sábado, 29 de marzo de 2025

Modernos románticos

 




Uno de los postulados más curiosos que nos hemos encontrado en Romantic Modernism. Nostalgia in the World of Conservation (2009) de Wim Denslagen que como te decía habíamos empezado a leer (llevo leídos dos capítulos de siete, somos lentos, especialmente cuando el libro está en formato digital) es que el Funcionalismo tuvo sus raíces en el Romanticismo, momento en el que los arquitectos se revolvieron contra el formalismo académico beauxartiano. Siempre pensando que el Romanticismo, tan amante de la ruina, se apegaba a un pasado idealizado y fíjate lo que nos dice el profesor de la universidad de Utrecht. Tiene su punto, sin duda. El objetivo del movimiento era conseguir la sinceridad en el arte y el respeto por el trabajo auténtico, meta que se aleja de las restauraciones historicistas "fake". Y sin embargo así se ha venido haciendo a menudo, convirtiendo a muchas ciudades en museos al aire libre llenos de "arquitecturas embalsamadas", una "sentimentalización de la ciudad" que busca "satisfacer las expectativas banales de las hordas de turistas". No es la única alusión al sufrido turista, mucha gente al parecer nos desprecia, en Venecia o Ámsterdam "porque son lo bastante estúpidos como para obtener placer de un escenario preservado artificialmente". Empezamos fuerte. La nueva ciudad vieja de Fráncfort que veíamos también sería ejemplo de ello (pues si te gusta eres un gil, que lo sepas). Y podríamos seguir. ¿Es la ampliación del Banco de España en Madrid, un deepfake donde Moneo no se limita a imitar sino que calca con esmero filológico el edificio decimonónico, deshonesta? ¿Nos timó aquí Moneo? 

Pero como en las mejores tramas, en el trabajo de Denslagen habrá giros inesperados, de hecho su posición sobre esta siempre candente cuestión resulta a veces escurridiza, ocultándola en una profusión de referencias a historiadores, arquitectos y críticos neerlandeses y foráneos que con tu permiso no nombraré salvo sonadas excepciones. En la línea de la búsqueda de autenticidad nos ha gustado la tesis que aporta según la cual la belleza de una ciudad es el resultado de una serie de cambios, transformaciones que no deberían ser obstaculizadas por una vuelta atrás nostálgica. Eso incluye a la árida modernidad, por supuesto, que como veíamos en Fráncfort fue brutalmente estirpada del centro histórico. Denslagen cita aquí un complejo urbano que tuvo más suerte: el famoso edificio de The Economist de los Smithson, una agrupación de tres torres brutalistas insertada en una céntrica barriada londinense cuajada de edificios del siglo XVIII, complejo que fuera alabado en su momento por Scully o Frampton. Al contrario que los ya desaparecidos Ayuntamiento Técnico o el Museo de Historia de Fráncfort de los 70, las tres torres de los británicos hoy levitan altivas sobre la apocada barriada georgiana. Pegar no pegan ni con cola, pero son honestas. Denslagen introduce en este punto, por supuesto, las ideas de Banham, de quien nos ha sorprendido el planteamiento siguiente: los "conservacionistas" no estarían tan interesados en preservar edificios como en mantener la distinción de clase. El libro nos brinda además virulentas citas del agent provocateur británico: "La carga de edificios obsoletos que Europa carga sobre sus hombros supone un lastre mayor para la cultura viva de nuestro continente que los nacionalismos obsoletos o los códigos morales obsoletos". Pero hay más. En esta línea Alexander Tzonis y Liane Lefaivre, que no conocía de nada pero nombro porque hay que ver lo que sueltan, sostienen que las imitaciones nostálgicas acaban formando "un escenario adecuado para alucinaciones xenófobas, neo-tribales y racistas". Virgen Santa (¿será por esto por lo que Abascal eligió como emblema del encuentro en Madrid de los Patriots el mayor pastiche sentimental de la capital, la catedral de la Almudena?). Tzonis y Lefaivre proponen en su lugar un "regionalismo crítico" (¿el mismo que defiende Frampton?) que haga frente a toda esta "pornografía arquitectónica".

En este punto empezamos a estar ya un punto acongojados así que cambio párrafo para tomar aire. En toda esta ruidosa argumentación hay un punto en los planteamientos de Tzonis y Lefaivre con el que podría ser más fácil estar de acuerdo, la idea de que la arquitectura contemporánea debería enfrentar al viandante/turista estúpido con un cierto descoloque que "le eleve a un estado metacognitivo" (quizá si utilizaran menos palabros sus ideas calarían mejor), como se supone que debe hacer el arte moderno, vamos que le lleve a alguna clase de reflexión sobre la, digámoslo así, condición moderna. Lo que sí  parece obvio es que la arquitectura contemporánea tiene todo el derecho del mundo a expresarse sin complejos, manifestando en sus estructuras y pieles el consabido Zeitgeist (si es que ese término aún tiene sentido con la brutal aceleración histórica que ciertos líderes imprimen en nuestra fatigada realidad). Y, como señala acertadamente Denslagen, es posible que lo que hoy no comprendemos y por tanto despreciamos sea entendido y valorado por futuras generaciones como ya ha sucedido (véase la Torre Eiffel). Mario Botta, del que hablábamos no hace mucho, es traido a cuento con otra pertinente cita: "lo viejo necesita de lo nuevo para ser reconocible y lo nuevo necesita de lo viejo para establecer un diálogo". En este punto hace aparición en el libro, como no podía ser de otra manera, el verdadero Demolition Man, Rem Koolhaas, quien por supuesto se opone a las ciudades preservadas en formol que "están siendo trituradas hasta convertirse en polvo sin sentido" y acaban siendo "caricaturas de sí mismas" (Densalgen da como ejemplo de ello Brujas y la compara con Río de Janeiro, donde lo nuevo y lo viejo colisionan sin complejos gracias en parte a la influencia de Lucio Costa). Koolhaas defiende que un edificio debería poder proclamar también "mensajes subversivos" (Denslagen ofrece como ejemplo su Kunsthal de Róterdam, "que no hace el más mínimo esfuerzo por ser bello"), el problema sería quién descodifica dichos mensajes porque, como en el arte moderno, hay obras que no hay quien comprenda. Y, por supuesto, si no eres capaz de ver el mensaje eres, de nuevo, un gil, así que si vas de intelectual o cultureta te toca disimular (a mí a veces me da que Rem se aprovecha de ello para cachondearse un poco del personal).  

Pero no nos vengamos arriba aún con la modernidad. Denslagen, como decíamos, no se casa con nadie, y en un epígrafe específico ("Buenos y malos modales en arquitectura") al final del primer capítulo se despacha a gusto y ya sin tapujos con un edificio que debe conocer bien porque trabajó en la ciudad donde se encuentra, Utrecht. Se trata de la rehabilitación del ayuntamiento a cargo de Miralles y Tagliabue: "El gran peligro es que la gente tienda a admirar la fealdad como una forma de arte. Así, por ejemplo, la ampliación del ayuntamiento de Utrecht basada en un diseño del arquitecto español Enric Miralles. Su exterior es desordenado a propósito, con fragmentos de arquitectura pegados en la fachada como para llamar la atención sobre el desorden que ha causado" y coloca una gran foto de la fachada más polémica, que verdaderamente impacta, olvidando que el edificio era ya caótico de por sí, un palimpsesto de diferentes estilos y épocas sin orden ni concierto con intervenciones en el siglo XX que habían contribuído aún más al sindiós. Podría haber matizado que Miralles y Tagliabue también restauraron con esmero las partes renacentistas y neoclásicas y, lejos de causar desorden, racionalizaron los espacios dentro y fuera del edificio, algo también a considerar aparte de las cuestiones meramente formales. Se crea orden y se finge desorden, en una estrategia típica de Miralles. Habría sido mucho más sencillo demoler y empezar de cero, así que aunque pueda no parecerlo, el estudio catalán respeta el valor histórico del inmueble sin renunciar a poner una nueva capa, discutible sin duda, de contemporaneidad. 

