domingo, 1 de abril de 2018

Robots amables


Pues muy buenos días. He estado leyendo el último libro de Richard Rogers (A place for all people), y aquí te dejo un par de cosas que me han llamado la atención.

El libro toma su nombre de una frase en la memoria de su proyecto más famoso, el centro Pompidou, diseñado en los 70 junto a Renzo Piano, aunque se abre con otra cita, en este caso no suya sino de John Cage: "No consigo entender por qué la gente tiene miedo de las ideas nuevas, yo tengo miedo de las que son viejas". Toda una declaración de intenciones.

El autor de la T4 madrileña nombra como sus más tempranas influencias arquitectónicas el apartamento donde pasó sus primeros años de vida en Florencia con vistas al Duomo de Brunelleschi, decorado con mobiliario moderno a cargo de su primo Ernesto Rogers, arquitecto autor de la tremenda Torre Velasca de Milán. Su amor por los colores fuertes (el libro tiene una contraportada fucsia que lo hace imperdible) lo hereda de su madre, Dada, amante del arte y consumada ceramista, aunque al principio más bien le avergonzaba, especialmente cuando le llevaba al colegio. Abandonó Florencia para siempre a los cinco años, pero relata que la ciudad "entró en mi torrente sanguíneo, y ha permanecido conmigo como una plantilla, un ideal de lo que toda ciudad debe ser". Su apellido, nada italiano, proviene de un abuelo inglés, un dentista formado en París que se asentaría en Venecia (Dada era hija de un notable arquitecto e ingeniero de Trieste, una cosmopolita ciudad al filo a la sazón del Imperio Astrohúngaro donde James Joyce le daría clases de inglés). Rogers señala que su padre, Nino, amaba Inglaterra "como sólo puede hacerlo un extranjero" y vestía como un perfecto dandy inglés, de ahí también que le pusiera por nombre Richard y no Riccardo.

1939 marca un punto de inflexión en su vida: viendo que la guerra era inminente los Rogers se marchan a Inglaterra (Nino tenía pasaporte británico, herencia de su padre inglés). Richard llega junto a su  madre y su tío Giorgio, pianista profesional. Uno de sus primeros recuerdos en suelo inglés es oír a su tío ensayando piezas de Schubert y Chopin en un piano de cola al tiempo que retumbaban las bombas alemanas del Blitz y él se resguardaba debajo. Su vida burguesa llega a un abrupto final ("la vida había cambiado de color a blanco y negro"). Solían llenar la bañera de su minúsculo apartamento con agua caliente para calentar el piso. Nino, médico, consiguió un trabajo precario como doctor en una clínica para tuberculosos, Dada trabajaba también allí haciendo las camas y cuidando a los pacientes hasta que contrajo la enfermedad, momento en el que Richard fue enviado a un internado. Su experiencia allí fue cruda: sufrió castigo corporal desde el primer día que entró (tenía 6 años), apenas hablaba inglés, era disléxico y para colmo sus compañeros le acosaban. Sus padres le cambiarían a una academia de ambiente más relajado donde descubrió que tenía habilidad para el deporte (su tutor le recomendaba que "se centrara en darle al balón y se olvidara del estilo", consejo que le fue muy útil). Richard se siente liberado y sus notas mejoran, aunque siempre era de los peores de la clase. Hizo amigos (alguno aún le dura) y tuvo su primera novia.

En 1945 acaba la guerra y comienza un mundo nuevo en el que los ingleses dan la espalda a Churchill y la política se vive con inusitada intensidad. Su padre, al contrario que la mayoría de los médicos según Richard, aplaude la creación de la atención médica gratuita (un invento británico), y el propio arquitecto considera a los políticos de la época como "héroes de la sociedad moderna". Él mismo conocería nada menos que al ministro de interior del gobierno laborista británico (James Chuter-Ede), paciente de su padre (es obvio que Nino ha progresado profesionalmente), cuya ideología progresista le marcaría para siempre. A los 17 empieza a viajar solo: corre los sanfermines, en San Sebastián pasa una noche en un calabozo por bañarse desnudo en La Concha, y en Venecia vuelven a meterle en la cárcel dos semanas por pegar a un hombre que inexplicablemente había intentado arrojarle al agua desde un atestado vaporetto (después le acusaría de intentar propasarse con su mujer). Las influencias de su abuelo (el dentista) consiguen que pueda salir. Antes de abandonar la ciudad una prostituta que ha conocido en la cárcel le acompaña en un recorrido turístico "alternativo" por Venecia, para horror de su abuelo. Es consciente de que sin la ayuda de su familia lo habría tenido muy crudo.

La arquitectura empieza a atraerle gracias a su primo Ernesto, el arquitecto de la desproporcionada Torre Velasca, el propio Richard reconoce que la primera vez que vio el monumental edificio en plano le pareció "retrógrado y pesado", llegando a sugerir un diseño alternativo en acero. Richard trabajaría para el estudio del primo (BBPR) en pequeños encargos mientras hacía su servicio militar en Trieste (entonces, a primeros de los 50, bajo mando inglés y estadounidense debido a disputas territoriales entre Italia y Yugoslavia). El arquitecto del Pompidou estudiaría en la Architectural Association (la que después acogería a Koolhaas, Hadid, Chipperfield, Pawson y tantos otros), "donde debatía sobre filosofía tanto como estudiaba arte". Las pasó canutas (el dibujo no era lo suyo y la dislexia no ayudaba), pero el último año, en el que tuvo a Peter Smithson como tutor, (coautor junto a su esposa Alison de los Robin Hood Gardens, complejo del que la Bienal de Venecia va a exponer un fragmento salvado in extremis de la piqueta cual reliquia arquitectónica: ¿hay un revival moderno?) las cosas mejoraron.

Richard comenta en posterior capítulo su entusiasmo por el Movimiento Moderno, relatando cómo años después llegaría a pasar una noche en la Casa Farnsworth junto a su hijo invitado por su dueño, Lord Palumbo, experiencia que -al contrario que los decepcionados Herzog y de Meuron- describe como mágica: "Nunca olvidaré la magia de dormir al lado de Roo [su hijo] en esta joya perfectamente realizada, apenas capaz de cerrar los ojos por la emoción, ambos maravillados ante la elegancia y la precisión del edificio, y del diálogo que establece con los campos que lo rodean".

Volvamos a los 50. Mientras estudia en la AA conoce a Su Brumwell, su primera esposa. Sus padres, sofisticados, progresistas y amantes del arte, calaron hondo en Richard, que comenta que uno de los primeros proyectos del Team 4 junto a Su, Foster y su esposa Wendy Cheesman (Creek Vean), fue financiado por un cuadro de Mondrian que el propio pintor holandés le había dado al padre de Su como pago de una deuda de... 37 libras! Richard hace hincapié en el profundo compromiso social de la arquitectura por aquel entonces (en 1956, el departamento de arquitectura del ayuntamiento de Londres contaba con 3000 empleados): "Un sentido de responsabilidad social hacía que pareciera natural para la mayoría de los jóvenes arquitectos trabajar para el estado en lugar de para proyectos privados como es el caso hoy en día". A Richard y Su les unía esa sensibilidad social, en su luna de miel trabajaron en un kibbutz de Israel, "un joven país que se parecía a una utopía socialista, cultivando naranjos en mitad del desierto". Poco después, en 1961, viajan a Yale ambos con becas Fulbright. Allí Richard debe trabajar a lomo caliente, con profesores (como Rudolph) que les imponen más de 80 horas de trabajo semanales, "un correcional arquitectónico", en sus palabras. "Fue una introducción  al diferente ritmo de vida en América. La gente se enorgullecía de no tener vacaciones o no parar para comer, en contraste con Europa". Frente a la AA, donde el debate teórico era el centro de la vida académica, en Yale el énfasis estaba en la producción, algo que se reflejaba en una rivalidad entre los estudiantes según su procedencia: "Los americanos colgaron una pancarta que decía "Haced más"; el contingente inglés respondió con otra donde se leía "Pensad más"'. Allí pudo disfrutar de conferencias de Kahn, y se hizo amigo de Stirling (que da nombre hoy al premio arquitectónico más importante del Reino Unido), del que cuenta jugosas anécdotas como que robaba ceniceros en el Four Seasons neoyorquino o que juntos montaban fiestas tumultuosas con la frecuente visita de la policía. Especial mención merecen las referencias a Foster, también becado como él, aunque, como Richard señala, con un background completamente distinto (los orígenes del de Manchester son mucho más humildes). Foster era allí un "estudiante estrella" gracias aparte de su enorme tesón a sus excelentes dotes para el dibujo (también en esto tan distintos). Su conexión, con todo, fue total: "Durante cinco o seis años solíamos hablar durante horas, a menudo hasta altas horas de la noche, sobre ciudades, arquitectura o nuestro estudio. Era una aventura amorosa verbal e intensa, y no creo que haya tenido unos debates intelectuales tan maravillosos con nadie más". Juntos viajaban a Chicago (la "Florencia de los Estados Unidos") y visitaban edificios de Wright, Mies o Sullivan. Juntos hicieron también un proyecto de final de curso de líneas modernas que parece que a Philip Johnson (que por aquel entonces iniciaba su deriva postmoderna) le gustó más bien poco. Años más tarde sería uno de los miembros del jurado que elegiría el diseño de Rogers y Piano para el Pompidou.

