miércoles, 27 de mayo de 2026

Tocar

 


Pues ya hemos terminado Reflexiones para jóvenes arquitectos de Juhani Pallasmaa. Como no podía ser de otra manera, el arquitecto finlandés vuelve a incidir en su enfoque fenomenológico, existencial y humanista de la disciplina, valorando una percepción sensorial de la misma que sea completa ("holística") y defendiendo el infravalorado sentido del tacto (lo "háptico") frente al sobrevalorado sentido de la vista: "Tenemos el deseo de tocar, ya que el tacto, no la visión, es la prueba definitiva de la realidad (y del afecto), como cree incluso nuestra cultura obsesivamente visual. El ejemplo bíblico de la veracidad del tacto es "Tomás el incrédulo", el apóstol que no confiaba en sus ojos y que metió su dedo índice en la herida de Cristo". Frente a la frialdad emocional del diseño y la arquitectura contemporáneos, el espacio arquitectónico debe hacer sentir el abrazo del arquitecto y hasta incluso, dice el finlandés, los de la madre y el amante: "Somos forasteros en la cruda realidad del mundo natural, pero los edificios nos abrazan y nos transforman en allegados". Y más adelante apunta que los grandes arquitectos "nos prestan la sensibilidad de su piel para evocar "cómo nos toca el mundo", por emplear la hermosa idea de Merleau-Ponty para describir el impacto de las pinturas de Cézanne". Hay un magnífico ensayo también del maestro finlandés de nombre The Eroticism of Space del que no puedo evitar, abusando de tu paciencia, extraer aún esta poética cita: "Un gran edificio nos hace ver la majestad de la montaña, la silenciosa paciencia del árbol, el juego de luces y sombras, y la sonrisa en el rostro del otro. La arquitectura profunda agudiza, enfoca e integra nuestros sentidos y nos permite ver el olor de la primavera, oír la tranquilidad de la materia, sentir el tacto de la luz y percibir el sabor ácido de la piedra". Volviendo a Reflexiones, Pallasmaa propone añadir un nuevo vocablo a la célebre tríada arquitectónica de Vitruvio (la utilitas, firmitas y venustas) que no sería otro que vita

Touch (Tocar o Tacto) es el nombre de un conocido tema de Daft Punk, el dúo francés más electrónico que por contra siempre aparecían en sus conciertos enfundados en asépticos monos y rotundos cascos. Está incluido en el álbum Random Access Memories de 2013 donde hacen un repaso a sus referentes musicales, así el veterano Giorgio Moroder (padre de la música disco y autor por ejemplo del soberbio I Feel Love con Donna Summer) quien nos cuenta sus inicios en la música electrónica en uno de los temas del álbum. En Touch el dúo galo nos propone una búsqueda emocional y existencial expresada con no pocas metáforas arquitectónicas. Habla de la necesidad del contacto humano y está narrado, paradójicamente, por lo que podría ser un ente robótico, acaso un replicante al que se ha implantado un recuerdo de dicho sentido que ya no puede percibir sino como sensación remota ("Touch, touch, I remember touch, where do I belong?"). Trata de definir torpemente esa memoria borrosa ("a door behind a door, a room inside a room") mientras repite obsesivamente "If love is the answer, you're home" y termina: "Sweet touch / You've almost convinced me I'm real / I need something more / I need something more" (Dulce tacto, casi me has convencido de que soy real. Necesito algo más). Tienes el tema aquí. En su temática y mezcla de estilos podría considerarse una especie de spin-off de Memories of Green de Vangelis. Incluido en la banda sonora del primer Blade Runner (1982), es un nostálgico tema instrumental (ya hemos hablado aquí de él) compuesto para el rocambolesco álbum See You Later de 1980 y sin embargo se ajusta como un guante al estilo y concepto de la icónica película de Ridley Scott al combinar una bella melodía clásica, que además suena como envejecida, con arreglos muy electrónicos que, lejos de someterse a la melodía, actúan como elementos extraños que pululan de aquí para allá en el típico "efecto interferencia" del músico griego (uno de ellos procede de un juego electrónico de marcianitos de la época...). Esta original mezcla podría considerarse la extrapolación musical del propio concepto de la película: un mundo futuro, tecnológicamente avanzado (para algunos), que aún se resiste nostálgicamente a abandonar los recuerdos sensoriales del pasado. Su título ("Recuerdos del verde") parece también pensado ex profeso para la película, pues en la misma el color verde solo hace su aparición en el final impuesto del 82 (imágenes tomadas por cierto de descartes de El Respandor de Kubrick), final que además desaparece en la Director´s Cut de 1992, donde predominan ya de principio a fin los tonos claustrofóbicamente oscuros propios de la ciudad de Los Angeles en 2019 tal y como la ideó el genio de Scott: una urbe acabada, lúgubre y sucia, habitada por seres disfuncionales que solo desean huir al Off-World, la perfecta distopía que desde Metropolis ha sido lugar común de la ciencia ficción. Escucha el tema aquí