El segundo capítulo, de nombre La enfermedad rectangular, va a incidir en el Movimiento Moderno con sus luces y sombras, aunque Denslagen se centra más en las últimas. Como es un tema de sobra conocido intentaremos resumir lo más posible insertando acaso las citas más sangrantes, por añadir melodrama. Empieza de nuevo el profesor neerlandés repartiendo estopa fina. Nombra a un tal Alain Paucard que en un texto de nombre Les Criminels du Béton (1991) compara a Le Corbusier con Robespierre. Y remata el francés, desatado: "Así como Lenin inventó los gulags, la vivienda social moderna en bloques de pisos fue una invención de Le Corbusier y la Bauhaus". Otro que se trae a la palestra es un historiador alemán de arquitectura llamado Wolfgang Pehnt, quien incide en el fracaso de la arquitectura doméstica funcional y señala como ejemplo el barrio moderno de Pessac diseñado por Le Corbusier cerca de Burdeos , donde nadie al parecer quería vivir. Un inquilino comentaba en 1966 con disgusto que las casas con sus techos planos y formas cúbicas les parecían marroquíes (mismo argumento que dieron los nazis para rechazar la Weissenhofsiedlung de Stuttgart, ahí lo dejo), seguramente los sufridos usuarios hubieran preferido un estilo neoclásico aspiracional aunque otros aspectos más necesarios estuvieran peor resueltos, así es la vida. Más artillería pesada: Wolfe y Jencks eran de esperar, pero además se unen a las huestes antimodernas Foucault, Derrida y Lyotard, horrorizados ante los arquitectos que aceptan de manera ciega la supremacía de la tecnología ("Los ideólogos son totalitarios por naturaleza y, tarde o temprano, esto se expresa en una intolerancia impuesta por la ley. Por eso, estos sistemas deberían ser desmantelados en todas partes, o «deconstruidos», para usar el término posmoderno"). Los propios nazis como sabemos también habían rechazado la arquitectura moderna por sus connotaciones antipatrióticas (undeutsch) y comunistas, aprobando una "ley de fealdad" para cargarse los proyectos modernos como cuenta en este caso Schulze en su biografía de Mies, quien tuvo que salir por piernas de Alemania por este motivo. Lewis Mumford, y su ensayo The Case against Modern Arcitecture de 1967 inciden aún en otro aspecto contradictorio de la Modernidad: su supuesto desprecio por la forma en pos de la función no sería tal, en realidad el movimiento está imbuído de una "estética superficial" que se centraba más en parecer la famosa máquina de habitar que en serlo de verdad, llegando la contradicción a sus cotas más apotéosicas con Mies quien se dedicaría según el crítico neoyorquino a "crear monumentos elegantes a la nada". Los funcionalistas acaban así cayendo en el mayor pecado que ellos mismos habían establecido: la preocupación por la forma. Venturi con su less is a bore verterá aún más sal a la herida como todos sabemos. Menos mal que Denslagen introduce al menos a un defensor de los ideales modernos de gran calado intelectual, Jürgen Habermas, filósofo de la Escuela de Fráncfort: "Una belleza que no se extiende más allá de la fachada no merece ser llamada arquitectura. Los bloques con pequeñas habitaciones mal iluminadas, carentes de servicios decentes y ocultos tras imponentes fachadas neorrenacentistas, eran el colmo de la hipocresía". La idea es reforzada por nuestro autor, quien tras darse probablemente cuenta de que se ha cebado con los modernos, describe con todo lujo de detalles las tremendas condiciones de vida en las barriadas chabolistas de Róterdam a principios del siglo pasado, y cómo por aquel entonces se despreciaba a la sociedad del siglo XIX, a cuya hipocresía y falsos valores se culpó de la Primera Guerra Mundial, contienda de una brutalidad nunca vista hasta entonces. El Movimiento Moderno, con su sincero compromiso social en sus inicios, tuvo un duradero prestigio que se extendería décadas, la palabra clave ya no era arquitectura, sino construcción. Fuera florituras artísticas y dediquémonos a hacer buenas viviendas que es lo que importa, más ética y menos estética, como sostenía Giedion: "La arquitectura moderna ya no debía subordinarse a los caprichos de clientes con inclinaciones artísticas, sino que debía servir a la comunidad en su conjunto. La arquitectura ya no era una cuestión de arte, sino de moralidad". Tras la Segunda Guerra Mundial, además, especialmente en Alemania como vimos, todo lo que los nazis habían prescrito fue ensalzado, lo que supuso un potente espaldarazo al movimiento que llegaría, tambaleante eso sí, hasta los 70. Es en esos años de la posguerra, según Denslagen, donde se producirían los mayores desmanes de los modernos, lo que provocaría su caída en desgracia definitiva. 


Las fotos de hoy por cierto son de un edificio que siempre llamó mi atención en el Paseo del Prado madrileño, casi ya en Cibeles. Es la ampliación del Cuartel General de la Armada a cargo de Rafael de La-Hoz padre, un moderno militante, que aloja entre otras dependencias el Museo Naval. No pueden ser más contrarias ambas construcciones, en las antípodas de la imitación caligráfica de Moneo en el Banco de España. El antiguo edificio ministerial a cargo de los arquitectos José Espelius y Francisco Javier de Luque data de 1928 y es de un recargado estilo regionalista ecléctico (no-crítico) con elementos neogóticos y clásicos, otro edificio nostálgico y fake por tanto. ¿Te gusta? Cuidado con tu respuesta, si es el caso se te puede calificar desde turista estúpido hasta racista pasando por neo-tribal. El anexo de los años 70 es su opuesto absoluto, acaso su némesis, un volumen hosco, opaco, anguloso, de una abstracción tan exultante como lo es la decoración de su vecino. ¿Te gusta? Ojo, porque si es el caso puedes ser tachado de cultureta, intelectualoide y antipatriota. Pero lo que más me llama la atención es cómo De La-Hoz intenta replicar la volumetría del antiguo edificio, como rindiéndole un cierto homenaje para luego pasar olímpicamente de él acaso consciente de que el valor arquitectónico su vecino no es para echar cohetes. Poca información existe sobre esta extensión en internet más allá de lacónicas descripciones, lo cual nos parece sospechoso (compárese por ejemplo con la abundante información sobre el colegio mayor Aquinas que De La-Hoz levantó junto a García de Paredes; hace unos días me lo encontré de sopetón y me pareció de una modernidad magnífica, aaltiana, como un cruce entre Paimio y la residencia del MIT). Solo he encontrado un artículo de Antón Capitel (de nuevo) para la revista Arquitectura del COAM fechado en 1980, me pregunto qué validez tiene una crítica de hace 45 años, en la que hace una valoración no muy halagüeña de ambos edificios, el de Espelius y Luque le parece "mediocre" y de la extensión dice: "La ampliación de Marina es discreta visualmente, aunque no conseguida, y de nuevo el empeño en cosas como el muro cortina y la ambigua e imprecisa relación con lo anterior la convierte en algo poco convincente. (...) en la ampliación de Marina podrían haberse puesto medios más acordes con el lugar y con el problema". Quizá lo mejor que podríamos decir del edificio sería su honestidad y su reivindicación de la modernidad: De La-Hoz quiere dar una respuesta propia de su tiempo, que puede recordar, con desbordante imaginación, al Johnson de Pittsburgh o incluso al Museo diocesano en Paderborn de Böhm, aunque probablemente no atine en el complejo intento, mientras que Espelius (autor de la plaza de toros de Las Ventas) y Luque, con un edificio que cumple bien su función representativa, eligen el camino fácil tirando de registros caducos pero efectivos en una época en la que la arquitectura ya iba por muy otros derroteros. 

Hace unos días me encontré en El País con un brillante artículo de Lola López Mondéjar titulado Cultivar la fricción en el que nos ilumina con esta metáfora: "Una rueda, observa, gira debido a su roce con la superficie de la carretera; si girara en el aire no iría a ninguna parte. La fricción es indispensable para su movimiento" y prosigue: "exportando el concepto a las relaciones entre sujetos, toda interrelación humana, individual o grupal, incluye una fricción de la que surge una zona fronteriza, una zona de compromiso incómodo (...) donde aparecen lo salvaje, el inconsciente, los fantasmas de cada uno de los implicados, la explosión de un conflicto que puede acabar con esa relación o producir algo nuevo. En definitiva, el inevitable choque con los otros no tiene por qué ser destructivo, sino creativo y fecundo.(...) Se hace urgente cultivar la fricción creativa, crear espacios de debate, huir del solipismo reconfortante y reduccionista de la polarización". Ideas que podemos extrapolar a la arquitectura como veíamos en la cita de Botta que te ponía más arriba ("lo viejo necesita de lo nuevo para ser reconocible y lo nuevo necesita de lo viejo para establecer un diálogo"). Los dos edificios madrileños que hoy te traigo, por separado quizá serían banales e ignorados pero juntos provocan una poderosa fricción que cuando menos te hace reflexionar sobre arquitectura, nostalgia, modernidad, honestidad y no sé cuántas cosas más, y además todos sabemos que el roce hace el cariño (si me permites un toque de f(r)icción romántica, ¿Se querrán al cabo el soberbio edificio militar y su modesto opuesto? ¿Llegará a haber amor entre ellos? ¿En las tórridas noches de verano madrileñas, bajo la reprobatoria pero acaso también lasciva mirada del Banco de España, se entregarán a una pasión desenfrenada?).

