martes, 28 de julio de 2026

Ardientes

 


Esta foto es de una región que José Saramago describía como "grande y ardiente" en Viaje a Portugal. Es el Alentejo, muy cerca de Monsaraz, acaso la villa más bella (con permiso de Marvão) del distrito, a tiro de piedra de la ya española (con reparos) Olivenza. Si tras deleitarte en sus callejuelas no puedes o no quieres comer en Monsaraz, habitualmente concurrida, puedes acercarte a la cercana Mourão, menos interesante pero también menos turística y probar un magnífico bacalhau dourado, el plato típico de la región, en el encantador restaurante Morango donde probablemente seas el único extranjero, lo cual igual es un lujo asiático. Como lo es pasear por un lugar recóndito y que cada solitario personaje con el que te cruzas te salude como si te conociera de algo, experiencia inaudita para tu seguro servidor. En Mourão, como señala el propio Saramago en su libro, hay poco que ver más allá de un destartalado castillo que aguarda una rehabilitación de Carrilho da Graça o Aires Mateus, que tanta obra tienen por aquí, pero ojo, que hay sorpresas: "Mourão no tenía mucho que mostrar. Con todo, el viajero fue puntualmente al castillo, en el que está la iglesia parroquial, pero castillo e iglesia estaban cerrados y no prometían por fuera ninguna maravilla dentro. Pero no por eso dejó de encontrar bellezas: ahí están las chimeneas, circulares y con remates cónicos, que casi solo aquí se encuentran, y las mismas, pero no monótonas, fachadas encaladas, mostrando nuevamente el valor cromático que el blanco adquiere en el juego de la luz incidente a rasante, en la sombra dura o en la penumbra blanda de un rincón al que la luz llega después de quebrarse mil veces: tal cosa es posible incluso en una tarde violenta como esta" (¿habrá leído Saramago a Le Corbusier?). La luz alentejana, tan brutal, incide despiadada en ese erial árido y marciano, evidenciando su carácter post-apocalíptico que se dice ahora. El enorme embalse de Alqueva, el más grande de Europa, que no existía cuando Saramago hizo su viaje allá por 1979, no hace sino exaltar esa condición desolada y baldía pero de una belleza hipnótica: "Mirar estos campos segados, mirarlos fijamente durante unos minutos, es entrar en un vértigo suave, en una especie de hipnosis dada y recibida, casi extática". Es por ello que, ya de vuelta a Olivenza, cuando vi en uno de esos típicos carteles marrones una indicación hacia un tal Museu da Luz, decidí lanzarme en su búsqueda a pesar de las protestas familiares (la tarde, frisando los 42 grados, era tan violenta o quizá más que la que experimentara en su día el autor de Ensayo sobre la ceguera). ¿Se trataría de un museo dedicado a la cegadora luz alentejana? ¿Tendría algo que ver con la arquitectura según aquel famoso aserto de Le Corbusier al que aludía hace un momento: "La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz"? ¿Sería un museo metafísico que tratara del combate mítico entre la luz y las sombras, penumbra y claridad, yin y yang? De tal guisa enardecido conducía con acaso excesivo ímpetu para llegar al susodicho museo, que resultó ser, vaya, cosa muy diferente. Y es que Luz es el nombre de la freguesia (pedanía) de Mourão donde se encuentra el museo, justo al borde del pantano de Alqueva inaugurado en 2002. Y está dedicado al complejo proceso por el que hubo de replicarse la aldea original, que quedó inundada por el pantano (a la nueva Luz se la conoce en el país hermano como a aldeia mais jovem de Portugal), en un paradójico acto simultáneo de destrucción y refundaciónComo descubriría después trasteando en internet, especialmente difícil resultó la intervención en una iglesia del s. XV, emblema del pueblo, y en el cementerio. Para este delicado trabajo se contrató a los arquitectos Pedro Pacheco y Marie Clément, quienes construyeron una cuidadosa dupla de la iglesia y trasladarían los restos de los vecinos a un nuevo camposanto en el que se permitieron más modificaciones en lo que se refiere a la organización del recinto y el uso para las tumbas del bello mármol de Estremoz. También se les encomendó la creación del museo que te traigo en las fotos de hoy y que es increíblemente fotogénico en combinación con su entorno. Por desgracia estaba cerrado cuando llegué, así que te enlazo a unas magníficas fotos de Leonardo Finotti que, aparte de ser, obvio, mejores que las mías, te permiten echar un vistazo al interior. También parece muy interesante el contenido del mismo, en el que se muestran los aperos de labranza, restos arqueológicos y otros artefactos de los antiguos moradores de la aldea, échales un vistazo aquí