Touch es también el nombre de una reciente película del director islandés Baltasar Kormákur (sorprendente tras venir de dirigir cintas de acción pura y dura como Depredador dominante), donde la memoria, el tacto y la melancolía también tienen un papel central. La trama gira en torno a un viudo islandés, Kristófer, que empieza a notar síntomas de deterioro cognitivo durante la pandemia y se lanza a buscar a una antigua novia japonesa a la que conoció en Londres (para desaparecer de su vida misteriosamente) antes de que su enfermedad borre el precioso recuerdo y el Covid le impida viajar. Como en nuestras canciones pasado y presente se fusionan con gran maestría, las escenas en el restaurante japonés donde los jóvenes se conocen en los Swinging Sixties resultan especialmente cálidas y contrastan con el desangelado estado del local en la actualidad, un salón de tatuajes donde el valiente anciano no duda en hacerse uno, un kanji japonés en honor a su amada. No te cuento más. ¿Encontrará Kristófer a su enamorada o la demencia ganará la terrible carrera? ¿Podrá abrazarla al fin pese al maldito Covid? ¿Descubrirá por qué se volvió a Japón sin tan siquiera despedirse de él? Aunque quizá se exceda en melodrama (las emociones más intensas suelen surgir de la contención, v. Hamnet), es una película que te recomendamos, que de arquitectura no sabremos, pero de cine tampoco. Te dejo el tráiler