Muchas veces te habrás preguntado de dónde le viene a Richard esa obsesión por las formas industriales, que hizo que el Príncipe Carlos tildara el Lloyd´s de refinería en el centro de Londres. Pues fue en este mismo viaje a los Estados Unidos donde comenzó tan peculiar love affair. Junto a Su tras garduarse decidieron viajar por el país en plan On the Road de Kerouac (con un baqueteado Renault Dauphine cuyo motor se incendiaba cada dos por tres), y quedó prendado de las factorías e industrias, en particular le llamó la atención su enorme escala, desconocida para él hasta ese momento. "Eran la esencia concentrada y desnuda de la expresión funcional. Pero podían también ser visualmente emocionantes e incluso románticas, iluminadas en la noche o envueltas en humo".  Llegaron hasta California, donde visitaron las Case Study Houses (Rogers destaca las de Rudolph Schindler, sobre el que había hecho la tesis en Yale y las de Raphael Soriano). Tras trabajar brevemente con SOM en San Francisco, ya en 1963, se volverían a Europa.

Rogers continúa el relato con la casa que hizo para sus padres en 1969 en Wimbledon, donde ya empieza a vislumbrarse el Pompidou, con un lenguaje moderno claramente influido por las Case Study Houses y transparencias que remiten a la Maison de Verre, que había visitado en París y sobre la que escribió su primer artículo arquitectónico en 1966 para Domus (y donde  utiliza inauditos materiales como paneles de alumninio aislantes que entonces se utilizaban solo para camiones frigoríficos), trabajo que curiosamente antepone en el libro a sus proyectos con Team 4, anteriores en el tiempo.  El estudio lo había montado justo a la vuelta de Estados Unidos, en 1963 junto a Norman Foster, Su, Georgie Cheesman (una antigua novia) y su hermana Wendy, que se convertiría en la esposa de Norman (pues a mí me salen 5). Los comienzos fueron humildes: establecieron el estudio en el apartamento de Wendy y un antiguo compañero de la AA tuvo que hacerles una enorme caja para poner sobe la cama que sirviera como mesa de trabajo durante el día (la anécdota la cuenta también Foster en la biografía escrita por Sudjic); cuando venían clientes llamaban a amigos para que pulularan por la casa como si fueran arquitectos de la firma para que el estudio pareciera más importante. Sus primeros proyectos, Creek Vean, una casa para los padres de Su, y Murray Mews en Camden les llevan 14 horas de trabajo al día, siete días a la semana y la experiencia, especialmente en el segundo de los proyectos, resultó frustrante por los pobres resultados a pesar del trabajo invertido. Al menos les sirvió como lección que les hizo repensar su forma de trabajar en relación con la tecnología y el proceso de construcción: "La tecnología es la materia prima de la expresión arquitectónica, el equivalente a las palabras en poesía". Pronto llegarían a la conclusión de que "una obra debería ser un lugar de montaje, dejando la construcción de componentes para el taller. Al utilizar componentes y sistemas industriales, nuestra arquitectura podría estar basada en un kit de elementos intercambiable y adaptable, no en la creación de una casa de muñecas perfectamente formada. No sería música clásica congelada [como decía Goethe que era la arquitectura] sino jazz, permitiendo la improvisación, alimentada y apoyada por un ritmo regular. (...) Nuestros edificios no serían templos clásicos donde (para utilizar las palabras del arquitecto florentino Alberti) 'nada pudiera ser añadido o eliminado o alterado sino para peor', al contrario, serían amables robots, sistemas abiertos no deterministas [¿que suena mal? Pues a ver cómo traduces tú non-deterministic open-ended systems] que puedan responder a las necesidades de los usuarios, cambiando cuando estas cambiaran y permitiendo la improvisación". Rogers menciona a continuación proyectos en esa línea como la fábrica Reliance Controls, último trabajo del Team 4. Norman y él se separarían por aquel entonces, Richard lo achaca a que no había encargos a pesar de que varios de sus proyectos fueron premiados y gozaron de cierta fama (una de sus casas, eso no lo menciona curiosamente Rogers sino que lo oí en una conferencia de Fernández-Galiano, se utilizó para una truculenta escena en La naranja mecánica de Kubrick) y a que ambos necesitaban mayor libertad para desarrollar su propio lenguaje arquitectónico. Diez años más tarde, en un deprimente hotel en Nueva York, hablaron de volver a colaborar, pero la conversación quedó en nada. Su y Richard continuaron su investigación para crear estructuras lo más ligeras posible en línea con los trabajos de Fuller y Otto, y en 1971, junto a Renzo Piano, desarrollan por ejemplo una estructura modular que sirviera como hospital en espacios rurales y que era capaz de autocontruirse (estaba elevada sobre columnas encima de las cuales se colocaban las grúas que permitían su construcción). Estamos ya a las puertas del Pompidou... Pero si te parece lo dejamos para otra entrada.

Rogers (tumbado) en Yale. Foster justo detrás.  



domingo, 18 de marzo de 2018

Citas



"Cada edificio tiene al menos dos vidas, la imaginada por su creador y la vida que vive después, y nunca son la misma.(...) Haces un enorme esfuerzo por ser lo más riguroso y preciso posible, pero al mismo tiempo sabes que cada intención puede no solo ser ignorada, sino que los edificios son por definición tan infinitamente flexibles que se pueden usar de cien o incluso mil formas diversas y contradictorias. (...) Cuando un edificio está hecho trato de desvincularme de él tan rápido como me sea posible para poder tener la libertad de disfrutarlo de muchas formas y ser objetivo sobre él. Eso también me permite contemplar las obras como si fueran de otro, y he de admitir que es un momento maravilloso". (Rem Koolhaas en el documental Rem).

"Tenemos, todos los que vivimos, / una vida que es vivida / y otra que es pensada, / y la única vida que tenemos / es ésa que está dividida / entre la verdadera y la errada. / Cuál sin embargo es la verdadera / y cuál la errada, nadie / nos lo sabrá explicar; / y vivimos de manera / que la vida que tenemos / es la que tenemos que pensar". (Fernando Pessoa).

"¿Como se diseña una ciudad a partir de un vacío y se inventan espacios para servir a los moradores del presente y del futuro? Las ciudades son montones de historia a través de los cuales rayos de luz y poesía emergen. Sin embargo son las personas las que definen los espacios de cada edificio. Su movimiento y acciones transforman los espacios en un escenario. El dilema que se plantea es el de sensación frente a razón. Le Corbusier desarrolló un plan, pero el uso solo puede ser dispuesto y contemplado verdaderamente a través del tiempo. Una hoja en blanco no es un punto de partida ideal para una ciudad. Takamasa Yoshizaka recordaba el proceso de construcción en Chandigarh: se excababan hoyos y los montones de tierra eran la medida del jornal obtenido por cada trabajador. Le Corbusier decía que un montón de tierra no es nada sin intención, y la intención es lo que atrae el espíritu que estimula la emoción del hombre. Gente con 6.000 años de historia trabajando en el Panyab convertían montones de tierra en poesía". (Martien Mulder, The City Beautiful)

sábado, 10 de marzo de 2018

Periféricos (2)