El museo merece un poco más de atención. Su absoluta abstracción puede hacerle pasar por un objeto extraño pero lo cierto es que Pacheco y Clément se inspiran en elementos locales como el xisto (esquisto) o el antiguo fuerte romano de Lousa, que también quedó sumergido aunque fue protegido por si en algún momento volviera a ver la luz; en esta foto tomada poco antes de su desparición bajo las aguas puedes ver lo mucho que se asemeja a nuestro museo. Este aspecto telúrico es remarcado por los arquitectos: "El museo contiene en su diseño y su materia -la pizarra- la memoria de sus cimientos. (...) Construir el museo con pizarra lo acerca a la tierra, al suelo de esquisto, al concepto de cimientos". Y es que además el edificio, toda una pieza de Land Art, parece no querer surgir del suelo, como si pugnara por sumergirse en el terreno emulando al pueblo perdido. En esa pulsión telúrica podríamos también relacionarlo con otra obra de Saramago, Levantado do chão (Alzado del suelo), ambientada precisamente en el Alentejo y que gira en torno a la diferencia de clases y la lucha por la libertad en pleno Estado Novo salazarista. Volviendo a Luz, solo una casa, la conocida como Monte dos Passaros, queda en pie de la aldea original, que mucho recuerda a la restaurada por Aires Mateus como alojamiento rural también en Alentejo aunque cerca de la costa. En las cercanías de dicha casa puede verse aún la antigua carretera que comunicaba la aldeia submersa con Mourão aunque ahora solo conduce al lago artificial bajo el que, melancólica, se pierde de vista. El magnífico cuadro lo completan los percursos contemplativos, pasarelas sobre el lago en las que debe ser un verdadero placer pasear, al anochecer mejor, mientras escuchas algo de Mathias Grassow por ejemplo. Si te apetece ahondar más sobre el museo y su entorno, aquí tienes un pequeño reportaje de RTP con intervenciones de Pedro Pacheco (no te pierdas el video del edificio) y un pequeño dossier muy interesante con textos de los autores y Antonio Pizza. Un breve epílogo para comentarte un par de datos de los arquitectos. Pedro Pacheco tiene estudio en Lisboa aunque estudió en Oporto y en los 90 mantuvo contacto con Josep Llinàs, Tavora y Souto de Moura. Como curiosidad, decir que acaba de completar, no muy lejos de Luz, la rehabilitación del Castillo de Juromenha sobre el Guadiana, Prémio Nacional de Reabilitação Urbana 2026, te he subido en esta misma entrada un par de fotos (aquí tienes más). Marie Clément por su parte, con estudio en la ciudad francesa de Saint-Étienne en cuya escuela de arquitectura da clase, trabajó en los primeros noventa con Souto de Moura, principalmente en la rehabilitación del Monasterio de Bouro para convertirlo en Pousada. Basado en la experiencia escribió el ensayo Vous ne saurez rien ("No sabréis nada") haciendo referencia a una máxima fundamental del trabajo del Pritzker luso, el arte de la invisibilidad constructiva que hace que la restauración pase casi desapercibida dando protagonismo absoluto a la fuerza del material bruto, la piedra en este caso (eso dice la IA, no he podido encontrar el texto), estrategia que Clément aplica en el museo de Luz. Si no lo supiéramos previamente tampoco podríamos distinguir la cuidada reconversión de una típica finca alentejana en hotel que Souto de Moura acometió muy cerca de Luz, São Lourenço do Berrocal, recinto que intenté visitar pero estaba fechado a cal y canto por la celebración de una boda de postín. Demasiado over the top para mí de todas formas. 