Hay personajes que, lejos de buscar con ahínco el contacto con el otro han puesto el mismo empeño en hacer el viaje contrario: huir de ese prójimo en pos de una soledad profundamente necesitada. Uno de los más famosos es Petrarca. Eduardo Prieto le acaba de dedicar un librito que me estoy leyendo con fruición (Los lugares de Petrarca. Sobre naturaleza y soledad). Anglófilos pertinaces, nunca nos habría interesado este tema si no fuera por su autor, arquitecto y filósofo del que leemos ipso facto libro que saca al mercado. Este quizá sea el más sorprendente de todos, una exquisita mezcla de literatura, arquitectura, geografía, filosofía e historia narrada con una prosa excelsa. Hablando de tocar, diré que me toca sobremanera las narices que tanto arquitecto no-filólogo escriba de manera tan excepcional. Por cierto, si me permites el toque personal (la única forma me temo de competir con la IA, esa "enésima Torre de Babel" que es necesario embridar, como dice León XIV) te diré que hace algunas semanas vi a Prieto en el aulario de las Escuelas Pías en Madrid, edificio del que hablábamos hace poco, acompañado de José Ignacio Linazasoro, autor de la rehabilitación y reciente Medalla de Oro de la Arquitectura. Profesores ambos de la ETSAM, parecían estar mostrando el edificio a un grupo de alumnos. Me acerqué por ver si me enteraba de algún dato curioso pero al ver cierta inquietud en algún estudiante por si yo era un freak peligroso (no se imaginaban cuánto), me alejé presto. Centrémonos. Petrarca, como decíamos, dedicó su vida a la contemplación y el estudio solitarios, como nos cuenta en una de sus Cartas familiares: "También tú, si no has hallado en todo el mundo ningún lugar de descanso y consuelo, retírate tras el umbral de tu alcoba  y a tu propio interior; vela contigo, calla contigo, pasea contigo, detente contigo, no creas estar solo si estás contigo: si no estás contigo, aunque estés entre la gente, estarás solo". Aquí el you´re home metafórico de los Daft Punk (el amor que con tanto denuedo quiere recuperar Kristófer) es todo lo contrario: Petrarca busca un hogar literal, refugio para aislarse del mundanal ruido (la Aviñón de intrigas sin fin), y lo encuentra en Vaucluse, un paraje provenzal de belleza primitiva en el que un poderoso manantial surge de una misteriosa cueva, sima que en tiempos remotos fue objeto de devoción animista y ahora lo es de interés geológico (Jacques Cousteau a punto estuvo de morir tratando de llegar a su cavernoso origen), así lo describe Prieto: "En su espontaneidad y limpidez, esas aguas apelaban a la intuición de un dios oculto en la roca, un dios dador de vida. Sugerían lo extraño, lo sorprendente, lo prodigioso, el milagro de la humedad que aguarda a quien sepa auscultar lo profundo. Y en su fluidez y estruendo, esas aguas golpeaban al sensorio con tanta intensidad que el espectador quedaba de inmediato aturdido, absorto en la contemplación de esa belleza". Cómo le chiflaría este libro, tan fenomenológico, a Pallasmaa. Podríamos de hecho establecer un diálogo entre los dos textos. Así, ambos hacen referencia, directa o indirecta, a Eliot (como tantos arquitectos), en su pertinaz recuerdo a los "poetas muertos", algo que Pallasmaa extrapola a la arquitectura: "Ningún arquitecto digno de su oficio trabajo solo; trabaja con toda la historia "en sus huesos", como escribe T.S. Eliot sobre el autor consciente de la tradición. El gran obsequio de la tradición es que podemos elegir a nuestros colaboradores, podemos colaborar con Filippo Brunelleschi y Miguel Ángel, si somos lo suficientemente sabios y valientes para hacerlo". Frente al "vértigo del ahora" como verdad indiscutible que dice Germano Celant, tan propio del pensamiento contemporáneo en el que el creador individual es héroe absoluto, Pallasmaa cita a Balthus: "Si una obra solo expresa a la persona que la creó, no valió la pena hacerla. (...) Expresar el mundo, entenderlo, eso es lo que me parece interesante". Compárese con esta cita de Los lugares de Petrarca: "Poblada de voces silenciosas cuyos ecos resuenan por las paredes trascendiendo siglos y lenguas, la casa es de Petrarca tanto como de sus interlocutores más apreciados: Virgilio, Cicerón, Agustín, Varrón. El poeta es consciente de ese juego, y lo hace suyo hasta el punto de redactar, en una de sus epístolas, una suerte de guía de viaje alrededor de su pequeña pero inmensa habitación literaria: un viaje a la casa de los muertos ilustres, un viaje a la casa del tiempo. A diferencia de nosotros, ofuscados por la modernidad, Petrarca sabe que la belleza no está en el brillo efímero, sino en la persistencia silenciosa de la estela".  Y aún podríamos invitar a esta reunión, si me lo permites, a un tercer libro no menos formidable de otro poeta de la arquitectura y probable discípulo de Pallasmaa. Hablamos de Arquitectura de las pequeñas cosas de Santiago de Molina, observa cómo podría estar describiendo el studiolo de Petrarca aquí: "Desde el más modesto dormitorio a cada habitante le ha sido concedida la dicha (tantas veces olvidada) de ver la simultaneidad del universo. Sin disminución de tamaño. En toda su complejidad. Y sin necesidad de salir a la calle. (...) Del mismo modo que "el ser humano" depende de cierta condición esencial, cada persona "está" en el mundo gracias a las "estancias". Desde el seno de la habitación se extienden las raíces de su crecimiento personal y social". En el capítulo dedicado a la pared, ese elemento que nos separa (nunca del todo) de nuestro prójimo, nos recuerda que el (con)tacto, por mucho que se empeñe Marina Abramović, no siempre es deseable: "Las paredes solo impiden la última amenaza insoportable, la del tacto. Nos aíslan del contacto físico no deseado. Por eso resultan membranas de una privacidad incompleta, aunque tolerable. A esa tolerancia nos hemos dado llamarla civilización". Deslumbrados ante tan brillantes fogonazos, gozosamente aturdidos, cerramos párrafo para tomar aliento. 