El Pritzker ha vuelto a sorprendernos otorgando su premio a un veterano desconocido para el gran público (empezando por mí): Balkrishna Doshi, de 90 años, nacido en Pune (India) en el seno de una familia dedicada al negocio de los muebles y que llegaría a trabajar con Le Corbusier supervisando sus proyectos en Chandigarh y Ahmedabad, ciudad en la que también trabajó codo con codo con Kahn en una escuela de negocios que el norteamericano no vería terminar. Como señala Anatxu Zalbalbeascoa, del primero aprendió el uso del hormigón y el lenguaje moderno, del segundo, una monumentalidad enigmática que lo mismo puede ser moderna que arcaica. El jurado del premio, presidido por Glenn Murcutt y en el que también están Richard Rogers o Benedetta Tagliabue, resalta en un comunicado que el indio ha creado "una arquitectura seria, nunca ostentosa o seguidora de tendencias" que partiendo de modelos occidentales ("debo este premio a mi gurú, Le Corbusier", señaló Doshi al conocer que había ganado el premio) "desarrollará un vocabulario en armonía con la historia, cultura, tradiciones locales y grandes cambios de su pais natal, India". Oliver Wainwright indica por ejemplo cómo adaptó el tejido urbano lleno de vacíos de Chandigarh a la tradición india construyendo extensos barrios de viviendas sociales con patrones urbanísticos mucho más densos. William J. R. Curtis, hablando de su estudio (Sangath), un pequeño campus de edificios en Ahmedabad con numerosos guiños arquitectónicos (hasta utiliza trencadís, quizá como homenaje a Gaudí), comenta que se sitúa "en el filo de la navaja, entre industrialismo y primitivismo, entre arquitectura moderna y forma vernácula". Otro equilibrista (precisamente en una entrevista reciente en Dezeen señala que ese difícil equilibrio se está perdiendo, ya que las nuevas generaciones de arquitectos indios se dedican a imitar la estética de otras latitudes olvidando el rico legado de su propio país).

Te dejo con un último enlace a la página del Pritzker donde tienes más información y excelentes fotografías.






domingo, 4 de marzo de 2018

Dos torres

No, no vamos a hablar de El señor de los anillos, sino de dos torres últimas y antagónicas que nos han llamado la atención.


La primera es tan última que de ella solo está la primera piedra y los cimientos, y porque se han reutilizado los que ya se habían construido para soportar el Centro de Congresos diseñado por Mansilla y Tuñón en forma de disco (sol naciente era su nombre) para Madrid  justo detrás del complejo de las Cuatro Torres, proyecto finalmente desestimado porque el ayuntamiento no podía hacer frente a su coste, 300 millones, los mismos que va a costar la angulosa torre que puedes ver en el rénder. Es de agradecer que esta inmensa cicatriz haya sido al fin suturada, como ha señalado el concejal de urbanismo de la capital, esta vez por iniciativa privada: el grupo Villar Mir, que también estuvo detrás de la cuarta torre, la diseñada por Pei, el arquitecto de la pirámide cristalina del Louvre que por cierto aún sigue teniendo tirón mediático (se acaba de usar para promocionar el recién lanzado DS7). Decíamos en la anterior entrada que el estilo internacional era ya algo del pasado, pero mira por dónde  los arquitectos de la nueva torre (Fenwick Iribarren) mencionan como referentes a la torre Hancock en Chicago de SOM y a Mies van der Rohe sin el más mínimo empacho. Tiene forma de T invertida, en el estilizado slab vertical que sobrepasará los 160 metros (menos alta de todas formas que sus vecinas) se alojará una universidad privada, mientras que el alargado zócalo que le sirve de base albergará un centro de medicina deportiva. El proyecto se complementa con unos jardines que pretenden dar vida al entorno en línea con la blue architecture, un concepto ideado por Fenwick Iribarren, estudio experto en centros comerciales y estadios. La nueva torre, por cierto, se llama Caleido.¿No hay quinto malo? Tú mismo.


La segunda torre que te traigo, acabada pero aún sin inaugurar, culmina la Fondazione Prada en Milán y es de OMA. En busca de una forma icónica que añada aún más contraste al batiburrillo formado por los diferentes pabellones de la antigua destilería, Koolhaas, como Fenwick Iribarren, parece haber tomado como referente las formas modernas (su torre es para más inri blanca nuclear) para a continuación, a diferencia aquí del respetuoso estudio madrileño, dedicarse a dar tajos con una saña que solo puede ser edípica al bloque rectilíneo hasta dejarlo mirando a Cuenca (no es la primera vez). La perspectiva cambia según desde donde la mires (tenemos por tanto cuatro torres en una) y cada planta es también dispar en dimensiones y altura. Se trata, lo dice el propio Koolhaas, de crear inestabilidad, en línea con su cruzada personal contra la comodidad excesiva y la aversión al riesgo que caracterizan al primer mundo. Más aquí.

Entre el exorcismo exacto -y algo macabro- del Movimiento Moderno y su aggiornamento cínico, ¿con qué torre te quedas tú?

domingo, 25 de febrero de 2018

Periféricos


Bueno pues vamos a ver lo que sale hoy. Mi idea es reseñar tres edificios últimos y lanzar una propuesta final, pero a saber, que este blog es pero que muy perro.

Pixelado me he quedado cuando he visto el proyecto de la Elbtower para Hamburgo recién presentado por David Chipperfield. El arquitecto amante del ángulo recto que huía de las curvas porque le descentraban, se descuelga con esta torre en la que hay una clara voluntad de expresar movimiento mediante formas arqueadas. Es cierto que la curva se expresa retranqueando planos rectos (la famosa cuadratura del círculo, vaya), pero a la postre curvas son. La sombra de la Elbphilharmonie de Herzog y de Meuron, que quedará a un tiro de piedra, es alargada. Si en el auditorio los suizos colocaban una cresta cristalina sobre un almacén anónimo y antónimo como ya narrábamos con pasmo en su momento, algo así como si hubieran cincelado un bloque congelado de mar gruesa y lo hubieran elevado a pulso sobre el almacén (la metáfora es de Oliver Wainwright), Chipperfield parece igualmente haberse dejado llevar por la imagen de una poética ola de fuerza desmedida (en plan Hokusai). Los críticos hablan de contrapunto entre ambos proyectos, nosotros, con el atrevimiento que otorga la ignorancia, vemos más bien voluntad de interactuar y quién sabe si homenajear la erizada mole de Hd&M. A ver cómo queda, pero puede muy bien convertirse en el rascacielos más atractivo de Europa con permiso de The Shard. El proyecto del británico nos ha recordado de pronto, lo que son las cosas, al tema central de la BSO de Lunas de hiel, la película maldita (una de ellas) de Roman Polanski en la que se narra una desgarradora historia de amor bizarro, extremo y periférico, pero amor al cabo. El tema, seguramente uno de los más bellos (y desconocidos) de Vangelis, evoca el vaivén melancólico del mar (la película centra parte de su acción en un crucero, antítesis del Love Boat, aquella serie petarda de los 80 en el que todos los problemas del mundo se solucionaban a bordo de un transatlántico con estomagante tripulación). Pues eso, que la periferia también existe, en el amor, en la vida y en la arquitectura.

El segundo edificio que traemos da algo de grima. Pues como que es un edificio fantasma. Parecería que Mies hubiera resucitado y en mitad de Sao Paulo hubiera levantado este cristalino rectángulo para usos culturales. Aquí sí que no hay concesiones a las curvas: líneas rectas y muros cortina a cascoporro. Es del estudio Andrade Morettin Arquitetos y nos gusta por su melancólico aire ajado pero más me temo por las fantásticas fotos de Nelson Kon. Pero ¿no estaba el estilo internacional ya muerto y enterrado? Que no, que los rockeros periféricos nunca mueren. ¿Que qué música le pondría a este edificio? Pues algo electrónico actual pero retro, como con sonidos reciclados de los 90. Este mismo tema del DJ sueco Eric Prydz (con un videoclip un tanto arquitectónico por cierto) nos vale. Es repetitivo y cansino, pero acaba enganchando como el edificio de los brasileños.

El tercero es otra sorpresa relativa. Se trata de la iglesia de Saint-Jacques-de-la-Lande, de Álvaro Siza, en un barrio de Rennes. Aunque tiene la pinta de búnker blanco como tantos de sus edificios, llama la atención porque, un poco como Chipperfield, abandona sus tradicionales líneas rectas para introducir marcados volúmenes semicirculares, pero digo que la sorpresa es relativa porque sus recientes edificios en China y Corea de potentes curvas ya nos habían dejado patidifusos (y antes habría que señalar antecedentes curvilíneos como el bellísimo edificio de Gondomar). ¿La música para lo último de Siza? Jobar qué difícil. Pues mira, aunque nos consta que el portugués ha intentado integrar el edificio en el barrio lo vemos aún algo ajeno, así que el tema central de las dos últimas entregas de la saga Alien, ese bicho tan periférico, nos va a valer (además desde ciertos ángulos la iglesia tiene un aire a carguero espacial). Es de Harry Gregson-Williams y es tan potente y a la vez contenido como el propio edificio.

