Ya en serio, si nos centramos (de manera light como es habitual aquí) en el libro de De Gracia diré que nos ha sorprendido para empezar su combativa creatividad, especialmente en el etiquetado de fenómenos y personajes: prelugares sin formalizar (el terrain vague de toda la vida), desideólogos, intelectualidad replicante, acracia de caviar, democracia fluida (o disipada), an-arquitectura, conformidad dinámica (esto lo coge de Aldous Huxley), decrecimiento sereno, procesos de desguace cultural, embadurnamiento parietal (esta es difícil: los graffitis), teoría blanda, trastorno perceptivo... Ese gozoso ayuntamiento entre arquitectura y filología, del que tanto hemos hablado, roza aquí ya el desenfreno. Desde el título de su libro, en el que parece indicarse la extinción de la diciplina, el profesor de la ETSAM reparte estopa que lo flipas, ya puedes intuirlo en los términos que te he citado, y parece querer unirse al nutrido coro de apocalípticos que nos rodean por doquier. Quizá necesarios para sacarnos de la sofronización que nos causan las adicciones al móvil o Netflix, nos preguntamos si al final tanto drama no resultará contraproducente. Uno ve la predicción del tiempo y parece que el fin del mundo está próximo, escuchas los temibles oráculos de esos nuevos dioses de las redes sociales, algunos de ellos escritores de prestigio, devenidos de golpe y porrazo sagaces politólogos, sociólogos, filósofos, teólogos, historiadores, etc., que digo yo cómo será posible que sienten cátedra de tanta cosa a la vez, y parecería que estamos ante el fin de la civilización tal y como la conocemos (quizá es que así sea, y a dicho final igual está ayudando tanto histerismo estéril). La esperanza por descontado ni está ni se la espera. Me da la risa floja cuando recuerdo la distinción que hacía Umberto Eco entre apocalípticos e integrados, hoy el integrado pasó a la historia porque no vende (y si alguno aún se atreve a asomar la cabeza se la vuelan, el optimismo es ya cosa de giles), por lo que urge establecer una nueva dicotomía que sería acaso la de apocalíticos y post-apocalípticos, o sea, aquellos a los que excita directamente un futuro distópico sin vuelta atrás.
Por supuesto no estamos diciendo que De Gracia sea uno más entre la abultada nómina de chamanes apocalípticos de salón, primero porque su medio natural no son las redes y porque, a contrario que dichos mistagogos (otro palabro que usa en su libro: "personas que guían en los misterios sagrados"), que lanzan la piedra pero no dan remedios (o los que sugieren son de un simplismo sonrojante), propone trabajadas soluciones en una suerte de sólido manifiesto que, al contrario de nuevo que los gurúes de las redes, no pretende ser apodíctico (otro término que descubro gracias a él: "indiscutible"). De optimismo, eso sí, sobrado no anda el libro, que lanza dolorosos directos a la mandíbula, a continuación uno de mis mis favoritos: "Una contumaz concepción elitista de la arquitectura, que pretende hacer de ella un producto criptofabulado por chamanes hipermodernos (uso estas expresiones sólo con cierta ironía), produce penosas consecuencias al contribuir a alejar la factible necesidad social de ella; y eso tiene una carga de contenido moral, porque se pierde bienestar al quedarnos sin sus beneficios sensoriales en la vida real, sobre todo en el aspecto urbano. Críticos, divulgadores y arquitectos debieran enfatizar la importancia placentera de la arquitectura encarnada en la buena construcción y, al tiempo, aproximarla de modo verosímil a la sociedad" . O sea, si lo he entendido bien, que construir de verdad supone mancharse las manos, literal y figuradamente, así que mola mucho más elaborar teorías epatantes de uso interno y rénderes maravillosos (lo que De Gracia llama #arquitectura) que no suelen hacerse realidad, y si por desgracia lo hacen, resultan en un engendro infumable.