Llegados a este punto es obvio que debemos cambiar de párrafo e ir terminando, será el último, tranquilo. Fricción va a haber, a go-go, en el proyecto de resignificación de Cuelgamuros (antes conocido como Valle de los Caídos), que el gobierno acaba de lanzar para remodelar el polémico complejo incluyendo un museo de la memoria y un centro de interpretación. Con un presupuesto de 30,5 millones y tras un concurso internacional el proyecto saldrá elegido por un "jurado independiente" en el que esperamos ver a Luis Fernández-Galiano, exquisito domador de fricciones. Se espera recibir ideas "de gran impacto" (no puedo esperar a verlas) de equipos que tendrán que ser multidisciplinares, con historiadores, paisajistas y artistas dado lo delicado de la intervención. Se han planteado diferentes referentes como el Monumento al Holocausto de Eisenman en Berlín; el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación en Bogotá de Juan Pablo Ortiz; el Monumento por la Paz y la Justicia en Alabama de Mass Design Group; el Memorial a las víctimas de la violencia en Chapultepec de Julio Gaeta y Luby Springall o el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago de Chile de Mario Figueroa, Lucas Fehr y Carlos Dias. ¿Qué tal también el Lugar de la Memoria en Lima de Barclay&Crousse? Dicen los agoreros que todo puede quedar en nada si se produce un cambio de gobierno, pero el proceso seguro que al menos promoverá interesantes fricciones a distintos niveles en las que veremos cómo se las ingenian los distintos equipos para aunar contemporaneidad con una peexistencia tan rotundamente tradicional. Les deseamos mucha suerte. 








viernes, 21 de marzo de 2025

Tormenta e ímpetu (y 5)

 


Vamos hoy por tanto con la iglesia de San Pablo (Paulskirche) de Fráncfort, si recuerdas, comentábamos que en ella John F. Kennedy dio un recordado discurso en el que la llamó "cuna de la democracia alemana". De nuevo nuestra iglesia esconde recorrido tortuoso que te presentaremos resumido. Habría que empezar diciendo que el actual templo de planta oval, que se asienta no lejos del Römerberg, el corazón del casco antiguo de la ciudad, fue el resultado de un intenso proceso de diseño y construcción que se alargó casi 50 años debido en parte a las invasiones napoleónicas, que también hicieron sus estragos por aquí. Se presentaron cincuenta proyectos a cargo de diez arquitectos distintos, siendo la versión final, culminada en 1833, un collage a partir de tres propuestas diferentes. Fue una iglesia diseñada específicamente para el culto protestante, que hace especial hincapié en el púlpito donde el pastor desgrana su sermón, frente a las iglesias católicas, que ponen su centro en el altar. El recinto podía alojar a 500 feligreses pero el número de asistentes podía incrementarse en 1.200 más gracias a una galería soportada por veinte columnas jónicas. Como también comentamos, en 1848 se reuniría aquí una especie de preparlamento alemán (siendo las salas del ayuntamiento francfortés demasiado angostas para los 384 representantes), que pondría las bases de la futura unificación del país y de su constitución. En aquellos días de intensos debates no es difícil imaginarse la democrática algarabía que se debía montar, las crónicas hablan de 550 representantes y asistentes sentados abajo y hasta 2.000 apasionados espectadores en las prietas filas de la galería superior. No mucho después, en 1850, la iglesia cedió de nuevo sus espacios para la celebración del Congreso Internacional por la Paz, donde 550 participantes de Europa y Norteamérica pidieron la abolición de las guerras y la desaparición de los ejércitos. Las actividades eclesiásticas se iban combinando así con otras puntuales de carácter institucional. La memoria de los históricos días de 1848 se fue poco a poco desvaneciendo hasta que llegó la República de Weimar, momento en el que el movimiento asambleario de la Paulskirche cobró especial relevancia; en 1923 el presidente Friedrich Ebert asistió en persona a la iglesia, donde dio su discurso principal. Una estatua para recordar al comprometido demócrata de origen proletario fue erigida en el exterior del edificio, estatua que sería en 1933 desmantelada por las autoridades nazis para ser de nuevo recuperada (una copia) en 1950. 

El 12 de marzo de 1944 se celebró el último servicio religioso en la iglesia. Pocos días después cinco bombas en el mismo bombardeo que acabó con la Goethehaus y el casco antiguo desplomaron el tejado y solo quedaron en pie las curvas paredes. Dado que, tras la Segunda Guerra Mundial, Fráncfort sonaba como posible capital del estado, las autoridades se aprestaron a rehabilitar la histórica iglesia como posible sede de un futuro parlamento nacional. Se organizó un concurso de ideas presidido por nuestro ubicuo alcalde Walter Kolb y ganado por Gottlob Schaupp, quien entre otras propuestas sugería la eliminación de la galería ceremonial del antiguo edificio en línea con una rehabilitación contemporánea y no filológica. Sin embargo, como es habitual en la ciudad, surgió pronto un encendido debate en el que, como en la casa Goethe, Hermann Mäckler metió baza con saña descalificando todos los proyectos presentados; alegó sin pelos en la lengua que le parecían de estética nazi: "[los arquitectos del concurso] parecen todos hombres de la SA" llegó a decir. Tan incendiaria resultó la polémica que en 1946 Eugen Blanck (lo mencionamos en la anterior entrada en relación también a la rehabilitación de la Goethehaus) decidió crear un comité específico dirigido por Rudolf Schwarz, bien conocido en su país como diseñador de iglesias, que retomaría la propuesta de Schaupp trabajando mano a mano con él. El tercer componente sería Johannes Krahn, arquitecto que había trabajado previamente con Schwarz. Todos de hecho se conocían de los tiempos de Ernst May y el Neues Frankfurt, en el que habían colaborado de diferentes maneras. Su planteamiento estuvo desde el inicio basado en la austeridad y la contrición tras los desastres de la guerra aunque ominosos fantasmas rondaban al comité: el pasado de Schaupp, quien abandonaría los postulados modernos para entregarse con fruición a la estética arquitectónica nacionalista durante la época de Hitler, el llamado estilo Heimatschutz, salió a la luz poco después de la formación del comité (Schwarz también fue acusado de colaboracionismo a un nivel más discreto). Sea como fuere el trío buscó una suerte de arquitectura redentora basada en la eliminación de detalles superfluos como puede verse hoy en su interior, que sobrecoge con un enorme vacío abstracto cuyo único exceso es la potente luz que entra por las numerosas ventanas y el óculo en el tejado de nueva creación (el efecto nos recuerda a Iesu). No sin cierta ingenuidad, el equipo quería crear un recinto "de rigor tan austero que ninguna palabra falsa se pudiera decir en él". Además, para que la entrada a dicho espacio fuera aún más impactante, Schwarz diseñó el Wandelhalle, un casi lóbrego vestíbulo justo debajo del recinto principal de obligado paso para acceder a la antigua iglesia mediante unas sencillas escaleras cuyas barandillas fueron elaboradas con el mismo metal utilizado para los temibles Stuka. El contraste entre el agobiante espacio inferior y la luminosa sala superior resulta impactante y es sin duda un efecto buscado, en palabras de Schwarz, "una imagen del abrumado camino que nuestro pueblo debe tomar en esta hora tan amarga". Dieter Barteztko, crítico de arquitectura del Frankfurter Allgemeine Zeitung lo expresa así en su libro sobre la reconstrucción que publicaría en 1998: "Una furia contenida de remordimiento, una especie de fiebre fría de autoacusación, tomó forma en la nueva-vieja arquitectura de la Paulskirche. En este caso se encontraron la profunda fe de Rudolf Schwarz y el sentimiento de culpa todavía fresco y relativamente no reprimido de los alemanes". No todo fueron beneplácitos, por supuesto. Albert Rapp, director a la sazón del Museo de Historia, soltó lo siguiente en Der Spiegel: "Abajo, un circuito para bicicletas y arriba un gasómetro. Difícil estropear las cosas más". En una carta a Mies, quien le tenía en gran estima profesional, Schwarz se desahoga acaso agobiado por la presión de encargo tan complejo: "En Frankfurt, estamos reconstruyendo la Iglesia de San Pablo. Ya hemos superado la disputa, pues los habitantes de Frankfurt creían que todo debía quedar tan ordenado como antes, con todo tipo de galerías, entrepisos y demás, mientras que nosotros nos habíamos enamorado de la estructura incendiada, que había adquirido una grandeza romana contraria a las intenciones de su constructor". Finalmente, el 18 de mayo de 1948, justo a tiempo para el centenario del preparlamento, los arquitectos entregaron la iglesia. Schwarz hizo un sentido discurso en el que incidió de nuevo en el fuego catártico como generador del proyecto: "Cuando el interior finalmente se dividió a una altura modesta mediante un techo insertado, el visitante ya no podía percibir su altura ni su anchura. El fuego consumió todos estos elementos y resplandeció, purificando el edificio". Su cometido fue insuflar esa estructura hueca de nueva vida: "La gran forma, todavía enredada en lo abstracto y lo matemático, tenía que reconciliarse con la escala vital del cuerpo humano y de una gran sustancia viviente e inspirarse en su alma". Schwarz concluye su discurso -casi alegato- de poética guisa: "El edificio que se alza sobre este paisaje ha crecido hasta alcanzar la abstracta medida del cosmos. Nada de los sutiles adornos del período clasicista de su construcción será renovado". La categórica afirmación del arquitecto de Colonia resuena hoy especialmente cuando diferentes voces lideradas por la AfD llevan un tiempo haciendo campaña para devolver al interior del edificio su apariencia original. En este contexto el Museo Alemán de Arquitectura (DAM) organizó en 2019 una exposición dedicada a la Paulskirche con el significativo título de "Un monumento bajo presión". Tienes nutrida información y numerosas fotografías sobre el proceso de rehabilitación aquí