La rotunda abstracción del museo me ha recordado la polémica que ha incendiado la blogosfera arquitectónica estos días pasados a cuenta del fallido fallo del Museo Nacional de Ecuador. En dos palabras, se convocó un concurso para el museo y tras fallarse a favor de Alberto Campo Baeza y el estudio quitense MAODA con un soberbio proyecto de nombre "Ecos del sol", abstracto como es habitual en el gaditano (de adopción), las redes echaron chispas y pestes contra el diseño ganador. Ni corto ni perezoso el gobierno ecuatoriano reculó e ipso facto volvió a convocar el concurso (ya sin el diseño premiado), pasando olimpicamente del jurado, en el que había varios representantes gubernamentales y un panel de expertos, entre los cuales Alejandro Zaera-Polo. El nuevo diseño ganador, tras un oscuro procedimiento en el que se dio voz al público (contando un 15% del fallo) fue el del estudio japonés SANAA, mucho más exuberante y con un relato mucho más florido, que hoy en día parece contar más que el producto en sí, proyecto que en el primer concurso había quedado tercero. Campo Baeza y MAODA emitieron un elegante comunicado en el que mostraban su estupor no por la polémica, habitual en este tipo de concursos (así el de la Opera de Sídney o el Kursaal de San Sebastián, hoy ya iconos unánimes) sino por la categórica expulsión de su propuesta, señalando que habrían estado dispuestos a modificar su proyecto en función de las sugerencias presentadas, algo de nuevo totalmente habitual en estos casos. Zaera-Polo firma un brillante artículo para el diario ecuatoriano Expreso sobre el penoso asunto en el que entre otras cosas habla de la abstracción, con comentarios que lo mismo podrían valer para el Museo de Luz: "Me gustaba pensar que quizá una nación que se representa a sí misma a través de una abstracción es una nación que manifiesta una disposición extraordinaria a evolucionar en lugar de mirarse al ombligo y atarse al pasado. Nunca hablé de esto en el jurado porque pensé que defender el anti-identarismo y la función sería una causa perdida". Pues eso parece. Y continúa señalando cómo el nuevo fallo va en contra de las últimas tendencias arquitectónicas centradas en la sobriedad y la reutilización: "Ecuador no construirá el primer ícono de la nueva austeridad latinoamericana sino el último dinosaurio identitario del star system". Y cierra, desatado: "Hay una imagen que no puedo evitar cada vez que miro esa perspectiva aérea en tonos ocres: si el proyecto de Campo Baeza era una caja, este es...una caca!". Algo tiene, es verdad, del emoji marrón el proyecto de los Pritzkers japoneses ("Living Strata"), cuyas formas curvas y reverberantes igual buscan dialogar con su vecino más inmediato, que (creo) es el imponente edificio EPIQ de BIG. De todas formas, por ir un poco más allá del, sin duda, impresentable espectáculo que supone saltarse la decisión de un jurado profesional para dar voz y voto a un ejército de cantamañanas (como el que esto suscribe por cierto) cambiando las reglas del juego sobre la marcha en plan Trump para acaso encubrir un antojo presidencial, podríamos plantearnos si esto no refleja también un síntoma de otro tipo. ¿No nos estaremos empezando a cansar de tanta sobriedad? Un reciente artículo de Catherine Slessor (aquí ya hemos mencionado varias veces a la muy cañera crítica de The Guardian, látigo inclemente del que denomina archporn) me dejaba de piedra al defender para el premio Stirling de este año una torre cristalina de 54 plantas firmada por Renzo Piano, starchitect donde los haya, frente a los otros cinco finalistas, todos ellos recatados inmuebles terminados en pieles cerámicas: "En una lista de finalistas dominada por lo que podría describirse como el estilo de diseño del "salpicadero de Jaguar" —de gusto refinado y esencialmente inglés, tanto en su estética como en su geografía—, Paddington Square [la torre de Piano] destaca como la excepción, por su magnitud y por ser el único proyecto que no está construido en ladrillo. De lo contrario, la elección se reduce a una casa de ladrillo, un conjunto de viviendas de ladrillo, dos ampliaciones de ladrillo en colegios de Cambridge y una ampliación en ladrillo de un teatro ya existente. En cierto modo, sería difícil distinguir entre estos ejemplos del arte de la albañilería". Más adelante lo expresa más claro aún: "Por excepcionales que sean estos proyectos, la lista de finalistas parece un tanto monótona. Es como ir al bufé del desayuno y descubrir que solo hay cinco tipos de muesli". Y lamenta que quedaran fuera de la final edificios como este para Oxford a cargo de David Kohn que, cielos, es cualquier cosa menos sobrio y correcto. ¿Nos hemos cansado de tanto muesli, queremos un jugoso croissant a la plancha rebosante de mantequilla y mermelada? 

