sábado, 20 de marzo de 2021

Silencios (2)

 


Lacaton y Vassal han ganado el Pritzker. Las quinielas no vaticinaron su elección (más bien apuntaban a Chipperfield, el eterno candidato); se hace evidente el mensaje que el jurado del galardón, presidido por Aravena, ha querido lanzar premiando una arquitectura silenciosa centrada en los cuidados frente al espectáculo y en la rehabilitación frente a la destrucción. El momento Bartleby que mencionaba Fernández-Galiano en relación a Fermín Vázquez y la torre Agbar podría también aplicarse al dúo francés cuando se negaron a reformar un parque en Burdeos alegando que salvo un par de pequeños retoques no necesitaba una mayor intervención y recomendaron al ayuntamiento que utilizara el presupuesto asignado en otros proyectos más necesarios. Ese preferiría no hacerlo se convirtió en famoso gesto antiarquitectónico, aunque siempre nos preguntamos si no fue también una ocasión perdida: todo en la vida es manifiestamente mejorable. Sus portentosas rehabilitaciones de ajados bloques de viviendas (en concreto la realizada en Burdeos) ya les hicieron ganar el premio Mies van der Rohe de 2019. Fernández-Galiano daba como es habitual en el clavo cuando en un texto escrito en 2014 (Al servicio de la vidael título ya lo dice todo), indicaba que el estudio galo había recuperado la "fibra ética de la aurora moderna para volver a poner la construcción al servicio de lo cotidiano" (como dice Chinchilla, "la geometría, el espacio o la pureza formal son posibles medios, nunca el fin") y señalaba que en esa cierta voluntad antiarquitectónica, la misma que como veíamos en la anterior entrada manifestaba Nouvel en su famoso aserto "el futuro de la arquitectura no es arquitectónico", el dúo podía también recordar a Alejandro de la Sota ("el no hacer Arquitectura es un camino para hacerla") o Miguel Fisac ("mis mejores obras son las que no he hecho"). Cuánto de pequeña boutade hay en estas afirmaciones sería cuestión de debate. Acaso lo que necesitemos no sea menos arquitectura sino otro tipo de arquitectura. Más silenciosa, más atenta, más cuidadosa. Vuelvo a Chinchilla, que debe estar encantada con la concesión del premio a los franceses: "El objetivo último de nuestro trabajo es la mejora en las diversas condiciones de vida de las y los habitantes del entorno donde trabajamos.(...) Hemos de dejar atrás la vieja idea que nos inculcaron en la escuela de Arquitectura de que sabemos más de la ciudad que sus propios habitantes. Estos saben más del objetivo que perseguimos: qué necesitan para vivir mejor". Despido el párrafo con Aravena en el anuncio del premio:"Este año, más que nunca, hemos sentido que somos parte de la humanidad como un todo. Sea por razones sanitarias, políticas o sociales, hay una necesidad de construir un sentido de colectividad. Como en cualquier sistema interconectado, ser justo con el medio ambiente, con la humanidad, es ser justos con la próxima generación".   

El edificio de la foto que abre la entrada no es de Lacaton y Vassal. Es lo último de Gehry en Arlés, ya sabes, la ciudad donde Van Gogh se seccionó una oreja. Quizá si hubiera visto el ruidoso museo del californiano se habría cortado la otra (más fotos). En las antípodas de los planteamientos de los nuevos Pritzker, Gehry dice haberse inspirado en el famoso cuadro La noche estrellada, y apunta que el edificio circular sobre el que se inserta la agónica torre querría rendir homenaje al teatro romano de la localidad. Me toca la moral que estos arquitectos a los que el contexto se la trae laxa vengan encima con rocambolescas justificaciones para sus monumentos a sí mismos (aquí tienes otro granado ejemplo). Nos da que el autor del Guggenheim bilbaíno, triste preso del éxito de este y otros proyectos similares, se ve obligado a dar espectáculo, cual acróbata agostado en la función de un destartalado circo al que ya apenas asiste público. Como aquel rector de Oxford fan de Zaha Hadid que pidió a la arquitecta un "Zaha-Zaha" para un edificio del campus y, claro, le vino con esto. El nuevo museo del premio Príncipe de Asturias es acaso una ejemplificación de que, como señalaba Baudrillard en Las estrategias fatales, vivimos en un tiempo en el que el principio de dialéctica de contrarios ha desaparecido: lo feo no se contrapone a lo bello, sino que buscamos lo más feo que lo feo: lo monstruoso. Y tampoco interesa distinguir lo verdadero de lo falso: buscaremos lo más falso que lo falso, el artificio; o lo más real que lo real: el simulacro. Y dado que la aceleración es otro signo de nuestro tiempo (como dice en este caso Virilio), pues encima el proceso, agotador y destructivo, se realiza a una velocidad de vértigo. Son tiempos de centrifugados extremos, personalismos atronadores y polarizaciones a gogó. 

Celebramos la concesión del premio Pritzker a Lacaton y Vassal. Y despedimos la entrada con Antón García Abril, fallecido estos días (padre, por cierto, del arquitecto Antón García-Abril, del estudio Ensemble). Preguntado el conocido compositor cuál es su melodía favorita dicen que respondió: el silencio


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