El libro también incide en cómo la arquitectura se ha dejado seducir por la cultura del espectáculo (nada nuevo, de hecho suena ya a queja rancia aunque siempre sea pertinente, luego te cuento), cultura del espectáculo que "busca ante todo el acontecimiento y cada vez se escora más hacia una variante afín al turismo de masas. En este ámbito la oferta arquitectónica, más que otras conexas, ha quedado afectada por la mercadotecnia y la publicidad con los efectos engañosos que las caracterizan". Es curioso que la idea de acontecimiento la he visto aplicada hace muy poco al cine, en un artículo, creo, de Fotogramas donde se habla de películas-acontecimiento, películas millonarias cuyo brutal presupuesto justificaría por sí solo la necesidad de ir al cine a verlas en lugar de esperar a su estreno en las plataformas de rigor. Así mencionaba como ejemplos paradigmáticos recientes La Odisea y Spiderman. La verdad es que he caído en esa supuesta trampa y he visto La Odisea en cine, todo un festín visual, es cierto, aunque a mí con Nolan siempre se me hace bola. Y, por poner otro ejemplo reciente, si me permites el apunte personal, no me ha gustado más que una cinta infinitamente menos cara y sin embargo más conmovedora gracias a una sencilla historia con claro componente arquitectónico hasta en el título (Rebuilding) en la que los protagonistas deben rehacer sus vidas tras un voraz incendio que les ha dejado sin nada, un tema que por desgracia nos suena mucho. Volviendo a la lúcida melancolía de De Gracia por utilizar sus mismas palabras, decir que recomendamos vivamente su libro en el que toca muchos más temas, casi siempre como decíamos desde una crítica valiente en su cruda beligerancia, ahí van un par de botones más de muestra final: la enseñanza universitaria ("En cualquier universidad actual una clase puede convertirse en una emotiva performance debido a la inevitable presencia de lo lúdico en su condimento pedagógico (....). Cualquier cosa menos transmitir conocimiento reglado, entre otros motivos porque esto da más trabajo al profesor y al estudiante, además de resultar aburrido para este, el cual, no se olvide, ahora califica al profesor"), la starchitecture ("A demasiados arquitectos les gusta hacer travesuras a lo grande (...). Cuando tal cosa sucede, comprobamos que se trata de arquitectura bastante egocéntrica, irreflexiva o mal pensada en su concepción; más bien de cocina rápida y sal gorda, aun cuando en las revistas se presente como nouvelle cuisine para gourmets"), la tiranía de la novedad ("La continuidad con el pasado, algo que necesita cultura, modestia y sensibilidad, llegará a resultar una vulgaridad en ciertos foros arquitectónicos obsesionados con la neofilia. En estos cenáculos de poderosa influencia en la creación de opiniones la disidencia con los antecedentes se convirtió en norma. Había que actuar por oposición a algo sustantivo y la mímesis quedó proscrita"), el "desguace cultural" ("Al fondo está un sospechoso error de cierta intelectualidad europea que aboga por una sociedad permisiva en detrimento de una cultura exigente"), etc. Con todo, volvemos a lo que decíamos antes, echamos en falta en un libro tan reciente (2023) referencias al evidente nuevo rumbo que, desde hace más de una década, están tomando los dictados arquitectónicos, mucho más preocupados por la rehabilitación, la inserción de la obra en su entorno e innovaciones razonadas, no azarosas, y mucho más críticos con la arquitectura de firma, algo que además puede verse en los estudios que se llevan hoy en día los premios arquitectónicos más importantes. Un poco más de optimismo por favor. Lo siento pero no podemos estar de acuerdo con afirmaciones tan categóricas como estas: "Creer en nuestro tiempo que la arquitectura puede transformar para bien el mundo es parte de un pensamiento mentecato y arrogante de algunos personajes que simulan inquietud social cuando en realidad ejercen de maliciosos chamanes".
