sábado, 19 de septiembre de 2026

Ruinas

 


Sublimes ruinas (contra la arquitectura 'woke') es un contundente artículo de Alejandro Zaera-Polo publicado estos días en ABC. El apocalipsis distópico parece también encandilar al antiguo alumno de Harvard, exdecano de la Escuela de Arquitectura de Princeton, colaborador de Koolhaas y autor junto a Farshid Moussavi de la compleja terminal de Yokohama, a la que Luis Fernández-Galiano calificó, cuando se inauguró en 2002, de "proeza profesional (...) que convierte a Zaera en el arquitecto español más importante de su generación" tras imponerse a otras 660 propuestas presentadas. "La mejor arquitectura contemporánea es la ruina" comienza el artículo, que se pasea por los destrozos de la guerra de Ucrania o los escombros de Gaza, pero también por las magníficas fotografías de un Detroit desvencijado; en este punto recomendaríamos el blog Ruin' Arte, que muestra también soberbias fotos de un buen número de edificios abandonados en este caso en Portugal, un país donde ruina y saudade son señas de identidad. El arquitecto madrileño continúa regalándonos una certera definición tomada de Georg Simmel, un intelectual tan independiente como él (Zaera-Polo se define como francotirador en su libro The Sniper´s Log) : "la ruina es el instante en que la naturaleza reconquista el artificio humano. La hiedra devorando las piedras de la ruina evidencia la fragilidad de lo artificial y su sino inevitable". Las ruinas actuales, sin embargo, no fascinan ni hablan de pasados nostálgicos sino que reflejan de manera brutal intimidades violentadas, "la ruina doméstica de la víctima". La ruina nos devuelve a una visión sublime, trágica y matérica ("tercamente física") de la disciplina arquitectónica, que Zaera-Polo contrapone a la arquitectura que llama woke: "Frente a un mundo del arte ocupado en la representación, la posicionalidad y el lenguaje, la ruina reafirma la realidad bruta de la masa, la gravedad y la muerte". Una arquitectura que, tras los excesos del deconstructivismo (una forma espuria de evocar la ruina) y el espectáculo, "renunció a erigirse por miedo a ofender" refugiándose "en la penitencia y la piedad". Zaera-Polo es otro arquitecto hambriento que demanda una profesión "que vuelva a responder de su peso antes que de su discurso; que trabaje la piedra, el hormigón y la luz como hechos y no como metáforas o como máximas proferidas en neolenguas; que recupere la forma, la escala y la geometría sin pedir perdón. Ni la monumentalidad del poder ni la penitencia de la culpa: la seriedad de lo que está construido para durar". La herida de Princeton, universidad en la que vivió un infierno profesional, sale a relucir en un texto que puede recordar al amargo Sin arquitectura de Carlos de Gracia, libro del que hablábamos en la entrada anterior. Con todo, no acabamos de entender a qué llama exactamente arquitectura woke, contra la que se posiciona ya desde el rotundo título de su artículo. Si es la ejemplificada por "el pabellón participativo y la ciudad de los cuidados" (¿andanada contra Izaskun Chinchilla?), a los que califica de arquitectura "provinciana", o sea, una práctica que se abaja para preocuparse por el bienestar básico del ciudadano, no nos parece que dicha forma de entender la profesión sea criticable, más bien al contrario. Si se refiere, como señala en el artículo de El Confidencial, a una disciplina contaminada por "la intensificación artificial de la diferencia por motivos políticos" en la que el relato ideológico de turno cuenta más que las realidades objetivas de una profesión que es (o debería ser) más técnica que artística y en la que los chamanes de rigor con licencia para cancelar establecen tabúes intocables, entonces es obvio que sí que habrá que rebelarse contra ello. El precio a pagar es alto (la marginación), por ello es de justicia destacar la heroica valentía del francotirador. Como también es de justicia alabar la astuta habilidad del surfero que sabe nadar y guardar la ropa (pienso aquí en Bjarke Ingels, otro que fuera en tiempos, como Zaera-Polo, brillante escudero de Koolhaas, surfero máximo). Lo que está claro es que nos gustaría ver a nuestro fancotirador prodigarse mucho más en medios, charlas, comisariados y otros eventos arquitectónicos: el debate, especialmente el incómodo, es muy enriquecedor (¿Te imaginas un cara a cara entre Zaera-Polo y Jaque? La bomba). 