Por supuesto desconocíamos la figura de Rudolf Schwarz, arquitecto experto en iglesias bajo la guía espiritual de Romano Guardini, y nos pareció interesante "investigar" la recepción de su arquitectura en nuestro país. Trasteando por internet hemos encontrado varios textos, te destaco tres muy brevemente que nos han parecido especialmente interesantes. En una entrada de HIC, los arquitectos Anna y Eugeni Bach nos cuentan una visita a la que consideran mejor iglesia de Schwarz, la de Santa Ana en Düren, de nuevo un templo construido sobre los restos de otro destruido en la Segunda Guerra Mundial. Me ha llamado la atención que descubrieran al arquitecto gracias a Moneo. Observan influencias de dicha iglesia en la torre de la estación de Atocha o en la catedral de Los Ángeles. No te pierdas las fotos, aquí. Antón Capitel por su parte le dedica un muy interesante artículo en Arquitectura Viva (1998) donde aporta jugosas claves. Descubrimos que fue colaborador de Gottfried Böhm, otro arquitecto de iglesias alemán bastante más conocido, y que Mies prologó su libro Vom Bau der Kirche (De la construcción de iglesias). Y por cierto, volvemos a la abstracción: "En el haber de Schwarz está también la asimilación que hizo de las formas abstractas de la modernidad para representar lo sagrado, pues abstracción no suponía para él negación, sino condensación: las formas puras eran capaces de expresar la pureza primitiva de lo creado". Destaca también Capitel las variadas plantas de sus iglesias, a menudo muy innovadoras (en su libro Schwarz describe siete modelos distintos de planta), que lejos de seguir un patrón común se adaptan a las circunstancias específicas de cada templo, resaltando como la más "curiosa" la de San Miguel, también en Fráncfort, de planta elíptica (¿inspirada acaso en San Pablo?), aunque para él su mejor obra es la iglesia del día del Corpus en Aquisgrán, apodada "la fábrica", que es por cierto la que elige el AV 95 dedicado a recintos religiosos como más representativa de Schwarz junto a otros 25 ejemplos de variados estudios, de nuevo se nos explica aquí la obsesión del arquitecto de Colonia por la abstracción, la cita que te copio es copiosa pero deslumbrante y podría aplicarse tal cual a Iesu: "La renuncia casi total a la figuración en esta iglesia es un despojamiento voluntario. Para Romano Guardini, el teólogo de la renovación litúrgica de la época, no se trata tanto de un vacío cuanto de un tremendo silencio, y es cierto: han sido acalladas todas las imágenes en favor de una percepción única e intensa. La experiencia aquí parece volver a los orígenes y, como en los primeros siglos, ha desaparecido el interés en representar a la divinidad, sustituida por la experiencia de la eternidad, algo sin forma que no cabe en imagen ni estilo alguno. El silencio de la nave blanca y negra no es fácil de soportar si no se vive como un poderoso signo, o si se aprecia sólo la ausencia radical de imaginería como una incómoda carencia de símbolos. Por eso, durante el régimen nacionalsocialista se aplicó al fondo vacío del altar una gran figura de Cristo, el superhombre, para recuperar el consuelo de un líder inmortal al frente de la iglesia". Por su parte Hidden Architecture destaca la iglesia de Santa Teresa, en Austria, de planta elíptica como la de Fráncfort. Finalmente, Jorge Sáinz, también en Arquitectura Viva, dedica en 2000 un artículo a Schwarz, en realidad una reseña de un libro sobre el alemánSegún Sáinz, sus iglesias serían precursoras del brutalismo y de no pocos arquitectos suizos actuales. Ni él ni Capitel mencionan en sus artículos la rehabilitacion de la Paulskirche así que debemos considerarla una obra menor, más valiosa por su trascendencia política e histórica que por su relevancia arquitectónica.

Tendríamos que ir cerrando ya porque esto está deviniendo en tostón. Te daré unas últimas recomendaciones, más turísticas que arquitectónicas, y ya. Si vas a Fráncfort deberías también pasar a la otra orilla del Meno (mejor por el recio Eiserner Steg, puente de hierro) porque en la orilla sur, a lo largo de la calle Schaumainkai, se alinean un buen número de interesantes museos, destacando el Städel, el más importante de la ciudad, que ha sido ampliado recientemente por Schneider+Schumacher (también trabajaron en el Museo del Romanticismo junto a Mäckler) con una enorme sala subterránea iluminada por ojos de buey que crea en la superficie del jardín exterior un promontorio abovedado y que puede recordar a la Californian Academy of Sciences de Piano (te haces más idea si lo ves). Hablando de iglesias, tienen una harto curiosa que recordaba haber visto por ahí, es difícil de olvidar. Siguiendo el recorrido por la orilla sur del Meno tenemos también el Museum Angewandte Kunst (Museo de Artes Aplicadas) de Richard Meier y por supuesto el DAM, el Museo Alemán de Arquitectura, que para mi desconsuelo estaba cerrado por reforma. También me quedé con las ganas de ver la fábrica de Behrens en las afueras de la ciudad. Muy cerca de Fráncfort tienes dos ciudades que puedes visitar de una tacada en tren sin problema, Wiesbaden, elegante ciudad balneario y capital de Hesse, el land donde se encuentra Fráncfort y justo al lado tras cruzar el Rin pero ya en otro estado federal (Renania-Palatinado), la patria chica de Gutenberg, Maguncia, con una impresionante catedral y, hablando de nuevo de recintos religiosos, la inaudita sinagoga de Manuel Herz, filológica ciertamente no por una rehabilitación literal en este caso, sino porque sus picudas formas se inspiran en letras hebreas componiendo la palabra Bendición; en su interior, al que no pude acceder, más caracteres hebreos inundando las paredes. Tienes más información y fotos de Iwan Baan aquí, te pongo las mías en el Lateral, bastante menos alegres (no estaba el horno para bollos) y de paso recuperamos este espacio que teníamos abandonado. 

Dejamos ya Fráncfort, tan proustiana en su búsqueda compulsiva del tiempo perdido, ciudad palimpsesto que gusta de reescribirse tortuosamente una y otra vez y en la que tantas fórmulas de rehabilitación se han puesto en práctica. ¿Cuál será mejor? ¿La réplica filológica, la creativa, la romántica, la posmoderna, la imitativa o la respuesta moderna, demolición y aquí paz y después hormigón? Perdidos estamos. Hemos encontrado un libro en internet de nombre Romantic Modernism. Nostalgia in the World of Conservation de Wim Deslagen, profesor de la universidad de Utrecht con huella digital exigua, pero no me negarás que con ese nombre el libro promete al igual que su extenso índice onomástico, que permite además una lectura en plan cata, por cierto Schwarz y la Paulskirche aparecen fugazmente, última cita, ánimo: "El jurado opinó que la reconstrucción debía llevarse a cabo «con el espíritu de nuestra época», porque «no tenemos motivos para dudar de nuestra propia capacidad y, por lo tanto, copiar algo de un pasado lejano o resucitarlo con un falso patetismo»", ya te contaré si sacamos algo en limpio. Nos despedimos ya de Alemania, a la que necesitamos sin complejos ni nostalgias en este tormentoso Zeitenwende. Alemania ha vuelto, ha dicho Friedrich Merz. Willkommen. 











viernes, 14 de marzo de 2025

Tormenta e ímpetu (4)

                                

Pues seguimos con Fráncfort. Comentábamos en la primera entrega de la serie que había tres proyectos arquitectónicos de especial trascendencia en la ciudad desde un punto histórico, social o cultural. Vamos hoy a darles una vuelta si te parece. Las fotos son del Museo del Romanticismo alemán, te cuento al final. 

Empezamos con el Neues Frankfurt de Ernst May, el proyecto de renovación urbanística que incorporaba mejoras en casas sociales siguiendo los principios del Movimiento Moderno. Ya hablamos en la pasada entrada de su importancia, valorada incluso por Wilson, que mira que es crítico con la modernidad, especialmente con Le Corbusier por su dogmatismo mesiánico expresado en la famosa fórmula architecture ou révolution y que puede verse en el "plan de batalla" del congreso de La Sarraz. Y sin embargo a lo mejor hace falta algo de esa actitud para hacer que las cosas se muevan en la dirección correcta. Hoy, cuando cierta arquitectura (pero la más visible), parece un concierto disonante de monologuistas excelsos y el individualismo campa por sus fueros alineado con una sociedad y una política que tienen como mantra la libertad total (que encubre un egoísmo galopante), uno se pregunta si para el tema de la vivienda, tan crucial en estos momentos, no habría que retomar con mano firme algunos de aquellos ajados principios. Y sin embargo sería injusto no apreciar la labor que un buen puñado de estudios están realizando con un trabajo sereno, callado y desde luego más democrático que el de los modernos. Muchos de ellos son de estudios ubicados en Cataluña. A pesar del "modelo" Barcelona de gentrificación salvaje (o precisamente por ello) llama la atención la cantidad de arquitectos catalanes que están planteando una vivienda social de gran calidad e innovación (será también por la sumisión a la realidad que Moneo ya en 1969 daba como rasgo diferenciador de la "Escuela de Barcelona"). Te pongo dos ejemplos y ya. No hace mucho hablábamos de Peris+Toral, el estudio que el RIBA premió por sus planteamientos en un bloque de viviendas en Cornellà (observa cómo se vive en él) donde, reflejando las nuevas tipologías de familia, se elimina el pasillo, se da a todas las habitaciones las mismas dimensiones e importancia (se acabó lo de la master bedroom) y la cocina se convierte en el centro de la vivienda; la cocina de Fráncfort "moderna" que mencionábamos supuso un avance innegable en cuanto a higiene y organización pero al estar escindida del resto del apartamento segregaba la labor que en ella se realizaba y condenaba a la mujer, que en aquellos tiempos era la encargada por defecto de estas tareas, a una cierta reclusión e invisibilidad (difícil valorar un trabajo que no se ve). Por otro lado, el recién creado Premio Europeo de la Vivienda Colectiva, que recabó más de 170 propuestas llegadas de 19 países europeos dio como vencedor al estudio catalán Lacol por La Borda, un proyecto de vivienda cooperativa en Barcelona que va más allá del diseño de un espacio íntimo digno, como señala el jurado presidido por la Pritzker Anne Lacaton (el de la arquitecta francesa fue uno de los primeros estudios junto con el de Alejandro Aravena en centrar su esfuerzo en mejorar la vivienda social): "La ambición va más allá de la escala del edificio ya que es parte de un proceso de regeneración de abajo hacia arriba de todo el vecindario. El concepto de vivienda aporta un nuevo planeamiento de vida y convivencia. Se trata de una conjugación exitosa de individuos, vida común y compromiso público". Los espacios públicos en el edificio son tan importantes como los privados y se busca crear un vecindario que comparta tareas y responsabilidades mitigando de paso nuestra pandemia oculta: la soledad. Es lo que Josep Maria Montaner y Zaida Muxí, en un número de Arquitectura Viva dedicado precisamente a Lacol, llaman la cultura de lo común. Puede echar un poco para atrás, la desconfianza hacia el otro nos lastra, a veces con razón, pero como dice Josep Maria Miró, autor de la obra Nerium Park ahora mismo en cartel en Matadero Madrid en la que una pareja queda muy tocada por culpa de la vivienda aislada que han adquirido, "vivir es un acto político y las arquitecturas urbanas son estructuras que nos imponen modelos de vida, generan ideología, formas de pensamiento, de producción y consumo". Ahí tenemos también la serie noruega Arkitekten, que plantea una solución extrema al problema de la vivienda en plan distópico surrealista. 