De todas formas es cierto que seguimos viendo hoy razones para cierto pesimismo. Quizá el caso más lacerante haya sido el reciente ganador del concurso promovido por Shift, organización neerlandesa con un ambiciosa agenda medioambiental, para levantar una "embajada" ecológica en Róterdam con un presupuesto de 240 millones de euros. Al concurso se presentaron 80 estudios y entre los cinco finalistas se encontraban dos estudios españoles (Ecosistema Urbano, autores del Ecobulevar de Vallecas, y Office for Political Innovation, el estudio de Andrés Jaque responsable del Colegio Reggio en Madrid), uno inglés (Heatherwick Studio) y dos holandeses (Mecanoo y los ganadores MVRDV, autores del Edificio Mirador en Madrid). Aunque todos eran proyectos que buscaban el efecto wow, acaso inevitable en un edificio que buscaba llamar la atención a grito pelado, el proyecto ganador -de nombre Rotterdam ROCKS!, así, en mayúscula, como digo, había que gritar- consigue por contra lo que podríamos llamar un efecto yuk. Fíjate como inicia Catherine Slessor, crítica apocalíptica donde las haya, su artículo para The Guardian: "Parece algo que Shrek vomitaría", comentó con desdén un usuario en línea, comparando de forma poco halagadora Rotterdam ROCKS!, la propuesta recientemente presentada para un emplazamiento frente al mar en el puerto más grande de Europa, con los vómitos de un ogro de dibujos animados". Volvemos a De Gracia y la #arquitectura, solo que aquí ni en rénder resulta atractiva, imagínate cuando se haga realidad este apilamiento azaroso en palabras del profesor de la ETSAM, que en Sin arquitectura parece estar ya adivinando el engendro roterdamés: "Con el apoyo de la teorización difusa, muy practicada por los chamanes del tinglado arquitectónico, ya despuntaba en el primer Rem Koolhaas la idea de superposición acumulativa. Algo desarrollado luego con cierto frenesí por el grupo MVRDV, un estudio holandés que ha incluido discípulos del propio Koolhaas. Así, es muy ostensible que en varias obras de ese equipo esté bien expresada la noción de apilamiento azaroso. (...) En estos ejemplos más recientes la noción de montaje nada tiene que ver con un dispositivo tectónico o mecánico de la agrupación congruente de grandes piezas, sino con la incierta estabilidad visual lograda mediante el apilamiento ingenuo propio del juego infantil. Pero claro, para convertir en estable el inestable equilibrio visual de un objeto con grandes voladizos se necesita una discreta y carísima estructura a modo de oculta prótesis ingenieril de altas prestaciones. No es extraño que para el proyecto en la capital de Indonesia [la torre Peruri 88] se recurra a la prestigiosa compañía ARUP, una firma de grandes auxilios para los arquitectos hipercreativos". ¿Quién sostendrá Rotterdam ROCKS!? ARUP, por supuesto. Llama la atención que los holandeses no hayan aprendido del fiasco de Londres (el Marble Arch Mound), un proyecto con bastantes puntos en común con el de Róterdam como recuerda amargamente Slessor en su texto, que arrea puñetazos tan certeros como los de De Gracia: "Pero en una era cada vez más marcada por el mantra de que "el edificio más ecológico es el que ya existe", la idea de construir una baratija ostentosa y enormemente costosa que promete envejecer muy mal parece un fracaso tremendo, calculado simplemente para halagar egos y servir de cebo de clics". Y cita a otro conocido apocalíptico local, Wouter Vanstiphout (que en su día también pusiera a caldo el De Rotterdam de Koolhaas): "Es como si MVRDV hubiera permitido que toda la contradicción fundamental entre arquitectura y sostenibilidad implosionara en un gesto de autodesprecio ontológico, una ruina metafórica de la idea misma de arquitectura, que se derrumba bajo su propio peso, roída y cubierta por una naturaleza que se ha vuelto contra la humanidad por despecho". Slessor se reserva la última palabra, demoledora también: "Los Países Bajos, un país de baja altitud (las Maldivas de Europa), están doblemente condenados, ya que más de la mitad de su territorio es vulnerable a las inundaciones. Casi toda Róterdam se encuentra por debajo del nivel del mar, así que si las cosas siguen por el camino catastrófico que se avecina, Róterdam ROCKS! bien podría quedar bajo el agua algún día. Lo cual, quizás, sea el mejor lugar para ella". Acabamos, por contrastar, con un artículo de World Archi Design que tampoco ahorra críticas al proyecto pero lo hace sin tanto aspaviento y de forma mucho más equilibrada (pero también más aburrida). Reconoce la paradoja de levantar un enorme edificio de nueva creación a base de usar enormes cantidades de hormigón y acero y al mismo tiempo pretender mandar un mensaje ecológico, que en todo caso no pasará de simple acontecimiento sin efectos duraderos. Habría sido más apropiado, señalan, llevarlo a cabo rehabilitando edificios infrautilizados o en desuso. Lo mejor del artículo es su propuesta final, realmente sorprendente y brillantemente explicada: "La embajada propuesta para Róterdam aún podría tener una utilidad, pero no como edificio. Su cancelación, explicada con transparencia y ampliamente difundida, constituiría una contribución más significativa a la arquitectura sostenible que cualquier cantidad de hormigón de bajas emisiones de carbono o acero reciclado. La cuestión es si Shift tiene el valor institucional para tomar esa decisión y si la profesión arquitectónica está preparada para valorar la moderación tanto como tradicionalmente ha valorado la ambición". Si en Tiflis se hubiera hecho así...

