La entrada de hoy es continuación de esta otra. Voy a pedirte por tanto que la leas y de paso trates de encontrar, como en aquellos pasatiempos de antaño, las siete diferencias entre la foto que encabeza esta entrada y la foto que lo hacía en aquella. Hasta ahora.
Te habrás dado cuenta supongo de que las siete diferencias son las siete plantas que han desaparecido del edificio que BIG estaba, según algunas fuentes, "rehabilitando" en Madrid para construir un hotel. Vamos, que el estudio danés liderado por Bjarke Ingels, a la chita callando, se lo está cepillando. Sorprende teniendo en cuenta el editorial sobre reciclaje arquitectónico que Ingels hizo para Domus del que ya hablábamos en aquella entrada o viendo uno de los últimos proyectos que ha diseñado, el Manresa Wilds, la intervención en una antigua planta energética de Connecticut situada en la isla de Manresa (nombrada así por un centro de retiro jesuita fundado allí a finales del siglo XIX, recordemos que en la ciudad catalana de Manresa Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, desarrolló un método de ejercicios espirituales). En dicho proyecto el danés reconvertirá la antigua factoría en espacios para eventos, actividades educativas y zonas de esparcimiento conservando los diferentes edificios del complejo: la caldera, la sala de turbinas, un edificio de oficinas y hasta una enorme chimenea de más de 100 metros de altura. Si preguntáramos a Ingels sobre el hotel madrileño, a lo mejor diría algo así como que la Socimi que lo financia se empeñó en demoler el edificio (en buenas condiciones pero anodino), como si un estudio prestigioso y global como el suyo no pudiera haberse negado como hicieron Lacaton y Vassal cuando el ayuntamiento de Burdeos les pidió intervenir en un parque y dijeron que no hacía falta y que dedicaran el dinero a proyectos más necesarios. Puede que el hotel madrileño en comparación con otros proyectos más importantes se trate de un proyecto low-key, ya decíamos que cuesta encontrarlo en la web de BIG (pero, como diría Tusquets, Dios lo ve). E igual que se dice aquello de que la virtud es la ausencia de oportunidad lo mismo podría alegarse que la coherencia es la ausencia de ambición. ¿Y si preguntáramos a la Socimi en cuestión? Es probable que afirmara que la rehabilitación les salía más cara que la demolición, argumento habitual en estos casos que, como también veíamos en aquel lúcido documental The Demolition Drama (te lo enlazo de nuevo, esta vez a la versión corta) tenía trampa, porque no se contabilizan en dichos cálculos el coste de los materiales utilizados en la construcción del edificio a demoler ni los salarios de arquitectos y demás operarios involucrados, solo la propia demolición. También podrían alegar que un edificio nuevo de un arquitecto de prestigio siempre tendrá más glamour (recordemos que se trata de un hotel de lujo, ya decía Donald Trump que "los edificios de moda diseñados por arquitectos de moda se alquilan antes") y hasta podrían poner como ejemplo el hotel Puerta de América, "crisol de culturas y símbolo de la libertad creativa" para unos, patochada pachanguera ("babel orgiástica de estrellas de la arquitectura y de la moda") para otros. En fin, ¿pelillos a la mar o red flag para Ingels? Tú mismo.
La semana pasada el New York Times dedicaba artículo a la Torre Montparnasse de París, seguramente el edificio más odiado de la capital francesa. Con 210 metros de altura en un entorno de viviendas bajas, la torre estropea las bellas vistas de la Ciudad de la Luz (se suele decir que la mejor vista de la ciudad es desde su azotea porque no puede verse la propia torre). Solo dos años tras su inauguración en 1973 se aprobó una estricta ley para limitar la altura de los nuevos edificios en París (recordemos que La Défense, donde hoy se concentran todos los rascacielos del skyline parisino, no pertenece administrativamente a la capital), ley por cierto derogada para permitir la construcción de la Tour Triangle de Herzog y de Meuron. El actual alcalde del 15e arrondisement, distrito donde se encuentra la tal joya, declaraba para el NYT: "Si pudiera demoler la Tour Montparnasse y convertirla en un jardín me sentiría muy feliz" para subrayar a continuación que ello sería inviable económicamente (con todo la rehabilitación costará según el periódico 600 millones de euros, cifra que se nos antoja desorbitada). Renzo Piano también hace aparición en el artículo, es el encargado de remodelar el centro comercial que se sitúa a los pies de la torre. Alegando el "espíritu del momento", en el que manda un imperativo de sostenibilidad, el genovés deja intacta gran parte de la estructura, reutiliza el hormigón desechado y abre la monolítica construcción, ejemplo típico del slab urbanism, a su entorno: "En un mundo de recursos limitados, tiene valor construir sobre estructuras existentes, incluso aquellas que no son apreciadas, en lugar de