Igual se pueden combinar ambos, siguiendo a Bjarke Ingels y su concepto de bigamia: abstracción y relato; sobriedad y despendole; muesli y dulce. Pero hay que tener mucho arte para hacerlo. Hace ya varias semanas acudí a Ivorypress a una charla entre Fuensanta Nieto (hablábamos no hace mucho de ella) y Patricia Urquiola, arquitecta la primera, diseñadora la segunda, académicas ambas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en una sala llena hasta los topes con asistentes premium del calibre de Luis Fernández-Galiano o Cristina Iglesias y otros, imagino, que no conocía. Nieto, que quizá debería haber ganado junto a su compañero Enrique Sobejano el Pritzker este año (¿quién propone a los candidatos? ¿podemos hacerlo los cantamañanas?) hacía un curioso ejercicio filológico: mostraba en la pantalla un texto al que sucesivamente se le iban quitando palabras y preguntaba: ¿Qué sobra y qué es imprescindible aquí? ¿Hasta dónde podemos quitar para que el texto no se vuelva ininteligible? Lo mismo podríamos plantear para ese difícil equilibrio entre esos dos extremos, al final, como decía Nieto, la clave está una vez más en abrazar con valentía la complejidad, así es como logra su estudio esa bigamia aparentemente imposible entre sobriedad y riqueza expresiva (y entre lo existente y lo nuevo en sus soprendentes rehabilitaciones). Nos quedamos también con una idea de Urquiola, furibunda enemiga de la IA, quien defendía la adaptabilidad y el optimismo humanos frente al perfeccionismo de la máquina. 


Ardiente ha estado España con el Mundial de fútbol, imposible no hacer referencia a la magnífica victoria de nuestra Selección. Personalmente no sé si me ha gustado más ver a Torres marcar el agónico gol del triunfo o a Trump entregándonos la Copa. Varios arquitectos han escrito incisivos artículos sobre el tema para Arquitectura Viva resaltando cómo el trabajo en equipo vence al jugador estrella solitario. Así lo expresa Jacques Herzog en Una lección de fútbol, donde el suizo se moja cosa fina: "En la disputada final de esta Copa del Mundo se habría producido otra herida imborrable si, al final, la rudeza sistemática y el odio manifiesto hubieran llevado al éxito. Pero el balón de Ferrán Torres entró en la portería ‘correcta’. Tarde, sí, muy tarde, ganó aquel equipo que, más que ningún otro, supo combinar el genio individual de algunos con la cohesión colectiva y la inteligencia de todos para formar un conjunto fantástico. España nos ha dado una lección. A todos nosotros, y no solo a los aficionados al fútbol, sino también a los dirigentes y a los políticos que asistieron al partido. Una lección sobre cómo deberíamos organizarnos y funcionar como sociedad". Por su parte la pareja que conforman el estudio chileno Pezo von Ellrichshausen mezclan el Mundial con el concurso del museo ecuatoriano en Como a un balón. Quito y los concursos al señalar de nuevo que fue el juego en equipo lo que dio la victoria a España, ejemplo que les sirve para atacar con dureza los concursos de arquitectura, que buscan precisamente la victoria individual de un estudio frente al resto. Aquí cito la soberbia conclusión del texto: "La verdadera excelencia nace de la comunidad, no de la rivalidad. Un concurso conduce inherentemente hacia la individualidad, la exclusión y la derrota. Acaso la imagen más triste de las últimas semanas sea la de Messi desolado contra un saturado campo verde, al concluir la final del Mundial. Siendo lo grande que es, tanto como Herzog, Campo o Sejima en lo suyo, uno esperaría que hubiese sido el primero en celebrar el triunfo de quienes jugaron mejor, porque en definitiva es otro juego serio: no una frívola distracción, sino una herramienta educativa, al servicio de nuestra humanidad compartida". Sobre el tema de los concursos supongo que habría mucho que decir. Si me permites, tu cantamañanas de guardia va a hacer un par de observaciones. Creo que las obras no realizadas, aunque frustrantes en cuanto que suponen un cierto fracaso (todos sabemos lo mal que llevó Moneo no ganar en Bilbao frente a Foster, él mismo no pierde ocasión de decirlo), pueden resultar un aprendizaje muy útil, no solo para el estudio en cuestión (que presenta por cierto el proyecto como equipo) sino para otros colegas, estudiantes o aficionados, por no decir que a veces las obras no realizadas son más interesantes que las llevadas a cabo, especialmente si el concurso se ha fallado tan penosamente como el de Quito, hasta yo conozco proyectos que se quedaron en el papel de arquitectos famosos (y no tanto). También puede ser útil para el propio arquitecto "derrotado", que puede reciclar un viejo proyecto para un nuevo concurso, como hizo Koolhaas para la Casa da Música de Oporto. Volviendo a Ingels, hace poco veía un video de una conferencia suya, no recuerdo dónde, en el que explicaba un diseño de su estudio realmente espectacular para finalmente reconocer, con muy buen humor, que el proyecto no había resultado elegido: igual esa es la clave, la adaptabilidad y el optimismo que decía Urquiola. 