El sueño arquitectónico de muchos es un retiro al estilo Petrarca pero sin escatimar lujos ni metros cuadrados. Los libros, opcionales. Y ya puestos si el casoplón puede estar frente al mar en una remota isla griega con diseño de Fran Silvestre (este mismo a mí me valdría), miel sobre hojuelas. A esto por cierto Catherine Slessor, exeditora de The Architectural Review y hoy aguda crítica de The Guardian y Dezeen lo llama porn architecture (o archporn). Durante la pandemia nos hicimos eco de un duro artículo que escribió sobre el tema en el que repartía estopa cosa fina, aquí te dejo botón de muestra: "Mientras haya casas, el porno arquitectónico estará con nosotros, lanzándonos un descarado guiño que nos diga "vamos, sabes que quieres". Pero, mientras ciudades como Londres sigan su vaciamiento provocado por la desorbitada subida del precio del terreno y las propiedades, la construcción de silos para apartamentos cuyo único fin es la especulación y la falta de vivienda asequible, mientras las casas se consideren simples símbolos de status y repositorios de capital, entonces el fetichismo por las casas de ensueño parece una distracción de grotesca crueldad, un zurullo envuelto en oropel". Esta semana pasada hemos podido ver a Luis Fernández-Galiano hablando sobre este y otros temas en una presentación de nombre "La ciudad saludable. Lecciones de la pandemia” para la Fundación Ibercaja en Zaragoza a la que siguió un diálogo con Sergio Sebastián, interlocutor muy oportuno pues es bilbilitano como don Luis y está ampliando el Museo Goya en la capital maña, intervención que será inaugurada en octubre con una exposición comisariada por el mismo Fernández-Galiano y Estrella de Diego. Constatar en primer lugar con gozo que don Luis, otro vate de la arquitectura, sigue en plena forma. Intacta vemos su pulsión peripatética, que le lanza como accionado por un resorte a andar, enérgico, por todo lo largo y ancho del escenario (y fuera de él) nada más empezar su disertación, en la que se dedicó a defender la ciudad densa como es habitual en él ("el cemento es más verde que el césped" es una de sus frases icónicas). La ciudad, nos dice don Luis, sale siempre airosa de sus "condenas", destacando tres: la ciudad insalubre consecuencia de la Revolución Industrial (el Londres de Dickens), la ciudad moderna (la utopía devenida en pesadilla de rascacielos sin alma que deriva en Blade Runner) y la última, la pandemia, que se hizo fuerte en nuestras populosas urbes. Podríamos completar el cuadro viajando al siglo XIV y volviendo a Los lugares de Petrarca: el poeta italiano, según nos relata ahora Eduardo Prieto, echaba pestes de Aviñón ("la apestosa Babilonia de Occidente" la llamaba), ciudad que por entonces bullía con aluviones de gentío que acudía a la ciudad al calor de la corte papal y apenas daba abasto para gestionar semejante turbamulta. La higiene, como es de imaginar, pronto devino problema crucial (de ahí lo de "apestosa") y fue Benedicto XII el primero de los papas que se preocupó del tema, construyendo un sistema de alcantarillado a imagen y semejanza de la Cloaca Maxima de Roma. Prieto nos recuerda que fue el Víctor Hugo de Los Miserables el primer literato en hacer justicia en su tiempo a ese submundo oculto y sucio pero indispensable: "La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas", decía el francés, a lo que Prieto apostilla que son "el depósito donde se cobijan los secretos de la sociedad bajo forma de restos a los que les es imposible mentir sobre su origen, pues no discriminan entre ricos y pobres, buenos y malos. Somos lo que comemos, pero también lo que desechamos y defecamos". Fernández-Galiano también hace referencia a ese submundo miasmático del que nada queremos saber y cita no a Víctor Hugo sino a Norman Foster, quien considera todo un héroe a Sir Joseph Bazalgette, ingeniero victoriano que diseñó las cloacas de un Londres azotado por el cólera, y a Francesco Milizia, quien un siglo antes ya decía que el mejor edificio de Roma era, lo adivinaste, la Cloaca Maxima. "El inodoro es la zona existencial de interacción -al nivel más íntimo- entre los humanos y la arquitectura". No, esto no lo dice Pallasmaa sino Rem Koolhaas en su monumental (2.333 págs.) Elements of Architecture: al baño, entorno al cabo también fenomenológico (y háptico), dedica el ingobernable libraco un estudio histórico lleno de curiosas anécdotas (te selecciono una, que esto ya se nos está yendo de madre: el inodoro con cisterna es un invento inglés, de 1592 nada menos, a cargo de Sir John Harrington aunque solo se haría popular en la Inglaterra victoriana, que hubo de encarar un grave problema: los excusados desaguaban directamente en el Támesis, momento en el que entra en juego Bazalgette, el héroe de Foster, quien creará un sistema de cloacas diferenciado único hasta ese momento; para 1877 la de fontanero ya era una profesión también casi heroica por su contribución a la salud pública hasta el punto de que Eduardo VII, príncipe de Gales, a punto de no contarlo por culpa de unas severas fiebres, dijo en una revista de la época: "Si no fuera Príncipe, sería fontanero"). Pero un momento, percibo en remoto que no te ha quedado claro lo de que el cemento urbano es más verde que el césped petrarquiano, con lo bonito que es el campo. Vamos a ver, cariño, si los 3,5 millones de habitantes de Madrid nos fuéramos a vivir a casitas remotas, ¿te imaginas el coste y el destrozo de llevar todas las infraestructuras necesarias a cada una de ellas? ¿O es que estarías dispuesto a excretar bajo un pino (o a compostar con gusanos, que para el off-grid no valemos todos)? Llegados a este punto convendrás conmigo que de nuevo es menester un cambio urgente de párrafo para airear el ambiente. 