El pasado día 11 hemos conmemorado los 25 años de otras ruinas no menos terribles que las de Ucrania o Gaza. He releído los artículos que Fernández-Galiano escribió en Arquitectura Viva, la única revista especializada que dedicó al atentado de las Torres Gemelas un número completo. El mismo 12 de septiembre el profesor y crítico firmaba un artículo para El País que terminaba así:  "Este refinado diseño de la piel de los colosos proporcionaba a los dos esbeltos prismas del distrito financiero de Manhattan una apariencia abstracta, lindante con lo metafísico, que los había convertido en algo más que una postal de la ciudad de Nueva York: las Torres Gemelas eran la imagen más rotunda y persuasiva del poder del dinero y de la tecnología, una imagen exacta de la razón geométrica que el delirio de la barbarie ha transformado hoy en una ruina humeante y violenta" y unas semanas más tarde volvía sobre el tema ejerciendo como es habitual de certero oráculo en un texto que conecta con el de Zaera-Polo: "En una última ironía de la historia, el que fue llamado «primer edificio del siglo XXI» había sido presentado por su ingeniero Robertson como capaz de aguantar la colisión de un Boeing 707, por entonces el avión de mayor tamaño: el 11 de septiembre las Torres Gemelas resistieron en efecto los impactos de sendos Boeing 767, pero no la carga de fuego de sus depósitos de queroseno, abastecidos para un viaje de costa a costa, y la obra más importante de Yamasaki se convirtió en la primera ruina de un siglo que se adivina pródigo en ellas". Y sin embargo, por fortuna, don Luis no forma parte de la nómina de apocalípticos de pago y en un artículo posterior en el que hace un recuento del año 2001, concluye así: "[2002 es] un año que pese a todo es obligado iniciar con esperanza. El que se cierra celebró el aniversario de Walt Disney, un genio del siglo XX que se dio a conocer durante la Depresión con la parábola optimista de Los tres cerditos, que no temían al lobo feroz de la crisis económica como hoy deberíamos esforzarnos en no temer al lobo feroz y ficticio del islam o al lobo feroz y funesto del terror". 

La foto de hoy, por cierto, es del castillo de Mourão, en el Alentejo. Hace gala de unas matéricas ruinas que apetece tocar con fruición. Por aquí anduvieron los hermanos Arruda nada menos, Francisco, quien diseñara la Torre de Belém, y Diogo, autor de parte del Convento de Cristo en Tomar y, probablemente, de la célebre Janela do Capítulo. 

Nos despedimos con otro francotirador, Arturo Pérez-Reverte, que el pasado domingo se estrenaba como columnista de lujo en El Mundo con un artículo de nombre La venganza del Mediterráneo. La ruina hace también aparición. Marchando cita (la última, ánimo): "El Mediterráneo escucha impasible, con la atención que dedicaría a unas gaviotas discutiendo por una raspa de sardina. Vendrá la próxima ola, borrará las huellas en la arena y todo acabará como hace tres mil años, aunque gracias a la modernidad que nos cabalga, más confuso todavía. Ésa es la venganza. (...). También caerán las ideas políticas. Las fronteras cambian, los mapas se redibujan, los himnos nacionales caducan. Pero el Mediterráneo seguirá haciendo lo mismo: mezclar gentes, mercancías, lenguas, músicas, recetas, sangre, con esa indiferencia propia de él y de sus dioses hacia las certezas humanas. Triturará identidades para fabricar otras nuevas, igual de imperfectas, igual de asombrosas, igual de potentes, igual de vivas y peligrosas. Manteniendo, como el flujo y reflujo del agua en sus playas, el fascinante caos que nos parió a todos". Cielos, ¿un Pérez-Reverte woke? Ser francotirador es lo que tiene, nunca sabes desde dónde van a disparar.