derribarlas para levantar algo nuevo". La torre propiamente dicha será remodelada por un consorcio de arquitectos franceses, Nouvelle AOM, que se han propuesto como Piano esponjar el opaco gratte-ciel haciendo de la torre "un icono de la revolución energética del siglo XXI". Ya puestos, comentar que entre los finalistas del concurso se encontraba el fundador de MAD, Ma Yasong, el Gaudí chino como le llamaba ayer mismo la revista Arquitectura y diseño, quien muy en su estilo se sacó de la manga un espectacular diseño que crea una ilusión óptica al colocar cada panel de vidrio de la fachada de este "monumento tiránico" en un ángulo específico de modo que el edificio se convierte en un gran espejo cóncavo capaz de generar la sorprendente imagen de un París invertido (rénderes aquí). Otro de los finalistas fue Koolhaas, que como no podía ser de otra manera en lugar de quitar hierro como todos sus contendientes propone un envoltorio aún más opaco. Por favor qué hombre. Lo mejor, como siempre, sus comentarios (cuando se le entiende): "Los rascacielos son un caso especial en la historia de la longevidad arquitectónica y en la historia de la conservación. No es porque sean tan difíciles de construir que muchos de ellos sigan vivos, sino porque son muy difíciles de derribar. Existen no porque merezcan la vida eterna, sino porque se niegan a morir". Lo que parece claro es que una rehabilitación no tiene por qué ser anodina sino que puede ofrecer tanto glamour o espectáculo, algo que parece buscarse en nuestro hotel, como un edificio rabiosamente nuevo.
Sorprende que entre los finalistas a la remodelación de la Tour Montparnasse no estuviera Jean Nouvel, experto en desmaterialización y autor del exterior y del interiorismo de una de las plantas del hotel Puerta de América antes mencionado (y de la ampliación del Reina Sofía también en Madrid sin ir más lejos). En Los objetos singulares (2000), una conversación con el filósofo Jean Baudrillard, habla del tema rehabilitación y da una de cal y otra de arena: "La primera cuestión política será: "¿Qué es lo que destruyo? ¿Qué es lo que conservo?". ¡Valga como contraste el recuerdo de dos épocas negras y caricaturescas, la del "destruyo todo" -años sesenta y setenta, renovación topadora- seguida de la del "formol": "guardo todo", hago un pastiche, trato de hacer economía del acto arquitectónico". Pero hasta él, un innovador nato, pide respeto por el pasado: "El devenir de una ciudad se decide en función de lo que precede y no en función de un supuesto e hipotético futuro planificado a largo plazo. (...) El cambio por el cambio brinda excusas para todo: eso forma parte del desvanecimiento de las razones de la arquitectura". Eso sí, se opone frontalmente a una arquitectura de clones en la que se repiten edificios idénticos para abaratar costes, "una forma de sabotaje arquitectónico, de prostitución. (...) La mayor parte del tiempo ya no hay más arquitectos en el sentido en que se lo solía entender, hay ingenieros que manejan con eficacia algunas normas" y pide espacio para los estetas. Recordemos en este punto a Ignacio Pedrosa cuando, como relata Muñoz Molina, decía que deberían existir junto a las empresas constructoras otras destructoras de "horrores innecesarios" (siempre reciclando los materiales derribados) o a Francisco de Gracia, quien señalaba que en esta nuestra "era postarquitectónica" la mayoría entendemos la música como poética del sonido, pero pocos son los que aprecian la arquitectura como poética de la edificación. En esta línea, el libro de Nouvel y Baudrillard acaba con este comentario del arquitecto francés: "Una arquitectura automática creada por arquitectos intercambiables; esta fatalidad no nos acecha, ya es lo esencial de la realidad de hoy. Nos queda la excepción para confirmar la regla". ¿Deberíamos por tanto perdonar la demolición de Ingels porque va a sustituir un edificio clon por un presunto "objeto singular"? ¿O es que estamos volviendo, al calor del dinero fresco, al célebre ponga un foster en su vida de los 90 que decía Juli Capella? De nuevo, tú mismo.
Acabamos con Antonio Fernández Alba en el epílogo de Palabras dibujadas (el lugar entrelíneas) (2023): "Los gritos amargos desde la ciudad nos recuerdan que su arquitectura se construye como variable de la función económica y sus lugares como laberintos de ficción en sus formas simbólicas (...). En los pequeños monacatos universitarios he podido comprobar cómo la componente intelectual en torno al discurso del proyecto es superada por una caligrafía digital de elocuente atractivo arquitectónico (...) en el que la imagen del proyecto no apuesta nada más que por la idolatría del producto; es la pleitesía por parte del diseñador, que ambiciona poder proyectar el "estereotipo mágico del edificio" que, como el resto de los objetos del mercado, puede comprarse y venderse".



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