El otro día estuve en la sede del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM) para ver la exposición dedicada a los premiados en la última edición de sus galardones anuales. Me llamó especialmente la atención uno de los cuatro accésits del premio Luis M. Mansilla, la Boat House del estudio gallego Barboza Blanco (Caio Barboza trabajó con Christian Kerez, siendo jefe de proyecto del célebre aparcamiento de Muharraq), la rehabilitación de un edificio del siglo XVII en la región de Fife en Escocia, utilizado para guardar artes de pesca, del que solo quedaban los gruesos muros. La clave de la intervención es una escultórica estructura de madera en forma de árbol que sostiene la nueva cubierta y está ensamblada de manera completamente artesanal, con conexiones birdsmouth y sin ningún elemento metálico. La madera se obtuvo de una arboleda cercana tras una oportuna tala que se realiza cada ciertos años para asegurar la supervivencia del bosque y con el fin de evitar dañar el terreno se transporta sin maquinaria, solo con la ayuda de caballos belgas (¿serán más cuidadosos?). El dueño, que en principio solo iba a utilizar la casa de manera ocasional ya que el acceso al remoto enclave donde se encuentra es complejo y la vivienda es espartana como mínimo, resulta que ahora vive en ella la mayor parte del año. Además tiene St. Andrews cerca, ciudad donde se fundó una de las universidades más antiguas del Reino Unido, donde se inventó el golf y donde se rodó la mítica carrera en la playa de Carros de Fuego a la que Vangelis puso icónico anthem (la de veces que he soñado con replicarla en dicha playa, lo he hecho en la de Torrevieja pero no es lo mismo). Tienes más información y fotos de la Boat House aquí.
Volviendo a la exposición del COAM había un espacio especialmente amplio dedicado al ganador del premio Luis Gutiérrez Soto, una suerte de galardón de honor a toda una carrera. Este año ha recaído en José Ignacio Linazasoro, el autor del edificio que te traigo en las fotos de hoy, seguro que lo has reconocido, las Escuelas Pías en el madrileño barrio de Lavapiés. Terminado en 2004 es probablemente su obra más importante y recibía desde luego especial atención en la exposición. De sobra conocida por expertos y legos, se trata de la rehabilitación de una antigua iglesia destruida en la Guerra Civil para alojar dependencias de la UNED, destacando especialmente la magnífica biblioteca. Lo que he descubierto, con pasmo, es que el edificio que aloja el aulario, por detrás de la iglesia, también forma parte del complejo. Es tan opuesto al resto de la intervención que pensaba que era de otro arquitecto. Difícil dar continuidad a una manzana tan delicada así que el donostiarra opta aquí por tirar por la calle de en medio y levanta un edificio de formas escandinavas, que tanto le gustan, y punto. Fíjate que (ojo, se viene ocurrencia) también le veo un aire al Terragni de la Casa del Fascio de Como. Ningún problema pero, como ya nos pasaba en Valdemaqueda, el engarce entre ambos conjuntos desde la calle Mesón de Paredes se nos hace difícil de digerir, sensible que es uno. Todas las reticencias, eso sí, se diluyen al entrar en el interior de dicho aulario, al que acudo semanalmente y cada vez me encandila más. Especialmente de noche, es como si penetraras en un grabado de Piranesi, tan bella es la ruina conservada (el fatigado ladrillo con cicatrices de nuestra guerra cuidadosamente iluminado, lo tocas y es como palpar la historia) y tan conseguida, aquí sí, su trabazón con el crudo hormigón. Un juego de escénicas escaleras en plan Escher rematan el efecto.