Ya en rápidas pinceladas, que no quiero abusar más de tu tiempo, comentar que el mensaje acaso más importante que nos quiso dejar Fernández-Galiano en Zaragoza, en un momento de especial crisis de acceso a la vivienda (vuelvo al archporn), es que es imprescindible construir más, defendiendo incluso la cantidad sobre la calidad. Aplaude la reciente decisión de las autoridades madrileñas de aumentar en un 50% la densidad de los nuevos barrios previstos y lamenta el pobre tejido urbano del que adolecen las PAUS de la capital precisamente por su baja densidad. Obsérvalo en las dos fotos que te traigo hoy, ambas de Madrid: la primera, de Méndez Álvaro, donde los potentes bloques de viviendas se tocan en estrecho abrazo (acaso demasiado estrecho); la última, de la desangelada PAU de Las Tablas. Habla don Luis de muchas otras cosas, así sobre la "fragilidad" que Sebastián le propone al hilo del nuevo Pritzker Smiljan Radić (quien hace unos días ofrecía una poética pero deslavazada charla en la UNAM mexicana de oportuno título Arquitectura Distraída, pero juzga tú mismo), fragilidad que al director de Arquitectura Viva le hace poca gracia: "la arquitectura tiene que durar"; "la fragilidad es una dolencia, no una virtud"; "hace falta una arquitectura que resista las cicatrices del tiempo". 

Nos vamos ya con un proyecto que descubrimos en Metalocus y queremos destacar al hilo de lo que acabamos de ver. Se trata de la rehabilitación de un imponente bloque para alojar trabajadores de una empresa siderúrgica en Košice (Eslovaquia). Levantado en los años 60 por Ladislav Greč y Róbert Kandrík, arquitectos que es obvio pusieron los cinco sentidos para crear un inmueble perdurable, se encontraba en un estado de conservación tan penoso que muchos habrían visto con buenos ojos su demolición. Sin embargo, el estudio local Atrium Architekti le ha dado nueva vida adecentando las zonas comunes, que lucen realmente atractivas, recuperando la lacónica belleza original de las inmensas fachadas y dotando a los pisos, que tienen poco más de 20 metros cuadrados, de una distribución, equipamiento y terminaciones más actuales. Los apartamentos son pequeños, cierto, pero así se empieza, y al menos ofrecen más independencia que un piso compartido. Tienes en su web abundantes fotos donde puedes comparar el triste antes y el sugerente después del edificio, preparado para resistir unas cuantas décadas más. 




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