Difícil ser optimista mientras arde España por los cuatro costados con incendios de violencia nunca antes vista que devastan no solo territorios sino también la fauna como nos recuerda Fernández-Galiano en un demoledor artículo, Soledades del Eremoceno, en el que explica el origen del término Eremoceno, menos habitual que Antropoceno, utilizado por Edward O. Wilson para designar nuestra época: "Nuestras soledades son en efecto eriales, y ahí la solitudo latina deja paso al eremos griego, del que igualmente provienen ‘eremita’ y ‘ermita’. Fue esa la raíz que usó el gran biólogo y naturalista Edward O. Wilson para proponer el término ‘Eremoceno’ como aquel que mejor designa una época en que la masiva extinción de especies condena a los humanos a la soledad, habitantes carentes de compañía en los páramos que se extienden en el planeta. El entomólogo estadounidense, eminente especialista en hormigas, fue testigo de la desaparición de innumerables especies de insectos, lo que le llevó a defender la biodiversidad como herramienta esencial del equilibrio ecológico, para evitar las ‘primaveras silenciosas’ del eremoceno". Ante semejante desgracia solo podemos esperar que nuestros gobernantes sigan el ejemplo de la Selección como proponía Herzog y superen sus diferencias para luchar contra el fuego unidos. Pero no queremos irnos así. Te propongo para concluir dos citas que ojalá levanten tu ánimo. La primera, para acabar como empezamos, de Viaje a Portugal de Saramago describiendo de nuevo el Alentejo: "Cuando el viajero despertó y abrió la ventana del cuarto, el mundo estaba creado. Era temprano, aún estaba lejos el sol. Ningún lugar puede ser más serenamente hermoso, ninguno lo será con medios más comunes, tierra amplia, árboles, silencio. El viajero, habiendo estimado así estas cosas con su saber, de mucha experiencia hecho, se quedó a la espera de que el sol naciese. Asistió a todo, a la transformación de la luz, a la invención de las primeras sombras y al canto de la primera ave, y fue el primero en oír una voz de mujer, venida de lo invisible, diciendo esta frase tan simple: 'Va a hacer otro día de calor'". La segunda cita es musical, el tema Allons voir del grupo francés Feu! (¡Fuego!) Chatterton (se ven a lo lejos las Torres Duo de Nouvel), un exultante canto a la vida del que te recomiendo no te pierdas la letra




 

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