Volvamos a Fráncfort y a Ernst May con tu permiso. Cambiamos la escala y el tono comentándote una cuestión muy anecdótica (en nuestra línea) pero que nos parece significativa para comprender ese gran proyecto de renovación integral que quería ser el Nuevo Fráncfort. En el HMF, siempre atento a las pequeñas pero jugosas historias dentro de la Historia, se muestran los diseños de membretes oficiales, logos y el escudo de armas que May intentó imponer en el ayuntamiento de la ciudad. Se trata de una versión "moderna" del águila emblema de la ciudad diseñada por Hans Leistikow según los postulados de la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad), movimiento que reaccionaba con ímpetu contra el expresionismo, siempre tan caro a los alemanes. El debate subsiguiente fue entre épico y cómico. Corrieron ríos de tinta en los que los tradicionalistas atacaban a la pobre águila abstracta con saña simpar llamándola "abejorro municipal", "gorrión desplumado" o "libélula marchita". Finalmente los responsables municipales no se atrevieron a cambiar el escudo de armas original aunque como se habían fabricado sellos y tampones con el nuevo diseño, el abejorro estuvo presente durante un tiempo en membretes oficiales. Ni que decir tiene que los nazis eliminaron rápido el controvertido logo. La diatriba puede recordar al renovado símbolo del Bundestag, de nuevo suavizada águila, propuesto por Foster al tiempo que reconstruía el Reichstag berlinés. Fue la amable ave tachada en su momento de gallina gorda aunque en este caso el diseño fue finalmente aceptado. Pero tal y como está el patio igual habría que mandar a la gallina al gimnasio. 

Pasemos ya al segundo de los proyectos de calado que te comentaba. Es la casa natal de Goethe, una bellísima mansión construida en 1618 por el orfebre (?) flamenco Matthis van Hinsberg donde en 1749 nacería la más importante personalidad de las letras alemanas, precursor del Romanticismo con el movimiento Sturm und Drang ("Tormenta e ímpetu"). La visita es obligada también desde un punto de vista estrictamente arquitectónico por su magnífico estado de conservación, pensaba yo, y es que solo después descubriría con gran pasmo que la casa es una reconstrucción. Tres veces fue dañada en otros tantos ataques aliados, quedando derruida en el bombardeo más letal, el de marzo de 1944 del que ya hablamos. La reconstrucción es tan perfecta y detallista que es difícil (para un no-arquitecto) descubrir que es una réplica exacta, vamos, algo así como el Pabellón de Barcelona de Mies. Te cuento si quieres brevemente el relato de dicha reconstrucción que, una vez más, trajo cola. El héroe de nuestra narrativa se llama Ernst Beutler, director del museo Goethe desde 1925, profesor de la universidad de Fráncfort (puesto que perdió en 1937 por estar casado con una judía) y gran impulsor de la reconstrucción que nos ocupa. Gracias a él se conservan el mobiliario original y los objetos de la casa (entre ellos el escritorio en el que Goethe compuso Las penas del joven Werther), que fueron trasladados a lugares más seguros por miedo a los bombardeos; por esa misma razón encargó detallados dibujos del interior y exterior de la casa que permitieran, como así fue, su reconstrucción fidedigna. Ya en el mismo 1944 Beutler comenzó a trabajar en la rehabilitación, de la que se ocuparía Fritz Josseaux, buen conocedor de la casa (fue uno de los que con más esmero había hecho dibujos detallados del inmueble y sus estancias). Beutler se dedicó a buscar fondos que pronto llegarían de todas las partes del país y tras la guerra también del extranjero, notablemente de Estados Unidos, pero pronto tuvo que enfrentar la que sería cuestión más espinosa: cómo debería realizarse la rehabilitación. La reconstrucción exacta, filológica que se dice ahora, no era ni mucho menos la preferida entre un sector importante de la intelligentsia local, que prefería una recreación más libre y moderna. Los principales valedores de tal propuesta fueron altos cargos municipales (entre ellos Eugen Blanck, del antiguo equipo de Ernst May, quien para entonces se hallaba en Tanzania; nos preguntamos qué habría pasado finalmente si se hubiera quedado en Fráncfort), los cuales organizaron una encuesta entre arquitectos e historiadores en la que vencería con claridad la postura más moderna. El debate en prensa, una vez más, fue potente y tuvo sus momentos álgidos, como la publicación del artículo Mut zum Abschied ("El coraje para decir adiós"), escrito por el influyente periodista Walter Dirks, católico de izquierdas que trabajaría con Romano Guardini y Theodor Adorno. Dirks abogaba por una "reconstrucción creativa" y "una valiente combinación de formas contemporáneas con formas históricas". En la misma línea se expresaba el arquitecto Hermann Mäckler (quédate con este apellido), quien consideraba imposible una reconstrucción exacta. Otros 38 simpatizantes, entre ellos arquitectos como Tessenow o diseñadores como Lilly Reich, apoyaron la idea firmando una proclama a favor (entre ellos también estaba, claro, Hans Leistikow, el del "abejorro municipal"). Pero en estas Beutler, que hasta ahora se había puesto más bien de perfil, empezó a moverse a favor de su opción favorita: la reconstrucción filológica. Envió cartas a personalidades de todos los ámbitos culturales (Hermann Hesse entre otros), científicos (como Max Planck) y políticos (Kurt Schumacher, presidente del SPD) pidiendo su apoyo y consiguiéndolo a menudo, lo cual demuestra la cintura del director del museo Goethe. La balanza se decantaría al cabo por su visión gracias probablemente al apoyo decisivo del alcalde de la ciudad, Walter Kolb (sí, el del martillo neumático), político con gran tirón popular. En un principio neutral, finalmente se inclinaría por la réplica al pie de la letra a pesar de ser como decíamos nada proclive a nostalgias pasadas; seguramente entendió con buen criterio que la Goethehaus era un caso único que merecía un trato especial. Sea como fuere en 1947 se decidía oficialmente llevar a cabo la opción defendida por Beutler en una resolución que se vio como una victoria de la "cultura cívica" frente a la administración municipal, y de los poetas frente a los arquitectos ("los poetas han triunfado" decía con júbilo indisimulado el crítico y ensayista suizo Max Rychner). El 5 de julio del mismo 1947 se ponía la primera piedra con la presencia de André Gide y en 1951 se abriría al público. Más información e interesantes fotos del proceso aquí

Abusando aún más de tu paciencia te contaré ya telegráficamente, te lo prometo, que justo al lado de la casa en 2021 se erigió el Museo del Romanticismo alemán, que alega ser el primer museo del mundo dedicado a esta época (recordemos que Madrid también tiene uno) y es prácticamente un anexo de la Goethehaus, la entrada es de hecho conjunta. Como te decía todas las fotos que te incluyo hoy son de este museo. Junto a este espacio, diseñado por Cristoph Mäckler (hijo de Hermann Mäckler, uno de los arquitectos que se opusieron con más brío a la reconstrucción filológica de la casa Goethe), el proyecto incluía también un complejo residencial urbano en torno a un patio y los recoletos jardines de la casa en este caso a cargo del estudio Landes & Partner Architekten. La visita al museo merecería totalmente la pena por sí solo y no solo por el magnífico contenido sino también por un excelente continente, un edificio de una posmodernidad suave, artesanal, traviesa (esa fachada simulando tres edificios diferentes), que parece referirse a un cierto pasado imaginado pero sin dejar de ser actual (nos recuerda al HMF en su presencia como de cuento infantil), romántico en su frecuente alusión a los sentidos con una intensa presencia del color y las ricas texturas y que incorpora como sorpresa la Himmelstreppe (escalera al cielo) de gran encanto salvo para el exhausto turista. Si puedo dar mi opinión de aficionado, me pareció lo más interesante de la ciudad desde el punto de vista arquitectónico junto al HMF. Termino. Oye, hablando del Romanticismo, ¿es un movimiento demodé con la que está cayendo? Responde Óscar Miguel Ares, el arquitecto de la España vacía: "Existen muchas convergencias entre el ayer y este fragmento de tiempo presente al que me refiero. La exaltación de los sentimientos y la subjetividad romántica concuerdan con la actual idea del reconocimiento individual, donde impera lo emocional; también con el propósito de muchos arquitectos de buscar efectos sensitivos convirtiendo la materia en el elemento principal del proyecto. La exaltación de lo artesanal frente a la producción industrial es una reacción de rebeldía frente a un mundo hipertecnificado; lo "hecho a mano" se entiende como un valor refugio para una sociedad agotada. La nostalgia por el pasado, tan caracerística del espíritu romántico, ya no se materializa en reproducciones históricas sino en el reconocimiento de métodos constructivos y materiales vernáculos. La veneración que se tenía por la naturaleza se ha trasladado a un aparente cuidado por el planeta, lo que ha generado todo un ecosistema de discursos climáticos. Tampoco podemos olvidar el sentido nacionalista que se apoderó del periodo romántico. Al igual que en el pasado, muchas instituciones han apoyado estas nuevas maneras de creación como símbolo identitario, con el propósito de promover una cultura diferenciadora. (...) Solo queda cuestionarnos si, en vez de la arquitectura, ha sido en realidad nuestro inconsciente el que se ha romantizado con los campos vacíos y los poblados bañados de soledad". Texto completo aquí