Acabamos con sugerencia bizarra. Se acaban de inventar otro talent show (Maestros de la costura), en la estela de los OT (Ana Guerra habría ganado Eurovisión), Master Chef y tal. Y oye, ¿para cuándo un Master Arch? Sí, ya se que Master Chef y la realidad del mundo de los fogones profesionales se parecen como un huevo a una castaña, y que muchos de los platos eran alambicadas creaciones para la galería, pero no me negarás que ha contribuido a sensibilizar a la población sobre importancia de la cocina, a tratarla con más respeto y casi como un arte. Un Master Arch podría hacer lo mismo con una disciplina que es, en el mejor de los casos, invisible para el común de los mortales. Propuesta rápida para los tres presentadores: evidentemente, el principal, don Luis Fernández-Galiano, rey sol de la arquitectura y últimamente ubicuo (imposible seguirle el ritmo), que gracias a sus contactos traería al programa un día sí y otro también a lo más granado del panorama arquitectónico. En torno a él, deberían orbitar, periféricos pero cañeros, arquitectos que fueran contrapunto al rigor académico de don Luis. Se me ocurren Izaskun Chinchilla, que con sus estilismos daría un juego que lo flipas (estamos en la tele), para luego dejarnos boquiabiertos con su desbordante creatividad, y para el otro puesto tengo dudas, no sé si Andrés Jaque, siempre sorprendente con sus propuestas (como la exposición Sex and the so called city basada en la famosa serie que aquí conocemos como Sexo en Nueva York y que ahora mismo puedes ver en la ciudad de los rascacielos) o David Rivera, también académico pero con un puntazo pop que también daría mucho juego, no te pierdas esta presentación de su revista Teatro Marittimo. Iba a ser la bomba. En fin, de ilusión también se vive.



domingo, 18 de febrero de 2018

The Silo


En Copenhague se toman muy en serio el reciclaje arquitectónico.


domingo, 11 de febrero de 2018

El arte más peligroso



"Desde la cabaña primitiva hasta el rascacielos más poderoso la arquitectura busca resolver problemas en tres dimensiones. Combina el análisis científico con la interpretación poética, utilizando la tecnología y el orden para crear impacto estético y funcionalidad. Transforma lo normal y prosaico aportando orden, ritmo y escala al espacio. Renzo Piano lo describe como el arte más público y más socialmente peligroso: podemos apagar la televisión o cerrar un libro, pero no podemos ignorar nuestro entorno construido. (...) 

El Centro Pompidou expresa la creencia de que los edificios cerrados y finitos constriñen tanto a los visitantes como a los transeúntes. Cuantas menos limitaciones imponga un edificio a sus usuarios, mejor será su rendimiento y más dilatada su vida. Nuestra propuesta se basaba en un sistema abierto, un kit de piezas, un sistema que integrara programa, ideología y forma. Los edificios son teatros para la vida pública; el Centro Pompidou permitiría a la gente actuar libremente dentro y fuera, con el escenario extendido por la fachada del edificio, de tal forma que su actuación se convirtiera en parte de la expresión del edificio". (Richard Rogers, A place for all people)

Ya, este no es el Pompidou sino el Botín, pero la idea es la misma

domingo, 4 de febrero de 2018

Cúpulas

La nueva sede de Amazon en Seattle

El Museo Sir John Soane, dedicado al insigne arquitecto británico, ha creado un nuevo premio de arquitectura (la Medalla Soane) y se lo ha otorgado en su primera edición a Rafael Moneo, lo que nos ha permitido a nosotros recibir de paso otro preciado premio: un discurso del Pritzker que, como siempre, no tiene desperdicio. Con una sintaxis nítida y exacta, trasunto de su propia arquitectura, el navarro empieza comentando sus conexiones con el arquitecto del Banco de Inglaterra (acabado en 1808, aunque su obra quedó casi completamente destruida tras una renovación realizada en los años 20), por ejemplo en sus cúpulas del aparcamiento de la estación de Atocha, homenaje a las típicas de Soane, abiertas a la luz con un óculo en su centro (imitando a su vez probablemente al Panteón romano). Soane por cierto también influyó en otro Navarro, pero este solo de apellido (Navarro-Baldeweg), tanto en Murcia como en Salamanca.

Continúa Moneo su discurso enfatizando el cambio que supuso en el paradigma de la teoría arquitectónica el paso del siglo XVIII al XIX, del que Soane es señero ejemplo. Si antes esta se basaba en tratados, ahora se explicará en historias de la disciplina. Lo mismo que Napoleón demostró "que era posible inscribirse en el destino de las naciones", el arquitecto deviene consciente de la historia y a ella se entrega, investigándola con esmero y recurriendo a ella para sus obras (muestra de ellos son los sucesivos revivals de estilos anteriores que se dan en este siglo), siendo quizá uno de los  ejemplos más curiosos la influencia de la catedral de Zamora en la Trinity Church de Henry H. Richardson en Boston (tras un viaje a España del arquitecto americano). La arquitectura se hace portaestandarte de la historia y quiere ser reflejo del Zeitgeist. Ya en el siglo XX no le queda más remedio que evidenciar los increíbles cambios tecnológicos y sociales, y aquí entra en escena el Movimiento Moderno, reproduciendo en sus formas arquitectónicas aviones, coches y paquebotes, e introduciendo nuevas organizaciones en las viviendas. Sin restarle importancia Moneo recuerda, al hilo de una cita de Colquhoun, que tal movimiento acabó deviniendo en mito, y hoy ya pocos creen que el arquitecto sea capaz de reflejar el espíritu de nuestra época, como Le Corbusier o Van der Rohe hicieron (o creyeron hacer) con la suya. Frente al intento de los modernos de crear unas bases comunes, formales e ideológicas, que buscaron la utopía de la vivienda y la ciudad ideales, Moneo señala que la arquitectura hoy es, si lo he entendido bien, una especie de sálvese quien pueda en el que el arquitecto sólo buscaría crear su firma personal que le distinguiera de los demás y punto. Los principios modernos (salvo el interés por las nuevas tecnologías que vemos en Foster o Rogers) ya son cosa del pasado: la flexibilidad ha sustituido a la dictadura de la función, la diversidad de referentes estéticos al menos es más y el gasto desmedido si así lo exige la forma diseñada a la contención y la mesura en los presupuestos. Moneo no ve un paradigma aplicable a la arquitectura actual, quizá la Bigness de Koolhaas, al que cita porque sus teorías dicen tenerle "cautivado" (los extremos se atraen), pero para pronto darle el palo que el holandés suele merecer: "el fantasma de la arbitrariedad aparece una vez que el valor icónico anula todos los demás aspectos del carácter de un edificio". Nuestro Pritzker despide su discurso emplazando a estudiosos y expertos a tratar de entrever de qué va (y adónde) la arquitectura actual. Bien habría podido proponer el suyo como paradigma a seguir: contención moderna con alma histórica.

Hoy, por aquello de que somos últimos, he traído como foto para la entrada una reciente cúpula (tres de hecho, unidas en pública cópula) que me ha llamado la atención, ya ves, porque me recuerda a aquella peli de ciencia ficción de los 70, La Fuga de Logan, en la que una comunidad enclaustrada en una ciudad protegida por cúpulas llevaba una vida aparentemente normal y regalada hasta que a los 30 años los ciudadanos debían inmolarse ya que la futurista urbe solo podía sostener una población limitada. Las cúpulas de la foto pertenecen a la recién inaugurada sede de Amazon en Seattle. Bueno, no son cúpulas, sino esferas, según dicen sus creadores, el estudio NBBJ. En todo caso buscan, como las de Soane, conectar el edificio con el exterior e inundarlo de luz, aunque, como las de Logan, su conexión con el entorno sea puro cuento, que aquí sólo se entra por invitación. Recuerdan en la malla reticular que las soporta a Fuller y Foster, pero sus autores señalan que sus patrones pentagonales, que denominan Catalans, se deben a un matemático belga de nombre Eugène Charles Catalan.

