indistinta" medianía: siendo excepcional o siendo extraordinario. Es excepcional quien se singulariza saliéndose de la norma común, como hacen la mayoría de los extravagantes héroes de las novelas modernas; es extraordinario quien sigue esa norma pero destaca sobre los demás al llevarla a un rango superior de perfección y cumplimiento". En La domesticación del Romanticismo parte del relato Tonio Kröger, una obra de juventud de Thomas Mann, para volver sobre lo mismo: "Tonio Kröger señala una dirección contraria: no anular el yo romántico -por supuesto que no: está en el origen de nuestra individualidad- sino educar sus excesos y civilizarlo. La era del conflicto irrebasable ha terminado; ahora se trata de desbrozar la escondida senda que conduce a una reapropiación consciente y voluntaria de los límites inherentes a la convivencia". Deja que en este punto te recomiende otro libro verdaderamente interesante: La memoria del orden, de José Ignacio Linazasoro, el arquitecto de las Escuelas Pías de Madrid. Viene a querer decir, en somero resumen, que el hombre y la mujer modernos han renunciado al orden de manera voluntaria porque lo consideraban un corsé agobiante y antiguo y han preferido la libertad de los caminos inexplorados. Loable, pero hay un precio que pagar. El orden era armonía, proporción y equilibrio, la individualidad es desconcierto, azar y ansiedad. Y, para más inri, el ansia de totalidad, de alguna clase de orden o sistema, está ahí, nos espolea aunque a la par nos incomode, pues somos conscientes de que al cabo es necesario para no andar como vacas sin cencerro. Lo que parece claro es que hoy pocos se atreven a ser abiertamente normativos. Equivale a ser un perfecto muermo cuando no un señoro reaccionario. Ser normal, palabra a menudo utilizada erróneamente para excluir al otro, pero que significa simplemente seguir unas normas mínimas de convivencia, no está de moda. Con excepciones, claro. En un reciente informe médico del marcapasos que le colocaron a mi padre hace algún tiempo el médico señala que el dispositivo es, ojo al palabro, normofuncionante. Es obvio que no querríamos tener un marcapasos original o creativo, pero por supuesto hablamos de una máquina, no de un ser humano. ¿Y si te doy a elegir entre un conductor de autobús dado a las extravagancias al volante y otro normofuncionante, cuál prefieres? Ya, pero ¿y los artistas?, me espetas, ellos sí que tienen que ser originales y romper con furia todas las normas. Pues ahora voy y te cito al Goethe de Natur and Kunst (1802): "Quien aspire a grandes cosas debe concentrar sus fuerzas; en la limitación se revela el maestro y solo la ley puede darnos la libertad". Me dirás, infatigable, que este señor es muy antiguo.Vamos a ver, antes mencionamos al grupo OuLiPo, y aquí ya estamos en lo más creativamente rabioso y subversivo del siglo XX. Uno de los principios de la que denominan "literatura potencial" (la Ouvroir de littérature potentielle, de ahí lo de OuLiPo) se basa en las llamadas constricciones (contraintes), normas que el propio autor se impone en el momento de la creación. Dos de los casos más conocidos de escritura con constricciones son las novelas La Disparition (1969) y Les Revenentes (1972), de nuestro Georges Perec, el del arte del puzle. La primera está escrita sólo con palabras que no incluyen la letra e, la más frecuente en el idioma francés. La segunda es su contrapunto: no incluye ninguna vocal más que la e (¿no me crees?). Y en su primera edición tiene ¡126 páginas! ¡Y sin IA! Pero vayámonos aún más cerca. En un arrebato de furor intelectual, en 1984 Luis Fernández-Galiano escribe un artículo de corte apocalíptico que ya hemos citado aquí varias veces pues nos dejó noqueados, lo descubrimos en el Arquitectura Viva 169 y lo volvió a incluir en Las grandes esperanzas, el libro que te mencionaba antes donde aparece la cita del "arte del puzle" de Perec. Fernández-Galiano, un hombre de orden, tras decir en resumidas cuentas que esto es un sindiós, se lía la manta a la cabeza y propone en dicha revista, como continuación al artículo, nada menos que la creación de un nuevo orden. Sugiere reconstruir la disciplina arquitectónica a base de descomponerla y luego recomponerla siguiendo un orden arbitrario, que don Luis decide sea el orden del alfabeto. Crea un "diccionario de fragmentos" que acompaña de un "racimo de textos" de géneros diversos que los sitúen en el espacio y el tiempo. Y así busca en los clásicos cercanos tanto literarios como académicos (Machado, Bachelard, Giedion, Benevolo, Alberti -los dos-, García Lorca, Aleixandre, Semper, Jencks y así hasta 126) citas referidas al elemento o fragmento en cuestión (el cimiento, el muro, el balcón, la alcoba y así hasta 32), para acabar apuntando que todo es un empeño inútil, poco más que un juego intelectual: "Y, por consiguiente, ante nuestro dilema pedagógico: construyamos un sistema ficticio, convencional sin duda, pero exacerbado en su voluntad simétrica, un remedo de sistema en su exagerada sistematicidad, un sistema ensimismado y descreído que nos permita, como quería Borges, 'perseguir los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden'".
Necesitamos referentes. Y especialmente nuestros jóvenes, más perdidos aún que nosotros, presuntos adultos. Uno se pregunta, mezclando ya churras con merinas, si el desastre de PISA, más allá de los chivos expiatorios de rigor (el móvil, la IA, que también), radica en algo mucho más profundo y complejo: que ya nadie quiere formar "estructuras", un orden, un marco de vida en el que (y contra el que) nuestros adolescentes puedan desarrollarse, rebelarse y por tanto crecer. No tenemos tiempo, por favor, no voy a derrochar mi genio maravilloso en algo que no sea yo mismo. McLuhan ya hace un puñado de décadas hablaba del "aula sin muros", todo y todos enseñamos, no sólo el sufrido profe abandonado a su suerte, y de mucho antes es el conocido proverbio africano según el cual Para educar a un niño hace falta la tribu entera. ¿Y cómo anda la tribu? Responde tú mismo.
Llegados a este punto ya nos hemos perdido sin remedio así que toca cerrar de manera taxativa. Vuelvo al museo Sorolla de Nieto y Sobejano, que nos trae luz y orden y sabe encajar sin aspavientos. Casi nada. Compárese con esta ocurrencia que te enlazo no sin antes avisarte de que las imágenes pueden herir gravemente tu sensibilidad (luego no me vengas llorando). Ahí va.






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