Hubiéramos querido cerrar hoy la serie sobre Fráncfort pero aún nos queda un último edificio que comentar (la Paulskirche) y se hace tarde. Lo dejamos mejor para la próxima. Nos despedimos aquí siempre agradecidos por tu atención. 



jueves, 6 de marzo de 2025

Tormenta e ímpetu (3)

 


Las fotos que te he mostrado en las últimas entradas son del Historische Museum Frankfurt (HMF), del estudio LRO, inaugurado en 2017. El estudio de Stuttgart tenía ante sí un reto fenomenal: había que coser un collage de edificios históricos (conocido como Saalhof) construidos en un extenso periodo de ocho siglos frente al Meno y que incluyen la Rententurm (torre de la aduana del siglo XV), el Bernusbau (un bello edificio barroco del XVIII levantado por la familia Bernus, que habían hecho ingente fortuna con el comercio de tejidos), el Burnitzbau (construcción neorrománica del XIX que debe su nombre al arquitecto que lo diseñó, Rudolf Burnitz) y una capilla de planta semicircular que se adosa a este último, todo ello en la zona donde se elevaba el palacio imperial de los Hohenstaufen (o Staufer), familia que fue cuna de reyes y emperadores en la Edad Media. El Saalhof, aunque tocado, resistió los temibles bombardeos aliados, particularmente el más letal de marzo de 1944, en el que participaron más de 800 bombarderos y que como comentábamos reventó la ciudad antigua, y ha alojado el museo de historia de Fráncfort durante más de 150 años. Obviamente tras la guerra el museo tuvo un emplazamiento alternativo pero ya en 1955 volvió al parcialmente derruido Saalhof. Sin embargo pronto devino obvio que se necesitaba construir un museo moderno y tras un intento fallido en los años 60 en 1972 se estrenaba el edificio, precursor del actual, que cerraba la manzana de construcciones históricas con un bloque brutalista a cargo de los arquitectos municipales F. W. Jung y Rudolf Schanty. Dediquemos unas líneas a este edificio, hoy ya desaparecido. Alineado estéticamente con el también brutalista "Ayuntamiento Técnico" que mencionamos en la pasada entrada, fue muy polémico desde sus inicios no solo por sus formas, que chocaban violentamente con las de sus añejos compañeros, sino por las acusaciones de sesgo ideológico (marxista) de sus jóvenes comisarios, no olvidemos que estamos en plena resaca del Mayo del 68. Acaso para apaciguar a estos críticos se emplazó una estatua hiperrealista de Carlomagno en la entrada principal que le sentaba al abstracto edificio como a un Cristo dos pistolas. Las formas ortogonales del flamante museo, espartano por dentro y por fuera, no fueron casuales o resultado de una moda (recordemos que a esas alturas el Movimiento Moderno llevaba años haciendo aguas) sino que pretendían mandar un mensaje rupturista y desmitificador que se manifestaba también en la programación. Sorprende ver hace más de cuatro décadas exposiciones con una perspectiva de género como la titulada "El Movimiento de la Mujer y la vida diaria de las mujeres 1890-1980" u otra sobre la mujer en la Revolución Francesa, por no hablar de muestras de novedosa temática como la que se dedicó a la ropa interior de 1700 a 1960 (y que atrajo a más de 100.000 visitantes) o la primera exposición alemana dedicada a la migración. Su vocación pedagógica fue también innovadora para la época (muchos se quejaban de que pareciera más un colegio que el típico museo a mayor gloria de la historia local) buscando acercar la institución a todos, así fue uno de los primeros que creó una sucursal para niños aún activa y las exposiciones iban acompañadas de carteles explicativos a menudo con un enfoque crítico, que fue como decimos mal entendido por las fuerzas vivas locales. Dichas innovaciones fueron muy seguidas y debatidas por los intelectuales y profesionales del sector incluso más allá de las fronteras alemanas. El caso es que allá para 2003 se empezó a hablar de la necesidad de rehabilitar el edificio, debate que, como le pasó al Ayuntamiento Técnico, acabaría con la decisión de meter la piqueta a degüello y aquí paz y después gloria. Un tal Fried Lübbecke, de la "Asociación de amigos activos del casco antiguo", contribuyó a dicho debate con cultivada perla según la cual el ortogonal museo no sería sino "una prolongación dictatorial de la época de May", refiriéndose a Ernst May, el arquitecto creador del Neue Frankfurt que buscaba dignificar la vivienda obrera (recordemos aquí la famosa cocina de Fráncfort de Margarete Schütte-Lihotzki que, en su ordenada distribución, ha llegado a nuestros días, hay una expuesta en el HMF). Al señor Lübbecke le propondríamos esta cita de Colin St John Wilson (muy crítico por otra parte con los modernos heroicos a los que, como él, calificaba de tiranos): "El trabajo de May en Fráncfort constituye un milagro de juicio equilibrado, innovación técnica, ingenio en la planificación y sentido común en la economía". El caso es que en mayo de 2011 se celebró una Abrissparty nada menos ("fiesta de demolición", flipante) para despedir al adusto museo, nos preguntamos si acudirían Jung y Schanty, los autores. Acaso para entonces ya no estaban con nosotros (casi mejor). Fotos de la party, observa al chaval con el martillo hidráulico emulando a Walter Kolb, el antiguo alcalde, como veíamos en la anterior entrada; a joven tan afanoso nos gustaría decirle, como tituló Adam Caruso su ensayo para a+u, que todos los edificios son hermosos, así lo demuestran las imaginativas rehabilitaciones de su estudio. En fin. Por cierto que en mi foto de hoy tienes un fragmento de dicho edificio, expuesto en el HMF como reliquia algo gore de una de las ménsulas (por llamarlo así) que sobresalían de su estricta fachada, única concesión formal del extinto museo.  