Cada vez me salen las entradas más dispersas, de verdad, así es que no podemos seguir. Napoleones de pacotilla "deseando inscribirse en el destino de las naciones" por aquí, cúpulas desnortadas en fuga a ninguna parte por allá, iconos devastadores que nos hacen perder el sentido de la realidad por acullá, comunidades que prefieren autoinmolarse antes que abrirse al exterior... Esto es un sindiós. Soane presentó en 1830 una exposición para la que encargó a su dibujante favorito (Michael Gandy) cuadros en los que su Banco de Inglaterra aparecía como una ruina, quizá por equiparar su obra a las ruinas clásicas de Grecia y Roma, o quién sabe, como alegato contra la soberbia del arquitecto.Toda una lección para tanto iluminado. Buena semana.

domingo, 28 de enero de 2018

De vuelta a la realidad


"La arquitectura no debe significar nada. Tampoco la música [?!]. Cuando lo intenta es ridículo. La arquitectura es realidad; es un problema y una solución. La arquitectura puede llegar a ser un arte pero no lo es como punto de partida. Querer ser arte nos lleva al desastre". (Eduardo Souto de Moura entrevistado para El Mundo).



(Fotos: instituto en Dando, Burkina Faso, de Francis Kéré y crematorio Uitzicht en Cortrique, Bélgica, de Eduardo Souto de Moura).



domingo, 21 de enero de 2018

El palacio irreal (2)



Prosigamos ya con la historia del insólito palacio de Ayete, que también dará que hablar durante la pasada centuria en algunos casos por sucesos harto bizarros. Pero tiempo al tiempo, no adelantemos acontecimientos. Nos habíamos quedado a principios del siglo XX cuando fue adquirido por los condes de Casa Valencia, al año siguiente (1913), como también apuntábamos, encargaron su ampliación a Juan José Gurruchaga, quien añadió dos cuerpos laterales que le sientan como un guante, el edificio queda equilibrado y nadie diría que se trata de un añadido posterior. En fin, ya dijo Edwin Lutyens que no podía haber gran arquitectura sin grandes clientes (él lo sabía bien: diseñó Nueva Delhi -su estatua es la única de un europeo que se conservó en la India tras su independencia- y por iniciativa de una de las bisnietas de la reina Victoria como regalo para la reina María, esposa de Jorge V, construyó una impresionante casa de muñecas allá por los primeros años 20, verdadera obra de arte en la que intervinieron más de mil artesanos e incluye tuberías por las que circula el agua, ascensores que funcionan, luz eléctrica o una biblioteca que contiene 700 libros en miniatura para la que escritores como Kipling, Thomas Hardy, Somerset Maugham, J.M. Barrie o Conan Doyle contribuyeron con obras originales -Doyle por ejemplo, harto a esas alturas ya de Holmes, hizo un relato parodiando al famoso detective. Sí, ya se que todo esto está algo cogido por los pelos pero acabo de descubrir el dato en el delicioso blog Postales inventadas así que voy y lo planto, qué pasa. Por cierto Lutyens también trabajó en España: realizó reformas en el Palacio de Liria de los duques de Alba).

Pero volvamos a Aiete. Entre fiesta y fiesta, partidos de lawn-tennis, novedoso deporte practicado por aquel entonces solo por la aristocracia, y eventos en plan Gran Gatsby fueron pasando los años sin sentir. Y sin embargo el siglo XX había comenzado una poderosa revolución cultural y social que no dejaría títere sin cabeza. Al mismo tiempo que la pintura (mandando la figuración a tomar viento) y la literatura (experimentando como nunca antes con el lenguaje) se dedicaban sin tregua a descomponer la realidad reflejando la fragmentación del mundo decimonónico violentado por la brutal primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, los avances tecnológicos y las nuevas demandas de una clase trabajadora que no se dejará ya nunca más domeñar, la arquitectura en la misma línea dinamita los estilos en boga abogando por edificios desprovistos de todo ornato (fíjate la cara que se le quedó a Alfonso XIII cuando visitó el extraterrestre Pabellón alemán de Barcelona de 1929 a  cargo de Mies van der Rohe) en lo que se dio en llamar el Movimiento Moderno. En España estuvo representado por el GATEPAC o la generación de 1925 en Madrid (que Fernández-Galiano preferiría llamar del 27 para equipararla con la igualmente vanguardista generación literaria y porque además algunas de sus obras más señeras, como la recuperada Estación de servicio Porto Pi de Fernández-Shaw, se levantaron dicho año) sin olvidar a los donostiarras Aizpurua y Labayen, que en la ciudad del palacio de Ayete diseñan el Club Náutico, todo un monumento a la modernidad que visitó el propio Le Corbusier (y que posiblemente influyera en otros edificios de la ciudad). El Movimiento Moderno no solo va a modificar radicalmente el exterior de las viviendas sino también su interior reflejando la profunda revolución social que se está viviendo. Frente al jerarquizado mundo de Arriba y Abajo, la mítica serie británica (Downton Abbey bien podría considerarse su secuela), las nuevas viviendas racionalizan su distribución interior, siendo la principal innovación la cocina. Eliminada la servidumbre, y rescatada por tanto de los infiernos ignotos de la mansiones solariegas, la cocina es objeto de sesudo estudio de publicistas como la americana Christine Frederick, que aplicó los principios de Frederick W. Taylor sobre la organización científica del trabajo en el diseño de la cocina moderna o la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky, quien diseñaría la famosa Frankfurter Küche, ya completamente actual en 1926, lo que convertiría a la arquitecta vienesa en un "mito vivo" (en palabras de nuevo de Fernández-Galiano) gracias también a una tenaz trayectoria revolucionaria  en lo político que le llevaría hasta la militancia urbanística en la Unión Soviética de Stalin.

Regresemos al fin a Ayete (qué disperso estoy hoy).  El cuanto de hadas acaba con la Guerra Civil. Dos hijos de los Alcalá Galiano mueren ejecutados en las matanzas de Paracuellos del Jarama, y Ayete, en manos San Sebastián de las fuerzas golpistas desde muy pronto, se reforma para convertir el palacio en cuartel de mando militar (aunque nunca llegara a utilizarse). Acabada la guerra, en julio de 1939, el Conde Ciano, ministro de exteriores de Italia y yerno de Mussolini, acudió a San Sebastián camino de Santander (ya hablamos de él cuando descubrimos su rastro en el balneario de Corconte) para encontrarse con Franco. El dictador fue alojado por primera vez en el palacio, donde recibió al italiano. Observa esta foto de una revista italiana donde aparecen ambos en el interior del edificio (Franco, quién lo diría, parece no haber roto un plato en su vida). Y ahí empieza el idilio del dictador con Ayete, que se convertiría en su residencia oficial durante 35 veranos nada menos tras arrebatársela el ayuntamiento a los Alcalá Galiano por una cantidad ridícula (alegando que si no accedían a la venta debían pagar los gastos ocasionados por el acondicionamiento de la propiedad durante la Guerra Civil), según cuentan Lola Horcajo y Juan José Fernández en Villas de San Sebastián II. En o desde Ayete Franco reunía a su consejo de ministros, recibía embajadores, lucía su Guardia Mora, navegaba en el famoso yate Azor, partiría para su encuentro con Hitler en Hendaya, sufriría el atentado que más cerca estuvo de tener éxito y elegiría a los denominados Cuarenta de Ayete, consejeros del Movimiento con los que quería asegurar la permanencia del régimen (el famoso"atado y bien atado"). La elección fue (por fortuna) hecha con los pies, porque a poco de morir el dictador dicho Consejo se pasaría por el forro los principios franquistas dando paso a Adolfo Suárez (y pasando del Movimiento a la Movida). 


En 1977, dos años después de la muerte de Franco, y tras más de un siglo desde su creación, el jardín de Ayete se abre al fin al público. Desconocemos si la población lo invadió jubilosa tras haber recuperado el bello espacio largo tiempo vedado o le dio la espalda por el hedor a fascismo que desprendía la finca, herencia de los 35 años de presencia continua del dictador. A su vez el palacio, que nunca se abrió al público, quedaría en pleno furor democrático abandonado a su suerte, absorto en lo alto de su mágica montaña, ensimismado en su lánguido declive. En los 80 se le realizó una cuidadosa restauración a cargo de Francisco Aranaz  y se intentó devolverle parte de su antigua gloria decimonónica dedicándolo a residencia ocasional de algún que otro actor de prestigio venido a la ciudad para el Festival de Cine. Villas de San Sebastián II menciona la visita de Gregory Peck, pero curiosamente omite la de otro actor no menos famoso, Anthony Quinn, que se alojó en el palacio en 1981. Algo extraño sucedió la noche que pasó en Aiete el protagonista de Zorba el griego. Según relatara más tarde, fue "la noche más terrorífica de su vida". Al parecer había escuchado durante toda la noche un "trasiego fantasmal" y extraños ruidos que le impidieron pegar el ojo y le hicieron huir despavorido a primera hora de la mañana. Encargados del mantenimiento del palacio y trabajadores en las obras de restauración mencionan fenómenos similares. Quién sabe si Franco, prendado de Ayete, quedara al cabo prendido en él. Y el 81 (el año del golpe fallido del 23-F) fue  un mal año para los nostálgicos, tanto reales como espectrales... Hasta el Diario Vasco, un medio serio, se ha hecho eco de la historia, llegando incluso a preguntar a los arquitectos del estudio Isuuru, que llevaron a cabo una reciente remodelación que en seguida relataremos, si fueron testigos de algún fenómeno poltergeist. Los arquitectos dieron la callada por respuesta, lo que es interpretado desde el periódico como un "no rotundo". Pero ¿no se dice que el que calla otorga?