Pero volvamos, de nuevo, al COAM. Como no hay dos sin tres, hice aún otro jugoso descubrimiento allí. Deambulando por el edificio (otro audaz ejemplo de rehabilitación combinado con nueva construcción del estudio Gonzalo Moure) subí por las escaleras para obtener una mejor vista y resulta que me topé con la biblioteca del Colegio. Aunque pensaba que sería solo para colegiados, le eché rostro y entré poniendo mi mejor cara de arquitecto. Al ver que ninguno de los bibliotecarios me decía nada, pasé hasta el fondo como quien no quiere la cosa y me encontré con un una magnífica colección de libros y revistas a la que al parecer tenía libre acceso (como después me aclararían, solo necesitas ser colegiado para sacar libros, pero sin serlo puedes consultar allí lo que quieras, el paraíso). Viene entonces el problema que produce la sobreabundancia: ¿Por dónde empiezo? Tras un bloqueo importante me dirigí a la sección de revistas, a+u en concreto, y me decidí por un número de 2015 dedicado a Christ & Gantenbein. La razón es obvia, la noticia de la semana ha sido que los suizos van a trabajar junto con Harquitectes en la ampliación del MNAC en Barcelona (se ve que su colaboración en la también ampliación del MACBA va viento en popa), así que me apetecía ahondar en la vida y milagros del estudio de Basilea y compararlo con el AV diez años posterior (este lo tengo en casa) dedicado también a ellos. Como primera curiosidad, ambas revistas eligen el mismo edificio para su portada, una construcción menor, el pabellón en el jardín de Basilea, que parece poco más que un cobertizo pero que, como la Boat House, tiene su intríngulis.
La revista japonesa incluye tres textos escritos por Philip Ursprung, Sam Jacob y Mark Lee. El de Ursprung, profesor de la ETH de Zúrich, hace hincapié en el gris, color típico de la obra de Christ & Gantenbein, quienes a menudo recurren al hormigón. Para el profesor y crítico dicho color sería una muestra del carácter de mediación que los suizos buscarían en sus obras, que se alejan del blanco y del negro, colores extremos, para buscar un término medio: "No buscan ni la extravagancia ni la simplicidad. Demuestran con orgullo su elegancia formal y al mismo tiempo su perfección técnica". De nuevo coincidencia con la revista española, en la que Luis Fernández-Galiano hace girar su editorial (titulado Gran Gris) en torno a dicho color, al que da otros significados: lo asocia al "aplomo intelectual, la sabiduría material y la seguridad expresiva" del estudio helvético y de paso le permite propinar algún que otro zasca importante: "Esta exigencia de pureza monocroma para subrayar el protagonismo de las ideas se ha perdido en el mundo contemporáneo, donde la policromía estridente, antes reservada al ámbito de los recintos infantiles, se extiende hasta la sala donde se reúne el Consejo Europeo, donde el patchwork colorista de las alfombras y los techos suministra una ilustración emblemática de nuestras democracias sentimentales, tan amables en su diversidad como frágiles en su impotencia". Ahí es nada.
Sam Jacob también hace referencia en su texto para a+u (Museum as Media and Mediator) del concepto de mediación, tan vilipendiado en estos días nuestros tan machirulos. Me ha llamado mucho la atención que Jacob escribiera sobre los grisáceos suizos teniendo en cuenta que fue uno de los fundadores del estudio británico FAT, ya fenecido, responsables de una obra donde el color hace aparición de manera desorbitada (recordemos su House for Essex, que tanto juego nos dio). De hecho él sigue en su línea colorista como puedes ver en su página web, donde puedes encontrarte con desopilantes sorpresas como un rascacielos-columna "homenaje" a Loos, la silla Barcelona de Mies reconvertida en engendro pop, su casa en Londres, que a su vez podría estar haciendo un guiño a Melinkov, o sus peculiares "productos" no menos iconoclastas, así su versión del legendario BIC azul y blanco de cuatro colores que reinventa en clave dadaísta al poner el mismo color en los cuatro botones deslizantes (lo puedes comprar aquí). Pero aún me ha sorprendido más el hecho de que Jacob estuviera en el equipo de Christ & Gantenbein en la propuesta para el concurso del Museo de Arte de Dallas (fueron de hecho uno de los seis finalistas), concurso que finalmente ganaron Nieto y Sobejano. La arquitectura, como la política, hace extraños compañeros de cama; lo son también, quizá, Harquitectes y los suizos, uno diría que los contundentes y pesados diseños hormigonados de Christ & Gantenbein casan mal con los proyectos leves y cerámicos de los catalanes, pero ya ves, taza y media.