En 2007 el ayuntamiento lanzó un concurso internacional para crear un edificio completamente nuevo al que se presentaron 47 propuestas. Nos hubiera gustado saber qué estudios participaron, pero no hemos logrado encontrar referencia alguna a los competidores. La ganadora, como sabemos, fue la del estudio LRO con sede en Stuttgart, proyecto culminado en 2017 y que fue precedido de una profunda y excelente reforma del Saalhof a cargo de Diezinger Architekten con un coste de casi 20 millones de euros (otros 53 millones se llevó el nuevo edificio). LRO se decanta por trocear aún más el espacio expositivo creando dos nuevos edificios en lugar de uno solo (como se había hecho en el antiguo museo y propusieron al parecer todos los contendientes) al objeto de crear una plaza abocinada que da la bienvenida al museo, plaza muy valorada por el jurado del concurso al replicar las plazas trapezoidales del antiguo caso histórico y bajo la cual se asientan más salas y generosos pasillos que conducen a los diferentes edificios del conjunto, distribución que el visitante novato descubre con regocijo infantil gracias a una suerte de periscopio dorado en medio de la Museumsplatz que permite vislumbrar las salas inferiores. En ellas por cierto se asienta otro guiño a la infancia: una gigantesca bola de nieve que permite al parecer (cuando estuve no funcionaba) vislumbrar las imágenes de ocho modelos urbanos. Lo mismo podría decirse de las pequeñas contraventanas que, entreabiertas, horadan parte de la fachada del edificio mayor (ver fotos en entrada anterior). Iluminan sin deslumbrar las escaleras, pero es obvio que principalmente buscan generar misterio y curiosidad en el desprevenido transeúnte, que se sentirá atraído a entrar en plan Hansel y Gretel (los Grimm nacieron cerca de aquí). Si es que al final nos pierden las narrativas, fíjate lo que dice Liu Jiakun, el arquitecto y escritor recién premiado con el Pritzker: "Escribir novelas y practicar la arquitectura son formas de arte distintas, y no busqué deliberadamente combinar las dos. Sin embargo, tal vez debido a mi doble formación, existe una conexión inherente entre ellas en mi trabajo, como la calidad narrativa y la búsqueda de la poesía en mis diseños". Según señala Jan Gerchow, director del museo desde 2005 y gran impulsor del nuevo HMF, fue la forma aún más importante que la función en la selección del ganador ya que se buscaba una integración fluida del museo con "la nueva ciudad vieja" (ver entrada anterior). Es obvio por tanto que LRO se decantaran por tejados a doble vertiente, especialmente en el edificio mayor, que incorpora dos especialmente apuntados que tienen su refejo en el interior, la última planta no oculta sus puntiagudas formas con falsos techos o cerchas. Ese mismo rechazo formal al museo anterior lo vemos en la tipografía y señalética del nuevo HMF, premiada en varias ocasiones. Frente al trabajo austero del  diseñador gráfico Herbert W. Kapitzki, que vistió los interiores del desaparecido museo, el joven Ammon Studio ha desarrollado una florida tipografía y un logo (la M mayúscula y el rombo en rojo vivo) que recuerda de manera asertiva los tejados a doble vertiente y los motivos en la fachada que alberga la entrada principal al museo. Donde sí que se mantiene el espíritu del antiguo edificio es en su firme voluntad de ser un museo para todos, profundamente didáctico y alejado de "un lugar de culto en el que las clases medias educadas puedan ir a adorar" en palabras de Gerchow, quien sostiene que el gran cambio de rumbo de la institución se produjo cuando pasó de ser un museo sobre Fráncfort a ser un museo para Fráncfort. Lejos de una disposición cronológica lineal, en la exposición más propiamente histórica (Frankfurt ¿una vez?, interesante la formulación en pregunta, como avisando de que las tormentas pasadas pueden volver), la información se desparrama de manera transversal en torno a diversos temas, mezclando épocas sin empacho. Desde la perspectiva de un boomer proclive al orden la sensación es un punto caótica (a lo que se une como apuntábamos la dispersión de las exposiciones en siete edificios diferentes, los cinco del Saalhof más los dos nuevos y la planta bajo la nueva plaza) pero es obvio que estamos ante un museo dinámico que quiere fomentar la búsqueda, la sorpresa y el juego. ¿Es el HMF posmoderno en formas y planteamientos? Seguramente, ya vimos que la posmodernidad pegó fuerte en la ciudad, de hecho la primera gran exposición sobre esta tendencia tuvo lugar aquí, en el recién inaugurado entonces Museo de Arquitectura de Alemania (DAM) en 1984. Treinta años después hubo una reedición para recordar el evento. Más curioso es el hecho de que en 2017, cuando ya habían sido demolidos tanto el Ayuntamiento Técnico como el antiguo museo de historia, el DAM organizara una exposición sobre el brutalismo que atrajo a casi 50.000 personas. Será, como dice el filósofo alemán Slodertijk, que el gris es el color de la contemporaneidad. O que no hay nada como desaparecer para que te aprecien. 




miércoles, 26 de febrero de 2025

Tormenta e ímpetu (2)

 


Efectivamente, era Fráncfort del Meno. ¿Y has descubierto el edificio de las fotos? Por si no, te pongo más y a ver si lo adivinas. Mientras tanto rellenaremos el espacio con comentarios y ocurrencias varias, qué remedio, despejando las otras incógnitas que te dejaba en suspenso en la anterior entrada. Empezábamos entonces, si lo recuerdas, con dos proyectos de diferentes estudios austriacos. El primero, la torre que no hace mucho erigió Coop Himmelb(l)au como sede del Banco Central Europeo. En su momento le dedicamos entrada así que si te parece bien te enlazo a la misma (si quieres más, aquí tienes otra donde con muy mala baba también hacemos alusión al estudio) y seguimos ruta. El segundo edificio de es un museo, el Museum für Moderne Kunst (MMK) de Hans Hollein, que desconocía por completo. La sorpresa, hilarante como te dije, fue de campeonato, pero una vez más es menester contextualizar. Se inauguró en 1991 aunque el proyecto data de casi diez años atrás, estamos por tanto en plena efervescencia posmoderna. Hoy, cuando se lleva, supuestamente, el ascetismo constructivo, la explosión formal del MMK nos resulta alienígena pero en aquellos momentos, recordemos, los arquitectos querían reaccionar con ímpetu ante un estilo internacional insípido que había traicionado los valores éticos del Movimiento Moderno para convertirse en la arquitectura del capitalismo, ya hemos hablado también de esto en recientes entradas (por cierto que el Pompidou estrena la próxima semana una exposición dedicada a Hollein). Pensemos que hasta arquitectos como Peña Ganchegui, que ya es decir, cayeron en la tentación posmoderna como descubrí con pasmo hace bien poco. El Hotel Amara Plaza, un potente bloque exento en el barrio donostiarra de Amara resulta que fue diseñado por Ganchegui (cuando lo descubrí en internet pensé que era un error) y estrenado casi a la par que el MMK. Luce en su fachada principal unos requiebros formales y un alarde de terminaciones que resultan especialmente extraños en el austero arquitecto de la plaza del Tenis o la torre Vista Alegre, así lo explica en la memoria del proyecto: "El Hotel es entendido como hito en la gran explanada abierta a la Plaza Pío XII y punto focal del futuro puente sobre el río Urumea. Dada su planta rectangular, el volumen resultante necesita en sus testeros un tratamiento volumétrico y arquitectónico acorde con aquella necesidad de hito y punto focal. La fachada a Pío XII debía responder a las solicitaciones de gran espacio dinámico y de escala monumental contenidas en la plaza, (...) y garantizar una percepción rica y diversa a través del juego perspectivo que permite la descomposición del testero (...)". Un reto complicado diseñar un edificio de tanta visibilidad y cuánta presión esa necesidad de convertirlo en hito. Sea como fuere me da que es un proyecto poco publicitado por el estudio frente a otros mucho más emblemáticos que suelen asociarse al arquitecto de Oñate. Un caso acaso similar, si puedo abusar de tu paciencia, lo tendríamos en el complejo Tríada de Sáenz de Oiza en Madrid. Apenas conocido y menos aún me temo valorado, Oiza levanta no uno sino tres prismas, exentos como el Amara Plaza, en la avenida de Pío XII (dedicada al mismo papa que la plaza donde se asienta el hotel donostiarra), que se estrenaron también en los primeros noventa. Al ser oficinas se decanta por fachadas de vidrio aunque en la base coloca un toque de color con franjas de piedra granate y, como toque posmo kitsch, emplaza seis columnas metálicas en un retranqueo de la fachada que exhiben una especie de capitel galáctico totalmente desproporcionado en línea con el delirio de Santander. En este canto de cisne (es una de sus últimas obras construidas si no la última) puede también aplicarse la frase que le dedicara Fernández-Galiano cuando ganó el Príncipe de Asturias de las Artes en 1993: "Monologuista genial, sus mejores edificios dan voz a la ciudad sin dialogar con ella" (será una laudatio pero me parece que don Luis se la está metiendo doblada)Por cierto que descubro con desazón que en una reciente rehabilitación a cargo de Ruiz Barbarín, el mismo estudio que rehabilitó la torre BBVA de la Castellana también del navarro, amén de mejorar las deterioradas fachadas y articular una conexión más racional entre las tres torres, se han cepillado dos de dichas columnas y todos los "capiteles". Nos reiremos del posmodernismo con fruición pero me parece que se deberían respetar sus desmanes como reflejo de una época que quiso, con impetuoso cachondeo, rebelarse contra la modernidad. Aún recuerdo la que se montó cuando Snøhetta presentaron el proyecto de rehabilitación de la AT&T de Johnson, por seguir con el palo posmoderno, Wainwright llegó a hablar de vandalismo. En fin, te enlazo a las Tríada (pero a la versión original), y nos volvemos a Fráncfort. Mencionábamos a continuación en nuestra anterior entrada tres rascacielos (la ciudad del río Meno -Main en alemán- tiene unos cuantos, no en vano se la conoce como Mainhattan): el primero de Helmut Jahn, el Messeturm, popularmente conocido como el lápiz, también estrenado a principios de los 90 y que con sus 257 metros fue durante cinco años el rascacielos más alto de Europa. Igual podríamos ver aquí también cierta influencia posmoderna al querer huir (o incluso mofarse) de las formas ortogonales: en su cima la torre descompone su estructura rectangular con un cilindro que culmina en un remate piramidal. Casi una década después se terminó el que nos parece el rascacielos más interesante de la ciudad, obra de Norman Foster, el Commerzbank, que también se convirtió durante un tiempo en el más alto de Europa y es acaso el mejor del de Mánchester tras el HSBC de Hong Kong. Con una planta triangular que quizá -nueva ocurrencia si me lo permites- influyera en el rediseño del logo del banco, que en 2009 adoptó un triángulo de aristas redondeadas como identidad corporativa, el edificio destaca por su atrio central, recordando al HSBC aunque su exterior es mucho más amable y tiene una vocación panóptica y ecologista al incorporar generosos jardines entre cada bloque de oficinas que aligeran la mole del edificio con una distribución quebrada que puede recordar a la torre Repsol (ya Moeve) en Madrid. El tercer rascacielos, el del profesor de Koolhaas (Owald M. Ungers), es la Messe Torhaus inaugurada también en 1991, otro amante del ángulo rectísimo, metafísico casi, que aquí vemos algo más juguetón de lo habitual, compárese con su tremendo Kunsthalle de Hamburgo. 