O sea, que tenemos un edificio estigmatizado y olvidado, un icono maldito contaminado por la mala memoria que, para colmo, tiene fantasma chusco. ¿Qué hacer con semejante elefante blanco? Odón Elorza, alcalde donostiarra durante 20 años y ahora diputado en Madrid (aunque aún se le puede ver montando en bici por los bidegorris de Riberas de Loyola, su impoluta calva desafiando al viento) tuvo una gran idea: era necesario un exorcismo arquitectónico. Y en el palacio se implantó la Casa de la Paz y los Derechos Humanos, al objeto de acoger iniciativas dirigidas a extender la cultura de la convivencia (algo también muy necesario en una región tan castigada por el terrorismo), encargándose de la remodelación del edificio el estudio local Isuuru. El entonces lehendakari Patxi López lo inauguraría el 2 de septiembre de 2010 resaltando la intención de sugerir "una metáfora perfecta del triunfo de la democracia sobre la dictadura, de la libertad frente al totalitarismo de antes y de ahora, de la paz frente a la sinrazón". Los arquitectos también realizarían bajo tierra en la ladera norte (replicando acaso la gruta de Combaz en la ladera sur) una alegre biblioteca y casa de cultura cuyas fotos ilustran la entrada de hoy y que ha traído nueva vida a los pies del adusto palacio. La intervención (que cuesta 3,5 millones, 2 pagados por el Gobierno Vasco y el resto por el Gobierno central) es criticada por los autores de Villas de San Sebastián II, para los que "altera un preciado patrimonio de la ciudad". Isuuru, en su página web, se defienden citando nada menos que a Leonardo Benevolo, el gran crítico italiano (fallecido el pasado año): "conservar un edificio significa contener las transformaciones -potencialmente ilimitadas- en los límites a partir de los cuales perdería su naturaleza esencial" (más equilibristas...). Despedimos la entrada deseando que Ayete, desprendido al cabo de sus fantasmas, rodeado de pequeños (y grandes) pacíficos lectores, descanse al fin en paz.



domingo, 14 de enero de 2018

Equilibristas (2)


"La oficina de Foster + Partners, en la orilla sur del Támesis, entre los puentes de Albert y Battersea, resulta a la vez abigarrada y austera. Un hospital escandinavo, pienso al entrar, pero sólo quizá porque vivo en África y me he acostumbrado a la vegetación tropical y al desorden. (...) La oficina muestra la vena victoriana de Foster. Los fantasmas de los grandes ingenieros del siglo XIX se manifiestan en las amplias vistas sobre Londres y su ingeniería oculta. Foster posee una visión de rayos X que se adentra tanto en los ladrillos y en el mortero como en el flujo de la gente, vehículos, agua, residuos y energía que pasan a través de los edificios. El hecho de haber elegido para su título de lord el de Barón Foster de Thames Bank es un tributo al ingeniero victoriano sir Joseph Bazalgette, constructor del sistema de alcantarillado de Londres, el Embankment, así como los puentes de Albert y Battersea. 

Uno de los puntos fuertes de Foster es su capacidad para equilibrar sus intereses. En este sentido es como un arquitecto moderno que estuviese sobre la cuerda floja sujetando una pértiga. En un extremo estarían los victorianos: Bazalgette, Alfred Waterhouse (arquitecto del ayuntamiento de Mánchester) y todo tipo de pensadores sistemáticos con los pies en la tierra. En el otro, la era espacial representada por su amigo Buckminster Fuller. `Bucky´ fue el arquitecto estadounidense radical y el inventor de la cúpula geodésica que arrastró a Foster hacia la utopía". (J.M. Ledgard, El nuevo mundo de Foster, en AV 200. La foto de arriba es del Centro de ocio Fred Olsen de 1968 tomada en la exposición Norman Foster. Futuros comunes de la Fundación Telefónica de Madrid. Guía de la exposición aquí).


sábado, 6 de enero de 2018

El palacio irreal

Este  perro ha visto cosas que no creerías...
Hoy día de reyes procede discurrir un relato real. Volveremos a tal fin al siglo XIX, adonde nos lleva una villa singular que aquí queremos consignar (y también, por qué no decirlo, como viaje terapéutico a un tiempo pasado que en absoluto mejor fuere, que hay que ver lo movida que resultó la tal centuria). Ante todo quiero dejar claro, tan preñado de memoria está el palacio que centra nuestra entrada, que, aunque pueda no parecerlo, lo que a relatar paso (vaya, hoy me sale una sintaxis tan rancia como el relato que prosigue, o como la del galáctico Yoda) es rigurosamente real. Si no eres mucho de historia(s) encarecidamente te recomiendo que dejes aquí tu lectura y te dediques a otros menesteres, ve en paz, perdonado quedas.

Nuestro relato empieza en San Sebastián en en el último cuarto del siglo XIX, en una elevada finca conocida como Ayete (o Aiete), por el nombre de una de las familias de más abolengo de la localidad, los Fayet (o Hayet), saga de origen gascón que habría habitado esta portentosa colina desde la Edad Media. Su estratégica situación dominando la ciudad la había hecho protagonista de no pocos lances guerreros (como la primera Guerra Carlista, que dejó la zona arrasada). En 1865, Eduardo Carondelet y Donado, marqués de Portugalete y duque de Bailén, compró el muy preciado terreno. El duque, de familia palaciega y cortesana, se hallaba a la sazón casado con la donostiarra María Dolores Collado y Echagüe, hija del marqués de la Laguna, que fue ministro de Hacienda y Fomento con Isabel II. La propia Dolores, de una edad similar a la reina, se convertiría en fiel amiga de la monarca especialmente en los difíciles momentos en los que fue destronada y hubo de exiliarse. Los duques de Bailén apoyaron a su vez la restauración de su hijo Alfonso XII, con el que también entablaron estrecha relación. Tanto confiaba el rey en los duques que, cuando murió la famosa María de las Mercedes, su primera cónyuge seis meses tras su casamiento, le confió a Carondelet la tarea de desplazarse a Viena para pedir oficialmente la mano de María Cristina de Habsburgo, que se convertiría en su segunda esposa.

Pero volvamos a Ayete. Los duques, antes que preocuparse por levantar el casoplón veraniego de rigor (su residencia habitual se hallaba en Madrid), quisieron hacer de la finca fabuloso jardín romántico para disfrute y retiro propios y de sus selectas amistades (la primera vivienda que se construye es de hecho la del jardinero fiel, Pierre Ducasse, bayonés que acabaría afincándose en San Sebastián). No se escatiman medios: el jardín estará regado por bellos canales y estanques, y dada la extrema orografía de la finca, será menester instalar una potente bomba de vapor en una estilizada caseta adyacente al futuro palacio que eleve el leve agua a la parte más alta, desde donde se precipitará al profundo valle inferior en forma de bella y sonora cascada. La prensa madrileña se hace eco de tamaño obrón ya en 1867 con estas entusiastas descripciones: "el vasto y espacioso jardín ha recibido todos los adelantos modernos, no solo en la forma, sino en los accesorios. Allí se ven las flores más raras de Europa, los árboles y arbustos menos comunes, todos los prodigios del arte hábilmente combinados con los productos de la naturaleza", según recoge el libro Villas de San Sebastián II de Lola Horcajo y Juan J. Fernández que estoy utilizando como guía en esta singular singladura al pasado. Pero la pieza más sobrecogedora del conjunto será la gruta artificial diseñada por el arquitecto rocailleur Eugène Combaz. Ya había trabajado para entonces en el Bois de Boulogne parisino y poco después de acabar nuestra gruta lo volvería a hacer para el aquarium del Campo de Marte y el del Trocadero que realizó para las exposiciones universales de 1867 y 1878 de París. Su coste según la prensa de la época se elevó a 300.000 pesetas (más del doble de lo que había costado la finca), cifra que probablemente incluiría todo el sistema de alimentación de agua, depósitos, estanques y el diseño general de los jardines. Aún hoy llama la atención esta cueva impostada (tan a tono por cierto con la ciudad: la bahía de la Concha resulta de una belleza tan inverosímil que parece estar hecha por una legión de rocailleurs), donde es difícil no preguntarse cuántos secretos de estado y escandalosas confidencias habrán sido musitados al refugio de la canora cascada, cuántas doncellas en flor habrán deshojado aquí sus margaritas y cuántos enamorados acaso desflorados con desaforado y gozoso ímpetu.