El tercer texto de a+u lo firma como decíamos Mark Lee, del estudio norteamericano Johnston Marklee que por cierto también formó parte del equipo de Dallas y han trabajado con el estudio suizo en otro museo, el Kunstmuseum de Basilea. Ya puestos decir que tendremos pronto obra suya en nuestro país, será una de las Solo Houses, los alojamientos de diseño en Matarraña (el recién premiado Pritzker, Smiljan Radic, hará allí también un espectacular hotel). Lee compone quizá el que sea el texto más interesante del trío, de proustiano título Travel is glamorous only in retrospect. La metáfora es ahora el viaje, esencial en la formación del arquitecto como recordaba Blanca Lleó, profesora de la ETSAM en una reciente charla en la que recordaba el dicho de Oíza según el cual la Escuela de Arquitectura es un autobús llevado por un conductor con una gorra en la que puede leerse "Viaje". Vuelvo, perdona el mareo, somos así, al artículo de Mark Lee, donde pone coto a esa pulsión viajera: "La arquitectura actual, si bien abarca más cultura, sufre del problema del wanderlust. La disciplina se ha alejado tanto de su ocupación principal, la de centrarse en la habitabilidad y la creación del espacio material, que corre el riesgo de ser trivializada. En un momento en que el diseño ya no está reprimido por las limitaciones de los límites disciplinares, en un momento en que hay demasiada información y poca atención, nos hemos dado cuenta de que decir que todo es arquitectura también significa que nada es arquitectura". En ese sentido, Christ & Gantenbein representarían un tipo de arquitecto que no viaja en el carril rápido sino que más bien son "eternos marginados que cocinan a fuego lento". Siguiendo con el tema del viaje, más temporal que espacial en el texto de Lee (tradición frente a modernidad) los suizos buscarían en su obra no un estado estático de equilibrio sino un proceso dinámico de oscilación entre contrarios, volvemos a la mediación. Lee termina con cita de Aldo van Eyck, otro mediador entre historia y modernidad: "He oído decir que un arquitecto «no puede ser prisionero de la tradición en tiempos de cambio». Me parece que no puede ser prisionero de nada. Y en ningún momento puede ser prisionero del cambio". Todo esto está fenomenal, pero cuando veo las fotos del Museo Nacional Suizo de Zúrich, una especie de soberbia nave espacial aterrizada en medio de unos edificios de estilo ecléctico levantados en el siglo XIX por Gustav Gull, la verdad es que oigo chirridos (los mismos que en las Escuelas Pías: qué buen tándem formarían por cierto Linazasoro & Sánchez con Christ & Gantenbein, ambos arrojados estudios que responden a la tradición sin el más mínimo complejo). Nuestras revistas se esfuerzan para dar explicación a la osada ampliación de Zúrich, AV por ejemplo señala que las aristas del nuevo edificio quieren dialogar con su contexto evocando las cubiertas a dos aguas de los edificios de Gull al igual que el color del hormigón tratado trataría de imitar el color de los muros de piedra históricos, mientras que a+u sugiere que el fondo neutro de la ampliación hace resaltar más los edificios decimonónicos, pero sigo sin verlo claro, siempre en mi opinión de aficionado. Moneo, otro mediador de altura que los helvéticos citan a menudo como referente, seguramente sea un calibrador más fino en esa complejísima oscilación entre lo nuevo y lo viejo que decía Lee. O quizá es que Linazasoro & Sánchez y Christ & Gantenbein buscan ir un punto más allá, forzar al límite esa confrontación a ver qué pasa.