Por no quedarnos anclados en los 90 podríamos destacar algún rascacielos de la última hornada (el más reciente un clúster de cuatro torres a cargo de UNStudio, los arquitectos de Chamartín, en plena construcción). El que nos ha resultado más interesante es el One, del estudio local Meurer, que incorpora en sus plantas inferiores un hotel cuyo vestíbulo y habitaciones han sido diseñados por Rafael de La-Hoz. Completado en 2022, su angulosa fachada está recubierta por una celosía en aluminio blanco que bien podría haber sido inspirada por el arquitecto cordobés teniendo en cuenta lo a menudo que las utiliza en sus edificios. Pero la aportación de Meurer Architektur a la ciudad ha sido especialmente relevante en dos proyectos relacionados con la conocida como Die Neue Alstadt, la "nueva ciudad vieja" en el centro histórico de Frankfurt, entre la catedral y el Römer, corazón de la urbe. La zona, que fue arrasada por los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial, fue suturada sin miramientos y se acabó ubicando en ella un enorme edificio municipal de estética brutalista, el Technisches Rathaus, un enorme complejo de cuatro bloques el mayor de los cuales se elevaba 11 plantas con diseño del estudio Bartsch, Thürwächter und Weber (quienes vencieron en el concurso a Scharoun o Gropius nada menos). Un señor pegote, vamos. Podríamos preguntarnos en qué cabeza cabe suplir un jugoso tejido urbano que se había ido formando de manera orgánica a través de los siglos por un cíclope gris, alienígena y anónimo, pero una vez más debemos recuperar el contexto. En el Historisches Museum de la ciudad, no muy lejos de allí, hay una impactante foto, todo un documento gráfico, en la que podemos ver a Walter Kolb, alcalde de la ciudad tras la Segunda Guerra Mundial y destacado militante antinazi, blandiendo un martillo hidráulico en medio de la ciudad derruída y al lado una cita suya de 1947: "Nadie está pensando en la reconstrucción del viejo Frankfurt. Una nueva era tendrá que buscar y encontrar nuevas formas para una nueva ciudad" (tienes la foto aquí). La arquitectura moderna, amnésica, apátrida, uniforme, como bálsamo ante el horror nacionalista. Pero cuando la herida cicatrizó (estamos ya en 2009) y el edificio oficial necesitó una rehabilitación urgente los ciudadanos pidieron la demolición de la añeja mole sin alma. Ya lo decía Dimitris Pikionis, otro que transitó de la Bauhaus a lo vernáculo: "Debemos parecer lo que somos". Y tras casi una década de ingentes trabajos culminados en 2018, hoy podemos disfrutar de una peculiar réplica de la barriada existente antes de los bombardeos en la que 200 vecinos se han instalado en edificios totalmente nuevos pero basados en la arquitectura tradicional de la ciudad (20 en total) más 15 schöpferische Nachbauten ("réplicas creativas"). Los arquitectos de Meurer fueron los encargados de gestionar este sensible proyecto en el que participaron numerosos estudios (deja que te destaque la bella Goldene Waage, una de las 15 réplicas creativas, esta en concreto a cargo de Jourdan y Müller), un desarrollo urbano que debía ser "nuevo pero no demasiado moderno, inspirado en la historia pero no anticuado" y se reservaron la pieza más delicada, el ayuntamiento, que además debía incorporar en su seno un pequeño "jardín arqueológico" en el que conviven, juntos y revueltos, restos romanos, carolingios (recordemos que Carlomagno fundó Fráncfort) y de la alta Edad Media. Al exterior, acaso reaccionando con ímpetu romántico ante el antiguo "ayuntamiento técnico", coronaron el edificio con exacerbados tejados a doble vertiente. Tienes copiosa información sobre todo el proyecto aquí

Agotado estoy tras relato tan apasionado. Con mis sentidas disculpas habremos de continuar en una próxima ocasión. ¿Cómo? ¿Que te desvele al menos el edificio de las fotos? Pero si te lo he dicho ya. Es que no me prestas atención. 




miércoles, 19 de febrero de 2025

Tormenta e ímpetu

 



Pues vuelve a tocar adivinanza. Y es que a fuerza de querer ser amenos acabamos resultando cansinos. Ojo que ya te he dado una pista, falta hacen hoy porque la cosa no pinta fácil. Estamos en una ciudad que forjó emperadores y que hasta hace bien pocos años sufrió en sus duras carnes los vaivenes de las modas arquitectónicas y urbanísticas, el zarpazo de la modernidad y los debates de la posmodernidad, siempre a vueltas con la forma. Entre sus edificios, aparte del que te traigo en foto, que a ver si logras descubrir, habría que destacar dos de sendos estudios austríacos con vocación entre icónica e irónica (uno de ellos de un arquitecto que dijo aquello de que todo es arquitectura, solo por lo cual deberíamos respetar su ocurrencia en esta sufrida ciudad, un edificio que incita a la risa floja con su forma como de porción de tarta de boda hortera, y sin embargo ganó este señor el Pritzker con el inaudito concurso de Johnson y Barragán, jurados a la sazón -los locos 80-). Hay un rascacielos de un alemán que hizo las Américas y otro de un inglés que es quizá el segundo mejor de entre los muchos que ha erigido; por poner tres, que somos maniáticos, destacaríamos el de un profesor de Koolhaas por su claridad constructiva y formal, por cierto que en esta misma ciudad rehabilitó un edificio del s.XVIII para reconvertirlo en museo de arquitectura que ahora anda cerrado por reforma. Un estudio holandés, el mismo que nos está remodelando Chamartín, está levantando más rascacielos. Y hay un americano que hizo aquí el mismo edificio blanco que hace siempre, qué pesadez, y un andaluz que ha contribuido a dar un toque algo disruptivo a un hotel de altos vuelos. Francamente, a estas alturas deberías saber ya la ciudad de la que estoy hablando. 

Pero todo esto no deja de ser atrezzo, necesario en su justa medida como reclamo para turistas como tu seguro servidor y para dotar de carisma a las ciudades (y, según Izaskun Chinchilla, ayudar a la orientación, que no es baladí cuando andas por lugares foráneos). No obstante, déjame que te dé ahora tres ejemplos de quizá mayor trascendencia cultural que justificarían por sí solos la visita a esta ciudad, gran amante de los libros por cierto. Primero tenemos un barrio de un arquitecto local levantado en aquellos lejanos tiempos en los que los arquitectos querían cambiar el mundo, qué cosas, con viviendas cuya distribución y organización se convirtieron en referente hasta nuestros días (especialmente la cocina, aunque algunos de dichos planteamientos estén ya superados). Después tendríamos la bellísima casa de un insigne hombre de letras oriundo de esta ciudad donde podrás ver el escritorio en el que compuso una de sus más famosas obras al calor del Sturm und Drang. Y en último lugar pero el más importante tenemos una iglesia de curiosa forma ovalada lo que permitió que en el tormentoso siglo XIX se convirtiera en parlamento informal donde se ensayó la unificación de este país y la elaboración de una constitución. El 25 de junio de 1963, unos meses antes de ser asesinado, John F. Kennedy la eligió para dar un discurso donde la llamó cuna de la democracia alemana. El día que la visité estaba vacía, sí, son malos tiempos para los valores democráticos. Te transcribo cita del discurso con dolorosa nostalgia ante nuestro distópico presente y cierro: "El futuro de Occidente se basa en la asociación atlántica, un sistema de cooperación, interdependencia y armonía con el que sus pueblos pueden enfrentar conjuntamente cargas y oportunidades en todo el mundo. Algunos dicen que esto es solo un sueño, pero no estoy de acuerdo (...). Habrá dificultades y retrasos. Habrá dudas y desánimo. Habrá diferencias de enfoque y opinión. Pero tenemos la voluntad y los medios para alcanzar tres objetivos relacionados: el patrimonio de nuestros países, la unidad de nuestros continentes y la interdependencia de la alianza occidental. (...) No nos interesa intentar dominar los consejos de decisión europeos. Si ese fuera nuestro objetivo, preferiríamos ver a Europa dividida y débil, y permitiríamos a Estados Unidos lidiar con cada fragmento individualmente. En cambio, tenemos y esperamos tener una Europa unida y fuerte, que hable con una voz común, que actúe con una voluntad común, una potencia mundial capaz de afrontar los problemas mundiales como un socio pleno e igualitario. (...) Otro gran desafío económico es la próxima ronda de negociaciones comerciales. Estas deliberaciones son mucho más importantes que una discusión técnica sobre comercio. Tienen la oportunidad de construir políticas industriales y agrícolas comunes a través del Atlántico. Son una oportunidad para abrir nuevas fuentes de demanda para dar nuevo impulso al crecimiento y crear más empleos y prosperidad para nuestras poblaciones en expansión. (...) Nuestra misión es crear un nuevo orden social, basado en la libertad y la justicia, en el que los hombres sean dueños de su destino, en el que los Estados sean servidores de sus ciudadanos y en el que todos los hombres y mujeres puedan compartir una vida mejor para sí mismos y sus hijos. Ése es el objeto de nuestra política común.(...) Así que todos somos idealistas. Todos somos visionarios. Que no se diga de esta generación atlántica que dejamos los ideales y las visiones en el pasado, o el propósito y la determinación a nuestros adversarios. Hemos llegado demasiado lejos, hemos sacrificado demasiado como para desdeñar ahora el futuro. Y siempre recordaremos lo que nos dijo Goethe: que 'la sabiduría más elevada, lo mejor que la humanidad haya conocido jamás'  fue la comprensión de que 'sólo gana su libertad y su existencia quien las conquista de nuevo cada día'".