Prosigo que esto se me va de las manos. Los duques de Bailén se deciden al fin a levantar el palacio, cuya construcción retrasaría la Segunda Guerra Carlista, que aunque centrada en Cataluña también alcanzará al País Vasco. En 1875 Ayete es, una vez más, bombardeado, pero al año siguiente la derrota de Carlos es ya completa. El 21 de febrero caen las últimas posiciones rebeldes del área de Donosti tras cinco meses de ataques y el mismo 22 subía Alfonso XII a la finca de sus amigos para contemplar la ciudad. Los duques encargan la construcción de la mansión al belga Adolphe Ombrecht (autor del palacete madrileño en el que vivían, muy cerca de la Puerta de Alcalá y hoy desaparecido, o del Palacio de Linares, la actual Casa de América, justo enfrente de Cibeles). La culmina en 1878 en estilo Segundo Imperio en lo más alto de la finca, con lo que su visión repentina tras ascender por el empinado camino que atraviesa el parque desde su entrada inferior tiene un efecto teatral, como de aparición irreal. El palacio va a tener visitantes ilustres, deviniendo una suerte de pequeño palacio real. Isabel II estaría exiliada, pero bien que visitó la finca donostiarra y se alojó en ella largas temporadas (no olvidemos su estrecha relación con los duques de Bailén). Por las mismas fechas Alfonso XII, que como veíamos había subido a lo alto de Ayete cuando aún no existía el Palacio para celebrar la victoria sobre los carlistas, volverá a la finca en 1883 acompañado por su esposa María Cristina (recordemos de nuevo que el propio duque había pedido su mano en representación del rey). La reina quedó tan prendada del lugar que se rumoreó que lo quería comprar. El rumor se haría realidad en la cercana finca sobre el Pico del Loro, donde la reina, ya viuda, construiría una (ahora sí) real residencia para el verano en 1893 (el Palacio de Miramar).

En 1889 otra personalidad real se pasaría por Ayete. La reina Victoria nada menos, soberana del Reino Unido y emperatriz de la India, a la sazón con 70 años y 52 de reinado. Veraneaba la reina en Biarritz y quiso pasarse por la vecina Donosti, por entonces en plena expansión. El ayuntamiento echó el resto con todo tipo de ornamentos, incluyendo "un millón de violetas venidas de Niza" según cuentan las imaginativas crónicas y la reina regente Maria Cristina de Habsburgo, ya viuda, vino a la ciudad a recibirla. Se preparó un frugal almuerzo en Ayete al que asistieron las dos reinas viudas y los príncipes de Battenberg (Beatriz, la menor de los nueve hijos de Victoria, y su marido Enrique). En un dibujo de la época representando el ágape (recogido en el mencionado libro Villas de San Sebastián II) aparecen ambas reinas, los príncipes, varios sirvientes con librea y, justo a la vera de Victoria (de riguroso luto tras la muerte casi 40 años atrás de su idolatrado esposo el príncipe Alberto), un mayordomo con turbante, que probablemente se trate de Abdul Karim (el Munshi, "maestro" en hindi). Por aquel entonces Victoria, subyugada por la India, tenía a su servicio a este asistente hindú al que tomó gran aprecio y no abandonaba ni a sol ni a sombra, para desmayo de su familia que debía soportar los frecuentes comentarios maliciosos en la prensa sobre dicha relación (los mismos que se habían originado por su también estrecha relación con otro sirviente ya fallecido para entonces, el escocés John Brown, para el que la propia reina escribió una extensa necrológica para el Times, hubo no pocos que apodaron a Victoria Mrs Brown, hay película con Judi Dench como reina). Pero volvamos raudos al almuerzo en Ayete. Correteaban por allí, quizá jugando entre las esculturas de sendos perros molosos (copias de un original griego del s. III a.C.) que guardan la entrada del palacio, los hijos de María Cristina (entre ellos el rey Alfonso XIII de tres tiernos años por aquel entonces) y de la princesa Beatriz (entre ellos Victoria Eugenia, de 2 añitos). Quiso el destino que diecisiete años más tarde ambos se casaran e iniciaran un incierto reinado marcado por atentados (el mismo día de su boda), guerras y exilios (doble en el caso de la desdichada Victoria Eugenia: hubo de huir de España cuando se proclamó la República y de su país natal también fue expulsada debido a sus orígenes alemanes cuando se declaró la Segunda Guerra Mundial). Regresaría a España tan solo en una ocasión (1968) para el bautizo de nuestro actual rey, Felipe VI.

Hasta bancos de Mansilla y Tuñón hay aquí. 
Sigamos un poco más con la historia de nuestro singular palacio. En 1912 sería adquirido por nuevos moradores, también de rancio abolengo como los duques de Bailén: los condes de Casa Valencia, Emilio Alcalá Galiano, embajador, ministro, senador y académico de la Lengua, y su esposa Ana de Osma, hija del embajador del Perú. Los condes residían en Madrid, en un palacio, cómo no, del Paseo de la Castellana que milagrosamente aún se conserva (es el actual Ministerio de Interior). Con ellos se amplió Ayete, al que se añaden dos cuerpos laterales según planos del arquitecto donostiarra Juan José Gurruchaga (en la fachada principal están pintados en blanco). Fueron famosas las fiestas que organizaban (tanto en Madrid como aquí), con asistencia por supuesto de la reina María Cristina. Emilio ya había tenido trato real ya que se marcó con Isabel II, cuando ambos contaban apenas 20 años, un schotisch (que no es otra cosa que el famoso chotis que entonces empezaba a popularizarse, con semejante nombre ¿tendrá origen escocés?) en el Palacio Real madrileño que registró la prensa rosa del momento.

Pero quedaba ya poco para que las díscolas fiestas de los Alcalá Galiano llegaran a abrupto término. El siglo XX será duro con Ayete. Pero casi que lo dejamos para una futura entrada, que te veo ya fatigado.

¿Otra gruta artificial?


domingo, 31 de diciembre de 2017

Equilibristas


"Bajo el placer generado por la yuxtaposición de orden y complejidad, podemos identificar la virtud arquitectónica complementaria del equilibrio. La belleza es el resultado más probable cuando los arquitectos median con habilidad entre una serie de opuestos tales como lo viejo y lo nuevo, lo natural y lo artificial, lo lujoso y lo modesto y lo masculino y lo femenino". (Alain de Botton, La arquitectura de la felicidad).


sábado, 23 de diciembre de 2017

Los ausentes


Ante entradas como esta a uno solo le queda enlazar y hacer mutis por el foro discretamente. Feliz Navidad y eso.


(¿Las fotos? La primera es de un fuerte en Elvas y está cogida de Ruin' Arte, el magnífico blog de Gastão de Brito e Silva; la segunda es una obra de Olafur Eliasson en Múnich de nombre Umschreibung, Paráfrasis).

domingo, 17 de diciembre de 2017

El bueno, el feo y el malo


Pues hoy vamos a hacer honor a nuestro nombre y vamos a traer tres ultimísimos proyectos para tu valoración. El primero es el Palacio de Justicia de París, de Renzo Piano, autor de nuestro Centro Botín o The Shard, quizá el rascacielos más bello del mundo. Piano vuelve de nuevo al lugar del crimen (el Pompidou) y no para un proyecto experimental y semioculto como la Fundación Pathé (lo que le permitió irse de madre que lo flipas), sino para levantar el edificio que aglutinará todos los equipamientos judiciales que hasta el momento estaban desperdigados por la capital del Sena. Sorprende la elección de arquitecto tan díscolo para un edificio tan serio, pero lo cierto es que el italiano ha sabido diseñar un edificio sobrio y de una gran presencia institucional a base de (quién lo iba a decir) la adición de desangelados paralelepípedos miesianos, uno sobre otro, que van decreciendo en tamaño. Otro que sabe unir contrarios como quien no quiere la cosa: se aferra a su conocido axioma de que París es una ciudad a la que hay que aligerar de su exceso de memoria levantando un edificio neutro de resonancias modernas (qué hay más desprovisto de memoria que un paralelepípedo), pero mantiene su carácter juguetón marca de la casa al superponerlos en lugar de colocarlos uno al lado de otro (como Chipperfield en, precisamente, la ciudad de la justicia de Barcelona, que vaya aburrimiento). El edificio lo tiene todo: es serio como corresponde a su función (qué lejos de los tribunales de Burdeos de Rogers, coautor del Pompidou, un edificio sorprendente cuyas despendoladas formas chocan estrepitosamente con su función como representante de la ley y el orden), pero tiene un puntito transgresor -y por tanto contradictorio aquí- que mira, se agradece. Más información y fotos aquí.