La lectura de a+u me deparaba aún otra cálida sorpresa. En este párrafo, aviso, me voy a poner personal con tu permiso. Resulta que uno de los primeros proyectos de los suizos, la ampliación de una villa, se encuentra en el idílico pueblo de Arlesheim, cerca de Basilea, que conozco bien pues en él vivía un hermano de mi madre que emigró a Suiza por lo que de vez en cuando pasábamos allí varios días en verano. Su esposa, alemana y antroposofa convencida, nos llevó a ver el Goetheanum de Rudolf Steiner, que recuerdo vivamente, seguramente fue mi primera epifanía arquitectónica (tendría poco más de diez años) y uno de mis primos, en un viaje posterior, me enseñó la ETH de Zúrich, donde estudiaba. Yo a mi vez, en una visita que nos hizo a Madrid, le llevaría a una clase de alemán en la Facultad de Filología de la Complutense, donde estudiaba yo. Recuerdo que era muy reticente a entrar por si la profesora le veía pero teniendo en cuenta la masificación de la universidad por aquel entonces (mediados de los 80) no se dio el caso, era normal que en las enormes aulas los alumnos anduviéramos sentados por los alféizares de las ventanas, en las tarimas o directamente en el suelo; además se permitía fumar en las clases, por lo que había una densa neblina que impedía a la profesora ver bien las últimas filas. Ni que decir tiene que mi primo flipaba. Suiza nos llamaba la atención por su avanzado desarrollo, en crudo contraste con una España que se esforzaba por ser europea. La calidad de vida estaba a años luz de la nuestra, incluso para los inmigrantes. Mis tíos y sus cuatro hijos vivían (de alquiler) holgadamente en las plantas superiores de un señorial chalet que compartían con una familia italiana. Recuerdo bien que en el jardín de la propiedad había un frondoso árbol en el que mi tío había construido la típica Baumhaus y a la que mis primos y yo nos subíamos siempre que podíamos. La perfección helvética nos daba a menudo verdadera grima y había actitudes que nos parecían de otro planeta. Así, en una ocasión estando parados en un semáforo se nos acercó un señor que pidió a mi padre con gran educación apagar el motor de nuestro ajado (pero voluntarioso) Dos Caballos para nuestro asombro. Más tarde mi tío, al que tanta exactitud le ponía de los nervios, nos explicó que era norma que los cinco primeros coches ante un semáforo en rojo apagaran los motores para no contaminar, norma que por supuesto todo el mundo cumplía a rajatabla. Esto sucedía en los 70.
Dejemos ya el memory lane que dicen los ingleses, aquellos tiempos grises que sin embargo hicieron gala de mediadores (políticos ahora) de añoradas cintura y altura de miras. Terminamos como empezamos, con Linazasoro & Sánchez. Te voy a subir fotos al Lateral de un par de bloques de viviendas de protección oficial que el estudio ha levantado en la avenida de San Diego, en el distrito madrileño de Vallecas, como interesante contrapunto a los famosos edificios cebra, esos aburridos paralelepípedos (clones que diría Nouvel) de fachadas a rayas blancas y negras que son legión en nuestras ciudades y que Lleó, otra experta en vivienda poco convencional, tilda de no-arquitectura (simples "metros cuadrados construidos"). Observa como huyen también del no menos repetitivo bloque-manzana dando lugar a una barriada mucho más porosa y amena y demostrando que con imaginación se pueden crear edificios singulares también para los sufridos bloques de viviendas. De nuevo vemos parecido con Christ & Gantenbein, en concreto con sus viviendas VoltaMitte en Basilea, que como señala AV "plantean una declaración contra la estandarización en la arquitectura residencial". En un texto que firma Reto Geiser se ahonda en la idea: "En definitiva, Christ & Gantenbein no consideran la vivienda como un problema técnico ni como una mera ecuación financiera, sino como una forma de generar diferencia dentro de la repetición, o singularidad en la similitud, abordándola como una oportunidad para conectar lo individual con lo colectivo", mediar, en suma.




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