En la segunda foto nos topamos, en plena primera línea de playa de Manhattan, con este edificio del estudio local SHoP. Dos torpes torres (aunque para gustos los colores) que parecen estar como queriéndose mucho. El burdo empalme que las conecta (¿quieres verlo más de cerca? no te lo recomiendo, pero tú mismo) aloja diferentes amenities como piscina, gimnasio y hasta un rocódromo. Eso sí, debe ser un puntazo hacer cardio desde semejante altura y con semejantes vistas. Por cierto, echa un vistazo al edificio que acaban de diseñar para Brooklyn, seguro que te suena.

¿Recuerdas cuando comentábamos que Foster estuvo a punto de construir un edificio en la City londinense al que se dio el apodo de El casco de Darth Vader? Parece que MAD, el estudio chino liderado por Ma Yansong, recogió el testigo y fíjate la que ha montado en Pekín. Pero si es hasta negro (que conste que ellos alegan que está inspirado en las típicas acuarelas chinas de paisajes). En todo caso el contraste entre los bloques ortogonales de la ciudad y el Chaoyang Park Plaza, que así se llama el complejo, es total. Ma Yansong es también famoso por diseñar una pecera. Como lo oyes.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Ser y no ser

Maestros del oxímoron frente a frente

Llegó al fin la nieve, acaso la forgetful snow de T.S.Eliot en La tierra baldía de 1922 (el mismo año en el que Mies abraza la modernidad con su gélida torre cristalina de oficinas para la Friedrichstrasse de Berlín, proyecto considerado el equivalente arquitectónico de las Señoritas de Aviñón de Picasso), poema que al punto de iniciarse nos sorprende con una poderosa andanada de oxímoron: "Abril es el más cruel de los meses, pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera./ El invierno nos dio calor, / cubriendo la tierra con nieve sin memoria..." según la traducción de 2015 a cargo de Andreu Jaume (forgetful snow es nieve olvidadiza en la de Juan Malpartida de 2001 y Juan Bartres de 1977). Puente pedante tenemos, me dirás. Pues sí, mon semblable, qué le vamos a hacer. Para oxímoron arquitectónicos los de Jacques Herzog, el arquitecto del Caixaforum madrileño, que visitó la Juan March para una conversación sobre su obra junto a Luis Fernández-Galiano hará unas semanas (video aquí).

Señala por ejemplo Herzog en un sorprendente español aprendido en Canarias, donde tiene obra y casa, con ese dulce acento de los suizos cuando hablan nuestro idioma (y que vivamente contrasta con su cara de estibador victoriano, ya tenemos aquí el primer oxímoron), que "nunca le ha interesado lo narrativo" y que lo suyo es el minimalismo, para a continuación tildar sin empacho la actitud de Loos de racismo (antiornamental) por defender la ausencia total de decoración en la arquitectura. Y es que al final Herzog sí cree en un cierto ornato (lo vemos en las pieles tatuadas de no pocos de sus edificios), y no hace mucho elegía como su edificio favorito nada menos que la mezquita de Córdoba, que muy minimalista no parece. Habla también de una defensa de las "tipologías eternas" como las llamaba su maestro Aldo Rossi, con formas inocentes (como en la casa Rudin) pero cuidado,  que también señala que hay en su arquitectura una búsqueda de la modernidad entreverada con esas "formas arcaicas" y la contrapone a Hadid o Gehry, que hacen una arquitectura sin referentes, completamente novedosa. Seguimos nadando y guardando la ropa. Es un fan de las cajas modernas sin memoria (o lo fue), pero en Transparencias engañosas se muestra desencantado ante la casa Farnsworth, el gran manifiesto minimalista de Mies, defendiendo frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campos de fuerza debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". Y así todo.

Su interlocutor en esa conversación (más monólogo inducido) en la March fue como decimos Fernández-Galiano, otro experto en oxímoron. Y le ha dedicado no pocos a la obra de H&dM como podemos ver en los artículos recopilados para la última monografía de AV  dedicada a los de Basilea (y van cuatro), publicada este mismo año. Así, describiendo su proyecto para la Ciudad del Flamenco en Jerez (anda que no tiene guasa oximorónica que unos suizos sean los que ganaran semejante concurso; Cruz y Ortiz, los sevillanos de la Peineta/Wanda también participaban...), hoy penosamente congelado sine die, el catedrático, miembro del jurado que la eligió, señala: "Tapia y tapiz, la pared luminosa del recinto jerezano es pétrea y textil, grave y delicada, intemporal y juvenil". Al describir las bodegas Dominus en California, cubiertas por una fachada de rocas insertas en una malla metálica, vuelve a la carga: "Ligero en las geometrías que dibujan en el espacio las cestas de alambre, y grávido en la presencia táctil de las rocas de basalto, (...) es a la vez contemporáneo y arcaico", al igual que en la casa de Tavole, donde los suizos domestican "la sensualidad táctil del aparejo pétreo con la disciplina intelectual de la geometría resistente, en un oximoron visual que produce un placer casi doloroso". Y del Caixaforum madrileño comenta su "gravitas oximorónica", que es "ligera y pesada" (en la línea de la "violencia refinada" del museo Küppersmühle de Duisburg cuya espectacular escalera, que parece como sacada de El Gabinete del Doctor Caligari, también recuerda a la de Madrid) consiguiendo ese desconcertante efecto al despojar a la antigua central eléctrica de su base para crear una plaza-gruta y hacerla así flotar como por arte de magia.

Y es que precisamente la genialidad de H&dM está en esa pasmosa capacidad para aunar contrarios sin aparente contradicción. Ya hablábamos del Sol y Sombra de Marcel Breuer precisamente para referirnos a la Switch House londinense (tan oximorónica también), que hoy procede citar más que nunca: "El verdadero impacto de cualquier obra reside en su capacidad de unificar ideas contrapuestas, es decir, un punto de vista y su contrario. Y digo "unificar" y no "llegar a un compromiso". Esto es lo que los españoles dan a entender con una expresión procedente de las corridas de toros: "sol y sombra". La mitad de los asientos de los cosos taurinos están al sol, y la otra mitad a la sombra. Han hecho de "sol y sombra" casi un proverbio, pero nunca dicen "sol o sombra". Para ellos, toda la vida -con sus contrastes, sus tensiones, su agitación y su belleza- está contenida en ese proverbio: "sol y sombra". Así acaba Breuer su ensayo: "Ni la simplificación excesiva y unilateral ni el compromiso poco afinado ofrecen una solución. La búsqueda de una respuesta clara y firme que satisfaga necesidades y propósitos opuestos es lo que saca a la arquitectura del reino de la abstracción y le da vida, y arte". 

Acabo ya con una última cita del propio Herzog entrevistado estos días en El Mundo: 
"-Entonces, ¿qué debemos exigir a nuestros arquitectos?
-Lo mismo que a los médicos, a los abogados o a los profesores. Que hagan bien su trabajo. Y, si pueden, que vayan más allá". 


domingo, 3 de diciembre de 2017

Caparazones



"Los edificios son una extensión de nuestra persona, como corazas que nos protegen, como caparazones en los que vivimos y de los que pasamos indefectiblemente a formar parte, hasta el punto de llegar a pensar que pertenecemos a ellos". (Rafael Moneo, La vida de los edificios, libro que acaba de publicar. Aquí tienes una muestra del capítulo que trata de la mezquita de Córdoba. En la foto, la biblioteca de la universidad de Deusto en Bilbao).